martes, 24 de abril de 2012

TZVETAN TODOROV

Tzvetan Todorov: “Indignarse me parece útil”

Fascinado por la pintura de Francisco de Goya, donde “la imagen es pensada”, el filósofo búlgaro avizora un futuro condicionado por la crisis y subraya que no es posible vivir de forma aislada.

POR Berta Ares

El pensamiento de Tzvetan Todorov (Sofía, 1939) transciende cualquier forma de sociedad sea ésta líquida, sólida o de redes. Para él lo importante es no caer en las trampas de las utopías ni de las falsas promesas de paraíso, y confiar en las virtudes de la democracia y de la moderación. Con él arrancó Virtudes, una serie de debates organizada por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), que llevó a la ciudad durante el mes pasado a pensadores de diversas disciplinas para que reflexionaran sobre una virtud democrática. Aprovecho esta visita para preguntarle también por uno de sus últimos libros, que retoma sus reflexiones sobre el arte: Goya a la sombra de las luces (Galaxia Gutenberg, 2011). Todorov ha encontrado en la obra de Goya la oscuridad y las sombras que el movimiento ilustrado –optimista redomado– no supo ver.

Hace quince siglos, Simónides de Ceos describió la pintura como una poesía silenciosa; para Todorov las artes visuales tienen la capacidad de ser, con Goya, puro ensayo filosófico. La barbarie no desapareció con las luces de la Ilustración y eso Goya lo pensó con sus imágenes mejor que ninguno de los filósofos políticos de su tiempo. Goya es el pintor fundador de la modernidad y su obra, sostiene Todorov, contiene una lección de sabiduría que se dirige a nosotros hoy.

Lingüista, filósofo, historiador, crítico y teórico literario de expresión y nacionalidad francesa, en 2008 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por representar el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del Oeste.

-En plena globalización y desorientación europea, ¿qué significa ahora ser un hombre de las dos Europas?
-Para mí el futuro de Europa está ligado a un crecimiento de la comprensión e interacción entre estas diferentes partes. En un momento de crisis, las personas que pueden jugar un papel de mediador entre ambas partes es particularmente bienvenido, pero también puede suceder que la crisis favorezca el egoísmo nacional y aquella persona que no se reconoce exclusivamente del lugar donde vive, sino de diferentes lugares a la vez, pueda pasar a ser percibida como molesta, poco deseable. Así pues, vamos a ver cuál es el papel que finalmente se juega.

-Ha hablado de la moderación como antídoto de la amenaza de la barbarie, justamente ahora que comenzamos a experimentar cómo los mercados están minando el Estado de bienestar en Europa. ¿Hay que rebelarse contra un sistema que parece injusto?
-Pienso que, efectivamente, todos los países europeos ven amenazados su plan de solidaridad social y de cultura, porque podría parecer que este tipo de gasto se puede reducir por encima de otros que se ven absolutamente necesarios. Mi comentario no es el de un economista y no tengo una propuesta sobre cómo realizar el reparto presupuestario, pero digamos que el ser humano no vive sólo de pan. No vive aislado, es antes que nada un ser social que vive en interacción con sus semejantes y que además es formado por esta interacción. Por tanto, los valores superiores de una sociedad son también los valores sociales, y no estrictamente económicos. La economía debe subordinarse al bienestar y no al revés. La solidaridad y las actividades culturales como la universidad y centros culturales no son un lujo, son necesarios y aseguran un bienestar social de largo plazo. Hay que acabar, pues, con esta lógica populista que sólo tiene en cuenta el presente inmediato, sin tomar en consideración el contexto más largoplacista y la necesidad de continuidad. Quizá porque avanzo en edad y tengo hijos e incluso un nieto me inquieto también por ellos, porque sé que ciertas decisiones que se tomen hoy en día tendrán consecuencias muy importantes dentro de 20 y 40 años. No hay razón, por tanto, para decidir de una manera inmediata y egoísta.

-¿Y qué actitud puede tomar el ciudadano frente a la situación actual?
-En democracia, en principio, hay medios que permiten influir sobre la evolución y la orientación del país, y yo prefiero el medio democrático al medio revolucionario. En Bulgaria, mi país de origen, he visto los resultados nefastos de los movimientos revolucionarios que nos prometieron maravillas y que en realidad produjeron situaciones mucho más desastrosas todavía que aquellas de las que nos querían liberar. Así pues, a priori, tengo una cierta desconfianza hacia los medios violentos para cambiar el presente. Pero indignarse me parece útil. Los indignados de Puerta del Sol o Plaza Cataluña no proponen hoy una solución a nuestro problema, pero incorporan un mensaje que los partidos políticos o todos los órganos de gobierno han de tener en cuenta. Encuentro que este movimiento tiene el mérito de situar lo esencial en el centro de atención y de pedir por qué vías nos queremos conducir y cuáles deben ser los principios de nuestra existencia. La indignación me parece un buen punto de partida, pero también hay que convertirla en acción política, y la acción política pasa por las elecciones y por las manifestaciones de todo tipo que existan, esto es mucho más deseable a un golpe de Estado.

-Echemos pues mano de la herencia del pensamiento racional. ¿Qué nos queda del siglo de las Luces, cuyas sombras tan bien retrató Goya?
-Muchas cosas, nuestra democracia contemporánea sin duda se fundó sobre los logros de la época de la Ilustración. En lo esencial, somos sus herederos. Creemos en la posibilidad de resolver las cuestiones públicas a través de argumentos racionales, recurrimos a la ciencia por encima de la superstición, creemos en los principios de igualdad y libertad, incluso si la fraternidad llega con un poco de retraso; y a pesar de todo, en nuestros países estos principios no son papel mojado. Tenemos el derecho de expresar y difundir nuestra opinión a viva voz, somos todos iguales ante la ley, tenemos derecho a voto… Todo eso el hombre anterior a la Ilustración no lo tenía. Todo esto procede de las luces. Somos, pues, beneficiarios de todo lo que la Ilustración ha hecho.Pero…, porque siempre hay un pero, la Ilustración estuvo animada por un optimismo excesivo, por un voluntarismo grandilocuente, creyendo que todos los problemas del mundo podrían resolverse con una buena decisión política colectiva. Visto así, todo mal era superficial. En el fondo, el problema de la Ilustración es que no creyó en el mal, a diferencia de los primeros cristianos que lo situaron en el pecado original, algo que ahora nos puede parecer ridículo; sin embargo, era la manera que tuvieron en épocas antiguas de evidenciar un mal imposible de superar; porque el ser humano tiene caras oscuras que hay que tener muy en cuenta, y eso no es así por azar. Esa lucidez es la que le faltó a la Ilustración. Se volcaron en las luces, en la educación, pero todo eso no paró todo el mal que conocimos en el siglo XX, en gran parte procedente de gente con un alto nivel de educación. La barbarie no desapareció con las luces, y eso Goya lo sabía mejor que ninguno de los pensadores políticos de su tiempo.

-Usted sitúa el pensamiento de Goya a la altura del de Goethe.
-Goya es un pintor universal, y el más contemporáneo, habla con nuestro lenguaje. Primero he de decir que para mí la pintura es pensamiento, no sólo visión. Las imágenes que produce la pintura se transforman con el tiempo. Cuando uno las mira bien al repasar la historia de la pintura, su transformación es una importante muestra sobre el propio cambio que experimenta la mentalidad humana. En Goya apreciamos un cambio en la tradición pictórica, y cuando miramos ahora hacia atrás vemos que efectivamente también se ha producido en el curso de este período de la historia un cambio de mentalidad, que él supo ver y expresar. Con Goya la imagen es pensada. Goya es el pintor fundador de la modernidad. Con él tenemos una nueva visión del ser humano, visión que se impondrá –de lo que el ser humano es– a lo largo de los siglos XIX y XX. Luego hemos ido renunciando a la representación o la figuración, pero continuamos siendo los hijos de Goya. Incluso los fotógrafos continúan construyendo sus fotografías más sorprendentes teniendo de forma inconsciente las imágenes de Goya.

-El conjunto de su obra capta la doble condición humana. De la pintura de la vida de corte a la pintura negra, Goya muestra un origen común del bien y del mal…
-Sí, ahí dice usted muchas cosas. Goya es un pintor excepcional y hay algo de ello en la doble existencia que ha llevado, sin llevarlo a ser esquizofrénico, porque podría pensarse que lo era en el sentido técnico de la palabra. Por un lado era pintor de corte, primer pintor del rey con todo lo que eso significa, pinta los retratos de toda la aristocracia y burguesía madrileña y española, y en esta parte de su existencia es tan convencional como le era posible. Pero por otra parte, a lo largo de toda su vida y en particular tras la enfermedad de 1792-93 y hasta su muerte, 35 años más tarde, tiene también una vertiente que yo a veces llamo nocturna y que impregna toda su actividad. Primero en sus dibujos. Goya es el primer pintor que se toma los dibujos de una forma tan seria. Durante la pintura clásica se servían mucho del dibujo como forma de preparación del cuadro, pero no le concedían un valor autónomo, mientras que Goya ha dado forma a sus álbumes como si fueran libros, hasta sumar ocho libros. Estos dibujos no los vio nadie en toda su vida. Es decir, eran la parte más grande de su producción, la que mayor tiempo le tomó, y la gente ignoraba que existieran. Luego hizo los grabados. Los primeros, que eran Los caprichos, intentó venderlos, pero más tarde señalaría que no se vendían bien, que la gente no los comprendía, y los retiró de la venta al cabo de quince días, y enseguida retiró incluso las placas de cuero. El segundo ciclo de trabajo fueron Los desastres de la guerra, que jamás puso en circulación. Este hecho es muy extraño. Los grabados en esta época tenían el valor de las fotos hoy en día, un medio con alto poder de reproducción y difusión. Goya pagó, pues, todo el material y realizó todo un trabajo, adquirió las placas de cuero, las grabó y cubrió de tinta, luego realizó una tirada de cada uno y se los guardó en casa. Lo mismo hizo con la pintura. Así es como él reacciona contra su enfermedad. Una vez pasada la enfermedad, que lo deja sordo de por vida, realiza doce cuadros y los envía a la Academia de San Fernando diciendo: “Generalmente no hago más que obras por encargo, y ahora quiero hacer los cuadros en los que yo decido lo que hay”. Así continuó el resto de su larga vida, y esto culmina con las pinturas negras que podemos encontrar en el Museo del Prado, que son algo increíble. Goya elabora unas inmensas piezas, que tienen una cantidad de pintura comparable a la de la Capilla Sixtina de Miguel Angel, las guarda cerradas bajo llave y se va al extranjero. Nadie, ningún testigo contemporáneo a él, ni una sola persona las vio mientras él vivió.

-¿Y qué es lo que Goya muestra en esta pintura, en estos grabados y en estos dibujos?
-Muestra todo aquello que la Ilustración dejó a la sombra. Goya exploró todas las sombras que oscurecen el alma y la actividad humana. Muestra a los locos, a los prisioneros, a los asesinos, a los violentos y todo eso que la pintura de entonces ignora totalmente, y que no conocemos más que de forma marginal, él lo introduce de forma masiva en el mundo. Goya nos revela que el ser humano tiene un inconsciente que se le escapa totalmente y que le conduce por zonas oscuras, que pueden hacer de él un criminal, un loco, un prisionero. Goya ha transformado nuestra visión y comprensión del ser humano, por eso es un pensador tan grande, y no simplemente un gran pintor.

© La Vanguardia, 2012.

domingo, 15 de abril de 2012

Bernard- Henry Levy sobre Gunter Grass

La primera muerte de Günter Grass

Al premio Nobel de Literatura no se le ocurre nada mejor que publicar un "poema" en el que explica que la única amenaza seria que pesa sobre nuestras cabezas procede de un minúsculo país, uno de los más pequeños y vulnerables del mundo, que es también una democracia: el Estado de Israel

 
El escritor Günter Grass en su casa danesa de Mon en 2006. 
Está Corea del Norte y su tirano autista, que cuenta con un arsenal nuclear ampliamente operativo.
Está Pakistán, del que nadie sabe ni el número de ojivas que posee ni la exacta localización de estas ni las garantías que tenemos de que, el día menos pensado, no terminen en manos de los grupos vinculados a Al Qaeda.
Está la Rusia de Putin, que, en dos guerras, ha logrado la hazaña de exterminar a una cuarta parte de la población chechena.

Ese viento de mal agüero que sopla Europa hinche las velas de lo que cabe sino llamar "neoantisemitismo"
Está el carnicero de Damasco, que ya va por los diez mil muertos, cuyo empecinamiento criminal amenaza la paz de la región.
Está Irán, por supuesto, cuyos dirigentes han hecho saber que, cuando dispongan de ellas, sus armas nucleares servirán para golpear a uno de sus vecinos.

Grass, ese pez gordo de las letras, ese rodaballo congelado por 70 años de pose y mentira, empieza a descomponerse
En resumen: vivimos en un planeta en el que abundan los Estados oficialmente pirómanos que apuntan abiertamente a sus civiles y a los pueblos circundantes, y amenazan al mundo con conflagraciones o desastres sin precedentes en las últimas décadas.

Y he aquí que a un escritor europeo, uno de los más grandes y eminentes, pues se trata del premio Nobel de Literatura Günter Grass, no se le ocurre nada mejor que publicar un “poema” en el que explica que la única amenaza seria que pesa sobre nuestras cabezas procede de un minúsculo país, uno de los más pequeños y vulnerables del mundo, que, dicho sea de paso, es también una democracia: el Estado de Israel.
Esta declaración ha colmado de satisfacción a los fanáticos que gobiernan en Teherán, que, a través de su ministro de Cultura, Javad Shamaghdari, se han apresurado a aplaudir la “humanidad” y el “espíritu de responsabilidad” del autor de El tambor de hojalata.

También ha sido objeto de los comentarios extasiados, en Alemania y el resto del mundo, de todos los cretinos paulovizados que confunden el rechazo a lo políticamente correcto con el derecho a despacharse a gusto y a liberar, de paso, los hedores del más pestilente de los pensamientos.
Finalmente, ha dado lugar al habitual y fastidioso debate sobre el “misterio del gran escritor que, además, puede ser un cobarde o un canalla” (Céline, Aragon) o, lo que es peor, sobre la “indignidad moral, o la mentira, que nunca deben ser argumentos literarios” (con lo que toda una plétora de “seudocélines” y “aragones de poca monta” podrían regodearse libremente en la abyección).

Pero al observador con un poco de sentido común este caso le inspirará sobre todo tres simples anotaciones.
La decadencia característica, a veces, de la senilidad. Ese momento terrible, del que ni los más gloriosos están exentos, en el que una especie de anosognosia intelectual hace que todos los diques que habitualmente contenían los desbordamientos de la ignominia se desmoronen. “Adiós, anciano, y piensa en mí si me has leído” (Lautreamont, Los cantos de Maldoror, Canto primero).

El pasado del propio Grass. La revelación que hizo hace seis años cuando contó que, a los 17 años, se alistó en una unidad de la Waffen SS. ¿Cómo no pensar en ella hoy? ¿Cómo no relacionar las dos secuencias? ¿Acaso no queda patente el vínculo entre esto y aquello, entre el burgrave socialdemócrata que confesaba haber hecho sus pinitos en el nazismo y el miserable que ahora declara, como cualquier nostálgico de un fascismo convertido en tabú, que está harto de guardar silencio, que lo que dice “debe” decirse, que los alemanes ya están lo “suficientemente abrumados” (uno se pregunta por qué) como para convertirse, además, en “cómplices” de los “crímenes” presentes y futuros de Israel?
Y luego, Alemania. Europa y Alemania. O Alemania y Europa. Ese viento de mal agüero que sopla sobre Europa y viene a henchir las velas de lo que no cabe sino llamar “neoantisemitismo”. No es ya el antisemitismo racista. Ni cristiano. Ni tampoco anticristiano. Ni anticapitalista, como a comienzos del siglo XX. No. Es un antisemitismo nuevo. Un antisemitismo que solo tiene posibilidades de volver a hacerse oír y, antes, de ser expresado, si consigue identificar el “ser judío” con la identidad pretendidamente criminal del Estado de Israel, dispuesto a descargar su ira contra el inocente Estado iraní. Es lo que hace Günter Grass. Y es lo que hace de este caso un asunto terriblemente significativo.

Aún recuerdo a Günter Grass en Berlín, en 1983, en el cumpleaños de Willy Brandt.
Aún lo oigo, primero en la tribuna, después sentado a una mesa, entre una pequeña corte de admiradores, con el cabello tan denso como el verbo, unas gafas de montura ovalada que le daban cierto aire a Bertolt Brecht y el rostro mofletudo temblando de una emoción fingida mientras exhortaba a sus camaradas a mirar de frente su famoso “pasado que no pasa”.

Y helo aquí, treinta años después, en la misma situación que esos hombres con la memoria agujereada, fascistas sin saberlo, acosados sin haberlo querido, a los que, aquella noche, él invitaba a asumir sus inconfesables pensamientos ocultos: postura e impostura; estatua de arena y comedia; el Comendador era un Tartufo; el profesor de moral, la encarnación de la inmoralidad que combatía; Günter Grass, ese pez gordo de las letras, ese rodaballo congelado por sesenta años de pose y mentira, ha empezado a descomponerse y eso es, al pie de la letra, lo que se llama una “debacle”. Qué tristeza.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva

sábado, 14 de abril de 2012

SALMAN RUSHDIE

La vuelta a la vida de Salman Rushdie

El escritor británico se vio privado de una vida digna tras publicar en 1988 'Los versos satánicos'

El ayatolá Jomeini condenó el libro e hizo un llamamiento mundial a su ejecución

Veinticuatro años después, el autor disfruta de una agitadísima actividad social en Nueva York

Salman Rushdie, fotografiado en Los Cabos (México) en septiembre 2008. / ALEX TEHRANI (CORBIS OUTLINE)
A las ocho de la tarde de un lluvioso martes del pasado ­febrero, Salman ­Rushdie entraba a grandes zancadas en Junoon, un restaurante del distrito Flatiron de Nueva York, donde 90 personas esperaban su llegada, algunas de ellas bebiendo a sorbos cócteles de vodka con infusión de manzanilla. Rushdie, el autor británico nacido en India, era el invitado de honor de una cena patrocinada por Dom Pérignon y Booktrack, el fabricante de una aplicación que sincroniza música en los libros electrónicos. Era la segunda fiesta de la noche para Rushdie, de 64 años, a quien esa misma tarde, más temprano, se le pudo encontrar conversando con la diseñadora Diane von Fürstenberg en una exposición del artista Ouattara Watts en el centro presentada por Vladimir Restoin Roitfeld, uno de sus galeristas.
En Junoon, tras dejar limpios los platos de cordero y berenjenas, Rushdie cogió un iPad y leyó en voz alta su relato corto In the South (En el sur), que apareció en The New Yorker en 2009 y al que Book­track había puesto una música original interpretada porla Orquesta Sinfónica de Nueva Zelanda. Cuando terminó, Rushdie se acercó a una mujer morena, delgada y de piernas largas sentada en el extremo de una larga mesa. “¿Qué tal lo he hecho?”, preguntó Rushdie. Ella alabó su lectura y él le agradeció que hubiese ido. Mientras el escritor se alejaba, ella se volvió hacia otro de los asistentes a la fiesta: “Es agradable verle salir, ¿verdad?”.
Puede que sea más apropiado preguntar: ¿dónde no han visto los neoyorquinos a Rushdie últimamente?
Casi 25 años después de la publicación de Los versos satánicos, que le obligó a esconderse durante una década después de que el ayatolá Jomeini de Irán condenase la novela y promulgase una fetua pidiendo su muerte, Rushdie se ha convertido en una presencia infatigable en la vida nocturna de Nueva York.
“Nadie imaginaría que un escritor pudiese ser mi mejor cliente”, asegura Graydon Carter, director de la revista ‘Vanity Fair’ y dueño del restaurante Waverly Inn
En enero se le vio con Francesco Clemente, pintor y amigo íntimo, en la inauguración de una exposición del artista Victor ­Matthews en el barrio de Chelsea. Varias semanas antes, Rushdie celebró un acto literario en Vermilion, un restaurante indio-latino en el que ha invertido y para el que, a principios de este año, el sitio web de cupones de descuento Gilt City ofrecía una promoción que consistía en una cena de seis platos por 95 dólares que incluía una copia firmada de uno de sus libros. Junto al cantante de R.E.M., Michael Stipe, Rush­die fue anfitrión de una velada en otro restaurante, Del Posto, a favor del Fondo Lunchbox, una organización benéfica fundada por Topaz Page-Green, exmodelo y amiga de Rush­die desde hace mucho tiempo. Su interés por la cultura popular parece inmenso, y abarca la moda (el pasado septiembre se le vio en primera fila del desfile de Olivier Theyskens), el teatro (asistió al estreno de Spiderman: el regreso de la oscuridad) y el cine (apareció en la fiesta de Vanity Fair en el Festival de Cine de Tribeca, en abril del año pasado).
De hecho, Rushdie, autor de 16 libros, que lleva la mayor parte de los últimos 12 años viviendo cerca de Union Square, ha empezado a escribir un guion para una serie del canal de cable estadounidense Showtime que se desarrollará en el Nueva York contemporáneo. “Creo que le gusta el ritmo vertiginoso de la ciudad”, explica David Nevins, presidente de programas de entretenimiento de la cadena. “Le gusta su diversidad y la actitud provocadora de la gente”.
Rushdie accedió inicialmente a ser entrevistado para este artículo, pero Barbara Fillon, directora adjunta de publicidad de Random House, que va a publicar sus memorias este otoño, notificó posteriormente en un correo electrónico que no estaría disponible.
De todos modos, los amigos de Rushdie atribuyen esa ubicuidad a su curiosidad y la sensación de encontrar refugio en una ciudad acogedora. “Ser capaz de respirar libremente, estar en Nueva York, hace que se sienta seguro”, dice Deepa Mehta, amiga y directora de la adaptación cinematográfica —aún por estrenar— de Hijos de la medianoche, novela de Rush­die de 1981 galardonada con el premio Booker (Rushdie es además el autor del guion). “Es la libertad. Es una persona feliz por estar viva”.
El británico no es ni mucho menos el primer escritor famoso en deleitarse con la vida nocturna de la ciudad. Desde Truman Capote (en los años cincuenta y sesenta) hasta Norman Mailer (en los setenta y ochenta), mezclarse con los miembros de la alta sociedad ha sido desde hace mucho tiempo una parte integral del mundo de la celebridad literaria.
“Ser capaz de respirar libremente, estar en Nueva York, hace que se sienta seguro. Es una persona feliz por estar viva”, dice la directora de cine Deepa Mehta

Pero la incesante presencia pública de Rushdie llama la atención no solo porque desobedece abiertamente el edicto que hay contra él en zonas más restrictivas del mundo, sino también porque se produce precisamente en un momento en el que muchos de los escritores más exitosos de Nueva York parecen llevar vidas tranquilas y domésticas en Brooklyn.
“En gran medida, los tiempos del escritor como personaje público han terminado”, afirma Mort Janklow, veterano agente literario. “Los escritores son más profesionales. Uno no oye hablar de enemistades. Uno no ve a los escritores más prolíficos haciendo vida social”.
Como Mailer, que tuvo seis esposas, Rushdie, que se ha casado cuatro veces (la última, con la presentadora de Top chef, Padma Lakshmi, de la que se divorció en 2007), se ha labrado una repu­tación de mujeriego. “Cada vez que uno lo ve, está con dos o tres mujeres guapísimas”, comenta Graydon Carter, amigo y director de Vanity Fair, que posee el restaurante Waverly Inn, frecuentado por Rushdie. “Es uno de mis mejores clientes. Nadie imaginaría que un escritor pudiese ser mi mejor cliente”.
El primer matrimonio de Rush­die, en 1976, con la agente literaria Clarissa Luard, terminó en 1987. Sus dos esposas siguientes también pertenecían al mundo literario: Marianne Wiggins es escritora, y la tercera, Elizabeth West, era editora literaria. Pero quizá la relación que más curiosidad despertó fue la que mantuvo con Lakshmi, una exmodelo y actriz ocasional con la que estuvo casado cuatro años. Desde su ruptura, se le ha relacionado con varias jóvenes atractivas.
Sus amigos dicen que una vez salió con Michelle Barish, personaje de la jet y exesposa del promotor de clubes nocturnos Chris Barish. La actriz Pia Glenn ha hablado públicamente de una relación con Rushdie. Y, el pasado noviembre, Devorah Rose, una aspirante a actriz de realities de televisión y directora de revista que escribe crónicas de la vida social en los Hamptons, publicó en ­Twitter una fotografía de ella y el escritor en una cena. “Pasándolo bien con ­@SalmanRushdie”, escribió. “Vuelve pronto a Estados Unidos para que podamos repetirlo”.
Lo que ocurrió a continuación entre Rose y Rushdie fue carnaza para los cotilleos. Rushdie dijo a The Post que Rose era una conocida. Rose contraatacó diciendo que Rushdie había andado tras ella con intenciones románticas, según la página de cotilleos Scallywagandvagabond.com, y aportó mensajes que el escritor supuestamente le había enviado a través de Facebook (y que la propia web publicó).
A diferencia de muchos otros intelectuales de su generación, que limitan sus apariciones en Internet a anuncios de lecturas y alguna que otra sobria página web homónima, Rushdie se ha entregado a las redes sociales con el entusiasmo de un adolescente atolondrado. Ha reunido a más de 246.000 seguidores en Twitter, cuelga algunos de sus escritos en Tumblr y participa tan animadamente en Facebook que hasta tuvo un enfrentamiento con la empresa cuando esta insistió en que usase su nombre real, Ahmed Rushdie, en su perfil (Rushdie se salió con la suya).
Deepika Bahri, una amiga y catedrática adjunta de inglés enla Universidad Emoryde Atlanta, en la que Rushdie es escritor residente distinguido, asegura que el británico está dispuesto a relacionarse en Internet con cualquier persona y a tratar cualquier tema, sea intelectual o no. “No creo que realmente le importe”, responde Bahri cuando se le pregunta si dicho comportamiento podría influir en la opinión que se tiene de él. “No le da miedo ni le preocupa lo que la gente piense, ni cómo pueda afectarle en su repu­tación literaria”.
Salman Rushdie, asistiendo con una acompañante a la entrega de premios Hombre del Año 2011 de la revista ‘GQ’ el pasado septiembre, en Londres. / CORDON PRESS
Con todo, sí parece esperar cierto civismo. Rushdie bloqueó en febrero a un seguidor en Twitter que comentó con ánimo hiriente qué suponía haber leído uno de los libros de Rushdie en el instituto. “Aquí no se tolera la descortesía”, escribió Rushdie en la red social. “Tus padres tienen que enseñarte buenos modales”.
El año pasado, un post sobre el escritor Philip Roth derivó en una pregunta de otro seguidor en Twitter que versaba sobre el divorcio de la estrella de realities Kim Kardashian de su marido, el jugador de baloncesto Kris Humphries. Rushdie respondió irónicamente con un poema humorístico que le ocupó tres tuits y que podría traducirse como: “El matrimonio de la pobre kim #kardashian quedó aplastado como un koche tras un choke. Su kris klamó: ¡no es justo! ¿Por qué no puedo kedarme con mi parte? Pero kardashian kedó pelada como una mona”.
Según sus amigos, para Rush­die, estas plataformas no son solo nuevas formas de mostrar su talento, sino que le ofrecen una especie de liberación. “Habla de haber renacido digitalmente”, dice Bahri. Inquirido sobre semejante interés por las redes sociales en la velada en Junoon del pasado febrero, Rushdie respondió: “Me gusta llegar a un nuevo público. El diálogo es estimulante”.
Sin embargo, sean cuales sean los giros sociales que se hayan producido en el ciberespacio o en la ciudad, Rushdie ciertamente ha mantenido su caché literario; lo cual no es poco, señala el veterano agente Janklow: “Es difícil ser un gran personaje social y un gran escritor”.
El autor sigue estando muy solicitado como conferenciante. En enero canceló un viaje a India —en el que iba a hablar en el Festival de Literatura de Jaipur— preocupado por los posibles riesgos que amenazaban su seguridad. Pero el mes pasado finalmente regresó al país para acudir al Cónclave India Actual de Nueva Delhi. Sus memorias se esperan con expectación; se supone que relatarán los años que permaneció oculto tras la promulgación de la fetua.
Se ha entregado a las redes sociales como un adolescente, hasta el punto de enfrentarse a los responsables de Facebook por un conflicto a raíz del nombre que usaba en su perfil (Rushdie se salió con la suya)
“Salman sigue estando en boca de todos y forma parte de la cultura y las conversaciones”, afirma Carter, de Vanity Fair.
Page-Green consiguió que el escritor se uniera al comité asesor del Fondo Lunchbox hace años. Y confiesa que le pidió que ejerciera de anfitrión en una feria literaria pensada para recaudar fondos que celebró hace unas semanas no solo por su capacidad para dar a conocer la organización benéfica, sino porque también invitaría a sus amigos famosos. “Su perfil es claramente literario, y el acontecimiento está relacionado con eso”, razona.
Brooke Geahan, vicepresidenta de publicaciones de Booktrack, conoció a Rushdie en un recital de poesía hace siete años. Contactó al autor para pedirle permiso para usar uno de sus relatos y, más tarde, pedirle que leyera en Junoon. “Es muy generoso”, afirma. Los ejecutivos de Booktrack esperan que la participación de Rushdie (y la publicidad que le rodea) en la velada atraiga la atención de otros escritores contemporáneos de prestigio; hasta ahora, su página web solo ofrece 14 títulos.
Sin embargo, eso no parecía tener importancia aquella noche en Junoon. Los invitados dispensaban bravos y felicitaciones a Rushdie, y le preguntaban dónde podrían volver a escucharle. Rushdie sonreía encantado.
Fue uno de los últimos en dejar la fiesta.

Revindicación de los días normales

Juan Cruz
La policía india detiene a un conductor que se dirigía a una protesta contra la visita de Rushdie a Nueva Delhi el pasado 17 de marzo. / ADNAN ABIDI (REUTERS)
Solo los que lo vieron vivir la fetua(la condena a muerte que dictó Irán contra él, por sus Versos satánicos) pueden entender de veras cómo se siente Rushdie desde que desapareció esa sombra. Lo dicen sus amigos: feliz de estar vivo.
Durante años, la amenaza lo obligó a vivir encerrado entre las puertas de una mazmorra infinita, que viajaba con él. Y que sigue marcándolo como una maldición. Hace unas semanas publicaba aquí Antonio Muñoz Molina una crónica sobre el más reciente puñal que le clavaron a esa sensación de libertad que recuperó Rushdie y exhibe, por ejemplo, en Nueva York. “En enero de este año”, escribía el novelista español, “Salman Rushdie tenía previsto asistir a un festival literario en Jaipur, en India. India está considerada una democracia. Grupos musulmanes oficialmente moderados mostraron su rechazo a la visita de este presunto hereje”.
Resultado: Rushdie, “que es un hombre bastante tranquilo y partidario de la buena vida”, como subraya Muñoz Molina, optó por quedarse en Nueva York, lejos de la sombra que no lo abandona desde que los ayatolás lo pusieron en el ojo huracanado de su inquina.
La decisión de Rushdie es mucho más simbólica que la condena: él no va, se queda viviendo, sin el temor de que una esquina sea el preludio de un disparo. Pero la condena sigue ahí, no es un símbolo ni un recuerdo añejo del que haya escapado su víctima. Entonces, ¿qué extraña que este escritor, simpático y abierto, mundano y vivaz, ame la vida, sus noches y sus entresuelos, si arrastra en la conciencia de su memoria la peor de las calumnias, la que condena a muerte?
Un día, su amigo Martin Amis le preguntó por lo que hacía un día normal. “¿Un día normal?”, repreguntó Rush­die. “No tengo días normales”. Desde que Jomeini depositó sobre su cabeza la manzana terrible de la muerte, él ha luchado por volver a la normalidad, a tener días como estas noches que aquí se describen. No es una aspiración, es una reivindicación de los días normales, de su derecho a tenerlos.
Hace algún tiempo, cuando aún estaba encarcelado de esa manera, Daniel Mordzinski lo hizo posar y lo situó entre media docena de puertas entreabiertas. Ahora Rushdie quiere tener todas las puertas abiertas, y se divierte. Cualquiera haría lo mismo. Como una reivindicación de los días normales.
© 2012 New York Times News Service. Traducción de News Clips

domingo, 8 de abril de 2012

LOS LIBROS

Historia oral de los libros

 

Nació en los agitados meses de 1969 que siguieron al Cordobazo y llegó a su fin con el golpe de 1976. Fundada y dirigida por Héctor Schmucler, la revista Los libros bebió de fuentes y modelos de la semiología, la lingüística, la filosofía, en especial del estructuralismo y el marxismo, hasta convertirse en uno de los laboratorios de literatura y política clásicos de las décadas de los ’60 y ’70. La Biblioteca Nacional publica la edición facsimilar completa, con un agregado fundamental no sólo para esta edición sino para la historia intelectual argentina: la historia de aquel emprendimiento contada por varios de sus participantes más destacados como Ricardo Piglia, Carlos Altamirano, Germán García, Guillermo Schavelzon y el propio Schmucler y de la que en estas páginas se reproducen algunos de sus mejores momentos.

Por Patricia Somoza y Elena Vinelli


Se fue ennegreciendo el panorama político,
y eso terminó en la dictadura. La revista,
que estaba muy bien editada y era en colores,
pasó a ser por problemas económicos en blanco y negro,
como una metáfora de la vida política del país.

(Nicolás Rosa, 1998)
El epígrafe con que se inicia este artículo da cuenta del singular recorrido de Los Libros, desde sus inicios en los agitados meses de 1969 que siguieron al Cordobazo, hasta su abrupta fnalización poco después del golpe de Estado de 1976.
A treinta años de aquella experiencia, las voces de sus protagonistas, prestigiosos intelectuales del campo cultural, prestan una lúcida mirada retrospectiva sobre aquella intervención cultural y política que signifcó una renovación en el campo de la crítica. La idea de recuperarlas y reunirlas está orientada menos a la imposible tarea de reconstruir el itinerario de la revista que a presentar sus versiones e interpretaciones efectuadas desde el presente sobre una historia compleja y conflictiva. A partir de entrevistas individuales, sus voces fueron puestas a conversar en un collage de citas alrededor del eje convocante de lo que la revista fue para ellos.

LOS LIBROS, DE 1969 A 1976

En julio de 1969 empieza a ser editada la revista Los Libros. Fundada y dirigida por Héctor Schmucler, que acababa de llegar a la Argentina luego de estudiar en Francia con Roland Barthes, la revista toma como modelo la publicación francesa La Quinzaine Littéraire. El primer subtítulo de Los Libros, “Un mes de publicaciones en Argentina y el mundo”, da cuenta del propósito de la publicación y de la relación con su modelo: como La Quinzaine, pretendía intervenir en el mercado reseñando libros de literatura, antropología, lingüística, comunicación, psicoanálisis, teoría marxista, filosofía, y sostenía un criterio riguroso a la hora de elegir a sus colaboradores, escritores, críticos, investigadores, que posteriormente serían reconocidos como destacadas fguras del campo intelectual argentino. Publicada por la editorial Galerna de Guillermo Schavelzon, la revista comienza a salir mensualmente, aunque con cierta irregularidad, en formato tabloide. En sus siete años de vida y sus cuarenta y cuatro números, fue cambiando de subtítulos, formato, propuesta, dirección, colaboradores y auspiciantes.
La revisión de las propuestas iniciales, los cambios y sucesivos reacomodamientos se vinculan con dos ejes que estuvieron en constante tensión: uno, vinculado con la nueva crítica, la difusión de nuevas corrientes teóricas y su relación con la política; y el otro, relacionado con el rol de los intelectuales en una situación política que se desarrollaba a una velocidad inusitada (...) En el número 21 (agosto de 1971) se retira Galerna; Guillermo Schavelzon deja de ser el editor responsable, se pierde el auspicio de importantes editoriales de Latinoamérica y empieza la etapa de autofinanciamiento. Las restricciones económicas impiden que la tapas de la revista continúen saliendo en color. El nuevo subtítulo que aparece en el número 22 (septiembre de 1971), “Para una crítica política de la cultura”, acompaña los cambios que se venían sucediendo y que se habían hecho explícitos en la nota editorial del número precedente: leer no sólo los textos escritos sino también los hechos histórico-sociales y contribuir a cambiar las condiciones en que la cultura se produce. La ampliación de la propuesta supone también una modifcación en el staff de dirección a partir del número 23: si bien Schmucler continúa a la cabeza, se crea un consejo de dirección conformado por Ricardo Piglia, Carlos Altamirano y el propio Schmucler. Enseguida se suman al consejo Beatriz Sarlo, Germán García y Miriam Chorne. Estos movimientos en la dirección revelan ciertos desacuerdos respecto de la orientación de la revista, que eclosionan en el momento de la publicación de un artículo de análisis político referido al Gran Acuerdo Nacional, en el número 27 de julio de 1972. Su inclusión provoca el alejamiento de Héctor Schmucler, el fundador de la revista, seguido por el de Germán García y Miriam Chorne dos números después.
Con Sarlo, Altamirano y Piglia al frente de la revista, se inicia un momento radicalmente diferente, que ha sido denominado “la etapa de la partidización”: una vuelta de tuerca en relación con la etapa de “politización” demarcada a partir del número 1516. Con la nueva dirección la revista comienza a publicarse bimensualmente y en formato A4.
Las divergencias políticas en relación con la evaluación del gobierno de Isabel Perón en el número 40 (marzo-abril de 1975) provocan el alejamiento de Ricardo Piglia. El consejo de dirección, ahora “comité de dirección”, queda a cargo de Altamirano y Sarlo. La revista observará un nuevo subtítulo, “Una política en la cultura”, hasta el número 44 (enero-febrero de 1976). El golpe militar de marzo de 1976 señala el fin de la publicación: el allanamiento y la clausura de la redacción impiden que el número 45 salga a la calle.

“UNA REVISTA QUE CONCENTRARA LA NUEVA CRITICA”

Ricardo Piglia: En Francia salía, y sale todavía, una revista que se llamaba La Quinzaine Littéraire, que es una revista de información bibliográfca cuya particularidad consiste en que todos los libros que salen en la quincena o en el mes están reseñados. Entonces, ese fue el modelo que Schmucler trajo de París para hacer acá; es decir, una revista donde todo lo que se publicara estuviera reseñado.
Schmucler: Y se me ocurrió junto a un editor, que es Guillermo Schavelzon, de Galerna, hacer una revista al estilo de [La Quinzaine]. Pero yo diría con una marca más vanguardista. Hasta la diagramación es espantosamente estructuralista (...) Todo eso traído al espacio argentino inmediatamente empieza a tener tonos políticos, sobre todo porque aparecía en el año ’69.
Guillermo Schavelzon: Galerna en esos años era una síntesis del clima de aquella Argentina vibrante, llena de esperanzas, un ambiente progresista donde se juntaban marxistas con católicos de izquierda.
En 1968 o 69 apareció por la librería Galerna de la calle Tucumán un joven y pelirrojo Héctor Schmucler (...) Yo hacía tiempo tenía en mente un modelo de publicación francesa que me encantaba, La Quinzaine Littéraire, la revista que por décadas publicó Maurice Nadeau. Pero no tenía la formación ni la preparación necesaria para armar un proyecto de esa naturaleza, sólo el interés y la convicción. La Quinzaine fue el modelo formal de Los Libros, y mi trabajo como editor fue trabajar con Schmucler para posibilitar la publicación.
Piglia: La idea era que la revista iba a ser útil porque la iba a comprar mucha gente, porque nosotros nos proponíamos hacer lo que no hacen los diarios, que dejan de lado muchos de los libros que salen. Queríamos ser exhaustivos, que cualquiera pudiera saber qué se estaba publicando. Yo recuerdo la sensación de felicidad que tenía cuando iba a la ofcina y estaban todos los libros que se habían publicado. Las editoriales empezaron en seguida a mandarnos todo lo que sacaban porque se dieron cuenta de que nosotros avisábamos. El proyecto se puso en movimiento porque Galerna puso la plata, lo cual es una prueba de cómo funcionaban las pequeñas editoriales. Ahora sería imposible imaginar que una editorial financiara una revista como ésa.
Schavelzon: La venta de la revista se hacía fundamentalmente en librerías, del número 1 creo que hicimos 15.000 ejemplares. Enviamos a quioscos, a todas partes, pero la verdad es que cuando terminamos de recibir la devolución, la venta efectiva no llegaba a 3000 mil ejemplares. Fue una decepción muy fuerte, pero sin embargo seguimos como si nada (...)
Piglia: Yo escribía la revista y formaba parte, digamos, del proyecto intelectual. Pero al mismo tiempo formaba parte de la redacción, es decir, trabajaba con Schmucler en el diagrama y en la preparación de los números, y en la escritura de la sección de las reseñas breves, que para nosotros era muy importante. Te estoy hablando del primer momento, hasta que la revista se empezó a politizar, cosa que fue todo un proceso. Cómo sería yo en ese momento, que la revista me parecía demasiado liberal y por eso no quise aparecer. Digamos, era todo un izquierdista... Entonces le dije a Toto: “Mirá, yo estoy en esta revista, pero no me puedo hacer responsable de todo lo que publican, entonces prefiero no aparecer”.

“UNA POLITICA DE PROVOCACION”

Altamirano: El propósito de Toto Schmucler era animar una revista que concentrara la nueva crítica, por lo menos tal como se hacía en aquel momento en Buenos Aires, y un poco en Rosario y en Córdoba. Fue una manera de reunir a la crítica que no se practicaba en la universidad. Estamos hablando del 69, es decir que se había barrido con lo que era la renovación crítica de los sesenta. Todo este sector de la crítica literaria que había quedado afuera de la universidad había renovado sus instrumentos críticos, en general con alguna versión de lo que se llamaba estructuralismo, que signifcaba prestarle más atención a la construcción formal. Es cierto que había algunos que eran claramente representantes de la nueva crítica, como Nicolás Rosa, pero otros no, como Adolfo Prieto. Los colaboradores de la revista que eran representantes de la nueva crítica, escribían con un lenguaje que los que estábamos afuera tomábamos un poco en solfa, ridiculizábamos, considerábamos que era el lenguaje de las preciosas ridículas (risas); seguramente era nuestro resentimiento frente a eso.
Piglia: ¿Qué era la crítica entonces? Era la estilística, de Anita Barrenechea y el grupo de Instituto de Filología. Y estaba muy bien. Y por otro lado había una crítica marxista sociológica, que estaban haciendo Viñas, Prieto, que para nosotros era vulgar y de la que tratábamos de tomar distancia. Más allá de que tuviéramos muy buena relación con ellos, con David Viñas, con Jitrik, intentábamos tomar distancia de la crítica estilística y de la crítica más contenidista.
Los Libros. Edición facsimilar Ediciones de la Biblioteca Nacional 4 tomos

“NO SE PODIA RESOLVER LA DINAMICA INTERNA DE LOS CONFLICTOS”

Las diferencias de posiciones e intereses entre los integrantes fueron el motor de la mayoría de los cambios que sufrió la revista. Lejos de manifestarse desde los inicios y de permanecer idénticas a sí mismas mientras duró la publicación, estas diferencias fueron manifestándose a medida que los cambios políticos en el país y la región se aceleraban a un ritmo vertiginoso y que los integrantes de Los Libros se politizaban y radicalizaban (...) La tensión entre literatura y política, y literatura y sociedad, productiva en los comienzos, se va resolviendo en una nueva y tensa relación entre política y sociedad, en la que la literatura y la crítica parecen perder lugar.
De manera casi inevitable, como reconocen hoy muchos de sus integrantes, el clima inicial de tolerancia y convivencia sufrió los embates del proceso de politización de la sociedad. Con la radicalización de los miembros, el grupo se modificó el proyecto original de la revista y el colectivo inicial se fragmentó para dar lugar a desacuerdos políticos irreconciliables y a un clima en el que muchos reconocen, hoy, que primaba el sectarismo.
Piglia: Toto, que es un tipo fantástico, cada vez que había problemas difíciles utilizaba el sistema democrático de traer un grabador y armar una discusión. Eso se produjo dos veces. Una vez, cuando salió el libro de Nicolás Rosa, Crítica y signifcación, que era como un libro nuestro. ¿Entonces quién hacía la crítica de eso? Y Toto dice: “Hagamos una conversación”. Y hacemos una discusión en mi casa yo vivía en Sarmiento y Montevideo: vienen Josefina Ludmer, Nicolás Rosa, Germán García, Toto Schmucler, y viene Masotta con Osvaldo Lamborghini, como una especie de patota... Nicolás Rosa en ese libro era muy sartreano, y Masotta se manda una patoteada increíble porque lo empieza a acusar de copiarlo a él. Cuando en realidad eran los dos los que tomaban los tonos de Sartre. Entonces se arma un debate increíble, donde Nicolás queda completamente acorralado y la crítica del libro queda en suspenso. Esto es una prueba de que la revista no podía resolver la dinámica interna de sus propios confictos y Toto, frente a eso, usaba el sistema de decir, bueno, discutamos. Pero la discusión fue tan violenta que en ese momento no se pudo publicar nada de esa conversación sobre el libro de Nicolás Rosa.
Altamirano: Hubo dos discusiones grandes. Una fue con el asunto de Padilla y los intelectuales en Cuba. La discusión se hizo en las oficinas de Siglo XXI. Duró no sé si un día entero o tuvo más de una sesión. Y como había zonas de acuerdo y otras de desacuerdo, se hizo un gran resumen para tratar de recoger todas las voces. Ahí los más críticos respecto de la dirección de Cuba con los escritores fuimos Ricardo y yo, que éramos los maoístas; y los más inclinados a comprender fueron Toto, Pancho Aricó y Funes, que estaban enfrentados con nosotros.
Germán García: Contrariamente a lo que puede parecer, éramos muy tolerantes en ese momento. Porque el peronismo obligaba al marxista doctrinario a ser más blando, o más confuso... Y eso se ve en la consignas de la Juventud Peronista de izquierda, que eran: “Mao y Perón, un solo corazón”. Te das cuenta que había una cierta confusión. Yo simpatizaba con el peronismo porque el peronismo no te exigía que tuvieras que hacer doctrina con su discurso. Paradójicamente, con su adherencia al líder, el peronismo dejaba una gran libertad discursiva, porque se podía ser peronista y espiritista, peronista y lacaniano, peronista y cualquier cosa (risas). No tenías la obligación de adecuar tu discurso a una exigencia doctrinaria. Creo que algo así también pasaba con los marxistas que vinieron del Partido Comunista, como Schmucler, que salió de ahí: los marxistas de la llamada “nueva izquierda” en la Argentina eran muy fexibles en ese sentido, y no podían ser muy dogmáticos, porque además había problemas internos: unos eran althusserianos; otros, maoístas, y otros no sé qué. O sea que había un clima que permitía cierta convivencia.

“LA MULTIPLICACION DE LAS SIGLAS, LAS ALIANZAS, LAS RUPTURAS”

En el número 21, Galerna abandona el proyecto y la revista empieza a autofinanciarse. La nota editorial pone en palabras lo que de hecho estaba sucediendo: además de los “textos que ofrece la escritura” se leerían “hechos histórico sociales”. Los Libros dejará de ser una revista de libros, como señalaban los primeros subtítulos, y ese cambio se traducirá en el nuevo eslogan del número siguiente: “Para una crítica política de la cultura”.
Junto con el nuevo subtítulo se modifica la conducción de la revista. Si bien Schmucler continúa como director, se crea un consejo de dirección conformado por el propio Schmucler, Ricardo Piglia hasta entonces colaborador y Carlos Altamirano, nuevo miembro: el “triunvirato” en el decir de Altamirano dura apenas dos números (23 y 24), pues en el número 25 el consejo se amplía a seis miembros.
Ambos cambios de staff se vinculan con la cada vez mayor gravitación de la política en la revista y con los acuerdos y divergencias entre los integrantes en relación con el debate sobre la posición de los intelectuales en los proyectos de transformación revolucionaria. La discusión acerca de si la revolución en la Argentina pasa o no por el peronismo es también decisiva en la conducción de la revista.
Piglia: En la época en que se va Galerna, pasa una cosa muy divertida para llamarla de algún modo: Toto Schmucler se vuelve maoísta durante quince días más o menos (risas). En esos quince días, como yo también era maoísta, decidimos darle esa orientación a la revista. Y entonces yo digo: “invitémoslo a Altamirano”, que también era maoísta. Por eso en el consejo aparecemos los tres, porque hay un acuerdo político, no de partido ni de grupo, sino que estábamos de acuerdo en darle a la revista una orientación maoísta. ¿Qué quiere decir ser maoísta? Quiere decir no estar con el PC. Eso era lo quería decir para nosotros ser maoísta, hacer una crítica a la Unión Soviética. Era la única crítica a la Unión Soviética hecha desde otro país socialista, es muy especular. Entonces, en resumen, en el momento ese, en que Toto está cercano a la posición del maoísmo, la revista está dirigida por Toto, por Carlos Altamirano y por mí.
Altamirano: Así fue como se produjo la formación del triunvirato. Y ahí se inicia otro capítulo, donde la política pasa a tener mayor gravitación en las páginas, pero también en la cabeza de Schmucler. Esto quiere decir que la discusión acerca de la orientación política de la revista pasa a ser un tema, una cuestión a considerar. “Política” en esos años no se vinculaba con lo que se vincula ahora, la ciudadanía, la democracia..., sino con la lucha armada y ese tipo de cosas. Entonces hay una radicalización creciente por parte de todos. Esto me incluye a mí: además yo era militante del comunismo revolucionario o comunismo maoísta. Y cada uno tenía su cuadernito y su referencia política. Y la radicalización trajo tensiones.
Piglia: Pero enseguida Toto se hace peronista, casi montonero, como todo el mundo. Y entonces, está en minoría con nosotros dos y amplía el consejo de dirección. Se le ocurre la idea de llamarla a Beatriz Sarlo, que en esa época era peronista, como todo el mundo (risas), y entonces Toto la incorpora a ella, a Germán García, que era amigo de Toto y que, como ustedes saben, fue el que trajo la nopolítica, y a Miriam Chorne, que en ese entonces era la mujer de Toto.
García: A mí el mundo de la militancia no me parecía demasiado serio. Empezaron a multiplicarse las siglas, las alianzas, las rupturas. Había demasiado culto al heroísmo. Y yo era lector de Gombrowicz. Si vos leés Transatlántico o Ferdydurke te das cuenta qué pensaba Gombrowicz del heroísmo. Y a mí me gustaba muchísimo Gombrowicz. Así que me tomaba las cosas un poco en chiste. Yo me consideraba una persona más bien de vanguardia, por decir así. Yo estaba muy advertido de que las alianzas entre las vanguardias culturales y las políticas son siempre de medianoche, duran un ratito: los surrealistas con Trotsky, los dadaístas con los marxistas alemanes. Nunca duran, porque la idea de la vanguardia es privilegiar el ahora, por algo se inventó el happening; la vanguardia no participa de la idea de que nuestros nietos van a ser los beneficiarios de lo que vamos a hacer nosotros. Además yo tenía mucha simpatía por ese mundo, los hippies, el Di Tella, que los otros veían como los últimos restos de la corrupción burguesa y la influencia norteamericana. Y a mí me caían mucho más simpáticos. Ir a fiestas, fumar marihuana..., todo eso me parecía un mundo menos tortuoso.

“DESPUES LA POLITICA SE LLEVA TODO”

Las diferencias en la caracterización del gobierno de Isabel Perón precipitan la última gran crisis que atraviesa la revista, que termina con el alejamiento de Ricardo Piglia. Sarlo y Altamirano quedan al frente de Los Libros y el consejo de dirección pasa a llamarse comité.
Esas diferencias se expresan en dos cartas, presentadas en columnas paralelas que, a modo de editorial, abren el número 40: a la de Ricardo Piglia responden Sarlo y Altamirano. Mientras que para Piglia el gobierno de Isabel Perón, con su política represiva, reaccionaria y antipopular favorece el golpe de Estado y los intereses del imperialismo norteamericano; para Altamirano y Sarlo, que reconocen que la represión del gobierno “debilita el frente antiyanqui”, la defensa del gobierno de Isabel es, sin embargo, la alternativa contra el golpe de Estado y el expansionismo de lo que identifican con los dos imperialismos, el norteamericano y el soviético.
Sarlo y Altamirano continúan en la dirección de la revista durante los que serán los últimos cinco números, en los que ya se habla de la inminencia del golpe.
El último número, el 44, es de enerofebrero 1976. En marzo, el golpe militar impacta sobre el país y sobre Los Libros. El número 45 quedará definitivamente perdido cuando la redacción sea allanada y clausurada. La revista, que nació al calor del Cordobazo y de la efervescencia de los nuevos saberes relacionados con la renovación en el campo de las ciencias sociales, encuentra su fnal cuando la interrupción del orden institucional a manos de los militares ensombrece el país.
Altamirano: La posición de Ricardo, que estaba próximo a Vanguardia Comunista, era que no se podía defender al gobierno de Isabel contra el golpe, porque era el gobierno el que producía la situación que activaba el golpismo, se podría decir. Nosotros decíamos que había una actividad conspirativa que abarcaba civiles y militares y que había una actividad de provocación por parte de la izquierda. Y se va Ricardo. En fin, tres maoístas juntos no podían más que dividirse (risas).
Schmucler: El PCR tenía un pensamiento absolutamente psicótico. Habían armado el esquema del “amigo del enemigo” que era verdaderamente psicótico. Parece una especie de caricatura grotesca, este esquema del enemigo. Y yo creo que sin querer pusieron eso en funcionamiento también en la revista porque la revista había adquirido tonos más sectarios.
Piglia: Yo me voy en el setenta y cinco porque la alianza que teníamos con Beatriz y Carlos se empieza a complicar: la gente del PCR, con la que ellos estaban, empieza a apoyar a Isabel... Se produce una especie de diferenciación política y entonces ya no hay acuerdo, y me voy. Viene el golpe, me voy a Estados Unidos por primera vez en ese momento, vuelvo y los tres juntos hacemos Punto de vista.
Altamirano: En el último número, ya no recuerdo si Beatriz y yo tuvimos injerencia o no en el material publicado, porque nos habíamos ido del partido. El último número salió bajo la dirección de un sicólogo que se llamaba Osvaldo Bonano. El fue preso. Y nosotros estábamos tan desvinculados que un día yo me aparezco por la librería Galerna, que estaba debajo de la oficina de la revista, y el chico que atendía, que era amigo nuestro, me ve a mí como si hubiera visto un resucitado. Y no sabía ni qué decirme. Yo ignoraba todo, fui lo más campante: y me dice, ¿no sabías que hubo un allanamiento?
Schmucler: En la realidad la significación de Los Libros fue todo el tiempo anterior, no porque estuviéramos nosotros sino porque se articuló a un proceso cultural muy signifcativo (...) Hubo un momento de expansión, de explosión de formas culturales.
Piglia: La primera etapa es la más interesante, es un momento muy productivo de circulación de mucha gente, y se pueden leer ahí todos los debates: aparecen Lacan, Althusser. Todas cuestiones que nosotros estábamos poniendo en circulación. Y si hacés la lista de la gente que está interviniendo, te das cuenta de que en la revista está toda una generación: Beatriz Sarlo, Germán García, Josefina Ludmer, Oscar Terán, Ernesto Laclau, Jorge Rivera, Lafforgue, Eduardo Menéndez un tipo muy interesante, muy inteligente, que se perdió, creo que García Canclini, Oscar Del Barco, toda la generación posterior a Contorno. Después la política se lleva todo y se hace una revista de izquierda más.