miércoles, 29 de julio de 2009

Borges y Neruda

Borges y Neruda

Por Enrique Medina

Habida cuenta de un mail en el que se me consulta acerca de una declaración de Borges sobre Neruda, aparecida en el periódico Millennium, de Chabás, firmado por la periodista Alejandra Tenaglia, respondo con este recuerdo. Canal 9 estaba dirigido por el Zar de la televisión, don Alejandro Romay, que, cuando algún teleteatro no tenía buena audiencia, dejaba de saludar a guionistas y actores; y que (esto es un rumor mezquino, claro) retirados los empleados y antes de que pasara el personal de limpieza, revisaba los tachos de basura para desplegar los bollos de papel y leer contenidos con la esperanza de hallar rastros de los malos pensamientos de sus súbditos. Hubo veces en las que el Zar alcanzó el éxito y tuvo la suerte de hallar chismes en su contra; y también algo que lo descolocó: un mensaje amoroso entre un tramoyista y un ejecutivo. El escándalo rebotó fuerte en las paredes porque aún no se vivía el liberalismo de hoy, cuando apenas si serviría para dos minutos de rápido relleno en programitas de chimentos entre gatos y medianoches. En ese tiempo se instala el recuerdo. Era una época de oro porque era un lujo para el público ver debatir al Zar con sus mejores espadas. Tal la polémica sostenida con don Cecilio Madanes, el creador del teatro Caminito, de La Boca, debido a una nueva puesta en escena con faltas y envidos. Eran talladores de nivel; algo que hoy, en el infinito horizonte, no se ve ni en broma. Y era de oro esa época porque existía un fervor televisivo tan marcado que los animadores eran un lujo de capacidad y simpatía. Aunque, humanos al fin, alguno decidió el suicidio por vergüenza ajena, otro el bochorno de ser encontrado in fraganti en su auto en pleno despliegue con una menor, otro con tremendos e infernales bolonquis debido a su fetichista obsesión por las rubias de pelo largo, otro denostado en la Justicia por amante a la que obligaba a falopearse, otro brincando a la política para meter manos en lata, otro divorciado por acoso a la hijastra lesbiana, y otras..., que también las hubo..., pero cabe la caballerosidad... En fin, aquella etapa fue única porque Borges era un asiduo concurrente a diversos programas de la televisión. Entre tantos, lo recuerdo en Canal 9, participando junto a estudiantes en aquellas contiendas plenas de algarabía con preguntas cantadas que, como premio a los estudiantes, otorgaban vacaciones al sur del país. En medio de ese barullo descomunal, se lo veía a Borges muy feliz. Y en el momento culminante en que la música se elevaba victoriosa, él, incómodo al mango por los apretujones de chicas y chicos que saltaban a su alrededor con leve idea de quién era ese señor ciego, era conducido hasta el pizarrón en el que colocaba un corazón que significaba un destacado mérito para un noble fin. En ese tiempo y en ese canal, el periodista Pepe Peña, especialista en deportes pero de elevado nivel, conducía un programa de reportajes que siempre finalizaba en una charla disparatada sostenida con un amigo italiano que hacía las delicias del público expresándose en vivaracho cocoliche. La entrevista con el escritor se hace amable y amplia. Convencido de sí, Borges deja volar al taumaturgo y derrocha inteligencia y picardía. Así las cosas y agotando la poesía, se cae en Neruda. El periodista, rápido en la observación y, quizá, descartando que la opinión a emitir contará con la aceptación de su par, suelta unas palabras claramente críticas para el diplomático chileno: “Pero Neruda... tiene ese costado político que echa a perder su poesía...”. A lo que Borges, reacomodándose en el sillón y colocando la cara en dirección al periodista, y muy en lo suyo, maestro en descolocar defensas, luego de haber denostado al Quiroga narrador y de haber calificado a Lorca de “andaluz profesional”, como si le molestara lo que habría de decir, respondió: “Bueno, usted sabe..., yo creo... que..., quizás ese costado político sea lo mejor de su poesía...”. Y al punto concluyó el programa; tal como yo debo concluir esta página.

sábado, 11 de julio de 2009

RAY BRADBURY, MÁS ALLÁ DE LA CIENCIA FICCIÓN

RAY BRADBURY, MÁS ALLÁ DE LA CIENCIA FICCIÓN

Crónicas de un hombre feliz

El autor de Cronicas marcianas dice que la literatura es "un viaje a ciegas, corriendo a toda velocidad, anotando las ideas mientras van apareciendo".


En el libro "Bradbury habla", el autor de "Cronicas marcianas" y "Fahrenheit 541" se sumerge en su propio universo para contarle al lector acerca de la escritura, de la ficción y de la vida, entre otros tópicos a los que imprime su sello personal con el que ha cautivado a millones de personas en todo el mundo.

"En mis últimos años, todas las mañanas frente al espejo, me encontraba con una persona feliz devolviéndome la mirada. Cada tanto me pregunto por qué soy tan feliz. La respuesta es que todos los días de mi vida trabajé sólo para mí mismo y por la alegría que surge del acto de escribir y crear. La imagen de mi espejo no es optimista, sino el resultado de un comportamiento óptimo", escribe en el prólogo.

El libro esta dividido en 37 ensayos sobre temas diversos, algunos fueron publicados y otros quedaron archivados entre sus papeles. Hay un capítulo dedicado a su amada ciudad de París y otro sobre Los Angeles, donde vive.

Bajo el título "París, siempre destruida, siempre triunfante" el escritor se extiende sobre "la irónica diferencia entre la auténticamente estética y hermosa Francia y sus fracasos políticos a lo largo de doscientos años".

Y rescata a su ciudad, Los Angeles, en la que "uno encuentra la deliciosa libertad, especialmente de convertirse en la clase de escritor en que quiere convertirse".

Atravesando las anécdotas se suceden sus reflexiones acerca de la escritura como cuando compara el abordaje de la misma con "un viaje a ciegas, corriendo a toda velocidad, anotando las ideas mientras van apareciendo".

Bradbury relata cómo la historia de sus libros es de lo más extraña ya que sus cuentos, ensayos y poemas "de pronto crecen y se ponen altos y fuertes".

"'Crónicas marcianas', por ejemplo, nació en 1944 como una colección de cuentos, y en el camino acabó por civilizar a un planeta entero. Algo parecido sucedió con 'Sombras verdes, ballena blanca'. Mi vida en Irlanda, vertida en poemas y escenas teatrales, acabó por convertirse en una novela acerca de John Huston y Moby Dick".

En el capítulo "Remembranzas de un pasado de libros", el escritor se pregunta: "Y de los libros perdidos en el bosque de los Bibliófilos ¿cuáles serían los más fáciles de recordar?. Los grandes libros, no: son demasiado complejos, cada uno a su manera. Pero James Bond, fácilmente recordado, podría ser liberado una vez más, sacudido por el tiempo, pero no revuelto".

Y prosigue: "La mayoría de las narraciones de misterio permanecerían intactas, al igual que los grandes poemas. Pensemos en 'Las doradas manzanas del sol' de Yeats o en 'La playa de Dover', o en los cuartetos de Emily Dickinson, o en los poemas de la nieve de Robert Frost. Estos, siguiendo con la tradición de los antiguos contadores de cuentos, cruzarían el tiempo para llegar rebosantes de frescura y novedad".

También, agrega, "sería difícil imaginar 'El mago de Oz' y 'Alicia en el país de las maravillas' desfiguradas por una memoria inepta. Y las grandes obras de teatro, 'Hamlet', 'El rey Lear', 'Otelo' y 'Ricardo III', tal vez llegarían un tanto encogidas, pero ese lenguaje increíble resonaría por siglos y siglos".

Fuente: Télam

Sin soslayar el tema de la ciencia ficción, que se cuela en estos "ensayos informales" como los bautiza, Bradbury manifiesta su interés permanente por el universo y considera que se trata de un milagro. "Hemos nacido aquí para atestiguarlo y celebrarlo".

"El Cosmos se acrecienta a través de nosotros. Las cosas muertas del tiempo planetario se despiertan a la vida porque así lo decimos. Nosotros, pobres lombrices insignificantes, hemos soñado con un capullo de metal, vidrio y fuego, y hemos brotado de él como vulgares polillas, y luego como bellas mariposas, para cruzar el espacio y anular el Tiempo", escribe en el capítulo "Marte: muy cerca de la caverna, muy lejos de las estrellas".

"Quien sea amigo de los trenes es mi amigo", un ensayo escrito en 1968, describe la sensación de sus viajes a lo ancho de los Estados Unidos, "yendo en tren uno construye los caminos, hace crecer las granjas, cultiva los campos (...) hace retroceder la noche, enciende lámparas en cabañas solitarias, y de pronto amontona ciudades enteras, pequeñas y grandes...".

El futuro es el asunto omnisciente que se hace sentir en el libro, recién publicado por Suma de Letras: "Los problemas a los que se enfrentaron los hombres primitivos debían ser resueltos. Ellos soñaron con respuestas a las atroces preguntas; ésa es la esencia de la ficción que deviene ciencia".

"Una vez que un sueño vívido se había vuelto realidad dentro de sus cabezas, ellos eran capaces de llevarlo a la acción. De modo que las criaturas de los viejos tiempos planearon para mañana y mañana y mañana (...) Lo que es verdad sobre ellos es verdad sobre nosotros", afirma.

miércoles, 1 de julio de 2009

LITERATURA › JUAN CARLOS ONETTI, EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO

LITERATURA › JUAN CARLOS ONETTI, EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO

Un maestro de la desesperanza

El autor de El astillero y La vida breve, entre otras obras notables, fue uno de los fundadores de la novela contemporánea en América latina. Los numerosos homenajes y las ediciones póstumas permiten aproximarse un poco más a un personaje “irreductible”.


Por Silvina Friera

En el centenario del nacimiento de Juan Carlos Onetti, y a quince años de su muerte, su obra logra esquivar definitivamente la sombra que supo proyectar ese árbol muy grande, de raíces al descubierto, que fue el boom de la literatura latinoamericana. Hasta que fue “descubierto”, cuando pegó el salto gracias al Premio Cervantes que recibió en 1980, sus libros emprendían un breve vuelo, apenas un aleteo instintivo que no lograba remontar más allá del Río de la Plata. Su estética estaba a años luz del patrón del barroquismo dictado por Alejo Carpentier, al parecer bolilla obligatoria para ser admitido en el club. Sus personajes, además, estaban amasados a espaldas de la épica latinoamericana del compromiso político y social. No fundaban naciones ni atravesaban cordilleras ni efectuaban asombrosas piruetas por los aires ni se jactaban de disertar sobre jazz y literatura en los cafés parisinos.

Los héroes onettianos son demasiado perezosos, inútiles perfectos cuya mayor impertinencia, la pérdida de tiempo total, es fumar y fumar, boca arriba y preferentemente en la cama. La pereza que profesaba el escritor, un hombre encerrado en sí mismo que se expresaba en lo literario, también parece haberse proyectado sobre la docena de novelas, 47 relatos, más de cien ensayos y alguno que otro poema que publicó. El tiempo terminó superando esta suerte de inercia o morosidad en la lectura de un autor que escribía con las vísceras, recogiendo los residuos que otros desechaban. El efecto de la luz cambia: el “outsider”, el escritor de culto, el creador de parias espirituales, desterrados morales y desencantados políticos, es desplazado de los márgenes hacia el centro. Ahora la crítica coincide en señalar que fue uno de los iniciadores de la novela contemporánea en Latinoamérica. Quizá los ojos, mejor entrenados para percibir belleza en historias crueles, puedan detectar que la oscuridad no era tan lúgubre, sino que el autor de Juntacadáveres, La vida breve y El astillero le otorgaba otra perspectiva, la de un ebrio que sostiene la mirada a un mundo que se tambalea.


El perverso

Antes de que Juan Carlos Onetti decidiera “exiliarse en la cama”, transitó por otros exilios, como el de su propia Montevideo (donde nació hoy hace 100 años), cuando lo llevaron a vivir a Villa Colón, después pasó por Buenos Aires y finalmente se instaló en Madrid, donde esperó la muerte durante veinticinco años sin aceptar nunca volver a su Montevideo natal. En Buenos Aires publicó su primer cuento “Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo” el 1 de enero de 1933 en La Prensa. También en esta ciudad, en el diario La Nación, entre 1935 y 1936, aparecieron otros dos cuentos, “El obstáculo” y “El posible balde”. La década del 30 fue un período fructífero para el uruguayo, que escribió el relato “Los niños en el bosque” y la novela Tiempo de abrazar, aunque no serían publicados hasta 1974. En 1939 se editó su primera novela, El pozo, de apenas 99 páginas, que pasó sin pena ni gloria, especialmente en Montevideo, con una tirada de 500 ejemplares, que tardó más de veinte años en agotarse, aunque la crítica sostuvo, posteriormente, que fue la novela fundadora de la nueva narrativa latinoamericana. Esta nouvelle prefiguraría los temas significativos de sus obras futuras. A fines de la década del 30 publicó artículos y cuentos policiales con los seudónimos de Periquito el Aguador, Groucho Marx y Pierre Regy. Desde 1939 hasta 1941 fue secretario de redacción del semanario Marcha; luego comenzó a trabajar en la agencia de noticias Reuters y viajó a Buenos Aires, nuevamente, donde permaneció hasta 1955. La seguidilla se completa con la novela Tierra de nadie, editada por Losada (Buenos Aires) en 1941; “Un sueño realizado”, considerado su primer cuento importante publicado en 1941 La Nación; la novela Para esta noche y una serie de cuentos entre los que se destaca “La casa en la arena” (1949), por ser el que daría comienzo al mundo de su ciudad de Santa María, que desarrollará en la novela La vida breve (1950). Precisamente en esa ciudad mítica transcurrió la acción de la gran mayoría de sus nuevas novelas y cuentos. En 1993 publicó la que fue su última novela, Cuando ya no importe, que acaba de ser reeditada, en el centenario de su natalicio, por Alfaguara. Al regresar a Montevideo en 1955 trabajó en el diario Acción y contrajo matrimonio por cuarta vez, con la joven argentina de ascendencia alemana Dorothea Muhr (Dolly). Encarcelado en 1974, durante el gobierno de Juan María Bordaberry, el poeta español Félix Grande, entonces director de Cuadernos Hispanoamericanos, recogió firmas para lograr su liberación. En 1975 viajó a España con su esposa, invitado por el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, ciudad en la que finalmente se radicó durante diecinueve años –los últimos cinco años, sin salir prácticamente de su cama–, hasta que murió el 30 de mayo de 1994.

La manera de narrar de Onetti recuerda a otro gigante de la literatura mundial, William Faulkner, pero también a Louis-Ferdinand Céline, influencias siempre asumidas por el escritor uruguayo. “Faulkner fue el escritor más grande de todos los tiempos”, decía. “Influyó muchísimo en mi formación de escritor. Yo, antes que escritor, me considero un lector empedernido, así como soy un fumador incurable.” Cuando le preguntaron por qué bebía y si era cierto que era un alcohólico insalvable, Onetti respondió: “El escritor es un ser perverso. Yo soy perverso. Tomo porque me gusta; fumo porque me gusta. El alcohol me ayuda a escribir. Todavía no he escrito borracho como Faulkner, mi maestro. Este es mi maestro en lo literario, no en lo alcohólico. Hubo un tiempo en que tomaba pastillas, recetadas por un médico, para escribir. Ahora escribo en ‘pelo’, como dicen los gauchos que montan a caballo; o, si quiere, a ‘capella’”. Mario Vargas Llosa plantea que el estilo del escritor uruguayo es “crapuloso” porque frente a sus personajes se comporta como un crápula. “Lo frecuente es que el narrador narre insultando a los personajes –llamándolos cretinos, bestias, animales, abortos, estúpidos, monos, etcétera– y provoque al lector, utilizando con frecuencia metáforas e imágenes sucias, relacionadas con las formas más vulgares de lo humano, como la menstruación y el excremento.”

Si la vida no es más que una música que cada uno interpreta de manera distinta, la música del autor de El infierno tan temido es una cadencia escéptica, quebrada por la desazón y el desamparo. De sus mejores páginas siempre emerge un personaje que siente que la vida es intolerable, al que se le clava una especie de aguijón en el alma y no puede salir de esa cárcel asfixiante. Por eso, precisamente, estos seres astillados se fugan a la ficción, a lo imaginario, hacia un mundo inventado “más digerible”, con un lenguaje que logra disipar esa realidad tosca o mezquina. Entre los tópicos permanentes del mundo onettiano sobresalen la culpabilidad, la responsabilidad moral, la relatividad de la verdad, la locura, el amor, el sueño. “Yo podría salvarme escribiendo”, dice Brausen en La vida breve. La salvación por la escritura será la puerta que permitirá la huida de ese sótano profundo; la imaginación será el atajo frente a la precariedad esencial de la condición humana. En su narrativa proliferan seres marginales, antihéroes que son rufianes, prostitutas, enfermos, locos, todos ellos privados de ligaduras con el mundo. Sus héroes cultivan más la resignación que la angustia, conscientes de que en la raíz misma del ser humano está lo inevitable de su destrucción.


Erotismo y abismo

El centenario de Onetti habilita una eclosión de novedosas lecturas. Pocos han reparado en el funcionamiento erótico de las narraciones del uruguayo. Pero impulsores de la teoría “Queer” están sometiendo a una original relectura la obra del escritor, buscando desestabilizar identidades o maneras repetidas de concebir la sexualidad, el género o el cuerpo. En el cuento “Los niños en el bosque” (1936) Onetti hace referencia a las relaciones homosexuales entre adolescentes que no tienen una identidad homosexual y deja en evidencia que “esas preferencias implican una indefinición, una ambigüedad extraña”, según Roberto Echavarren, poeta, narrador y ensayista uruguayo. Un libro reciente, Género, erotismo y subjetividad, se interroga sobre las identidades promovidas por escritores uruguayos como Armonía Sommers, Cristina Peri Rossi, Jorge Arbeleche y Onetti, entre otros. En el cuento “Jabón” (1981), el protagonista “goza del acercamiento y contacto de un cuerpo andrógino, indefinido”. No son pocos los ejemplos. También en El pozo así como en otras narraciones aparecen referencias a ese universo ambiguo, que para Omar Prego, un estudioso de su obra, no es algo que sorprenda. “Era un raro que se metía en su casa y pasó años sin siquiera salir al jardín, acostado, escribiendo en papelitos que Dolly (su última esposa) después tenía que desentrañar”, subraya Prego.

El mundo narrativo de Onetti sigue colándose por los orificios más inesperados del alma de sus lectores; empuja a la fascinación por el abismo, a la manera nietzscheana: “Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.