sábado, 29 de diciembre de 2012

MANUEL PUIG

Puig, el vanguardista sentimental

El gigantesco escritor argentino, autor de Boquitas Pintadas, mezcló como nadie antes lo culto y lo popular. Hoy cumpliría 80 años.

POR Patricia Kolesnicov

Difícil no pensar que Toto –ese personajito que mira películas y cuenta el espectáculo de las vidas de sus vecinos de Coronel Vallejos– es el mismo Manuel Puig, visitante diario del Cine Español de General Villegas. Difícil no creer que ese Toto, tan pegado a su mamá, tan la otra cara de su primo “macho”, no es Coco, es decir Puig. Difícil no pensar que Vallejos no es Villegas, su pueblo, que lo odió cuando vio sus alcobas al aire libre en los libros de Puig, que lo despreció por homosexual, que lo reivindicó después, cuando los jóvenes lo hicieron signo de libertad, y la biblioteca se llenó de sus libros y, a la vuelta del siglo XXI la bibliotecaria, Patricia Bargero, motorizó talleres, charlas, murgas alrededor del coterráneo famoso.
Hoy Manuel Puig cumpliría 80 años. Cumpliría, si no se hubiera muerto en 1990 en México, si no hubiera vuelto a Buenos Aires en un cáliz de metal que –esto lo contó Tomás Eloy Martínez– su madre conservaba en un departamento de la calle Charcas y que hoy reposa junto a ella en La Plata.
Como con el cariño del pueblo, Puig no la tuvo fácil con la crítica. Había cruzado alta y baja cultura; había hecho novela, Literatura, con charla de vecinas, vidas de estrellas de cine, recortes de los diarios, actas policiales. “Hizo ver que el interés narrativo no es contradictorio con las técnicas experimentales”, escribió Ricardo Piglia.
Puig fue vanguardista y masivo y en 1984 Delfín Leocadio Garasa, titular de Introducción a la Literatura en la UBA, decía a sus alumnos: “Puig no es literatura”. Quizás pensaba en Boquitas pintadas, folletín también ambientado en Villegas que fue inmensamente popular y en 1974 llegó al cine de la mano de Leopoldo Torre Nilsson. Alfredo Alcón hacía de Juan Carlos Etchepare, un personaje que en el pueblo identifican con Danilo Caravera, “un muchacho recontrabuenmozo, pero tuberculoso” , como describían las vecinas hacia 2001. “El gran tema de Puig es el modo en que la cultura de masas educa los sentimientos”, definió Piglia.
“Después de leer dos libros de Puig, sé cómo hablan sus personajes, pero no sé cómo escribe Puig”, dicen que dijo Juan Carlos Onetti. “Un escritor no tiene estilo personal”, dijo Piglia. “Escribe en todos los estilos, trabaja todos los registros y los tonos de lengua”.
Puig dejó Villegas a los 14 y se fue a Buenos Aires. Pasó fugazmente por la facultad de Arquitectura, por Filosofía y Letras y en 1956 estudiaba Cine en Roma. Vivió en Londres, en Estocolmo. Buscando un guión empezó a escribir sobre su primo. Supo que eso no era una película: fue su primera novela, La traición de Rita Hayworth. En 1969 la publicaría Gallimard, en París.
Después vino Boquitas… que tuvo un problema de mercado: su título no era traducible, se perdía la alusión al tango. La respuesta fue el siguiente libro: The Buenos Aires Affaire, una novela leída como crónica de las luchas dentro del mundo literario. Hay una pintora que trabaja con deshechos (¿Cómo él, con materiales “bastardos”?) y un crítico asesino. La edición fue confiscada por “pornográfica” y en 1974 sus padres recibieron una amenaza, quizás de la Triple A. Fin de la vida argentina del escritor.
El libro siguiente es El beso de la mujer araña, en 1976. La historia es conocida, la hicieron ineludible, en el cine, William Hurt y Raúl Juliá. Un guerrillero comparte celda con un homosexual y con el tiempo y el vínculo se pondrán en juego los sentimientos, la política y, en definitiva, qué hace a un hombre. La voces se cruzan, se mezclan, pueden confundirse. Allí Puig inaugura un recurso que usaría más tarde: el grabador. Graba una voz (aquí, la del militante), la transcribe, la cruza con la de un personaje de ficción. Ya no se trata de la oreja de Coco/Toto con las vecinas. Ahora el recurso se radicaliza: es la pretensión de la voz del personaje liberado del autor. Aunque tuvo repercusión internacional, Gallimard no quiso publicar esta novela, por consejo de Aurora Bernárdez, la mujer de Cortázar, que objetaba la figura del militante “ablandado” por el homosexual.
En 1979 salió Pubis Angelical , en 1980 Puig se mudó a Río de Janeiro, en 1982 salió Sangre de amor correspondido y en 1988, Cae la noche tropical. Después vivió en México. Allí murió en 1990, cuando tenía apenas 58. En Villegas todavía lo recordaban como “un chico que no jugaba con tierra”. En el arte, como quien tocó los corazones y revolucionó las formas, todo al mismo tiempo.

sábado, 22 de diciembre de 2012

ARIEL DORFMAN

Ariel Dorfman: “Relato experiencias que suelen callarse”

El destierro, la imposibilidad de regresar a Chile, su infancia, su lucha con el idioma y sus otras batallas personales, son algunos de los temas que analiza El escritor, a propósito de la publicación de sus memorias: “Entre sueños Y traidores. Un striptease del exilio”.

POR Guido Carelli Lynch


Ariel Dorfman, a sus 70 años, hace lo que quiere, dice lo que piensa y con educación plantea sus exigencias. Por ejemplo: “Prefería que la entrevista fuera por mail. Mientras más relacionadas con el nuevo libro, mejor”. Y si hay repreguntas, nos avisa, sí tendríamos la chance del teléfono. Las entrevistas por mail son más frías y en apariencia controladas, pero se dejan llevar por el tono intimista a la que la correspondencia obliga. “En general, me gusta responder por escrito y luego podemos aclarar algunas cosas por fono, pero prefiero tener certeza de que mis palabras serán reproducidas en forma fidedigna; más tratándose de un libro tan controversial y posiblemente polémico y, creo, benditamente transgresivo”.
Quiere que la entrevista sea sobre su último libro Entre sueños y traidores. Un striptease del exilio ; en el que relata sus años de exilio, la imposibilidad de regresar a Chile, aun con la democracia; pero al mismo tiempo es también una bitácora de su infancia, de sus viajes, de su intimidad y, claro, de su fe política. Porque en la vida y en las memorias de Dorfman hay tres patrias, varios exilios forzados que lo atraviesan, política nacional, política internacional, una relación de amor/odio con los Estados Unidos, Buenos Aires y la incógnita del peronismo. Hay muchos libros y entre ellos por supuesto Para leer al Pato Donald . También tiene fotografías del sueño socialista que terminó en la pesadilla de Pinochet. Y enseña el drama maravilloso del idioma. Porque Dorfman escribió sus memorias primero en inglés –el idioma al que había renunciado de una vez y para siempre en 1969, por ser la lengua del imperio– y luego en español. Tiene una historia de amor apasionada y en apariencia sin demasiados sobresaltos con Angélica a quien define como la “co–protagonista del libro”, pero también dos trágicos 11 de septiembre.
Sobre todo eso entonces podemos preguntar y entre tantas dudas incluir algunas más que lo entrometan con el presente. Sus respuestas son largas y vuelven con un nuevo pedido o advertencia. “Ruego que, habiéndome tomado tanto tiempo en responderlas, me las publiquen en forma íntegra”. Lo intentamos.
¿Por qué considera que éste es un libro controversial y transgresor?
Salí de Chile en 1973, después del golpe, creyendo muchas cosas, tanto acerca del mundo como acerca de mi persona y durante los casi veinte años que estuve afuera (con retornos intermitentes y frustrados) sufrí transformaciones radicales, tanto políticas como personales y lingüísticas. Aunque a la larga no me arrepiento de lo que viví ni de las decisiones que tomamos con la mujer de mi vida, Angélica, para lograr sobrevivir a esos trances tan duros, me doy cuenta de que gran parte de esa historia es la de alguien que se contaminó, quizás inevitablemente, durante el destierro, que de tanto combatir el mal perdió un poco la brújula. Mostrar ese proceso, paso a paso, para que los lectores lo comprendan junto conmigo, es lo que anima estas memorias. Se trata, sin embargo, de una narración que viene a ser, creo yo, descarnada, a la que no estamos acostumbrados en América Latina, donde seguimos enamorados de la biografía heroica, fruto tal vez de un resabio del honor que heredamos de España y, quizá más remotamente, de los moros. Puede chocar que cuente incidentes incómodos que no me honran. De ahí el subtítulo de “striptease”, alguien que se va sacando la ropa y, en mi caso, después de que cae toda la ropa, bueno, seguí con la piel y las tripas, despellejándome, destripándome, hasta que queda, así lo espero, algo de verdad. Pero transgresor, también, porque se atreve a una crítica cruda de la transición chilena y relata experiencias de exilio que suelen callarse.
¿Su mirada sobre esos años no disimula la culpa que sentía por su origen de clase y también por haber sobrevivido?
Al contrario, esa doble culpa –que no podía sacudirme los privilegios de clase, y que no morí en La Moneda junto a Allende pese a todos mis juramentos de lealtad– es el motor de mi existencia durante los primeros años del exilio, me llevan a todo tipo de decisiones que eran claramente contraproducentes y especialmente complicadas para mi pareja. Agradezco a Angélica que, pese a mis equivocaciones y a la vida difícil y errante (en muchos sentidos de la palabra) a la que la llevé, ella nunca dejó de acompañarme, de darme nacimiento una y otra vez con su confianza.
¿Si volviera el tiempo atrás, elegiría pedir asilo con los beneficios económicos que eso implicaba?
No me gustan las decisiones que tomé, pero no me arrepiento de ellas, porque entiendo (estas memorias me ayudaron a ello) las razones profundas (aunque a veces perversas) que me animaban. Lamento el sufrimiento que ocasioné a quienes amo, mi mujer, mis hijos, mis padres, mis amigos. Pero hace tiempo que me di cuenta de que la manera de reparar un pasado doloroso es tratar de que el futuro lo sea menos.
¿Por qué dice que “perdió” tres países y no que los ganó? ¿Qué fue lo “positivo” del exilio?
Digo que los perdí, pero finalmente digo que, en efecto, los gané, pero la verdadera ganancia es liberarse del nacionalismo provinciano y comprenderse como un ser humano donde se sobreponen muchas comunidades y muchas identidades, comprender y aceptar que no es un problema pertenecer a muchos lugares y deberse a muchas causas. De hecho, todos participamos de múltiples consonancias y tradiciones y es un error grave suponer que hay que elegir entre ellas en vez de intentar, como la historia lo demuestra, una síntesis que enriquezca. Creo que mi literatura se vio favorecida por los golpes hermosos de la distancia, el aprendizaje de un mundo vasto y contradictorio, pero, claro, hay veces en que echo de menos no vivir en el sitio donde crecimos, donde nos educamos, donde tuvimos las experiencias centrales y entrañables que todavía nos dan forma.
¿Por qué no pudo reestablecerse en Chile?
De veras que hay que leer el libro para comprenderlo, pero voy a decir, falseando las cosas al reducirlas a una fórmula, que el país había cambiado demasiado y que Angélica y yo también. Fundamentalmente, me di cuenta de que necesitaba la lejanía para poder escribir. Es probable, por ejemplo, que estas memorias no podría yo haberlas escrito de haberme quedado en Chile. Ni tampoco Konfidenz , ni Americanos , ni una obra teatral como Purgatorio o mis crónicas y comentarios periodísticos. Acabo de terminar un libreto para una ópera, Naciketa , basada en un cuento de los Upanishads. La vamos a estrenar en Mumbai el año que viene, y estoy seguro de que no podría haberla concebido sin haberme alejado geográficamente de América Latina. A la vez, está claro que esa ópera está inspirada por mis experiencias de latinoamericano.
¿Por qué le interesa tanto el género diario? No es su primer libro testimonial.
Parte del libro, por cierto, reproduce por primera vez –aunque con una reescritura posterior para darle una forma más compacta– el diario de nuestro retorno a Chile en 1990, donde examino cómo Angélica y yo nos desencantamos del país al que intentábamos ferozmente volver, contra viento y marea, durante tantos años de destierro. Esto permite al lector sobrellevar junto a nosotros el día a día del retorno, sus glorias y tristezas, y le da al libro mismo, espero, algo de suspenso, casi de “thriller”, género que me gusta mucho (de ahí La Muerte y la Doncella ). El género, además, tiene algo de voyeurístico, asomándonos a una intimidad que el autor quizás no previó que alguien iba a leer, aunque se me ocurre que cada persona que escribe un diario también desea que alguien compartirá esas palabras algún día.
¿Qué cambió en el proceso de reescritura de estas memorias, del inglés al español?
Lo escribí en inglés porque ese idioma me permite distanciarme de los traumas que viví, tratarme a mí mismo como otro, ( Je est un autre es el título de un famoso libro francés sobre la autobiografía). Me permite exponerme como el castellano quizá no me lo hubiera permitido. Cuando lo reescribí, justamente, en castellano, temblaba a veces preguntándome cómo me había atrevido a revelar tantos secretos, tanta “deshonra” (por retomar una palabra de una respuesta anterior). Pero como ya estaba escrito en inglés, ya estaba expresado el pensamiento, resultó más manejable y llevadero enfrentar la legitimidad de lo que estaba ahí, desparramado en el papel o en la pantalla, y admitir que era necesario contar esa historia, con todas sus profanaciones. Durante tanto tiempo pensé que ser tan bilingüe como lo soy era una maldición. Ahora bendigo mi ser doble, mi bifurcada raíz.
También asegura que la izquierda norteamericana le permitió redescubrirse. ¿Es menos dogmática que la latinoamericana?
Me refiero, en un largo capítulo, a mi evolución política con todos sus vaivenes y búsquedas, cómo fui madurando, encontrando la manera de criticar las experiencias socialistas y a la vez reivindicar la necesidad de seguir luchando contra la injusticia. En esa evolución jugaron un rol importante mis vínculos con una izquierda norteamericana que, si bien débil en números, es rica en ideas y coraje moral. Relato en el libro cómo, gracias a un grupo en Estados Unidos que abogaba por la paz y la justicia, fui a la Embajada polaca y me enfrenté con el embajador, denunciando la forma en que se maltrataba y perseguía a los adherentes de Solidarnosc. Le dije que como seguidor de Salvador Allende sentía como una afrenta que el gobierno comunista polaco reprimiera a los trabajadores, nada menos, en nombre de un socialismo que no era tal. Me enaltece que me hayan expulsado de aquella Embajada esa fría mañana en Washington. En cuanto a comparaciones, hay enormes flaquezas e ingenuidad en sectores amplios de la izquierda norteamericana, así como hay mucho pluralismo y rechazo de los dogmas en nuestra América del Sur, a la vez que considerable confusión y retórica irresponsable. Pero no tenemos de qué avergonzarnos. Lo que subrayo en el libro es que si yo hubiera sido militante de un partido político (como lo fui durante tanto tiempo) habría pedido permiso antes de ir a esa Embajada o antes de entablar relaciones con Vaclav Havel y el club de jazz de Praga o antes de denunciar violaciones a los derechos humanos en Cuba. Liberarme de esa chaqueta de fuerza mental fue difícil para mí. Durante un tiempo me dejé convencer por el argumento de que no podemos “hacerle el juego al enemigo”, un argumento que tiene mucha fuerza cuando el enemigo mata y exilia y desaparece y atormenta a tu pueblo y a tus amigos. Pero llegué a la conclusión de que si no decía la verdad tal como la entendía, en ese caso sí que le estaba haciendo el juego al enemigo. Y, de paso sea dicho, no me gusta mucho eso de plantear el mundo como un enfrentamiento perpetuo con enemigos, dividiendo a los seres humanos entre un “nosotros”, los que tenemos toda la razón y un “ellos” que están totalmente equivocados. Ese camino deshumanizante es de perdición. Lo que no significa dejar de lidiar por aquello en que uno cree. Claro que no fue mi fuerte la tolerancia durante muchísimos años y espero que haya logrado desmenuzar en el libro con dolor y sinceridad cómo llegué a convertirme en la persona compasiva que ahora (creo que) soy.

Argentina, Chile y el eterno (no) retorno
Fascista dice –escribe– era el régimen que expulsó a su padre de su país natal, la Argentina en 1944. Como contrapartida Dorfman ganó una nueva patria, los Estados Unidos, hasta que en 1954, tuvo que abandonar su nuevo hogar tras la persecución a la que el senador John McCarthy sometió a su padre. Y entonces llegó Chile. Y lo dicho: Allende, Pinochet, incertidumbre durante varios meses en la Embajada argentina hasta que llegó el exilio forzado. Otra vez, como si fuera el principio, Dorfman regresó a Buenos Aires, otra vez gobernaba Perón. Apenas aterrizó en Ezeiza, la Policía Federal se encargó de aniquilar la quimera que Dorfman había pergeñado durante su larga espera en la Embajada: “la fantasía de que iba a poder permanecer en mi país natal argentino el tiempo que me diera la gana”. Lo interrogaron durante horas hasta que por fin lo largaron con un consejo: “será mejor, hijo de puta, que te portes bien”. “Esperaba que el Gobierno peronista, por derechista que fuera, iba a facilitar mis actividades revolucionarias”, escribe. “Hacer el juego” en la Argentina, donde todavía gobierna el peronismo, es una frase que goza de sugerente actualidad.
Usted dijo que nadie le había podido explicar razonablemente el peronismo. ¿Cómo se lo explicaría a un tercero?
Si lo pudiera explicar a un segundo, a un tercero, a un cuarto, hubiera escrito un libro que sería un best-séller.
También recuerda en sus memorias sus encuentros con Cortázar. ¿Cómo recuerda su compromiso político? El vivía en París y usted era un exiliado.
Tuve la inmensa suerte de tener como amigos y hermanos mayores a los dos escritores vivos que más me han influenciado: Harold Pinter y Julio Cortázar. Con este último (como con el primero) desarrollamos Angélica y yo una gran amistad. Parte de esa amistad (como lo indica la vasta correspondencia que tuve yo con él, de la que se acaba de publicar una pequeña muestra) consistió en conversaciones políticas. Cortázar siempre fue un hombre progresista, que se indignaba ante la mentira y el sufrimiento, y dispuesto a trabajar por otro tipo de mundo, pero a la vez era algo ingenuo, porque nunca había participado como militante (¡gracias a los dioses de la literatura y las musas!) en un movimiento de masas. Sus instintos, sin embargo, eran muy certeros y era bastante astuto –la represión en el Cono Sur y, después, la revolución sandinista– lo forzaron a dedicar muchas horas al trabajo cotidiano de solidaridad. Pero nunca se quejó, siempre estaba dispuesto a ayudar. Era un ser angelical. Y me duele usar el pasado imperfecto para él. Sigue vivo, merodeando por ahí, por aquí cerca, es –sí, ES– un ser angelical.
La dictadura argentina fue más sangrienta y la de Pinochet más larga. En Argentina está socialmente condenado apoyar a Videla y en Chile todos tienen un vecino que reivindica a Pinochet.
Es una de las razones por las que no vivimos en Chile. Pero como me gusta resaltar las contradicciones propias, vivimos en un país, Estados Unidos, donde hay vecinos (si bien cada vez menos) que reivindican a George W. Bush y sus invasiones idiotas e imperiales. Pero la malignidad ajena es siempre más fácil de sobrellevar que las del país de uno.
Se refiere a la muerte de Pinochet en 2006 y reflexiona sobre cómo será recordado. ¿Qué grado de legitimidad tiene hoy?
Hay demasiados que, en Chile y en el extranjero, todavía consideran a ese criminal de guerra y torturador como el que salvó a Chile del comunismo, y hay muchos que quisieran revivirlo y asustarnos con su retorno bajo otro nombre y encarnación. Pero por lo general, su imagen está debilitada, ojalá irremediablemente. La ironía es que lo que la derecha chilena no le perdona es que fuera ladrón. Sus violaciones de derechos humanos les importa mucho menos (aunque chillen lo contrario).
Algunos países han elegido leyes del perdón –información a cambio de conmutación de penas– y otros prefirieron otorgar duras penas a los represores. ¿Qué estrategia elegiría usted para lidiar con los crímenes de lesa humanidad?
Prefiero la verdad al castigo. La verdad, asumida a fondo por un pueblo, es el peor castigo, la mejor manera de superar el pasado. Ahora, si hay condiciones para castigar (siempre que no sea con pena de muerte), bienvenida sea esa sanción, para que no haya impunidad.
Se ventilan diferentes críticas al proceso socialista de Allende, desde el enfrentamiento de clases, la seguridad fallida de que el socialismo no tenía vuelta atrás, la falta de previsión...
Ventilar es una buena palabra, ya que hay mucho viento inútil que da vueltas por ahí. Por ejemplo, “por qué no armamos el pueblo”, una y otra vez me hacen la pregunta. Y la respuesta es simple: primero, porque era una revolución pacífica; y segundo, porque entonces el golpe hubiera venido antes. Las razones de nuestra derrota son múltiples y complejas, pero en esencia: fuimos incapaces, en un momento internacional increíblemente adverso, en que el mundo marchaba en la dirección opuesta (ahora podemos retrover la tendencia que culminó en Thatcher y Reagan, y cuyos horrores neoliberales todavía padecemos), fuimos incapaces, repito, de garantizar una coalición suficientemente amplia, en especial con sectores medios y con la Democracia Cristiana, que nos permitiera enfrentar a la derecha golpista y aislarla. Pero eso, claro, no explica mucho, porque si Allende hubiera propuesto esa alianza con la DC (y sectores de ese partido hubieran rechazado tal asociación), si el presidente hubiera sugerido desacelerar la revolución para asegurar la supervivencia de la democracia, yo mismo lo hubiera denunciado como traidor a la causa. Y yo no era para nada ultra. Y hablando de lo ultra: hay que destacar el papel nefasto que jugó la extrema izquierda ilusa durante los tres años de Allende, constantemente sobrepasando los límites de lo que ellos llamaban el “estado burgués’ (y lo hacían sabiendo que Allende no los iba a reprimir). Con todo, recuerdo los tres años de la Unidad Popular como los mejores de mi vida y de la vida de Chile, los más dignos, los más maravillosos, los de mayor humanidad que he conocido.
¿Cómo vivió el debate sobre el suicidio o asesinato de Allende?
Yo creí durante muchos años que a Allende lo habían asesinado. Los militares mentían en todo, ¿por qué no en eso también? Cabía, además, en un relato de heroicidad y simpleza que nos hacía falta en la lucha por recuperar la democracia y rescatarlo a él de la desaparición en que Pinochet lo tenía sumido. Pero me fui dando cuenta de que, en efecto, no sólo era verdad que se había suicidado, sino que aceptar que así había sido volvía más compleja la realidad, menos mítica; nos forzaba a no vivir de ilusiones, por reconfortantes que fueran. Humaniza a Allende.
¿Cómo compararía el socialismo que intentó instalar Allende con el denominado socialismo del siglo XXI en la región?
Son momentos tan diferentes de la historia que toda comparación resulta inoportuna, Hay, sí, bastante que los procesos sociales de hoy pueden aprender de nuestra revolución pacífica en Chile, sus logros y sus fracasos.
¿Por qué perdió la Concertación las últimas elecciones? ¿Cómo juzga el gobierno de Piñera?
Con ninguna modestia, digo que las razones de la pérdida de la Concertación se encuentran en mi libro. Nuestra minuciosa experiencia de una clase política que llegó a un pacto con los poderes fácticos de la dictadura (con la encomiable búsqueda de un consenso que nos ahorrara más conflicto y, posiblemente, otro golpe militar), mi descripción de cómo fueron postergados los jóvenes y las mujeres y se torció el lenguaje y el alma del país, explican mucho de lo que llegó a pasar veinte años más tarde. En cuanto a Piñera, una calamidad, un bochorno, una pena.
En 2008 votó a Obama. ¿A quién votó ahora?
Obama, de nuevo, aunque con los ojos más abiertos a sus posibilidades reales de llevar a cabo cambios profundos en una sociedad desoladoramente injusta. En el libro, hago un paralelo entre Obama y Allende, y menciona las lecciones que podría aprender de Chile el presidente norteamericano.
Por último, “Para leer al Pato Donald” es un libro icónico. ¿Qué vigencia tiene hoy, a 40 años de su publicación? ¿Era inocente o es que hoy somos cínicos?
En un sentido, ese libro no podría estar más vigente, ni podría ser más certero en sus análisis y profecías: el mundo entero es como un simulacro de Disneylandia (o así se lo sueñan grandes mayorías humanas). Tengo críticas, por cierto, que hacerle al texto, pero me enorgullezco de haberlo escrito, aunque no lo volvería a escribir de esa manera hoy. Por otra parte, me han contado que hay guerrilleros que murieron en Colombia y Centroamérica con ese libro en su mochila. Por lo que me toca, si acaso contribuí a esas muertes, pido perdón.

domingo, 9 de diciembre de 2012

RAY BRADBURY

Regresar a Marte

La adaptación de “Crónicas marcianas”, con la introducción que hizo Ray Bradbury antes de morir, es una oportunidad de volver a viajar con un clásico de la ciencia ficción.

POR Pablo De Santis

La literatura a menudo olvida que su primer deber es la imaginación. Para recordar este antiguo mandato, el editor Francisco Porrúa (nacido en España pero criado en la Argentina) lanzó en 1955 la editorial Minotauro. Su primer libro fue Crónicas marcianas de Ray Bradbury, que el mismo Porrúa tradujo y que apareció con un prólogo de Jorge Luis Borges.

A ese volumen se agregaría con los años el resto de la obra de Bradbury, además de Soy leyenda de Richard Matheson, El hombre demolido de Alfred Bester, El mundo sumergido de James Ballard, El hombre en el castillo de Philip K. Dick, La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin, Las ciudades invisibles de Italo Calvino y tantos otros libros que ahora son clásicos, pero que en muchos casos eran novelas recién publicadas en sus lenguas originales. Entre los traductores que colaboraron con Porrúa estuvieron Aurora Bernardez, Matilde Horne (que tradujo El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien), Enrique Pezzoni, Luis Alberto Bixio y José Bianco. El catálogo incluía también autores argentinos como Julio Cortázar (que publicó sus Historias de cronopios y de famas), Angélica Gorodischer, Alberto Vanasco y Eduardo Goligorsky. Ya en los 80 aparecieron libros de Carlos Gardini, Ana María Shua y el uruguayo Mario Levrero.

Durante décadas Minotauro ejerció una influencia decisiva en la lectura de los géneros en español. Al principio tuvo una tímida división en colecciones (Metamorfosis, Spectrum, Otros mundos) pero luego fundió todos los libros, fueran de fantasía o de ciencia ficción, en un solo cuerpo editorial. Así se opuso a los rígidos conceptos de otras colecciones y editoriales (“¡Pero eso no es ciencia ficción!”) y ayudó a crear un lector tan ávido de hechizos y prodigios como de las posibilidades especulativas de la ficción. Me recuerdo marcando con lápiz, en la lista de títulos publicados, los libros que iba leyendo, y que aparecían en la última página de cada volumen.

Bradbury publicó Crónicas marcianas en 1950, cuando tenía 30 años. Fue su primer libro, y en él recopiló relatos publicados en revistas de ciencia ficción a fines de los años 40. A través de una cronología de la colonización de Marte intentó dar al libro la forma de una novela, aunque los cuentos son muy distintos entre sí. Similar procedimiento practicó en El hombre ilustrado: en este caso cada uno de los cuentos corresponde a uno de los tatuajes que recorren la piel de un hombre.

La ciencia que aparece en las Crónicas tiene menos relación con la NASA que con las ferias itinerantes que se acercaban a su pueblo natal. Presentimos que sus cohetes están hechos de latón pintado de rojo y que los trajes de sus astronautas son como los de las viejas figuritas. A través de los años, algunos cuentos se abren paso en mi memoria: “Vendrán lluvias suaves”, “El picnic de un millón de años”, “Las langostas y, sobre todo”, “El marciano” y “La tercera expedición” (que Borges juzgó “el cuento más alarmante de este volumen”).

En “El marciano”, un matrimonio de colonos descubre en un marciano el rostro de su hijo muerto. Creen al principio que sólo para ellos existe ese milagro, pero pronto comprenden que todos los que viven en la colonia ven en el extraño a alguien perdido. El marciano está obligado a representar a un remoto ejército de ausentes, y esto lo convierte en una especie de mesías, el que está obligado a huir de tanta melancólica devoción.

En “La tercera expedición” un grupo de astronautas encuentra en el lejano planeta las casas en que nacieron y los parientes que han muerto hace muchos años. Tienen un instante de reencuentro y felicidad y luego de una buena cena casera se van a dormir. ¿Hace falta decir que no se volvieron a tener noticias de la tercera expedición? Los relatos pertenecen a la ciencia ficción porque estamos en Marte, pero en realidad son estremecedores cuentos de fantasmas (así ocurre también con Solaris de Stanislav Lem, otro título de Minotauro).

“La tercera expedición” es la historia que mejor parece resumir el mundo de Bradbury, donde siempre hay una tensión entre la añoranza de la infancia en su pueblo natal y los viajes espaciales. En los cuentos de Bradbury los hombres parecen buscar en el espacio lejano un modo de acceder a sus recuerdos remotos y a sus terrores primeros. Como dice un personaje en “Las doradas manzanas del sol”: “Los viajes espaciales nos han devuelto a la infancia”.

Ahora que Crónicas marcianas aparece en cuadritos y publicada por Ediciones de la Flor (que tan fiel ha sido a la historieta) podemos recordar que Bradbury tuvo una intensa relación con el género. Y esto ocurrió en los años cincuenta, cuando el cómic aún no corría ningún riesgo de ganar prestigio. Muchos de sus relatos aparecieron adaptados en las páginas de la editorial EC, cuyas revistas de historietas llevaban títulos como Weird Science, Haunt of Fear, Tales from the Crypt. En sus portadas había muertos vivos, vampiros y cuerpos desmembrados. Recuerdo que en los años 70 algunos de estos terroríficos relatos aparecían en las revistas Dr Tetrick y Vampirella, que se podían conseguir en ediciones españolas.

En Crónicas marcianas vemos que ya está presente ese sutil equilibrio entre la ciencia ficción y la literatura fantástica que atraviesa toda la obra de Bradbury. Los viajes espaciales son un sueño de la ciencia ficción, pero la obsesión con el regreso de lo muerto a la vida es algo propio del género fantástico, cuya patria esencial es el pasado. Y la coexistencia de estos dos elementos contradictorios está en el origen mismo de la escritura de Bradbury, que empezó a escribir a los 12 años, cuando conoció a Mr. Eléctrico. 

Este era un extraño mago que iba de pueblo en pueblo con su troupe: la Mujer gorda, el Hombre esqueleto, acróbatas y enanos. Mago y científico a la vez, ejecutaba toda una serie de hazañas, pero la mejor era el número del hombre electrocutado. Desde la primera fila Bradbury vio aquella noche de 1932 cómo el mago se sentaba en una silla eléctrica de su invención, para ser electrocutado con gran despliegue de fogonazos y convulsiones. Apenas Mr. Eléctrico volvió a la vida tocó con una espada la cabeza del joven Bradbury. Los cabellos del niño se erizaron. Y Mr. Eléctrico le dijo esta frase: “Vive por siempre”. A partir de ese momento, sea por el toque eléctrico o por el hechizo encerrado en las palabras, Ray Bradbury empezó a escribir y no se detuvo hasta su muerte. Al menos así contaba él el origen de su destino de escritor. ¿Y por qué no vamos a creerle a alguien tan acostumbrado a imaginar?

sábado, 24 de noviembre de 2012

PHILIP ROTH

"La lucha con la escritura ha terminado": las razones de Philip Roth

Después de 29 novelas y todos los premios de literatura imaginables, salvo el Nobel, Roth ha asegurado que no escribirá más. Sus motivos: ya se le agotó el entusiasmo para una tarea que consiste fundamentalmente, según él, en la frustración.

POR ANDRES HAX

El 7 de octubre la revista francesa Les Inrocks publicó una entrevista con el novelista Philip Roth en la cual dijo que se retiraba del oficio. No escribiría más. Toda una declaración para el narrador estadounidense más prolífico y condecorado de su generación. Roth nació  en 1933 y ha escrito 29 novelas en total; la primera, Goodbye, Colombus (1959) y la última Nemesis (2010). Curiosamente, los medios estadounidenses se demoraron casi un mes para mencionar la noticia. Y recién ayer, el domingo 18 de Noviembre, el New York Times, publicó una entrevista con Roth acerca de su decisión (Nota: esa entrevista podrá leerse mañan en Clarín).
Ese artículo cuenta que Roth ahora tiene pegado un cartelito a la pantalla de su computadora que dice: “La lucha con la escritura ha terminado” (“The struggle with writing is over”) y enfatiza que ese recordatorio diario le da “enorme fortaleza.”
En esa entrevista también aclara que había tomado la decisión de dejar de escribir en el 2010, unos meses después de escribir Nemesis, una breve novela sobre una epidemia de polio en Newark, Nueva Jersey en 1944. “No dije nada sobre el tema, porque quería estar seguro de que era cierto. Pensé: ‘espera un momento. No anuncies tu retiro para después arrepentirte.’ No soy Frank Sinatra. Entonces no le dije nada a nadie, simplemente para ver si era así.”
En la nota de octubre con Les Inrocks había dicho: “Decidí que estaba terminado con la ficción. Ya no la quiero leer, no la quiero escribir y ni siquiera quiero hablar de ella. He dedicado mi vida a la novela: la he estudiado, la he enseñado, la he escrito y la he leído. Basta. Es suficiente. Ya no siento la dedicación a la escritura que he sentido en toda mi vida. La idea de luchar con la escritura una vez más me resulta intolerable.”
Roth tiene 79 años y se encuentra en muy buena salud.
Una cosa que hizo para ayudarse tomar la decisión fue leer una serie de sus novelas favoritas, entre ellas las de Conrad, Dostoievski, Turgenev, Faulkner y Hemingway. Después leyó toda su propia obra novelística en orden cronológico inverso. Salvo que al final se aburrió, por lo tanto omitió los primeros cuatro libros: Goodbye, Colombus (1959), Letting Go (1962), When She Was Good (1967), y Portnoy’s Complaint (1969).
En la entrevista con Les Inrocks dijo que tras este experimento de lectura concluyó que había hecho lo mejor que pudo con lo que tenía a su disposición. Y en la nota con The New York Times agregó que ya sabía que no tendría más una  buena idea para escribir una novela.
En ambas entrevistas el tono de Roth es amargo acerca de la tarea de escribir. Enfatiza que es algo ingrato y sufrido: “Escribir es frustración – es una frustración diaria, sin mencionar que es una humillación”, dijo. Y agregó: “No me puedo enfrentar más con los días en los cuales escribo cinco páginas y las tengo que tirar. Ya no lo puedo hacer más.”
¿Qué hace, entonces, Roth, con su tiempo libre?
Visita a sus amigos y aprende a usar su nuevo iPhone con la asistencia del libro iPhone para Dummies.
Además trabaja con su biógrafo oficial, Blake Bailey. Bailey, cuya última biografía fue la de John Cheever, hará la biografía oficial de Roth. “Blake me ha sacado el peso de mi espalda,” dijo Roth. “Ya no soy responsable de mi vida y de minarla para mi ficción. Sabes, yo necesitaba mi vida como un trampolín para mi ficción. Necesito tener algo debajo de mis pies cuando escribo… Reboto sobre el trampolín y bajo a las aguas de la ficción. Pero tengo que comenzar desde la vida para que pueda llenar la ficción de vida.”
Curiosamente, en estos mismos días hubo otros abandonos anunciados. El escritor húngaro Imre Kertész , Premio Nobel de Literatura, y superviviente de los campos de exterminio de Auschwitz y Buchenwald, dijo que abandonaba la escritura. Tiene 83 años.
Por otro lado el cineasta estadounidense Quentin Tarantino, de 49 años, dice que tras filmar su décima película (va por la séptima) abandonará su oficio: "Uno se detiene cuando se detiene, pero en un mundo imaginario e ideal, 10 películas para una filmografía como la mía estaría bien. Si me ocurriera algo, un cambio fuerte en el corazón a partir de la aparición de una nueva idea, podría pensar en el regreso. Pero creo que diez es un número suficiente para una declaración artística. Yo ya hice siete."
Y Philip Roth, por su lado, sigue militando silenciosamente contra la profesión de letras. El periódico inglés The Guardian reportó el 16 de noviembre que un joven escritor llamado Julian Tepper se acercó a Roth en un deli de Nueva York para pedirle sus sugerencias sobre cómo seguir su en carrera. Roth le contestó, categóricamente, “Es un campo terrible. Simplemente tortura. Escribes y escribes y tiras la mayoría de lo que haces porque no sirve para nada. Yo te diría para ya de hacerlo. No te quieres hacer esto a ti mismo. Ese es mi consejo para ti.”

viernes, 9 de noviembre de 2012

PHILLIPPE SOLLERS y la revista TEL QUEL

Philippe Sollers: padrino de sí mismo

En esta entrevista, el controvertido escritor francés,que durante años ejerció una especie de dictadura intelectual desde su revista Tel Quel, habla de sus novelas, del amor, de su pasión por las flores y de su pasado marxista, y ataca a la televisión
Por Luisa Corradini  |
Philippe Sollers es uno de esos hombres que difícilmente suscitan la indiferencia. Quienes no lo quieren -y que no son pocos- usan los epítetos más ingeniosos para definirlo: " Bel ami hipertextual" (Angelo Rinaldi), "animal mediático insumergible" (Régis Debray), "ex truhán reconvertido en policía" (Patrick Besson). Y hay peores: "hiena dactilográfica", "falsificador profesional" o "perverso polimorfo". Jefe de redes y maestro de influencias, Sollers divide y exaspera. Y si el poder se juzga por el peso editorial y mediático de un individuo, entonces sí, ese bordelés de 70 años, es indudablemente el "padrino" del mundo literario francés.
Autor y editor en Gallimard, director de la revista L Infini , cronista múltiple en el diario Le Monde , en Le Monde des Livres , en Le Journal du Dimanche , infaltable en radios y estudios de televisión, ese "escritor de turno", como lo llaman algunos, combate en todos los frentes. Omnipresente en la escena literaria francesa desde hace 50 años, sus enemigos apuntan un dedo acusador contra ése al que han llamado, según Sollers se complace en recordar, "Judas hacedor y demoledor de destinos, frívolo, superficial y esnob".

-¿Es usted esnob?

-Ningún escritor puede ignorar el esnobismo que toca a la esencia impalpable del poder y del éxito. Sus ingredientes simbólicos varían en el tiempo, pero el esnobismo conserva una dimensión fascinante a la cual el escritor es sensible y cuyas formas se ve obligado a descifrar. Los aspectos ridículos de todo esnobismo, incluidos los del mismo escritor, son una inagotable mina de contenidos. Para luchar contra la uniformización, el escritor trata de singularizarse mediante ínfimos movimientos moleculares, sublimes o vulgares. Todo es útil.
Voilà , Sollers! Anillos en los dedos, más de sesenta libros publicados, un flequillo casi absurdo que se detiene cuando comienza la frente y una eterna boquilla en la mano, batuta imaginaria con la que sigue el inagotable y límpido ritmo de sus ideas. Sentado en su minúscula oficina atiborrada de libros de las ediciones Gallimard, en el Barrio Latino de París, el escritor desdeña con un gesto displicente esa lluvia de críticas y se acomoda en su trinchera de papel: "Fue siempre así. Y lo seguirá siendo, haga lo que haga", dijo entrevistado por LA NACION.
En esa guerra, Sollers se autoriza todos los impudores, en primer lugar, no disimular el divertido desprecio que siente por los "figurantes" de la pieza que -según sus críticos- dirige desde los años 70. A esos personajes los califica alternativamente de "incultos pretenciosos", "rebeldes recién llegados" y "desesperados automáticos" que brillan como estrellas en la "Necrópolis-París", cuyos envidiosos cálculos y terrores microscópicos "alimentan esa máquina de explotar la neurosis y el infantilismo" en la que se ha transformado la novela francesa.
Difícil hacerle frente a Sollers. El hombre es mucho más que ese esnob que escribe a mano exclusivamente con tinta azul comprada en Venecia y asegura que no conoce su propia dirección electrónica: es la inteligencia hecha escritor. Es alguien que desde hace lustros batalla contra un enemigo que lo obsesiona: la incultura generalizada.
"Uno lee a Sollers como va al burdel, para aprender algo. Y como lo sabe todo, con el tiempo, uno termina sabio", escribió Jerôme Garcin, uno de sus críticos más serios. Así es. Para Sollers, la materia con la que está hecho el mundo, el pensamiento y la literatura, es un vado que él atraviesa saltando de piedra en piedra, mientras otros deben remontar la corriente a nado, haciendo esfuerzos sobrehumanos. Sollers escribe como habla. Su frase demuestra una postura existencial: corre. Una frase en la que reina la metáfora, jamás la comparación. "Por otras razones que Mallarmé, yo sigo el precepto de nunca escribir la palabra ´como ", confiesa.
Hablando de la música de Haydn en la Guerra del gusto , parece describirse a sí mismo: "Se eclipsa, resbala, rueda, perfora, recomienza. Frases en las que sólo hay verbos", anota. Así como Spinoza aísla tres sentimientos primarios -la alegría, la tristeza y el deseo-, Sollers establece su técnica literaria sobre un triple cimiento: la alusión, la cita y la acumulación. "La alusión, para el brío; la cita, para la argumentación; la acumulación, para la eficacia", explica.
"¡Viva la precisión! Cifras y más cifras. Muerte a los poetas ambiguos", recomienda. Para ello, es necesario leer. Su arma absoluta es la cosa escrita. "Para saber escribir hay que saber leer. Y para saber leer, hay que saber vivir. Si uno quiere escribir mucho, tiene que leer mucho y vivir mucho", resume.
¿Papívoro, Sollers? Absolutamente. Basta con remontar el hilo de la historia. "¿Mi primer recuerdo? Cuando a los cuatro años mi madre me dijo un día: ´Bien, ahora ya sabes leer . Me veo salir corriendo sin rumbo, enloquecido, por el parque frente a la casa familiar, caer de rodillas en alguna parte y quedar allí, extasiado ante esa realidad embriagadora: ¡ser capaz de leer! Creo que en ese momento comprendí el significado de la palabra ´libertad", confiesa. Se puede decir que, desde entonces, ayudado por una inteligencia fuera de lo común, ha leído todo. Estar con él significa pasar a la velocidad de la luz de Joyce a Proust, de Bacon a Rimbaud, de Lautréamont a Cézanne, de Céline a Casanova, de Sade a Madame de Sévigné.
-¿Conoce la voz de Joyce? -, se entusiasma.
- No.
-¿No la conoce? ¿Y escuchó la de Francis Bacon en la BBC? ¿Tampoco?
Sollers mira a su interlocutor con algo de piedad. Parece decir: "¡Pobrecita, no lo conoce! Entonces no conoce nada". Y en verdad, uno no conoce demasiado frente a ese Espasa Calpe en 117 volúmenes, propulsado a la estratósfera enciclopédica por una memoria prodigiosa, que no hizo nada como los demás.
Desde 1957, cuando escribió Le Défi (El desafío), el joven Philippe Joyaux -con apenas 20 años- pidió una cita con el más célebre de sus coterráneos, François Mauriac. Un año más tarde, Mauriac bendijo su primera novela, Une curieuse solitude (Una curiosa soledad), que apareció firmada con el seudónimo de Philippe Sollers. Pero también lo promovió el poeta comunista Louis Aragon. "Hay que reconocer que ese doble padrinazgo del Vaticano y del Kremlin fue suficiente para comenzar mi carrera provocando celos y envidias de todo tipo", reconoce.
Si semejantes musas se inclinaron sobre su cuna, ¿por qué entonces no consiguió transformarse en un ícono de la literatura universal? "Estaba destinado al sacro de las academias y al público planetario. Consiguió decepcionar a ambos", escribió sobriamente uno de los fundadores de ediciones Seuil, Paul Flamand, quien, a partir de 1960, acogió a Sollers y a su revista Tel Quel. La publicación tenía por objetivo reflejar la reevaluación que la vanguardia nacional europea hacía de los clásicos de la historia literaria. Con esa revista, una colección y un puñado de intelectuales aliados (entre ellos su futura esposa, la psicoanalista Julia Kristeva), Sollers se impuso rápidamente como una de las plataformas obligadas de la intelligentzia en Francia. Desde las páginas de Tel Quel , creó y deshizo mitos literarios, propulsó y pulverizó ilusiones, adjudicó patentes de talento para algunos y emitió bandos de destierro para otros.
Llevado por su irrefrenable necesidad de existir -afirman sus detractores-, atacó y después defendió la Nueva Novela; fue marxista, soixante-huitard y más tarde pro-chino. Se acercó a Derrida, a Lacan, a Althusser y a Debord, y terminó peleándose con casi todos. En 1976 se alineó con los Nuevos Filósofos, que eran la tendencia de moda.
- A pesar de las críticas, durante casi veinte años, Tel Quel fue la avanzada del debate literario en Francia. Si debiera morir mañana, ¿qué quedaría de todo eso?
- Una caja llena de libros; y su plusvalía metafísica sería inmediata. La gente se preguntará cómo pudieron comprar la imagen de un Sollers mediático y superficial cuando, en realidad, era un trabajador encarnizado.
-Sus disputas con muchos de los colaboradores de Tel Quel llenaron páginas de diarios y semanarios, sobre todo las que mantuvo con Jean-Hedern Hallier, el confundador, o con Renaud Matignon...
-Yo podía vivir perfectamente sin ellos. Los mosqueteros de Alejandro Dumas no se hacían favores entre ellos. Nosotros tampoco. El universo literario es de una crueldad notable. Tras la desaparición de Tel Quel nos dejamos de ver. Renaud Matignon me criticaba constantemente en sus artículos. Pero yo tengo muchas otras vidas. El problema es que, desde entonces, sigo estando sometido al mismo juicio. Escribo libros que mis detractores ni siquiera se toman el trabajo de leer. Ni me leen ni me escuchan.
En 1982, cuando pasó a Gallimard y creó su nueva revista, L Infini, las épocas habían cambiado. Sollers también. Convertido a la novela clásica y autor de un best seller , Mujeres , tenía entonces más enemigos que amigos y sus redes estaban en ruinas. Pero el método siguió siendo el mismo: divertirse, provocar, existir, resistir. Y escribir. Para reconstruir, se apoyó nuevamente en un grupo de fieles: Julia Kristeva, con quien tiene un hijo, David, y que siempre lo ayudó en los medios intelectuales y universitarios; la escritora belga Dominique Rolin, su amiga íntima desde hace 40 años, que siembra la buena palabra entre los escritores, y Antoine Gallimard, a quien apoyó durante la guerra de sucesión dentro de la editorial. Más tarde vendrían otros, entre ellos, Josyane Savigneau, ex directora del suplemento Libros del diario Le Monde .
"¿Y por qué razón yo debería ser el único intelectual parisino sin derecho a tener una red de contactos?", se defiende. Pero dejemos el combate e insistamos en su pasión por el conocimiento que, para él, tiene valor de antivirus.
-Los tres síntomas que alteran la salud del mundo son el analfabetismo, la ignorancia y la incultura. Son los tres estadios de una misma enfermedad.

-¿Y cuáles son los agentes que la propagan?

-Son tres: la televisión, la televisión y la televisión. Aun cuando el invitado sea Sollers.
Según él, la lectura nos salvará: leyendo devolveremos a los libros el poder subversivo que han perdido. "Mi hipótesis es que nadie quiere saber más nada de Kafka", asegura. ¿Los pseudointelectuales leen cada vez menos a los clásicos franceses? "Peor para ellos. Como decía Flaubert, el problema con la inteligencia es que tiene límites, mientras que la estupidez no los tiene", responde.
¿Y qué hace Sollers cuando deja de batallar? "Como cualquier guerrero, hago el amor". Casi 50 años después de Une curieuse solitude , Sollers sorprendió a su público en 2000 con Pasión fija , homenaje a una relación amorosa que nada ni nadie consiguió destruir en más de 40 años de infidelidades y palinodias. En ese libro, Sollers levanta púdicamente el velo de su relación extramatrimonial con la escritora Dominique Rolin, a quien conoció a fines de los años 50, cuando él tenía poco más de 20 años y ella el doble de edad. "Soy como un pez en sus aguas. Ella me dejó nacer y sabrá cómo hacerme morir", escribió.
Con Pasión fija , consiguió escribir una novela de vanguardia sobre el amor feliz. Una especie de contradicción para ese discípulo confeso de Casanova. "De ninguna manera. Nada es más subversivo en la actualidad que un amor que funciona entre un hombre y una mujer. El sistema pretende que la pasión sea sinónimo de malentendido, fracaso, amargura y resentimiento. Nada desestabiliza más que una pasión que perdura intacta con los años", precisa.
Un año después, Sollers cambió de registro y volvió a sorprender con Misterioso Mozart , un exquisito retrato del genio musical del siglo XVIII.

-¿Melómano?

-¡Mozartiano absoluto! -corrige.

Los músicos son los artistas que más admira.

-Cualquiera puede pintar un cuadro, hacer una escultura, incluso escribir un libro, ya que todo el mundo es escritor Pero será incapaz de interpretar una sonata de Mozart o de Haendel.
La crítica de las cualidades es la única fecunda, decía Sainte-Beuve. Sólo se sabe hablar de lo que se ama. Y cuando ama, Sollers se da por entero, con un entusiasmo lúcido y contagioso. "Mozart era a la vez francmasón sincero e hijo convencido de la Iglesia romana. Era otro, eso es. Otro también lo fue en su vida amorosa: a la vez libertino y conyugal, fiel e infiel. Quizás es ahí, en ese afecto apasionado (a Constanza, su esposa), que todo indica que fue recíproco, donde reside el auténtico escándalo", escribió.
En 2005, los 662 escritores que esperaban ansiosos la atribución del Goncourt sintieron frío en la espalda: contrariamente a su costumbre, Philippe Sollers anunció que publicaría su novela, Une vie divine (Una vida divina) a tiempo para la selección. No fue así. El libro salió en enero. Este año, los 682 pretendientes al premio más codiciado de la novela francesa pueden respirar: el escritor acaba de anticipar, para el 27 de octubre, la publicación de un ensayo, Fleurs (Flores). El libro, que recorre el continente de las flores y analiza su lenguaje en compañía de un botanista del siglo XVIII, entre lilas, rosas y tulipanes incluye a Dante, Ronsard, Baudelaire y Genet.
En sus 60 libros, Philippe Sollers ha escrito sobre mujeres, pasiones, paraísos, literatura, la Divina Comedia , Nueva York, Venecia, el Louvre, el individualismo revolucionario, el infinito, el barroco en Paraguay, Cézanne, el materialismo, la libertad, la belleza, Casanova, Mozart, Picasso, Sade, embajadores, muchas cosas más, y ahora flores. ¿Qué responde ese hiperecléctico a quienes dicen que siempre escribe el mismo libro? "Que no es siempre el mismo libro. Pero que deberán acostumbrarse a que sea siempre el mismo escritor." .

domingo, 4 de noviembre de 2012

Antropólogo de la gastronomía

Pietro Sorba: Antropólogo de la gastronomía


Está impreso. Está caliente. Quiere salir. Quiere mostrarse desde los estantes y las vidrieras de las librerías. ¿Quien es? Es RESTAURANTES DE LAS COLECTIVIDADES DE BUENOS AIRES. Complemento y guía imprescindibles para aquellos que desean profundizar sus conocimientos relativos a los hábitos y costumbres de los porteños llegada la hora de ir a comer afuera. Desde el 30 de noviembre en todas las principales librerías del país.


SALIO PIZZERIAS DE BUENOS AIRES


Queridos amigos, con mucha alegría, les anuncio que salió otra pata más de la mesa que sostiene los fundamentos de la comida porteña. ¿Y porqué no? De la comida argentina. Se trata de Pizzerias de Buenos Aires. Nuestras queridas pizzerias. Estoy convencido de que un nuestra capital y en el país existan más pizzerias que parrillas y es llamativa la pasión, diría el amor, que todos los argentinos sienten hacía este plato, tan simple pero al mismo tiempo tan rico y adictivo. En el libro encontrarán 35 pizzerias representativas del universo pizzero porteño. Piedra, molde, media masa y a la parrilla. Disfruten de sus interesantes historias y de las imagenes captadas por Javier PIcerno. Estoy seguro de que después de las primeras paginas saldrán corriendo a devorar un par de porciones de muzza y fainá y un infaltable chopp bien helado.


SALIO PARRILLAS DE BUENOS AIRES


Queridos amigos, continua con PARRILLAS DE BUENOS AIRES el recorrido empezado con BODEGONES DE BUENOS AIRES. Esta vez intenté analizar con el rigor y la onda de siempre como son y que ofrecen las distintas parrillas de nuestra capital. No fue fácil. No es frecuente encontrar parrillas que sirvan carnes de buena calidad, asadas en su punto ideal. Elegí a 35. Un muestrario suficiente para entender que existen parrillas para todos los gustos y para todos los bolsillos, esto obviamente sin descuidar la calidad del producto final. Espero vuestros comentarios que siempre me ayudan a encontrar nuevos impulsos en mi trabajo.
Un abrazo fuerte
Pietro

viernes, 2 de noviembre de 2012

PAUL AUSTER- Entrevista

Un progreso que empeora las cosas: Paul Auster y la crisis del mundo desarrollado

“Se supone que la tecnología debe unirnos pero en realidad nos separa” y “nadie tiene una visión alternativa a la del capitalismo sobre cómo organizar nuestras vidas”, afirma en esta entrevista el prestigioso novelista, ferviente defensor de las protestas juveniles.

POR Raquel Garzon - Enviada especial a Nueva York

El reclamo de los jóvenes es claro. Se paran ante nosotros y nos dicen: ‘Ustedes nos arruinaron, no tenemos futuro; estudiamos, nos capacitamos y no tenemos nada. Estamos retrocediendo, no avanzamos. El capitalismo de consumo sólo puede llegar hasta cierto punto.’” La escena sucede en el patio trasero de un café de Brooklyn, Nueva York, y el hombre que habla es el escritor estadounidense Paul Auster, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006 y uno de los autores más prestigiosos de su país, traducido a “43 o 44 idiomas”.
Auster ha publicado dos libros este año: Diario de invierno (Anagrama), unas memorias escritas en segunda persona y “compuestas como una pieza musical” en las que usa su vida como tema “para reflexionar simplemente, sobre lo que implica estar vivo” y Poesía completa (Seix Barral), que reúne los poemas que escribió mucho antes de su éxito global, en los años 70, mientras sobrevivía como traductor del francés. Acaba de terminar otro texto autobiográfico, Report from the Interior , que saldrá en inglés el año que viene y prepara con su amigo, el Nobel sudafricano John Coetzee, un libro que reúne parte de la correspondencia que sostienen desde hace años. “En las primeras cartas Coetzee y yo hablamos mucho sobre la amistad; sobre qué la distingue del amor”, anticipa. “El amor es la gran pasión pero la amistad es fundamental. Es más cortés, más decorosa y menos tumultuosa que el amor. Existen matrimonios, buenos matrimonios incluso, que pelean todo el tiempo. Con un amigo eso sería imposible; la amistad terminaría”. Los amores de Auster tienen nombres y rostros concretos. Hace 35 años se unió a la escritora de origen noruego Siri Hustvedt. Tiene dos hijos, Daniel (de su matrimonio anterior) y Sophie, cantante y compositora quien actuó además en la película que su padre dirigió en 2007, La vida interior de Martin Frost .
Mientras espera que Obama gane las presidenciales del 6 de noviembre (“si no, estaremos en problemas”), entre copas de vino blanco y el humo de sus infaltables cigarritos holandeses, el autor de La trilogía de Nueva York conversó con Ñ sobre política, cambios culturales, violencia y utopías.
Respiramos la globalización y sus efectos. ¿Qué nuevos rostros han adoptado para Ud. los cambios culturales más importantes de la última década en los Estados Unidos?
Le daré mi visión amplia, no mi visión estrecha. Lo que estoy viendo en los últimos años son insurrecciones espontáneas entre los jóvenes de diferentes países del mundo: Rusia, España, Estados Unidos, los países árabes… Y en ello percibo una declaración de los jóvenes diciéndoles a los adultos que el mundo no funciona, que nos hemos llevado a una situación insostenible y que debemos reinventar nuestras vidas. Es un llamado básico a reformar todo lo que hacemos, todo lo que pensamos.
Los movimientos de los que habla, el de los indignados españoles por ejemplo, suscitan dudas entre distintos intelectuales –Zizek entre ellos– en relación con su posibilidad de persistir, debido a la falta de un programa.
Sí y es entendible, porque no hay ninguna organización política entre ellos y por lo tanto los movimientos estallan intensamente y después decaen. Creo que eso debe leerse en un contexto más amplio y profundo. Uno de los problemas es que desde la muerte del marxismo, desde el fracaso de la experiencia soviética, no hay un argumento filosófico contra el statu quo . Porque Marx tenía razón en un montón de cosas, y aunque otras estaban equivocadas, tenía una posición coherente respecto de cómo analizar las deficiencias del capitalismo y lo que el sistema les hacía a los seres humanos. Especialmente el Marx joven al que encuentro muy interesante, muy conmovedor. Ya no hay ningún argumento filosófico contra el capitalismo. Lo que tenemos son diferentes grados: un libre mercado sin restricciones o un capitalismo regulado de una u otra manera, pero nadie tiene una visión alternativa respecto de cómo organizar nuestras vidas. Y por eso seguimos recorriendo los mismos caminos trillados; estamos estancados.
¿Cómo se expresa ese sentimiento aquí?
En el movimiento Occupy Wall Street con su lema “Somos el 99%” en alusión a que el 1% de la población acapara la mayor parte de la riqueza y toma decisiones políticas y económicas cuyas consecuencias afectan a todos. En Estados Unidos es un fenómeno muy interesante.
Hace poco se cumplió un año de su nacimiento, pero ¿sigue vivo el movimiento?
Vagamente, es cierto. Pero estoy esperando que vuelvan los chicos. Quiero que vuelvan.
¿Cómo cree que ha impactado la tecnología en todo esto?
Tiene sus ventajas y sus desventajas. Se supone que la tecnología debe unirnos, pero en realidad nos separa. ¡Qué deprimente es ver que estando con amigos en una cena, cada uno está mirando su smartphone ! Son aparatos que supuestamente deben unir a las personas, pero en general no lo hacen porque la experiencia pasa a ser demasiado mediada. Esto genera grandes problemas y creo que la tecnología está destruyendo cosas que a mí personalmente me importan muchísimo.
¿Cuáles?
Ya no hay más disquerías, por ejemplo. No puedo explicarle la cantidad de horas felices de mi vida que he pasado en disquerías buscando un tema, un single . Y esa idea de revolver bateas… en la computadora no se puede hacer. No sé si la gente dimensiona esto. La experiencia maravillosa de entrar en un espacio donde había 5.000 piezas de música disponibles. Y con la vista se captaba todo: ahora voy a ver la sección de Mozart, ahora voy a ver la sección del jazz. Y se descubrían cosas, cosas que uno no sabía que existían. Ese cambio tuvo impacto en la industria discográfica; la destruyó. Lo veo por mi hija, Sophie, que es cantante. Eso está llegando también a los libros, libro tras libro. Me asusta la idea de un mundo sin librerías y un mundo donde el escritor sea su propio editor.
Tiene una noción un poco oscura del progreso.
Es que es progreso pero a la vez no es progreso. Empeora las cosas, porque todo está más fragmentado que unificado. Las experiencias colectivas. La gente ya no va tanto al cine. Ve las películas en su casa y esa experiencia fantástica de ir al cine y ver la película con otras 200 personas se está volviendo obsoleta.
Sus ejemplos se centraron en lugares: las disquerías, las librerías, el cine. ¿Es eso lo que nos robó la tecnología, la experiencia básica de la espacialidad?
Sí, y las experiencias humanas no mediadas, los contactos que no requieren de artefactos. Pero hay un costado positivo, claro. Debemos decir –y es todo muy reciente– que por otra parte, ahora todo puede registrarse y por lo tanto la mayor parte de la información que recibimos sobre la situación de Siria, y el caos y el baño de sangre que está ocurriendo allí, por ejemplo, proviene de gente que filma los hechos en sus teléfonos celulares, lo envía a cadenas de noticias o lo pone en Internet y podemos verlo, saber, estar allí. Esto es muy bueno y antes no era posible. No parece disminuir la brutalidad o la sed de matar gente pero por lo menos el mundo se entera y quizá pueda actuar.
Le preguntaba por la tecnología porque tengo entendido que usted prefiere pasar sus originales con una máquina de escribir.
Escribo con pluma y luego tipeo en mi Olympia, cada párrafo.
¿No usa computadora?
Sólo para escribir guiones cinematográficos. Tuve una; ya no. No me gusta. No me gusta cómo es el teclado de la computadora al tacto. Mi vieja máquina de escribir tiene cierta resistencia y todo el tiempo está desarrollando sus músculos mientras que la computadora lastima mis manos porque no hay resistencia en las teclas. Todos esos aparatos mecánicos eran maravillosos y mi máquina de escribir, que compré al volver de Francia en 1974, probablemente fue fabricada en 1960 y sigue funcionando estupendamente. Es mucho tiempo. Más de 50 años.
Hemos hablado de globalización, de tecnología, de los cambios que ambas han introducido en la percepción de la vida. Con este marco ¿por dónde diría Ud. que pasa hoy el conocimiento?
Siri Hustvedt, mi esposa, no sólo es novelista; desde hace años está involucrada en el mundo de la neurociencia. Se ha convertido en una figura destacada de ese mundo. Su argumento es – y creo que es brillante– que necesitamos múltiples modelos para entender y actuar sobre el mundo. El error que han cometido muchas veces científicos y pensadores es buscar un modelo único que lo explique todo. Pero no funciona de ese modo, porque a la larga se encuentra la falla y uno se queda sin nada. Hay que seguir acercándose a la vida humana desde múltiples direcciones –filosofía, economía, arte, neurociencias, etc– . Como con las interpretaciones que coexisten de Bartleby, el escribiente , ese cuento infinito de Melville, que leí por primera vez a los 15 años y que me influyó tanto. Admite varias lecturas, todas ellas convincentes. Para algunos hay una respuesta religiosa: Bartleby, este personaje que ante cada petición responde “Preferiría no hacerlo”, es una figura similar a la de Cristo y la cárcel que debe soportar se compara con la crucifixión. Para otros cabe una lectura autobiográfica: Melville escribía sobre sí mismo y Bartleby lo representaría a él como escritor incomprendido. Y hay una lectura psicológica, otra sociológica. Todas son válidas. Cada una tiene algo que agregar a la comprensión de ese relato. Una sola no basta. Creo por ello que no hay una respuesta única: la ciencia no tiene la respuesta, el arte no tiene la respuesta, la filosofía no tiene la respuesta, pero con todo eso junto, podemos pensar quizá cómo dar un nuevo paso para la raza humana y vivir vidas más coherentes. Aunque no soy muy optimista. Siento que hemos ido para atrás en todos los aspectos en este país.
¿Tiene algo que ver su falta de optimismo con los brotes de violencia recientes en los Estados Unidos? Me refiero a la ola de asesinatos que se inició en Aurora con un loco disparando contra la gente en un cine durante el estreno de “Batman”. ¿Qué reflexión le merece todo eso?
Creo que en los Estados Unidos es una cuestión de armas. Pero no es algo simple. Las estadísticas hablan de 270 millones de armas en un país con 311 millones de habitantes. Hay gente enojada en todas partes del mundo pero si no se tiene acceso a las armas, no se puede hacer lo que hicieron estas personas.
¿La respuesta violenta sería una de las marcas de época de la era global?
No, me parece que los hechos de violencia al azar vienen desde hace largo tiempo. Era 1966 cuando Charles Whitman en Austin, en la Universidad de Texas fue hasta la torre del reloj con un rifle y empezó a matar gente que caminaba por el campus. Quince personas murieron y más de treinta resultaron heridas. Fue el primer brote reciente que recuerdo. Mi amigo John Coetzee, el escritor sudafricano ganador del Nobel 2003, estudiaba el doctorado en la Universidad de Texas, y estaba allí cuando eso ocurrió. Tenía 25 años. ¿Cuántos años hace de eso? Imagínese. Hace mucho tiempo y ha pasado una y otra vez. Una de las cosas que más odio de mi país es esta cultura de las armas que tenemos debido a una mala interpretación de la Constitución. Todos en el área del derecho y dentro de la policía quieren el control de las armas, pero como se incluye el derecho en el Bill of Rights , la gente cree que es legal. Aunque la Constitución no dice eso en realidad. Habla del derecho a armar una milicia si alguien nos invadiera. Para mí es triste; es terrible.
En uno de los articulos de “El arte del hambre”, al hablar de la poeta estadounidense Laura Riding, afirma que ella dejó de escribir poesía porque entre la verdad y la belleza eligió la primera. ¿Por qué dejó de hacerlo Ud.? Y en cualquier caso ¿qué entiende por verdad y qué, por belleza?
Para mí no fue una decisión. Fue algo que simplemente no pude hacer más. Me parecía que me repetía y hacia 1979 volví a la narrativa, un género que había escrito sin convicción entre los 19 y los 23 años. Riding, en cambio, tomó una decisión intelectual. Era inflexible, brillante y loca. Y escogió el silencio. Para mí, verdad y belleza son –en el arte– inseparables y se dan cuando el artista toca algo profundamente humano que nos arrastra con el sentimiento de una verdad ganada. Pero opciones hay siempre. Fíjese: Facing the music el título de uno de los libros incluidos en mi Poesía completa se tradujo en castellano como Aceptando las consecuencias , pero quiere decir, en verdad, las dos cosas: es una expresión muy hermosa que alude a la música, pero también a hacerse cargo de la realidad. Cuando alguien delinque y debe afrontar las consecuencias, por ejemplo, se usa esa expresión: Now you have to face the music . Por eso la poesía no se puede traducir, porque de haber dos sentidos hay que elegir y uno se pierde .
Hablemos de lo real y de lo posible entonces. ¿Cómo cree que le irá al presidente Obama en las elecciones del 6 de noviembre?
Creo que ganará. Es mi corazonada. Pero no puedo garantizarlo. Si no gana, estamos en problemas porque los republicanos son idiotas, hipócritas y mentirosos. Y lo que tienen para ofrecer a los EE.UU. es cero; nada de nada. Han frenado todo lo que Obama trató de hacer estos cuatro años. Después dicen que no ha hecho lo suficiente. Bueno, no se puede avanzar con nada.
Acaba de terminar un libro y está preparando otro. ¿Confía en la capacidad de la ficción para incidir en la realidad? ¿Pueden los libros cambiar el mundo?
El arte no es una aventura solipsista, es compartir. Es algo que expresa nuestra humanidad común, de allí su importancia. De allí que sigamos leyendo libros y viendo películas y escuchando música. Genios como Dante, Cervantes, Shakespeare son monumentos de artistas que siguen hablándonos cientos de años después de crear, porque lograron unir belleza y verdad. Montaigne, el creador del ensayo, por ejemplo, cambió en el siglo XVI la forma de pensarnos a nosotros mismos. Nadie antes había sido tan honesto en la página. Un libro como Diario de invierno, hubiera sido imposible antes de él. El abrió la puerta a una nueva forma de pensar el ser humano: sin jerarquías, sin religión; el individuo en su propio cuerpo, rodeado por el cosmos. No sé si podemos cambiar el mundo al escribir pero podemos imaginar cómo podríamos cambiarlo. Siempre he encontrado muy interesante la noción de utopía. Es algo irrealizable y nunca ocurrirá, pero es muy revelador hablar con las personas para descubrir quiénes son y cómo quieren que sea el mundo. Me gusta conversar con ellas y proponerles el juego de imaginar qué harían, qué modificarían. Es casi un reto: “Ahora tenés el poder, usalo.”