lunes, 18 de abril de 2016

FERLINGHETTI entrevista


Apasionado de los libros. Ferlinghetti fundó la librería y editorial City Lights que difundió a los grandes poetas de la Costa Oeste, junto con la revista de igual nombre.
Ante la imposibilidad de resumir en pocas líneas los 96 años de la vida intensa de Lawrence Ferlinghetti, confiamos en Bob Dylan, que en su recordado programa radiofónico lo definió así: “Poeta de gran fama e hijo predilecto de la ciudad de San Francisco, fundó la librería y editorial City Lights. Su decisión de publicar Aullido , de Allen Ginsberg, le valió juicios por obscenidad en 1956. Ha sido un hombre valiente y un poeta valiente.” Con los achaques propios de la edad de esta leyenda, Ferlinghetti (Nueva York, 1959) baja del segundo piso donde vive, con la única “supervisión” de su hijo Lorenzo para abrirnos la puerta. Todavía es alto. El departamento, en el que vive desde que murió la esposa en 1976, se encuentra en un edificio de estilo georgiano de North Beach, el barrio italiano donde, como poeta popular, editor y librero independiente, y paladín de la libertad de expresión, ha contribuido al nacimiento de la generación beat de Kerouac, Ginsberg, Corso, Snyder y muchos otros.
–En 1955, su primera recopilación de poesía, Pictures of the Gone World (Fotografías del mundo que se ha ido), inauguró la colección Pocket Poets y la editorial City Lights. ¿Cómo ve la vida hoy, sesenta años después?–Extrañamente, tanto la librería como la editorial, que van viento en popa, nunca han andado tan bien. Por suerte, desde hace algunos años trabajan otras personas.
–¿Está retirado?–No me gusta esa palabra, todavía escribo. Los escritores no se retiran mientras pueden sostener la pluma en la mano. Estoy trabajando en algo que parece una novela, pero más que nada es un torrente de pensamientos.
–¿Cómo era San Francisco hace seis décadas?–Una capital de provincia. Todavía se sentía cierto aire de posguerra. Había un solo lugar en toda la ciudad donde se podía comprar vino francés y las librerías eran convencionales. Cerraban a las cinco de la tarde y durante el fin de semana. Con City Lights empezamos a mantener abierto hasta después de la medianoche, siete días sobre siete.
–¿Qué lo impulsó a dedicarse a esa actividad?–Quería abrir un negocio de libros usados, algo tranquilo que me permitiera sentarme a leer en la trastienda. Pero llegó la revolución de los libros de bolsillo. En Nueva York los editores empezaron a publicar libros de bolsillo de calidad. Hasta entonces se publicaban solo novelas policiales o de ciencia ficción. En San Francisco no los vendía nadie. Se volvieron todos locos. Fuimos la primera librería de libros de bolsillo de los Estados Unidos.
–¿Cuál era el escenario poético de San Francisco?–Había algunas editoriales chicas. Publicaban 100-200 copias. Existía un movimiento conocido como el Renacimiento de Berkeley, con autores que provenían de allí. Cuando llegaron los beat se los tragaron. A los beatniks, incluyéndome, nos consideraban carpetbaggers (término despectivo acuñado a fines de la guerra de secesión para designar a los habitantes de los estados del Norte que migraban hacia el Sur, N. del T.). Eramos como representantes comerciales de Nueva York. El mejor en eso era Allen Ginsberg. Tenía un cuaderno en el que anotaba todos los teléfonos y los nombres de los pesos pesados de la prensa de los países más importantes. Entonces, cuando llegaba a una ciudad, agarraba el teléfono y decía: “Estoy aquí. ¡Pueden entrevistarme!”. Allen fue probablemente el mejor amigo que haya tenido entre los beats. Me llevaba bien con Gregory Corso, aunque no era fácil. Una vez robó la librería y se fue con el dinero que había, cerca de 200 dólares. Como no podíamos denunciarlo, los retuvimos de sus derechos de autor. Sin Ginsberg no hubiera habido una generación beat sino un montón de escritores en un vasto paisaje. Él es el que creó todo.
–¿Más que Jack Kerouac?–Sin duda. Después de la aparición de En el camino, en 1957, Kerouac se hizo famoso, dejó de vagabundear y volvió a la casa para atender la salud de su madre, cosa que hizo hasta el fin de sus días. Permaneció en contacto con Allen, con los otros no. Se encerró en su casa a tomar.
–¿Tanto, como dice la leyenda?–No hacía otra cosa más que tomar. Fumaba un poco de marihuana, pero nada muy serio... En las fiestas a las que lo llevaba Gary Snyder, y que después Kerouac comentó en su libro Los vagabundos del Dharma, siempre terminaba perdiendo el sentido. Pero incluso en el suelo escuchaba todo. Tenía una memoria prodigiosa.
–¿Inventaba?–No lo creo. Kerouac escribía lo que recordaba.
–¿Está satisfecho con el modo en que lo representó en su novela Big Sur?–Me describió como un hombre de negocios. No se esforzó demasiado.
–Hábleme de la San Francisco del siglo veintiuno.–Es la ciudad más cara de los Estados Unidos. Todo está colonizado por la arrogante generación de los “punto-com”. Yo tenía una galería de arte y tuve que dejarla porque apareció alguien que podía pagar tres veces más de alquiler.
–¿Pinta todavía?–Sí, pero ya casi no veo.
–¿Cuál es el secreto de su longevidad?–Nunca bebí demasiado. Una noche, en Nerja, tomé mucho coñac. Nunca más me agarré una borrachera como aquella.
–¿Y drogas?–Muy pocas. Un poco de marihuana. Acido, un par de veces, en mi refugio de Big Sur. Tiene que haber un buen ambiente para el LSD. No te aconsejo tomarlo e irte a un concierto de rock.
–¿Usa computadora y otros artilugios tecnológicos?–Siempre menos. Escribo a mano en cuadernos y después alguien los transcribe.
–Su libro A Coney Island of the Mind (Coney Island de la mente) es una de las recopilaciones de poemas más exitosas y más leídas de todos los tiempos. ¿Se ha enriquecido con la poesía?–Nooo. Era un libro de bolsillo, se vendía a un dólar.
–Y Ginsberg, ¿hizo plata?–Tres cuartos de aquella suma. Ginsberg vivía en un college de Berkeley. Me mandó el manuscrito de Aullido e hice una lectura en un garaje privado que llamábamos galería de arte. Había solo 35 personas. Después del evento, como no lo conocía bastante, no me animé a decir nada. Volví a casa con mi mujer y le mandé un telegrama. Puse: “Te saludo en el comienzo de una gran carrera. ¿Cuándo me mandás el manuscrito?”. Es el saludo que Emerson le mandó a Walt Whitman después de haber leído la primera edición de Hojas de hierba.
–¿Tuvo miedo durante el juicio por Aullido?–No. Era joven y estúpido. Pensaba que si me daban muchos años iba a tener tiempo para leer. Por suerte ganamos y eso sentó un precedente para la interpretación de la Primera Enmienda. Muchos se atrevieron a publicar libros prohibidos, como El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, o los de Jean Genet y Henry Miller.
–¿Cuál es su poeta preferido?–Probablemente, Dylan Thomas. Era galés. ¿Has escuchado cómo declamaba sus poemas? Una cosa sensacional.
–¿Qué me dice de Ezra Pound?–Con Pound siempre ha estado el problema de sus ideas políticas. Una vez hice un cuadro grande. Lo titulé El palimpsesto de Ezra Pound. Es una especie de repaso por imágenes de su historia. Estuvo expuesto en Italia. Fui a buscar a Mary de Rachewiltz, la hija, al castillo donde vive. Descubrí que estaba muy disgustada por la esvástica que pinté en un ángulo del cuadro. Le daba fastidio, porque su padre nunca había tenido nada que ver con los nazis... y tenía razón. Fue una asociación estúpida. Espero poder eliminarla, un día.
–¿Le interesa la política?–La anarquía no como ideología sino como ideal, un ideal por el cual las personas podrían organizarse sin gobierno.
–¿Qué piensa como librero de la amenaza representada por Amazon?–Por ahora no han logrado dejarnos fuera. Las librerías independientes van a ser más útiles que nunca ante la avanzada del pensamiento único. Aun cuando esta guerra, temo, no me tocará pelearla.
–¿Da miedo la muerte a los 96 años?–Más que la muerte en sí, dan miedo el dolor y el sufrimiento que me separa de ella.
© La Repubblica. 
Traducción del italiano: Román García Azcárate

domingo, 3 de abril de 2016

AMOS OZ: Contra el fanatismo

Kepa Bilbao

Contra el fanatismo y el antifanatismofanático. Amos Oz, un traidor(Hika, 150, diciembre 2003)

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Amos Oz, maestro de la prosa moderna hebrea, es uno de los escritores israelíes más leído -traducido a más de treinta lenguas- y reconocido internacionalmente por su lucha para que la paz se abra camino entre los fanatismos de israelíes y palestinos.

Es un intelectual que no se cansa de repetir que el choque entre judíos israelíes y árabes palestinos no es una historia de buenos y malos, sino una tragedia: un choque entre derecho y derecho. Entre lo justo y lo justo, no entre lo justo y lo injusto.
Proclama que tanto los judíos como los palestinos tienen una reivindicación muy fundamentada. Una causa muy justa, que ambos defienden a veces de forma equivocada. Y lo ha dicho tantas veces que se ha ganado el título de traidor a ojos de muchos de sus compatriotas así como a los de sus amigos los árabes palestinos a los que nunca ha conseguido satisfacer por completo, en parte, porque piensan que su postura no es lo suficientemente radical, propalestina ni proárabe.

Le acusan de traidor como a Profi, el protagonista de la novela Una pantera en el sótano, con la que ganó en 1988 el premio nacional de literatura y que desencadenó un escándalo en Israel, llevando la derecha el caso al Tribunal Superior de Justicia, el cual finalmente desestimó el recurso.
Y no les falta razón a sus compatriotas, sus escritos molestan. Amos, con el humor que le caracteriza, recibe el título de traidor como una condecoración más a añadir al del premio nacional y lo define como aquel que cambia en medio de los que no cambian y odian el cambio y ni siquiera pueden imaginar un cambio, a pesar de que siempre quieran cambiarle a uno.
De padres sobrevivientes de Europa oriental, Amos Oz nació en 1939 en Jerusalén, una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, en la que había barrios árabes, barrios judíos, barrios armenios, barrios alemanes, una colonia americana y otra griega. Una ciudad mestiza en la que en cada barrio se rezaba de forma diferente, se hablaba una lengua diferente, se vestía de forma diferente. Había tensiones pero no violencia, pese a que todos pensaban que Jerusalén era realmente suya.
A los catorce años Amos Klausner nos cuenta cómo se rebeló contra el mundo de su padre: «Ya estaba harto de esa atmósfera erudita, de los valores burgueses de la clase media y de la política de derecha. Así que decidí convertirme en todo lo que mi padre no era. El era de derecha, yo decidí ser socialista. El era un erudito, yo decidí manejar un tractor. El era un intelectual, yo decidí ser granjero socialista. Y entre otras cosas, también decidí adoptar un nuevo apellido hebreo, Oz, que significa coraje, determinación, fuerza, cosas que yo necesitaba profundamente cuando dejé mi casa y me fui a vivir solo en un kibbutz».
Entre 1953 y 1986 vivió en el kibbutz Hulda en el que compaginó sus labores en el campo con la escritura. Pasó algunos períodos fuera de él. Hizo el servicio militar en el ejército israelí en 1961, y combatió en la guerra de los Seis Días (1967) y de Iom Kippur (1973). En esta época, estudió filosofía y literatura en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Estuvo como profesor invitado en las universidades de Oxford (1969-70) y Colorado (1984-85). En 1986 el asma de su hijo hizo que se trasladara a Arat por su clima seco, una pequeña población de 20.000 habitantes en el corazón del desierto de Judea.
Con un estilo en el que destacan la claridad, el saber colocarse en el lugar del otro, el humor, la ironía y la paradoja, Oz, explora los conflictos y tensiones de la sociedad israelí contemporánea; las tensiones y presiones que soportan las personas por la ideología, las fronteras geográficas y el pasado histórico brutal. Sus primeras obras publicadas datan de la década de los sesenta. Quizás en otra parte, dedicada a la memoria de su padre, fue adaptada para el teatro. Mi marido Mikhail(1968), llevada al cine por Dan Wollman en 1975, fue elegida por un jurado en Alemania como una de las cien mejores novelas del siglo XX. Un descanso verdadero (1982) transcurre en vísperas de la guerra de los Seis Días. También es autor de Una paz perfecta (1982) y un sinfín de novelas cortas y ensayos. Obtuvo el Premio de la Paz en Alemania (1992) y en Francia ganó el Prix Femina al mejor libro extranjero. Candidato al Premio Nobel, sus artículos de opinión sobre el conflicto palestino-israelí se recogen en los principales diarios de Europa y EEUU.
Recientemente la editorial Siruela, a la publicación de las novelas No digas Noche,Un descanso verdaderoUna pantera en el sótano y El mismo mar ha sumado un nuevo título de Amos Oz, Contra el fanatismo, en el que se recogen tres conferencias sobre el tema pronunciadas por el escritor israelí entre el 2001 y el 2002.
Amos nos confiesa en ellas cómo de niño él también era un pequeño fanático con ínfulas de superioridad moral, chovinista, sordo y ciego a todo discurso que fuera diferente al poderoso discurso judío sionista de la época: «yo era un chico que lanzaba piedras, un chico de la Intifada judía. De hecho, las primeras palabras que aprendí a decir en inglés, aparte de yes o no, fueron British go home!, que era lo que los chicos judíos solíamos gritar a las patrullas británicas en Jerusalén mientras las apedreábamos» (p.15).
En todos estos años, Oz, dice haberse convertido en un experto en fanatismos comparados y aboga porque en las escuelas y universidades de todo el mundo se impartan cursos sobre este tema, a los que gustosamente se prestaría. Y es que el fanatismo para Oz está activo en todo el mundo y se encuentra en todos los lados, no sólo el político, hay muchas otras formas. Así mismo, dice, todos podemos contagiarnos del fanatismo cuando tratamos de combatirlo. La virtud se puede convertir en su contrario. La historia nos enseña con qué frecuencia el ocupado se convierte en ocupante, el oprimido en opresor, la víctima de ayer en verdugo, con qué facilidad se cambian los papeles. Cree que es tiempo de usar las palabras y considera el silencio como un abuso del lenguaje, un mal uso del lenguaje, no sólo por parte de los intelectuales, de los profesores o escritores, sino de cualquier ciudadano. No importa lo impopular que uno pueda ser entre los fanatismos de ambos bandos. Cuando un líder, un escritor, o un simple ciudadano se dirige a sus semejantes como parásitos o elementos indeseables, tarde o temprano esas personas serán tratadas sin dignidad humana. Un escritor, dice, que trata cotidianamente con las palabras, con sus matices, que es experto en un adjetivo singular, al escuchar un lenguaje contaminado tiene el deber de gritar fuego.
Amos Oz se considera un alumno de Chejov y no de Shakespeare. Una tragedia se puede resolver de una manera shakesperiana en la cual la justicia poética flota sobre el escenario lleno de cadáveres, o en una forma chejoviana, en la cual todos están melancólicos, desilusionados, destrozados, con el corazón roto, pero vivos. Tanto en sus novelas como en la lucha política, Oz, apuesta por algún tipo de desdichada contemporización chejoviana. No hay acuerdos felices: un acuerdo feliz es una contradicción. Un oxímoron.
Transcribo a continuación algunos párrafos que he considerado significativos de dos de las conferencias dadas por Amos Oz y recogidas en el libro Contra el fanatismo(Siruela, 2003). K.B.

Sobre la naturaleza del fanatismo
«El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier Estado, gobierno, o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana.»
«El fanatismo surge por doquier. Con modales más silenciosos, más civilizados. Está presente en nuestro entorno y tal vez dentro de nosotros mismos.»
«Traidor es quien cambia a ojos de aquellos que no pueden cambiar y no cambiarán, aquellos que odian cambiar y no pueden concebir el cambio, a pesar de que siempre quieran cambiarle a uno. En otras palabras, traidor, a ojos del fanático, es cualquiera que cambia. Y es dura la elección entre convertirse en un fanático o convertirse en un traidor. No convertirse en un fanático significa ser, hasta cierto punto y de alguna forma, un traidor a ojos del fanático. Yo he hecho mi elección...»
«No estoy sugiriendo que cualquiera que mantiene opiniones vehementes sea un fanático, claro que no. Digo que la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo. Es una plaga muy común, que por supuesto, se manifiesta en diferentes grados.»
«Muy a menudo, el fanático sólo puede contar hasta uno, ya que dos es un número demasiado grande para él o ella. Al mismo tiempo, descubriremos que, a menudo, los fanáticos son sentimentales sin remedio.»
«Conformidad y uniformidad, la urgencia por pertenecer a y el deseo de hacer que todos los demás pertenezcan a, pueden constituir perfectamente las formas de fanatismo más ampliamente difundidas, aunque no las más peligrosas. (...) con frecuencia, el culto a la personalidad, la idealización de líderes políticos o religiosos, la adoración de individuos seductores, bien pueden constituir otras formas extendidas de fanatismo.»
«Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar.(...) El fanático es un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error (...) De una forma u otra, el fanático está más interesado en el otro que en sí mismo por la sencillísima razón de que tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto.»
«Muy a menudo, todo comienza en la familia. El fanatismo –creo- comienza en casa (...) Debería concluir diciendo que el antídoto también se puede encontrar en casa: está en potencia en la yema de los dedos cuando escribimos»
«Mucho cuidado, el fanatismo es extremadamente pegajoso, más contagioso que cualquier virus. Se puede contraer el fanatismo fácilmente, incluso al intentar vencerlo o combatirlo. Leyendo los periódicos o viendo la televisión, es posible comprobar todos los días lo fácilmente que la gente se convierte en fanática antifanática»

Sobre la necesidad de llegar a un compromiso y su naturaleza

«Los europeos bienintencionados, los izquierdistas europeos, los intelectuales europeos, los liberales europeos siempre necesitan saber, primero y sobre todo, quiénes son los chicos buenos y quiénes son los chicos malos de la película. En este sentido, Vietnam era muy fácil. (...) El apartheid era muy claro (...) Cuando se trata de los fundamentos del conflicto árabe-israelí, en particular los conflictos palestino-israelíes, las cosas no son tan simples (...) no es una película del salvaje Oeste. No es una lucha entre el bien y el mal, más bien lo considero una tragedia en el sentido más antiguo y preciso del término: un choque entre derecho y derecho, entre una reivindicación muy convincente, muy profunda, muy poderosa, y otra reivindicación muy diferente pero no menos convincente, no menos poderosa, no menos humana.»
«Llegar a un acuerdo, a un compromiso tiene una reputación nefasta en la sociedad europea. Especialmente entre los jóvenes idealistas, que siguen considerando que llegar a un acuerdo es oportunista y algo artero y oscuro que implica falta de coraje. No es mi vocabulario. Para mí llegar a un acuerdo significa vida. Y lo contrario de llegar a un acuerdo no es idealismo ni devoción. Lo contrario es fanatismo y muerte.»
«Se requiere llegar a un acuerdo, a un compromiso, no llegar a una capitulación. Lo que significa que los palestinos jamás deberían arrodillarse. Ni tampoco los judíos.(...) pero quiero decir desde el principio que va a doler de lo lindo. (...) Muchos judíos israelíes no se dan cuenta de lo profunda que es la conexión emocional de los palestinos con la tierra. Igual que muchos palestinos no consiguen darse cuenta de lo profunda que es la conexión judía con la misma tierra. Pero para llegar a comprenderlo, ambas naciones tienen que atravesar un doloroso proceso que pasa por prescindir de los sueños, de las ilusiones, de las esperanzas y de los viejos eslóganes del pasado en ambos bandos.»
«No soy un pacifista en el sentido sentimental de la palabra. (...) Nunca lucharía -prefiero ir a prisión- por más territorios. Nunca lucharía por un dormitorio de más para la nación. Nunca lucharía por lugares sagrados o por vistas a los santos lugares. Nunca lucharía por supuestos intereses nacionales. Pero lucharía y lucho como un demonio por la vida y la libertad. Por nada más.»
«Cuando formulé o acuñe la expresión: Haz la paz, no el amor, desde luego no predicaba en contra de hacer el amor. Pero sí intentaba acabar de alguna forma con ese revoltijo sentimental de paz y amor (...) que hace pensar a la gente que sólo con que los chicos malos soltaran las armas el mundo se convertiría de inmediato en un maravilloso y adorable lugar. Da la casualidad de que creo que el amor es poco cómodo.(...) No creo que el amor sea la virtud a través de la cual se resuelvan los problemas internacionales. Se requieren otras virtudes. Se requiere sentido de la justicia pero también sentido común, imaginación, habilidad extrema para imaginar al otro, para ponernos a veces en la piel del otro. Se requiere la capacidad racional de comprometernos y, a veces, de hacer sacrificios y concesiones. Pero no se requiere que nos suicidemos a favor de la paz.»
«Si veo en vida al Estado de Israel y al Estado de Palestina vivir puerta con puerta como vecinos honestos sin explotación, sin derramamiento de sangre, sin terror, sin violencia, quedaré saciado incluso aunque no prevalezca el amor.»
«He sido muy crítico con el movimiento nacional palestino durante muchos años (...) soy igualmente crítico con generaciones de israelíes sionistas incapaces de imaginar que hay un pueblo palestino, un pueblo real, con derechos legítimos y reales. Así que ambos liderazgos -sí, el pasado y el actual- son culpables de no entender la tragedia o al menos de no contársela a su pueblo como es debido.»
«No creo en una luna de miel repentina. No soy un sentimental.(...) de esperar algo, se trataría más bien de un divorcio limpio y justo entre Israel y Palestina. Y los divorcios nunca son felices. Por muy justos que sean, siguen hiriendo, son dolorosos. Especialmente este divorcio en concreto, que será rarísimo porque las dos partes en litigio se quedarán definitivamente en el mismo apartamento. Nadie se va a mudar.»
«Más urgente que la cuestión de las fronteras, más urgente que la disputa de los santos lugares, más urgente que cualquier otra cuestión es la tragedia de los refugiados (...) Todos y cada uno de los refugiados palestinos sin hogar, sin trabajo ni país deberían ser provistos de hogar, trabajo y pasaporte. Israel no puede admitir a esa gente en grandes cantidades. Si lo hace nunca más será Israel. Pero debería participar en la solución, debería admitir parte de la responsabilidad en esta tragedia.»
«Los palestinos y otros árabes tenían verdadera dificultad para pronunciar la palabra Israel. Solían llamarlo la entidad sionistala criatura artificialla intrusiónla infecciónaldaula almazuuma (el estado o ser artificial). (...) los israelíes no eran mejores en aquellos años ...incapaces de pronunciar las palabras explícitas pueblo palestino. Solíamos recurrir a eufemismos como los lugareños o los habitantes árabes del país
«Ahora los dos pueblos saben que el otro existe de verdad y la mayoría de la gente de ambos bandos sabe que el otro no se irá. ¿Les gusta la idea? En absoluto. ¿Es un momento alegre? En absoluto. Es un momento doloroso.»
«Podéis seguir soñando, no hay censuras en los sueños. Pero la realidad es, grosso modo, el texto de 1967. Poned o quitad una pizca aquí y allá de mutuo acuerdo. Y algunas soluciones con final abierto para los santos lugares en disputa, porque sólo una solución con final abierto puede funcionar ahí. En el momento en que los líderes de ambos bandos estén preparados para decir esto, encontrarán a sus dos pueblos tristemente preparados para ello. No felizmente, pero preparados. Más preparados que nunca. Ha sido un duro camino a través del dolor y el derramamiento de sangre, pero preparados.»

«Nunca infravaloro la miopía y la estupidez de los líderes de ambos bandos. Pero sucederá.»