martes, 29 de abril de 2014

FERIA DEL LIBRO 40




EL SABOR DE LAS PALABRAS
por Verónica Chiaravalli

"Si este siglo XX no será solo de siniestra memoria, ello se debe sin duda al placer y al impudor de las mujeres libres [...]. El sabor de las palabras, restituido a los seres robotizados que somos nosotros, es tal vez el más bello presente que puede ofrecer una escritura femenina a la lengua materna." Así reflexionaba Julia Kristeva en la introducción a su tríptico El genio femenino, cuyo primer volumen, dedicado a Hannah Arendt (seguiría luego con Melanie Klein y con Colette) apareció originalmente en 1999.
Una era llegaba a su fin y la ensayista francesa de origen búlgaro miraba el nuevo siglo con optimismo: sería el turno de las mujeres, que no sólo transformarían la vida en la esfera pública, sino que también introducirían grandes cambios en los papeles que tradicionalmente desempeñaban en la esfera privada, en particular, la maternidad. El siglo XX, feminismo mediante, había traído la liberación colectiva; el XXI sería la ocasión de las oportunidades personales. En consonancia con esa creencia acometió Kristeva su obra. La animaba la intención de que aquellas tres mujeres ejemplares sirvieran de inspiración para que todas las demás se animaran a superarse a sí mimas: "Reconocer la contribución principal de algunas mujeres extraordinarias que, por su vida y su obra, han marcado la historia de este siglo, es un llamado a la singularidad de cada una". Porque las mujeres de Kristeva son excepcionales, pero también de lo más corrientes; cometen errores y muestran sus límites. Y eso, afirma, exige que nos mantengamos en alerta: "Más allá de la invención, la obra o la acción, hay alguien, alguien ha vivido. ¿Somos nosotros alguien? ¿Eres tú alguien? ¡Intenta ser alguien!"
En esta nueva edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, cuatro mujeres singulares hablarán sobre su arte. Lo harán en el espacio de LA NACION. La argentina Alicia Dujovne Ortiz, la cubana Zoé Valdés, la chilena Diamela Eltit y la española Almudena Grandes difieren tanto en sus trayectorias personales como en sus mundos literarios y sus estilos narrativos. Pero todas ellas han elegido un mismo territorio para dar batalla, la literatura, y en él han dejado su marca. También, cada una a su modo honra con sus libros esa característica deliciosa que Kristeva atribuye a la escritura femenina: restituir el sabor de las palabras que ha sido olvidado.

AUSTER Y COETZEE


Paul Auster y John Maxwell Coetzee conocieron lo que pocos turistas: San Martín. Parece lejos, pero el trayecto es veloz. La 9 de Julio, autopista, General Paz y la avenida 25 de Mayo, ya en la provincia, veloz también y con aires de frontera: la arquitectura, heterogénea y bastante cascoteada, típica de un barrio del conurbano que alguna vez supo ser fabril, contrastando fuerte con la otra vereda, la de la Universidad de San Martín, nueva, brillante, con un diseño sofisticado. Acá, en la carpa auditorio, blanca, gigante, curva, cómoda, con capacidad para 500 personas sentadas, a las 18.45, el locutor anuncia a los rockstars: Coetzee y Auster. Van a recibir sendos doctorados Honoris Causa. Suben al escenario dos músicos de esos que honran a la tradición renovándola, Juan Falú, director de la carrera de música de la UNSAM, y Liliana Herrero. “Estamos honrados de tenerlos aquí, en este país tan hermoso. Y tan complejo”, dice ella, pide que la traduzcan, y canta una zamba con esa manera de cantar tan suya. Siguen con una de Atahualpa: “los hombres son dioses muertos de un templo ya derrumbado”, canta Herrero, y uno siente que sí, que lo que creó Yupanqui y en este momento canta Herrero y toca Falú es literatura también.
Toma el micrófono el rector Carlos Ruta: “Paul Auster ha dicho que el significado nace de la música. Para nosotros, los argentinos, ha nacido de esta música”. Coetzee va impecable, con una camisa amarilla y una corbata en la gama de los marrones y Auster, de camisa azul, corbata negra. “Quienes pergeñamos esta visita lo hicimos como lectores, lo hicimos porque hemos leído sus obras que nos han hecho pensar, nos han cambiado”, dice Ruta.
Ahora sí: habla Paul Auster. Dice que escribir es una “extraña manera de pasarse la vida, encerrado en una habitación día tras día, año tras año, empeñado en darle vida a algo que no existe más que en su imaginación”. Se pregunta “qué sentido tiene el arte en lo que llamamos ‘mundo real’. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento”, “nunca evitó que una bomba caiga sobre civiles inocentes”, detalla y sigue: “Hay quien cree que puede hacernos mejores. Quizá sea cierto en algunos casos aislados”, reflexiona, “no olvidemos que Hitler comenzó siendo artista, que los asesinos leen literatura en la cárcel. En otras palabras, el arte es inútil. Pero qué tiene de malo la inutilidad”, se preguntó y se contestó: “Yo sostengo que el valor del arte consiste en su inutilidad. Es lo que nos define como seres humanos, hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo”. Volvió a la infancia, dijo que quienes pueden recordarla recuerdan “el ansia con que esperábamos que nos contaran una historia. Los cuentos de hadas suelen ser crueles y grotescos, cualquiera pensaría que eso espantaría a un crío pero lo que el chico experimenta es justamente una liberación de esos miedos. Nos hacemos mayores y no cambiamos, seguimos esperando que nos cuenten otra historia, y otra y otra más”. Cerró con una nota esperanzada: “Me siento optimista respecto del futuro de la novela. Hablar de cantidad de lectores no es importante, por que hay solo un lector. Un lector cada vez. La novela constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse con total intimidad. Me he pasado la vida hablando con extraños. Y espero hacerlo hasta mi último aliento”.
Coetzee al podio. Comenzó leyendo una de sus ficciones y rápidamente la abandonó para pasar a hablar de García Márquez, de lo que el colombiano sentía como arrebatos de éxtasis cuando escribía. En su caso, apenas “una o dos veces en mi vida he experimentado la elevación de la que habla Gabriel García Márquez. Yo ya no la poseo. Leo la obra de otros y siento que mi alma se me viene a los pies: nunca he sido muy bueno para evocar la realidad y ahora no siento el impulso de recrearla con palabras. Un creciente distanciamiento del mundo es por cierto la experiencia de muchos escritores cuando envejecen. Sin duda, está relacionado con la incapacidad de desear. Desde adentro, sin embargo, puede experimentarse como una liberación. El caso clásico es el Tolstoi, nadie más sensible al mundo real que el joven Tolstoi que escribió Guerra y Paz. Después, cayó en lo que los críticos denominaron un declive, que culminó en la aridez de su última época. Sin embargo Tolstoi lo habrá sentido de manera diversa. Habrá sentido que se liberaba de las cadenas de la apariencia para dedicarse a la única cuestión que le interesaba: cómo vivir.”

domingo, 20 de abril de 2014

Gabo el taxista

por Ariel Dorfman
Fue mi privilegio ser, a los veinticinco años de edad, uno de los primeros lectores de Cien años de soledad. En 1967 era yo crítico literario de la revista chilena Ercilla, y debido a que yo había reseñado con enorme entusiasmo La hojarasca, La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba, el jefe de la sección cultural no dudó de que a mí me tocaría lo que ya se murmuraba era una obra magna de García Márquez. Nada, sin embargo, que había escrito él o leído yo antes me preparó para lo que ocurrió cuando abrí aquella primera edición de Sudamericana (en cuya tapa todavía tengo estampadas las irónicas palabras “sin valor comercial”, esto para el libro que iba a tener más valor comercial –y no sólo comercial– que cualquier otro en nuestra historia continental).
Ya le había anunciado a mi mujer, Angélica, que no contara conmigo hasta que hubiese terminado la novela –actitud con la que, en forma modesta, trataba de imitar pálidamente al mismo Gabo que, según rumores persistentes, se había encerrado durante dieciocho meses para escribirla mientras su querida Mercedes empeñaba y vendía todos los haberes de la familia–. Mi lectura tardó menos, por cierto, que eso: comencé a leer en la noche y me empeciné hasta el amanecer. Tal como el último de la dinastía de los Buendía, no podía dejar de devorar el texto, con la esperanza de que el mundo que había comenzado con un niño tocando un pedazo mágico de hielo en el Paraíso no sucumbiría a esa otra constelación de hielo que es la muerte. Me desesperaba ese posible desenlace porque noté de qué manera la extinción iba rondando a cada generación de la familia, cada acto de alegría y exuberancia, y temía que no sólo aquella estirpe, sino que también toda América latina, terminarían devastadas por el torbellino de la historia.
Mi único problema al arribar a la última frase –donde lectura y acción, historia y ficción, sujeto y objeto, se fusionaban– era que me aguardaba la titánica tarea de escribir la primera crónica en el planeta –que Gabo me dispense si exagero– sobre aquella obra más que titánica. El destino me deparó (para usar una frase que nos enseñó el mismo García Márquez) una triste solución: descubrí que ese mismo día me habían censurado en la revista una entrevista a Nicolás Guillén y mi renuncia a trabajar en Ercilla me libró de la necesidad de escribir la reseña, pude convertirme en un lector ordinario de aquella obra maestra y no tuve que escribir mil palabras sobre aquellos cien años de soledad.
Cuando le conté esta anécdota a Gabo en Barcelona varios años más tarde –era marzo de 1974, seis meses después del golpe contra Salvador Allende–, se rió socarronamente y dijo que era una suerte para mí y para él que yo me hubiera convertido, a la fuerza, en un lector común y corriente, ya que era para ellos que él escribía y no para los críticos, que siempre buscaban en forma insensata una quinta pata a todo gato –“y, a veces, sabes”, me dijo ese gran fabulador, “los gatos no tienen más que cuatro patas”–. Al concluir aquel almuerzo inagotable, tuve otra muestra de cómo Gabo, amante de los mitos y los excesos, se enraizaba siempre en lo menudo y cotidiano. “Te voy a llevar –me dijo–, donde Mario –se refería a Vargas Llosa, que era, por ese entonces, su amigo del alma– porque es necesario que converses con él sobre la resistencia a Pinochet.” Cuando respondí que la casa del autor de La Ciudad y Los Perros quedaba lejos, Gabo me subió a su auto, asegurándome que “si no hubiera sido escritor, hubiera querido ser taxista. En vez de estar sentado detrás de un escritorio día y noche, estaría escuchando las historias de los pasajeros y navegando las calles”.
Diez días más tarde averigüé otra característica suya. Estábamos en Roma para el Tribunal Russell y Cortázar me llevó a que me juntara con Gabo y una serie de otros artistas solidarios con Chile en una trattoria de la Piazza Navona. Para un joven escritor de treintiún años aquello era un sueño: Matta, Glauber Rocha, Rafael Alberti y su mujer María Teresa que, al finalizar la noche, aseguró que ella iba a entrar en Madrid antes de que Franco muriera, montada desnuda, juró, en un caballo tan blanco como los pelos de su esposo. Mi fascinación se vio algo amenguada por la certeza de que mi pobre bolsillo exiliado estaba vacío y que no podría solventar mi parte de la considerable cuenta. ¿Cómo supo Gabo que eso me preocupaba? Antes de que llegara la factura, se me acercó, me guiñó el ojo y me confidenció que él ya había pagado todo.
Mostraría una parecida generosidad con causas más importantes y urgentes en los años que siguieron. En la constante conspiración contra Pinochet y tantas otras dictaduras latinoamericanas, nunca se negó a ofrecer apoyo, consejos, contactos, incluso cuando se me ocurrió, de una manera estrafalaria e imprudente, agenciarnos un barco mercante en que pudiéramos subir a todos los músicos, artistas y escritores chilenos exiliados y partir a Valparaíso para desafiar a los generales y probar que teníamos derecho a vivir en nuestra patria. García Márquez, que por lo general tenía los pies muy en la tierra, se entusiasmó con tamaña locura, digna de sus propias invenciones literarias, y me consiguió una entrevista con Olaf Palme. Angélica y yo partimos a Estocolmo, donde el primer ministro sueco me escuchó con flema escandinava, avisándome que se comunicaría conmigo si creía que mi plan podía prosperar, una llamada, por cierto, que –con toda razón– nunca llegó. “Esperemos, entonces –dijo Gabo–, que gane Mitterrand y ahí conseguimos la nave.” Pero en 1981, cuando eso sucedió, ya había entrado yo en mis cabales, desistiendo de tales afanes y Gabo y su familia ya no permanecían en Europa sino que se habían instalado en México.
Transcribo ahora estos recuerdos, ahora que aquel huracán que acabó con Macondo vino por él, ahora que ya no podemos conversar y reírnos y confabular, los transcribo porque siento que tal vez contengan algunas claves de cómo su existencia y su arte se alimentaron mutuamente, del hombre detrás de tantas palabras que no van a perecer.
Si me quedo con una historia personal suya, es ésta. Un día estábamos almorzando en su casa del Pedregal de San Angel en Ciudad de México y Gabo le dijo a otro comensal: “Sabes que Ariel me llamaba a las tres de la mañana para contarme algún proyecto contra Pinochet. Y sabes que me llamaba collect!”. Cuando el comensal partió, le dije a Gabo que era cierto que lo llamaba a las tres de la mañana, y a otras horas desalmadas, pero que él sabía muy bien que nunca lo llamé con cobro revertido, que Angélica y yo vivíamos de prestado en esa época, sin tener dónde caernos vivos ni muertos, pero que siempre costeábamos nosotros aquellas llamadas. Gabo me miró muy serio y enseguida sonrió. “Perdóname si me equivoqué, pero tienes que reconocer que es mucho más interesante y gracioso si me llamabas collect.”
Y claro que se lo perdoné, se lo vuelvo a perdonar. La raíz de su genio era tomar algo real, sumamente frecuente y habitual y casi periodístico, y exagerarlo hasta lo descomunal. Igual que Colombia, igual que nuestra América, igual que nuestra increíble humanidad que nadie como él, taxista de la eternidad, supo conquistar y expresar y volver inmortal.
* El último libro de Ariel Dorfman es Entre Sueños y Traidores: Un strip-tease del exilio.

El irresistible influjo de don Gabriel

por Mempo Giardinelli
Bueno, era previsible y se esperaba este desenlace. Murió Don Gabo, faro literario de mi generación, pisciano y supersticioso, seguramente el más extraordinario narrador de la lengua castellana del siglo XX junto con Jorge Luis Borges, aunque en diferente registro.
En un año aciago para la poesía latinoamericana –en enero se nos fue Juan Gelman; en febrero el mexicano José Emilio Pacheco– ahora le tocó al más grande fabulador de Colombia y sus alrededores, o sea el mundo entero.
Su trayectoria es, también, la historia de mi vida y la de muchos, miles de autores que en nuestra América, más conscientemente o menos, fuimos paridos a la literatura bajo su irresistible influjo. García Márquez fue como esas mareas de los grandes ríos que, imperceptibles pero definitivas, van formando islas y deltas. Todos los que escribimos en este continente, y la verdad es que también en otros, somos deudores y tributarios de esa fuerza impactante que tiene cada uno de sus párrafos.
Lo leí por primera vez en mi adolescencia, a fines de los ’60, y creo que un poco casualmente. Yo tenía apenas veinte años, estaba por cumplir la condena del servicio militar y en algún lugar leí que la editorial Sudamericana, de Buenos Aires, y enseguida la revista Primera Plana, definían a Cien años de soledad como la novela magistral, revolucionaria, que en efecto era.
Cuando en el Chaco y una noche de tremendo calor, leí el primer párrafo de esa novela, sentí un impacto único, jamás repetido. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea...” Ahí fue que supe, y para siempre, dos cosas definitivas: que yo era escritor y en eso no había remedio, y que me pasaría la vida queriendo y respetando a García Márquez pero tomando distancia de su imaginación y su prosa, como debe hacerse con los padres.
Cuando terminé la novela la releí de inmediato, y entonces supe lo que todo el mundo: que Don Gabo era de Aracataca pero ya vivía en México, como tantos colombianos, y que la historia de la familia Buendía era tan representativa de América latina como el Obelisco lo es de Buenos Aires o el Cristo Redentor de Río de Janeiro.
Por entonces yo redactaba mi primera novelita, que fue, hoy lo sé, a la vez gesto de amor y despedida de García Márquez y de todo el llamado “boom” de la literatura latinoamericana. Ahora me doy cuenta, también, de que fue entonces que tomé la decisión de plantar algún día ese guayabo que hoy tengo y miro cada mañana en mi casa de Resistencia y que se llama, precisamente, Don Gabo, y en el que todos los veranos vienen a comer sus frutos los pájaros más tenaces y cabrones del Chaco.
Después leí esa joya narrativa que es Relato de un náufrago, y yo también fui Luis Velasco en el medio del mar, y después de compartir su angustia empecé a buscar y a seguir la narrativa maravillosa de este escritor impar al que sin embargo –no lo sabía entonces– jamás estrecharía la mano ni tendría oportunidad de coincidir en persona, aunque muchas otras coincidencias, literarias e ideológicas, lo pondrían en mi camino y enhorabuena.
Mientras el mundo se asombraba porque cada nuevo libro de Don Gabo era una obra maestra, yo los leía como se debe leer a García Márquez: con pasión, con la boca seca, sintiendo como sus personajes y saltando en la silla ante sus imágenes y sus adjetivos abrumadores. El ganaba todos los premios, uno por uno, y yo sentía que en cada caso estaba a su lado: en Francia (1969), en Caracas el Rómulo Gallegos (1972) y diez años después el Nobel. Celebré en silencio y a distancia cada uno de sus merecimientos como se celebran las buenas acciones y las buenas palabras de un padre, y gocé cada noticia de él y su fundación y sus viajes mientras era traducido a todos los idiomas del mundo y sus libros prodigiosos alcanzaban los 30, los 40 o 50 millones de ejemplares.
Fui leyendo todo de él y lo que todo el mundo leía, y fui sucesivamente el entrañable dictador de El otoño del patriarca (mi novela preferida en tanto clase magistral de dominio de la prosa castellana), y fui Eréndira y el Coronel y la Mamá Grande, como fui a la par Florentino Ariza y Fermina Daza, y en cada caso sentí que la literatura era lo mejor que había en la vida porque era lo único que me hacía pasar de la emoción al brinco, de la puteada admirativa al llanto conmovido, de la necesidad de compartir frases al silencio profundo de la meditación solitaria.
Pero nunca nos vimos, y quizás estuvo bien que así fuese. Por eso apenas corresponde evocar ahora una minúscula anécdota: alguna vez escribí un artículo duro, acaso impertinente, acerca de la misoginia en El amor en los tiempos de cólera, que él leyó con indulgencia porque después y ante amigos comunes se refirió a mí con generosidad. En el ’82, durante la guerra de Malvinas, le mandé una notita personal agradeciéndole sus palabras certeras: “Se trata de una guerra justa en manos bastardas”.
No he sabido evitar algunas cuestiones personales en este obituario, pero no hubiera podido expresar de otro modo mi tristeza de lector en estas horas. Aun sabiendo que estaba enfermo y grave, y no tenía más horizonte que la muerte, la noticia de este último viaje de Don Gabo me conmueve ahora, como a millones de sus lectores, en esta tarde gris de otoño en Buenos Aires. Mañana vuelvo al Chaco y seguramente regaré con alguna lágrima el guayabo de mi casa.

jueves, 17 de abril de 2014

LA SOLEDAD DE AMÉRICA LATINA


Discurso íntegro que Gabriel García Márquez dio al recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1982


Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.
De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.
Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.
Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.
No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.
América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.
No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.
Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.
Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.
En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.
Muchas gracias.

GABRIEL GARCÍA MARQUEZ EN SUS PALABRAS


A Gabriel García Márquez le faltaba un mes para cumplir los 23 años y vivía en Barranquilla, donde colaboraba en el diario El Heraldo, cuando su madre, Luisa Santiaga Márquez, le pidió que la acompañara a Aracataca para vender la casa de sus padres, el coronel Nicolás Márquez, Papelopara sus nietos, y Tranquilina Iguarán. Gabo, o Gabito, como le llamaban familia y amigos, no tenía ni un centavo. Le pidió a su admirado Ramón Vinyes, “el viejo maestro y librero catalán”, que le prestara 10 pesos. Solo tenía seis y se los dio. Cuando se los devolvió, el viejo maestro se emocionó.
“Luisa Santiaga tenía 45 años. Sumando sus once partos, había pasado casi diez años encinta”, cuenta García Márquez en sus memorias, Vivir para contarla (Mondadori, 2002).
La única manera de llegar a Aracataca desde Barranquilla “era una destartalada lancha a motor por un caño excavado a brazo de esclavo…”, luego, un tren fantasmal. “Hizo una parada en una estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo”.
La familia había llegado a Aracataca 17 años antes del nacimiento de Gabo, “cuando empezaban las trapisondas de la United Fruit Company para hacerse con el monopolio del banano”. El abuelo había huido de Barrancas perseguido por el remordimiento: había matado a un hombre en un lance de honor. “Fue el primer caso de la vida real que me revolvió los instintos de escritor y aún no he podido conjurarlos. Desde que tuve uso de razón me di cuenta de la magnitud del peso que aquel drama tenía en nuestra casa, pero los pormenores se mantenían en la bruma”.
El abuelo le regaló un diccionario de niño que leía como una novela
Allí, en la casa de Aracataca, nació el primero de siete varones y cuatro mujeres, el domingo 6 de marzo de 1927. “Debí llamarme Olegario, que era el santo del día, pero nadie tuvo a mano el santoral”. Así que le pusieron de urgencia el primer nombre de su padre (Gabriel Eligio). Durante mucho tiempo se creyó que había nacido el 6 de marzo de 1928 y se dijo que había elegido esa fecha porque en ese día ocurrió la terrible matanza de bananeros. “La única discrepancia entre los recuerdos de todos fue el número de muertos”. ¿Tres o 3.000? “Tantas versiones encontradas han sido la causa de mis recuerdos falsos”. “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo recuerda para contarla mañana”.
Gabo aclara en sus memorias que falsificó la fecha de su nacimiento para eludir el servicio militar.
En esa época, se debatía entre el deseo de sus padres de que estudiara una carrera académica, el periodismo que, en principio, le atraía de una manera empírica y, sobre todo, su voluntad de ser escritor. Empezó a dibujar tiras cómicas antes de aprender a leer, pero cuando el abuelo Márquez le regaló un diccionario le despertó tal curiosidad que lo leía como una novela. Estudio bachillerato completo y dos años y unos meses de derecho. “Desde mis comienzos en el colegio gané fama de poeta, primero por la facilidad con que aprendía de memoria y recitaba a voz en cuello los poemas clásicos y románticos españoles”. Siempre colaboró en las revistas estudiantiles de los diferentes colegios por los que pasó.
En el Liceo de Zipaquirá, le aconsejaron que se cortara sus bucles de poeta, impropios de un hombre serio, que se modelara el bigote de cepillo y que dejara de usar camisas de pájaros y flores. Lo hizo años después. Devoraba libros, los primeros, como El Conde Montecristo oLa isla del tesoro los sacaba de la biblioteca escolar. Luego los que les prestaron sus amigos: Borges, Graham Greene, Aldous Huxley, Chesterton, William Irish, Katherine Mansfield, Faulkner... Se le atragantaron Ulises y El Quijote, los leyó muy joven, y luego los recuperó. La metamorfosis, de Kafka, le reveló un camino nuevo.
“La verdad, sin adornos, era que me faltaban la voluntad, la vocación, el orden, la plata y la ortografía para embarcarme en una carrera académica”. La ortografía fue su calvario: “Me costó mucho aprender a leer. No me parecía lógico que la letra m se llamara eme, y sin embargo con la vocal siguiente no se dijera emea sino ma. Me era imposible leer así”. Recuerda en sus memorias el bochorno que sintió cuando en el Liceo de Zipaquirá escribió exhuberante o cuando su madre le devolvía las cartas con la ortografía corregida, incluso cuando ya era reconocido como escritor. Dice que sus benévolos correctores creían que se trataba de erratas.
Esta lucha le duró toda la vida. Muchos años después, en el I Congreso de la Lengua Española, en Zacatecas (México) pasmó a los asistentes con su combativa propuesta: “Jubilemos la ortografía: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota y pongamos más uso de razón en los acentos escritos”.
Empezó a fumar a los 15 años y llegó a las cuatro cajetillas diarias hasta que con el paso del tiempo, un médico en Barcelona le examinó los pulmones y le dijo que en dos o tres años no podría respirar. Lo dejó sin ansiedad, al momento.
Gabo se confiesa en Vivir para contarla, tímido, con miedo a la noche y la oscuridad, porque es cuando “se materializan todas las fantasías”. Tenía pavor al teléfono y al avión. Tanto así, que cuando tuvo que volar a Medellín para hacer un reportaje, le acompañó su amigo Álvaro Mutis.
En Zipaquirá le aconsejaron que se cortara sus bucles de poeta
Tomás Eloy Martínez escribió en este diario que García Márquez debía haber titulado sus memorias Vivir para gozarla. Pasó muchas penurias, se alojó en pensiones de tres al cuarto, tuvo que empeñar la máquina de escribir que le habían regalado sus padres, pero todo en él transpiraba energía, alegría caribeña, entusiasmo, humor y pasión. Descubrió el sexo con apenas 13 años, fue como una explosión. Su padre, que tenía una botica homeopática, le envió a cobrar una factura en un burdel y una prostituta le hizo hombre sin cobrarle. Sus amores con Martina Fonseca, que le enseñó a apañárselas con la escuela y con la vida, o María Alejandrina o Nigromanta.
Conoció al amor de su vida, Mercedes Barcha, en un baile en Sucre organizado por Cayetano Gentile, vestida de organza. Casi en seguida le propuso casarse, pero ella le respondió: “Dice mi padre que aún no ha nacido el príncipe que se casará conmigo”, pero ese príncipe fue Gabo.
Gentil es el Santiago Nasar de Crónica de una muerte anunciada. Cuando escribió la novela, su madre, Luisa Santiaga Márquez, le pidió que si tenía que escribir sobre él lo hiciera como si fuera su propio hijo. Le hizo caso.
La música fue otra de sus pasiones, como el cine. “Mi urgencia de cantar para sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel”. En otra ocasión, cogió las maracas de un conjunto tropical y pasó más de una hora tocándolas y cantando boleros. Mutis le enseñó a escuchar música sin prejuicios y él aprendió a escribir con un fondo musical.
El viaje con su madre a Aracataca fue decisivo. “El modelo de epopeya como la que yo soñaba no podía ser otro que el de mi propia familia, que nunca fue protagonista y ni siquiera víctima de algo, sino testigo inútil y víctima de todo”. Saqueó los recuerdos de su familia. La huida de los abuelos de Barrancas. La historia de sus padres, Luisa Santiaga Márquez y Gabriel Eligio. “Esos amores contrariados fue otros de los asombros de mi juventud. De tanto oírla contada por mis padres, juntos y separados, la tenía casi completa cuando escribí La hojarasca”. La matanza de los bananeros en Aracataca. El asesinato en Bogotá de Jorge Eliécer Gaitán, candidato a la presidencia, el 9 de abril de 1948, que el escritor vivió en directo. El saldo asolador del conservadurismo en el poder. Los liberales acosados. Todo esto está en las novelas de Gabriel García Márquez.
En un artículo, La casa de los Buendía. Apuntes para una novela,escrito para una revista colombiana, explicó cómo decidió escribir Cien años de soledad: “Como lo que me contaba mi abuela”.

Mempo Giardinelli

"En la Argentina ha habido perversión en el uso de la palabra"


Bajo la consigna "Buena, bonita y barata: por qué insistir con la lectura en voz alta", el escritor Mempo Giardinelli ofreció una conferencia magistral en el marco del Encuentro Federal de la Palabra que hasta el próximo domingo se realiza en Tecnópolis. "No hay camino hacia el conocimiento que no sea través de la lectura, no hay atajos", fueron algunas de las palabras que eligió el escritor para abordar el tema. "El buen uso de la palabra es una necesidad cada vez mayor en nuestro país. No porque la Argentina se haya despalabrado, sino que ha habido una gran perversión en el uso de la palabra." 
Giardinelli consideró que el eufemismo ha sido uno de los problemas graves de la Argentina, "porque es generador de violencia, implica factores complejos, ya que la mentira se funda en primer lugar sobre la palabra". Por eso, para el autor de La revolución en bicicleta "la lectura es el camino al conocimiento. La pregunta que uno se hace es cómo se accede a la palabra, a un mejor vocabulario, para que los más chicos puedan encontrar, a través de la lectura en voz alta, formas de mejorar su capacidad de imaginación en un sentido de acceso a un pensamiento crítico". 
También apuntó que la Argentina "es un país de mala palabra, en el sentido de que se usa mal; el vocabulario es pobre, hay muchas falencias. Un problema notable es la gran incorporación de anglicismos que se imponen. No lo digo desde un supuesto nacionalismo pedante, simplemente digo que si alguien me atropella no quiero que me diga 'sorry', quiero que diga 'disculpe'." Y continuó: "El centro de la cuestión es qué se aprende y cómo se enseña. Por eso el valor de la lectura es constitutivo, es lo que forma ciudadanía y desde esta perspectiva me parece fundamental la función de los padres. Cuando está el bebé en la panza, ahí hay que empezar, porque esto llega, hay una especie de contención del mundo que empieza ahí." 
Según Giardinelli, "algunos dicen que hay problemas más urgentes que resolver, y es verdad, pero esto también tiene urgencia. Tiene que ver con la capacitación de los docentes, de los bibliotecarios, de los lectores; hay que cambiar programas de estudio, hay mucho por hacer". "Pensemos que la dictadura hizo que la lectura fuera subversiva; la democracia, en los primeros años, tuvo tantos problemas que no se atendió bien el tema de la lectura; después vino Menem que fue una bomba de neutrones para la educación, y después vino la crisis de 2001. Evidentemente a partir de 2003 se puede ver un cambio muy importante en materia educativa. Pero aún falta mucho", sostuvo. 
Y finalmente apuntó: "La palabra siempre incluye, integra, es la base de la comunicación. No hay verdadera comunicación si no es a través de la palabra; puede haber comunicación con la mirada o los símbolos, pero, finalmente, lo que va a consolidar esa comunicación es la palabra." En ese sentido, sobre el gran encuentro de Tecnópolis, expresó: "Me parece que esta confluencia es un circunstancia feliz, es gratuito y necesariamente inclusivo. Eso es algo importante, ojalá se produzca todos los años". « 
Télam