miércoles, 30 de mayo de 2012

SOSTIENE TABUCCHI

Dos nocturnos con Tabucchi

La dramaturga argentina rinde homenaje al escritor italiano con dos textos: la evocación de su encuentro en Italia y un cuento entre Buenos Aires, Pisa y Barcelona

Por Gabriela Izcovich  | 
 
 
Desperté con la noticia de la muerte de Antonio. Fui y vine en el día, trabajé, conversé; la pena no me soltó. Y ahora, en la noche, sentada en mi cocina, recuerdo: "Las personas que duermen mal parecen ser más o menos culpables: ¿Qué es lo que hacen? Confieren presencia a la noche". Con esa cita de Maurice Blanchot, Antonio Tabucchi comenzaba Nocturno hindú .
Según Tabucchi, ese libro, además de un insomnio, es un viaje. "El insomnio corresponde a quien ha escrito el libro, el viaje a quien lo hizo", escribió. Siento que le debo a Antonio Tabucchi dos insomnios y un viaje: su Nocturno, el libro por el que lo conocí, y estas horas de la noche en que lo recuerdo. Y un viaje. Aquel viaje. Con los codos apoyados sobre la mesa cierro los ojos y me voy volando al teatro Studio de la ciudad de Florencia, donde había sido invitada, junto a Javier Lorenzo y Alfredo Martín, a representar mi versión teatral del Nocturno hindú .
Estábamos ya por comenzar el espectáculo cuando un muchacho italiano corrió hacia nosotros para decirnos a viva voce que Antonio estaba viniendo desde Pisa, junto con su esposa, ¡que venía a vernos! Y así fue como se encendieron las luces del escenario, con Antonio Tabucchi en nuestra platea, sentado junto a su mujer y mis padres. Completaban un total de nueve espectadores, incluyendo al dueño de la sala. Comencé mi representación con Alfredo y Javier, envuelta en un sari hindú que vestía mi personaje indio, mientras escuchaba su risa y percibía su envolvente energía. Al finalizar se puso de pie, se acercó al escenario y nos agradeció en su perfecto español.
Luego de la función fuimos a cenar y compartimos con él nuestras anécdotas de producción independiente, cómo habíamos pretendido crear una escenografía que evocara el sur de la India juntando sillas desvencijadas en la calle.
A la mañana siguiente me despertó su voz en el teléfono de la habitación del hotel. "Gabriela, soy yo, Antonio, quisiera invitarlos a tomar el té a mi casa." Subimos cinco pisos por la escalera de un hermosísimo edificio antiguo, cargados de valijas debido a que desde ahí nos íbamos a París. Cuando ya estábamos por el tercero, comenzamos a escuchar la voz de Gardel que se acercaba. Venía de la puerta entreabierta de la casa de Tabucchi. Así nos recibió.
Entramos tímidamente y allí estaban los dos, María José y Antonio, otra vez sonrientes, frente a nosotros. "La felicidad se puede palpar", pensé. Ese espacio lleno de libros, dibujos del rostro de Pessoa por doquier, y esa calidez tan entrañable del matrimonio Tabucchi. Apareció un delicioso té servido en preciosas tazas de porcelana. Me sorprendió lo informado que estaba acerca del caso Cabezas. "Mucha gente nace con el camino marcado. Algunos luchan por cambiarlo, otros se abandonan a él, entregándose de forma total a lo que ese destino les señala."
Así era Antonio, un hombre preocupado por la libertad de las personas. "Gaby, quiero que conozcas a Jorge Herralde", dijo y ahí mismo escribió una nota dirigida al director de la editorial Anagrama. Lo alentaba a conocerme. Pude sentir su enorme generosidad que intentaba abrirme caminos. Fue por él que nació mi relación con Ana Jornet. Regalo de su amistad.
-Hace poco fui a París a ver una versión teatral que hicieron unos parisinos sobre mi Réquiem -me dijo sorbiendo el té.
-¿Y cómo fue? -pregunté.
-Un tanto curiosa. El actor se olvidaba los textos. Pero por suerte yo estaba sentado en la primera fila y se los iba soplando.
-Esto es para vos, Gaby -me dijo María José entregándome un CD de fados interpretados por Alfredo Marceneiro, Carlos Ramos, Hermina Silva, João Braga. Siempre pensé que una buena forma de transitar la tristeza es encontrándole su melodía. Y la saudade la tiene. Eso quisiera hacer hoy, encontrarle su canción.
En esta evocación hay dos protagonistas que ya no están: mi padre y Tabucchi. Ambos enriquecieron mi alma. "La vida no está hecha de paisajes naturales, sino de paisajes humanos", decía Antonio. Cuánta razón tenía. A él dedico mi cuento.

Aquí, allá, en todas partes

-¿Éste? -pregunta Esteban señalando el menú.
-No, éste -le muestra Mabel.
-Ah, bueno, compartámoslo -le propone Esteban.
-No.
-¿Por qué?
-Porque me lo quiero comer yo sola.
-¿Todo?
-Todo.
Mabel mira por la ventana que está junto a su mesa. La plaza de Echeverría del barrio de Belgrano. Es el final de una hermosa tarde porteña, con ese cielo celeste, llano e inmenso, que suele instalarse en los veranos de Buenos Aires.
Sin dejar de mirar a través de la ventana, Mabel le dice que podría convidarlo con un mordisco.
-Sí, un mordisco va a estar bien, Mabel. -Y riéndose agrega: -Me gustan los mordiscos.
Mabel no se ríe. Tal vez no lo haya escuchado. Esteban toma la servilleta y la retuerce mientras la mira mirar por la ventana.
-No lo puedo evitar.
-¿Qué cosa? -pregunta ella.
-Quererte.
-Ah, sí. A veces no se puede evitar.
El mozo se acerca a la mesa.
Mabel está comenzando a llorar. Esteban le seca las lágrimas con la servilleta y le acaricia las mejillas.
-¿Qué se van a servir? -pregunta el mozo, seguramente un poco afligido.
Mabel baja cautelosamente la escalera para entrar a la librería. Abre su cartera y se pone los anteojos. Ve una foto de Antonio Tabucchi recortada de un diario, que está pegada en una columna. "Es él -piensa- es él." Antonio está sentado en una silla de madera. Pero está sentado al revés. Con su pecho apoyado sobre el respaldo, sosteniendo su cabeza con las manos. Sonriendo, mira a la cámara. "Me mira a mí -piensa Mabel-, me está mirando a mí."
El empleado teclea en una computadora. Ella se acerca aún más a la fotografía.
-Esta foto...
-Sí -dice el empleado.
-¿De dónde la sacaron?
-La recorté del diario. El mes pasado estuvo aquí.
-¿Aquí, en la librería?
-No, aquí, en Barcelona.
-Ah.
Se miran. Parece que la conversación ha terminado. Él vuelve a su teclado.
-Me gusta -dice ella.
-Si quieres la despegamos.
-No, por favor, no quisiera que se rompa. Me gusta él, él -y señalando la imagen, dice: -Tabucchi.
-A mí también.
Mabel se aleja de la columna. Camina hacia la zona Poesía. Le llama la atención ver un libro de Alejandra Pizarnik en una librería de Barcelona. Una compilación. Toma el libro, lo abre.
"Y yo sola con mis voces, y tú, tanto estás del otro lado que te confundo conmigo." Quiero memorizar esto -piensa-, cada palabra. Deja el libro en su sitio. Vuelve a la columna.
-¿La podemos despegar?
-Por supuesto -responde el empleado, poniéndose de pie y dejando a un lado su trabajo. Cuidadosamente despega cada pedacito de cinta scotch. Cuatro pedacitos. Se la entrega-. Toda tuya.
-Gracias. La voy a fotocopiar ampliada.
-No conviene porque tal vez se deforme. A veces cuando amplías las cosas se deforman. Mejor verlas como son.
-Sí. Es cierto. ¿Dónde puedo ir a fotocopiarla?
-Sales, vas hacia la izquierda hasta llegar a la avenida. Ahí mismo, en la esquina. Pero puedes quedártela. Es un obsequio.
-No, gracias. Te la voy a devolver. Enseguida.
Vuelve a pasar por Poesía. "Ya me olvidé del poema -piensa-. Ya me lo olvidé..." "Sola con mis voces"... "con mis voces"... "No puedo, me lo olvidé".
Y ya en la puerta de la librería murmura:
-Qué linda sos, Barcelona.
"Tal vez la caminata la debería haber dejado para después", piensa Mabel sosteniendo la fotografía de Antonio Tabucchi, frente a la puerta cerrada de la librería. "No importa, vendré mañana -piensa-. Vendré mañana."
En la esquina, donde está la vieja farmacia, hay un árbol. Detrás del árbol se asoma el empleado para mirarla.
Ya es de noche. Desde el teléfono público que está frente a su hotel, Mabel llama a Esteban.
-Mabel, ¿dónde estás? Hace cuatro días que te estoy llamando.
-Estoy en Barcelona.
-¿Cómo? ¿Qué hacés ahí?
A Mabel se le nubla la vista. Brotan lágrimas, demasiadas, lo que sorprende a Mabel. "Qué cantidad -piensa-. ¿Por qué sale agua salada de los ojos cuando uno se pone triste? ¿Por qué?"
-Mabel... -dice Esteban desde el otro lado del teléfono.
Pero ella cuelga el auricular y luego camina por la Avenida Diagonal.
Es de madrugada. Mabel pone la foto como señalador en la página cuarenta y dos de Le fil de l'horizon y cierra el libro. Lo apoya en la mesita de luz. Se acurruca entre las sábanas en posición fetal. Respira serenamente y se duerme.
Ahora en Buenos Aires también es de madrugada. Esteban se sostiene la cabeza con las manos, sentado al revés, apoyando su pecho en el respaldo de una silla de madera. Pero él no mira a ninguna cámara. Ni tampoco sonríe.
Es una mañana fresca en Barcelona. Mabel baja cautelosamente la escalera de la librería. Él la ve venir pero baja la vista hacia su teclado simulando no verla.
-¿La pegamos de nuevo? -le ofrece Mabel.
-Bueno. ¿Me ayudas?
-Sí. -Y le tiende la foto.
El empleado saca de su cajón una cinta scotch y comienza a despegarla, cortando con los dientes pedacitos que tiende a Mabel uno a uno. La foto ya está pegada nuevamente en la columna. Tabucchi sonríe y ellos dos también.
Él está sobre ella besando su cuello. Mabel respira agitadamente en su oreja dejándose besar. Las sábanas están enredadas entre las cuatro piernas. El empleado tiene un nombre: Jordi. Y un segundo nombre, que es Antonio.
Antonio Tabucchi está desayunando en su casa de Pisa. Toma un capuchino mientras lee Il Corriere della Sera . Y ya fuma su tercer cigarrillo, a pesar de que el día recién ha comenzado..

viernes, 18 de mayo de 2012

JACOBO FIJMAN

El extraño caso de Jacobo Fijman

Su internación durante 28 años en el hospital psiquiátrico de Buenos Aires lo convirtió en leyenda, pero también oscureció la comprensión de su obra mística, de base vanguardista.

POR Jorge Aulicino


El episodio Jacobo Fijman (Uriff, 1898-Buenos Aires, 1970) se basa, esencialmente, en Sherlock Holmes opuesto a Dostoievsky. En la obra de Fijman no hubo nunca densidad psicológica en desmedro de una lógica emocional que con el tiempo encontró sus fundamentos en la patrística cristiana. El episodio Fijman, uno de los más ricos de la literatura argentina, fue oscurecido por el hecho de que permaneció 28 años en el hospital psiquiátrico de Buenos Aires, se lo sometió a electroshocks y, antes de eso, fue un irregular del periodismo y músico ambulante que vivió con menos de lo necesario. De este modo, hubo argumentos para considerarlo fuera del canon. Pero esa lectura anti canónica había ya construido un canon, el cual excluía a Enrique Banchs o Ricardo Molinari, cuyas escrituras estuvieron más cerca de la de Fijman que las de Oliverio Girondo –su compañero del grupo de Florida– o Alejandra Pizarnik, las grandes figuras del canon no canónico. 

Aquel anti canon, construido más a través de las biografías y las ideas que de las obras, excluye de la historia el hecho de que, en los últimos años de su vida, Fijman se reveló ante Vicente Zito Lema, cuando éste lo entrevistó en el hospicio, como un converso convencido, de entrabado discurso católico, que consideraba satánico el camino estético del Conde de Lautremont, al que admiraba, y despreciaba a Antonin Artaud, con el que vanamente se le puede buscar otra afinidad que no sea la de que ambos padecieron, o les fueron diagnosticados, trastornos mentales graves. Zito Lema encontró asimismo un Fijman que no se quejaba de su vida en el hospital, que comprendía el trabajo de los médicos sin arrogarse la facultad de perdonarlos, aunque se creía santo. Zito Lema reflejó honestamente a este Fijman en las entrevistas que publicó a partir de 1969, y pese a la persistencia del martirologio de Fijman cada vez que se debe recurrir a nuestros malditos, honestos lectores y críticos han dicho de paso, o han creído definir con ello, que el poeta del hospital Borda fue un excluido, otro “suicidado por la sociedad”, como Artaud escribió sobre Vincent Van Gogh.

Los medios han sido casi siempre escarnecidos en cuanto al ocultamiento del anti canon. Sin embargo, en el caso Fijman no hubo realmente exclusión por parte de los medios ni de la historia de la literatura, ni de las admiraciones de los grupos literarios. Hubo un cierto eclipse de Fijman hasta que lo recuperaron los surrealistas tardíos, especialmente Aldo Pellegrini, y las revistas de los sesenta Primera Plana, Panorama y Gente, precedidas por una nota de Clarín en 1954 (a doce años de su internación) y diversos artículos que publicaron, entre otros, Jacobo Bajarlía y Lysandro Galtier. Ficcionalmente lo había rescatado Leopoldo Marechal como el filósofo Samuel Tesler en Adán Buenosayres (1948). Abelardo Castillo lo convirtió en el Jacobo Fiksler (“el viejo poeta, el hombre en pedazos, el casi mitológico demente”) de El que tiene sed (1985).

La senda de los manuscritos que Fijman tendía a sus visitantes en el hospital se ha definitivamente extraviado. Después de sus tres libros –Molino rojo (1926), Hecho de estampas (1930) y Estrella de la mañana (1931)–, naufragó el proyecto de editar sus obras completas, aunque se lo intentó (Ediciones del Dock, 2005, con la colaboración activa de Daniel Calmels). La aparición de Romance del vértigo perfecto, que incluye varios poemas datados en 1957 y 1958 y facsimilares de los textos, además de dibujos de Fijman, abre de nuevo el desconcierto: ¿cuánto escribió Fijman en su internación, entre 1942 y 1970?, sin contar los poemas que pudo haber escrito antes, desde 1931 en que publicó Estrella de la mañana. El editor de Romance del vértigo perfecto, el librero Fernando Gioia, lo ignora. Pero no se hizo demasiadas preguntas. El hallazgo de los manuscritos, en manos de una persona que no es coleccionista, le significó una obsesión. Compró los manuscritos por una cantidad de dinero que pudo pagar en cuotas (“a lo largo de un par de años”) y los publicó como si se tratara de un nuevo libro. No hay en rigor nada que impida suponer que lo era, o que era parte de uno: existe el indicio de que al menos algunas de las hojas del mismo fajo están en manos de un librero anticuario. Gioia fue discretísimo. No explica nada de esto en la edición, pues, dice, el libro tenía que aparecer como un libro de autor. Por cierto, produce un efecto sobrenatural. “Estas composiciones, como otras cada tanto encontradas de Fijman, dejan vislumbrar una cantidad indefinible de poemas, los que tal vez nunca se hallen y se libren a nuestra experiencia”, por su parte señala en el prólogo Roberto Cignoni.

Romance del vértigo perfecto (supongamos que Fijman aprobó el título en el más allá) confirmaría que el autor de Molino rojo estaba practicando una poesía en la que intentaba ya que el verbo cantase de nuevo en la nada. Con un conocimiento muy sutil de la lengua que aprendió al llegar de chico desde Besarabia, se mueve en el borde del arcaísmo formal y léxico y la invención, con particular concentración en la imagen del desierto: “Canción con algo de canción y soledad y yermo”, título de uno de los poemas publicados en Romance del vértigo perfecto, podría ser el de esta colección que asimismo se puede considerar un canto, o los preludios de un canto. Uno se imagina al violinista Fijman ensayando dos y tres veces un comienzo para algo que no será sino vacío: “las plantas más sonoras del abismo profundo / golpean a la lumbre más pálida del mundo”, dice en el poema “Arsis y tésis” (de la música precisamente: ascenso y descenso), colocado penúltimo. Con el último poema de este volumen, “Hipnófoba” (del miedo a dormir), Fijman gira y vuelve a su otro registro, la imagen visual, la estampa –”La lluvia atencionada /sacudía a las pálidas ovejas”–, y el uso arcaico deviene surrealístico.

En el reportaje a Fijman que en 1969 publicó en la revista Talismán, después de dos preguntas insólitas (“¿Hay equilibrio entre su poesía y al que le cortan la lengua por no mentir?” y “¿Qué valor le asiste a un asesinato?”), Zito Lema lo interroga directamente sobre el significado de los títulos de sus tres libros. Esta es la respuesta:

Molino rojo recuerda la demencia, el vértigo. Yo buscaba un título para esa obra que significara mis estados y reparé en un molinito viejo que tenía en la cocina. De color rojo. Para moler pimienta. Y vi en ese objeto todo lo que mi poesía quería expresar. Estrella de la mañana, en cambio, se refiere a los estados místicos que yo había adquirido en esos años. Ya había sido bautizado, convirtiéndome a la religión católica, y quise expresar con ese título la encarnación de la verdad. En cuanto a Hecho de estampas, yo trataba de volver a la filosofía escolástica. Y volver fundamentalmente a Aristóteles. Y en una visita al museo del Louvre quedé impresionado por los maestros clásicos, por su pintura religiosa. Cuando luego vi unas estampas de esos cuadros religiosos, las asocié a mis poemas. De ahí Hecho de estampas.”

Molino rojo, dirá luego, atrae a anarquistas y socialistas por el color. En cuanto a lo que “quería expresar”, era que la sociedad se adentraba en la demencia. Y no podría verse aquí la clásica respuesta del demente –los dementes son ustedes– si uno repara en el punto de partida, en la cita más o menos disimulada de Dante Alighieri en el primer verso del primer poema de esta colección: “Demencia: / el camino más alto y más desierto”. [Cuando se decide a viajar al Hades con Virgilio, al final del segundo Canto del Infierno, dice Dante: “…e poi che mosso fue, / intrai per lo cammino alto e silvestro”: …y cuando hubo andado, / entré por el camino agreste y elevado”]. Los períodos de lucidez sobre su propio mal suelen atormentar a los dementes. Está claro que no fue así para Fijman, quien se propuso acompañar la demencia del mundo, en sus largos momentos de decisión consciente, del mismo modo en que Dante quiso, tras su vacilación, atravesar la condena de los otros. Fijman se dio a trabajar el verbo, como decía, no para cubrir el vacío, sino para armarlo. Aquel vacío sería a la vez su infierno, su purgatorio, y su cielo: la carnal presencia del desierto en Molino rojo y la subida a través de imágenes de Hecho de estampas; Estrella de la mañana, que como “estado místico” queda en el medio de los otros en su propia enumeración, aunque no fue así cronológicamente, es su cielo escolástico. La enumeración de Fijman, alterada, sugiere que, luego de haber visto, regresó a la subida del monte: “Corderos desfigurados reflejan en sus ojos las vueltas de las estrellas / y los viejos molinos”, en un aire como el de los invernales páramos místicos de Georg Trakl. Y es que en realidad aquella estrella de la mañana no es otra que el “oriental zafiro” contemplado por Dante al salir del infierno, en la orilla del purgatorio. Una estrella que, vista, no señala aún el fin del viaje. De hecho, Alighieri volverá a la tierra, que es el infierno para Fijman.

“¿Qué autores han tenido mayor incidencia en su formación literaria?”, pregunta Zito Lema en la entrevista de Talismán.
“En mi infancia dice Fijman- toda la obra de Sherlock Holmes; que me sirvió después para hacerle una crítica a Dostoievski, quien alardeaba de sus novelas psicológicas. También Pushkin, un negro comprado por un embajador de Pedro El Grande y Víctor Hugo. Ya de grande, ningún escritor ha tenido en mí una influencia decisiva. Aunque he leído muchísimo; especialmente a Santo Tomás de Aquino, a todos los maestros de la patrística latina y griega.”

La crítica a Dostoievsky mediante la razón de Holmes no es otra cosa que la recuperación de lo sagrado y su inextricable sentido –piedra de toque de la patrística–, que obliga al hombre a recrear y sostener el verbo, en tanto primer instrumento de salvación: intuición y visión, pedagogía y fe. Ese logos que cede, como en los personajes de Dostoievsky, ante la angustia, es manantial y rigor cuando el cristiano acude a él. En esta visión, un artista sólo se diferencia de otros humanos en que practica plasmar sus intuiciones, con un afán salvífero como el que manifestó Fijman en los desérticos años de su vida de hospital. Hospital que no sería necesario mencionar si no fuera el escenario aludido en que se desempeñan sus versos: su infierno, paradojalmente redentor.

El caso Fijman debería ser visto como lo que fue: el más nítido caso de poesía mística en la Argentina, de base vanguardista y espíritu clásico, que en el rescate del católico Marechal roza, involuntariamente quizá, la parodia.

jueves, 17 de mayo de 2012

CARLOS FUENTES

Carlos Fuentes: México despidió con dolor a su escritor más universal

Masivo adiós en el Palacio de Bellas Artes de la capital azteca, con la presencia del presidente dek país, el alcalde de la ciudad y miles de lectores.

POR Augusto Assia - Mexico DF

Sin tiempo para responderse cómo pudo morir de una hemorragia repentina alguien que el sábado dio una conferencia, el domingo hizo un viaje de 9 horas y el lunes empezó su novela, México se desperezó ayer con la sensación de haber pasado la noche llorando. En los cafés y en las redes sociales.
Hasta la empedrada Calle ‘Apostol Santiago’ del Distrito Federal, donde ha estado la casa de Carlos Fuentes desde que dejó la embajada de París en 1977, se acercaron durante toda la noche del martes personalidades como Pilar del Río, viuda de José Saramago, Ángeles Mastretta o Elena Poniatowska para despedirse del féretro y consolar a su viuda Silvia Lemus.
La viuda también recibió condolencias de estadistas y políticos de todo el mundo, entre otros de los españoles Mariano Rajoy y el príncipe Felipe; el presidente de Colombia Juan Manuel Santos y el francés François Hollande.
Pero la gran catedral laica donde se congregaron los fieles del escritor fue el Palacio de Bellas Artes en la capital mexicana. Con paraguas, pañuelos o con un ejemplar de Gringo Viejo abierto sobre la cabeza para protegerse del sol, cientos de personas esperaron ayer durante horas en Bellas Artes para despedir al escritor.
Dentro del imponente edificio, donde han sido velados desde Octavio Paz a María Félix y Cantinflas, algunos familiares y la clase política, que tanto despreció Carlos Fuentes a lo largo de su vida, lo recordaron con reflexiones sobre su vida y pasajes sobre la muerte.
“Enemiga y, más que enemiga, rival, cuando nos arrebata a un ser amado. Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte que no nos mata a nosotros, sino a los que amamos” dijo el presidente mexicano Felipe Calderón leyendo algunas páginas del libro de Fuentes En esto creo. “Muy querido don Carlos: ni su pensamiento, ni suslibros ni su crítica morirán jamás. Carlos Fuentes vivirá en sus obras, en su palabra en varias generaciones de mexicanos. Carlos Fuentes ha muerto para ser amado más”, concluyó emocionado.
El escritor Federico Reyes Heroles destacó la calidad de su obra y su esfuerzo por hacer de México un país mejor. “Siempre discutió su México, un México que deseaba mejor y más próspero”, señaló Heroles quien destacó su disciplina con el folio, la pluma y su generosidad con los jóvenes. “Fuentes se tomó en serio su oficio y eso debe ser ejemplo para muchos. Fue generoso con los escritores jóvenes y no es casualidad que murió el día del maestro” señaló. Su viejo amigo recordó también al Fuentes más alegre, capaz de recitar pasajes completos de Don Giovanni o retarse con García Márquez recitando a Góngora y Quevedo.
Heroles resaltó también la dimensión universal de Carlos fuentes (que hablaba a la perfección español, inglés y francés) con una de sus frases favoritas: “La cultura o es universal o no es cultural, lo demás es folclore”, solía decir.
El alcalde del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, uno de los pocos políticos por los que Fuentes tenía simpatía, definió al el escritor como el abogado de México porque estuvo del lado de las mejores causas para el país. “Era ante todo el abogado de la esperanza mexicana, nunca lo vi, sí preocupado pero nunca decepcionado de la grandeza mexicana” dijo frente al ataúd.
Según su viuda, Silvia Lemus, los restos de Carlos Fuentes serán incinerados y trasladados a París. Según explicó, él quería ser enterrado en el cementerio de Montparnasse, junto a sus dos hijos muertos y junto a sus “amigos”: Cortázar, Sartre, Simone de Beauvoir o Beckett. Incluso dejó, antes de morir, preparada la lápida que lleva su nombre y el de su mujer, ahora viuda, grabado.

domingo, 6 de mayo de 2012

EDITORIALES

"Un libro es una botella lanzada al mar"

El director general de la editorial de origen mexicano Siglo XXI opina que los desarrollos tecnológicos "sonpruebas positivas", pero que el soporte papel goza todavía de buena salud, y que así seguirá por mucho tiempo
 
 
Mientras la preocupación por el impacto de la tecnología atraviesa la industria editorial y divide aguas entre entusiastas y apocalípticos, una tercera vía es posible: mirar con entusiasmo los e-books pero a la vez perfeccionar un negocio alrededor del más tradicional, seguro y todavía económicamente rendidor libro de papel. Ésa parece ser la apuesta de Siglo XXI, al menos según lo transmite Jaime Labastida, desde hace casi veinte años director general de esta editorial de origen mexicano, que comparte el espacio de los sellos líderes en la publicación de ciencias sociales y humanidades en lengua española.
Nacido en Sinaloa, narrador, ensayista, poeta, director de la Academia Mexicana de la Lengua, director de la revista Plural durante casi dos décadas, Labastida no cree que el e-book sea una amenaza para los libros en papel, califica las nuevas tecnologías como "un reto perfectamente aceptable y asimilable" y describe el modelo de negocio de Siglo XXI: ser una editorial pequeña pero, en su especialidad, diversificada. De hecho, acaba de adquirir tres sellos en España: Biblioteca Nueva (que publica a Freud en español), la barcelonesa Anthropos, de ensayo, y Salto de Página, un pequeño sello de narrativa y poesía. Completa así su presencia en lo que Labastida llama "las cuatro capitales literarias de la lengua española": Madrid, Barcelona, México y Buenos Aires, entre las que -otra marca distintiva de Siglo XXI- la relación es más bien horizontal, con decisiones de producción local que se toman de manera bastante independiente. "Creo que los desarrollos tecnológicos son pruebas positivas. Todos los momentos de crisis son momentos de purga y hacen que industrias obsoletas, que no tienen capacidad de modernización, desaparezcan", afirma Labastida, que pasó por Buenos Aires hace algunas semanas.
-Las empresas con nuevas tecnologías desplazan fuerza de trabajo. Mucha gente dice que esto conduce al desempleo. Yo creo exactamente lo contrario: que crean en el largo plazo mayores fuentes de empleo. Cuando Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles, en Europa habría unas 1000 o 2000 personas dedicadas a reproducir los libros a mano en los monasterios. Ellos perdieron su trabajo, pero la imprenta ha generado millones de empleos a lo largo de estos siglos, muchos más de los que desplazó.
-¿Cómo impacta esto en la industria editorial hoy?
-Con las nuevas tecnologías, los libros son cada vez más baratos y la impresión es cada vez de mejor calidad. Los adelantos técnicos son un reto, perfectamente aceptable y asimilable. Los editores tenemos que acoplarnos y desarrollarnos en estos nuevos medios. Determinado tipo de libros ya no podrán hacerse como se hacían antes, pero los libros gozan todavía, y por mucho tiempo, de buena salud.
-Entonces, cuando ve un libro electrónico se entusiasma, no se preocupa.
-No me preocupo: habrá quien lo use y será compatible con el soporte papel. En México, nuestra circulación de libros electrónicos no alcanza ni el dos por ciento. Falta mucho, porque además, la sustitución de la maquinaria para usarlos es continua, y eso cuesta mucho dinero. No todos van a poder usarlos. En cambio, el libro permanece.

-¿En Siglo XXI están pensando en aprovechar estas nuevas tecnologías, por ejemplo publicando en formato electrónico?
-El mercado es tan reducido que todavía no sabemos cuál debería ser su mecanismo de distribución. Hicimos algún intento en ese sentido, y no es que haya sido un fracaso, pero no tuvo el éxito que hubiéramos deseado. La obsolescencia de las máquinas para usarlos es tal? ¿Quién puede soportar, económicamente hablando, la adquisición de esos aparatos? Un libro dura muchísimos años, lo puede leer toda la familia, sigue siendo un instrumento muy útil y muy barato.
-En este escenario, ¿cómo imagina la competencia entre las grandes editoriales y las más pequeñas, independientes o autónomas?
-Las editoriales gigantes tienen su línea más o menos establecida y hay escritores jóvenes que no encuentran espacio para publicar. Entonces crean sus editoriales, con 15 o 20 títulos, y desaparecen. Si son importantes, una editorial grande recoge dos o tres títulos de los que publicaron. Qué bien. Un pez hembra desova millones de huevos de los cuales queda vivo un dos o un tres por ciento. La muerte es necesaria. No se puede pensar que todo va a sobrevivir.
-¿Cree que el futuro de una editorial como Siglo XXI puede estar en focalizarse en un nicho de producción o en ampliarse?
-Nosotros somos una editorial relativamente pequeña pero diversificada, porque abarcamos un espectro bastante amplio en el campo de las humanidades y las ciencias sociales. Tenemos historia, filosofía, psicología, política, economía, literatura, algo de ciencia. Tenemos cierto nicho, pero tratamos de ampliarlo, de atraer nuevos lectores y nuevos espacios mentales.

-Han comprado recientemente tres sellos en España. ¿Sigue siendo un negocio la editorial de papel?
-Lo sigue siendo. Aunque nosotros no somos propiamente hablando una empresa de negocios. Somos una empresa privada, pero no repartimos dividendos, sino que todas las ganancias repercuten en ella misma para consolidar el sello. Por eso hemos podido adquirir esas empresas en España. Biblioteca Nueva es una editorial de muchísimo prestigio, con más de cien años de vida. Salto de Página, de carácter literario, es muy reciente. Queremos que conserve ese perfil dedicado a la narrativa, y quizás incluso con el tiempo los títulos de ficción o de poesía queden incorporados por completo en esa editorial. Y Anthropos, que está en Barcelona, tiene un perfil semejante a Siglo XXI: publica ensayo. La vamos a mantener.
-¿Qué impacto económico puede tener la restricción a las importaciones de libros que se había anunciado en la Argentina?
-Me parece desastroso. Por cualquier lado que se la mire es una medida insignificante, económicamente hablando, y gravísima desde el punto de vista intelectual. No se pueden poner restricciones a las mercancías que tienen que ver con la inteligencia.
-¿Cómo se forma un lector?
-Enfrentándose a los textos, en la escuela y en la casa. Leyendo a veces sin comprender cabalmente, buscando significados. Lo que sucede es que en las escuelas, al menos en México, ya no hay esas horas vacías en las que uno leía en voz baja libros que formaban.
-¿Internet no ofrece una forma de lectura y escritura para los más jóvenes?
-Sí, quizás no suficientemente desarrollada, pero ofrece una forma de lectura. Por eso insisto: si en las escuelas hubiera una o dos horas diarias de lectura en silencio, en el aula, sería un estímulo. Ahora parece que lo que existe es lo contrario, llenar de tonterías el cerebro aparentemente vacío de los niños, quince materias, preguntas sobre todas ellas.

-¿Cómo se puede saber que un libro es bueno?
-No se sabe. Cuando conocí a Arnaldo Orfila, ese gran editor argentino-mexicano que desarrolló el Fondo de Cultura Económica y fundó Siglo XXI, le hice esa misma pregunta. Me contestó: "Olfato". Intuición. Si uno supiera que hay una fórmula, tipo algoritmo, que le dijera que un libro es bueno y que se va a vender, no se equivocaría jamás. Pero uno se equivoca positiva y negativamente. A veces hay libros que se publican sin mucha expectativa y se venden y otros que se espera que vendan mucho y no pasan de la primera edición. No se sabe. Depende de circunstancias de público lector, de condiciones culturales, de modas. Hay autores que permanecen, como Eduardo Galeano, que ha permanecido a lo largo de más de cuarenta años. Algunos de sus libros se siguen leyendo, y cada nuevo título genera 30.000 o 40.000 lectores de inmediato. ¿Por qué? Cuando vi que Siglo XXI publicaba Lacan, pensé: ¿quién lo va a leer? Es críptico, imposible. Y se sigue leyendo Lacan. Por fortuna, hay algo incierto. Es como una botella lanzada al mar.
-¿Se educa ese olfato?
-Claro, se perfecciona. Proporciones guardadas, Picasso hacía un trazo, pero su mano estaba educada después de 40 años. La improvisación era aparente. Uno dice: "Este libro es importante". Siglo XXI se guía por un principio: elegimos libros que consideramos importante que sean publicados, aun cuando puedan no significar un buen negocio..