martes, 23 de mayo de 2017

TRES TRISTES TIGRES


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por Antonio J. Ponte

Una tarde habanera de 1965 están Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante frente a un grabado antiguo. Lo examinan. El grabado cuelga detrás del escritorio de Carpentier, en su oficina de director de la Imprenta Nacional. Desde ese puesto ha publicado un montón de clásicos de los cuales alardea, entre ellos un Moby Dick despojado de sus muchas alusiones religiosas. Cabrera Infante tiene noticias de esa censura, pero “no ha venido a antagonizar a Carpentier, sino a visitarlo”.
En el grabado hay unos efebos en una balsa rodeada de tiburones. Son una premonición de balseros, podría decirse. Carpentier le hace notar a Cabrera Infante que aquello que se ve al fondo es La Habana. Los dos grandes noveladores de esa ciudad reconocen en el grabado la silueta del Morro. Alejo Carpentier acaba de publicar El siglo de las luces, que goza del favor de las autoridades hasta el punto de que Raúl Castro ha ordenado una edición para el ejército. Sin embargo, lo regañan por un capítulo de su próxima novela, centrada en el proceso revolucionario, y terminará desechando tal proyecto.
Cabrera Infante saca sus conclusiones de ese caso: de quedarse allí estaría expuesto, con muchas más razones que Carpentier, a la censura revolucionaria. Si regresó a La Habana fue para el entierro de su madre, ha intentado volver a Europa y lo han bajado del avión sin ofrecerle razones, por kafkiana burocracia. La Habana comienza a ser su trampa y comienza a ser la capital literaria que terminará discutiéndole a Carpentier, por mucho que ahora se proponga no antagonizar con él. Porque allí, entrampado y luchando por salir, esbozará la versión definitiva de Tres tristes tigres.
Un año antes ha recibido en Barcelona el Premio Biblioteca Breve por una versión anterior, con otro título, de esa novela. Tiene publicado hasta el momento un libro de cuentos y una compilación de sus reseñas cinematográficas de la revista Carteles. No son simples reseñas, él ha hecho por la crítica de cine lo que Borges por la de libros. Ha leído bien a Borges. En La Habana de 1965 comprende que esa primera novela suya no puede publicarse tal como se la premiaron. Porque lo que en verdad debe contar no es la clandestinidad revolucionaria en La Habana, sino la ciudad que ha perdido. No las bombas de unos comandos, sino las bombas sexuales y cabareteras de la ciudad nocturna. A lo que habría que agregar la negativa de la censura franquista.
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El Ministerio de Información y Turismo ha prohibido al editor Carlos Barral la publicación de ese libro primigenio, Vista del amanecer en el trópico. El informe oficial habla de “tendencia marxista esencial en la intención del autor”. De modo que hay que intentarlo otra vez, y es ahí donde entran los tigres. Los tigres y la reescritura. De aquella novela original sobreviven un centenar de páginas y se escriben unas trescientas nuevas. Paradójicamente, su autor se beneficiará de las prohibiciones de dos policías del pensamiento, la de Francisco Franco y la de Fidel Castro.
Si escribe Tres tristes tigres tal como lo conocemos sus lectores es por haber padecido la cerrazón del régimen revolucionario cubano. Porque fue censurado un cortometraje producido por él, clausuraron el suplemento literario que dirigía, le ofrecieron como salida un puesto diplomático en Bélgica y, al volver para el entierro de su madre, encuentra que La Habana ha sido clausurada también. Los habaneros con los que se encuentra son más zombis que tigres, y él no quiere terminar como ha terminado Carpentier, censor de Melville y censurado él mismo.
Si escribe Tres tristes tigres es también porque el régimen franquista objeta la glorificación de la Revolución Cubana de la versión original. Una más benigna nueva Ley de Prensa e Imprenta, la de 1966, permite insistir ante la censura. Carlos Barral pide a Cabrera Infante que escriba al Director General de Información una carta exculpatoria. Cabrera Infante escribe a su censor: “El libro antiguo era una muestra un tanto fácil de literatura ‘comprometida’ –compromiso con un tiempo y una causa y unos hombres, todos pasajeros”. El propio Barral se ve obligado a despedirse del jefe franquista deseándole larga vida: “Es gracia que espero alcanzar del recto proceder de V. E. cuya vida guarde Dios por muchos años”.
Con este nuevo intento la novela rebasa el examen, no sin recortes. Cortan, en nombre de la moral católica, todas las tetas que aparecen. Cortan alusiones al mundo militar, a un deicidio y, muy especialmente, cortan las frases finales del texto. Las pronunciaba una mujer enloquecida, su monólogo iba a perderse en alusiones al catolicismo y es ahí mismo donde la tijera del censor suelta su chasquido, interrumpe a la loca y da a la novela un final memorable. “Ya no se puede más”, reza la última frase permitida.
El funcionario del Ministerio de Información y Turismo deviene en este punto excelente editor literario. Años más tarde, reeditada la novela con las incorporaciones de lo que fuera suprimido, su autor respetará el final creado por aquel censor. Cabrera Infante llega a recordarlo baudelerianamente: “¡Ah, mi querido censor! Cuánto me habría gustado conocerlo, usted que es mi hermano, mi semejante, mi hipócrita lector. Después de todo, ¡los dos hemos escrito el mismo libro!”.
Al final, la presentación de la novela en Barcelona le vale de coartada para salir de Cuba, a donde no volverá nunca. Puede ya considerarse un exiliado político, aunque tendrá la precaución de no reconocerlo en público por el momento. Pues luego de lidiar con las censuras castrista y franquista, le toca sortear la censura del progresismo español y latinoamericano. Ahora que podría considerársele un apóstata, Carlos Barral no muestra ya el mismo entusiasmo que antes para publicarlo, y tienen que persuadirlo Juan Goytisolo y Emir Rodríguez Monegal.

Al año siguiente de publicarse la novela, en una entrevista de Tomás Eloy Martínez publicada en Primera Plana, Cabrera Infante anuncia su ruptura con el régimen castrista. Barral le responde con una carta llena de insultos y rompen relaciones. “El sentimiento de asco es mutuo”, reconoce el novelista, que cita esta advertencia final de quien fuera su editor: “Comunico esta carta... a la Casa de las Américas, a los que seguramente extrañaría mi silencio”. En Barcelona, Barral parece vivir bajo sujeciones no muy distintas a las de Carpentier allá en La Habana. Tal como afirmara Orwell y recuerda Cabrera Infante, no hay que vivir en un país totalitario para dejarse corromper por el totalitarismo.
Julio Cortázar rompe su amistad con él. Vargas Llosa comenta en carta a Carlos Fuentes que le han producido escalofríos “las indecentes frivolidades contra la Revolución de nuestro amigo Guillermo”. Del castrismo no se admite la posibilidad de un exilio. Pocos años después, Juan Benet lamenta que Solzhenitsyn haya podido salir del gulag. El novelista ruso visita en 1976 una España sin Franco, aunque aún con franquismo, y concluye que aquello no puede ser una dictadura. “¿Saben ustedes lo que es una dictadura?”, suelta en televisión. El, que ha visto revistas extranjeras en los estanquillos de Madrid y ciudadanos españoles con libertad de movimiento, cae en el vicio de comparar dictaduras, cae en la tiranología comparada. Ni Solzhenitsyn ni Benet admiten la dictadura que le correspondiera al otro, aunque si el primero yerra por unas pocas señales de libertad, el segundo aboga abiertamente por una mayor represión. “Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Solzhenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir”, admite. “Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Solzhenitsin no puedan salir de ellos”.
Benet aconseja más celo a la policía soviética, Barral rinde cuentas a la policía de Casa de las Américas. Hasta ver publicada su novela, Cabrera Infante tiene que cuidarse de la simpatía del progresismo por los carceleros comunistas. Y podría estar burlándose de ellos, de carceleros y progresistas, en una sección principal de Tres tristes tigres: “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después –o antes”.
Se trata del más raro artefacto de ese libro, donde José Martí, José Lezama Lima, Lydia Cabrera, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén narran el asesinato perpetrado por Ramón Mercader. Es, a la vez, la construcción de un panteón literario nacional y un proceso de autocanonización. El ha descubierto en la recepcionista de la embajada cubana en París a la madre de Ramón Mercader, cómplice del asesinato de Trotski. Caridad Mercader, nacida en Santiago de Cuba y crecida en Barcelona, es protegida secreta del castrismo. El propio Mercader terminará su vida en La Habana. En la figura del asesino de Trotski se entrelazan Cuba y Barcelona, el celo criminal revolucionario y la simpatía intelectual por los totalitarismos, los insultos que le dedica Barral y la diligencia que muestra Barral en notificarse ante los comisarios políticos del castrismo.
No resulta casual que la más extensa de esas parodias corresponda a Alejo Carpentier. Cabrera Infante debió entender que, de todos los maestros a homenajear y batir, era Carpentier con quien tenía que vérselas más particularmente. Admira El acoso y Los pasos perdidos, pero asegura no haber podido leer El siglo de las luces: “Me rechazó la misma enumeración exhaustiva que me lanzó a parodiarla. Sé, sin embargo, que a Alejo lo acosó mi parodia y se vio náufrago en una balsa literaria, amenazado por un solo tiburón lejos del Morro”.
Volvía al grabado que los dos compartieran en su último encuentro en La Habana. Hace cincuenta años, Guillermo Cabrera Infante mostró suma astucia para sortear los embates de tres censuras políticas y publicar su primera novela. La editorial Seix Barral festeja este cincuentenario con una edición de Tres tristes tigres que incluye el historial de las gestiones ante una de esas censuras, la franquista.