viernes, 27 de junio de 2014

MANUEL RIVAS, un escritor gallego

Artesanía. Manuel Rivas dibuja cada una de las dedicatorias que firma en sus libros. Un gesto de complicidad que los lectores agradecen.

Manuel Rivas. 

Todos tenemos algo de Ulises

Entrevista. El escritor gallego ahonda en las razones que lo llevaron a escribir “Las voces bajas”, una novela con ecos de infancia y miedos.

por Susana Reinoso 

Recuerda el instante en que la literatura se manifestó en su vida como un acontecimiento iniciático. Tenía 2 años y en la casa estrecha de su infancia no abundaban los juguetes. Una tarde, mientras su hermana María miraba por la ventana una caravana festiva, de pronto asomaron unos muñecos gigantes. María corrió hacia él, se abrazaron aterrados. Al volver la madre a su casa, le contaron el episodio. Ella les dijo: “Si seréis tontos. Son los cabezudos, los Reyes Católicos”. Con la poesía que le pone a las palabras cuando habla, Manuel Rivas lo razona así: “Ese era el principio de un relato histórico, una alquimia perfecta de lo que es la literatura, mezcla de espanto y humor, de miedo e ironía. Fíjate el recorrido de esa frase. Es la historia de uno mismo a través de los otros”. El narrador gallego vino a Buenos Aires invitado por la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), para participar del Programa Lectura Mundi y de actividades de la revista Anfibia.
El autor de El lápiz del carpintero ignora por qué esas palabras de su infancia le despertaron el deseo de narrar. Hoy, a los 56 años, vuelve a “aquella interferencia, el recuerdo del primer miedo, que me apareció cuando escribía otra novela”. Puesto a explicar cuáles fueron los hechos que se le manifestaron con tanta nitidez, a la hora de comenzar a tejer Las voces bajas dice que fue su hermana María la que primero se apareció claramente. “Este primer recuerdo era como una imagen de un tiempo de la vida en el que yo estaba en la frontera del lenguaje, tenía dos años y apenas balbuceaba. María era quien hablaba. Yo encuentro en esas voces bajas los murmullos de la vida. Pero es también una historia del miedo que aparece en todas las células madres de la escritura. Los ‘Cuentos de Grimm’, ‘Pedro y el lobo’, ‘Hansel y Gretel’, ‘Pulgarcito’, ‘Blancanieves’, ‘Los músicos de Bremen’ son en el fondo formas de adiestramiento contra el miedo. En los cuentos de hadas el miedo humano es el miedo al abandono. En todos está ese miedo mayor”, reflexiona Rivas. Claro que aquel primer miedo infantil tenía unos secretos vasos comunicantes con la realidad histórica de su país. Eran los años 60, “hasta ese momento todavía era la posguerra que se ve, incluso en la ropa. En las fotos aparezco como más gordo, pero en realidad es que la ropa me iba apretada, porque era donada. Era un tiempo donde la gente empezaba a reconstruir los tejidos de la vida. Hay otro capítulo donde cuento que me llevaban a una especie de guardería; éramos muchos niños. Parecía un cajón. Allí aprendí que las paredes pueden expandirse. Era como crear un lugar. Gran parte de la vida transcurre entre el lugar y el deslugar. Y la vida existe cuando la gente convierte el deslugar en su lugar. Es la relación entre cuerpo y territorio”.
Rivas, que ama a su hermana María, dice que éste es su libro. “María siempre me lleva de la mano un paso para adelante. Es ella quien me conecta con las lecturas, la política, con la vida… Ella no tenía miedo y era de vanguardia”. Fue gracias a su hermana que descubrió tempranamente que el machismo es una primera forma de poder “que lleva a otras formas de poder como la esclavitud y la violencia. Es una forma de poder transversal a sociedades y religiones. Esto se veía más claro en un ambiente antifascista. Frente a las voces del poder, que son las voces altas, aparecían estas voces bajas con las que me conecté. María tuvo mucha influencia, me abrió el camino”.
–¿Por qué eligió la infancia?
–Además de la interferencia inicial sobre el miedo que apareció cuando estaba escribiendo otra cosa, era una época que tenía que ver con los secretos. Este viaje de la literatura, emprendido en el libro, es una melancolía activa. Es un rescate de un ser vivo que va germinando. Un secreto abre la puerta a otro secreto. Algo se devela, pero crea un nuevo enigma. Es un proceso como cuando se crea una nueva lengua. Todos tenemos voces bajas y voces altas. Dentro de nosotros, se desenvuelve un combate entre la voz que susurra, que no quiere dominar, y la que quiere imponerse, ordenar. Todos llevamos dentro un anarquista y un tirano. La voz que escribe es la voz libertaria. La infancia es un escenario en el que vivimos y sentimos de forma extrema. Al menos, eso es lo que recuerdo. El primer miedo, la primera crueldad, la primera rebeldía... Es la rebeldía contra la injusticia, la desobediencia interior del “pequeño salvaje”, el verdadero principio de la historia humana.
–¿La búsqueda de la literatura es casi arqueológica?
–Encuentro una similitud entre la búsqueda del viaje literario y de la arqueología. En principio, el viaje empieza escapando, va de un enigma a otro, de un lugar a otro, iluminándose con una luz que parpadea. La arqueología también va encontrando huellas ocultas. La diferencia está en que, en la arqueología, hay un límite que se llama “la línea de lo inaccesible”. Pero la búsqueda literaria se atreve a ir más allá. Y aparece la imaginación, que no es la fantasía, sino la forma más acabada de realidad. Pues nos permite atravesar la línea de lo inaccesible.
Cuenta el autor de Los libros arden mal que en este viaje a Buenos Aires estuvo con cartoneros, los vio hurgar en los residuos y de pronto suelta frases como ésta: “Así como un ciruja es quien revuelve en las entrañas de la montaña de basura, un escritor tiene que adentrarse con sutileza en los escombros”.
–La suya, como otras familias españolas, debe haber guardado secretos.
–Ocultar secretos es común a todas las familias en España. Hemos vivido de uno u otro lado durante la Guerra Civil. Ocultar era una forma de autodefensa. Se enterraba la memoria por miedo. No supe cosas de mis abuelos hasta que murió Franco. Entonces me contaron que uno de ellos estuvo a punto de ser fusilado. La memoria no es un frigorífico, una nevera. La memoria “sueña hacia adelante”. Se conjuga en un tiempo de presente recordado. El problema en España es que desde el establishment se quiso imponer una amnesia retrógrada.
Si algo es inherente al autor de Todo es silencio es su relación con la lengua literaria, su forma de trabajar el lenguaje, de seleccionar las palabras, de intensificar su sentido. “El primer contacto pertenece a la pulsión de Eros. Por decirlo así, las palabras están deseando saltar a la boca, a los labios. Son tus colores, tu música, tus antenas, tus células más táctiles... Pero esa relación intensa, con el paso del tiempo, también se vuelve más perturbadora, más inquieta. Las palabras están tatuadas, son también tus heridas y llevan las marcas de todos los dolores. Y a veces llegan envenenadas, intoxicadas, cansadas de decir. Me impresionó mucho algo que George Steiner dijo de Samuel Beckett en relación con las palabras. Dijo que las sacaba “a escondidas a la luz”, tomándolas de unas reservas peligrosamente escasas. La tarea de escribir, tal como hoy la entiendo, es una lucha contra la extinción, para preservar el sentido de las palabras, una tarea salvaje, ecológica, frente a la sustracción depredadora.” El escritor jujeño Héctor Tizón decía que en cada ser humano hay una novela en potencia pero que el secreto reside en cómo contarla. Lo comparte Rivas: “El cómo escribir es parte esencial de la historia. Es más, el cómo escribir tiene un efecto causal; hace fermentar lo que se cuenta. Está el dicho latino: ‘Si dominas el tema, las palabras vendrán solas’. Pero podemos darle la vuelta: ‘Si dominas las palabras, el tema vendrá solo’. Sí, cada ser humano tiene una novela que contar. Es un Ulises en potencia. Pero la manera de contar es el fósforo imprescindible para que se ilumine una obra”.
Las voces bajas cuenta también una época en la que, según Manuel Rivas, “no se podía mirar y no se podía decir”. De allí que le atribuya a la literatura la misión de “intentar mirar lo que no se podía y decir lo que no se debía”. El escritor gallego no comprende “la ficción como una huida. Realmente creo que ésta es una novela. En todas partes me ha pasado que la gente la lee así. Quien escribe no soy yo. Es una persona que anda, se cruza con otro, es un niño que atraviesa el tiempo y el espacio”. Y al final de la escritura pervive en Rivas una “sensación de felicidad clandestina”, la de haber atravesado aquel miedo atávico de su primera infancia.

viernes, 13 de junio de 2014

Jorge Semprún o Federico Sanchez


Federico Sánchez vuelve con ustedes

El historiador Felipe Nieto ahonda en los años de militancia comunista de Jorge Semprún en el ensayo que ha ganado el Premio Comillas de memorias


Fue Bustamante, Larrea, Artigas, y fue sobre todo Federico Sánchez…Fue todos esos alias, pero en realidad se llamaba Jorge Semprún.
Semprún (1923-2011) se fue al exilio con sus padres cuando era un adolescente y aquí estalló la guerra; luchó en la resistencia antinazi y fue recluido en Buchenwald. La experiencia fue peligrosa y traumática y lo dejó mudo sobre ella durante quinquenios. Se salvó, eso decía, gracias a “la familia comunista” cuya fe abrazó como si alquilara su conciencia. Y en virtud de ese compromiso atendió la orden del Partido de Dolores Ibárruri (y de Santiago Carrillo) y volvió a España como clandestino para poner en orden la gestión de su partido en el interior.
Esa aventura española de Semprún se inició en 1954; a Federico (y a Fernando Claudín, y a otros) Carrillo y Pasionaria terminarían expulsándolos del PCE. Esa aventura, que terminó en 1964, devolvió a Semprún a la literatura. Felipe Nieto (Santander, 1948), profesor deHistoria Contemporánea en la Uned, ha escrito esa historia (La aventura comunista de Jorge Semprún. Exilio, clandestinidad y ruptura,Tusquets), y con ella ganó el último premio Comillas de memorias.
Jorge Semprún y Colette Leloup.
En 1954 aquel Semprún decidió, dice Nieto, “que la mejor manera de seguir luchando contra el fascismo era viniendo a España”. A él “le habían arrebatado la patria, venía a recuperarla. Estaba loco por volver, me dijo. Era su naturaleza española la que lo llamaba, la experiencia atroz del desarraigo que vivió en su primera juventud”. En Francia ya era conocido y podía haber consolidado su éxito político y literario, “pero le faltaba España”. Como ocurre en sus libros, un destello activa su memoria, “y él contó que fue la contemplación de la mercería La Gloria de las Medias, que había sobrevivido a la guerra, la que le devolvió toda la atmósfera del Madrid que él amaba con todas sus fuerzas”. Todo se había empobrecido, “pero esa pequeña tienda le permitió sentirse de nuevo en lo que él había imaginado que seguiría siendo Madrid”.
Pero venía a trabajar por el comunismo. Diez años más tarde se produjo la ruptura, Federico fue expulsado y la ruptura con el partido lo convierte de nuevo en el exiliado Semprún. Fue después de un “un proceso de distanciamiento político” que protagonizan él y Fernando Claudín y que concluye “con graves enfrentamientos personales con Carrillo, cuya política hacia España había fracasado”. Fue una época “virulenta” que acaba, dice Nieto, en rabia “por el modo como han sido condenados al ostracismo”. Con La Pasionaria, sin embargo, esa ruptura no fue tan abrupta; en el caso de Semprún, aquella mujer “había producido en él sentimientos filiales…; él mismo había perdido a su madre, y Dolores había perdido a un hijo en la guerra. Era lógico, en su juventud, cuando más entusiasmo le producían Stalin y Pasionaria, que hacia ellos fueran sus poemas más fervorosos”.
La crueldad estalinista está en primer plano en el PCE. ¿Cómo vivió Semprún esa crueldad? “Con ambigüedad y con duplicidad, probablemente”. Él dice que estaba “enajenado”. “Lo reconoce. Alienado voluntariamente con la causa del comunismo. Hasta 1956 la doctrina vigente era estalinista, no reconocía errores ni represiones, Semprún expresa su adoración por Stalin en un poema que él mismo divulgó Kruschev reconoció luego los errores, la crueldad. Y a partir de ahí empieza una evolución cada vez más crítica hacia el estalinismo”. Semprún reclama del partido una actitud menos autoritaria y propone “objetivos democráticos”. Nieto cuenta que dos de los interlocutores que tuvo para su libro, Javier Muguerza y Julio Diamante, “me dijeron que ellos no hubieran imaginado nunca que aquel Federico que dialogaba con ellos para saber cómo iban la universidad y la cultura fuera un estalinista”.
-¿Podemos decir, pues, que había varios Semprún en aquel Federico?
-Sí, yo creo que sí… No tanto porque tuviera varias personalidades, sino porque aquí no podía aplicar los dogmas que caracterizaban a la cúpula del comunismo internacional de matriz soviética imperante entonces.
¿Era un comunista raro o un comunista raro que a veces parecía ortodoxo? “Es que se pueden ser las dos cosas… Era un comunista jerárquico que fue viendo posibilidades, abiertas por Kruschev, de negociación y apertura. Pero aquí, sobre todo, tenía que aplicarse a la tarea de luchar contra la dictadura para que viniera un estado que ellos querían democrático”.
Era tantos. “Lo que me maravilla fue que no cometiera errores”. Tenía inteligencia y frialdad, no conocía el miedo, “pero tenía miedo por los otros”; su expulsión del partido “lo condenó de nuevo a vivir fuera de España, eso le provocaba rabia y melancolía. Abandonar la cercanía de amigos como Javier Pradera o Claudín, o de otros que seguían en el partido, como Simón Sánchez Montero, que no eran dogmáticos... Esa era lo que él llamaba ´la familia comunista`…”
¿Qué quedó del comunista en Semprún? Él mismo explicó, cuenta Nieto, “que había perdido las convicciones pero le quedaban las ilusiones”. Y abominó, sobre todo, de una frase suya que alguna vez fue un moto: “todo por el partido, nada sin el partido”, aquel fe del carbonero de la que tantas veces habló Pasionaria… “Sintió vergüenza cuando comprobó, con sus compañeros, que habían dado gran parte de su vida por una idea que, puesta en marcha en la URSS, amparó a un régimen abyecto y cruel”. Muchos de ellos “con la mejor voluntad y con el mejor de los deseos” compartieron con Federico Sánchez la aventura comunista de Jorge Semprún. Nieto la ha desmenuzado; el martes próximo, en la Residencia de Estudiantes, se la presenta su colega José Álvarez Junco.

JORGE SEMPRUN Un artículo para el debate



MADRID, España, julio, www.cubanet.otg -Jorge Semprún ha recibido una salva casi unánime de panegíricos con motivo de su reciente fallecimiento el pasado 7 de junio. Los comentarios de corte hagiográfico van desde quien lo considera “un gran hombre” hasta quien lo proclama como el máximo exponente de “la conciencia de Europa”.
Muy pocos se han atrevido a señalar una grave acusación que pesa sobre el autor de El largo viaje y lo vincula a los crímenes contra la humanidad durante el capítulo más negro de la historia contemporánea. Entre otros, su propio hermano Carlos Semprún Maura, que fue también luchador antifranquista y militante comunista hasta evolucionar hacia posiciones liberales, lo acusó sin rodeos de haber sido kapo de los nazis en su etapa de prisionero en el campo de concentración de Buchenwald.
En su segundo libro de memorias, A orillas del Sena, un español…, su hermano Carlos se refiere a Jorge Semprún Maura como “el único kapo conocido, o sea con éxito de ventas, que ha escrito sus memorias de deportado”. Y se extraña irónicamente de que, pese al aspecto saludable que presentaba Jorge Semprún tras su liberación del campo de concentración, “nadie hizo la menor mención, ni sacó conclusiones, sobre la diferencia que existía entre su pinta y la pinta cadavérica de otros deportados”.
Otro pariente suyo, el periodista Ramón Pérez-Maura, corrobora asimismo que Semprún sirvió de “kapo rojo” en Buchenwald. ¿Será un ajuste de cuentas, una vendetta por puro cainismo de la parentela rencorosa, o es un hecho real y verificable? Ciertamente existen testigos directos, sin vínculo familiar, que recuerdan a Jorge Semprún como kapo en dicho campo de concentración. Uno de ellos, Stéphane Hessel, ha cobrado renovada actualidad por ser el autor de Indignaos, el libro que sirvió de inspiración al movimiento de los “indignados” del 15-M en España. En su testimonio, citado por Juan Pedro Quiñonero, Hessel asegura que los comunistas, incluyendo a Jorge Semprún, asumieron la gestión del campo de concentración de Buchenwald.
La acusación no puede ser más dura y moralmente invalidante, ya que que kapo (acrónimo del alemán kameraden polizei) era el prisionero que desempeñaba cargos administrativos en el campo de concentración y, a cambio de ciertos privilegios como preso de confianza, se prestaba al trabajo sucio y en ocasiones brutal contra sus propios compañeros. Jorge Semprún, si bien no aceptaba la inculpación de kapo, tampoco la negaba rotundamente. Permaneció impasible, atrincherado tras el apoyo incondicional de toda la progresía. A pesar de los testimonios sobre los kapos rojos aportados por los sobrevivientes de la barbarie nazi, no se encontrará en su obra, que gira casi toda en torno a su experiencia como deportado en Buchenwald, la menor referencia al papel de los prisioneros comunistas como colaboradores de los nazis en los campos de concentración.
Uno desearía al menos comprender al joven Semprún, un “terrorista” contra los alemanes ocupantes, como él mismo se calificara, pero al fin y al cabo un muchacho de apenas veinte años cuando fue capturado por la Gestapo y colocado frente al dilema moral más difícil de su vida. Vivió más que suficiente para pedir perdón o tan siquiera explicar que su única opción como militante era cumplir las órdenes del PCF. Mas no lo hizo. No tuvo la entereza de compartir sus terribles verdades con los lectores, a no ser al final de su vida y solo mediante vaguedades metafísicas sobre “el mal en estado puro” que afirmó haber conocido en el campo de concentración, según nos cuenta Franziska Augstein en la última biografía de Jorge Semprún, publicada el año pasado en su versión al español.
A pesar del tono más bien tolerante de la biografía, una obra voluminosa fruto de innumerables horas de conversación con el biografiado, Augstein no cae en la burda hagiografía ni escamotea el dato biográfico más controversial. En su calidad de biógrafa autorizada nos confirma que Semprún, el preso 44904, actuó como kapo de los nazis al aceptar la innoble tarea de enviar a la muerte a muchos –tal vez centenares– de los prisioneros del campo de concentración:
…Le asignaron un puesto en la oficina de Estadística Laboral (Arbeitsstatistik). Oficialmente su tarea consistía en gestionar el fichero de prisioneros del campo y confeccionar las listas para los destacamentos que trabajaban fuera del campo. Semprún manipulaba muchas de estas listas a escondidas: la dirección clandestina del campo, en un intento de salvar a camaradas y a otros resistentes de confianza, apuntaba a desconocidos a los durísimos y mortalmente peligrosos comandos de trabajo.
La línea del Partido era tan clara como tenebrosa. Los estalinistas aceptaron de los nazis la gestión del campo de concentración de Buchenwald con el objetivo de sobrevivir. Su coartada, cínica y oportunista a la vez que criminal, era la supuesta misión de preservarse para la historia que les correspondía como vanguardia del proletariado. Ellos eran los elegidos, los que no debían morir, de ahí que seleccionaran a reclusos no comunistas entre sus compañeros para redirigirlos a campos de trabajo forzado de los cuales no se regresaba. Así de simple y de trágico.
La cuestión de los kapos comprometía demasiado a los dirigentes comunistas, a tal punto que desde la posguerra se volvió un tema tabú. Con el fin de falsificar esa página de la historia, el Partido no vaciló en censurar cualquier amago de crítica en ese sentido, aplicando fuertes sanciones a los militantes que osaran transgredir la norma. Al escritor Robert Antelme, quien sí volvió del campo de concentración con la salud seriamente quebrantada, se le ocurrió expresarle a su amigo Jorge Semprún las reservas que tenía sobre la conducta poco ética de los comunistas en Buchenwald, y pagó el precio de su franqueza. Antelme asegura que Semprún lo denunció inmediatamente a la dirección del PCF y que ello le valió su expulsión del Partido. Por otro lado, la escritora Marguerite Duras, esposa de Antelme y también comunista activa en la Resistencia francesa, se refería a Semprún como el chivato que denunció ante la dirección del PCF a casi todos los miembros de la célula en la rue Saint Benoit, entre los cuales figuraba ella misma.
Jorge Semprún fue un estalinista de mano dura, un camarada culto, políglota y encantador que ascendió en 1956 al Buró Político del PCE no precisamente por su gracia y simpatía. Como comisario cultural, entre otras cosas, se le acusa de persecución ideológica contra Carmen Laforet, la autora de Nada, ganadora del Premio Nadal 1944. La novela, que retrata la miseria y grisura bajo el franquismo de posguerra, fue vetada no por Franco, sino por Semprún, a tal punto que no se vino a publicar en Francia sino después de la muerte de la escritora. Su enorme influencia en los medios editoriales franceses logró, 50 años después del hecho, que la Gallimard censurase el pasaje de una biografía de Marguerite Duras en que, según el escritor y periodista Quiñonero, se contaba la delación de Jorge Semprún dirigida al Politburó del PCF contra ella y su esposo Robert Antelme.
No se trata de simples errores de juventud, sino de bajezas incalificables que no se neutralizan recurriendo al heroico antifranquismo de un Semprún clandestino bajo el seudónimo de Federico Sánchez. La leyenda de “el hombre más buscado en España” podrá resultar fascinante como guion de una película, pero debe ser matizada y puesta en su justo sitio. Semprún expuso su vida durante nueve años en la lucha clandestina contra la dictadura franquista, cierto, pero solo con el objetivo de implantar otra mucho peor, la dictadura del proletariado, un eufemismo cuyo trágico significado no escapa a ningún cubano de hoy.
Después de veinte años de practicar el estalinismo puro y duro, Semprún se sintió atraído por la novedad del eurocomunismo. De repente se dio cuenta, junto al ideólogo Fernando Claudín, de todos los desmanes del comunismo al estilo soviético, de los cuales había sido en cierta medida corresponsable. Los dos sufrieron un ataque de lucidez retrospectiva y fueron expulsados del PCE en 1964 por las diferencias crecientes con su jefe Santiago Carrillo, el carnicero de Paracuellos del Jarama. Ambos, como tantos otros rojos radicales, se reciclaron en el entorno político-cultural del PSOE, al amparo de Felipe González, quien los premió con importantes cargos institucionales.
Debe añadirse, en justicia, que los cubanos debemos reconocerle a Jorge Semprún algunos gestos y declaraciones contrarias al castrismo en momentos en que ningún progre osaba tocar la figura del dictador cubano ni con el consabido pétalo. Eso se le agradece, desde luego, pero no es razón suficiente para canonizarlo como el santón supremo de la progresía. Haber sido un kapo de las SS que decidía sobre la vida y la muerte de sus compañeros en el campo de concentración, y después, durante años, un estalinista implacable que ejercía inquisitorialmente como comisario cultural, no son precisamente méritos en el historial de nadie. Es una vileza imperdonable, incluso punible, que no admite maquillajes del currículum, máxime si jamás se oyó al respecto una mínima frase de perdón o arrepentimiento. No importa que el personaje se llame Jorge Semprún y exhiba el más brillante palmarés como intelectual y escritor. Sigue siendo la misma infamia.
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