ADVERTENCIAS A MÍ MISMO

en novelas, relatos, ensayos. Escritura

lunes, 30 de septiembre de 2013

ERNESTO CARDENAL

ENTREVISTA AL NICARAGÜENSE ERNESTO CARDENAL

“En América latina estamos cumpliendo el ideal de Bolívar”




El poeta y sacerdote se muestra esperanzado con la nueva realidad política de la región. No así con la producción poética latinoamericana. “Casi nadie lee poesía y eso es culpa de los poetas”, señala, y subraya la necesidad de escribir para comunicarse con el pueblo.






 Por Silvina Friera

Unas pocas líneas de Ernesto Cardenal dicen un mundo, una bella galaxia en la que todo cabe, con un estilo sencillo, directo, sensible. “¿Qué hay en una estrella? Nosotros mismos. Todos los elementos de nuestro cuerpo y del planeta estuvieron en las entrañas de una estrella. Somos polvo de estrellas (...) De las estrellas somos y volveremos a ellas”, se lee en la Cantiga 4 titulada “Expansión”, incluida en Cántico Cósmico, tercer tomo excepcional de su Poesía Completa, publicada por editora Patria Grande. En el prólogo de esta edición tan necesaria como fundamental, el poeta venezolano Luis Alberto Angulo plantea que no caben dudas de que en algún momento comenzará sin resistencia a ser leído colectivamente como uno de los grandes poetas místicos de la humanidad.
“Quizás entonces nadie se asombrará de que los entes educativos y culturales de los gobiernos más avanzados del mundo publiquen en grandes tiradas sus obras y las repartan gratuitamente entre los estudiantes de todos los niveles.” El Ministerio de Educación de la Nación ha distribuido las obras del poeta, sacerdote, teólogo, traductor, escultor y ex ministro de Cultura del gobierno sandinista –entre 1979 y 1987– en una colección para bibliotecas de escuelas secundarias (ver aparte). El bastón, las sandalias de pescador y la boina calada al estilo del Che avanzan ralentizando el tiempo en este hotel de Congreso. “Prefiero que no me hagan homenajes. No me agradan”, dice el fatigado poeta que a los 88 años podría ser una suerte de Bartleby latinoamericano de la poesía.
Aunque preferiría no hacerlo, Cardenal será homenajeado hoy a las 17.30 en el Salón Leopoldo Marechal del Palacio Sarmiento, en una actividad organizada conjuntamente por el Ministerio de Educación y la Editora Patria Grande. Participarán la periodista y conductora Ana Cacopardo, la cantante Teresa Parodi, el actor Horacio Roca y el poeta y conductor Tom Lupo, quienes leerán poemas del poeta nicaragüense. Los periodistas y escritores Reynaldo Sietecase y Stella Calloni compartirán sus experiencias sobre cómo Epigramas, Hora 0, Salmos, Oración por Marilyn Monroe y otros poemas, El estrecho dudoso, Canto Nacional, Oráculo sobre Managua y Los ovnis de oro, entre otros títulos, impactaron en sus vidas y en sus obras. También hablará el poeta Jorge Boccanera. En el marco de su visita al país, el autor de El Evangelio en Solentiname será de la partida del Primer Festival de Poesía en la Feria del Libro de Mendoza, el próximo viernes. Y el sábado, finalmente, presentará su Cántico Cósmico en el Espacio Cultural Le Parc, de Guaymallén. En 2009 obtuvo el Premio Pablo Neruda de Poesía, el primero que recibió quien hasta entonces se consideraba “el poeta menos premiado de la lengua castellana”. El año pasado, para atemperar esta sentencia o prejuicio, le otorgaron el Premio Reina Sofía. Y quién sabe si no se avecina el Premio Nobel de Literatura, al que estuvo nominado en 2005, a pesar de que Cardenal agita las manos como si estuviera espantando mosquitos suecos.
Un Big Bang descomunal ha sido el impacto que le produjo la poesía norteamericana, especialmente la obra de Ezra Pound, a quien tradujo al español, luego de su permanencia en Nueva York, entre 1948 y 1949, como estudiante de la Universidad de Columbia. Del poeta norteamericano, Cardenal tomó un recurso que “consiste más que en un collage, más que en la cita de un trozo de rango poético, en una sabia redistribución de la prosa del historiador o del viajero hasta que alcance un nivel lírico o épico”. “Sus poemas son así, bellos y vastos documentos ajenos cuya gracia está en los cortes y en las junturas”, advierte Pablo Antonio Cuadra. El sacerdote y monje trapense comprometido con la liberación de los pueblos reconoce que la influencia capital de Pound le hizo ver que “no existen temas o elementos que sean propios de la prosa, y otros que sean propios de la poesía”. “Todo lo que se puede decir en un cuento, o en un ensayo, o en una novela, puede también decirse en un poema. En un poema caben datos estadísticos, fragmentos de cartas, editoriales de un periódico, noticias periodísticas, crónicas de historia, documentos, chistes, anécdotas, cosas que antes eran consideradas elementos propios de la prosa y no de la poesía.”
Su mirada se enciende cuando recupera al niño que fue. “Mi primer recuerdo no es escribiendo, es haciendo un poema antes de poder escribir. Lo decía de memoria, creo que tendría unos seis años. Así empezó la humanidad y así también empezó mi poesía en la infancia”, cuenta Cardenal a Página/12.
–Al releer su Poesía Completa, llama la atención encontrar en uno de los Salmos que “las galaxias cantan la gloria de Dios...”, algo que trabaja intensamente en Cántico Cósmico. Su interés por la ciencia y el universo aparecen tempranamente, ¿no?
–Pues sí, de muy joven tenía interés por la ciencia, por hacer poesía con la creación y con el lenguaje científico, no el lenguaje –digamos– bíblico, sino de los descubrimientos más recientes. Desde la época de los Salmos y otros poemas juveniles estaba la poesía científica. Y después, leyendo más, documentándome más, fui ampliando esa poesía científica. Desde entonces tenía la vocación de “poeta de la ciencia”, si se puede decir así. La poesía ya estaba desde el principio, con Dios.
–¿La incertidumbre científica no colisionó con su cristianismo? ¿Siempre pudo compatibilizar ciencia y fe?
–Sí, perfectamente. La fe y la ciencia para mí son lo mismo. No hay ningún conflicto porque la ciencia es la explicación de la creación, la creación es poema y el creador es poeta. Poema es creación en griego y San Pablo llama a la creación de Dios “poiema”, como un poema de Homero.
–Se suele pensar que la ciencia se opone a la fe o que al menos la cuestiona.
–Así ha sido muchas veces ese conflicto. Pero en mi caso no, de ninguna manera.
–¿Por qué no se dio ese conflicto? ¿Tal vez el arte contemplativo le permitió unir elementos que a veces se contraponen?
–Pudiera ser, sí. También como poeta, que viene a ser casi lo mismo que el arte contemplativo. Cántico cósmico está pensado como una épica o una epopeya.
–¿Hay épica y epopeya en la poesía actual?
–Casi no hay. Hay en la novela, pero no en la poesía. La novela es la épica actual. Y por eso la novela es muy popular y la poesía no. Casi nadie lee poesía y eso es culpa de los poetas, que escriben una poesía que no interesa.
–Cuando dice que la culpa es de los poetas, ¿se refiere a que no son claros en los poemas que escriben?
–Exactamente. Son herméticos y no se entiende ni es para entender, y por lo tanto no es para interesar a la población. Yo siempre quise hacer una poesía que se entendiera y que comunicara.
–Se dice que sólo conocemos alrededor de un 9 por ciento del universo, una cifra pequeña.
–Así es, más o menos. El universo visible es una parte ínfima. Gran parte de la materia no la vemos, es la llamada “materia invisible”.
–¿Qué hace el poeta con eso que no se ve?
–Es el gran misterio sobre el que podemos meditar, aunque la mayoría no piensa en eso. Pero debe pensarse porque la mayor cantidad de realidad que existe es la que no se ve: la energía oscura y la materia oscura. Me gusta mucho mirar las estrellas también cuando hago oraciones, así tengo el universo presente, comunicándome con Dios a través de su creación.
–¿Lee muchos textos científicos?
–Sí, es casi todo lo que leo. No suelo leer poesía porque ya no encuentro nada nuevo en lo que se escribe. Leo libros de ciencia. O bien temas de actualidad, que son también los temas de Cántico Cósmico.
–A propósito de la actualidad, ¿cómo vive el presente político de Latinoamérica?
–Con mucho amor, con mucho interés, con mucha preocupación, con mucha esperanza. Y sobre todo con optimismo. Hay una nueva realidad en América latina, una nueva independencia. La primera independencia fue del imperio español, ahora es del imperio yanqui. La segunda independencia se está logrando en muchos países, en algunos ya con gobiernos independientes. Y en otros con una independencia relativa. Hugo Chávez fue una gran figura; puede haber tenido los defectos que tú quieras. Sin embargo, su gran mérito fue reanudar el ideario de Bolívar: la creación de una América latina unida para contraponerse a la del Norte. Estamos cumpliendo el ideal de Bolívar de hacer una sola nación.
–En ese sentido, ¿cómo anda Nicaragua?
.. Muy mal. Lo que hay ahora no es una revolución ni es de izquierda. Es una dictadura personal, familiar, de una pareja, de un matrimonio y sus hijos. Algo muy vergonzoso... Para mí es peligroso seguir hablando de este tema porque tengo que regresar a Nicaragua.
–¿Es peligroso para usted vivir allá?
–Sí, pero no puedo seguir hablando...
Y no habla por unos segundos, como si se replegara en un silencio irreprochable. Este sacerdote ha integrado escritura y militancia política y, junto a su maestro y amigo Thomas Merton, fundó en 1966 una pequeña comunidad contemplativa en Solentiname, donde se fomentó el desarrollo de cooperativas, se creó una escuela de pintura primitiva y un movimiento poético entre los campesinos, además del trabajo de concientización sobre la base del Evangelio interpretado en clave revolucionaria. “Como marxista, Cardenal es hereje; y como sacerdote católico, está al filo de otra herejía, pues rechaza la noción de la incompatibilidad de fe cristiana y política socialista –subrayó Paul W. Borgeson–. En poética, también discrepa con circunscripciones tradicionalistas, en su rechazo de la metáfora y su inclusión de lo común y corriente dentro del arte verbal. Creer y crear, política y fe en Dios no están reñidos para Cardenal: contrariamente, insiste en que el uno lleva definitivamente a lo otro. Así, estas vertientes marcan su obra definitiva.” Cuando Juan Pablo II visitó oficialmente Nicaragua, en 1983, el pontífice –frente a cámaras de televisión que transmitían a todo el mundo– amonestó e increpó severamente al poeta y sacerdote, arrodillado ante él en la misma pista del aeropuerto, por propagar doctrinas apóstatas según la fe católica y por formar parte del gobierno sandinista. El sacerdote de la teología de la liberación, obstinado rebelde contra el Vaticano, estaba recién llegado a Mendoza, en abril de este año, cuando se desayunó con una sorpresa. “En la primera entrevista que tuve, el periodista me preguntó qué opinaba del papa argentino. ¿Cómo el papa argentino? Pensé que preguntaba por el caso de que se eligiera alguna vez un papa argentino. Tres veces le tuve que preguntar hasta que entendí que habían elegido un papa argentino”, recuerda el poeta.
–¿Cree que habrá cambios en la Iglesia?
–Sí, al principio no pensé que pudiera estar haciendo todo lo que está haciendo... algo verdaderamente increíble porque está poniendo las cosas al revés. Como debe ser, porque todo estaba mal puesto. Que un papa no ande en el papamóvil sino en el carro más pequeño del Vaticano es el mundo al revés. Los últimos serán los primeros; eso está haciendo Francisco.
–¿Cree que el papa Francisco puede revisar la “suspensión a divinis” que pesa sobre usted?
–A mí no me afecta porque es una prohibición para administrar sacramentos y yo no me hice sacerdote para administrar sacramentos y andar celebrando bautismos y matrimonios, sino para ser contemplativo. Y sigo siéndolo. Es más bien un estorbo para mí la práctica pastoral, no es mi vocación. Como poeta y como sacerdote soy un contemplativo.
–¿Qué pasaría si el Papa le quitara esa prohibición de suministrar los sacramentos?
–Más bien me puede complicar la vida. Me pondría en compromisos que no tengo actualmente... Ya me siento muy cansado, casi no dormí anoche y me estás haciendo muchas preguntas.
–¿El próximo premio que recibirá será el Nobel de Literatura?
–Me complicaría también la vida... no creo que exista ese peligro.

martes, 17 de septiembre de 2013

JORNADAS FOGWILL


Las esquirlas de un escritor polémico

Horacio González, Vera Fogwill, Ezequiel Grimson y María Moreno inaugurarán este cónclave de lectores, críticos, escritores, editores, poetas y músicos, convocados para reflexionar y discutir sobre la obra del autor de Los Pichiciegos.





 Por Silvina Friera
Un solo nombre de marca se recorta sobre las conversaciones como repentinos recuerdos fulgurantes. Fogwill, ese autor capaz de auscultar los movimientos y tembladerales de la lengua –“formas del roce entre uno y la palabra”, según ha escrito en La gran ventana de los sueños, uno de los inéditos publicado este año–, es la puerta de entrada para “En otro orden de cosas”, las jornadas Fogwill que empiezan hoy a las 16.30, en el auditorio David Viñas del Museo del Libro y de la Lengua, y que se extenderán hasta el próximo jueves. Su hija Vera Fogwill, Horacio González, Ezequiel Grimson y María Moreno inaugurarán este cónclave de lectores, críticos, escritores, editores, poetas y músicos, convocados para reflexionar y discutir sobre la obra de un escritor que supo colocarse en el centro de las polémicas literarias y políticas que agitaron las aguas de la cultura nacional de las últimas décadas. Después de la apertura y la proyección de fragmentos de Ultimos movimientos, Obra en construcción y Fogwill: último viaje, comenzará el primer encuentro sobre música y poesía con Martín Gambarotta, Silvio Mattoni, Damián Ríos y Pablo Gianera. La primera jornada terminará con Ulises Conti y Sergio Bizzio, quienes leerán fragmentos de “En el bosque de pinos de las máquinas”. En esta suerte de “conjura de memoriosos” también participarán Alan Pauls, María Pía López, Hernán Vanoli, Cecilia Szperling, Graciela Speranza, Carlos Gamerro, Daniel Divinsky, Luis Chitarroni, Julia Saltzmann y Gustavo Ferreyra (ver aparte), entre otros.
“Lo primero que quiero decir es que estoy contento con la invitación –dice Gambarotta, autor de Punctum, libro de poemas seminal de la década del ’90 cuya reedición está dedicada a Fogwill–. Es verdad que no siempre te dan ganas de ir a todos los lugares a los que te invitan, pero también pasa que quisieras ir a algún lugar y directamente no te invitan. Estoy contento con que alguien en la Biblioteca Nacional, específicamente esta Biblioteca Nacional actual, haya pensado que podía decir algo sobre Fogwill. Ahora no sé muy bien lo que voy a decir sobre ‘Fogwill, editor de poesía’. O si lo sé, no quiero adelantarlo del todo. Pero sí me parece importante decir en ese auditorio algo que se me vuelve una verdad histórica, un mensaje a los historiadores literarios del futuro: no se olviden de que Fogwill editó los libros de Leónidas Lamborghini, de Osvaldo Lamborghini, de Néstor Perlongher y de Oscar Steimberg, allá por 1980. Me refiero a que este genial gesto de editor, por sí solo, es suficiente para que Fogwill tenga un lugar destacado cuando se escriba la historia de la literatura argentina de nuestros tiempos.”
Cecilia Szperling explica que Fogwill utiliza la expresión “Escuela de sueños”, en La gran ventana de los sueños, para referirse al psicoanálisis. “Lo elegí para titular mi pequeña crónica sobre el libro porque se basa en un diario de sueños, pero más que nada en la reconstrucción de los sueños. En cómo se escucha, se recuerda y se escribe un sueño. Cómo mantiene ese crudo de la nota despatarrada y escueta en el cuaderno de notas y ese mínimo o, mejor dicho, ese núcleo de verdad –de la verdad del sueño– se mantiene en medio de relatos cortos que posiblemente estén hechos del recuerdo de sueños que vino con esa mínima anotación, más el recuerdo de otros sueños de esa clase; hay géneros de sueños, ‘Los de mar’, ‘Los de cementerios’.” Szperling subraya que este libro es “muy hermoso” porque “cabalga entre Fogwill poeta, Fogwill narrador”. “El lirismo de los sueños, su surrealismo, es cruzado por la realidad, muchas veces por lo que sucede al despertar con el ‘resto nocturno’ que el sueño imprime al día que le sigue. Como en algunos de sus cuentos de realismo sucio que es agujereado a picotazos por una imagen onírica (‘Dos hilitos de sangre’) en La gran ventana de los sueños, el delirio, la liviandad y la fantasía del sueño desembocan en momentos de nitidez de pensamiento diurno. De la ensoñación y la libertad nocturna a la racionalidad del día y del trabajo cotidiano.”
“Leer mal es leer a contrapelo de una época, pero al mismo tiempo desde esa época –plantea Hernán Vanoli–. Hay una especie de consenso entre los supuestos eruditos de la literatura, en el cual Fogwill fue un ‘arqueólogo del lenguaje’, una suerte de ‘alquimista loco’ que era al mismo tiempo un donante perenne de anécdotas personales útiles para confirmar la cordura y la pertenencia al campo literario de un rosario de vasallos del buen pensar y del buen escribir. Esas figuras son funcionales para pasteurizarlo y luego incorporarlo desde un lugar lateral en un panteón que sinceramente no le interesa a nadie. Leerlo ‘mal’ es sacarlo de esa bruma, del lugar del ‘francotirador’, y decir que Fogwill fue un escritor–sociólogo, un tipo que escribía sobre el poder, sobre el lenguaje de las organizaciones, sobre la guerra sucia como una estructura profunda de la política argentina, y principalmente sobre el futuro, sin resignar ambiciones estéticas.” Vanoli agrega que leerlo “mal” también es “creerse una serie de valores –la fe en la poesía, el desprecio por lo audiovisual, la mistificación de la industria editorial– a los que Fogwill adscribía”. “Hoy es ridículo pensar que el lenguaje poético y, peor aún, las prácticas de la microtribu urbana de la poesía representan algún tipo de resistencia a algo. La poesía acontece todo el tiempo en Internet y en forma involuntaria; hoy el desafío va por otro lado. Pero este costado conservador de Fogwill, que también le facilitó su canonización actual, es paradójicamente uno de los más venerados. Yo quiero rescatar otras cosas.”
De las quince hipótesis a contrapelo del legado del autor de Los Pichiciegos, Vanoli anticipa algunas cuestiones a Página/12: “Una tiene que ver con la idea de que era un escritor humanista e iluminista. Hay ciertas lecturas que lo quieren colocar como un tipo lleno de saberes prácticos, y como un romántico. No era así. Fogwill vivió mucho, es cierto, pero él mismo reconoce que muchas de las cosas que explicaba en detalle eran invenciones. Leerlo desde ahí, con Internet como un reservorio inagotable de explicaciones prácticas, es situarlo como un escritor del pasado. El proyecto de Fogwill era más parecido al expresionismo político. Y no era humanista, ni antitécnico. La experiencia sensible, para Fogwill, era la del goce en la opresión por parte de las organizaciones y la maquinaria del lenguaje. Fogwill fue nuestro gran escritor antimoderno”. Por otro lado advierte que le interesa destacar la lectura que hacía Fogwill de las “políticas culturales”, los festivales, las ferias del libro, “todo el circo que une turismo, burguesía de negocios, buena conciencia y stand-up”. “La crítica que hace Fogwill al proyecto cultural del alfonsinismo se queda corta si pensamos en el rol asignado por las instituciones estatales, y también por la filantropía internacional, a la literatura dentro del plano de las ‘industrias culturales’ hoy. Mi idea es que Fogwill vio, además de las continuidades del proceso y toda esa cantinela, el germen de un modelo de pensar la función social de lo literario desde las instituciones que hoy está más vigente que nunca, y que es banal, miedoso, ignorante y poco efectivo.”
* La agenda completa de “En otro orden de cosas” se puede consultar enwww.bn.gov.ar

BEATLES Y LACAN

Los Beatles y Lacan: un libro de culto, polémico y emotivo

Una edición local de “Los Beatles y Lacan: un réquiem para la Edad Moderna” (Galerna), del académico inglés Henry W. Sullivan, que busca mesurar el impacto de la banda de rock, se presentó en Buenos Aires, con el autor a distancia y una discusión sobre el fin del posmodernismo y la energía de una generación.  

Hace dos miércoles en el corazón de San Telmo se presentó un curioso y maravilloso libro. En el fondo de la librería Galerna, en la calle Perú al 1000, se había armado un pequeño y acogedor auditorio. Unas treinta sillas blancas en prolijas filas miraban a una mesa que acomodaría a cuatro comentaristas. Al costado izquierdo, mirando hacia la mesa de presentadores, había un amplificador Fender. En un entorno tan íntimo tal vez no era necesario, pero resultó –adrede o no– un toque apropiadísimo. Se presentaba el libro Los Beatles y Lacan: un réquiem para la Edad Moderna –un diván completaba el cuadro, pero ya hubiera caído en el absurdo.
El autor de Los Beatles y Lacan (dos nombres que invocan fervor en una gran parte de la población porteña) es el académico inglés Henry W. Sullivan, un especialista en literatura española y ahora profesor en la universidad de Tulane en los Estados Unidos. El libro se publicó originalmente en 1995 con el título: The BeatIes with Lacan: Rock' n 'Roll as Requiem for the Modern World. Es una anomalía en su producción. Otros títulos de Sullivan, por ejemplo, son un estudio de Don Quijote; una traducción académica de los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer; y un estudio de los viajes de Calderón a las tierras alemanas.
Los Beatles y Lacan es un libro de culto y un clásico, un maravilloso capricho de Sullivan, que ha tenido larga vida. Su tesis es que la obra de los Beatles, junto con su impacto cultural, marcó el fin de la edad moderna y el pasaje a la posmodernidad. La periodista Flor Codagnone gestionó la edición y fue co-traductora junto con Luciano Lutereau. Ella misma se ocupó de presentar a los panelistas de la noche: el académico multifacético Darío Sztajnszrajber; el periodista e historiador Sergio Pujol; y el periodista de rock Alfredo Rosso.
La primera sorpresa de la noche, sin embargo, fue la presencia –aunque virtual– del mismísimo autor. Una vez que todos estábamos sentados, con casi todas las sillas ocupadas, se apagaron las luces y se prendió un proyector. Allí apareció Sullivan en un mensaje grabado especialmente para la ocasión. Agradeció a Galerna, que editó el libro, y también a los traductores, con quienes colaboró. Aunque el castellano de Sullivan era impecable aunque claramente de un extranjero.
Desde su despacho académico describió su libro así: “Sus páginas son una amalgamiento de lo que yo llamaría sociología psicoanalítica, critica de rock, y una especulación sostenida sobre el significado de los Beatles. El libro se enfoca en analizar la transición de la era moderna a la posmoderna. Los Beatles eran el fenómeno cultural más importante de sus tiempos… ¿pero qué significaron exactamente? Sorprendentemente, esta es una pregunta que nadie puede contestar.”
En su discurso Sullivan procede a explicar que su intención con Los Beatles y Lacan…fue explicar la significación, el sentido, de la excelencia artística e importancia cultural de la banda con el uso de la interpretación psicoanalítica. Sin embargo, como Sullivan mismo,Los Beatles… es un libro sólido, responsable, accesible y poco pretencioso.
Tras esta amena sorpresa, el primer expositor Sztajnszrajber aportó una crítica frontal a los puntos débiles del libro en cuestión. Eso sí, sin despreciar el libro de ninguna forma –más bien en un espíritu de debate y de búsqueda de significado. Aclaró, para comenzar: “El título desorienta porque liga a los Beatles con Lacan. En realidad, el libro tiene como dos abordajes posibles. Lo que hace el autor es básicamente trabajar dos temáticas que me interesan profundamente por eso que podemos llamar, de algún modo, la utilización –lo digo en difícil y después explico qué es–, de dispositivos hermenéuticos exteriores para trabajar una temática que a priori no presenta ese tipo de abordaje. O sea, nada hay en los Beatles que autorice de manera inmediata a leerlos desde la óptica de Lacan. O en todo caso, se le puede leer desde la óptica de Lacan como se leer desde la óptica del Tarot.”
Sztajnszrajber procedió a polemizar con el texto de Sullivan, profundizando en su crítica los dos abordajes del texto: el lacaniano por un lado y la teoría cultural por otro. En cuanto este segundo concepto, Sztajnszrajber puntualizó: “Sullivan no solo es un arriesgado por utilizar este dispositivo hermenéutico para leer a los Beatles, sino que es arriesgado en otro sentido mucho más fuerte. Para mi lectura, es propio de la época de gestación del libro. El libro es del 95 –digo esto más allá del bien y del mal–, y se nota. Se nota que es del 95. Se nota que está situado en una problemática que 15 años o 20 años después se fue como resolviendo…”
Para Sztajnszrajber ya no se puede designar el “posmoderno” como un período histórico autónomo. Por ese motivo ve al libro de Sullivan como un artefacto de un momento cultural que ya se ha superado.
Cada discursante se limitó a los veinte minutos pautados entre los tres. Aun así Sztajnszrajber dejó media decena de conceptos que podrían llenar páginas de texto y horas de conversación.
El próximo presentador, Pujol, eligió leer su ponencia. Sin embargo no por eso fue árido. Se interrumpió a sí mismo para improvisar pensamientos y dialogar con las ideas de Sztajnszrajber. Pujol arrancó con una pertinente observación: “Una parte importante de nuestra sociedad es beatlemaníaca y lacaniana en proporciones bastante escandalosas –casi absurdas. De hecho, más beatlemaníaca que la sociedad francesa, sin duda, y más lacaniana que, también sin duda, de la sociedad inglesa.”
Profundizando en su lectura del libro de Sullivan, Pujol dijo: “Sullivan escucha a los Beatles con el propósito de desentrañar el significado profundo de sus creaciones. Y en su opinión, antes que ser el emergente de una época, el grupo terminó siendo el agente de cambio que barrió con su influencia artística e intelectual, los últimos vestigios de una modernidad agónica, para abrirnos las puertas de lo que llamamos, desde los años 80, la posmodernidad.”
La intervención de Pujol fue afectuosa. En algún momento dijo: “Por supuesto no pretendo psicoanalizar a Sullivan, pero es indudable que al referirse a la generación del Baby Boom y sus problemáticos vínculos con sus padres, en alguna medida está hablando de él mismo. De lo contrario, ¿cómo se explica que un catedrático experto en literatura española, sin otros antecedentes en el terreno de la musicología que este libro, haya abordado con minucia y agudeza, pero también con afecto y cercanía, ese núcleo de creatividad que lo llama matrimonio psico-musical, que supieron conformar John Lennon y Paul McCartney?”
El último turno fue de Rosso y fue bueno que terminara él. La secuencia de oradores comenzó por la crítica muy aguda y teórica de Sztajnszrajber, pasando a un análisis más clásico de Pujol; el cierre de Rosso fue autobiográfico y emocional. Lo citamos para cerrar esta nota: 
“La gente joven empezó a sentir que la vida pragmática y materialista que llevaba la sociedad occidental moderna era estéril en lo espiritual y que ofrecía pocas cosas en verdad significativas. Que la forma de pensar establecida les resultaba más destructiva que constructiva… Para mí, en realidad, los Beatles son catalizadores de un cambio que se estaba dando en toda una generación. Ganas de desplegar la imaginación en gran escala en las artes, en la cultura en general, en la literatura, en el cine… Un país que era blanco y negro que los Beatles ayudan a ponerlo en colores.”

domingo, 21 de julio de 2013

ALBERT CAMUS

Camus, prisionero de la libertad

A un año del centenario del nacimiento de Albert Camus, que se cumplirá en noviembre de 2013...


Hace unos días las agencias de noticias se agitaron a raíz de un alboroto con típico gusto francés y algo más. A un año del centenario del nacimiento de Albert Camus, que se cumplirá en noviembre de 2013, la mega exposición planeada para conmemorarlo en Aix en Provence –la ciudad donde está depositado el legado del autor de “El extranjero”– parece estar a punto de naufragar por las internas locales que intentan sacarle rédito político al aniversario. Algo similar a lo que quiso hacer el ex presidente Nicolás Sarkozy al cumplirse los 50 años de la muerte de Camus, cuando propuso trasladar sus restos –hoy en el modesto cementerio de Lourmarin (Luberon)– al ilustre Panthéon de París. También entonces las internas –esta vez familiares– dejaron la mudanza para otra posteridad: los hijos gemelos del escritor, Jean y Catherine, no se pusieron de acuerdo y la iniciativa quedó en una tensa inmovilidad.
La muestra en Aix en Provence sigue igual de estancada por “los egos sobredimensionados, las perrerías de la política politiquera, las patologías mentales, las intrigas de palacio, la morgue de la impotencia universitaria, la ñoñería de una ministra que confunde el uso público del dinero con el castigo ideológico, la abulia de las instituciones culturales…”, escribió en Le Monde el filósofo Michel Onfray, último curador renunciante de esta exposición a la deriva.
Por fortuna, no todas han sido malas noticias alrededor del legado de Camus. En marzo de este año se desempolvó de los Archivos Nacionales de Ultramar un artículo extraviado que el autor de “La Peste” había escrito el 25 de noviembre de 1939 para Le Soir Républicaine de Argel. En Francia regía la censura y el texto nunca salió a la luz, hasta ahora. Allí define los cuatro mandamientos de la prensa libre: lucidez, desobediencia, ironía y obstinación. El periodismo –escribió Camus– debe “rechazar lo que ninguna fuerza le podría hacer aceptar: servir a la mentira”. Más de siete décadas después, sus palabras arden como una antorcha que ilumina este presente amenazado por tantos oscuros abismos.

martes, 9 de julio de 2013

1984- GRAN HERMANO

El espionaje de EEUU dispara las ventas del libro ‘1984’

El libro escrito por Orwell en 1949 ha saltado del puesto 11.855 al tercero de los más vendidos en Amazon

Nueva York







Las ventas en Amazon de la novela de ciencia ficción 1984 han pasado del puesto 11.855 al tercero en un día.
El repentino interés por el libro de George Orwell, escrito en 1949, sobre un mundo en donde el Estado contrala todas las acciones de sus ciudadanos coincide con el descubrimiento de que el Gobierno de los Estados Unidos tienen acceso a todos los datos personales que se difunden  através de Google, Facebook, Apple, Microsoft entre otras empresas de comunicaciones por Internet.
El crecimiento también se ha detectado en la cadena de librerías Barnes and Noble, y en la tienda neoyorquina Strand Book han aumentado un 50% desde unas ventas regulares de 12 ejemplares a la semana. El incremento coincide con la publicación del programa de espionaje de ciudadanos revelado por The Guardian la pasada semana.
En Amazon también han crecido varias ediciones de 1984, del puesto 626 al 179 y una edición con la Granja de animales, también ha pasado del 656 al 228. La lista se actualiza cada hora, en la mañana del miércoles 1984 ocupaba el puesto 19ºy prácticamente era el único libro no de actualidad.

martes, 25 de junio de 2013

SAMUEL BECKETT

Vida y obra: Samuel Beckett

Premio Nobel 1969, dramaturgo, novelista y poeta, Beckett logró superar la aplastante influencia de su gran predecesor irlandés, James Joyce. Y aunque está encasillado en la literatura de vanguardia, su búsqueda literaria fue sencilla: hallar una expresión honesta al dilema de existir en un mundo aparentemente sin sentido.



Poco a poco nos vamos alejando del siglo XX y, aunque aún lo tenemos demasiado cerca para verlo desapasionadamente, ya es posible entenderlo como una unidad que comenzó y terminó. Podemos imaginarnos cómo este siglo hermano será visto dentro de varias generaciones, dentro de un puñado de siglos, por ejemplo. Y cuando se arman las listas esenciales de fechas, descubrimientos, batallas, edificaciones y autores, apostamos que en la última categoría estará Samuel Beckett, el flaco y elegante escritor irlandés cuya vida y obra transcurrió en pleno siglo XX. Nació en 1906 en el pueblo de Foxrock de Irlanda (un suburbio de Dublín) y murió en París en el último mes de 1989.

Beckett es mucho más accesible de lo que parece a primera vista. Si uno solo lo conoce por un puñado de sus obras teatrales, como Esperando a Godot y Días Felices, es posible encasillarlo como un autor avant garde, o –para usar una frase aun más detestable– un escritor experimental. Beckett, en su vida y obra, fue una persona llana, directa y honesta. Nunca hizo algo por lograr un efecto o por conseguir un lugar en el mundo literario –aunque sí le interesaba la gloria literaria. Su vida no fue exactamente un sacerdocio –tenía muchos amigos, le gustaba beber, las mujeres, tenía un sentido del humor crudo y escatológico, era muy deportista de joven– pero sí fue marcada por un compromiso casi sagrado para buscar expresar en palabras la realidad de su existencia. Para ver qué se podía hacer con el lenguaje, con la literatura, para expresar con máxima honestidad el dilema humano. Y el dilema humano es, simplemente: ¿que hacemos acá? ¿Cómo pasaremos los días?

Si suscribimos a la teoría de Harold Bloom de la angustia de las influencias, que dice –más a menos– que el problema más grave para un autor en sus inicios es superar los logros de sus antecesores inmediatos, el obstáculo mayor para Beckett fue James Joyce. No hace falta decirlo: Joyce fue un titán que cambió la literatura universal. Ulises (1922) rompió todo. Puede ser que nadie aun haya escrito una novela nueva después. Beckett y Joyce eran irlandeses. Para hacer las cosas más complicadas, Beckett, a los 22 años, conoció a Joyce. Trabajó con él en París, en 1928, cuando había conseguido (Beckett) una beca para ser profesor en el École Normale Supérieure. Se ha dicho que Beckett era secretario de Joyce, pero eso es mentira. Joyce (1882-1941) admiraba a Beckett. Es verdad que Joyce lo reclutó para conseguir prosélitos para su nueva obra, Finnegans Wake (en ese momento llamada A Work in Progress), pero Beckett, por su parte, admiraba tanto a Joyce que usaba zapatos demasiado chicos como para emularlo. Para complicar las cosas más aun, la hija de Joyce se enamoró con Beckett (sin reciprocidad), lo cual terminó causando una ruptura temporaria entre ambos.

Pero lo fundamental es la literatura. Años después, Beckett se dio cuenta, en una revelación que tuvo alrededor de los 40 años, de que si el logro de Joyce fue agregar y agregar y agregarle realidad al mundo a través del lenguaje, el camino que él tenía que tomar era el opuesto: el de sustraer.

Dijo Beckett: “Me di cuenta de que Joyce había ido lo más lejos que se puede en cuanto a conocer tu material. Siempre estaba agregando. Solo hace falta mirar sus borradores para advertirlo. Me di cuenta de que mi camino era vía el empobrecimiento, en la falta de conocimiento y en sacar, en restar en vez de sumar. Cuando conocí a Joyce por primera vez no era mi intención ser escritor. Eso solo vino después, cuando me dí cuenta que no servía para enseñar, para ser profesor. Pero recuerdo haber hablado del logro heroico de Joyce. Le tenía mucha admiración. Eso es lo que logró: fue épico, heroico. No podía seguir el mismo camino.”

Entre sus renuncias estuvo el abandono de su lengua materna. Cambió del inglés al francés. Le permitiría –sentía– escribir de una manera más pura, libre de automatismos estilísticos.

Beckett nació en una familia protestante, no rica, pero acomodada, de las afueras de Dublín. Asistió a buenos colegios donde se destacaba como alumno y atleta. Le gustaba el ajedrez, jugaba cricket y al golf. También participaba en carreras cross-country de motos. En su vejez, cuando no podía conciliar el sueño, jugaba en su imaginación las partidas de golf de su adolescencia. Siempre siguió los deportes por televisión. Fue un brillante estudiante de letras en el Trinity College de Dublín, con un talento exquisito para los idiomas. Leía voraz y críticamente de todas las tradiciones. Amaba a su padre y con su madre tuvo una relación complicadísima que lo derivó a varios años de psicoanálisis. Lo curioso es que tuvo que emigrar a Londres para el tratamiento ya que en los años 20 el psicoanálisis era ilegal en Irlanda.

Entre las novias de Beckett, en su primera juventud, estaba una prima hermana y también una de las herederas de la fortuna Guggenheim. Ella, Peggy, le decía Oblomov, por el personaje del la novela homónima de Goncharov que se pasaba los días tirado en un sillón. Como muchos artistas irlandeses de esa época, emigró. Su destino fue París. Durante la Segunda Guerra Mundial participó en la Resistencia poniendo su vida en riesgo mientras trabajaba para una célula que descifraba y recodificaba mensajes secretos.

Una de las grandes fortunas de Beckett fue su compañera de vida, Suzanne Deschevaux-Dumesnil, seis años mayor que él. La conoció jugando tenis, en un partido de dobles mixtos, a principios de los años 20, pero se unirían después. Como Beckett, Suzanne era austera, reacia a la fama. En sus tortuosos intentos por conseguir una editorial para sus primeras obras, Suzanne fue fundamental. Nunca dejó de creer en él. Y aunque él no le fue totalmente fiel en términos sexuales, estuvieron juntos siempre y hasta el final. Ella murió el 17 de julio de 1989; Beckett duró poco tras su pérdida. Murió en 22 de diciembre de 1989. Dicen que muchos de los diálogos “absurdos” de las obras teatrales de Beckett son casi transcripciones de las conversaciones que tenía con su esposa (se casaron en 1963, aunque vivieron juntos 50 años, incluyendo los años de Resistencia en los campos franceses durante la Segunda Guerra Mundial.)

La fama para Beckett fue una condena y le vino en dos tandas: al estrenar Esperando a Godot, en 1953 y al ganar el Premio Nobel de Literatura, en 1969.

La literatura, el deseo de ser parte de la literatura, de contribuir a su crecimiento, es algo raro: es tan privado escribir y es tan privado leer... Pero los autores, inevitablemente, son figuras públicas. Beckett murió en un hospicio digno y limpio, bien atendido, pero extremadamente austero. Era un hombre rico. No era tacaño. No necesitaba nada. En su cabeza había un mundo.

sábado, 15 de junio de 2013

Entrevista a Cesar Aira

 Se cumplen 50 años de RAYUELA de Julio Cortázar. Iniciamos una serie de notas- entrevistas que hablan a favor y en contra.


ENTREVISTA A CESAR AIRA "El mejor Cortázar es un mal Borges"




El escritor César Aira no sólo vapulea al autor de "Rayuela" al dar cuenta de sus preferencias en la literatura argentina. Le cae a Sabato, a Piglia, a Saer y a todo aquel que "pose de escritor serio". Cuenta que todos sus libros son experimentos, habla de su trabajo con la escritura y dice que su trío tutelar se integra con Manuel Puig, Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini.


CARLOS ALFIERI
Poseedor de una imaginación delirante, desestructurador de modelos y certezas narrativas, Aira se especializa en mezclar los más disímiles materiales estéticos, en entrecruzar los más inesperados planos de significación. Sus textos toman los atajos más disparatados, parecen derrumbarse en el momento en que reanudan más decididamente su marcha, pero siempre se intuyen conducidas por una especie de canon secreto. Aira es un escritor de prodigiosa fecundidad. La prolija destrucción de lo verosímil, por ejemplo del lenguaje, es uno de sus métodos para desintegrar toda sombra de realismo. Tomemos por caso su libro El bautismo: uno de los personajes, el vasco Mariezcurrena, a quien define como un chacarero bruto, dialoga con el cura acerca de la naturaleza del viento con la actitud intelectual y el vocabulario de un epistemólogo.

- —¿Reconoce esta manera de disolver la verosimilitud, en este caso a través de la incongruencia entre discurso y hablante, como uno de sus ingredientes humorísticos preferidos?

- —Nunca me gustó eso de hacer hablar como brutos a los brutos... He escrito novelas de ambiente de indios, por ejemplo, y algunos me reprochan: "Pero tus indios filosofan, parecen Bergson." Bien, no importa. En el fondo todo son convenciones literarias. Pero le haría una observación respecto de una palabra que usó: humor, o humorístico. El humor a mí me sale un poco involuntariamente , contra mis propósitos.

- —Pues le sale con frecuencia y muy eficazmente.

- —Sí, y lo he lamentado. No me gusta el humor en la literatura, me parece peligroso. Cuando tengo ocasión de darles algún consejo a los jóvenes escritores les digo que traten de evitar el humor. El humor es una de esas vetas del discurso que van a buscar un efecto. Y si no obtienen ese efecto se abre un vacío; un vacío patético, como cuando uno cuenta un chiste y nadie se ríe.

- —En sus textos se produce a menudo un deslizamiento paródico hacia un supuesto discurso científico. Da la impresión de que además de un recurso literario es de algún modo la expresión de un auténtico interés suyo por la ciencia. ¿Es así?

- —No del todo. Creo que mis intereses, los auténticos y los inauténticos están filtrados por la literatura. Porque el único y definitivo interés mío ha sido la literatura. Tuve una vocación muy definida desde muy chico y no me aparté nunca de ella. Lo que no excluye que haya tenido, como todo el mundo, modas personales, intereses pasajeros por la música, por el cine en mi juventud o por las artes plásticas. Y dentro del mundo de los libros, por la historia, por la divulgación científica también. Pero ahora, en mi madurez, siento que todo pasa y pasa sin pena: no lamento haber perdido el gusto por alguna cosa. Lo que queda es la literatura.

- —En su literatura se multiplican los posibles planos de significación. Su relato "Mil gotas", para tomar un ejemplo, parece ser a la vez un discurso aristotélico sobre forma y materia, una aproximación a la física cuántica, un delirio hilarante sobre la fuga de todas las gotas de óleo que constituyen la Gioconda de Leonardo y una reflexión sobre el verosímil literario y muchas otras cosas. ¿Qué puede comentar al respecto?

- —Para empezar, debo decir que todos mis libros son experimentos. Son pensados como tales, pero no se trata de experimentos hechos con la seriedad metódica de un científico sino con la seriedad ametódica de un sabio loco o de un niño que juega al químico y mezcla dos sustancias para ver qué pasa. Del mismo modo yo mezclo mis sustancias para ver qué pasa, y yo mismo no sé muy bien qué va a pasar. Con Mil gotas intenté narrar, dicho muy esquemáticamente, una huida de esas gotitas que van a todo el mundo pero atraviesan distintos niveles de significación, de lo literal a lo alegórico, a lo simbólico, o traspasan discursos y dan una idea de una dispersión verdaderamente multidimensional.

En cuanto a esa simultaneidad que menciona, yo la he notado, porque debe ser así como funciona mi imaginación. No he tratado deliberadamente que salga así: sencillamente sale así, y me parece que está bien. Yo trato de tener un estilo o una prosa lo más llano, simple, transparente posible. En general nunca he hecho juegos de lenguaje, nunca he cultivado esa sensualidad de la lengua que algunos críticos alaban tanto en otros escritores.

- —Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante...

- —Sí, claro, y Lezama Lima... En fin, los escritores cubanos son muy sensuales con la palabra. En mi caso no, siempre escribo una prosa simplemente informativa, porque sino se produciría de verdad un caos. Trato de mantener ese mínimo de cortesía con el lector. Pero mis delirios son un poco confusos, son confusos para mí mismo y los saco sin mucho orden, sin mucha disciplina para ver qué pasa, por lo menos trato de mantener esa superficie por la que la lectura pueda deslizarse tranquilamente.

- —Hablábamos antes de los sabios locos. Usted parece haber sido un lector de cómics y amante de las películas norteamericanas de ciencia ficción de clase B o C. ¿Le gusta jugar con ingredientes literarios de las fuentes más disímiles?

- —Todo el tiempo. Hay un componente infantil que trato de no perder. En realidad ese ha sido uno de los pocos aspectos de mi literatura que se me ha reprochado y criticado seriamente, y con cierta razón. Porque yo he tenido, en general, una crítica siempre buena, casi he extrañado algún misil, alguna cabeza nuclear bien dirigida al centro de mi obra. Pero no la han disparado, salvo las críticas a ese componente no serio. Es decir, se me reprocha que vivimos tiempos muy graves, muy difíciles, la Argentina pasa por catástrofes inauditas y yo sigo con mis juguetes, con la fantasía y el delirio.

- —¿La puesta en cuestión de lo verosímil es el núcleo de su literatura?

- —Sí. Diría que el verosímil es el centro de todas mis preocupaciones. Buscarlo, lograr un verosímil que sirva para lo que estoy haciendo. Eso viene con mi método de escritura: escribo mis novelas casi como diarios íntimos. Empiezo a partir de una historia, de algo que surge y me parece atractivo, sugerente, o por lo menos potable, y arranco a ciegas, no sé muy bien hacia dónde va a ir el texto, porque las ideas son siempre de una escena de comienzo, apenas de una posibilidad. Y después, voy escribiendo. Como soy muy metódico, escribo todos los días una paginita a media mañana en algún café de mi barrio. Me abro a lo que me ha pasado ese día, el día anterior, a cosas que veo por la televisión, a programas frívolos, a algunas de esas comedias costumbristas. Por supuesto, también están las lecturas, el cine, las charlas con la familia y con los amigos. Y el barrio, la gente, las calles. De modo que entran muchas cosas, y las más raras van directamente a mis novelas. Van, pero la realidad es imprevisible y lo que puede pasar no lo puedo calcular.

- —¿Es justo que lo consideren un escritor posmoderno?

- —Bueno, posmoderno es una palabra, y yo siempre digo que las palabras deben servirnos a nosotros y no nosotros a las palabras. Es decir que cada cual puede definirla como quiera y usarla conmigo o con quien quiera. Pero yo no me considero posmoderno en tanto creo haber seguido fiel a la preceptiva modernista en la que me formé. Mi lema sigue siendo el famoso verso de Baudelaire: "Ir hacia delante y siempre en busca de lo nuevo." Y sacrificarlo todo por lo nuevo, ¿no? Y esta actitud no es posmoderna. Creo que el posmodernismo deshace esa línea hacia delante para erigir una especie de estantería de supermercado donde está toda la cultura de antes, la de ahora, la de después, y entonces procede con ellas a formular combinaciones al azar. No es lo mío.

- — ¿Cómo se siente ante la figura todopoderosa de Borges?

- —Evidentemente, Borges fue casi demasiado grande para la Argentina, y fue una especie de sombra paterna que ocupó la literatura de todo el siglo XX. De hecho, creo que mi primera lectura seria, a los 12 o 13 años, fue la de sus cuentos. Cuando oí hablar por primera vez de Borges, hacia 1961 o 1962, todavía él no había empezado su gran carrera de fama internacional, pero ya era un clásico argentino y salían sus libros en una serie que se llamaba Obras Completas, que publicaba Emecé. Como yo insistía en leerlos, mis padres me los compraron y los leí. No sé si yo era un chico inteligente o Borges tiene algo que también sabe atrapar a la juventud. Yo era jovencísimo, pero aun así sentí toda la grandeza, la elegancia, la exquisitez de sus textos, eso que es casi un veneno porque nos mal acostumbra y después todo lo demás en literatura parece no estar a su altura. Claro que, como todos los escritores en Argentina he tenido mis altibajos en relación con Borges. Tuve una etapa militantemente antiborgeana, en la que me pasé a la vereda de Rimbaud: la vida, la vida que entra y se funde con la literatura. Borges es otra cosa: es frío, es ese Everest de inteligencia, de lucidez; no se contamina con la realidad... Pero he hecho las paces con Borges y me siento contento de ello.

- — Algunos críticos lo sitúan a usted junto a Juan José Saer y Ricardo Piglia como referente de la literatura argentina del último cuarto de siglo. ¿Cuál es su opinión sobre los otros dos escritores? Si debiera proponer un terceto distinto, ¿a quiénes nombraría?

- —¡Uf qué pregunta difícil! En primer lugar debo aclarar que Saer y Piglia son diez años mayores que yo y pertenecen a otra generación, otra atmósfera, otro mundo. De hecho, yo los leía de jovencito (bueno, a Saer; a Piglia prácticamente no lo he leído). Piglia es un escritor serio, un intelectual muy apreciado como profesor... en fin. A Saer sí lo leí mucho y lo aprecié mucho; es casi un clásico moderno argentino. Después, me fui apartando de su poética, y sé que él no aprecia mucho la mía. Saer también es un escritor serio... pero yo he buscado otros modelos. Saer ya no me atrae; con el tiempo me he ido alejando de esa postura seria, responsable hacia la sociedad y hacia la historia.

- —¿Si tuviera que proponer otro trío de referentes?

- —No tienen por qué ser tres, no seamos tan hegelianos. Yo tuve el privilegio de estar cerca, o en algún caso de ser muy amigo, de tres escritores que existieron en la Argentina en estos 25 o 30 últimos largos años: Manuel Puig, Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini. A los tres los encontré geniales y fueron modelos para mí, por motivos distintos, como modelos de vida, modelos de actitud... A veces uno toma un modelo y después hace todo lo contrario de él, pero el modelo sigue actuando, como contraste tal vez. Los tres han muerto jóvenes, los tres han dejado su mito, su leyenda, y los tres me acompañaron siempre. Si buscamos un trío, entonces, propongo ese. Es mi trío tutelar.

- —¿Le parece que existe una ruptura total entre la literatura argentina del siglo XIX y la del XX o reconoce zonas de enlace?

- —Hay que reconocer que la literatura argentina del siglo XIX es muy pobre. Lo mejor que tiene es el género gauchesco, que es nuestra gran invención, y dentro de la literatura gauchesca está el Martín Fierro, que es un libro del que ya no podemos opinar porque se ha puesto un poco más allá de las opiniones, como un libro-fetiche de la Argentina. Sin duda, posee grandes méritos literarios. En el siglo XX todos los buenos escritores argentinos, que los tuvimos, buscaron ese punto de conexión. Borges mismo lo buscó en la literatura gauchesca, en el Martín Fierro, en cambio, nunca le interesaron los románticos —José Mármol, Esteban Echeverría—. Otros sí exploraron en ellos. Pero en fin, no había mucho de dónde aferrarse. Después está la línea de los escritores políticos: ellos sí encuentran en historiadores y escritores del XIX, como Sarmiento o Mitre, puntos de engarce. Pero yo creo que la literatura literaria argentina nació con el siglo XX, exceptuando la gauchesca. Nació con las vanguardias, con la visita de Rubén Darío a Buenos Aires, con el modernismo, con algunos buenos poetas y otros a quienes no considero buenos poetas, como Leopoldo Lugones. Lugones me pareció siempre un farsante. Hay muchos chistes sobre él, como aquel comentario irónico de Macedonio Fernández: "Este muchacho Lugones, tan trabajador, ¿cuándo se decidirá a darnos un libro?" (y ya había publicado como un centenar). Recuerdo que Pizarnik me decía que había encontrado un verso bueno en Lugones, que hablaba de una niña que salía del mar desnuda y nombraba sus "senitos benjamines". Una vez, leyendo a Jules Laforgue, encontré en él los famosos senitos benjamines. Por algo dijo Oliverio Girondo: "El mejor Lugones es un mal Laforgue"

- —¿Podría describir las líneas esenciales de la literatura argentina de los últimos 50 años?

- —No creo que vaya a decir algo muy original. Está la línea de Borges-Bioy Casares-Silvina Ocampo, por un lado. Ellos promovieron esa literatura más intelectual (se la ha calificado como fantástica), de enigma policial, de tramas bien construidas, de huida de lo que llamaron "el fárrago psicológico" y metían en él, con increíble injusticia, nada menos que a Proust, aunque creo que después Bioy se retractó de eso. Eso marcó mucho, de allí salió toda una vertiente literaria, sin ir más lejos, Cortázar. Aquí podría yo parafrasear a Oliverio Girondo y decir que el mejor Cortázar es un mal Borges.

- —¡Qué duro!

- —No puedo evitarlo. Bueno, y está la famosa polémica de la década de 1920 entre los grupos de Boedo y Florida. Este último era el grupo de los escritores de la clase alta, afrancesados o anglófilos, y Boedo representaba la literatura de combate, que no dio buenos exponentes pero sí constituyó una línea que tuvo también su clara descendencia. Así, en la segunda mitad del siglo XX siguió existiendo la novela llamada realista, que toma los hechos de la historia. Finalmente, creo que se repiten los paradigmas: la derecha y la izquierda existen en todas partes.

- —Pero también hay líneas intermedias, como la que representa Roberto Arlt.

- —Arlt para mí es un grande. Bueno, habría que decir uno de los dos grandes: el otro, claro, es Borges. Tan distintos y tan parecidos, ¿no?

- —¿Con qué corriente cree que entronca su obra?

- —Mi literatura viene de esa línea intelectual, borgeana, pero con unos vigorosos afluentes arltianos. De Arlt he tomado el expresionismo, esa cosa que a Borges lo horrorizaría. Aunque a él le gustaban las viejas películas expresionistas alemanas, pero casi como una aberración intelectualmente interesante. Arlt es el escritor que sin saber nada del expresionismo es un expresionista nato, deformador a ultranza. La imaginación de Arlt funciona por contigüidades químicas que lo deforman todo, y su mundo está hecho de sombras que se desplazan y de seres que empiezan a fundirse ante nuestros ojos, de monstruos...

- —Apelo a su experiencia como responsable de su Diccionario de autores latinoamericanos para pedirle un juicio sucinto sobre estos escritores argentinos: José Bianco, Silvina Ocampo, Alejandra Pizarnik, Ernesto Sabato, Julio Cortázar.

- —A Bianco lo conocí ya viejo, bastante decadente, y presentó un libro mío, Canto castrato, del que estoy bastante avergonzado. Hizo una presentación muy amable. Bianco es el escritor que no escribe, una figura un poco triste. Pasó su juventud entre la influencia de Marcel Proust y la de Henry James, que cubre enteramente esos dos pequeños libros suyos, Las ratas y Sombras suele vestir.

- —¿Silvina Ocampo?

- —Creo que Silvina Ocampo es un genio, una de las grandes. Vivió un poco a la sombra de su hermana Victoria por un lado y de su marido, Bioy Casares, y Borges por el otro. Era una mujer extravagante, una poeta no muy lograda, pero cuando escribía sus cuentos, esos cuentitos pequeños y vitriólicos, era perfecta.

- —¿Alejandra Pizarnik?

- —Escribí un par de libros sobre ella. Uno es un estudio sobre su poesía, salido de cuatro charlas que di en la Universidad de Buenos Aires, y lo hice con intención un poco justiciera. Porque con Alejandra se ha creado ese mito de la angustiada, de la sonámbula, de la pequeña náufraga, etc., etc., y toda la crítica que se hace sobre ella cae en ese campo metafórico, entra en el juego de ella y no le hace justicia a su obra. Entonces, traté de tomar un poco de distancia, de escribir fríamente sobre el procedimiento del que salía su poesía. Creí descubrir esos deslizamientos de la subjetividad que hay en sus pequeños poemas, que son como mecanismos perfectos, muy trabajados, y sobre todo quise hacerle justicia al hecho de que ella era una intelectual, una gran lectora, que tenía, claro está, problemas psicológicos, pero de allí a hacer hincapié en ellos y presentarla como una especie de loca, al borde de una cornisa asomada al vacío, me parece totalmente erróneo e injusto.

- —¿Sabato y Cortázar?

- —Bueno, a Sabato no lo hemos tomado nunca muy en serio. Y sorprende un poco que alguien se lo pueda tomar en serio. Es un señor que tiene aristas muy risibles: esa vanidad, el malditismo... Malditismo que no condice con su personalidad. Es un señor perfectamente racional que juega al maldito. Así, se ve obligado a escribir constantemente en sus textos la palabra angustia, la palabra dolor... y claro, eso no funciona.

- —¿Y Cortázar?

- —Cortázar es un caso especial para los argentinos, y no sólo para los argentinos, también para los latinoamericanos y quizás para los españoles, porque es el escritor de la iniciación, el de los adolescentes que se inician en la literatura y encuentran en él —y yo también lo encontré en su momento— el placer de la invención. Pero con el tiempo se me fue cayendo. Hay algunos cuentos que están bien. El de los cuentos es el mejor Cortázar. O sea, un mal Borges, o mediano. A propósito de una de las cosas más feas que hizo Cortázar en su vida, el prólogo para la edición de la Biblioteca Ayacucho de los cuentos de Felisberto Hernández, un prólogo paternalista, condescendiente, en el que prácticamente viene a decir que el mayor mérito del escritor uruguayo fue anunciarlo a él, cuando en verdad Felisberto es un escritor genial al que Cortázar no podría aspirar siquiera a lustrarle los zapatos. Sus cuentos son buenas artesanías, algunas extraordinariamente logradas, como Casa tomada, pero son cuentos que persiguen siempre el efecto inmediato. Y luego, el resto de la carrera literaria de Cortázar es auténticamente deplorable.

- —¿Qué aporte de las vanguardias históricas a la literatura aprecia en particular?

- —Muchos. Para empezar, uno de los rasgos básicos de las vanguardias, que es la preeminencia del proceso de creación sobre el resultado: ese sigue siendo mi método de trabajo. Habría que analizar vanguardia por vanguardia. Por ejemplo, del dadaísmo no puedo sino admirar su actitud, su gesto de ruptura, su irreverencia, eso de largar la carcajada en medio de la Misa Solemne. Del surrealismo, mil cosas, como el dominio de la imagen. También me interesa mucho el constructivismo ruso, que he estudiado mucho, y Rodchenko en particular. He prestado mucha atención a esta corriente y la he seguido con mucha simpatía, porque pienso que con ella llegó a su culminación el predominio del proceso creativo: el arte es un proceso infinito. Ese momento utópico, a finales de la década de 1910, antes de que cayera el mazazo sobre ellos, me sigue estimulando, y lo sigo uniendo a la famosa frase de Lautréamont: "La poesía debe ser hecha por todos". Democratizarla en serio, sacarla de esa cápsula de calidad, de lo bueno, de lo bien hecho, de lo hecho solamente por el que haya nacido con el don para hacerlo. Por eso me gusta, por ejemplo, John Cage, un músico que no era músico, que tenía dos tapones de madera en los oídos, y sin embargo hacía música, inventaba el modo de hacerla.