sábado, 26 de febrero de 2011

JEAN- PAUL SARTRE- Guión de cine

Literatura | Guión cinematográfico

Sartre y su existencialismo vírico: en el cajón

El filósofo francés Jean-Paul SartreEl filósofo francés Jean-Paul Sartre
  • Edhasa edita 'Tifus', un proyecto desechado del filósofo para las pantallas
Los guiones son unos entes fronterizos, no se entienden por sí mismos, sino en función de la película que esbozan, y a la vez (también por sí mismos) son obras de arte. Ambas cosas simultáneamente. Si la película no se llega a hacer, el guión pasa a algún estante, a algún cajón recóndito y se queda en eso, en un valor potencial. Su especie artística resulta un poco difusa y complicada. Sólo muy de vez en cuando las editoriales no especializadas ofrecen libretos de los abortos ejemplares del cinematógrafo.
Así: 'Tifus' (Edhasa), guión del mismísimo Jean-Paul Sartre. Desde 'La enfermedad mortal' del pionero Kierkegaard, el existencialismo ha llevado las plagas de pestes, náuseas y tifus a los escaparates, y con ellas ha aureolado novelas y escenarios, buscando la tara y la pesadilla, esas formas de lucidez encubierta, vírica y ojerosa que ellos predicaban. Aquí nos situamos en Malasia, colonia británica, con un panorama de salubridad en proceso de desmantelación. Una acotación escénica resume la obra: "Impresión agobiante de soledad y calor".
John Huston contaba en su autobiografía que para escribir el guión de 'Freud', de 1962, buscó la ayuda de Sartre. Le invitó al francés a su casa de Irlanda y éste llegó con una verborrea imparable y con páginas y páginas imposibles de rodar. Terminaron mal. Sartre se largó y su nombre ni figura en los créditos. 'Tifus', anterior (1944-45), es un caso bien diferente. Estuvo cerca de existir (hecha cine), y se llevó óptimamente con Nino Frank, su compañero de redacción.
[foto de la noticia]
En 1943 la productora gala Pathé estaba ya pensando en proyectos cinematográficos para la Francia liberada. Pusieron el ojo en Sartre, que andaba por entonces incendiando la prensa clandestina. Mientras 'Tifus' se fue gestando, el filósofo demostró una admirable creatividad teatral: escribió 'Las moscas', 'A puerta cerrada', o 'La puta respetuosa'. Presentó dos guiones a Pathé y sólo éste fue aceptado. Después quedaría apartado en el limbo de los cajones con historias en potencia de ser cine, en letra Arial, tamaño 12.
Edhasa ofrece un formato de "guión europeo"·, esto es: una columna izquierda con descripciones y una derecha de diálogo. Hace Sartre bastantes apuntes técnicos de tomas y planos, y también se permite comentarios del tipo: "un anciano de cabellos blancos, noble como Richard Wagner".
Quizá se trata en realidad de un texto más teatral que otra cosa. Sartre compone a dos perdidos, a dos "misfits", inadaptados. Una cantante, Neullie Dixmier, que bien podría ser la Dietrich en el 'Expreso de Shanghai'; y un médico borrachín y decadente. Mantienen diálogos melodramáticos, casi hollywoodianos, a lo Douglas Sirk y Nicholas Ray:
"Si quiere puede odiarme. ¡Pero no me despreciará!" o "¡Vamos, vamos! Somos demasiado feos. Un fracasado puede tolerarse y hasta olvidarse, pero dos, y que se miran a los ojos, se miman y se consuelan… es para revolver el estómago".

La gratuidad absoluta

Por encima de las palabras están los muertos grávidos y febriles que caen uno a uno en el Barrio de las Chabolas, como caen en el Orán hirviente de Camus. El tifus, enfermedad típica de las guerras desde las Cruzadas hasta su vacuna en el siglo XX, saltaba con los piojos, de pobre en pobre. Pero ya saben, aquí, ante todo: calor y soledad. Es casi el estribillo. Y sobre todo esa gratuidad absoluta que entendió el pelirrojo Roquentin viendo la raíz amorfa de un castaño:
"...ningún ser necesario puede explicar la existencia; la contingencia no es una máscara, una apariencia que puede disiparse; es lo absoluto, en consecuencia, la gratuidad perfecta. Todo es gratuito: ese jardín, esta ciudad, yo mismo. Cuando uno llega a comprenderlo, se le revuelve el estómago y todo empieza a flotar... eso es la Náusea".
Enfermedad, enfermedad y más enfermedad. En esta versión de Horacio Óscar Pons tienen asegurado que no van a encontrar "argentinismos" de traducción. Gracias a Losada hemos podido leer a Sartre y también a Tennessee Williams, pero, claro, diciendo "boludo" o "piso" (en vez de suelo), como, del mismo modo, hemos visto al Yogui de Hanna-Barbera hablar como el Chavo del Ocho. En todo caso, 'Tifus', ahora editada para ser leída como se lee el teatro sartreano, sigue flotando en ese limbo ingrato del guión abortal, entre (disculpen el chascarrillo) el ser y la nada, o (y perdón por este otro, no menos intolerable) a puerta cerrada.

'Tifus', de Jean Paul Sartre. Edhasa, 2009. Traducción: Horacio Óscar Pons. 215 páginas. 17, 50 euros.

domingo, 20 de febrero de 2011

¿Qué hacemos con los genios infames?

Grandes artistas han defendido ideas que promueven el odio - El veto en Francia al aniversario de la muerte de Céline reabre el debate sobre cómo celebrar a los creadores incómodos

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

 
La historia de la literatura universal y la historia universal de la infamia son dos tomos distintos de la misma enciclopedia. De ahí que, de tanto en tanto, surjan varias preguntas: ¿Es posible que sean la misma persona el artista que crea una obra llena de humanidad y el ciudadano que promueve ideas inhumanas? ¿Se puede conmemorar al primero sin celebrar al segundo? La primera pregunta tiene una respuesta clara: sí, es posible. La segunda sigue siendo un campo de minas.


El autor de 'Viaje al fin de la noche' se libró de ser fusilado por una amnistía
A la muerte del novelista, su viuda prohibió la reedición de varios panfletos
"Lo peor que se puede hacer con el pasado es borrarlo o ignorarlo", dice Maté
Según una autora, es un error suspender la conmemoración una vez programada
El mes pasado se abrió en Francia un nuevo capítulo de esa antigua diatriba. Tras incluir a Louis-Ferdinand Céline, fallecido el 1 de julio de 1961, en las Celebraciones Nacionales para este año, el Ministerio de Cultura francés decidió sacarlo de la lista. Accedía así a la petición de Serge Klarsfeld, presidente de la asociación de hijos de deportados judíos, de que no se celebrase oficialmente a un antisemita.
Después incluso de haber colgado en la página de los Archivos Nacionales una publicación conmemorativa, el ministro Fréderic Miterrand, sobrino del célebre presidente, ordenó que el cincuentenario de Céline no tuviera reconocimiento oficial. Aun reconociendo el valor literario de su obra, Miterrand fue rotundo: "El hecho de haber puesto su pluma a disposición de una ideología repugnante, la del antisemitismo, no se inscribe en el principio de las celebraciones nacionales". La polémica, eternamente congelada y descongelada, está otra vez servida.
"Estoy un poco indignado, creía que este tema estaba solucionado cuando se me pidió escribir la nota", dijo Henri Godard, biógrafo de Céline, refiriéndose al texto colgado en la web oficial. "Pensaba que la opinión había evolucionado y que las clases dirigentes lo tenían en cuenta". El revuelo, que todavía dura, ha demostrado que ni la herida estaba cerrada ni el tema solucionado ni la opinión había evolucionado tanto. La pregunta sigue en el aire: ¿qué hacemos con los genios infames?
En 1932, el doctor Louis-Ferdinand Destouches, Céline, publicó una de las grandes novelas de la historia de la literatura, Viaje al fin de la noche. Aquella obra puso a su autor a la altura de Proust como renovador de la lengua francesa al tiempo que lo convertía en uno de los mejores retratistas de los tiempos modernos: de la guerra mundial al colonialismo pasando por el turbio sueño americano. La novela está escrita con un lenguaje crudo y antisentimental, lo que hace que, en esa noche, cualquier sentimiento se convierta en una estrella que desprende humanidad y emoción.
Cinco años más tarde, en diciembre de 1937, el mismo Céline publicó una obra violentamente racista que terminaría contaminando la recepción de sus novelas: Bagatelas para una masacre. Aunque el panfleto, un imparable desahogo alucinado de 240 páginas, trata muchos temas, ha entrado en la historia del odio por pasajes como estos: "Me gustaría establecer una alianza con Hitler (...) A él no le gustan los judíos... A mí tampoco... No me gustan los negros fuera de su lugar... No veo ninguna delicia en que Europa se vuelva completamente negra... No me haría ninguna gracia... Son los judíos de Londres, de Washington y de Moscú los que impiden la alianza franco-alemana (...) Dos millones de boches campando por nuestro territorio nunca podrán ser peores, más saqueadores ni infames que todos esos judíos que nos revientan (...) Siempre y en todas partes, la democracia no es más que el biombo de la dictadura judía".
Lejos de convertirse en piedra de escándalo en Francia, el libro vendió en poco más de un año 75.000 ejemplares, una cantidad que hoy mismo alcanzan muy pocos autores con sus novelas, no digamos ya con un texto de no ficción. El hecho de que el antisemitismo sea un invento francés del siglo XIX es mucho más que un dato ilustrado por el famoso affaire Dreyfus. Aunque en 1939 un decreto obligó al editor a retirarlo de las librerías, el asentamiento del gobierno colaboracionista de Vichy convirtió Bagatelas para una masacre de nuevo en un best seller.
Con la liberación de Francia, Céline huyó a Alemania para terminar siendo capturado en Dinamarca. Se libró de ser fusilado por la amnistía que, en 1951, le permitió volver a su país una vez que su abogado consiguió deshacer la relación entre el doctor Destouches y el escritor Céline, algo, por cierto, que no ha conseguido medio siglo de crítica literaria.
A la muerte del novelista, su viuda, Lucette Destouches, prohibió la reedición de los panfletos -Escuela de cadáveres y Les beaux draps amén de las famosas Bagatelas-. Además, se fue querellando con todos los que los trataban de publicarlos clandestinamente dentro y fuera de Francia. No es difícil, sin embargo, encontrarlos completos en Internet. En sus memorias, la señora Destouches recordaba la actitud de su marido hacia unos textos a los que, decía, algunos atribuyen "un poder maléfico": "Cuando supo lo que realmente había pasado en los campos de concentración se quedó horrorizado, pero nunca fue capaz de decir: 'Lo lamento'. No se le perdonó el no haber reconocido sus culpas y él jamás dijo: 'Me equivoqué'. Siempre aseguró que había escrito sus panfletos con una finalidad pacifista, nada más. En su opinión, los judíos incitaban a la guerra [él había sido herido en la del 14] y quería evitarla. Eso era todo".
Aunque nunca han faltado pacifistas empeñados en apagar el fuego con una lata de gasolina, Céline ha alcanzado una categoría de icono que no tienen reaccionarios tan citados como Robert Brasillach o Drieu La Rochelle. La razón es simple: como novelista es uno de los más grandes. Lo que no es tan simple es cómo reconocer esa grandeza sin mancharse las manos. La equivocación sería, para muchos expertos, seguir barriendo las vergüenzas debajo de la alfombra.
Bernard-Henri Lévy lo dijo así el mismo día que se anunció la decisión del ministerio de Cultura de su país: "Aunque la conmemoración sirviese solo para eso, para empezar a entender la oscura y monstruosa relación que ha podido existir entre el genio y la infamia, habría sido no solo legítima, sino útil y necesaria".
Para Esther Bendahan, escritora y directora de cultura de Casa Sefarad-Israel en Madrid, es un error suspender la conmemoración una vez programada: "Era una oportunidad de reflexión. No digo que esté de acuerdo con el planteamiento, pero una vez planteado, hay que defenderlo y aprovecharlo".
La polémica, según Bendahan, surge por la cercanía del horror que alimentó el racismo de muchos intelectuales: "Hablamos de algo muy cercano y, diría, de gran actualidad todavía. Eso hace difícil separar la persona de su obra". Algo perfectamente fácil de hacer, sin embargo, en el caso de autores como Quevedo, cuyo antisemitismo no hace ya tanto daño como el de un contemporáneo. Por no hablar de la misoginia o la defensa de la esclavitud de no pocos de sus vecinos en los barrios bajos de la historia del arte.
¿Y cuándo queda el horror lo suficientemente lejos? Para responder, la autora de Déjalo, ya volveremos recurre a una serpiente que se muerde la cola: "Cuando no levanta polémica. Cuando se vive como un fenómeno ajeno a nosotros que ha formado parte de una locura histórica. Cuando es ya más historia que memoria".
El filósofo Reyes Mate, Premio Nacional de Ensayo en 2009 por La herencia del olvido, ha consagrado muchos de sus trabajos a la relación entre historia y memoria a la luz, sobre todo, del Holocausto, pero también de la Guerra Civil y de la dictadura argentina. Para él, "la memoria decisiva no es la de los hechos felices sino la de los infelices, y esa memoria negativa es la que puede ser un elemento crítico importante para una construcción diferente del presente". Además, apunta, una cosa es conmemorar y otra, celebrar: "Se celebran los triunfos, se conmemoran las derrotas".
Lo curioso es que, a veces, tanto de unos como de otras se pretende dar una versión aséptica. Cuando, en noviembre de 1996, los restos de André Malraux fueron trasladados al Panteón de París, junto a los de Rousseau, Victor Hugo o Marie Curie, se emitió un sello con un retrato del escritor al que le habían borrado por ordenador el cigarrillo que llevaba la fotografía original. En el mismo Panteón, por cierto, reposa Voltaire, cuya obra está trufada de comentarios sobre los judíos que hoy serían un escándalo.
Lo peor que se puede hacer con el pasado, dice Mate, es borrarlo o ignorarlo: "A autores como Céline, cuyas posiciones políticas contribuyeron al desastre, conviene recordarlos porque fueron muy significativos. Si no los tienes en cuenta no te explicas lo que sucedió. Hay que leer críticamente a Céline, como a Heidegger o a Jünger, porque representa un momento del pasado que ha tenido una importancia enorme en la historia. Difícilmente se puede construir una historia diferente a lo que ellos significaron si no se tiene en cuenta que existieron".
En su opinión, ese argumento sirve tanto para un libro como para un monumento. De ahí su contrariedad al comprobar que en el edificio central de la institución en la que trabaja, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), ha desaparecido la inscripción en latín que "honraba" a Franco como presidente del patronato del Consejo: "Han quitado el fresco y han puesto unas baldosas neutras. No hay rastro del pasado. Habría que haber dejado esa inscripción y, al lado, poner una explicación". Para el autor de Justicia de las víctimas, sin huellas se vuelve más difícil leer el pasado. Por eso, dice, "lo que hay que hacer no es eliminar el Valle de los Caídos, sino explicarlo".
Lo mismo cabría decir de los nombres de las calles: "La solución no es eliminarlas. No deberíamos olvidar que hubo una sociedad para la que los generales franquistas fueron personas ilustres. Si hay muchas, como en Madrid, habría que dosificarlas, pero no se puede borrar de la ciudad ese pasado. Ahí la Ley de la Memoria Histórica afinó poco".
En lo que se refiere a los escritores, la gran pregunta es, apunta Esther Bendahan, si la obra de un autor y sus opiniones tienen genes distintos, es decir, si el arte tiene "su propia verdad". La cuestión es más espinosa en el caso de un filósofo -que trabaja con sistemas que a veces conllevan una ética- que, por ejemplo, en el de un arquitecto, pero parece que no hay duda de que se puede ser un amoral y un gran artista. "La experiencia nos dice que sí. Se ha dicho mil veces: los nazis se emocionaban con la música clásica".
Para Reyes Mate, el arte permite la contradicción de que una forma brillante albergue contenidos terroríficos. Eso sí, lo que ha cambiado es la mirada sobre el arte: "Después de Auschwitz no podríamos decir de ciertos poemas que sean malos, pero sí que son éticamente discutibles. Lo que añade la experiencia de Auschwitz es el juicio ético, ya no te puedes detener solo en el nivel estético. Nuestra visión de una obra tiene algo que sin esa experiencia no tendría por qué tener. El deber de memoria pide que se incluya el juicio moral".
El día que Céline nos resulte tan lejano como Quevedo algo se habrá ganado pero algo se habrá perdido. Significará que el horror que contribuyó a encender se ha vuelto para nosotros más ajeno que la belleza que él mismo consiguió crear. Entre tanto, habría que prescindir de la brocha gorda para asumir de una vez por todas que los buenos escritores son a veces malas personas. Y, de paso, asumir que para reconocer la grandeza de un artista no hace ir con flores a su tumba.

La bondad de Stalin y las preciosas manos de Hitler

"¿Cómo puede ser gobernada Alemania por un hombre de tan escasa formación como Hitler?" La pregunta es de Karl Kaspers. La respuesta, de Martin Heidegger: "¡La formación es indiferente por completo, mire usted solamente sus preciosas manos!" El hechizo que Hitler ejerció sobre Heidegger, afiliado al partido nazi en 1933, serían solo una tétrica curiosidad si no fuera porque el autor de Ser y tiempo es tal vez, con Ludwig Wittgenstein, el filósofo más influyente del último siglo. Como decía Jean-François Revel, "si el fascismo y el comunismo solo hubieran seducido a los imbéciles, habría resultado más fácil librarse de ellos". Céline es el gran emblema de la seducción del lado oscuro, pero nombres no faltan.
Para unos fue un sarampión -Mies van der Rohe, Mircea Eliade, Günter Grass-; para otros -Giuseppe Terragni, Pierre Drieu La Rochelle o el Nobel noruego Knut Hamsun-, una enfermedad crónica. Eso en la versión fascista, porque la versión estalinista del sarampión afectó a medio Parnaso, de Pablo Neruda a Rafael Alberti, que en 1937, durante una visita a la URSS, quedó fascinado por Stalin, por "su bondad, su conocimiento de la gente, su deseo de verla feliz".
En España, la Guerra Civil fue la prueba de fuego para muchos escritores. Y, en cierto sentido, lo sigue siendo. En octubre de 2009, el Ayuntamiento de Sevilla vetó un homenaje literario a Agustín de Foxá después de haberlo autorizado. El motivo: la filiación franquista del escritor. Volvía a tener razón el ya clásico aserto de Andrés Trapiello, autor del imprescindible Las armas y las letras: "Los que ganaron la guerra perdieron la historia de la literatura". Una lectura lastrada por las anteojeras ideológicas que su propio libro ha ayudado a matizar. Para Jordi Amat, estudioso de Foxá, "en ningún caso" se debe ignorar su obra -por más que solo sea "interesante" frente a la de Céline, "que es excelente"-. Tampoco que existe un conflicto moral: "Si el pasado fuese una película de dibujos animados, sería muy sencillo, pero está lleno de muertos y de arte nacido de la abyección.
La obligación del Estado es dar respuesta intelectual pública a un personaje conflictivo. Si se limita a canonizar lo mejor de nuestro pasado o a blanquear los conflictos, está falseando la historia. Debemos ayudar a contar esa complejidad porque venimos de ella, para bien y para mal".
"Que la inhumanidad moral genera calidad literaria es una realidad", continúa Amat. "Y si solo es literaria es una suerte. La posibilidad de experimentar el mal a través de la literatura hace grande a esta última porque pulsa resortes del individuo que no son encomiables pero que existen". El antisemitismo de Céline es, dice, "una forma de desprecio del otro, y pensar que nosotros no despreciamos a alguien es una ingenuidad. Una de las funciones de la literatura es enseñarnos hasta qué punto el mal anida en nosotros".

lunes, 14 de febrero de 2011

jueves, 10 de febrero de 2011

WALTER BENJAMIN

WALTER BENJAMIN Y LA EXPERIENCIA DEL VIAJERO

“Sueños de nubes”

Una cosa es viajar; otra cosa es hacer del viaje una experiencia. El gran Walter Benjamin enseña esa otra cosa: desde París, que “quiebra en mil pedazos las ofrendas”, hasta el pueblito italiano que sólo se hace verdad cuando es nombrado; y, en los altos del viaje, reflexiones sobre el recordar, el relatar, el aconsejar y la felicidad del olvido.

Por Walter Benjamin *


No existe ninguna ciudad que esté más íntimamente ligada a los libros que París. Si Giraudoux tiene razón cuando dice que el sentimiento de libertad humano más acabado es el de seguir el curso de un río caminando lentamente, entonces aquí el ocio más perfecto, es decir, la libertad más dichosa, conduce al libro y se sumerge en él. Pues hace siglos que la hiedra de hojas sabias se prendió de los muelles despojados del Sena: París es un gran salón de biblioteca atravesado por el río.
No hay monumento alguno en esta ciudad que no haya servido de inspiración a una obra maestra de la poesía. Nôtre Dame –pensamos en la novela de Victor Hugo–; la Torre Eiffel –Los novios de la Torre Eiffel de Cocteau, y, con Plegaria en la Torre Eiffel, de Giraudoux, llegamos a la altura vertiginosa de la literatura más moderna–; la Opera –con la famosa novela policial de Leroux El fantasma de la Opera, llegamos al sótano del edificio y al de la literatura–. El Arco de Triunfo se extiende alrededor de la tierra con Le Tombeau sous l’Arc de Triomphe, de Raynal. Esta ciudad se inscribió indeleble en la literatura porque tiene un espíritu afín a los libros. ¿No fue ella quien proyectó desde hace tiempo, cual un novelista versado, los cautivantes argumentos de su construcción? Ahí están las anchas avenidas militares, cuya función, antiguamente, era asegurarles a las tropas el acceso a París desde Porte Maillot, Porte de Vincennes, Porte de Versailles. Y un día, de la noche a la mañana, París tuvo las mejores autopistas de todas las ciudades de Europa. Está, por ejemplo, la Torre Eiffel –un monumento puro y libre de la tecnología construido con espíritu deportivo– convertido un día, de la noche a la mañana, en una estación de radio europea. Y los inmensos espacios vacíos: ¿no son hojas festivas, láminas en los tomos de la historia universal? En números rojos brilla el año 1789 en la Place de Grèves. En la Place des Vosges, rodeado de techos angulares, donde él halló la muerte: Enrique II. Con rasgos borroneados, una letra indescifrable en aquella Place Maubert, antiguamente el acceso al París tenebroso. En el intercambio entre ciudad y libro existe una de estas plazas que encontró su lugar en las bibliotecas: las famosas ediciones de Didot del siglo pasado llevan como marca de imprenta la Place du Panthéon.
La ciudad se refleja en miles de ojos, en miles de objetivos. Porque no sólo el cielo y el ambiente, sino también las propagandas luminosas en los bulevares nocturnos hicieron de París la Ville Lumière. París es la ciudad-espejo: liso como un espejo, el asfalto de sus calles. Vidrieras delante de todos los bistrots: aquí las mujeres se miran más que en otras partes. De estos espejos surgió la belleza de la mujer parisina. Antes de que la vea el hombre, ya la juzgaron diez espejos. También al hombre lo envuelve un exceso de espejos, especialmente en los cafés (para parecer más luminosos y dar aspecto de agradable amplitud a todos los ínfimos recintos y espacios mínimos en que se dividen los bares de París). Los espejos son el elemento espiritual de esta ciudad, su escudo, en el que todavía se inscriben los emblemas de todas las escuelas literarias.
Así como los espejos devuelven todos los reflejos de inmediato pero invertidos en su simetría, lo mismo sucede con la técnica de la oratoria de las comedias de Marivaux: así como a un Hugo o a un Vigny les gustaba atrapar ambientes y darles a sus relatos un “trasfondo histórico”, los espejos traen el exterior animado, la calle, hacia el interior del café.
Los espejos que cuelgan, opacos y descuidados, en las tabernas son el símbolo del naturalismo de Zola; reflejándose unos a otros en una hilera interminable, son un equivalente del infinito recuerdo del recuerdo en el que se convirtió la vida de Marcel Proust bajo su propia pluma. Aquella reciente colección de fotos “París” cierra con la imagen del Sena. El es el gran espejo siempre despierto de París. Día a día, la ciudad arroja como imágenes sus edificios sólidos y sus sueños de nubes a este río, que acepta las ofrendas con misericordia y, como signo de su benevolencia, las quiebra en mil pedazos.

De rosa los jorobados

Marsella. Dentadura amarilla y cariada de lobo marino, a la que el agua salada le chorrea entre los dientes. Y cuando su garganta se apodera de los cuerpos negros y morenos de los proletarios con que las compañías navieras la alimentan respetando su horario, exhala olores de aceite, de orina y de tinta de impresión que vienen del sarro que se le pega a los maxilares impetuosos: quioscos de diario, baños y puestos de mariscos. Los habitantes del puerto parecen un cultivo de bacilos; changarines y prostitutas, productos de la podredumbre que semejan hombres. Pero el paladar es rosado. Aquí el rosado es el color de la deshonra, de la miseria. De rosa se visten los jorobados y las mendigas. Y las mujeres desteñidas de la rue Bouterie dan ese único color a su único atuendo: camisas rosadas.

Pequeños martillos

San Gimignano, Italia. Qué difícil puede llegar a ser encontrar las palabras para lo que se tiene ante la vista. Pero cuando finalmente se encuentran, golpean contra lo real con sus pequeños martillos hasta que repujan la imagen como si la realidad fuera una planchuela de cobre. “A la noche las mujeres se reúnen en la fuente ante la puerta de la ciudad para buscar agua en grandes cántaros”: recién cuando encontré estas palabras surgió el cuadro con elevaciones duras y sombras profundas de entre las vivencias que me habían deslumbrado. ¿Qué sabía yo antes de los prados blanco chispeante que montan guardia a la tarde con sus pequeñas llamas ante el muro de la ciudad? En qué estrechez debían arreglárselas antes las trece torres y con qué circunspección ocupó cada una su sitio desde entonces. Y entre ellas todavía quedaba mucho espacio.
Si se viene de lejos, la ciudad da la sensación de haber entrado al paisaje de pronto, imperceptiblemente, como a través de una puerta. No parece que uno pudiera llegar a acercársele jamás. Pero una vez que esto se logra, uno cae en su regazo y no puede encontrarse a sí mismo entre tanto canto de grillos y griterío de niños.

Café crème

Quien se haga traer el desayuno a la habitación de su hotel de París en bandeja de plata, acompañado por bolitas de manteca y mermelada, no sabrá nada de él. El desayuno tiene que tomarse en el bistró, donde, entre los espejos, el petit déjeuner es él mismo un espejo cóncavo entre espejos, que refleja la imagen en miniatura de esta ciudad. En ninguna comida los ritmos son tan diferentes, desde el gesto mecánico del empleado que toma su vaso de café con leche de un solo trago en el mostrador hasta el placer contemplativo con que un viajero vacía lentamente su taza en el intervalo entre dos trenes. Y tú mismo, tal vez, te sientes a su lado, a la misma mesa, en el mismo banco y, sin embargo, estás lejos y solo. Sacrificas tu ayuno matinal para tomar o comer algo. Y junto con el café tomas quién sabe cuántas cosas: tomas toda la mañana, la mañana de ese día y a veces también la mañana perdida de la vida. Si de niño te hubieras sentado a esta mesa, cuántos barcos habrían cruzado el mar de hielo de la losa de mármol. Habrías sabido cómo es el mar de Mármara. Mirando un iceberg o un velero, habrías tomado un trago para papá y otro para el tío y otro para tu hermano hasta el borde grueso de tu taza, precordillera ancha sobre la que reposaban los labios; la nata se habría acercado flotando. Qué débil se ha vuelto tu asco. Qué higiénico y rápido es todo ahora: bebes; no remojas el pan en el café, no lo desmigas. Dormido, tomas la madelaine de la panera, la partes y ni siquiera te das cuenta cuán triste te pone no poder compartirla.

La memoria, la azada

Así como la tierra es el medio en el que yacen enterradas las viejas ciudades, la memoria es el medio de lo vivido. Quien intenta acercarse a su propio pasado sepultado tiene que comportarse como un hombre que excava. Ante todo, no debe temer volver una y otra vez a la misma circunstancia, esparcirla como se esparce la tierra, revolverla como se revuelve la tierra. Porque las “circunstancias” no son más que capas que sólo después de una investigación minuciosa dan a luz aquello que hace que la excavación valga la pena, es decir, las imágenes que, arrancadas de todos sus contextos anteriores, aparecen como objetos de valor en los aposentos sobrios de nuestra comprensión tardía, como torsos en la galería del coleccionista. Sin lugar a dudas, es útil usar planos en las excavaciones. Pero también es indispensable la incursión de la azada, cautelosa y a tientas, en la tierra oscura. Quien sólo haga el inventario de sus hallazgos sin poder señalar en qué lugar del suelo actual conserva sus recuerdos, se perderá lo mejor. Por eso los auténticos recuerdos no deberán exponerse en forma de relato, sino señalando con exactitud el lugar en que el investigador logró atraparlos. Epico y rapsódico en sentido estricto, el recuerdo verdadero deberá proporcionar, por lo tanto, al mismo tiempo una imagen de quien recuerda, así como un buen informe arqueológico debe indicar no sólo de qué capa provienen los hallazgos sino, ante todo, qué capas hubo que atravesar para encontrarlos.

Lo cortés

Se sabe que las auténticas exigencias de la ética, la sinceridad, la humildad, el amor al prójimo, la compasión y muchas otras quedan relegadas a un segundo plano en la lucha cotidiana de intereses. De ahí que resulte tanto más sorprendente que se haya reflexionado tan pocas veces acerca de la mediación que el hombre buscó y encontró a ese conflicto hace milenios. Es la cortesía el verdadero punto medio, el resultado entre esos dos componentes contradictorios: la ética y la lucha por la existencia. La cortesía no es ni lo uno ni lo otro: ni exigencia moral ni arma en la lucha y, sin embargo, es ambas cosas. Con otras palabras: no es nada y lo es todo, según de qué lado se la mire. No es nada en cuanto es sólo una apariencia bella, una forma dispuesta a hacer olvidar la crueldad de la pelea que se disputa entre las partes. Y así como no llega a ser una norma moral estricta (sino sólo la representación de la norma que dejó de estar vigente), así también su valor para la lucha por la existencia (representación de su irresolución) es ficticio. Sin embargo, la cortesía lo es todo, allí donde libera de la convención tanto a la situación como a sí misma. Si la habitación donde se delibera está rodeada por las barreras de la convención como por vallas, la verdadera cortesía actuará derribando esas barreras, es decir, extendiendo la lucha hasta lo ilimitado, llamando en su ayuda a todas aquellas fuerzas e instancias que la lucha excluía, ya sea para la mediación o para la reconciliación. Quien se deje dominar por el cuadro abstracto de la situación en que se encuentra con su interlocutor, sólo podrá intentar triunfar en esta lucha mediante la violencia y, probablemente, quede como el descortés. La alta escuela de la cortesía requiere, en cambio, un sentido vigilante para detectar lo extremo, lo cómico, lo privado o lo sorprendente de la situación. Quien se valga de ese sentido vigilante podrá adueñarse de la negociación y, al final, también de los intereses; y será él, finalmente, quien, ante los ojos asombrados de su interlocutor, logrará cambiar de sitio los elementos contradictorios de la situación como si se tratara de los naipes de un solitario. Sin lugar a dudas, la paciencia es el ingrediente esencial de la cortesía y, tal vez, la única virtud que ésta toma sin transformarla. Pero la cortesía, que es la musa del término medio, ya les ha dado lo que les corresponde a las demás virtudes, de las que una convención maldita supone que sólo pueden ser satisfechas en un “conflicto de obligaciones”: le ha dado la próxima oportunidad al derrotado.

Buen consejo

Cuando a uno se le pide consejo, hará bien en averiguar en primer lugar la opinión de quien lo pide, para corroborarla luego. Nadie se convence fácilmente de la mayor inteligencia del otro y casi nadie pediría consejo si la intención fuera hacerle caso a un extraño. Es más bien la propia decisión, ya tomada en el fuero íntimo, la que se quiere volver a escuchar una vez más, por así decirlo, del revés, en forma de “consejo”. Lo que se espera de quien aconseja es justamente esta repetición de la propia idea y quienes piden consejo tienen razón. Porque lo más peligroso es concretar lo que se decidió solo, sin someterlo al intercambio de palabras como a un filtro. Por eso, quien pide un consejo ya resolvió la mitad del asunto y si se propusiera algo equivocado, será mejor ratificar su opinión con cierto escepticismo que contradecirlo con convicción.

Ese silbido

Según Goethe, la primera de todas las cualidades es la atención. Sin embargo, comparte su primacía con la costumbre, que le disputa el terreno desde el primer día. Toda atención debe desembocar en costumbre para no hacer estallar al hombre, toda costumbre debe ser alterada por la atención para no paralizarlo. La atención y el acostumbramiento, el escandalizarse y el aceptar, son la cresta y el valle de la ola en el mar del espíritu. Pero este mar tiene sus momentos de calma. No cabe duda de que alguien que se concentra totalmente en un pensamiento tortuoso, en un dolor y sus puntadas, puede caer en manos de un sonido débil, de un murmullo, del vuelo de un insecto que un oído más atento y más fino tal vez ni siquiera habría percibido. El espíritu, así se cree, se deja distraer más fácilmente cuanto más concentrado esté. Pero esta escucha atenta, ¿no es más bien el despliegue extremo de la atención y no su pérdida, no es el momento en que del seno de la atención parte la costumbre? Ese silbido o zumbido es un umbral y, sin que nos demos cuenta, el espíritu lo ha atravesado. Y pareciera que ahora no quiere volver nunca más al mundo habitual, ahora vive en uno nuevo, donde el dolor lo alberga. La atención y el dolor se complementan. Pero también la costumbre tiene un complemento, cuyo umbral atravesamos en el sueño. Porque lo que nos pasa en sueños es un descubrimiento nuevo y singular que surge del seno de la costumbre. Las vivencias cotidianas, los discursos triviales, el sedimento que nos quedó en la vista, el latido de nuestra propia sangre, eso que antes no notábamos, convierte al material, distorsionado y extremadamente nítido, en sueño. No hay asombro en el sueño ni olvido en el dolor porque ambos ya llevan su contrario en sí, igual como la cresta y el valle de la ola se funden en los momentos de calma.

El olvido feliz

El niño está enfermo. La madre lo acuesta y se sienta a su lado. Y después comienza a contarle cuentos. ¿Cómo se explica esto? Lo presentí cuando N. me contó de la extraordinaria virtud curativa que habían tenido las manos de su mujer. De esas manos decía: “Sus movimientos eran muy expresivos. Pero no habría sido posible describir su expresión. Era como si estuvieran contando un cuento”. Los Conjuros de Merseburg ya nos hablan de la curación mediante la narración. No es que sólo repitan la fórmula de Odin, sino que narran el contexto en el cual éste usó la fórmula por primera vez. También se sabe que el relato que el enfermo hace al médico al iniciar el tratamiento puede convertirse en el comienzo de un proceso de curación. Se plantea entonces la pregunta si no será la narración la atmósfera propicia y la condición más favorable para muchas curaciones. Sí, ¿no podría curarse incluso cualquier enfermedad si se la dejara fluir lo suficiente hasta la desembocadura sobre la corriente de la narración? Si se considera que el dolor es un dique que se opone a esta corriente, se ve claramente que este dique será desbordado cuando la corriente sea lo suficientemente fuerte como para conducir al mar del olvido feliz todo lo que encuentre en su camino. Las caricias le dibujan un lecho a esa corriente.
* Fragmentos de Denkbilder, epifanías en viajes, que se publicará a principios de marzo (ed. El Cuenco de Plata).

JOHN BERGER

John Berger, el anfitrión de la montaña

Desde hace más de 30 años John Berger –uno de los intelectuales más lúcidos y comprometidos de su generación– vive recluido en un pueblo de la Alta Saboya francesa. Hasta allí fue la escritora Angela Pradelli, junto con la fotógrafa Paulina Tercero Leyzaola, a compartir una jornada de charlas íntimas y confesiones regadas de buen vino y de poesía.

POR Angela Pradelli

Hay varios pares de botas de goma y de zapatos en el porche de entrada a la casa. De hombre y de mujer, de distintos tamaños. En la pared lateral, ordenadas, las herramientas para trabajar en la tierra cuelgan a cierta altura. Las botas, los zapatos ahí, y obviamente las palas, los rastrillos y los zapines, tan a mano, hablan de los moradores de esta casa y dicen que acá la vida es fundamentalmente eso, hundir las manos en la tierra para sembrar, cuidar las verduras y las frutas, criar a sus animales. En la parte superior de la pared, una foto grande de un poeta palestino que falleció hace dos años. Así que la vida en esta casa también es amistad, poesía y memoria.
Esta tarde la luz del este de Francia es muy clara y mientras vamos viajando por la ruta esa luminosidad penetra los vidrios del auto y nos permite ver a mucha distancia sin dificultad. La claridad de esta luz hace pensar en que el aire está límpido y en el horizonte, aunque lejano, se ve una línea perfectamente definida. Tan diáfano todo, que los colores de siempre se ven más claros y transparentes. Habíamos salido de Ginebra un poco después de las tres de la tarde con Paulina Tercero Leyzaola. Paulina es hija de la escritora mexicana ya fallecida Margarita Leyzaola y por estos días está presentando en México y en Suiza En nombre de mi padre, el libro que Margarita escribió pero nunca pudo ver publicado y que lleva prólogo de Elena Poniatowska, la escritora que, en 2007, participó del homenaje a John Berger en La Jornada. A poco de salir de Ginebra nos damos cuenta de que no llevamos pasaportes, tendríamos que regresar a buscarlos pero desechamos rápido la idea y decidimos seguir para no demorar el encuentro. Tomamos el camino de la autopista. De frente, brillan los picos nevados de las montañas. Pero ¿qué vamos a decirles a los agentes de la aduana cuando nos pidan los documentos para cruzar legalmente?, ¿que la literatura nos basta para atravesar esta y todas las fronteras?
“La escritura, tal como la concibo, no tiene un territorio propio. El acto de escribir –dice el autor– no es más que el acto de aproximarse a la experiencia sobre la que se escribe; del mismo modo, se espera que el acto de leer el texto escrito sea otro acto de aproximación.” John Berger incluye este párrafo en Esa Belleza y también en Puerca tierra. En la claridad de esta tarde, mientras vamos hacia su casa en la Alta Saboya, vuelve a mí esta afirmación suya, tal vez porque los libros de John Berger siempre me hacen atravesar una experiencia de proximidad, al leerlo puedo oír el ir y venir de su respiración en la construcción de cada frase y, con sólo extender la mano, uno siente que puede tocar al autor detrás de cada una de sus palabras.
Llegamos a la aduana: hoy no hay controles así que avanzamos porque tenemos el pase libre. Pero unos metros más adelante, la muchacha que nos cobra en el puesto del peaje, cuando le preguntamos por el pueblo, nos dice no conocerlo y nos hace desviar. Tomamos por el camino que sube la montaña. Este camino es muy bello y enseguida, guiadas por la lectura de los carteles llegamos a Quincy. Ya en las calles del pueblo, nos detenemos a preguntarle a una mujer que lleva a un bebé dormido en su cochecito. La mujer habla bajo para no despertar al niño y se sonríe cuando le preguntamos si sabe cuál es la casa de John Berger.
–Soy su esposa –me dice– ¿Usted es la escritora argentina? –pregunta y enseguida juntamos nuestras manos.
Entramos las tres a la casa por el porche en donde están los zapatos de trabajar y las herramientas. El niño no, el niño queda en su coche, durmiendo bajo la frescura de un árbol. Antes de entrar a la casa, nos llama la atención una foto, un retrato. La foto es grande, tiene un marco ancho y está colgada sobre el umbral de la puerta. Pero no preguntamos nada y entramos. En la cocina grande John Berger saluda con un abrazo que se prolonga y enseguida prepara café. Apenas unas semanas atrás, nos habíamos cruzado en París sin vernos. Mejor, pienso ahora, de haberlo encontrado allí, no existiría esta tarde en Quincy. Hablamos de su operación de cataratas y cuando le digo que leí el texto que él escribió contando su experiencia se sorprende.
–¿En Ginebra? –me pregunta
–No –le contesto–, en Buenos Aires.
–¿Y qué le parecieron los dibujos –me pregunta– le gustaron?
–No los vi –le digo mientras distribuimos las tazas sobre la mesa amplia. Y comentamos el texto, uno de los mejores que leí en el último tiempo.

La luz que hace posible la vida y lo visible. Tal vez aquí toquemos la metafísica de la luz (Viajar a la velocidad de la luz significa dejar atrás la dimensión temporal). Al caer, no importa sobre qué, la luz otorga una cualidad de “primeridad” que lo vuelve prístino aunque en realidad puede ser una montaña o un mar de equis millones de años. La luz existe como un continuo comienzo interminable. La oscuridad, en cambio, no es, como suele suponerse, una finalidad sino un preludio. Es lo que me dice mi ojo izquierdo que apenas puede distinguir los contornos todavía.

–¿Cómo que no vio los dibujos? –me pregunta, y enseguida se levanta como un resorte, va a la habitación de al lado y regresa con el manuscrito–. Hice el pedido expreso de que no se publicara nada sobre la operación de cataratas sin las ilustraciones –me dice y me extiende los originales.
Berger tiene razón. Los dibujos del ilustrador turco tienen tanta fuerza como el texto.
Pasamos un buen tiempo mirando ese original. Doy vuelta las hojas con cuidado, con plena conciencia de tener una piedra preciosa entre las manos. Vincent ya ha despertado de su siesta y ahora está entre nosotros y mira también las ilustraciones. Nos detenemos en los dibujos, en algunas frases. Avanzamos y volvemos atrás. Pero por momentos me salgo del libro y, atraída por las manos de este escritor, sigo sus movimientos. Y entonces me digo que seguir sus manos quizás sea, de algún modo, otra manera de estar dentro de sus libros.

Cada par de ojos inevitablemente debe cargar con su propio horizonte. Pero este sentido ampliado de anchura y de lo lateral lo estimula a uno a imaginar (como ocurre en la infancia) una multitud de horizontes alternativos. La compuerta cayó desde arriba. Los horizontes se extienden en todas direcciones. Detrás de mi ojo derecho cuelga una arpillera; detrás de mi ojo izquierdo hay un espejo. Por supuesto no veo ni la arpillera ni el espejo. Sin embargo, lo que miro refleja ostentosamente su diferencia. Ante la arpillera, lo invisible permanece indiferente; ante el espejo comienza a jugar.

Berger me dice que ese libro se publicará en unos pocos meses y que le gustaría que los ejemplares se distribuyeran gratuitamente en todos los hospitales en los que se realizan operaciones de vista, que se regalara un libro a cada paciente porque nadie escribe sobre estas cosas, me dice, nadie habla sobre la experiencia de la operación.

Una intervención quirúrgica para extirpar las cataratas devuelve a los ojos buena parte de su talento perdido. Talento, no obstante, implica invariablemente cierta cantidad de esfuerzo y resistencia como también gracia y beneficio. Y por esa razón la nueva visibilidad representó para mí no sólo un don sino un logro. Principalmente, el logro de los médicos y las enfermeras que realizaron la intervención y también, en grado un poco menor, el logro de mi cuerpo.
El dolor me hizo tomar conciencia de eso.

–La relación médico-paciente ya no existe –dice Berger sin despegar los ojos de los dibujos del caricaturista turco a quien tanto admira–. Ya no se da ese lazo, no hay un vínculo, todo eso se cortó. Ahora los médicos son otra cosa.
Y entonces claro, recordamos a John Sassall, el médico inglés que ejercía su profesión en una comunidad rural y que Berger hizo protagonista de Un hombre afortunado, uno de sus primeros libros.
–Durante dos meses fui a vivir al pueblo rural donde él atendía, y, junto con el fotógrafo Jean Mohr, nos pegamos a él durante cada hora del día, fuimos su sombra, estuvimos en todas sus consultas, las visitas que hacía a sus pacientes, presenciamos todos los diálogos, las curaciones, y luego me llevó dos años escribir el libro.

El señor de la montaña
Berger cuenta que vive en esta casa desde que su hijo tenía la misma edad que su nieto ahora. Los dos permanecemos sentados en el banco largo pero ahora nos separamos todo lo que podemos, cada cual en un extremo para que Vincent, que está aprendiendo a caminar, practique. Paso tras paso, el niño va y viene desde él hasta mí y luego se da la vuelta y regresa. Hace ese camino entre nosotros, a veces más firme y otras tambaléandose, pero de algún modo u otro siempre llega a nosotros que, esta tarde, aquí, en Quincy, uno a cada extremo del banco, somos su destino.
–Me gusta vivir acá, pero claro, los inviernos a veces son muy largos. Hay un solo colectivo que sale a la mañana temprano para Suiza para llevar a la gente a su trabajo y regresa recién al caer la tarde. Hace 34 años que vivo acá pero si tuviera que decir por qué elegí venir a este pueblo de campesinos, no sé, es que las decisiones nunca son por una sola causa, a veces uno no sabe muy bien por qué, siempre hay más de una razón para hacer algo, pero yo no podría decir que ninguna haya sido suficiente para tomar una decisión. Lo que pasa es que después vienen los reportajes y los periodistas preguntan por qué vive aquí y como insisten con la pregunta uno va construyendo respuestas. Pero en la vida no todo tiene una causa clara para uno, sino que las cosas se dan, algo aparece en determinado momento y uno actúa.
Berger tenía 50 años cuando vino a vivir a Quincy entre los campesinos de montaña.
–Mi educación formal había concluido a los 16, pero entre estos campesinos de Quincy, aquí, entre las montañas, yo aprendí tanto como en una universidad.
Y de pronto aparece entre nosotros Páginas de la herida. De repente, así como aparece siempre la poesía. Se instala ahí como un suceso que hay que abordar. Buscamos un poema en especial, así que vamos y venimos por sus páginas, nos demoramos. Sus manos otra vez, esas manos. Cuando por fin lo encontramos, como ésta es una edición bilingüe, él lee una parte en inglés y luego yo sigo en español. Después Berger busca la exquisita edición de 1994, que incluye fotos y dibujos y afirma que leer un poema significa ser transportado pero no al futuro ni al pasado. Que sólo hay un aquí y ahora. Un tiempo y un lugar idénticos al de la lectura del poema y que lo incluye todo.
Berger hace también sus preguntas. Quiere saber por ejemplo qué enseño en la escuela, cuántos años tienen mis alumnos, cómo son las clases, qué escriben los estudiantes. Me cuenta que él escribe poemas desde los 12 pero no conserva ninguno de esa época. Me pregunta también por mis parientes en Italia, que conoce muy bien esa zona del norte, la comuna de Coli, me dice, y se dispone a escuchar las historias familiares. Quiere detalles y a veces vuelve a preguntar para que la respuesta sea más larga. Y entonces hablamos de la inmigración, de la hambruna de los pueblos, de la separación de las familias, los hermanos que no pudieron volver a verse nunca más, de las tristezas y de las fatigas, de las madres y los padres que fueron envejeciendo habiendo perdido para siempre todo contacto con sus hijos, de las guerras.
Parece que a Vincent la caminata sobre el banco le abrió el apetito.
–¿Qué hora es? –pregunta Berger–. Podríamos tomar una copa de vino.
Entonces se levanta y corta primero unas rodajas de pan fresco y las dispone sobre la mesa. Luego toma de la alacena una botella de vino y busca las copas en el armario. El ventanal de la cocina es grande y desde aquí se ven las tierras cultivadas y un recorte del pueblo. Se ven también, y parecen cercanos, los picos blancos de los Alpes y el modo en que la nieve fulgura desde esa altura. Estamos parados frente a la mesada de la cocina. Muy cerca de nosotros hay un canasto lleno de nueces. Mientras él descorcha el vino, yo hundo mis brazos entre las nueces hasta tocar el fondo del canasto. Al oír el crujido de las cáscaras, Berger señala hacia afuera.

–Todas estas nueces son de ese mismo árbol –dice.
El nogal que se ve tras la ventana es una planta grande, fuerte.
Llenamos las copas.
–Brindemos –dice Berger, y cada uno a su turno elige para ese brindis sus propias palabras, que son deseos, y que quedan flotando sobre la mesa.
Insisto, hay que ver las manos de este poeta, manos que tienen las marcas del trabajo en la tierra, en la escritura, la pintura. Hay que ver estas manos.
Después miramos algunos libros de fotos y hablamos sobre las diferencias entre foto y escritura.
–No podría decir cuándo me inicié en la fotografía. Lo que sé es que siempre he reaccionado a las imágenes de cualquier tipo, no sólo a las fotográficas. Y cuando publiqué poemas que incluían fotos mi intención no era que la fotografía fuera una ilustración, no, no me gusta esa idea. Yo quiero que la foto sea un texto del mismo nivel que el poema. Muchas veces incluso primero surgía la imagen y recién después escribía el poema.
El perfume del vino es dulce pero también huele a maderas y, como los deseos del brindis, queda en el aire, sobre la mesa, entre nosotros.
–Una foto –dice Berger– es una instantánea. Un fotógrafo puede tomar muchas fotos, y descartarlas y volver a tomarlas y continuar así. Pero una imagen nunca está terminada. Un texto en cambio nos visita y luego nos abandona.
Salimos juntos de la casa. No bien pasamos la puerta, la imagen del poeta Mahmoud Darwish desde la gran foto que cuelga alta en la pared hace que nos detengamos allí frente a él.
–Era mi amigo –dice Berger– y está muerto. Luego, por unos segundos, en silencio, Berger se queda mirando el paisaje del otoño en Quincy. Las hojas amarillas de las plantas que se desprenden y caen livianas, las ramas de los árboles que empiezan a quedarse peladas.
Nos despedimos en el porche. Por alguna razón, su abrazo tan fuerte me recuerda el nogal cargado de frutos en el jardín. Habíamos pasado la tarde leyendo poesía, hablando de la tierra y los lugares, de las lenguas. Habíamos tomado vino e imaginado otras vidas en otros tiempos. Nos contamos historias familiares y hablamos de los fracasos y los sueños.
En la última imagen que tengo de este encuentro, una imagen que es también una poesía, lo veo a Berger parado en el medio de la calle. Nos sigue con su mirada celeste y levanta el brazo bien alto para saludarnos mientras nosotras empezamos a bajar por el camino entre montañas. Con la distancia el poeta debería verse más pequeño a medida que nos alejamos. Pero no.
–Ya no nos volveremos por la autopista –me dice Paulina mientras andamos todavía por las calles de Quincy.
–¿Y por dónde entonces? –le pregunto.
–Por adentro –me contesta–, volveremos por adentro y así atravesaremos los pueblos.
Y eso hacemos, vamos pasando uno a uno todos los pequeños poblados y los nombramos exagerando la pronunciación en francés. Ya casi termina la tarde cuando llegamos a la frontera con Suiza. Pero hay algo raro. Aun cuando el aire empieza a oscurecerse cada vez más porque el sol ya está poniéndose detrás de las montañas nevadas nosotras nos volvemos de ese encuentro como quien regresa de una iluminación que, en su brevedad, durará sin embargo para siempre y traerá una y otra vez la misma imagen. Nos abrazamos en el porche para despedirnos, después John Berger nos acompaña con su mirada celeste, se para en el medio de la calle, siempre grande y tan fuerte como un nogal, nosotras nos alejamos, él levanta el brazo bien alto y nos saluda agitando su mano.