lunes, 30 de enero de 2012

HOMENAJE A OSVALDO SORIANO 2

Aquí abajo, entre nosotros

 Por Cristina Feijoo

La cocina es el lugar que más me gusta de la casa; es el lugar del mate y las charlas íntimas. Por eso en la cocina, en un marco simple detrás de un vidrio, cuelga desde hace más de veinte años un artículo de Soriano que recortamos de Página/12. Entre otras cosas, allí dice Soriano: “La dictadura ha significado, para mí, el mal absoluto... desterraron la solidaridad, el barrio, la noche populosa. Prohibieron a Einstein y a Gardel. Abrieron autopistas y llenaron de cadáveres los cimientos del país”. Se preguntaba, como nos preguntábamos muchos, qué pasó en las almas de los argentinos entre 1976 y 1983. Para él, era un enigma. Porque después, claro, llegó el menemismo, y “en esos años vergonzosos se impusieron los valores del éxito a cualquier costo por sobre la idea de felicidad compartida”. Soriano, en sus artículos, nos interpreta como nadie, y en sus novelas nos describe y nos cuenta. Somos esos personajes un poco ridículos, un poco absurdos que el azar arrastra, somos esos disparatados, sensibleros, esos hijos de vecino que no se treparían a un estrado porque se huelen que alguien les pondría una cáscara de banana. El sabía que se estaba mejor aquí abajo, entre nosotros. Graciela Lo Prete, una ex presa política de mi grupo carcelario, exiliada en París, conoció a Soriano y contó ese encuentro en una carta. Estaba escribiendo sus memorias sobre la prisión y andaba en busca de consejo. Cuenta: “Me dieron la dirección de un escritor argentino profesional, que vive aquí, y nos encontramos en un café con una consigna: yo llevaría el libro Rayuela en una mano. Se llama Osvaldo Soriano y vive de lo que escribe; yo no leí nada de él pero ha publicado casi todo en francés (se lo traducen); resultó un gordito bueno, muy conversador, muy dispuesto. Previniéndose contra la cantidad de chantas que lo van a ver para que él les dé su opinión sobre lo que escriben, me dijo: ‘Mirá, escribir es un oficio, un trabajo, con su tiempo, con sus técnicas, como cualquier otro, como el de electricista o plomero. A mí me viene a ver gente con diez páginas que escribieron en dos días de inspiración y eso no sirve. Si lo que vos querés es dar un testimonio más o menos correcto, es una cosa, pero si vos querés hacer literatura con eso, bueno, tenés que dedicarte a eso y prácticamente a nada más’. Yo, buscando salir de las miasmas de mi cueva solitaria le pregunto. ‘Pero vos, aparte de escribir solo, ¿te reunís con alguien, tenés alguna forma de inserción en la sociedad francesa?’ ‘¡Ah, no!’, me dijo, ‘es muy difícil; ellos están ahí, con sus invitaciones formales para cenar con un mes de anticipación, que, aparte, a mí me revientan, porque yo soy un hombre de café; y encima los códigos son tan diferentes... no vislumbran el significado de la palabra mufa, no entienden el tango y son incapaces de reírse de Los desconocidos de siempre’; y ahí relatamos los dos al mismo tiempo el episodio del flaquito que se disfraza y cuando los demás se ríen se defiende asombrado: ‘Ma... ¡io sono sportivo’”.

Graciela se suicidó y dejó inconcluso el libro. Veinte años después el manuscrito fue encontrado y publicado; este encuentro figura en el epílogo. Vuelvo al cuadro que cuelga en mi cocina. Es un artículo amargo, que se titula El mal absoluto. Con todo, se aprecia cuánto amaba Soriano al país y de qué modo intuía el fondo cambiante del alma argentina; por eso, termina el artículo hablando de los jóvenes. Dice: “Acaso a ellos les espera una gran aventura republicana, pacífica y fraternal. No se trata de una nueva ideología. Ni siquiera de cambiar la historia. Simplemente decirle no al olvido y levantar las viejas banderas de mayo, las que alguna vez hicieron de este país una Nación rebelde y orgullosa”. Grande, Gordo.

HOMENAJE A OSVALDO SORIANO

Siempre creciendo

 Por Ariel Dorfman

Con el tiempo –¿pueden haber pasado quince años desde su muerte?–, Soriano no ha dejado de crecer. Y afirmar eso ya da qué pensar, puesto que comenzó su carrera literaria, por lo menos para mí, de una manera explosiva y maravillosa. De hecho, lo conocí –o mejor dicho, lo reconocí – en momentos en que era triste, solitario y, lejos de ser final, principiando su trayectoria de escritor. Aunque he contado esta historia antes, vale la pena quizás reiterarla, porque en los orígenes modestos pueden a menudo desentrañarse los gérmenes de un futuro magnífico. Y porque él sería el primero en asegurarme, con esa sonrisa socarrona suya, que algunas anécdotas vale la pena contarlas varias veces, aunque no sean de fútbol ni de gatos.
Fue en enero de 1973 y yo sufría de insomnio y asma en un piso alto del hotel Habana Libre, ambas condiciones agravadas por el hecho de que, como jurado del concurso de novela de Casa de las Américas, no había podido encontrar ni un texto que pudiera recibir el premio. Y entonces, a una hora insólita de la premadrugada, cayó Triste, solitario y final en mis manos y no dejé de leer esa peripecia del Gordo y el Flaco y Marlowe y Carlitos Chaplin y Jane Fonda hasta que devoré su última línea y enseguida me puse a dar brincos por los pasillos del hotel para despertar a mis cojurados y compartir con ellos la alegría de haber descubierto a un deslumbrante ejercicio narrativo. Insisto: no tenía en ese momento ninguna idea de quién podía ser el autor que se escondía detrás de ese seudónimo. Pero me pareció en ese momento, como me iban a parecer casi todos los libros posteriores de Soriano (hay un par que me gustan menos), de una originalidad absolutamente refrescante. Me hallaba frente a un autor que no temía lo popular –en todas sus dimensiones. Que no temía hacer añicos los cánones literarios con desparpajo y alevosía. Que no temía interrogar el poder represivo y los mitos del momento con un humor corrosivo y excéntrico. Que se apropiaba de los desperdicios y glorias de los medios de comunicación como Borges se había adueñado de las sagas de Islandia y los oasis literarios del Medio Oriente.
Todo eso sigue vigente hoy.
Todo eso nos sigue haciendo falta hoy.
Léanlo como yo lo leí: sin que se supiera quién era, sin el bagaje de su renombre o las polémicas a favor o en contra. Léanlo como si Soriano estuviera –lo que es cierto, tiene que ser cierto para todo gran autor– recién principiando, como si fuera triste, solitario y, claro que sí, abriendo el mundo por la primera y perpetua vez.

sábado, 7 de enero de 2012

Mempo Giardinelli en 'Los 7 locos'

DE LOS INDIGNADOS Y DE LO INDIGNANTE


DE 'LOS INDIGNADOS' Y DE LO INDIGNANTE

Como una inmensa ola con fuerza el mundo conoció a ´los indignados'. Estas revueltas que empezaron en Europa, tenían como inicio entre los jóvenes el libro de Stephen Hessel: 'INDÍGNESE'. Este hombre a los 94 años, fue miembro de la resistencia francesa contra la ocupación nazi, sobreviviente a los campos de concentración, protagonista de la redacción de la Declaración de los Derechos Humanos, diplomático, con este libro de 32 páginas (pero que luego se distribuyó por internet) llamó a la gente a reflexionar sobre lo que parece inaceptable. Su 'mon petit livre' como él lo llama, no es un libro revolucionario, no incita a tomar 'el poder'. Es un llamado a lo que queda de conciencia humana para pensar y entender por qué se ha llegado a esta situación. Cuando le preguntan de quién es la responsabilidad de esta catástrofe (si es el ultraliberalismo, la tecnocracia financiera, las elites), él responsabiliza a los gobiernos democráticos, por no saber generar nuevas estrategias para resistir ante las fuerzas del mercado: “Yo le atribuyo la responsabilidad, de todo esto a las fuerzas financieras. Su egoísmo y su especulación exacerbada son también responsables del deterioro de nuestro planeta”. Concluye que son los gobiernos quienes deben imponerles reglas y límites a los bancos y a todo el mercado financiero. Es una manera de que las fuerzas financieras dejen de seguir acumulando las inmensa riquezas (que no producen, sino que especulan) que detentan generando beneficios interminables para un sector de élite en el mundo, dejando a millones de excluidos en el planeta. Las revueltas en el mundo árabe son otras de las coincidencias- aunque Hessel no previó estas respuestas de la gente, como aclara-, ya que lo que comenzó en Túnez, Egipto, Libia, Siria, tuvo a la población rebelándose contra los poderes dictatoriales de décadas en esa Región. Aún no sabemos cómo se resolverá por esos lugares su situación, pero sí sabemos como los poderes financieros piden más 'recortes' y 'ajustes' a los gobiernos de España, Italia, Grecia, Portugal, luego de haberlos hechos endeudar económicamente.

'La gente tiene razón para rebelarse' había escrito un filósofo francés. La naturaleza humana tiene esa capacidad. Quienes operan con los poderes del mundo económico han convertido a las mayorías en consumidores obedientes. Este ejemplo se puede ilustrar en estas fiestas de Navidad y Año Nuevo: el aumento del consumo en la gente. Una incitación que parece aumentar en la medida que se tenga más dinero para consumir, pero no es así de simple. Existe todo un 'entrenamiento' para este consumo. Desde los llamados por teléfono para adquirir tarjetas de crédito (y endeudarse a la larga), para tener ofertas en los Shoppings con tarjetas (que duran unos minutos), el horario de los mismos hasta altas horas para poder seguir comprando. Ese 'entrenamiento' es como una adicción, lo van transformando en un consumidor compulsivo. Los estudios de mercado- que comienzan con la propaganda por televisión- ya lo han estudiado en los niños. Por eso los canales de cable para los chicos están inundados de productos 'pensados' para ellos. El imperio del consumo ya ha impuesto la figura- como símbolo y sentimiento- de Papá Noel, por sobre- en Navidad- la idea (lo imaginario, lo sensible) de un pesebre de un niño pobre nacido en Belén. En España- con su gran tradición cristiana- hacían comparaciones entre los niños, para saber si creían ó esperaban más a Los Reyes Magos o Papá Noel. El 'santa' del norte se iba imponiendo más con su Jo!, Jo! Jo!

“La consigna es mucho y pronto”...”De aquí resulta cada vez más diversión y cada vez menos alegría”, estas frases son de unos de mis escritores favoritos Hermann Hesse (autor de Peter Camenzind, Demian, El lobo estepario, e infinidades de poesía y ensayos), las escribió a fines del siglo XIX, antes de sus grandes novelas y de atravesar dos Guerras Mundiales, y luego recibir el Premio Nobel de Literatura, comprendía por un lado la ansiedad de un mundo que vendría, y de como la 'técnica' puede ir matando al 'espíritu'.
Indignarse es una respuesta subjetiva ante lo que sentimos como una opresión, lo interesante es notar- que en este mundo cada vez más inclinado hacia un individualismo mal entendido- que son miles o millones los que van sintiendo esa opresión que los asfixia, especialmente entre los jóvenes, que no les dejan tener confianza en su futuro. Algunos hablaban de 'transformar el mundo', otros de 'cambiar la vida', estas dos consignas pueden ser una sola. 

CARLOS LIENDRO