domingo, 19 de enero de 2014

JUAN GELMAN por ELENA PONIATOWSKA

Juan Gelman, militante








El 15 de agosto de 1994, invitados por el subcomandante Marcos, acudimos a la Primera Convención Nacional Zapatista en La Realidad, cerca de San Cristóbal, en las montañas del sureste mexicano, para la cual los zapatistas habían construido, en medio del bosque con troncos de árbol y lonas de gran tamaño, una nave como la de Fitzcarraldo, el personaje de Werner Herzog, absolutamente extraordinaria. De pronto, después de que saludaran desde un presidio improvisado los invitados de honor, Carlos Payán, Alberto Gironella (quien donó una magnífica pintura de Zapata que desapareció con la tempestad), Pablo González Casanova, Luis Villoro, doña Rosario Ibarra de Piedra, Eraclio Zepeda, Antonio García de León, Manuel Tello, el fotógrafo Heriberto Rodríguez y otros, cayó una tempestad que tiró a tierra las velas, es decir, el techo de la enorme tienda de campaña donde se celebraría el primer congreso zapatista. Ya el Sup nos había dicho antes de que cayera el primer aguacero que fue arreciando: No le hagan caso a la televisión, a la radio; no se pasmen, no se vendan, no se rindan, no se dejen, no tengan miedo, no se callen, no se sienten a descansar. Todos nos mojamos, nos enlodamos y absolutamente empapados fuimos a refugiarnos a otra tienda más o menos improvisada en la que mal que bien nos acomodamos para pasar la noche, alineados sobre la tierra mojada como sardinas. Éramos más de 70. Otros no corrieron con la suerte de un techo y pasaron la noche bajo el agua entre Durito, el escarabajo y el viejo Antonio que repetía Ocosingo, Oventic, Altamirano, Las Margaritas, La Independencia, Trinitaria. No te puedes dormir así, te vas a enfermar –me dijo Eugenia León, quien me prestó un pantalón que de tan largo me impedía caminar. Mariana Yampolsky, a quien le quitaron su cámara, la pasó muy mal. No puedo vivir sin mi cámara. Graciela Iturbide tomaba fotos con una pequeña que escondió en su bolsillo. Monsiváis decretó que se había torcido un tobillo y fue a pasar la noche en el único sitio en el que había un catre: la enfermería. Fui a visitarlo: Te pasas de listo. Jesusa Rodríguez encontró una hamaca y ofreció: El que sabe dormir en hamaca, que venga. Margarita González de León se preocupaba por la fosa séptica y el papel del excusado. Alguien dijo que el subcomandante Marcos, su pipa en la boca, se había asomado por una abertura a ver cómo íbamos y eso nos animó a todos. Al físico Manuel Fernández Guasti se le ocurrió sacar una pequeña guitarra y entonar con su jarana una y otra pieza recordándonos a Veracruz. Otros, agotados como Enrique González Rojo, pidieron que se callara y los dejara dormir. La mayoría nos lamentábamos y llorábamos nuestra desventura, cuando de pronto oímos a Juan Gelman que nunca levantaba la voz: Dejen ya de quejarse. Es una vergüenza escucharlos. De pie, enojado, una cobija sobre los hombros, siguió: Si venimos aquí es para ayudar, no para complicar más las cosas. No recuerdo si dijo algo más, pero sí el tono de su voz y la autoridad que emanaba de su figura alta a media tienda de campaña. Todos nos callamos avergonzados. Jesusa me recordó: La dictadura militar de Argentina eliminó a 30 mil, y él es un luchador. A la mañana siguiente fui a abrazarlo y todavía me dijo con la bondad que siempre vi en sus ojos: Córrele, a ver si alcanzas café caliente. Allá, debajo del árbol, lo está repartiendo Moisés.

No sé si los zapatistas tenían una clara conciencia de quién era su ilustre visitante, a lo mejor el poeta que escribió Ahí está la poesía de pie contra la muerte era sólo uno más de quienes admiramos al zapatismo. Lo que sí recuerdo es su entereza y su lealtad que lo hizo ir hasta Chiapas a acompañar a los más pequeños para darles –lo supieran o no – el abrigo de su obra clásica, cálida, sencilla y, por tanto, indestructible.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2014/01/17/opinion/a04a1cul

miércoles, 15 de enero de 2014

JUAN GELMAN (1930- 2014)


Esa mujer se parecía a la palabra nunca,
desde la nuca le subía un encanto particular
una especie de olvido donde guardar los ojos,
esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.
Atención atención yo gritaba atención
pero ella invadía como el amor, como la noche,
las últimas señales que hice para el otoño
se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.
Dentro de mí estallaron ruidos secos,
caían a pedazos la furia, la tristeza,
la señora llovía dulcemente
sobre mis huesos parados en la soledad.
Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,
con un cuchillo brusco me maté,
voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,
él moverá mi boca por la última vez.

(Poema aparecido en GOTÁN)

GUNTER GRASS



 
Günter Grass ha dado por cerrada su obra narrativa, debido a su avanzada edad, tras marcar durante más de medio siglo la vida cultural en Alemania. Sus libros, además de lograr un reconocimiento universal, que incluyó el Premio Nobel de Literatura, generaron con frecuencia debates que iban más allá de lo estrictamente literario. Desde El tambor de hojalata (1959), por el cual tuvo que comparecer ante los tribunales acusado de pornógrafo, hasta Pelando la cebolla, en la que desató un escándalo al revelar por primera vez que había sido miembro de las SS a los 17 años, Grass generó polémicas y polarizaciones. Sus intervenciones en política, que empezaron con su apoyo al Partido Socialdemócrata (SPD) y a Willy Brandt en su camino hacia la Cancillería, lo pusieron con frecuencia en la mira de ataque de los conservadores que aprovecharon el escándalo desatado por Pelando... para desacreditar las posiciones críticas del escritor.
Tras enterarse de que se le había concedido el Príncipe de Asturias de las Letras (1999), el escritor sostuvo que la buena recepción que había tenido su literatura era porque había logrado producir una novela típica de cada década. Así, según Grass, El rodaballo (1977) –con el planteo del problema del hambre– habría sido una novela típica de los ’70; La ratesa (1986) –con su trasfondo ecológico–, una novela típica de los ’80; y Es cuento largo (1995) –centrada en la reunificación alemana–, una obra típica de los ’90. Después vendrían A paso de cangrejo (2002), novela breve en la que rompió un tabú de la izquierda ocupándose del sufrimiento alemán en la guerra y desatándoles la lengua a muchos que hasta ese momento habían guardado silencio, y Pelando... (2006), con todas las polémicas paralelas.
Pelando... abrió un ciclo autobiográfico completado por La caja, de 2008, y Palabras de Grimm, de 2010. El primero está dedicado a la fotógrafa Maria Rama –muerta en 1977–, presunta propietaria de una cámara mágica que se volvió loca durante la guerra al ser la única superviviente de un taller de fotografía después de un bombardeo y empezó a fotografiar cosas que no existían o habían dejado de existir. Sin duda, el libro es también una historia de familia, pero no es solamente eso sino que además es una reflexión estética. Uno de los hijos que aparecen en el libro subraya que el padre tiende a mezclar las épocas, como lo hace la cámara mágica, y a ver más allá de lo que todos ven, lo que hace que no se sepa nunca lo que es verdad y lo que no lo es.
Esas mezclas entre la realidad y la ficción, y entre la historia y el presente, marcaron toda la obra de Grass, en la que los poetas del Barroco alemán terminaban reflexionando sobre la II Guerra Mundial. La otra constante que siempre lo acompañó fue la mezcla entre géneros. Entre novela y novela, con frecuencia publicó poemarios. Y en algunos de sus libros hay poemas integrados en el texto, siguiendo una tradición que tiene sus raíces en el Romanticismo alemán. Además están sus obras de teatro –hoy poco representadas–, entre las que destaca Los plebeyos ensayan la rebelión, un curioso homenaje a Bertolt Brecht.
Su adiós a la novela –dice que a su edad ya no puede planificar un período de trabajo de cinco o seis años que necesitaría para escribir una–- puede no significar necesariamente su adiós a la literatura. Le queda la poesía, un género que puede seguir cultivando a corto plazo y que, como él mismo ha dicho en muchas ocasiones, nunca engaña.