sábado, 19 de septiembre de 2009

Entrevista con Hans Magnus Enzensberger

Entrevista con Hans Magnus Enzensberger

Escrito por Sergio González Rodríguez

Entrevista al Escritor Alemán Hans Magnus Enzensberger


Distrito Federal (19 febrero 2004).- En entrevista, el escritor alemán Hans Magnus Enzensberger, asegura que la poesía es un medio de comunicación que funciona diferente al resto, porque hay más productores que consumidores.

Sergio González Rodríguez/Jaime Reyes Rodríguez
Grupo Reforma




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Para Hans Magnus Enzensberger, autor de Diálogos entre inmortales, vivos y muertos y que alguna vez proclamó la muerte de la literatura, es difícil decir que la poesía está al servicio de algo en particular.

"La poesía no sirve en ese sentido, de manera utilitaria", dice, "no sirve, basta. Está fuera del comercio".

La poesía es probablemente el único producto cultural que no tiene un valor comercial, dice.

"Es minoritaria, pero sabemos que las minorías cuentan. Los grandes físicos, ¿cuántos son? Poquísimos. Por tanto es una minoría. Hay muchas minorías étnicas, científicas, pero cuentan por mucho. Eliminando a las minorías, una sociedad no funciona; entonces, en cierto modo, también modestamente los poetas cuentan", dice.

No hay sociedad sin poesía, señala, y es equivocada la idea de que las mayorías no tengan ninguna relación con la poesía.

"Pensemos un poco sobre la cantidad de gente que sabe de memoria el Ave María, o cuántas personas saben Yellow Submarine. Eso es poesía; Bob Dylan es poesía. Piensen en las rimas de la infancia. Hay una superstición de que la poesía es algo complicado, difícil, pero es falso. Millones saben poesía, mala poesía quizá, pero poesía".

Enzensberger sostiene que la poesía es el único medio de comunicación en el cual hay más productores que consumidores.

-¿La poesía sigue siendo una antimercancía?
Sí, y eso tiene que ver con los costos de producción. Los directores de cine, por ejemplo, tienen una relación con el capital muy importante, por lo que dependen de un inversionista que controle la producción. En ese sentido, es menos libre que otras cosas, como la poesía. Un libro de poesía no cuesta tanto, resiste a la presión, es una forma muy curiosa de productividad.

La poesía es como la hierba, es imposible eliminarla definitivamente. No hay control. No hay especulación, como con los novelistas best-seller, con quienes existe siempre la posibilidad de utilizar fórmulas para llegar al éxito, recetas. En la poesía eso no vale, porque no hay una estructura financiera detrás.

-¿Es la poesía entonces un ejercicio de persistencia?
Sí, es un medio de comunicación muy especial que no funciona según la lógica de los medios masivos. Eso tiene antecedentes, cuando la poesía era oral. La poesía no depende, ni siquiera, del invento de Gutenberg. La poesía existe con o sin libros.

-¿Cómo es posible esto?
Ahora hablamos de la poesía, entre comillas, seria. Pero hay un tipo de poesía mayoritaria, que es la canción. También, cuando van al kínder, los niños hacen rimas, que también es un tipo de poesía. Se tiene la idea de que la poesía es algo especializado, pero en realidad es un hecho antropológico. Jamás ha existido una sociedad sin poesía.

Todos tenemos una capacidad innata para la poesía, la rima, el ritmo, y esa sería, tal vez, una de las razones por las cuales es imposible erradicar la poesía.

-¿Es un concepto más amplio que el que comúnmente se maneja?
Claro. Hay una idea académica de la poesía, lo que hace que para muchas personas la poesía parezca algo difícil, misterioso, inaccesible.

En la escuela dejan escribir un ensayo o interpretación sobre una poesía sin la posibilidad de decir si les gusta o no, si dice algo o no. Eso hace que muchas personas la odien, porque es una cosa forzada.

Ahora escribo un libro que lleva por título Primeros auxilios para lectores estresados, dirigido a los escolares, para evitar que la poesía sea percibida así. Es un intento de seducir a los jóvenes con la poesía.

-¿Qué elementos utiliza para seducir a los jóvenes con la poesía?
Lo primero es presentar la poesía como un juego, y que nadie esté ajeno a él. Todos tenemos una capacidad para la poesía. En realidad es un poco antiescolar, pero la culpa no es totalmente de los profesores. Hay algunos que trabajan con buenas intenciones, pero pertenecen a un sistema que les indica qué autores enseñar y dar a leer. Un pequeño libro como el que escribí puede ayudar a ciertos profesores que no están de acuerdo con la manera esquemática en la que se enseña la poesía.

-¿Cuál es el límite político para la poesía?
Es relativo. Había un gran auge, con las ideas revolucionarias de los años 60, e ilusión de que la literatura cambiara el mundo. En política, para cambiar, hay muchas cosas más eficaces que la poesía.

-¿La literatura no cambia nada?
Si quieres impedir que el gobierno haga algo, sal a la calle. Es mucho más rápido y directo, pues la poesía procede de una manera muy indirecta. Puede hacer un cambio de mentalidad, pero es algo lento. La conciencia no se cambia de un minuto a otro, y la situación política exige, a veces, una intervención inmediata, y eso no se logra con poesía. La poesía es indirecta y sutil. Escribir un poema pacifista no impide que se haga la guerra.

-¿Puede mantenerse la idea del escritor comprometido?
No estoy aquí para decir lo que debe, puede o suele escribirse. No se puede decir: "Esa es la manera justa de escribir". Los escritores somos libres.

En la literatura hay especialistas. Están los poetas de la naturaleza, los poetas del amor. A mí no me interesa hacerme un especialista de cierta temática; ni siquiera la política, porque la política es parte de la vida y todas las partes de la vida caben en la poesía. Esa es mi actitud, los demás pueden hacer lo que quieran.

-¿Cómo escribe usted su poesía?
Me gusta cambiar de registro en una misma poesía, cambiar el tono e incluir en medio de una meditación filosófica una frase de la calle. Es mi modo de hacer la poesía, en la literatura uno puede hacer lo que quiera sin seguir un modelo fijo.

-¿Es un modo original de producir?
No, tampoco es que pretenda ser original, pues eso es un concepto relativo. Jamás se parte de cero, pues traemos millones de años en la espalda. Es infantil pensar que uno es el primero, que con uno empieza el mundo. Los poetas, en ese sentido, son también ladrones, y por eso la traducción es muy interesante desde este punto de vista, porque es un procedimiento en el cual descubres el aspecto técnico de la poesía, los trucos de los poetas.


Periodistas e intelectuales
Para Enzensberger, a quien no le gusta dar muchas entrevistas, el problema del periodismo es la repetición. No sólo de quienes preguntan, sino de quienes responden.

"Es una tontería decir la misma tontería cinco veces", dice, "y eso es aburrido. Por eso he renunciado a dar entrevistas individuales, pues también tiene que ver con la vanidad de los periodistas, que quieren todo exclusivo".

-Con referencia al diálogo en que pone a conversar a Diderot con un joven periodista, ¿cuál es su opinión sobre el periodismo?
El periodismo me parece un trabajo muy difícil. La rapidez, por ejemplo. Un periodista jamás tiene el tiempo de reflexionar. Admiro, incluso, al periodista común, sin interés, porque es capaz de escribir en muy poco tiempo y sabe exactamente cómo cuadrarlo en el periódico; sabe cuántas líneas, cuántas palabras tiene. Por su entrenamiento, sabe cuándo terminar, y eso es algo formidable.

Por otra parte, tienen sus enfermedades y deformaciones profesionales. La enfermedad del periodista es la imitación, porque por la competencia todos escriben de lo mismo. Otra enfermedad es la necesidad neurótica de que se hable de los periodistas, porque de otra forma no se hace carrera. La rapidez, también, destruye el estilo, el lenguaje. Y eso por no hablar de las presiones a las que está expuesto un periodista. Es una profesión difícil, hay algunos que sobreviven a todas esas dificultades y hacen un trabajo bien, pero son excepciones.

-¿Por qué seguimos arrastrando el problema de la Ilustración?
Hay de Ilustración a Ilustración. Hay un cierto tipo de reforma ilustrada que es dogmática. En América Latina, ha tenido mucho efecto esta vertiente; el jacobismo es una versión degradada de la Ilustración, pues la ha reducido a unos conceptos muy limitados, como orden y progreso, un anticlericalismo muy primitivo, sin densidad de pensamiento. Una Ilustración ingenuamente reducida e instrumentalizada políticamente, claro. Pero hay otros aspectos de la Ilustración, que son más ricos, que no son pedagógicos, que no son tan lineales.

Fue una gran época, me hubiera gustado hablar con esas personas, que no estaban tan preocupadas por la especialización. El mundo es más grande de lo que entendemos. También hay una tradición de exigir a los intelectuales que expliquen las cosas. Y tengo dudas sobre los intelectuales: ¿son en verdad más inteligentes que otras personas? No, no es cierto. Hay también intelectuales tontos, y gente común muy inteligente. Es decir, la inteligencia no respeta las categorías sociales.

-¿Por cuáles valores luchar ahora, cuando todo parece muy relativo?
En esos términos, parece todo una obligación moral, y no estoy tan seguro de que tenga que pasar todo por la parte moral. Creo que todos tenemos obsesiones, problemas y ciertas coyunturas que obligan a las personas a tomar una posición. Y no es una elección, es una necesidad. En mi caso, no sé si es una obsesión o parte de mi temperamento, pero ante cualquier autoridad, no estoy dispuesto a estar de acuerdo. Y es algo más fuerte que yo, no es algo moral. Es algo casi físico y no puedo actuar de otra manera. Cuando alguien me ordena cosas, me defiendo. Para el político, su obsesión es el poder, no puede hacer otra cosa. No creo en el político que dice: "voy a servir porque creo en ciertos valores". No, él tiene la obsesión del poder, es como una obsesión sexual.


Mercado editorial
Enzensberger propone un mercado editorial común.

"El gran problema que tiene la industria editorial en español es que los libros que se editan en España son difíciles de conseguir en América, al igual que los de América son difíciles de localizar allá", dice. "Es necesaria la creación de un mercado intelectual y editorial común entre España y América Latina".

El autor de Los elixires de la ciencia cree que es urgente la revisión de los precios, con el fin de que los libros que llegan de Europa no sean inconseguibles por cuestiones económicas.

"Un mercado intelectual común entre los países de habla hispana ayudaría también a que los otros no vean únicamente a sus propios autores, sino que puedan vivir la experiencia de autores de otros lugares".












Sergio González Rodríguez, escritor y periodista
Jaime Reyes Rodríguez es reportero del El Ángel

miércoles, 9 de septiembre de 2009

El horror según Amis

El horror según Amis

El autor británico reabre la polémica con 'El segundo avión' (Anagrama), que hoy adelanta en exclusiva 'Babelia'


11 de Septiembre: 2001-2007 es el subtítulo del libro de artículos y relatos de Martin Amis, con los que reabre la polémica al trazar un mapa sobre el mundo contemporáneo tomado, según él, por el "horrorismo" y el dolor. Son 14 piezas literarias en las que el autor británico reflexiona sobre temas como el islam, Bush, las creencias religiosas, el multiculturalismo o la invasión de Irak, los cuales están alentados y ensombrecidos por el nihilismo, la sinrazón y una humanidad renqueante. Es un Amis en estado puro: ideas claras y condenas feroces.


EL PAÍS y Babelia adelantan En el palacio del fin, uno de los relatos de El segundo avión (Anagrama) que llegará a las librerías mañana. En él, Amis despliega un juego literario y de pensamiento a través de los dobles del hijo y sucesor de un dictador con sus siniestras funciones; metáfora de seguidores ciegos, de suplantaciones, de males y condenas sinfín, de despersonalización y una mirada crítica sobre el hombre, el macho, con un desenlace en el que puede haber un resquicio de redención. La recopilación de textos -que han sido publicados en medios como The New Yorker o The Guardian- deja clara la rabia, la incertidumbre, la impotencia y, a su vez, la fascinación de Martin Amis por los hechos terroristas y la situación geopolítico-cultural-religiosa que han emboscado al mundo en el siglo XXI.

sábado, 5 de septiembre de 2009

ELÍAS CANETTI

ELÍAS CANETTI

por Tomás Eloy martinez

Pocos autores dejan una impresión de genio tan inmediata como Elías Canetti. Apenas el lector se aventura en las primeras páginas de sus libros, se siente iluminado por una sabiduría más antigua que el tiempo. Fue en su ensayo sobre la supervivencia y el poder donde por primera vez leí una reflexión clara (y extrañamente original) sobre la sensación de superioridad y de alivio que sienten los que están de pie ante alguien que ha muerto. Escrito así parece una simpleza, pero cuando Canetti lo enuncia, se advierte qué poca atención ponemos los seres humanos en el significado profundo de gestos y movimientos que se repiten todos los días. Fue también Canetti quien explicó mejor que nadie por qué, para sentirse "el centro de todo", Kafka se refugiaba en la pequeñez, en el silencio, en la liviandad. Cuando estudia los diarios y la correspondencia de Kafka, Canetti lo revela como un escritor nuevo, recién descubierto. Lo sorprendente es que lo consigue empleando muy pocas palabras.

Llevaba yo más de veinte años sin dar con sus libros en las librerías de Buenos Aires cuando, hace pocas semanas, lo vi reaparecer en ediciones importadas y caras, aunque no lujosas, lo que me parece injusto con los lectores de estas épocas de crisis. Su obra completa está ahora en Galaxia Gutenberg y en las ediciones más accesibles publicadas por DeBols!llo.

Lo primero que leí de él fue una extraordinaria colección de ensayos, La conciencia de las palabras , en la que analiza con perspicacia la influencia que sobre Hitler ejerció su arquitecto Albert Speer y la inteligencia con que el periodista Karl Kraus abrió los oídos de la Viena anterior al nazismo. La conciencia de las palabras es también un ejemplo de la generosidad con la que Canetti juzgaba a sus pares: Hermann Broch, George Büchner, Robert Musil. En el discurso de aceptación del Premio Nobel, que con toda justicia le concedieron en 1981, reconoce la deuda con todos ellos.

Antes del golpe militar de 1976, sus libros se encontraban con facilidad en las librerías de Buenos Aires gracias, sobre todo, al empeño del editor Mario Muchnik, quien publicó seis o siete de sus obras mayores. Muchnik tuvo la audacia de salir al paso de Canetti en el Grand Hotel de Estocolmo la misma tarde de la ceremonia del Nobel. Lo tomó del brazo y se quedó un rato conversando con él. Canetti no concedía entrevistas pero no podía negarse al diálogo con uno de sus editores. Muchnik publicó los detalles de esa conversación en su autobiografía de 1999. Pintor, fotógrafo, creador de enorme talento visual, incluye en su retrato una imagen inolvidable. Al abrirse la puerta del ascensor del Grand Hotel, Canetti está quitándose la gorra de invierno y dejando al descubierto una blanca melena leonina, "que arde como una llamarada de hielo".

Los candidatos al Nobel de 1981 eran Canetti, Borges y García Márquez, quien lo recibiría al año siguiente. García Márquez ha sido siempre muy discreto y ha evitado pronunciarse sobre el hecho de que Borges fuera un postergado perpetuo. Ha citado, sí, que algunos académicos de Estocolmo valoraban mucho sus poemas y desdeñaban, en cambio, sus ficciones. Según Muchnik, algo parecido dijo Canetti aquella víspera de gloria: "Yo no le daría el premio a Borges. Y no por razones políticas, que no son pocas, incluso la medalla que recibió de manos de ese tal Pinochet. No se lo concedería porque su literatura es trivial, bien escrita pero superficial como el ajedrez". Canetti era un genio y, como ha escrito Susan Sontag, "era también parcial e injusto con los pueblos sin historia". Por eso entendía tan mal a Borges, quien, como provenía de un pueblo sin historia, sentía la necesidad de crearle una.

Todo lo que a Canetti le pasó en su larga vida parece desmesurado. Oriundo de Rustschuk, un pueblo búlgaro del bajo Danubio, vivió mudándose desde los cinco años. En 1911 lo llevaron a Manchester, Inglaterra; en 1913 -tras la muerte del padre- a Viena; entre 1916 y 1920 anduvo entre Zurich y Lausanne; a fines de los años 20 se instaló en Berlín; luego regresó a Viena, se detuvo en París, y por fin en 1938, se asentó definitivamente en Londres, de donde raras veces se movió hasta su muerte en Zurich, en 1994, a los 89 años.

A diferencia de casi todos los hombres, que disponen de una sola lengua para el amor, para los recuerdos y la desdicha, Canetti tuvo por lo menos cuatro lenguas de infancia: el alemán, que sus padres le prohibieron hablar y leer hasta los siete años; el inglés de sus primeras lecturas; el ladino, "mi lengua de la cocina", como él decía, y el búlgaro de su adolescencia.

Podría haber escrito en cualquiera de esos idiomas, pero decidió hacerlo en alemán como una afirmación de su ser judío. Canetti seduce con palabras, porque el lector adivina en él, más allá de su humildad auténtica, una rara capacidad para entenderlo todo. Parece estar regresando de las culturas más remotas, de los sentimientos más primarios, de las experiencias más revolucionarias: como si fuera el sobreviviente de un lugar en el que han sucedido ya todas las cosas.

Empezó a escribir su primera novela, Auto de fe , en abril de 1927, cuando aún estudiaba química y vivía en una habitación vienesa cuyas ventanas daban al zoológico y al asilo de locos Steinhof.

La obra de su vida es el monumental ensayo Masa y poder (1960), de lectura imprescindible para quienes quieren entender el populismo, la demagogia y el desprecio que los hombres de poder sienten por las masas a las que manipulan. Cada vez que el autor se acerca a cualquier versión de la masa (el trigo, el bosque, el fuego, la lluvia), pone simultáneamente en movimiento las disciplinas más dispares. De la antropología salta con naturalidad a la historia de las religiones, de allí a la poesía y a la anatomía patológica, alcanzando en cada caso el milagro (¿cómo llamarlo de otro modo?) de transfigurar esa inmensidad en una criatura viva, pequeña, verificable, con la cual el lector puede identificarse fácilmente. La historia, abrazada por el lenguaje de Canetti, acaba siendo como la última plegaria de una tribu de sobrevivientes, la letanía de un loco que se cree invulnerable. Y que quizás es invulnerable.

Dos de los capítulos finales estudian el extraño delirio paranoico, entre místico y racial, narrado en las Memorias de un neurópata, de D. P. Schreber, ex presidente del Senado de Dresde. Esas Memorias son también la fuente principal del ensayo sobre la paranoia, que Freud publicó en 1910 y que Canetti no menciona, por razones no explicadas.

Pese a la imponencia de Masa y poder , cuyas 500 páginas nunca citan a Marx e incluyen sólo una mínima referencia a Freud (una nota casual a pie de página), el texto más revelador sobre Canetti es, sin duda, La lengua salvada (1977), primer volumen de su autobiografía, que deja en el lector la sensación de que el lenguaje ha sido agotado, vaciado de sus mejores sustancias y que ya no es posible decir nada con esas mismas palabras. Es una memoria a la que nunca se le ven las costuras. La naturalidad de los significados es tal, las frases respiran con tanta soltura, que no es fácil explicar de qué está hecho ese universo tan familiar y al mismo tiempo tan ajeno: qué entrega tan absoluta ha sido necesaria para que los sentimientos de Canetti operen un inmediato contagio.

Son inolvidables la fascinación que el narrador siente por las mejillas coloradas de una aldeana, el terrible grito de la madre en el jardín cuando el padre muere, la mansa aceptación del sexo como un tabú, y el descubrimiento, en Zurich, de que el prejuicio antijudío ya no se apartará de su vida.

Otra obra de destilación verbal, Cincuenta caracteres (1974), cuenta en dos a tres páginas historias que son la semilla de grandes novelas. Una de esas historias, "El bibliófago", es un resumen prefecto de Auto de fe, a la vez que una demostración de los límites a los que Canetti sabe llevar el lenguaje. La lengua salvada es irresistible de otra manera: se parece a esos viejos folletines cuya lectura uno querría recomenzar, impaciente, apenas se vislumbra la última página.

Cuando recibió la noticia del Premio Nobel, estaba en la casa de sus suegros bávaros, almorzando. A su esposa, Hera, se le resbaló el cucharón con el que servía la sopa y salpicó el mantel. Canetti masticaba un trozo de pan y, por el asombro, dejó caer el bocado al plato. Al advertir que la vida familiar no volvería ya nunca a ser la misma, sintió que el Nobel lo empobrecía, lo esclavizaba. Los dioses lo habían señalado con su dedo de luz, y ser un elegido lo atormentaba. Enfrentó la adversidad de la gloria recluyéndose en su casa de Londres, de la que no salió hasta que viajó a Zurich para morir.

miércoles, 2 de septiembre de 2009