martes, 26 de noviembre de 2013

'EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO' MARCEL PROUST

UN SIGLO DE UN CLÁSICO

Penúltimos libros sobre Proust y 'En busca del tiempo perdido'

Por:Winston Manrique Sabogal12/11/2013
Hace un siglo Marcel Proust tuvo que pagar de su bolsillo la edición de Por el camino de Swann, que se convertiría en el primero de los 7 volúmenes de En busca del tiempo perdido. Después llegarían los elogios, Gallimard, que lo había rechazado, quiso publicar la segunda parte y todo el ciclo novelístico completo, luego se sucedieron las reediciones, las traducciones y otros autores y expertos publicaron libros sobre esa extraordinaria pieza literaria de Proust. Así, En busca del tiempo perdido se ha convertido casi en un subgénero editorial. Una prueba es este centenario en España: además de las reediciones de la obra como tal, han coincidido otros títulos que funcionan como planetas o satélites del sol proustiano. Los siguientes son algunos de esos libros:
Proust-el-almuerzo-hierbaMarcel Proust. El almuerzo en la hierba. Selección de pensamientos de En busca del tiempo perdido. Por Jaime Fernández. Traducción de María Teresa Gallego y Amaya García. (Hermida Editores)
Más de medio centenar de conceptos clave en la obra de Proust y su registro en cada uno de los siete volúmenes. Una especie de evolución o desarrollo de ideas como celos, tiempo, relaciones sociales, literatura, belleza, verdad, judíos, duplicidad, memoria, amor... Es la parte más ensayística de En busca del tiempo perdido, la mirada sociológica o filosófica y, claro, íntima o de introspección del autor francés. Una gran lección de literatura y vida.

Proust-lamemoria-recobradaMarcel Proust. La memoria recobrada.Textos de Mireille Naturel. Traducción Elisenda Julivert (Plataforma Editorial). Un regalo. Eso es este libro de gran formato con fotos familiares o alusivas a los seis temas abordados que cuentan la vida de Proust o remiten a pasajes de la novela. Los capítulos son: El caleidoscopio de una vida, Retratos en palabras e imágenes, Los placeres y los días, Sobre la lectura, Los perfumes, los colores y los sonidos se responden y La obra como un vestido. Un bonito acercamiento visual, literario y biográfico.


Proust.enbuscadeltiempo-perdidoEn busca del tiempo perdido
 (estuche 7 volúmenes) Marcel Proust. Traducción de Carlos Manzano (RBA). Las varias miles de páginas de esta novela en la traducción de Carlos Manzano y su respetuoso trabajo por transmitir el lenguaje culto del francés de la época que era el de Proust. Es una de las traducciones después de muchos años de la hecha por Salinas.




Proust_beckettProust. Samuel Beckett. Traducción de Juan de Sola (Tusquets). Textos escritos por el autor irlandés en 1931, ya entonces él expresó su enorme interés por Proust. Los artículos se convierten en un camino de doble vía entre los dos escritores. "La memoria involuntaria, no obstante, es una maga díscola que no admite presiones", escribe Beckett.





Proust-valdemarEn busca del tiempo perdido (estuche en 3 volúmenes) Marcel Proust. Edición de Mauro Armiño (Valdemar). “Un texto con un estilo tan peculiar y definido como el de Proust es un ejercicio que pone retos a la estructura del español y de la ficción española, más dada al realismo y a la superficie externa”, ha dicho el traductor, Mauro Armiño, de esta empresa que fue para él esta novela que tituló: A la busca del tiempo perdido.



Proust-monsieur-proustMonsieur Proust. Céleste Albaret. Introducción de Luis Antonio de Villena. Traducción de Esther Tusquets y Elisa Martín (Capitan Swing). La vida del escritor francés a través de los recuerdos de quien fuera ama de llaves, amiga y enfermera suya los últimos nueve años. Un retrato sincero y conmovedor, a veces, y complementario a su obra cumbre. "Él mismo reconocía que había tenido mucha suerte con sus compañeros del Liceo Condorcet de París. Incluso cuando su juicio no era benévolo con lo que algunos habían llegado a ser, siempre añadía:
- Si me paro a pensarlo, Céleste, creo que formábamos una pandilla  estupenda".


Proust-el-abrigo-de-proustEl abrigo de Proust
Lorenza Foschini. Traducción de Hugo Beccacece (Impedimenta). "Este no es un relato imaginario. todo lo que se consigna en él ocurrió en realidad", esta es la premisa con que se abre este libro que crea un mosaico sobre la vida de Proust. Una historia bibliófila en la que el autor busca hacerse con el abrigo de nutria de Proust y que usaba como manta mientras escribíaEn busca del tiempo perdido.




sábado, 23 de noviembre de 2013

ELENA PONIATOWSKA, la última ganadora del Cervantes

Premiada. Elena Poniatowska sonríe ayer en su casa en el Distrito Federal. “Es para los periodistas”, dijo. AFP

Los huéspedes del hotel frente a la Feria de Guadalajara se apretujaban en el ascensor a la hora pico, el desayuno. Entre los pasajeros –cuenta la escritora colombiana Laura Restrepo– bajaba, petisita, Elena Poniatowska. Y también Pilar Reyes, editora de Alfaguara. “¿Cómo dormiste, Elenita?”, preguntó Reyes. Y Elena contestó que mal, que se quedó despierta hasta las 4. ¿Por qué? “Me quedé viendo una peli interesante, muy rara, nunca había visto algo así”. ¿De qué película se trataba? “Las hermanitas anales”, contestó Poniatowska, como si no fuera una porno, como si estuvieran solas. “Y con ese tono de princesa rusa”, dice Restrepo, comentó: “Muy interesante. Me quedé hasta el final para ver el desenlace.” Poniatowska ya había pasado los 70, ya había ganado el Premio Alfaguara, ya había escrito algunas de las grandes crónicas de América latina. Todavía no le habían dado el Cervantes, el premio mayor de las letras en castellano. Eso le pasó ayer. Seguro que tampoco durmió anoche.
En Madrid, el jurado dijo que la distinguían “por su dedicación al periodismo y su firme compromiso con la Historia contemporánea”. Es que Elenita –le dicen “Elenita”, “Poni” y “la princesa roja”– ha dejado huella en el terreno de la no ficción. Tiene 40 libros pero cuando se dice su nombre, se disparan como flechas al corazón dos títulos: Hasta no verte Jesús mío y La noche de Tlatelolco. El primero (1969) lo hizo a partir de una serie de entrevistas con Josefina Bórquez, una lavandera que, en la Revolución Mexicana (1910), supo ser una soldadera, una de las mujeres que se subieron a los trenes y fueron a pelear. Miércoles de charlas y, cuenta la leyenda, de aprender con las manos el lavado de sábanas y el olor de la calle. El libro mira el pasado y el presente con los ojos y con el lenguaje de Josefina, que en la ficción se llama Jesusa. Mexicano profundo, a veces difícil de entender en otros castellanos.
La noche de Tlatelolco empezó el 2 de octubre de 1968, cuando dos amigas de Elenita llegaron desesperadas a su casa: el gobierno había reprimido una manifestación de estudiantes, profesores, amas de casa y obreros en el barrio de Tlatelolco. La sangre manchaba las paredes, había agujeros de ametralladora y hasta hoy no se sabe cuántos fueron los muertos, aunque se piensa que alrededor de 200. Poniatowska fue al día siguiente, encontró zapatos amontonados. Buscó testimonios, los escribió. “Es la ventaja de ser chaparrita. La gente me platica todo, porque me sienten como acojinadita y me cuentan todo”, le dijo hace tiempo a la revista Gatopardo. Los testimonios –políticamente incorrectos– no siempre son lo que uno espera leer, por eso son tan valiosos.
Es lindo decir que Elena Poniatowska nació princesa. Ese título le dieron cuando llegó al mundo en París en 1932, con el nombre de Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor, hija del príncipe Jean Joseph Evremond Sperry Poniatowski –de la familia del rey Estanislao II Poniatowski de Polonia— y de María de los Dolores (Paula) Amor de Yturbe. Cuando tenía 10, corrida por la Guerra, la familia se fue a México. Allí creció, allí se hizo –como pone en su perfil de Twitter– “más mexicana que el mole”.
Allí, cuenta la leyenda, aprendió a hablar castellano con las mucamas y estudió en escuelas buenas y se hizo periodista, se casó, escribió. Su lista de amigos saca el aliento. Por ejemplo, una de las últimas cosas que escribió Juan Rulfo fue una dedicatoria de Pedro Páramopara ella: “Días antes de mi muerte, Juan Rulfo”, decía. Era verdad.
Ayer, cuando la entrevistaban por el Cervantes dijo que “es un premio para ustedes, para los periodistas, porque yo siempre estoy de este lado de la barrera (del de la prensa)”, y que de ese trabajo ha aprendido el valor de “la modestia” porque ejerciendo “te va de la patada la mayor parte del tiempo y, aquí (en México) te matan, además”.
Es la cuarta mujer en recibir el Cervantes. Ayer dijo que quiere usar los 125.000 euros del Premio para hacer una fundación que cuide sus papeles, sus cartas con Octavio Paz, Rosario Castellanos, Carlos Fuentes y otros. Que se quedó azorada con el Premio y que esta vez la noticia por teléfono la sacó del plácido sueño.

DORIS LESSING


Murió la autora que combinó épica femenina con literatura
La primera impresión ante la muerte de Doris Lessing es de rabia. Cuando se muere un escritor o un artista, se descabala un pedazo de éste ya mal cosido mundo y el lector se siente huérfano. El fallecimiento de Doris Lessing, que se produjo ayer en su casa de Londres, a sus 94 años y “en paz”, según su agente literario, no atenta contra la lógica de la expectativa de vida, aunque al lector le sepa injusto.
Escribió decenas de cuentos con una pericia poco usual, incursionó en la ciencia ficción, y se despachó con unas cincuenta novelas en las cuales no tuvo pudor en poner, ficcionalizada, mucho de su autobiografía.
El cuaderno dorado es considerado por los críticos su mejor libro; publicado en 1962, hoy se sigue imprimiendo. Constituyó una exploración sobre la vida de las mujeres que decidieron comprometerse o no en el matrimonio y criar hijos, pero ansiaban poder elegir sus propios trabajos y su vida sexual. Aparecen situaciones tabú para el momento: habla del orgasmo, la menstruación o el colapso emocional. No obstante, Lessing estuvo en desacuerdo con la idea de que existe una “literatura femenina” o con que las mujeres poseen una bondad innata que derramarían sobre los suyos cuando llegaran al poder. De aquí cierta crítica al ultra feminismo: “ Tengo la sensación de que la guerra de los sexos no es la guerra más importante que hay ”. En 1994, agregó: “Las cosas cambiaron para los blancos, para las mujeres de clase media, pero nada cambió para quienes están fuera de estos grupos sociales”.
Lessing fue marxista, anticolonialista, antirracista, feminista, antistalinista, por ende decepcionada del comunismo, y todo fue a sus libros: construyó una literatura difícil para el establishment literario y político durante los ’50 y ’60. Británica de nacimiento, vivió en África su infancia y juventud. Esa experiencia se volcó en libros comoMartha Quest y Memorias de una sobreviviente y le valieron, desde 1956 a 1995, ser persona no grata con entrada prohibida a Rodesia (hoy Zimbabwe) por sus duras críticas al apartheid.
Lessing no era una escritora tranquila, sino una mujer con una pasión incesante. Aunque el mercado editorial juguetee con la idea de que el escritor es como una estrella de la farándula, de opiniones “frívolas”, Lessing no se andaba con chiquitas. De Tony Blair dijo: “Es un hombre pequeño, en todo el sentido de la palabra”. Lo responsabilizaba, junto a George Bush, de iniciar y sostener la guerra de Irak. Coherente, rechazó en 1977 el ofrecimiento del Gobierno Británico para convertirse en Lady. Consideró que hubiera sido hipócrita aceptar y envío una carta que decía: “Cuando era joven, hice lo mejor para deshacer ese poquito del Imperio Británico en el que yo estaba: la vieja Rodesia del Sur”.
En 2001, Doris Lessing recibió el premio Príncipe de Asturias, lo cual puso en circulación muchos libros suyos que aun no habían sido traducidos al español. En 2007 obtuvo el Premio Nobel de Literatura, en donde fue presentada como la gran escritora sobre el rol de la mujer en el siglo XX. Como ocurrió con otras ganadoras mujeres, como Elfriede Jelinek y Hertha Müller, su nombramiento cosechó más rechazos que congratulaciones: J.M. Coetzee y Harold Bloomb estuvieron entre los detractores, aunque el ensayista Christopher Hitchens la elogió.
En el discurso de recibimiento del Nobel, aconsejó a los nuevos autores: “A los escritores se les suele preguntar: ¿Cómo escribes? ¿Con un procesador de texto? ¿Con máquina de escribir eléctrica? ¿Con pluma de ganso? ¿Con caracteres caligráficos? Sin embargo, la pregunta fundamental es: ¿Has encontrado un espacio, ese espacio vacío, que debe rodearte cuando escribes? A ese espacio, que es una forma de escuchar, de prestar atención, llegarán las palabras, las palabras que pronunciarán tus personajes, las ideas: la inspiración. Si un determinado escritor no logra encontrar este espacio, entonces los poemas y los cuentos podrían nacer muertos”. Muchos escritores que recién empiezan, explicaba Lessing, son deslumbrados por los brillos de la publicidad y descuidan este espacio vacío imprescindible para la escritura. “Nosotros, los mayores, quisiéramos susurrar a esos oídos inocentes. ¿Aún conservas tu espacio? Tu espacio único donde puedan hablarte tus propias voces, sólo para ti, donde puedas soñar. Entonces, sujétate fuerte, no te sueltes”, reflexionó.
A Doris Lessing le incomodaba la fama. Tuvo un ACV poco después de la exposición que implicó el Nobel y en 2008 dejó de escribir. Anunció: “Se detuvo; no tengo más energías. Esta es la razón por la que le digo a los más jóvenes: no imagines que lo vas a tener por siempre. Aprovechálo mientras lo tengas porque un día se irá; es algo que va deslizándose lejos, como el agua cuando se escabulle hacia un agujero sin tapón”.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Cien años del nacimiento de Albert Camus


¿Camus, filósofo? En todo caso “un filósofo para alumnos de bachillerato”, se burlaron en su día los detractores. Hoy sigue siendo la opinión de no pocos académicos. En efecto, como señaló Sartre desde la primera hora (ni siquiera se conocían personalmente aún) “Camus pone cierta coquetería en citar textos de Jaspers, de Heidegger, de Kierkegaard, que por otra parte no siempre parece entender bien”. ¡Tocado! En “El mito de Sísifo”, añado yo, repite el tópico de un Schopenhauer indecente predicando el suicidio ante una mesa bien servida: pues bien, Schopenhauer no recomendó el suicidio, todo lo contrario. Ese tipo de erudición no es lo suyo, lo cual no le descarta como pensador como aclara el propio Sartre de los buenos tiempos: “Sus verdaderos maestros son otros: el contorno de sus razonamientos, la claridad de sus ideas, el corte de su estilo de ensayista y un cierto tipo de siniestro solar, ordenado, ceremonioso y desolado, todo anuncia un clásico, un mediterráneo”. Más tarde también Czeslaw Milosz, que le estaba agradecido por ser uno de los poquísimos intelectuales que le acogió bien cuando huyó del comunismo, le defendió contra la acusación común de que carecía de doctorado filosófico: “Pero, en primer lugar, ¿qué se entiende por filosofía? Para algunos, como Camus, la filosofía exige una alimentación casi carnal y se rehúsan a hablar de las cosas que no tocan por sí mismos”.
¿Por qué escribes novelas o dramas teatrales?”, pregunta la filosofía; y Camus responde: “Para vivirte mejor…
Entonces ¿era o no era filósofo? Digamos que fue un espontáneo que saltó al ruedo de la filosofía sin llevar nada más que su hambre vital de voyou argelino y la vergüenza torera de no aceptar una existencia irreflexiva. El capote con que dio sus primeros pases en esa faena improvisada (“El mito de Sísifo”) fue el absurdo, mucho más que una palabra y algo menos que un concepto. El absurdo no es el sinsentido del mundo, sino la falta de sentido en un mundo que nosotros –los inventores y huérfanos del sentido- reclamamos que lo tenga: “El hombre se encuentra ante lo irracional. Siente en sí mismo su deseo de felicidad y de razón. El absurdo nace de esa confrontación entre la llamada humana y el silencio sin razones del mundo”. El absurdo no es un dato elemental sino un divorcio: la demanda de los hombres y la callada por respuesta del universo, un amor imposible. La peculiaridad del absurdo es que deja der serlo si lo aceptamos como tal: es un pensamiento inaceptable y sólo si no lo aceptamos, si nos sublevamos contra él, podemos pensarlo. No es una idea, ni mucho menos una doctrina, ni siquiera algo que pueda explicarse en el aula, como las categorías de Aristóteles o la dialéctica trascendental de Kant. El absurdo… ¡eso hay que vivirlo! Tal como decimos de otros padecimientos. Por eso se presta mejor a la narración que al tratado. Pero se equivocan quienes expulsan a Camus del jardín de la filosofía, porque sin la filosofía no se entienden ni se justifican sus ficciones, que son el modo que utiliza para hacerla comprensible. “¿Por qué escribes novelas o dramas teatrales?”, pregunta la filosofía; y Camus responde: “Para vivirte mejor…”.
Para Camus, la democracia –despreciada por los revolucionarios y por Sartre- tiene el gran mérito de solicitar modestia: nadie puede zanjarlo todo por sí mismo, hace falta el consejo de otros y el acuerdo
Intelectualmente el absurdo es un callejón sin salida aunque la vida consiste precisamente en hacer como si la tuviera. El muro que nos cierra el paso es infranqueable, pero nosotros pintamos voluntariosamente una puerta en él y la puerta se abre…o al menos nos permite imaginar que se abre y salimos por ella. De esa puerta pintada en el muro de la realidad, imposible pero irrenunciable, es de lo que habla “El hombre rebelde”, donde por segunda vez el espontáneo Camus se echa al ruedo de la filosofía. La primera faena se la perdonaron como una manifestación de simpática inexperiencia, pero por esta otra ya fue seriamente sancionado por los comisarios de la plaza. “Me rebelo, luego somos”: ¿habrase visto mayor atrevimiento? Sublevarse entonces no es una consecuencia histórica de la solidaridad, sino que la solidaridad nace a partir de la individualidad que se subleva por impulso metafísico. El ser humano se rebela y al hacerlo descubre la humanidad que le vincula a los demás. Los dogmáticos de la revolución comprendieron que ésta, violenta y totalitaria, forma parte del muro de la realidad contra el que se insurge el rebelde. “Los hombres mueren y no son felices”, resume Calígula. Pero cada hombre puede rebelarse contra lo que impone la muerte y la infelicidad, descubriendo así su camaradería con los demás. Y esa rebelión no es simple grandilocuencia, sino búsqueda de soluciones políticas, es decir, contra el estado de guerra que exige mantenerse en el odio. Para Camus, la democracia –despreciada por los revolucionarios y por Sartre- tiene el gran mérito de solicitar modestia: nadie puede zanjarlo todo por sí mismo, hace falta el consejo de otros y el acuerdo. Rebelarse contra la infelicidad del terror exige evitar el absolutismo decapitador de los principios y a menudo atenerse a los matices, a las medias tintas: ¡qué bien comprendemos hoy, tras las contradicciones de las primaveras árabes, la actitud tentativa y fluctuante de Camus ante el conflicto de Argelia a finales de los años cincuenta!
En Youtube puede verse una breve filmación de Albert Camus en la que, con una sonrisa y aire de pillo, finge ante la cámara muletazos sin toro ni muleta. Es un espontáneo, el maletilla que aspira a la gloria. O que ya la conoce: “Comprendo aquí lo que se llama gloria: el derecho de amar sin medida” (Bodas).