sábado, 27 de noviembre de 2010

SAM SHEPARD COMO DRAMATURGO

"LOCOS DE AMOR" SERÍA LA TRADUCIÓN DE UNA DE SUS YA CLÁSICAS OBRAS DE TEATRO

SAM SHEPARD COMO POETA

Sam Shepard es actor, dramaturgo, músico, poeta. Aquí va algo de su poesía
 

A ver si lo entiendo
 
¿Dices
Que te tortura el no poder escribir
O que
No puedes escribir porque estás torturado?
 
¿Dices
Que en estos tiempos te han convertido en un escéptico
O que
Estos tiempos confirman tu escepticismo?
 
Mira, voy a decirte una cosa
Preferiría tener que echarles el lazo a las reses
Que hablar de política contigo
 
Preferiría caer borracho perdido
Debajo de un camión de remolque
 
Tu desesperación es más aburrida
Que el Merv Griffin Show
 
Tu gimoteante lloriqueo
Tus grandes soluciones baratas para la delincuencia
 
Levanta el culo y ponte a cocinar
Haz con tu tiempo
Lo que quieras
Pero no malgastes el mío
 
 
                                      2/80
                                      Santa Rosa, Ca.
 
 
 
 
ambas rodillas en tierra
los codos metidos en la noche
 
es cierta
esta profunda conexión
es indudablemente cierta
 
la tierra transmite un mensaje
lo exhala
lo capto al inhalar
 
mofetas
conejos muertos
el calor del día se escapa
 
tú estás en un tren, lejos
te veo mirando por la ventana
a las afueras de Salt Lake City
 
yo estoy aquí
colgando de la ventana
 
 
                                      29/4/81
                                     Homestead Valley, Ca.
 
 
 

“El lector ideal es el adolescente”

En 1979 revolucionó el mundo de la crítica literaria con su libro La segunda mano o el trabajo de la cita, que anticipó la lógica de Internet. Por eso no sorprende que ahora dedique sus reflexiones al impacto que tendrá el nacimiento y generalización de los libros electrónicos (o numéricos), también conocidos como e-book, sobre escritores, lectores y, más globalmente, la cultura de nuestro tiempo.
Por Eduardo Febbro
Desde París

El historiador y crítico literario Antoine Compagnon contó en un libro delicioso la historia de un hombre que cortaba con una tijera las páginas que no le gustaban de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. De aquel libro monumental –por su extensión y su hazaña literaria y estética– no le quedaban más que unas cuantas páginas selectas. Esa mutilación física de un libro impreso respondía a una selección apasionada. Median muchos años y avances tecnológicos entre esta historia y la formación lenta pero verosímil de un lector numérico (e-book) y de una ficción digital. Antoine Compagnon lleva más de 30 años dando clases de Literatura en la Universidad de la Sorbona, en el College de France y en la Universidad de Columbia de Nueva York. Entre el señor de las tijeras y los señores de los pixeles este autor riguroso y elegante vio esbozarse una amenaza que se hizo realidad: la lectura, la lectura de textos literarios, ha quedado relegada a una función de mera distracción superficial. El libro, que forjó la identidad de Occidente, cede terreno ante las nuevas formas de leer derivadas de la era digital. Al mismo tiempo, la creación de grandes obras literarias, las novelas mundo, se fueron espaciando con el tiempo. En uno de sus libros traducidos al español, ¿Para qué sirve la literatura?, Compagnon se pregunta qué sentido tiene la literatura en estas décadas en que la oferta distractiva estrecha el tiempo de la lectura y las imágenes reemplazan la proyección imaginaria. “Mi fe en el futuro de la literatura –escribió Italo Calvino– consiste en saber que hay cosas que sólo ella puede darnos.” ¿Y qué puede darnos la lectura literaria, qué alternativa nos proponen la lectura numérica o las obras digitales donde conviven la palabra y los objetos multimedia? Compagnon no se demora en la amenaza del fin ni en el lamento por el retroceso de la literatura –que constata–, ni en la proyección apocalíptica. Este autor brillante defiende, más que un género en sí, una práctica: la lectura. “La literatura es un ejercicio del pensamiento: la lectura, una experimentación de lo posible”, dice Compagnon. Es imposible pensar la historia del mundo sin el objeto libro. ¿Qué quedará de su maravillosa contribución al pensamiento, a la transmisión de las ideas, a la comprensión del mundo, una vez que avance su transmutación hacia el libro electrónico? ¿Google fagocitará a Borges e Internet a Joyce? Así como el libro modeló un tipo de humanidad, ¿qué saldrá del objeto tecnológico? Para Antoine Compagnon, la amenaza central no está en el agotamiento de la creatividad sino en la compresión de la masa de lectores. La lectura numérica, en pantalla, y la escritura numérica, articulada en imágenes y sonidos, terminarán forzosamente por “crear” un nuevo tipo de lector. ¿Menos humanista? ¿Menos profundo? ¿Menos reflexivo? Las respuestas son inciertas. Cuando salió el CD ROM, los heraldos decretaron de inmediato el fin del libro. Pero sigue entre nosotros. Compagnon pone de relieve una paradoja: ve en la lectura a través de Internet “una resurrección de la lectura pre moderna, la que precedió a Gutenberg y a la era del libro”.
Con el apoyo de una profusa obra teórica, crítica e histórica, Antoine Compagnon llevó sus últimas reflexiones al territorio de la coexistencia entre la lectura entretenida de la era numérica, la lectura de obras literarias y el imperio de la ideología de la narración, que domina el mundo. Antoine Compagnon es autor de más de una docena de libros, de los cuales dos han sido traducidos al español. El más célebre es Los antimodernos. En este ensayo paradójico, que analiza la resistencia a la modernidad, el autor demuestra cómo las figuras centrales de la corriente antimoderna han sido los auténticos animadores de la modernidad. ¿Será el libro un objeto sustantivo de la modernidad?

Libros electrónicos y libros de papel

–La pregunta que mucha gente se hace, y que ha revestido en los últimos dos años una forma del miedo, consiste en saber si la literatura, la narración en general, debe tener miedo del formato electrónico.
–No se puede responder simplemente por sí o por no. Es evidente que la irrupción de lo numérico transforma muchas cosas. Lo primero que cambia de manera fundamental es nuestra manera de leer. ¡Hasta yo leo cada vez más en una pantalla!: prensa, artículos, informes y libros. Nuestra lectura pasa de lo impreso a la pantalla y esto cambia cosas fundamentales en nuestra forma de leer. También se puede decir que, cuando estamos ante una pantalla, operamos en multitarea porque realizamos unas cuantas actividades simultáneas. La pantalla sirve al mismo tiempo para comunicar, hablar por teléfono, intercambiar mensajes, etc. La lectura de la literatura era un gesto solitario, bastante aislado, que exigía amplias playas de tiempo. Leer supone largos momentos sin distracción. Creo que hay un aspecto muy importante de la literatura que se ve modificado con los cambios de los modos de lectura. Pertenezco a una generación que primero leyó libros impresos y ahora lee en superficies numéricas. Las próximas generaciones aprenderán a leer sobre pantallas. Se están produciendo cambios profundos. Hay menos lectura impresa, por consiguiente menos lectura de libros. Es lícito entonces tener cierta preocupación sobre la lectura de la literatura. Agrego, además, que está la literatura que se lee y también la que se escribe. No veo entonces cómo la literatura que se escribe puede escapar a todos estos cambios tecnológicos. Habrá sin dudas nuevas formas literarias ligadas a los nuevos medios. Creo que veremos aparecer una literatura numérica de la misma manera que en el siglo XIX vimos aparecer los relatos por entregas en los diarios. Esos relatos cambiaron el curso de la historia de la novela. Así, entonces, si la prensa trastornó la novela no creo que la literatura pueda mantenerse a salvo de las transformaciones derivadas de la era numérica. Destaco que siempre habrá literatura, siempre tendremos creadores. Ese no es un tema que debe preocuparnos. Los creadores incorporarán los soportes numéricos a sus creaciones. Eso ya existe en los Estados Unidos, los llamados libros multimedia que incluyen elementos audiovisuales. En cambio, sí podemos preocuparnos por la lectura misma. Nuestro tiempo está fagocitado por la electrónica. Las prótesis numéricas que nos rodean rara vez nos dejan solos.
–Usted decía que resulta difícil leer a Proust o a Hegel de manera prolongada en una pantalla.
–Sí. Sigo asociando esas grandes novelas al objeto libro. Hoy hay muchos soportes: iPad, el Kindle de Amazon. Reconozco que, desde hace un año, los lectores numéricos se han acercado al libro impreso. Pero tampoco debemos olvidar que el libro impreso es un objeto tecnológico muy perfecto, muy ideal. El libro en sí es muy económico, manuable, liviano en relación con la información que puede contener. No creo que este objeto tecnológico vaya a desaparecer muy pronto, incluso si hoy tenemos la oportunidad de leer las grandes novelas de la adolescencia en un iPad o un Kindle.

La imagen contra el imaginario de la palabra

–Usted anticipó hace poco que con los nuevos soportes para leer, nuestra lectura será más en imágenes y menos imaginaria.
–Lo que quise decir es que, por ejemplo, con los libros multimedia vamos a clickear sobre un link y tendremos imagen y sonido. Frente a esto, el libro impreso tiene dos atributos para la literatura y la novela: uno, cuando leemos un libro impreso tenemos el control del tiempo en relación con la imagen. Cuando estamos en una novela, el tiempo es el tiempo del lector. Puede acelerar, aminorar, hacer una pausa, volver a leer. No es lo mismo que un libro electrónico, incluso si miramos un DVD no es igual al movimiento del pensamiento a través de un libro. Dos, el otro gran atributo del libro es la dimensión imaginaria. Nos figuramos y nos representamos lo que leemos. El mundo numérico es el universo de la imagen total, un mundo en el cual hay menos lugar para el imaginario. Eso es lo que quise expresar cuando hablé de una lectura más en imágenes y menos imaginaria. Quise manifestar el temor de que la facultad imaginaria ligada a la literatura se vea sacrificada en un tipo de literatura numérica y multimedia.
–Tendremos tal vez una situación paradójica: habrá más lectores, pero serán menos profundos.
–Sí, la meditación, lo que está auténticamente ligado a la lectura solitaria y prolongada del libro puede diluirse.

El humanismo de la era numérica

–La cultura occidental ha sido modelada por el libro. ¿Qué tipo de cultura y de ser humano puede modelar la era numérica?
–Esto plantea grandes interrogantes. A veces se dice que el sujeto moderno tiene al lector como modelo. Esto nos remite a Montaigne, a la irrupción de la subjetividad, de la identidad, de eso que se forja a través de la lectura. La identidad se reconoce a través del movimiento de la lectura. Si la correlación entre lectura, libro e identidad es muy fuerte no es menos cierto que estamos asistiendo a grandes cambios que van más allá de la técnica. ¿Acaso es una gran época que se cierra o un marco histórico que se agota? No pienso que haya que llegar tan lejos en la afirmación. Sin embargo, los cambios que se producirán son fundamentales.
–Nuestra más crujiente actualidad se conecta con un ensayo suyo de los años ’80, La segunda mano. En este libro delicioso sobre el arte de la cita usted escribió que lo único que hacemos es glosar y entreglosar. En este sentido, Internet es el imperio de la glosa, una suerte de pozo infinito de la cita y de la copia de lo que otro ya escribió antes. ¿Esa dimensión de la cita-copia también cambia la lectura y la escritura?
–Sí, absolutamente. En lo que se refiere a Internet, podemos hablar perfectamente de oralidad, de una suerte de régimen oral. Internet es una suerte de resurrección de la lectura premoderna, la que precedió a Gutenberg y a la era del libro. Esto nos reenvía al Renacimiento. La tecnología actual consagró la intertextualidad y, en cierta medida, la muerte del autor.
–¿Internet nos permite elaborar una novela infinita, colectiva?
–¿Acaso veremos aparecer obras colectivas? Soy escéptico ante esta idea de creación colectiva. Sigo persuadido de que la obra literaria pertenece a una sola persona. Desde luego, hay ejemplos de obras escritas a cuatro manos, pero no son las obras más memorables de la literatura. Es una utopía abierta. Las novelas mundo como las de James Joyce, Dostoievski o Proust tenían un jefe de orquesta para todas esas músicas y palabras.

La invasión de la ideología del relato

–Usted dice una frase clave: la novela mundo. Ese tipo de obras literarias maravillosas, que abarcan el destino humano, han desaparecido de la cultura moderna.
–¡Claro que sí! Y podemos decir que ese tipo de novelas nos hacen falta. Pero tampoco hay que dejar de lado el hecho de que la producción literaria, la producción estética, siempre fue muy importante. Frente a esto, la cantidad de obras memorables no es considerable. Pero es cierto que en la literatura francesa y europea hace tiempo que faltan novelas con esa envergadura, con esa capacidad de aprehender el mundo en su variedad, en su profundidad y complejidad. Esperemos que esa obra surja pronto. No hay nada fatal en esta ausencia. No diría que se trata de un encogimiento definitivo de la literatura. Hubo muchas tesis para explicar la ausencia de novelas mundo: se dijo que la culpa la tenía la teoría de la literatura, que la literatura francesa se marchitó por culpa del Nouveau Roman, otros dijeron que la culpa la tiene la democracia porque la literatura iba mejor bajo el régimen soviético que cuando se cayó el Muro de Berlín. Hay algo cierto en todo esto: la democracia, la sociedad de consumo, etc., etc., no son propicias a la creación literaria. Pero el pesimismo no debe imponerse. Estoy seguro de que la novela mundo incorporará imágenes y sonido, que nos propondrá una lectura hipertextual, un montón de links, que tendrá su propio portal Internet y que no dejará afuera a la literatura.
–Con todo, esa ausencia de novelas mundo se acompaña de otra particularidad: el ataque sistemático contra el relato literario.
–La condena del relato es típica del movimiento moderno. El relato como una trampa, como una ilusión, en todo el movimiento moderno hay una voluntad de terminar con el relato. Pero claro, no se puede terminar con el relato porque necesitamos relatos para imaginar, para conocerse, para comprenderse, para verse. El relato siempre renace de sus cenizas. Paradójicamente, hoy estamos en una ideología del relato. En los últimos años se impuso la idea de que es preciso contar relatos: en la publicidad, en la política. Si no se producen relatos no se es capaz de integrar a los interlocutores. Convencer consiste en tener un relato en el cual el otro puede encontrar su lugar. Estamos entonces en una ideología del relato muy fuerte. La psicología, la filosofía, la sociología nos dicen que para vivir feliz hay que tener un relato. Este reino de la ideología del relato no equivale a decir que la literatura produzca obras de calidad.
–Hay una suerte de oposición hiper-moderna entre el relato espectáculo y el relato literario.
–El relato político, publicitario, psicológico o sociológico es un relato de adaptación. Se trata de un relato de orden, casi de manipulación. La forma de la retórica contemporánea pasa por el relato. En contraposición, la propiedad del relato literario consiste en perturbar el orden, en molestar. Si la literatura no molesta deja de ser literatura y se convierte en pasatiempo, en diversión. La literatura descoloca, desconcierta, provoca. Eso es precisamente lo que no hacen los relatos confortables que nos propone el mundo contemporáneo.

El adolescente como lector ideal

–Usted le ha dado un lugar privilegiado a ese ser plural y anónimo que es el lector. ¿Cuál es para usted la figura del lector ideal, aquel que encarna mejor la persistencia de los valores culturales?
–Para mí, el lector ideal es el adolescente que, en la literatura, en las novelas y también en la poesía, descubre quién es, descubre el mundo. Estamos aquí ante una de las dificultades contemporáneas: la transmisión de la cultura y de la literatura a través del acceso a la lectura de los adolescentes y de los adultos jóvenes. Los jóvenes leen hoy, hay una literatura infantil atractiva y bella, pero nuestra sociedad contemporánea, en particular la escuela, tiene dificultades para que los jóvenes pasen a la lectura adulta. Se ha producido un corte: las mujeres leen, los muchachos no. Se produjo una virilización de la lectura. Nuestras sociedades tienen aquí un problema. Cómo hacer para que los chicos pasen de los libros con imágenes a los libros sin ellas.
–La lectura, en suma, perdió su valor de iniciación.
–Claro, porque esa iniciación puede obtenerse por otros medios: el cine, la televisión, los juegos informáticos, que son también formas de relato. Pero volvemos a lo que hablábamos recién: estos soportes constan de imágenes y el imaginario no trabaja. Estamos en una puesta en escena y en una puesta en imágenes globalizada del relato.
–A la lectura también le faltan sus guías: la crítica literaria como tal se ha esfumado al tiempo que los escritores, que antes escribían sobre otros autores, no se exponen más.
–Una cierta forma de crítica literaria desapareció. Para mí, la crítica literaria está ligada a la conversación sobre los libros. Hay mucha gente molesta porque Internet ofrece una clara degradación de la crítica literaria, una suerte de crítica salvaje. Lo que sí es cierto es que la crítica literaria incitativa, directiva, prescriptiva, desaparece. La crítica literaria no tiene repercusión en los lectores. Ahora bien, lo que más falta es la crítica hecha por escritores. Había una gran tradición de escritores que escribían sobre otros. Todos los grandes escritores del siglo XX escribieron sobre los autores clásicos y contemporáneos. La ausencia de crítica de autor me resulta inquietante, como si los autores ya no se leyeran más entre ellos. Tal vez ello explique por qué no tenemos novelas mundo.
–Alguien comentó en un avión que el autor ideal para la lectura numérica y las pantallas era Jorge Luis Borges.
–Sí, por qué no, es perfectamente plausible. Después de todo, Borges originó todas nuestras reflexiones sobre la intertextualidad, etc. El nos llevó a pensar en esos temas. Por qué entonces no leer los cuentos de Ficciones o La Biblioteca de Babel en un iPhone o un iPad. Sería una forma de justicia hacia Borges.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

MANIFIESTO DADAISTA- TRISTÁN TZARA

Manifiesto dadaísta de Tristan Tzara

El clímax de la provocación
Por Gonzalo Valdivia Dávila, en 7 de noviembre de 2008
Tristan Tzara (1896-1963) fundó el movimiento dadaísta en 1916, proclamando ser la mayor fuerza capaz de subvertir el curso del arte y del pensamiento. En la historia, el Dadá tuvo corta vida, pues tanto Tzara como otros autores dadaístas se pasaron al surrealismo de André Breton. El manifiesto dadaísta se opuso  a la vigencia de la lógica, a la influencia de la moral en el arte, por ser producto de las discusiones de los filósofos,propuso la irracionalidad, la protesta desde el arte mediante la subversión estética.
Planteó dudar del psicoanálisis, de las intenciones morales y didácticas en la literatura. Quiso transgredir toda norma, en su manifiesto blasfema mucho, pero por momentos revela una fe en ruinas. No teme ser inconsecuente, porque considera la vida como expresión de contradicciones. Sin embargo se notan los límites de su proyecto, pues este texto no estaba tan madurado como el manifiesto surrealista, que no desechó el psicoanálisis ni intentó romper con la cultura vigente hasta su fecha.
Los lectores que quieran leer gratis este manifiesto, disponen del siguiente link:
http://www.ideasapiens.com/textos/Arte/manifiesto%20dadaista.htm
 
El arte contra la lógica: Esta propuesta tan arriesgada no tiene mucho asidero en el futuro, pues sabemos que con la lógica progresa la ciencia, el lenguaje y todo campo del logos o discurso del conocimiento. Además la lógica libera de errores de cálculo y clarifica el esbozo y conceptualización de ideas. Oponerse a la lógica es evitar la explicación del hecho artístico, esto no es malo, pero es necesario hacerlo fuera del texto literario es decir en el paratexto, allí hay lugar para la teoría y la crítica.


Tzara proclama el egoísmo en el arte, la obra es solo para el artista quien no busca convidarla, hacerla comprensible es tarea de los periodistas. Los códigos estéticos del artista no deben ser revelados al profano, además la explicación malogra el misterio del texto literario. No se pueden negar estas pretensiones, pero si hubo necesidad de atenuarlas en su momento. Hoy más que nunca la literatura se retroalimenta de sí misma, y este feedback es natural en un mundo letrado.
El grito de Tzara busca opacar la lógica, ensanchar el término del arte, incluyendo trabajos que no han tenido un proceso muy cuidadoso, como el que sigue las formalidades de una obra canónica. En el mundo de hoy, su propuesta está desfasada y superada, puesto que la literatura hoy más que nunca una carrera profesional, donde la guía de expertos y la vida universitaria es vital para asimilarla. No se puede construir un edificio sin cimientos, menos el arte sin la técnica en orden a la lógica.
 
Un arte sin moral: No es necesario que un arte se distancie radicalmente de la moral, es obvio que moralizar por el arte aburre, satura y recarga. Pero la moral es un orden de pensamiento ineludible en el ser humano, incluso el delincuente le tiene presente para trasgredirla según sus fines. Parte de esta negación de la moral está en la blasfemia recurrente en su manifiesto y en su crítica a la bondad y caridad, esto evidencia la influencia de Nietzsche. Carecer de moral sirve para provocar.
La moral es parte del ethos de las naciones, de los oficios y profesiones, es cierto que conecta con la lógica, otro enemigo de Tzara, pero el peligro de atacar todo lo establecido es el salirse del mundo, del orden del pensamiento. Para Tzara, la moral sirve a los fines de la burguesía, quienes limitan al hombre con reglas establecidas. El pide que la lectura se vuelva un acto de furia, donde el hombre pueda protestar contra los sistemas establecidos y no consumirse por la moral.
Un arte desmoralizado puede regodearse  en lo grotesco, lo abominable, sin embargo el arte nació para imitar la naturaleza y buscar la belleza, que a veces se expresa idealizada, pero esto vale como esfuerzo de depurar el lenguaje, hacia un código artístico trascendente. Tzara insiste en que Dadá no significa nada, lo que vale es su actitud de asco, de querer barrer lo establecido, pero en esta empresa su movimiento se desgasta, tanto como los excesos del manifiesto futurista de Marinetti.
 
Vivir en provocación: Si se vive en provocación constante, se pierde  la paz, es función del arte brindar solaz, tanto al receptor como al emisor de la obra de arte. El ocio placentero no busca ganar enemigos, pues el conflicto tiene un límite. Querer presentar un pastiche o un texto descuidado, agravado por la ira y la protesta con lo establecido remite a un periodo circunscrito en el tiempo. Se está contra un grupo o postura intelectual empírica en el curso de la historia, el tiempo es el límite de ello.
La provocación implica un círculo vicioso que se vuelve contra su autor, generando el rechazo del lector. De todas formas este es el inicio del dadaísmo, que terminó en la deserción de sus exponentes hacia el surrealismo. El dadaísmo corresponde a una etapa de experimentación de la vanguardia, donde se daba más importancia a la novedad que a la temática. En el surrealismo hay más madurez y una propuesta que no reniega de la ciencia y cultura precedente para integrar el sueño a la vigilia.
El dadaísmo se cortó sus alas al considerar a la lógica una complicación y una falsedad. Aun los sueños como expresión del inconciente deben procesarse por la lógica para ser decodificados. Respecto a la exclusividad, no hay una ecuación que asegure que por no ser comprensible la obra de arte, esta tendrá más calidad. O que la obra que haya provocado más sea la más creativa, inteligencia y novedosa. El arte crea sobre el terreno de sus reglas y métodos, cambia el estilo pero no la referencia.
Conclusión: El manifiesto dadaísta de Tristan Tzara fue un alarde de provocación que en su inicio anunció su vencimiento. La provocación exacerbada, la ruptura con la lógica y la proclama de la antimoral como moral, saturan rápido. El arte debe ser convidado, de lo contrario tiene pocas posibilidades de subsistir. Su fracaso se probó cuando todos los dadaístas se pasaron al surrealismo. Su falta de madurez lo hizo caer en la falta de significancia, pues para Tzara Dada no significaba nada.
Fotos:
“tristan_tzara” de famouspoetsandpoems.com
“Tristan_Tzara” de i22.photobucket.com
“T267406A” de images.encarta.msn.com
“tristan_tzara” de carminandres.com
“dadahead” de fusionanomaly.net
“tzara_tristan_room” de socialfiction.org

jueves, 18 de noviembre de 2010

MIGUEL HERNÁNDEZ- recitando

Marcos Ana: "Miguel Hernández murió de franquismo en una cárcel de España y el Gobierno tiene pendiente anular su condena a muerte"



Repleto hasta la última localidad, el teatro del Centro Cultural de Valdebernardo, distrito de Vicálvaro, fue escenario el pasado 14 de noviembre de la representación de "Sino Sangriento", el "Homenaje a voz ahogada al poeta Miguel Hernández", que los presos políticos del penal de Burgos montaron en la clandestinidad con ocasión del 50 aniversario de su nacimiento, en 1960. Las sobresalientes interpretaciones del grupo de teatro Atrefu, que ha tenido la iniciativa y el coraje de montar esta obra medio siglo después, recuperándola para los escenarios, no dejaron indiferente a nadie. Son muy jóvenes, pero conviene ir tomando nota de sus nombres porque vienen a refrescar el panorama teatral español: Sara Solís, Raquel Casas, Irene Cabezas, Elena Verdú, Mariano Castellano, Rosa María Calvo, Susana González y Roberto Álvarez Nistal, quien además funge como director de este talentoso grupo de actores formado en Fuenlabrada.
Para las asociaciones de vecinos de Vicálvaro, la representación de "Sino Sangriento" suponía el colofón de una serie de actos de homenaje al poeta de Orihuela, que se han venido desarrollando en forma de páginas dedicadas en el periódico del distrito, premios del Festival de Cuento y Poesía, grafittis, etc.

La representación contó además con el aliciente de la participación del poeta Marcos Ana, amigo personal de Miguel Hernández y Rafael Alberti, quien dirigió "Sino Sangriento" en el penal de Burgos, en su representación original, y ha supervisado el montaje del grupo teatral Atrefu.

Fernando Macarro Castillo se rebautizó en la cárcel como Marcos Ana, tomando el nombre de su padre, fusilado durante la guerra, y el de su madre, quien fue encontrada sin vida en una de las zanjas que rodeaban la prisión de Burgos, a la que cayó mientras trataba de ver a su hijo, que acababa de recibir su segunda condena a muerte.

Antes de comenzar la representación, Marcos Ana dirigió unas palabras al abarrotado auditorio que, por su lucidez y su vibrante actualidad, merece la pena transcribir.

"Soy feliz de estar esta tarde con vosotros y agradezco el reconocimiento que hacéis de mi vida y mi obra. Quisiera recordar a esos héroes oscuros, anónimos, que han sufrido lo que yo. Yo soy un privilegiado, pese a haber pasado 23 años en la cárcel, dos penas de muerte y haber sufrido todas las violencias de la dictadura.

Deseo rendir homenaje a los hombres y mujeres sin nombre que lucharon por la democracia en España. La representación que vais a ver fue escrita por un grupo de presos en el penal de Burgos, en 1960. Lo hicimos protegidos por la seguridad de la noche, una seguridad un tanto incierta, en un escenario construido con mantas y sábanas, a voz ahogada, ante el temor de ser sorprendidos en cualquier momento por los carceleros. Era sobrecogedor ver a cientos de presos sentados en el suelo, mientras oíamos los pasos de los guardianes y los alertas de los centinelas. En un papel dminuto, enrollado en un tubo de pasta de dientes saqué el texto de este homenaje.

Miguel Hernández fue uno de los grandes representantes de la Generación del 36. No le dejaron siempre estar en primera línea como poeta. Luis Aragon decía que libros como La Capital de la Gloria, España en el Corazón o España, aparta de mí ese cáliz, habían alcanzado la gloria de la poesía épica española.

Miguel Hernández escribió a pie de guerra. A la luz de una vela en una tronera, en el rincón del patio de una prisión. No es justo que no se señale, con la estatura que tuvo.

Murió asesinado. Murió de franquismo en una cárcel de España. Lo dejaron morir de tisis.

Hoy se quiere presentar a Miguel Hernández como un hombre de la "poesía pura". Tratan de despojarle de su compromiso político y de su militancia comunista. Tratan de presentarle como un poeta en las nubes. En la exposición que sobre su persona realiza la Biblioteca Nacional puede verse su carnet del V Regimiento, del Partido Comunista de España.

La deuda del Gobierno con Miguel Hernández: anular su condena a muerte

Hace unos meses me llamó la Vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. Me dijo que iban a ir a Alicante a ofrecer a la nuera de Miguel Hernández y a su nieta una reivindicación moral, un escrito firmado por el Ministerio de Justicia.Yo acompañé a esa delegación, y quise decirle a nuestro Gobierno que todavía tiene cuentas pendientes: la anulación de la condena a muerte de Miguel Hernández y de todas las condenas contra los represaliados por la dictadura.

Tenemos presentada una querella al Tribunal Supremo para que se revise la causa de Miguel Hernández y se anule su condena a muerte. Esta obra que hicimos los presos políticos es una aportación. Tras el escenario había una banda de música. Elaboramos flautas con los palos de las escobas, y con ellas íbamos tocando "La Cucaracha", "La Marsellesa" o "La Internacional" en sucesivos momentos de la obra. Nuestras familias eran un puente entre nuestras cárceles y el mundo.

En mi libro he tratado de sorprender la realidad por el costado más humano, para que llegue al corazón de la gente.

Cuando llevaba 22 años encarcelado, me di cuenta de que me costaba recordar las cosas más sencillas de la vida. Antes volvía a la vida a través del sueño, pero llegó un momento en que la cárcel se impuso como la protaginista de mi vida y de mis noches.

Miguel Ángel Asturias me decía: cuando me pongo a escribir siempre tengo un diccionario de sinónimos. Cuando me sale una palabra demasiado sencilla la cambio por otra más inédita, para enriquecer la literatura. Yo he hecho justamente lo contrario.

Salí en libertad en 1961, pero no tenía tiempo de escribir. No podía sentirme libre mientras quedara un solo hermano mío encarcelado.

Me visitaban muchos nietos de abuelos fusilados, reunidos en la asociación "Memoria y Libertad". Me impresionó que la juventud de hoy no supiera lo que ha pasado en España. Escribí este libro para contribuir a la memoria histórica, para que lo que hemos vivido nosotros no sea posible nunca más.

Lo que está más viva es la memoria de los vencedores, que está en los engranajes del Estado, que está en el Tribunal Supremo, que depende más del pasado que del presente. Hay jueces que formaban parte del Tribunal de Orden Público. Eso no quiere decir que nos lleve un espíritu de venganza. No se puede establecer un juicio salomónico. Lo que pasó en la zona republicana en los primeros meses fue producto de la tensión desatada por el pronunciamiento fascista y no formaba parte de la política del gobierno republicano. El otro bando se pasó 40 años matando: era el ideario del régimen franquista, arrancar de raíz cualquier asomo de idea diferente.

La venganza no es un ideal político. Lo único que queremos es que se reconozca a los hombres y mujeres que lucharon por la democracia en nuestro país.

Es capital que tomemos contacto con la juventud. Los veteranos hemos luchado mucho, tenemos cicatrices. Es necesario diferenciar entre las ideas y los instrumentos. Los instrumentos son los hombres, y son necesariamente imperfectos. La bondad de las ideas está ahí. Por eso sigo siendo comunista.

A veces los veteranos no somos capaces de encontrar el lenguaje para llegar a la juventud. Un día recibo una carta de una muchacha de Málaga, que ha aprobado el bachillerato y cuyos padres le han regalado mi libro. Me escribe diciéndome que a ella le inculcan que debe esforzarse por lograr su meta personal, pero que ella ha visto que nosotros luchábamos por un futuro para todos, y ella también quiere luchar por algo que vaya más allá de sí misma. Muchos jóvenes están esperando un mensaje que los ponga en línea y que les permita luchar por algo que vaya más allá de ellos mismos.

Al futuro no podemos ir solos

No he escrito el libro pensando sólo en los camaradas, sino en aquella gente que todavía no nos comprende.

Quería hacer la segunda presentación del libro en Burgos. Quedé sorprendido cuando el alcalde del PP, Aparicio, dijo que el homenaje a Marcos Ana lo hacia el Ayuntamiento. Me di cuenta de la amplitud que puede tener un mensaje. Hay matices en el pensamiento de la gente. Me regalaron 7 rosas rojas (los años en que estuve condenado a muerte, los más difíciles) y 14 rosas blancas, por los años que pasé preso en Burgos, ya sin que mi vida estuviese amenazada de muerte.

Tenemos que ser muy amplios. Al futuro no podemos ir solos.

Una vez en Cuba me encontré con el Che. Era un hombre austero. Me habían preparado una pequeña recepción en Santiago de Cuba. Algo modesto, pero era un momento muy difícil en el que la gente estaba pasando por muchas privaciones. El Che llegó y reprendió a los compañeros. Digo esto como ejemplo de que los comunistas tenemos que ser austeros y sencillos, sobre todo cuando estamos en el poder.

Los jóvenes están agrupados a su manera, porque no se fian de los partidos. La política es un circo. Requieren una ética distinta para hacer política. Están activos en los movimientos alternativos.

Hace falta tiempo para ser joven: soy un chaval de 90 años.
La solidaridad no sólo es una palabra hermosa. Antiguamente, los pueblos vivían lejos los unos de los otros. Pero hoy son muy cortos, terriblemente cortos, los caminos que unen lo que sucede en Afganistán con nuestras casas. Nadie puede sentirse seguro en su pequeña libertad si considera lejana la esclavitud de los demás.

Hay que dignificar la política, y por eso hay que exigir mucho a nuestros representantes,

Soy un chaval de 90 años. Sigo viviendo en una vorágine.

Yo salí libre a los 42 años. Llegué tarde a mi juventud. Pero, como dijo Pablo Picasso: "Hace falta tiempo, mucho tiempo, para ser joven".

Enlaces recomendados:

Marcos Ana: http://www.marcos-ana.com/?page_id=2

"Sino Sangriento", video resumen de la representación en el Ateneo Republicano de Fuenlabrada por el grupo Atrefu: http://www.youtube.com/watch?v=WfONU-0v8AE
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
rCR

lunes, 15 de noviembre de 2010

CLAUDIO MAGRIS

Las mil y una historias

Narrador, crítico literario y ensayista, el italiano Claudio Magris es uno de esos intelectuales que saben combinar en dosis precisas la erudición, la opinión y el entretenimiento. Alfabetos (Anagrama) muestra con creces esta combinación y revela la diversidad de autores, textos y temas que ha abarcado en los últimos diez años, en especial en sus artículos del periódico Corriere della Sera. Aquí se reproducen algunos de esos textos que recrean la epopeya de Robinson Crusoe, la lucha de las Madres de Plaza de Mayo y una reflexión sobre la literatura en tiempos de Dan Brown y El Código Da Vinci.
Por Claudio Magris

ROBINSON Y LOS ROBINSONES

Recién salvado del naufragio y arrojado por las olas a la isla desconocida y solitaria, Robinson Crusoe, apenas instalado en un refugio provisional, organiza un sistema para medir el tiempo y –en la angustia de su situación y en la incertidumbre de su suerte– hace un verdadero y auténtico balance (mejor Balance, con mayúscula) “del estado de sus asuntos”, de lo bueno y lo malo de su situación, náufrago pero superviviente, separado del mundo pero en una isla no demasiado inhóspita ni peligrosa, solo pero provisto de muchas cosas que el mar arrastra a la playa. Realizado en unas tablillas, este balance de lo perdido y lo mantenido libera la mente de Robinson de la angustia por su situación, impide que su razón se precipite en el pánico; no afecta a una esfera de la actividad sino a la vida entera, y lo recibe con placer físico, casi sensual, como las ásperas ropas sobre la piel, el calor del fuego y los olores del bosque.
La epopeya burguesa de la conquista del mundo desconocido, de la que la novela de Defoe (1719) es la primera y más grande expresión poética, vive la economía como fuerza vital, el fluir del dinero como la impetuosa circulación de la sangre; también la contabilidad es aventura, como los tráficos y los naufragios que ésta registra. En la isla desierta de Robinson ni hay dinero ni es necesario; no existe el valor de cambio: “Sólo tenía Valor lo que podía Utilizar”. Pero la partida doble abarca todo; la construcción de la casa en el bosque, la exploración de los alrededores, la caza, el miedo, la oración y la fe en la Providencia, como decía Marx. El tiempo, en esa lucha solitaria por la supervivencia, es más que nunca dinero. Las tempestades de la naturaleza alteran la existencia y el orden preestablecido, pero toda acción humana es Proyecto, planeado racionalmente y vivido con pasión; ninguna obra, dice Robinson en la selva, “puede emprenderse antes de calcular los Costos”. (...)
Un gran libro no se agota nunca en las interpretaciones ideológicas, que no lo empobrecen sino que lo enriquecen, demostrando su inacabable riqueza que a cada época, como a cada lector, desvela nuevos aspectos y nuevos significados y responde así a las diferentes preguntas de las generaciones que se suceden. Cuando Marx lee y discute sobre Robinson Crusoe es como Platón cuando lee y discute sobre Homero, yendo más lejos que él, pero sólo gracias a él, y encontrándoselo a cada paso inesperadamente delante.
Robinson Crusoe es el libro de aventuras por excelencia, uno de esos magníficos libros en los que cada línea es insustituible, pero cuya grandeza es tal que puede ser captada incluso a través de resúmenes y adaptaciones reducidas como las que nos dieron a conocer a casi todos nosotros, en la infancia y adolescencia, esa historia inmortal, cuyo sentido esencial también resplandecía en aquellas sencillas versiones. (...) Esa gran y libre aventura de Robinson, que ensancha el corazón y lo abre a paisajes infinitos y a episodios arriesgados y tenaces, es asimismo una de las más grandes parábolas de la modernidad, de la que Defoe es “un Padre Fundador” (Cavallari). Robinson continúa y al mismo tiempo transforma la novela de aventuras y de viajes de los siglos precedentes; su pluma conquista lo desconocido y lo imaginario a la realidad y al conocimiento, puntillosamente práctico y utilitario, ampliando el viaje a una nueva alegoría moral del individuo moderno.
Robinson es el nuevo homo oeconomicus, un protestante capitalista entregado ascéticamente al trabajo; Defoe, que también ha narrado en otras obras maestras –poéticamente todavía más importantes– las desprejuiciadas hazañas eróticas de Moll Flanders y Lady Roxana, hace de Robinson un personaje sin vida sexual, “Adán sin Eva” (Cavallari): en la penúltima página, matrimonio tardío, paternidad y viudez del héroe se resumen en dos líneas y media, dentro de un total de trescientas páginas. Con el buen salvaje Viernes, Robinson vive en fraterna y democrática amistad, pero él es dueño y señor de la isla, vanguardia de la colonización blanca, encarnación bifronte de la ambigüedad del progreso, que lleva civilización y dominio, libertad y nuevas esclavitudes, en una trágica espiral que marca el pecado original de la modernidad.
En muchas historias precedentes de mar y de naufragio, la isla a la que arribaban muchos fugitivos, amotinados y rebeldes, era un refugio, un lugar de pureza y libertad donde escapar de los males de la historia y la sociedad; en cambio Robinson –como tantos imitadores suyos– vive la isla al principio como un exilio de la civilización y después la goza casi como una colonia. Profundamente religioso, Robinson es el adalid de una religión ilustrada del progreso y de la técnica que poco a poco absorbe cualquier trascendencia en una despiadada y niveladora secularización; como Ulises disuelve con su racionalidad el encanto –y el horror– del mito, de las sirenas y de los cíclopes, Robinson tritura la poesía de la vida en la férrea ejecución del Proyecto, en la finalidad social a la que se someten todas las diversidades de la existencia, y la novela es la sobria y muy poética representación de este triunfo de la prosa burguesa.
Defoe es al mismo tiempo cronista neutral, cantor imaginativo e inevitable develador del nuevo homo oeconomicus, destinado a dominar el mundo, y del capitalismo, la fuerza más revolucionaria, subversiva y desarraigadora de la historia, con su vitalidad creadora, destructiva y autodestructiva como el hado. No es casualidad que sea uno de los creadores si no el creador –después del Quijote– de la novela moderna, el género literario que asume en su propia forma la vitalidad, la vulgaridad, lo prosaico, el compromiso y la contradicción de la modernidad burguesa. Defoe capta este mundo en sus grandes novelas y lo refleja sin prejuicios en su trabajo de gran periodista que, consciente de cuánto condiciona el poder económico la libertad de prensa, logra decir la verdad confundiendo a quienes le dan trabajo, ya que pasa de los liberales a los conservadores para expresar ideas liberales, cobrando a menudo de los unos cuando trabaja para los otros.
Como decía Trevelyan, es el primero en ver morir el viejo mundo con ojos modernos; el primero en advertir que Europa y Occidente ya no eran capaces de comprender, de exorcizar, de integrar al Otro que estaban descubriendo y conquistando, ni de librarse de su fantasma. Como conviene a la obra maestra de un autor a menudo sin un céntimo, pero consciente del nuevo papel del dinero y del mercado, Robinson Crusoe fue el primer best seller de la literatura mundial: ya en la bibliografía de Ullrich, editada en 1898, se habla de 196 ediciones, muchas de ellas aparecidas muy pocos años después de la primera, y de 110 traducciones (incluidos gaélico, bengalí y turco). Por otra parte, la novela tuvo innumerables imitaciones y refundiciones, sobre todo en Alemania, donde aparecieron las llamadas Robinsonaden, cuyo número oscila en torno a las 200-250, si bien –como he podido verificar personalmente tras haber leído un centenar de ellas– es difícil establecer una cifra precisa, porque con frecuencia se superponen y se plagian unas a otras.
(...)
La robinsonada total, según Adorno, la escribió Kafka, en cuyos textos el hombre no es más que un náufrago solo en una realidad inexplicable. No hay final para el naufragio, pero tampoco inicio. Así como Selkirk, el marinero náufrago en cuyas aventuras se inspiró Defoe, había encontrado en la isla a otro que había llegado antes que él, Will el Mosquito, casi todo Robinson encuentra en la isla a un predecesor o las huellas de su estancia: un sajón encuentra a un viejo español; el alemán, en cambio, el cadáver de su padre; otros hallan escritos de náufragos, muertos mucho tiempo antes, en los que se habla de otros náufragos todavía más antiguos y así sucesivamente en un “pozo del pasado” que fascinaba a Thoman Mann y en el que nunca se toca el fondo. El origen es más incierto, intangible e infundado que el final; quizá no exista y el naufragio –el mal, el dolor, la insensatez y la resistencia a todo esto– se repite desde siempre. No es casualidad que Camus eligiera una frase de Defoe como epígrafe para La peste.

lunes, 8 de noviembre de 2010

ENTREVISTA: MICHEL HOUELLEBECQ

"Lo que escribo es peligroso. Si la sociedad quiere mantenerse viva, que se apañe"

KARIM ASRY - Bilbao - 

 
Algo ha cambiado en Michel Houellebecq. Será la edad, pero el sexo ya no tiene tanta presencia en su obra, la sombra del padre se hace más grande y hasta su escritura indica que quiere reconciliarse con el mundo, cansado de ser el escritor incomprendido de su época, de estar en el fuego cruzado entre quienes le odian y quienes le consideran uno de los grandes autores franceses de finales del siglo XX y principios del XXI. La entrevista, inédita, fue realizada a finales de septiembre pasado, cuando el escritor no quería ni oír hablar de que era el favorito para el Goncourt -"esto de los premios es un misterio, nunca sabes qué va a pasar", decía entonces-. Durante su estancia en la capital vizcaína para participar en el Festival literario La Risa de Bilbao, por cierto, se salvó por los pelos de que el personal de seguridad del Palacio Euskalduna llamara a la Ertzaintza ante su insistencia en seguir fumando en el escenario. El director del certamen, Juan Bas, medió para que la cosa no fuera a mayores.


El nuevo libro del autor francés más conocido en el extranjero, La Carte et le Territoire, ha eclipsado el resto de la rentrée literaire en Francia y ha terminado por ganar el Goncourt, aunque sus detractores más acérrimos estuvieron con la escopeta gargada para impedirlo. Teniendo en cuenta que la promoción de su novela anterior, La Posibilidad de una Isla, terminó con su madre insultándole a través de los medios, esta vez no le han tratado mal. "Globalmente, me han recibido mejor que en otras ocasiones", dice tras uno de esos largos silencios que administra sin reparos durante la entrevista, la única que concedió durante su estancia en la capital vizcaína. Puso como única condición que el encuentro se desarrolle en un lugar donde pueda fumar -y vaya si lo hará-. Por cercanía elegimos el Bluesville, un bar situado a dos manzanas de su hotel en Bilbao.
Hasta que uno se acostumbra, su mirada tiene algo perturbador, como si el interlocutor tuviera algún secreto oscuro que solo él pudiera revelar al mundo. Durante la charla se beberá dos cervezas, se quitará y pondrá el reloj, se rascará alguna vez por dentro de la camisa y no parará de juguetear con su pelo entre cigarro y cigarro.
P. Usted dice que ha sido objeto en otras ocasiones de un linchamiento mediático porque carece de poder efectivo.
R. Pues sí, no tengo un puesto en el mundo editorial, ni una columna en un diario influyente.
P. ¿Por qué cree usted que su obra crea un debate tan polarizado?
R. Yo diría que depende de la edad que uno tenga. La gente de mi generación suele tomarlo a mal, mientras que, globalmente, le gusta a los treintañeros.
P. Leyendo a sus detractores, uno se encuentra un poco la misma melodía, "cuidado, es peligroso lo que escribe este".
R. Es verdad que lo que escribo es peligroso, lo confirmo. Nos ponemos a dudar de todo, de lo que nos rodea. Puedes dejar a tu mujer, tu trabajo, puede darse cierta desazón, claro. Pero tampoco incito al suicidio.
P. ¿Por qué lo hace usted, si cree que es peligroso?
R. Porque pienso que lo que digo es verdad, que no estoy aquí para ayudar a mantener viva la sociedad.
P. ¿Tiene el escritor alguna responsabilidad con el mundo en el que vive?
R. No tengo ninguna responsabilidad con la sociedad, no me interesa. Me interesan las personas. Si la sociedad quiere mantenerse viva, que se apañe, que curre ella. Yo no estoy aquí para restaurar la cohesión social o para ayudar a los políticos.
P. ¿Qué ha leído usted, de la literatura en castellano?
R. Casi no conozco nada. Como muchos franceses, conozco a Borges y la cosa se queda más o menos ahí. De él me gusta todo, incluida la poesía. Leí también un poco a Bioy Casares. Sinceramente de literatura española no conozco casi nada, salvo algunas excepciones. Leí algo que me gustó de Pérez Reverte, sobre un croata que vuelve a matar a un alguien que le fotografió, era un bello libro [El pintor de Batallas]. Los Pájaros de Bangkok, de Vázquez Montalbán me gustó bastante. Ese es casi todo mi contacto, sé que es poco pero soy de cultura francesa, un poco más anglosajón, como todos, aunque conozco más literatura alemana y rusa que el autor promedio francés.
P. Parece que la literatura en castellano no logra cruzar la frontera con Francia.
Algunas son razones imperialistas. Los anglosajones dominan en parte porque recurren a los métodos industriales en la literatura. Cuando van a un plató de televisión, tienen a uno mirando la lista de invitados, otro que se encarga de mirar el ángulo de las cámaras. Si son los más traducidos también es porque disponen de los medios para ello. Así como en algunos ámbitos económicos están perdiendo su hegemonía, en el cultural todavía no han soltado prenda. Cuando tienes la industria y los recursos adecuados, eso permite negociar desde distintos puntos partida.
R. ¿Cree que es el momento de revisar el Panteón de la literatura del siglo XX?
Sí, es el momento. Deberíamos empezar a pensarlo y cambiar a algunos autores de sitio. En Francia está muy extendida la idea de que, en el siglo XX, está Proust, Céline y después no hay nada más. Este es el punto de vista francés. Pérec ha sido muy ignorado. También hay un caso de genio escondido, el único que conozco, que es el de Jean de La Ville de Mirmond. Además, a nivel internacional, el duo Sartre-Camus hizo mucho efecto, en parte con razón, pero se pasó de largo de Levy Strauss, que tenía el pensamiento y la escritura, tenía los dos. Uno no pierde su tiempo leyéndolo, es mucho más fácil de leer e interesante que la filosofía de Sartre. Cuando murió tenía la impresión de que se le dieron los honores de un gran sabio, pero que no había logrado llegar al gran público.
P. ¿Hemingway, qué le parece?
R. No vale casi nada, está totalmente sobrevalorado. Me contaron algo el otro día, no sé si es verdad pero está muy bien, encaja con él. En su época de macho-plaza de toros alguien entró en su habitación de hotel y se estaba pegando los pelos en el escote.
P. ¿La historia es justa con la literatura o el poder tiene capacidad para hacer que las voces incomodas desaparezcan?
R. En el ámbito de la ficción hay justicia, por lo menos. Porque, al final, tus pares te reconocen cuando dicen "hay que leer a fulano". Es lo que estoy haciendo con Laville de Mirmond.
P. Entonces escribe para los muertos y los que vendrán después...
R. Algo así, aunque para los que vendrán no lo tengo presente en el espíritu, pero sí me ocurre eso de estar escribiendo algo y pensar de repente en un autor del pasado. Puede ser desagradable también, pensar "nunca llegaré tan alto". A menudo es lo que pienso.
P. Borges decía a veces sentirse un poco farsante, pero nunca sabremos qué tanto había de cojera táctica, de falsa humildad.
R. No sé lo que él pensaba, pero algunos autores tienen en mente hacer un recorrido perfecto. De ahí les viene alguna crisis de vez en cuando. Para escribir hace falta tener altibajos, momentos de sobre estimación de uno, pensando "lo que acabo de hacer es para caerse de espalda", y otros en los que uno esconde la cabeza bajo tierra, pensando "oh la la, con respecto a fulano soy una larva". Se necesita de esa ciclotimia. Yo por lo menos, sí.
P. Dice usted que empieza a buscar cada vez más atrás en su vida las explicaciones de por qué es usted así...
R. Sí. No sé por qué, debe ser una cuestión de edad, empiezas a acordarte de las cosas. Lo de mi padre no es literario, es más inquietante. Me doy cuenta de que empiezo a comportarme como él a su edad. Es molesto y deprimente. Al mismo tiempo, mi caso no es una catástrofe, su vida no estaba mal. No es como si se hubiera suicidado y que un día matara a mucha gente, no es trágico, sólo que esa contradicción con la idea de que uno es libre es un incordio.
P. Imaginemos que la literatura ya no es rentable por la revolución digital, que tal vez la próxima generación de autores tendrá que vivir de otra manera...
R. Sería un problema, tendríamos que volver al sistema aristocrático, al mecenazgo. Yo siempre dije, en parte porque lo pienso y en parte para fastidiar a todo dios, que hubiese vivido sin problemas en un sistema soviético. Puesto que soy bueno, el partido me hubiera protegido.
P. O tal vez le hubieran cortado la cabeza, siguiendo indicaciones de algunos críticos.
R. En la URSS no creo, eran más liberales de lo que pensamos.
P. ¿Un Michel Houellebecq no sería posible solo en democracia?
R. Sí, es probable. Pero hay que suponer... [silencio y cambia de tema]. Hace falta que los escritores encuentren trabajos menos absorbentes. La administración pública en Francia hizo mucho por la literatura. Mallarmé fue funcionario a un momento dado, hacen falta zonas así. Yo estuve diez años de mi vida escribiendo y trabajando.
P. Pero se habla de eficiencia, de adelgazar el estado del bienestar...
R. Yo solo digo lo que había. En situaciones de pocas ventas, la función pública jugó un papel muy esencial. Yo solo dimití hace un año, hasta entonces estaba en disponibilidad por conveniencia personal. Conveniencia personal, la expresión es magnífica. Con un trabajo como el que tenía en la Assamblée Nationale [como técnico informático] podría haber seguido sin problemas"

martes, 2 de noviembre de 2010

SIMPLEMENTE GABO

A 4 días de salir a la venta, Yo no vengo a decir un discurso es el tema de la agenda cultural
 
 
El nuevo libro de García Márquez ha tenido excelente recibimiento
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Gabriel García MárquezFoto Ap/ Miguel Tovar
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Gabriel García MárquezFoto Ap/ Miguel Tovar
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Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura 1982, ayer, en su casa de la ciudad de MéxicoFoto Ap/ Miguel Tovar
Ericka Montaño, Fabiola Palapa y Pablo Espinosa
 
Periódico La Jornada
Martes 2 de noviembre de 2010, p. 5
A cuatro días de salir a la venta, el nuevo libro de Gabriel García Márquez goza de excelente recibimiento.
Si bien es muy pronto para que las tiendas informen sobre el número de ejemplares vendidos, la velocidad con la que se mueven de mano en mano corresponde a un libro de la autoría del Premio Nobel de Literatura 1982.
El diseño de la portada –en el cual participó el propio escritor–, la selección de color, el loro caribeño que emite su canto en el centro de la cubierta, pero fundamentalmente su contenido, son ya tema de la agenda cultural.
La Jornada publicó, el mismo día del lanzamiento (viernes 29 de octubre) del flamante volumen, un capítulo a manera de adelanto y otro más el día siguiente. Desde entonces, esa obra antológica titulada Yo no vengo a decir un discurso es el centro de atención en los anaqueles de novedades bibliográficas en España y América Latina.
El tiraje inicial es de 150 mil ejemplares y el precio de cada libro es de 229 pesos.
Leyendo estos discursos redescubro cómo he ido cambiando y evolucionando como escritor, son las palabras del autor que acompañan a su nueva obra.
Se trata de textos que fueron escritos con la intención de ser leídos por él mismo en público, ante una audiencia, y recorren prácticamente toda su vida, desde el primero, que escribió a los 17 años para despedir a sus compañeros del curso superior en Zipaquirá, hasta el que leyó ante la Academia de la Lengua y los reyes de España al cumplir 80 años.
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Gabriel García MárquezFoto Ap/ Miguel Tovar
Discursos célebres como El cataclismo de Damócles, Mi amigo Mutis, El argentino que se hizo querer de todos (Julio Cortázar), Periodismo: el mejor oficio del mundo, y el que cierra el libro: Un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano, son algunos de los capítulos.
Ironiza García Márquez: ¿Qué hago yo encaramado en esta percha de honor, yo que siempre he considerado los discursos como el más terrorífico de los compromisos humanos?
Hace cuatro días, el editor Cristóbal Pera dijo: “Gabo está muy bien para sus 83 años y superó un cáncer. Con Vivir para contarla estaba en recuperación. Está con buena salud. Si no lo estuviera este libro no habría salido”.
Las fotografías que despliega en esta edición La Jornada celebran y constatan tal aserto.

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lunes, 1 de noviembre de 2010

PACO IGNACIO TAIBO II

LITERATURA › PACO IGNACIO TAIBO II Y EL RETORNO DE LOS TIGRES DE LA MALASIA

“Esta novela fue un ajuste de cuentas con mi infancia”

El escritor mexicano recupera en su último libro a personajes de Emilio Salgari, pero en su pluma lucen más anarcos y libertarios que en el “original”. “Yo soy marxista de Los Tres Mosqueteros y antiimperialista de Sandokán”, sostiene.


Por Silvina Friera

La gasolina de Paco Ignacio Taibo II –abstemio declarado, aunque cueste creer que no toma ni una gota de alcohol– es la Coca Cola. Antes de cerrar la puerta de la habitación del hotel, antes de encender un cigarrillo negro –“acá fumo Parisiennes, allá los Cohiba”–, encuentra la botellita con su refresco cola, indispensable para que no descienda hasta el infierno del malhumor y el descalabro existencial, si no cumple con su dosis diaria de cinco litros. Después del primer trago, un flujo de adrenalina flota en el ambiente. Ahora sí, ya está listo para desandar los once años de cocina lenta de El retorno de Los Tigres de la Malasia (Planeta), novela de aventuras en la que recupera al portugués Yáñez de Gomara y al príncipe malayo Sandokán –dupla emblemática de la factoría de Emilio Salgari–, que en manos de Taibo II son más anarcos, más libertarios que en el molde “original”. El provocador pastiche del escritor mexicano conserva el sabor decimonónico de la narración, agilizado por diálogos breves como relámpagos y un desfile incesante de personajes y figuras del siglo XIX, como Rudyard Kipling y Federico Engels.

Si Taibo II es considerado el creador del “neopolicial” en América latina, el texto de solapa de su última novela va por más y proclama que “reinventa la novela de aventuras del siglo XIX”. La carcajada del escritor, cortita pero intensa, anticipa que está más allá del bien y del mal. “Hay un poco de maldad en esa frase –admite–. Llevo demasiado tiempo con la etiqueta colgada de propietario del neopolicial. O de biógrafo del Che. ¡Ahora que se vayan al carajo! Soy el que se me da la gana y escribo una novela de aventuras”, dice el escritor a Página/12. Taibo II podría haber sido un animal de teatro, un actor de raza o un gran orador. Al menos eso transmite cuando se desliza por la cuerda del humor y la risa hacia el tono cabrón, de hombre de pocas pulgas que derrocha más simpatía cuanto más se enoja. “Escribir esta novela fue oxígeno puro para mí, pero también significó un ajuste de cuentas con mi infancia, con los libros que me enloquecieron cuando era niño; volví a ellos para tratar de recobrar la pasión que me crearon.”

–¿Cómo fue esa experiencia de recobrar la pasión al mismo tiempo que se apropiaba de los personajes?

–Salgari escribió esos personajes para mí y yo me los apropié: son de él y son míos. No tengo problemas de propiedad intelectual. Había algo que me resultaba muy atractivo y con lo que estuve coqueteando hace muchos años, la idea de que en la novela de aventuras se habían perdido valores primigenios como la heroicidad, la palabra dada. Cuando das la mano, empeñas tu palabra y no hay que firmar contratos. Me parece que en una sociedad tan pragmática como la que vivimos se pierden estos elementos. Yo reconozco que mi formación política está originada ahí: yo soy marxista de Los Tres Mosqueteros y antiimperialista de Sandokán. Eso lo tengo clarísimo, como también que políticamente soy hijo de Robin Hood y de Bertolt Brecht. Ante la novela de aventuras descafeinada que se está produciendo, me propuse decirles a los adolescentes: “Vengan, aquí está el heavy” (risas). Me parecía importante abrir una opción a toda una generación de jóvenes que son los hijos y nietos de mis amigos que están leyendo; hay que abrirles puertas para que sigan y avancen más allá de Harry Potter o de los vampiros románticos y blanditos.

–¿Intenta recuperar lo que se podría llamar una “épica con ideas”?

–Lo formulaste bien, la épica, la épica (golpea la mesita), la épica está envuelta en un proyecto de cambiar el mundo. Mis tigres me salieron antiimperialistas, pero no había manera de evitarlo. Una cosa era esta sensación y otra cosa era escribir el libro. Me di cuenta de que no era tan fácil. La literatura que me interesa es enciclopédica y tiene que saber de todo: cómo hacen el amor los cocodrilos, cómo se jugaba a las cartas en Hong Kong en un casino, cómo eran las calles de un poblado malasio, cómo se construían las cabañas sobre los ríos, cómo vuelan los albatros, qué venenos son los que se usan o están de moda o qué frutas se comen. Salgari me había enseñado cómo hacer enciclopedismo ligero, pero al mismo tiempo extrañamente informado. La literatura de Salgari era maravillosa porque manejaba la peripecia, la aventura, pero también era inocente y estaba atrapada en el canon de la novela de aventura del siglo XIX. Esto significaba cero sexo, no malas palabras, diálogos innecesarios para que crecieran las páginas porque se pagaba por página. Me leí todas las novelas de Salgari, todas las enciclopedias –malas y buenas–, libros de viajes... hice una investigación equivalente a la de un libro de historia.

–También se puede ver en la novela el ADN de cierto espíritu anarquista.

–El anarquismo lo traigo puesto, no me puedo liberar de él (risas). Sin duda los personajes tienen un trasfondo libertario que estaba en Salgari. Lo único que hice fue extrapolarlo y darle más solidez. Me di la inmensa alegría de tirar del armario de mi infancia y ver qué había ahí. Kipling aparece en mi novela como periodista; al archienemigo de Sherlock Holmes, el Doctor Moriarty, decidí traerlo porque necesitaba una figura potente para el grupo de imperialistas canallas que forman El Club de la Serpiente. De repente descubrí que (Arthur) Conan Doyle no había hecho nada, que no existe Moriarty; es una frase: “la telaraña maligna que domina las fuerzas del submundo...” Y seguí tirando del closet y salió un personaje de la comuna de París y Old Shattherhand, el personaje de las novelas de Karl May. Y apareció Federico Engels, a quien quiero mucho, ¿por qué iba a quedarse afuera de esta novela?

–¿Por qué invierte esa suerte de “orden natural” con el que se menciona generalmente primero a Marx y después a Engels?

–Yo digo Engels y Marx sólo por llevar la contraria, porque me cae mejor (risas). Engels es mejor escritor que Marx y está menos obsesivamente pegado a una visión absoluta de la historia. Engels forma parte de mi frente popular, en el que caben comunistas, socialdemócratas, libertarios. No tengo problemas para asumirme como un hombre de una izquierda universal que aprecia todo, siempre y cuando esté a la izquierda del corazón. En esta novela reescribí el manifiesto comunista y me quedó muy bien. Mi versión es más bonita que la de Marx. De repente me di cuenta de que estaba cumpliendo con todas mis obsesiones, de que había jugado con todas las puñeteras libertades, pero me faltaba algo. Me dije a mí mismo que faltaba reescribir la Biblia de la izquierda; y como soy antibíblico pensé que reescribir el manifiesto comunista era el acto de herejía más grande del planeta. Lo reescribí en una versión mejorada. En lugar de que el fantasma recorriera el mundo europeo, atraviesa el mundo de mi novela.

–¿Ese fantasma sigue recorriendo el mundo?

–Y sí, desde luego que sí (piensa). Yo creo en la necesidad de fomentar el pensamiento utópico; nos volveríamos muy aburridos, muy jodidos, muy limitados, sin pensamiento utópico. Curiosamente llego a estas reflexiones a través de un vehículo aparentemente inocente como la novela de aventuras. ¡Inocente los cojones!

El escritor mexicano es eyectado como un resorte que se desmadró cuando vibra el timbre del teléfono. Despacha el asunto rápidamente y regresa. “Para explicar por qué me interesa el siglo XIX deberías preguntarle a mi psiquiatra”, bromea.

–¿Quizá le interesa porque fue un gran laboratorio de cambios que se extienden hasta el presente?

–Sí, ahí se consolida la división del mundo que hoy conocemos entre Primer Mundo y Tercer Mundo. Ahí nos condenan al Tercer Mundo; pero no es eso lo que me interesa. El siglo XIX es el siglo de la literatura de mi infancia y vuelvo a ella porque ahí me formé como persona y como lector. Muchacha: no hay nada mejor que hacerle caso a tus obsesiones. Si logras hacerle caso a tus obsesiones, serás un escritor feliz. Si tratas por razones comerciales de evadirlas, serás un escritor rico pero profundamente infeliz. Nunca tuve la tentación de ser un escritor rico e infeliz (risas).

–El retorno de Los Tigres de la Malasia tiene muchos diálogos, ¿por qué eligió esa forma?

–Los diálogos me ayudaron a trazar a los personajes, a darle una dimensión más profunda a Sandokán y a Yáñez, que no la tienen en Salgari. Hay zonas de sombras que a Salgari le importan un bledo; a mí me gustaba dejar esas zonas de sombras, pero también darles una luz nueva. Me gustaba explorar en el pasado de Yánez de Gomara, de dónde viene ese pirata compañero de Sandokán, pero portugués traidor a su raza. En vez de meterle más claridad al pasado, decidí meterle más enigma. El Yáñez de mi novela es más enigmático que el de Salgari. Otro trabajo complicado fue crear al Doctor Moriarty. Me salió una especie de malvado shakesperiano. El diálogo viene de mi educación como escritor con Raymond Chandler.

El diálogo es el talón de Aquiles de la narrativa que se publica en estos pagos. El escritor mexicano recuerda una conversación que tuvo con Gabriel García Márquez. “Paquito, mira, cuando en una página te falla una coma, te falla una coma. Cuando te fallan 7 comas, no sabes usar las comas. Cuando te fallan 15 comas, tu editor es una bestia; cambia de editor. Pero cuando te fallan 60 comas en una página, eso se llama estilo.” ¿Qué quiere contar con esta anécdota? Taibo II lo explica. “García Márquez me llama paternalmente ‘Paquito’ porque era amigo de mi papá y no mío. Pero tiene razón. Los autores que desprecian el diálogo no lo dominan, no saben usarlo y lo omiten.” Hace unos años el escritor propuso un desafío en un taller literario: tomar a cualquier autor, revisar una página de diálogo al azar y quitarles las acotaciones del tipo “dijo Pepe”, “dijo Pablo”. “Si después que quitamos las acotaciones somos capaces de distinguir qué dijo quién, el que escribe sabe –afirma–. Si cuando se las quitamos no sabemos qué dice quién, el que escribe no sabe.”

–¿Cree que el prólogo y manifiesto literario de la novela, “Nota de arranque”, puede dirigir la lectura?

–La única crítica consistente que he recibido de los lectores es que ese manifiesto a favor de una manera de entender la literatura debería haber estado al final y no al principio. Este libro anda buscando un lector adolescente, pero también de 40, 50 o 60 años, más maduro y con mucha malicia. El prólogo es para el segundo tipo de lector, no para el primero. Algunos lectores jóvenes que leyeron el libro me dijeron que no era necesario el prólogo. ¡Coño, no lo necesitas tú, pero yo sí lo necesito! Y lo necesita alguien de mi malicia literaria. Pero me di cuenta de que tenía razón: ese lector más joven quería entrar directo. No quería explicaciones porque se ha educado en el videoclip que dura tres minutos y medio y no tiene paciencia para nada. Mientras que el otro lector no sólo las quería, sino que las necesitaba: ¿por qué estoy leyendo a mi edad una novela de aventuras? Y Paco Taibo les dice: “¡Huevón, estás leyendo una novela de aventuras porque...!”

–¿Porque se abandonó la épica y hay que rescatarla?

–Sí, las pasiones se descafeinaron. Cuando tu máxima ilusión es ser el que empuje más rápido el carrito en un supermercado, estás condenado a una literatura minimalista. Hay que volver a una literatura de pasiones. La literatura no debe imitar la vida, debe proponer la vida. Quiero escribir novelas en las que los personajes se cortan las venas por razones amorosas, quiero escribir una literatura del exceso. Son las tentaciones del lector que las llevo a la vocación del escritor. En el fondo, más que un escritor, soy un lector improvisado.

–Lleva muchos libros publicados como para creer lo de la improvisación...

–Me pillaste por una esquina (risas). Es una improvisación sostenida y reiterada en el tiempo...