domingo, 31 de mayo de 2009

JEAN PAUL SARTRE- entrevista

Vargas Llosa se negó a debatir con chavistas

Vargas Llosa se negó a debatir con chavistas

El escritor peruano quería estar cara a cara con Chávez, pero el venezolano se ofreció como moderador, por considerarse un “soldado” y no un “intelectual”.

El escritor peruano Mario Vargas Llosa llegó a Venezuela para participar de un foro liberal de ultraderecha. (Archivo EFE)

El escritor peruano Mario Vargas Llosa cerró su estadía en Venezuela, donde participó un foro liberal, negándose a asistir a un debate público con intelectuales chavistas convocado por el mandatario Hugo Chávez para su programa "Aló Presidente".

La intención del novelista y político de derecha era enfrentarse con Chávez, pero este se negó ya que se consideró que “el debate es entre intelectuales” y él es “simplemente un presidente, un soldado".

"Si fuera por grado político, tendría este caballero que ir a Perú, recuperar su nacionalidad, lanzarse candidato y ganar (las elecciones) para que haya igualdad", señaló Chávez.

El líder bolivariano, que se ofreció para moderar el intercambio en su programa "Aló Presidente" del sábado, ratificó que el diálogo de los liberales debía ser con los pensadores "revolucionarios y socialistas"

El investigador mexicano Fernando Buen Abad, vocero de los intelectuales progresistas que esperaban a los liberales, se manifestó decepcionado por la negativa de sus oponentes a presentarse a debate.

"Ellos no han llegado, sería bueno saber si en verdad quieren debatir, si en verdad hay confianza en las ideas, si tienen principios sólidos, éste es un escenario magnífico para esto. Estamos en la espera pero si no vienen de todas formas sigue abierta la invitación", dijo.

En cambio, Vargas Llosa, propuesto por los liberales, consideró que los argumentos de Chávez de un debate a solas con él eran mas bien pretextos.

"La propuesta no fue seria, fue un mero gesto o tal vez una emboscada. El presidente se ha visto confundido, acaso intimidado, consciente de la fragilidad de sus ideas, y ha buscado un pretexto para que ese debate no se pueda lograr. Una vez más mintió", aseveró el escritor.

Luego de la negativa, el presidente venezolano suspendió la transmisión de "Aló Presidente", que cumple el décimo aniversario en radio y televisión, motivo por el cual el jueves y el viernes hubo programas de más de seis horas

domingo, 24 de mayo de 2009

Manuscrito hallado junto a una mano

Manuscrito hallado junto a una mano

JULIO CORTÁZAR



En la antevíspera de la Navidad de 2006, Aurora Bernárdez, viuda de Julio Cortázar, charlaba en su casa de París con el escritor y crítico Carles Álvarez Garriga. En un momento de la conversación, ella extrajo de una vieja cómoda un puñado de manuscritos y textos mecanografiados. "¿Has leído alguna vez esto?", le preguntó. Aquellas páginas resultaron ser inéditas. Los textos encontrados, junto con otros muchos que habían visto la luz de forma muy dispersa, integran ahora el libro 'Papeles inesperados' que la editorial Alfaguara difundirá en España la próxima semana. Reproducimos uno de los relatos incluidos en ese volumen, así como tres historias recuperadas de cronopios

A mi tocayo De Caro


Historias de cronopios

Julio Cortázar

A FONDO
Nacimiento: 26-08-1914 Lugar: Bruselas

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A mitad del segundo movimiento de una sonata de Schumann pensé en mi tía. Las luces de la sala se apagaron

El dinero me permitía perfeccionar mi técnica, y los aviones, esos violines del espacio, me hacían ahorrar mucho tiempo

Me pareció penoso que el venerable maestro catalán Pablo Casals insistiera en una rebaja del 20% o del 15%
Llegaré a Estambul a las ocho y media de la noche. El concierto de Nathan Milstein comienza a las nueve, pero no será necesario que asista a la primera parte; entraré al final del intervalo, después de darme un baño y comer un bocado en el Hilton. Para ir matando el tiempo me divierte recordar todo lo que hay detrás de este viaje, detrás de todos los viajes de los dos últimos años. No es la primera vez que pongo por escrito estos recuerdos, pero siempre tengo buen cuidado de romper los papeles al llegar a destino. Me complace releer una y otra vez mi maravillosa historia, aunque luego prefiera borrar sus huellas. Hoy el viaje me parece interminable, las revistas son aburridas, la hostess tiene cara de tonta, no se puede siquiera invitar a otro pasajero a jugar a las cartas. Escribamos, entonces, para aislarnos del rugido de las turbinas. Ahora que lo pienso, también me aburría mucho la noche en que se me ocurrió entrar al concierto de Ruggiero Ricci. Yo, que no puedo aguantar a Paganini. Pero me aburría tanto que entré y me senté en una localidad barata que sobraba por milagro, ya que la gente adora a Paganini y además hay que escuchar a Ricci cuando toca los Caprichos. Era un concierto excelente y me asombró la técnica de Ricci, su manera inconcebible de transformar el violín en una especie de pájaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida. Me acuerdo muy bien del momento: la gente se había quedado como paralizada con el remate esplendoroso de uno de los caprichos, y Ricci, casi sin solución de continuidad, atacaba el siguiente. Entonces yo pensé en mi tía, por una de esas absurdas distracciones que nos atacan en lo más hondo de la atención, y en ese mismo instante saltó la segunda cuerda del violín. Cosa muy desagradable, porque Ricci tuvo que saludar, salir del escenario y regresar con cara de pocos amigos, mientras en el público se perdía esa tensión que todo intérprete conjura y aprovecha. El pianista atacó su parte, y Ricci volvió a tocar el capricho. Pero a mí me había quedado una sensación confusa y obstinada a la vez, una especie de problema no resuelto, de elementos disociados que buscaban concatenarse. Distraído, incapaz de volver a entrar en la música, analicé lo sucedido hasta el momento en que había empezado a desasosegarme, y concluí que la culpa parecía ser de mi tía, de que yo hubiera pensado en mi tía en mitad de un capricho de Paganini. En ese mismo instante se cayó la tapa del piano, con un estruendo que provocó el horror de la sala y la total dislocación del concierto. Salí a la calle muy perturbado y me fui a tomar un café, pensando que no tenía suerte cuando se me ocurría divertirme un poco.

Debo ser muy ingenuo, pero ahora sé que hasta la ingenuidad puede tener su recompensa. Consultando las carteleras averigüé que Ruggiero Ricci continuaba su tournée en Lyon. Haciendo un sacrificio me instalé en la segunda clase de un tren que olía a moho, no sin dar parte de enfermo en el instituto médico-legal donde trabajaba. En Lyon compré la localidad más barata del teatro, después de comer un mal bocado en la estación, y por las dudas, por Ricci sobre todo, no entré hasta último momento, es decir hasta Paganini. Mis intenciones eran puramente científicas (¿pero es la verdad, no estaba ya trazado el plan en alguna parte?) y como no quería perjudicar al artista, esperé una breve pausa entre dos caprichos pera pensar en mi tía. Casi sin creerlo vi que Ricci examinaba atentamente el arco del violín, se inclinaba con un ademán de excusa, y salía del escenario. Abandoné inmediatamente la sala, temeroso de que me resultara imposible dejar de acordarme otra vez de mi tía. Desde el hotel, esa misma noche, escribí el primero de los mensajes anónimos que algunos concertistas famosos dieron en llamar las cartas negras. Por supuesto Ricci no me contestó, pero mi carta preveía no sólo la carcajada burlona del destinatario sino su propio final en el cesto de los papeles. En el concierto siguiente -era en Grenoble- calculé exactamente el momento de entrar en la sala, y a mitad del segundo movimiento de una sonata de Schumann pensé en mi tía. Las luces de la sala se apagaron, hubo una confusión considerable y Ricci, un poco pálido, debió acordarse de cierto pasaje de mi carta antes de volver a tocar; no sé si la sonata valía la pena, porque yo iba ya camino del hotel.

Su secretario me recibió dos días después, y como no desprecio a nadie acepté una pequeña demostración en privado, no sin dejar en claro que las condiciones especiales de la prueba podían influir en el resultado. Como Ricci se negaba a verme, cosa que no dejé de agradecerle, se convino en que permanecería en su habitación del hotel, y que yo me instalaría en la antecámara, junto al secretario. Disimulando la ansiedad de todo novicio, me senté en un sofá y escuché un rato. Después toqué el hombro del secretario y pensé en mi tía. En la estancia contigua se oyó una maldición en excelente norteamericano, y tuve el tiempo preciso de salir por una puerta antes de que una tromba humana entrara por la otra armada de un Stradivarius del que colgaba una cuerda.

Quedamos en que serían mil dólares mensuales, que se depositarían en una discreta cuenta de banco que tenía la intención de abrir con el producto de la primera entrega. El secretario, que me llevó el dinero al hotel, no disimuló que haría todo lo posible por contrarrestar lo que calificó de odiosa maquinación. Opté por el silencio y por guardarme el dinero, y esperé la segunda entrega. Cuando pasaron dos meses sin que el banco me notificara del depósito, tomé el avión para Casablanca a pesar de que el viaje me costaba gran parte de la primera entrega. Creo que esa noche mi triunfo quedó definitivamente certificado, porque mi carta al secretario contenía las precisiones suficientes y nadie es tan tonto en este mundo. Pude volver a París y dedicarme concienzudamente a Isaac Stern, que iniciaba su tournée francesa. Al mes siguiente fui a Londres y tuve una entrevista con el empresario de Nathan Milstein y otra con el secretario de Arthur Grumiaux. El dinero me permitía perfeccionar mi técnica, y los aviones, esos violines del espacio, me hacían ahorrar mucho tiempo; en menos de seis meses se sumaron a mi lista Zino Francescatti, Yehudi Menuhin, Ricardo Odnoposoff, Christian Ferras, Ivry Gitlis y Jascha Heifetz. Fracasé parcialmente con Leonid Kogan y con los dos Oistrakh, pues me demostraron que sólo estaban en condiciones de pagar en rublos, pero por la dudas quedamos en que me depositarían las cuotas en Moscú y me enviarían los debidos comprobantes. No pierdo la esperanza, si los negocios me lo permiten, de afincarme por un tiempo en la Unión Soviética y apreciar las bellezas de su música.

Como es natural, teniendo en cuenta que el número de violinistas famosos es muy limitado, hice algunos experimentos colaterales. El violoncelo respondió de inmediato al recuerdo de mi tía, pero el piano, el arpa y la guitarra se mostraron indiferentes. Tuve que dedicarme exclusivamente a los arcos, y empecé mi nuevo sector de clientes con Gregor Piatigorsky, Gaspar Cassadó y Pierre Michelin. Después de ajustar mi trato con Pierre Fournier, hice un viaje de descanso al festival de Prades donde tuve una conversación muy poco agradable con Pablo Casals. Siempre he respetado la vejez, pero me pareció penoso que el venerable maestro catalán insistiera en una rebaja del veinte por ciento o, en el peor de los casos, del quince. Le acordé un diez por ciento a cambio de su palabra de honor de que no mencionaría la rebaja a ningún colega, pero fui mal recompensado porque el maestro empezó por no dar conciertos durante seis meses, y como era previsible no pagó ni un centavo. Tuve que tomar otro avión, ir a otro festival. El maestro pagó. Esas cosas me disgustaban mucho.

En realidad yo debería consagrarme ya al descanso puesto que mi cuenta de banco crece a razón de 17.900 dólares mensuales, pero la mala fe de mis clientes es infinita. Tan pronto se han alejado a más de dos mil kilómetros de París, donde saben que tengo mi centro de operaciones, dejan de enviarme la suma convenida. Para gentes que ganan tanto dinero hay que convenir en que es vergonzoso, pero nunca he perdido tiempo en recriminaciones de orden moral. Los Boeing se han hecho para otra cosa, y tengo buen cuidado de refrescar personalmente la memoria de los refractarios. Estoy seguro de que Heifetz, por ejemplo, ha de tener muy presente cierta noche en el teatro de Tel Aviv, y que Francescatti no se consuela del final de su último concierto en Buenos Aires. Por su parte, sé que hacen todo lo posible por liberarse de sus obligaciones, y nunca me he reído tanto como al enterarme del consejo de guerra que celebraron el año pasado en Los Ángeles, so pretexto de la descabellada invitación de una heredera californiana atacada de melomanía megalómana. Los resultados fueron irrisorios pero inmediatos: la policía me interrogó en París sin mayor convicción. Reconocí mi calidad de aficionado, mi predilección por los instrumentos de arco, y la admiración hacia los grandes virtuosos que me mueve a recorrer el mundo para asistir a sus conciertos. Acabaron por dejarme tranquilo, aconsejándome en bien de mi salud que cambiara de diversiones; prometí hacerlo, y días después envié una nueva carta a mis clientes felicitándolos por su astucia y aconsejándoles el pago puntual de sus obligaciones. Ya por ese entonces había comprado una casa de campo en Andorra, y cuando un agente desconocido hizo volar mi departamento de París con una carga de plástico, lo celebré asistiendo a un brillante concierto de Isaac Stern en Bruselas -malogrado ligeramente hacia el final- y enviándole unas pocas líneas a la mañana siguiente. Como era previsible, Stern hizo circular mi carta entre el resto de la clientela, y me es grato reconocer que en el curso del último año casi todos ellos han cumplido como caballeros, incluso en lo que se refiere a la indemnización que exigí por daños de guerra.

A pesar de las molestias que me ocasionan los recalcitrantes, debo admitir que soy feliz; incluso su rebeldía ocasional me permite ir conociendo el mundo, y siempre le estaré agradecido a Menuhin por un atardecer maravilloso en la bahía de Sydney. Creo que hasta mis fracasos me han ayudado a ser dichoso, pues si hubiera podido sumar entre mis clientes a los pianistas, que son legión, ya no habría tenido un minuto de descanso. Pero he dicho que fracasé con ellos y también con los directores de orquesta. Hace unas semanas, en mi finca de Andorra, me entretuve en hacer una serie de experimentos con el recuerdo de mi tía, y confirmé que su poder sólo se ejerce en aquellas cosas que guardan alguna analogía -por absurda que parezca- con los violines. Si pienso en mi tía mientras estoy mirando volar a una golondrina, es fatal que ésta gire en redondo, pierda por un instante el rumbo, y lo recobre después de un esfuerzo. También pensé en mi tía mientras un artista trazaba rápidamente un croquis en la plaza del pueblo, con líricos vaivenes de la mano. La carbonilla se le hizo polvo entre los dedos, y me costó disimular la risa ante su cara estupefacta. Pero más allá de esas secretas afinidades... En fin, es así. Y nada que hacer con los pianos.

Ventajas del narcisismo: acaban de anunciar que llegaremos dentro de un cuarto de hora, y al final resulta que lo he pasado muy bien escribiendo estas páginas que destruiré como siempre antes del aterrizaje. Lamento tener que mostrarme tan severo con Milstein, que es un artista admirable, pero esta vez se requiere un escarmiento que siembre el espanto entre la clientela. Siempre sospeché que Milstein me creía un estafador, y que mi poder no era para él otra cosa que el efímero resultado de la sugestión. Me consta que ha tratado de convencer a Grumiaux y a otros de que se rebelen abiertamente. En el fondo proceden como niños, y hay que tratarlos de la misma manera, pero esta vez la corrección será ejemplar. Estoy dispuesto a estropearle el concierto a Milstein desde el comienzo; los otros se enterarán con la mezcla de alegría y de horror propia de su gremio, y pondrán el violín en remojo por así decirlo.

Ya estamos llegando, el avión inicia su descenso. Desde la cabina de comando debe ser impresionante ver cómo la tierra parece enderezarse amenazadoramente Me imagino que a pesar de su experiencia, el piloto debe estar un poco crispado, con las manos aferradas al timón. Sí, era un sombrero rosa con volados, a mi tía le quedaba tan


Historias de cronopios
Tres aventuras de los personajes creados por Julio Cortázar.

Vialidad

Un pobre cronopio va en su automóvil y al llegar a una esquina le fallan los frenos y choca contra otro auto. Un vigilante se acerca terriblemente y saca una libreta con tapas azules.

-¿No sabe manejar, usted? -grita el vigilante.

El cronopio lo mira un momento, y luego pregunta:

-¿Usted quién es?

El vigilante se queda duro, echa una ojeada a su uniforme como para convencerse de que no hay error.

-¿Cómo que quién soy? ¿No ve quién soy?

-Yo veo un uniforme de vigilante -explica el cronopio muy afligido-. Usted está dentro del uniforme pero el uniforme no me dice quién es usted.

El vigilante levanta la mano para pegarle, pero en la mano tiene la libreta y en la otra mano el lápiz, de manera que no le pega y se va adelante a copiar el número de la chapa. El cronopio está muy afligido y quisiera no haber chocado, porque ahora le seguirán haciendo preguntas y él no podrá contestarlas ya que no sabe quién se las hace y entre desconocidos uno no puede entenderse. (1952)

Almuerzos

En el restaurante de los cronopios pasan estas cosas, a saber que un fama pide con gran concentración un bife con papas fritas, y se queda deunapieza cuando el cronopio camarero le pregunta cuántas papas fritas quiere.

-¿Cómo cuántas? -vocifera el fama-. ¡Usted me trae papas fritas y se acabó, qué joder!

-Es que aquí las servimos de a siete, treinta y dos, o noventa y ocho -explica el cronopio.

El fama medita un momento, y el resultado de su meditación consiste en decirle al cronopio:

-Vea, mi amigo, váyase al carajo.

Para inmensa sorpresa del fama, el cronopio obedece instantáneamente, es decir que desaparece como si se lo hubiera bebido el viento. Por supuesto el fama no llegará a saber jamás dónde queda el tal carajo, y el cronopio probablemente tampoco, pero en todo caso el almuerzo dista de ser un éxito. (1952-1956)

'Never stop the press'

Un fama trabajaba tanto en el ramo de la yerba mate que-no-le-quedaba-tiempo-

para-nada. Así este fama languidecía por momentos, y alzando-los-ojos-al-cielo exclamaba con frecuencia: "¡Cuán sufro! ¡Soy la víctima del trabajo, y aunque ejemplo de laboriosidad, mi-vida-es-un-martirio!".

Enterado de su congoja, una esperanza que trabajaba de mecanógrafo en el despacho del fama se permitió dirigirse al fama, diciéndole así:

-Buenas salenas fama fama. Si usted incomunicado causa trabajo, yo solución bolsillo izquierdo saco ahora mismo.

El fama, con la amabilidad característica de su raza, frunció las cejas y estiró la mano. ¡Oh milagro! Entre sus dedos quedó enredado el mundo y el fama ya no tuvo motivos para quejarse de su suerte. Todas las mañanas venía la esperanza con una nueva ración de milagro y el fama, instalado en su sillón, recibía una declaración de guerra, y/o una declaración de paz, un buen crimen, una vista escogida del Tirol y/o de Bariloche y/o de Porto Alegre, una novedad en motores, un discurso, una foto de una actriz y/o de un actor, etc. Todo lo cual le costaba diez guitas, que no es mucha plata para comprarse el mundo.

(c 1955)

jueves, 21 de mayo de 2009

ARIEL DORFMAN

martes, 19 de mayo de 2009

SOBRE MARIO BENEDETTI

domingo, 17 de mayo de 2009

Porque sos pueblo te quiero

Porque sos pueblo te quiero

El escritor y poeta uruguayo Mario Benedetti murió en su domicilio de Montevideo a los 88 años de edad, a once días de haber recibido el alta médica por una enfermedad intestinal crónica.


Galardonado en 1999 con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y en 2005 con el Internacional Menéndez Pelayo, Benedetti abordó todos los géneros literarios, en los que reflejó una mirada crítica de izquierda, que le llevaría al exilio y a ser, hasta sus últimos días, un firme detractor de la política exterior de Estados Unidos.

Sus poesías fueron cantadas por autores como Joan Manuel Serrat, Daniel Viglietti, Nacha Guevara, Luis Pastor o Pedro Guerra, y sus novelas más famosas llevadas al cine, como "La tregua" (1974) o "Gracias por el fuego" (1985), a cargo del director argentino Sergio Renán.

Este exponente por antonomasia de la llamada generación uruguaya de 1945, la "generación crítica", nació el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, en el Departamento de Tacuarembo.

Antes de dedicarse a la escritura, Benedetti hizo de taquígrafo, cajero, vendedor, librero, periodista, traductor, empleado público y comercial.

Todos estos oficios supusieron un contacto con la realidad social de Uruguay que fue determinante a la hora de modelar su estilo y la esencia de su escritura.

Entre 1938 y 1941 residió en Buenos Aires y en 1945 ingresó en el semanario Marcha como redactor y publicó su primer libro de poesía, "La víspera indeleble".

En 1949 Benedetti avanzó en su carrera periodística con su labor en la destacada revista literaria Número, compaginando al tiempo sus tareas de crítico con una carrera imparable como escritor.

Así, en una década trepidante publicó obras como "Esta mañana y otros cuentos" (1949), "Poemas de oficina" (1956), "Ida y vuelta" (1958) y "La tregua" (1960).

Residió en París entre 1966 y 1967, donde trabajó como traductor y locutor para la Radio y Televisión Francesa, y luego de taquígrafo y traductor para la UNESCO.

En 1968 fundó en La Habana el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, que dirigió hasta 1971, y encabezó el Departamento de Literatura Latinoamericana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de Montevideo, entre 1971 y 1973.

En los setenta desarrolló una intensa actividad política, como dirigente del Movimiento 26 de Marzo, del que fue cofundador en 1971 y al que representó en el Frente Amplio, coalición de izquierda que alcanzó el poder en 2005.

Con el golpe militar de 1973 renunció a su cargo universitario y se exilió, primero en Argentina y después en Perú, donde fue detenido, deportado y amnistiado.

Se instaló en Cuba en 1976 y un año más tarde se trasladó a Madrid, donde permaneció hasta 1985, cuando, con el fin de la dictadura uruguaya, terminó con doce años de exilio.

Entre las obras de esta época aparecen "Letras del continente mestizo" (1967), "Inventario 70" (1970), "El escritor latinoamericano y la revolución posible" (1974) y "Con y sin nostalgia" (1977).

Su obra teatral "Pedro y el capitán" (1979) fue representada en Madrid en 1981 y un año después aparecieron sus "Cuentos" y la novela "Primavera con una esquina rota".

En 1984 publicó "Geografías" y "El desexilio y otras conjeturas" y tres años después, tras volver a Uruguay, se convirtió en miembro del Consejo Editor de la revista de izquierda Brecha.

De 1985 data su colaboración con Joan Manuel Serrat en el disco "El sur también existe".

A partir de entonces su producción es imparable, con títulos como "Despiste y franquezas" (1991), "La borra del café" (1993), "Andamios" (1996) y los poemarios "Mas acá del horizonte" (1997) y "La vida, ese paréntesis" (1998).

En la década siguiente aparecieron "El porvenir de mi pasado" (2003), "Memoria y esperanza, un mensaje para los jóvenes" (2004) y los poemarios "El mundo que respira" (2001), "Existir todavía" (2004) y "Vivir adrede" (2007), entre otros.

Benedetti recibió numerosas distinciones, entre ellas la Medalla Haydee Santamaría del 30 aniversario de la Casa de las Américas en La Habana (1989) y la Medalla Gabriela Mistral del Gobierno chileno (1996).

Además, el premio León Felipe de España a los valores cívicos (1997), el Iberoamericano José Martí y el Internacional italiano de Literatura La Cultura del Mar, ambos en 2001, año en que también fue nombrado "Ciudadano Ilustre de Montevideo".

El escritor, doctor Honoris Causa por universidades de España, Uruguay y Argentina, enviudó en 2006 de Luz López Alegre, con quien se había casado en 1946.

En 2007 fue condecorado con la Orden Francisco de Miranda en grado de "generalísimo" por el Gobierno venezolano y en 2008 obtuvo el I Premio ALBA del Fondo Cultural de la Alternativa Bolivariana para las Américas en la categoría de Letras.

Ese mismo año fue hospitalizado en tres ocasiones aquejado de deshidratación por una dolencia intestinal y un cuadro de infección urinaria, lo que no le impidió seguir escribiendo.

En agosto de 2008 presentó "Testigo de uno mismo", su último poemario, un "resumen" de su carrera.

martes, 5 de mayo de 2009

El oro y el barro

El oro y el barro

En 1975, Ariel Dorfman vio en París una puesta de Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, una pieza teatral-operística de Pablo Neruda. La figura decapitada que vio deambular sobre el escenario lo acompañaría por la siguiente mitad de su vida. Durante todos estos años, Dorfman ha venido trabajando en una novela ambiciosa que, alrededor de la cabeza del bandolero o justiciero Joaquín Murieta, va de la Independencia norteamericana a la Guerra de Secesión, pasando por la fiebre del oro en California y la caudalosa inmigración chilena que despertó la ejecución de Túpac Amaru en Cusco, las gestas de O’Higgins en Chile y los orígenes imperiales de la industrialización. A días de presentar Americanos. Los pasos de Murieta (Seix Barral) en la Feria del Libro, habló con Radar sobre esta épica americana.


Por Angel Berlanga

Ariel Dorfman dice que está aturdido, perplejo, deslumbrado, con su propia novela. “Es que este libro me viene dando vueltas desde hace tanto que por momentos pensaba que ya sería imposible que saliera –el tono chileno que llega por teléfono desde su casa, en Carolina del Norte–. Creo que es el proyecto que más tiempo me ha tardado desde que lo concebí, lo entreví por primera vez, hasta que lo terminé. He tardado la mitad de mi vida. No sólo la novela es épica: también lo fue la escritura misma.” Americanos. Los pasos de Murieta sale a la luz del continente en Buenos Aires y es una obra ambiciosa, de riesgo: eso dirá él, también, dentro de unos minutos, de unas líneas. “Relato novelesco que abarca las vicisitudes de dos o más generaciones de una familia”: la segunda acepción de saga se ajusta a lo que escribió y suma otro elemento a lo épico, porque las historias que entrelaza Dorfman transcurren entre la independencia de Estados Unidos, en 1776, y el comienzo de la Guerra de Secesión, en 1861, y tienen a distintos miembros de la familia asistiendo de cerca y desde adentro a sucesos como, por ejemplos, la ejecución de Túpac Amaru en Cusco, las gestas de O’Higgins en los orígenes de Chile como república, las mutaciones territoriales de México con su independencia de España y la guerra con Estados Unidos, los orígenes de la industrialización en la región, la fiebre del oro en California y la leyenda de Joaquín Murieta, un bandolero o justiciero chileno o mexicano, cuya cabeza podía verse, tras pagar un dólar, sumergida en whisky para su buena conservación, dentro de una gran botella. Aunque, bueno, también había dudas sobre si esa cabeza pertenecía o no a Murieta. Y si se llamaba así. Y si existía.

LA EPICA LATINOAMERICANA
En 1975 Sergio Ortega –el compositor de la banda de sonido de la gesta de Salvador Allende, podría decirse– lo convidó para que viera, en París, una puesta de Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, una pieza teatral-operística de Pablo Neruda. “Esa obra siempre me pareció de buen verso, aunque de escaso dramatismo –señala Dorfman–. Pero por el escenario andaba una especie de marioneta gigantesca, con una cabeza cortada, y yo me dije: ‘Mira qué interesante lo que ha hecho Ortega, tomó esta pieza de Neruda y la convirtió en una especie de mosaico sobre el exilio’. Y ahí dije: ‘Ah, Murieta es un símbolo del exilio: he aquí que por 1850 la fiebre del oro atrajo hacia California gente de todas partes, entre ellos muchos chilenos’. Ese corte de cabeza me hizo acordar de la historia de Túpac Amaru y ahí ya pensé que atrás de eso había una novela interesante, una manera de hablar del destierro, de la pérdida de lo familiar en el mundo. Y eso era lo que estábamos viviendo nosotros ahí, en ese momento. Para mí, sin embargo, era doblemente complicado respecto de mis compatriotas chilenos o argentinos, porque si para ellos era el primer exilio, para mí ya era el tercero, y ya tenía el bichito cosmopolita dentro, el bichito de la errancia.” Entonces se puso a leer sobre Murieta y encontró significativo que en Los Angeles, “donde había nacido el espectáculo más importante del globo”, dice, Hollywood mediante, se exhibiera un siglo y medio atrás esta cabeza cortada como un espectáculo por el que había que pagar para ver. “Y un día se me ocurrió preguntarme cómo reaccionarían ante la leyenda de Murieta dos gemelos de origen latino que hubieran visto, de niños, la pérdida de su país tras la anexión de California a Estados Unidos –sigue Dorfman–. Qué pasa, me pregunté, si uno piensa que murió y hay que hacerse yanqui, y el otro piensa que está vivo y convence al otro de que hay que salir por los caminos a buscarlo.”

Pero la primera imagen concreta que se puso a narrar es la de un desconocido que llega al rancho de estos chicos, a los que imaginó hijos de un hacendado rico. Ese personaje sería Harrison Solar, uno de los protagonistas de la novela que, a poco de morir, narra su historia y sus secretos a los gemelos, que se aprestan a enfrentarse en la inminente Guerra de Secesión. Este hombre llegó allí ofreciendo sus oficios de traductor y ocultando su verdadero apellido, Lynch: había combatido junto a Bernardo O’Higgins, su padrino, y terminó enfrentado con sus propios hermanos, seguidores de José Miguel Carrera, y por eso buscó un destino que lo alejara de las armas. “Aunque a esa altura ignoraba quién era ese hombre que se acercaba desde el horizonte –cuenta Dorfman–, sí sabía que eso ocurría en octubre de 1842, a días de ese incidente excepcional en la historia del continente, cuando la flota norteamericana ocupa Monterrey y por 36 horas declara como propia a California. Y me pregunté: ‘¿Qué pasa si alguien nace cerca de ese momento, sin saber exactamente bajo qué bandera?’ Ahí surgió Marcadia, la prima de estos muchachos. Es una cosa, como tanto en la novela, fraudulenta. Y eso me interesó. Aunque la mayoría de las fechas son históricas, fehacientes.”

“Pongámoslo así: al comienzo pensé que sería como las novelas históricas típicas, puestas en su orden realista, con sus grandes héroes y acontecimientos puestos en orden cronológico, donde se cuenta de familias, clanes, amoríos –explica–. Y nada de eso falta. Pero en estos treinta y tantos años hemos pasado por el posmodernismo y la relativización del conocimiento; es decir, en definitiva, me daba cuenta de que no tenía idea de qué había pasado de verdad. La incertidumbre, digamos. Es decir: la persona que escribe Americanos es la misma que escribió La muerte y la doncella, donde no se sabe si el doctor es torturador o no, o si la mujer es loca o no. Me atrajo esta idea de trabajar la incertidumbre de la historia, mirarla con ironía y distancia, en paralelo con el heroísmo y la epopeya. Soy contemporáneo de Tomás Eloy Martínez, de Soriano, de Skármeta: tú echas a andar un cuento de las grandes épicas latinoamericanas, pero también las dudas. Me parece fundamental en esto que, en definitiva, el pasado reciente y el lejano es fruto de una disputa constante, y va a utilizarse para imponer una visión de lo que pasó. Por eso las dudas sobre quién fue y qué fue de Murieta, al principio, se trasuntan al resto de la novela.”

80 AÑOS DE SOLEDAD
Los títulos de los capítulos de Americanos remiten al sesgo aventurero del Quijote y Marcadia a Gabriel García Márquez, confirma Dorfman. “Aunque no tiene nada que ver con el realismo mágico, aunque aquí no hay otra magia que la de los pueblos y la imaginación, es evidente que estos son unos 80 años de soledad –dice–. Y además, debido a mi bilingüismo y biculturalismo, están las dos ópticas: yo creo que es la primera novela acerca de California escrita desde una perspectiva latinoamericana, no conozco otra. Y es, a la vez, típicamente norteamericana. Es un ser híbrido, esta novela.” La idea de lo doble, lo mellizo, la duplicidad y la duplicación, apunta, está en todas sus obras. “Soy discípulo de Dostoievski en ese sentido”, dice. Aunque varias de las historias que cuenta en el libro recorren una grieta que se agranda, la bifurcación y la contienda, una de las intenciones de la novela es superar la lógica de la bipolaridad: “Esta debería ser una época de tríadas, no de dicotomías –dice–. Esto se da, incluso, en los tres narradores del libro, en el sentido en que siempre aparece un tercer vértice en el que se plasman los encuentros. Porque aunque está lleno de contiendas y pulsaciones, la novela es como el cuerpo de Marcadia, el lugar del encuentro de esa bipolaridad. Es decir, en vez de una novela de América latina contra Estados Unidos, es acerca de las relaciones entre ambas partes, tan fluctuantes, de inestabilidad existencial.”

Tres narradores, dijo Dorfman: Harrison, una voz semiomnisciente y... un jabón. Es la palabra inicial de esta historia, jabón, aunque su relato aparece ya avanzada la trama. “La primera versión fue escrita enteramente desde esa voz, pero no me funcionó: ya sabes, uno escribe y reescribe muchas veces”, señala. En custodia de distintas manos, el jabón asiste a las circunstancias salientes de Americanos: nacimientos, muertes, torturas, competencias, delirios, placeres sexuales. ¿Cómo surgió el asunto? “Cuando me puse a investigar sobre el contexto encontré que, en esa época, en California se dedicaban fundamentalmente al ganado –cuenta–. Le cuesta a uno creer esto, no me lo imaginaba. Ahora hay muchísimos más astros de cine que vacas. Lo único que exportaban, casi, eran los cueros y grasa, para hacer velas y jabón. Estudié mucho sobre la producción de la época y hablé incluso con mi papá, que era ingeniero industrial. Y esto se me unió con otra idea que tenía desde antes del exilio: que la purificación, la higiene, se relaciona directamente con la industrialización y la creación de las ciudades. La idea de que el imperialismo y la ducha van de la mano, que los imperios necesitan limpiarse por dentro. Lentamente fue apareciendo este personaje. Y pensé que tenía varias ventajas: me daba una voz lírica, muy especial, y me permitía, además, incorporar un tono algo jocoso ante tanta decapitación, traiciones, mujeres diabólicas. Esta es una novela muy romántica, melodramática, con pasiones ocultas, incestos, fratricidios. Me atrajo que sea tan vulnerable y que, a la vez, sepa que podría salvar a los personajes, aunque no lo puedan escuchar. Jaboncito es muchas cosas: la conciencia de los seres humanos, su libido. Me permitía, además, simultáneamente, un punto de vista interior y exterior de quienes lo usaban. Y en su devenir transcurre desde lo artesanal a lo industrial, a la sociedad de masas de consumo. Yo creo que, de alguna manera, su voz se parece mucho a mí, a la voz del artista. Un ser que imagina que vive en función de eso. Yo sé que esta cosa juguetona, traviesa, de guiño de ojo al lector, es un riesgo inmenso. Y me gusta el desafío, que así sea.”

En realidad hay un cuarto narrador: se trata del traductor Eduardo Vladimiroff, que escribe un texto aclaratorio al comienzo del libro y que, a lo largo de la novela, va interviniendo con una serie de notas en las que refuta, relativiza o complementa al autor. Algo indignado se queja, Vladimiroff, entre otras cosas, de que Dorfman no le respondiera los correos de consulta sobre su trabajo. Parece otro personaje del novelista, un modo de reírse de sí mismo, y aunque una y otra vez dice que no lo conoce, no suena convincente. “Agregó otro nivel de ironía a la novela, pero para mí fue una sorpresa –señala–. No tengo la menor idea de por qué se puso a hacer esto. Me da la impresión de que es una persona que exagera y está muy llena de su ego. Y yo no recibí ningún correo. Sé que me van a preguntar por este señor, pero no tengo mucho para decir. Parece un poco iracundo, eso sí. Bueno, los traductores son criaturas mucho más raras que los autores, yo creo. Pero ayudó, porque agrega un nivel todavía mayor de duplicidad a la novela.”

UNA VOZ QUE HABLE POR TODOS
“En la medida que fui escribiendo esto fui contando, también, de nuestra época –dice Dorfman–. Porque ésta es la historia de las revoluciones latinoamericanas, que devora a sus propios hijos, ¿no? Una de las preguntas que subyacen es por qué la guerrilla es siempre tan maravillosa en la oposición y tan desastrosa en el poder. Por eso he querido cargar a Harrison con todos los conflictos históricos terribles que hemos vivido en los últimos 30 o 40 años, y he querido cruzar su voz con la del jabón, que es una especie de lenguaje de su conciencia, la voz poética de lo que podría ser este ojo que está dentro de todos nosotros, esta cosa alucinada que tenemos a través de la cual salimos de lo que somos y pasamos a ser otros. Por eso digo que lo quiero tanto a este jabón, porque es de alguna manera la voz del amor. Que podamos escucharlo y que no es, a la vez, nuestra gloria y nuestra tragedia. Espero que, al terminar la novela, el lector quede con la sensación de haber tenido una experiencia absolutamente diferente de cualquier otra cosa de la literatura contemporánea. Es muy ambiciosa, en ese sentido. Yo mismo estoy perplejo ante ella, porque salió de mí y digo, a la vez: ‘¿Qué es lo que he hecho?’. Y siento, cada vez más, que es lo que yo quería hacer.”

En estos días, cuenta, está con los últimos detalles del guión de Terapia, la versión de su novela que protagonizará Salma Hayek. Además planea presentar en Buenos Aires, antes de fin de año, junto a Viggo Mortensen, la obra teatral Purgatorio. Pero ahora está centrado en Americanos: ésta, dice, es la primera vez que habla de la novela en una entrevista. El próximo jueves la presentará en la Feria del Libro. A la publicación inicial en la Argentina sobrevendrán las de Chile y México. “Y luego no sé, mis libros suelen traducirse a por lo menos diez lenguas”, dice. Su alusión a la traducción convoca a Vladimiroff, a algo que asevera en una nota: “El autor se ha esmerado por convertir la novela en una alegoría, donde la historia personal refleja y encarna la historia mayor y colectiva de la nación”. Dorfman dice que le parece que tiene razón. Y que espera reunirse con él, en algún momento, pronto, para aclarar algunas de las cosas que escribió, o escribieron, en el libro.

domingo, 3 de mayo de 2009

El Julio Cortázar más inesperado

El Julio Cortázar más inesperado

Aparece un libro con los textos que el autor de 'Rayuela' dejó sin publicar
JUAN CRUZ (ENVIADO ESPECIAL) - Buenos Aires - 03/05/2009



Poco antes de morir, a los 70 años, en febrero de 1984, Julio Cortázar se encontró una noche vagabunda en el barrio gótico de Barcelona con un muchacho que le obsequió con un trozo de tarta. "Es muy poco comparado con lo que tú me diste a mi", le dijo el chico al autor de Rayuela. Cortázar no publicó más, murió. Pero tenía mucho más, en un cajón de París. Una madrugada navideña de 2006, el escritor y crítico Carles Álvarez Garriga y Aurora Bernárdez, primera mujer y albacea de Julio, arrancaron del fondo de ese cajón un tesoro literario que los deslumbró a los dos. Hoy ya podrá estar en manos de aquel chico que le agradeció a Cortázar tanta literatura con un trozo de tarta.


Julio Cortázar

A FONDO
Nacimiento: 26-08-1914 Lugar: Bruselas

El libro, cómo no, se titula Papeles inesperados, tiene 485 páginas; aquí, en Argentina, aparece hoy, y en la Feria del Libro se ha anunciado con el sigilo ruidoso de una novedad de Harry Potter; en España aparecerá el 27 de mayo, editado por Alfaguara. El libro se lee con la avidez que acompañó a muchos jóvenes cuando apareció Rayuela. En aquel entonces, a mediados de los sesenta, Cortázar le decía a Luis Harss en Los nuestros, la biblia literaria del boom: "La verdad es que cada vez voy perdiendo más confianza en mi mismo, y estoy contento. Cada vez escribo peor desde un punto de vista estético. Me alegro, porque quizá me voy acercando a un punto desde el que pueda tal vez empezar a escribir como creo que hay que hacerlo en nuestro tiempo".

Nuestro tiempo, en el caso de Cortázar, era el tiempo de la fragmentación, y lo que dejó escrito -y que aquella noche descubrieron Álvarez y Bernárdez en lo más recóndito de una cómoda- es ahora como un monumento a la sinfonía cortazariana de las cosas rotas. Los dos antólogos dispusieron esos textos inesperados sobre la mesa donde precisamente Julio escribió Rayuela, y fueron acumulando papeles; la literatura de Cortázar es un pozo sin fondo, ya lo era. Lo que descubrieron aquella madrugada de 2006 fue que el desorden que había proclamado ante Harss lo había seguido al pie de la letra. Fue ante la acumulación de descubrimientos cuando Aurora dijo: "Bueno, quizá sí; quizás haya llegado ya el momento de empezar a ordenarlo verdaderamente".

Aquí está lo ordenado. Hay textos que él no publicó de los cronopios, del Libro de Manuel, de Un tal Lucas; hay poemas, prosas, autoentrevistas, entrevistas, un proyecto de libro que hizo para el poeta José-Miguel Ullán... Hay 11 relatos nunca incluidos en libro, tres historias de cronopios, 11 episodios protagonizados por Lucas, 35 artículos sobre literatura, política y viajes, 10 textos sobre y para los amigos (José Lezama, Ángel Rama, Susana Rinaldi...), 13 poemas inéditos, nueve textos inclasificables... Una Rayuela perpetua. Veamos este texto, La mosca: "Te tendré que matar de nuevo./ Te maté tantas veces, en Casablanca, en Lima,/ en Cristianía,/ en Montparnasse, en una estancia del partido de Lobos,/ en el burdel, en la cocina, sobre un peine/, en la oficina, en esta almohada/ te tendré que matar de nuevo,/ yo, con mi única vida". Es el Cortázar de Rayuela, que florece sobre el sexo en este penúltimo último trozo del libro inesperado: "Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo./ Lo que me gusta de tu sexo es la boca./ Lo que me gusta de tu boca es la lengua./ Lo que me gusta de tu lengua es la palabra".

Ese poema lo escribió en francés, la lengua gemela de su lengua, y aquí lo traduce Aurora. Este inesperado Cortázar es el de la pirotecnia de su felicidad con la que, como en la legendaria frase de Picasso, no busca: encuentra: "El otro día instalé una fábrica de huracanes en la costa de la Florida, que se presta por tantas razones..." Hay muchas joyas; por ellas aquel muchacho le hubiera dado a Cortázar la tarta entera, pero quizá lo que busque más todo el mundo es lo que dice de para quién escribió Rayuela: "Triste, solitario y final, como dice Raymond Soriano, escribí Rayuela para mí, es decir para un hombre de más de cuarenta años y su circunstancia -otros hombres y mujeres de más de 40 años. Muy poco después, ese mismo individuo emergió de un mundo obstinadamente metafísico y estético, y sin renegar de él entró en una ruta de participación histórica, de apoyo a otras fuerzas que buscaban y buscan la liberación de América Latina".

Lo que es la vida: la entrevista de Harss a Cortázar se titulaba Cortázar y la cachetada metafísica. Este libro parece un recorrido retrospectivo que explica desde entonces hasta ahora la voluntad revolucionaria y estética de un escritor que no cesó de buscar para encontrarse, dándole cachetadas a la metafísica. Aquella noche en Barcelona también se buscaba Julio, pero ya tenía en el cuerpo el alma de la desaparición, y meses después de aquella alegría de la tarta, él mismo ya fue memoria y libros. Entre ellos, este libro tan inesperado.El volumen se publicará en España el próximo 27 de mayo


Libros en el pasto de Buenos Aires
La Feria del Libro de Buenos Aires fue la inspiración de la de Guadalajara, en México, dicen con orgullo los que la dirigen. Se celebra desde hace 35 en un predio que es propiedad de la Sociedad Rural, que concentra la ansiedad ganadera de este país, y aquí mismo, donde ahora hay 1.200 actividades culturales y cientos de escritores, se celebra cada julio la Feria del Ganado. Esta de los libros es una feria estrictamente cultural; se vende (y se vendió hasta cuando el corralito acorraló la economía argentina, en 2002).

Pero lo importante, dicen Horacio García, presidente de la Fundación El Libro; y Marta Díaz, directora de la feria, es la palabra, que los escritores se comuniquen con sus lectores, y aquí vienen cerca de millón y medio; esa voluntad ha convertido el certamen en un acontecimiento que, desde el 23 de abril al 11 de mayo, convierte la ciudad de las librerías en una biblioteca de 50.000 metros cuadrados. Horacio García dice que es la Feria del fin del mundo, por la geografía, "pero está muy cerca, vengan". No vinieron los mexicano José Emilio Pacheco y Jorge Volpi: los retuvo la nueva frontera de la gripe.