miércoles, 17 de agosto de 2016

La cruzada de los niños

La cruzada de los niños: poema de Bertolt Brecht ilustrado por Carme Solé Vendrell

Estamos en tiempos de guerra. Ucrania, Palestina, Iraq, Siria… Pero también, África, casi que entera. Y esos hombres de piel negra (inmigrantes sin tierra ni papeles) intentando saltar vallas que son fronteras entre la vida y la muerte, o echándose al mar en unas débiles pateras, que quizás son la última esperanza de llegar a algún puerto, porque el naufragio era en tierra firme, porque el naufragio es de hace siglos, porque esa también es otra guerra, y no se detiene.
Estamos en tiempos de guerra, y ya se sabe: los más débiles pagan las consecuencias. Hoy día no hay “guerras justas”. No puede haberlas. Y esta cruzada continúa.
"La cruzada de los niños",  poema de Bertolt Brecht, ilustraciones de Carme Solé Vendrell. Ediciones de El Jinete Azul, 2011.
“La cruzada de los niños”, poema de Bertolt Brecht, ilustraciones de Carme Solé Vendrell. Ediciones de El Jinete Azul, 2011.
Y entonces, contra esas guerras, a favor de la paz, es bueno volver a poemas como este de Bertolt Brecht, de 1939 (y hacerlo hoy, cuando se cumple un nuevo aniversario de la muerte del escritor alemán). Un poema que en tono épico habla de la cruzada de una centena de niños a través de la nieve, escapando de los desastres con que se anunciaba la Segunda Guerra Mundial, intentando escapar sin más esperanza que un perro que hacía de lazarillo.
Trataban de escapar de la guerra,
nocturno infernal,
y así, quizá, algún día alcanzar,
en otro país, la ansiada paz.
Un poema triste. Sí. ¿Pero acaso no es más triste la realidad? ¿Y cómo acercar este tema a los niños? ¿No es lo mejor hacerlo con un libro que les permita sensibilizarse, y razonar sobre la guerra? ¿Un libro en el que ellos, los niños y las niñas, son los tristes protagonistas? ¿Se debe edulcorar la guerra al modo de Hollywood para mostrarla a la infancia? ¿Es preferible dejar el asunto en manos de la manipulación mediática que no repara en causas y consecuencias y se queda tan solo con la imagen abyecta, escandalosa, obscena: imagen que a la postre terminará por insensibilizar en su perversa función de alejamiento y olvido a todo espectador (sea cual sea la edad)?
Ilustración a doble página en el interior de "La cruzada de los niños", de Carme Solé Vendrell.
Ilustración a doble página en el interior de “La cruzada de los niños”, de Carme Solé Vendrell.
Un libro triste, sí, ilustrado al modo de “los desastres de la guerra”, de Goya, por la artista catalana Carme Solé Vendrell. Ilustraciones que escapan de lo más desagradable de la circunstancia que propone el poema y ayudan a imaginar al niño real, de carne y hueso, de pulmones enfermos, de dolor, de frío, de miedo, pero también de esperanza, de afecto, de humanidad, de lucha y resistencia. Ilustraciones como bocetos, porque imaginar todo el dolor es imposible, pero hay que invitar a hacerlo, para que se evite, o para que se intente evitarlo.
Un libro para estos tiempos oscuros.

BRECHT Poesía 2


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La sandalia de Empédocles  Bertolt Brecht
1
 Cuando Empédocles de Agrigento
hubo logrado los honores de sus conciudadanos
-y los achaques de la vejez-,
decidió morir. Pero como
amaba a algunos y era correspondido por ellos,
no quiso anularse en su presencia, sino que prefirió
entrar en la Nada.
Los invitó a una excursión. Pero no a todos:
se olvidó de algunos
para que la iniciativa
pareciera casual.
Subieron al Etna.
El esfuerzo de la ascensión
les imponía el silencio. Nadie dijo
palabras sabias. Ya arriba,
respiraron profundamente para recuperar el pulso normal,
gozando del panorama, alegres de haber llegado a la meta.
Sin que lo advirtieran, el maestro los dejó.
Al empezar a hablar de nuevo, no notaron
nada todavía; pero, a poco,
echaron de menos, aquí y allá, una palabra, y le buscaron
por los alrededores.
Él caminaba ya por la cumbre
sin apresurarse. Sólo una vez
se detuvo: oyó
a lo lejos, al otro lado de la cima,
cómo la conversación se reanudaba. Ya no entendía
las palabras aisladas: había empezado la muerte.
Cuando estuvo ante el cráter
volvió la cabeza, no queriendo saber lo que iba a seguir,
pues ya no le atañía a él; lentamente, el anciano se inclinó,
se quitó con cuidado una sandalia y, sonriendo,
la arrojó unos pasos atrás, de modo
que no la encontraran demasiado pronto, sino en el
momento justo,
es decir, antes de que se pudriera. Entonces
avanzó hacia el cráter. Cuando sus amigos
regresaron sin él, tras haberle buscado,
a lo largo de semanas y meses, poco a poco, fue creándose
su desaparición, tal como él había deseado. Algunos
le esperaban todavía, otros
buscaban ya explicaciones. Lentamente, como se alejan
en el cielo las nubes, inmutables, cada vez más pequeñas,
sin embargo,
sin dejar de moverse cuando no se las mira y ya lejanas
al mirarlas de nuevo, acaso confundidas con otras,
así fue él alejándose suavemente de la costumbre.
Y fue naciendo el rumor
de que no había muerto, puesto que, se decía, no era mortal.
Le envolvía el misterio. Se llegó a creer
que existía algo fuera de lo terrenal, que el curso de las cosas
humanas
puede alterarse para un hombre. Tales eran las habladurías
que surgían.
Mas se encontró por entonces su sandalia, su sandalia de
cuero,
palpable, usada, terrena. Había sido legada a aquellos
que cuando no ven, en seguida empiezan a creer.
El fin de su vida
volvió a ser natural. Había muerto como todos los hombres.

2
 Describen otros lo ocurrido
de forma diferente. Según ellos, Empédocles
quiso realmente asegurarse honores divinos;
con una misteriosa desaparición, arrojándose
de modo astuto y sin testigos en el Etna, intentó crear la
leyenda
de que él no era de especie humana, de que no estaba
sometido
a las leyes de la destrucción; pero, entonces,
su sandalia le gastó la broma de caer en manos de sus
semejantes.
(Algunos afirman, incluso, que el mismo cráter, enojado
ante semejante propósito, escupió sencillamente la sandalia
de aquel degenerado bastardo.) Pero nosotros preferimos
creer
que si realmente no se quitó la sandalia, lo que debió ocurrir
es
que se olvidaría de nuestra estupidez, sin pensar que
nosotros
en seguida nos apresuramos a oscurecer aún más lo oscuro
y antes que buscar una razón suficiente, creemos en lo
absurdo. Y la montaña, entonces
-aunque no indignada por aquel olvido ni creyendo
que Empédocles hubiera querido engañarnos para alcanzar
honores divinos
(pues la montaña ni tiene creencias ni se ocupa de nosotros),
pero sí escupiendo fuego como siempre-, nos arrojó
la sandalia, y de esta forma sus discípulos
-que ya estarían muy ocupados husmeando algún gran
misterio,
desarrollando alguna profunda metafísica-
se encontraron, de repente, consternados, con la sandalia del
maestro entre las manos;
una sandalia de cuero, palpable, usada, terrena.

Nuestras derrotas no demuestran nada


Cuando los que luchan
contra la injusticia
muestran sus caras ensangrentadas,
la incomodidad
de los que están a salvo
es grande.

¿Por qué se quejan ustedes?,
les preguntan.
¿No han combatido la injusticia?

Ahora ella los derrotó.
No protesten.
El que lucha debe saber perder
El que busca pelea
se expone al peligro.
El que enseña la violencia
no debe culpar a la violencia.
Ay, amigos.
Ustedes que están asegurados,
¿por qué tanta hostilidad?
¿Acaso somos vuestros enemigos
los que somos enemigos de la injusticia?
Cuando los que luchan contra la injusticia
están vencidos,
no por eso tiene razón
la injusticia.
Nuestras derrotas
lo único que demuestran
es que somos pocos
los que luchan contra la infamia.
Y de los espectadores, esperamos
que al menos se sientan
 avergonzados.

PREGUNTAS DE UN OBRERO QUE LEE


¿Quién construyó Tebas,
la de las Siete Puertas?
En los libros figuran
sólo los nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos
bloques de piedra?
Y Babilonia, mil veces destruida,
¿quién la volvió a levantar otras tantas?
Quienes edificaron la dorada Lima,
¿en qué casas vivían?
¿Adónde fueron la noche
en que se terminó La Gran Muralla, sus albañiles?
Llena está de arcos triunfales
Roma la grande. Sus césares
¿sobre quienes triunfaron?
Bizancio tantas veces cantada,
para sus habitantes
¿sólo tenía palacios?
Hasta la legendaria
Atlantida, la noche en que el mar se la tragó,
los que se ahogaban
pedían, bramando, ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿El sólo?
César venció a los galos.
¿No llevaba siquiera a un cocinero?
Felipe II lloró al saber su flota hundida.
¿No lloró más que él?
Federico de Prusia
ganó la guerra de los Treinta Años.
¿Quién ganó también?
Un triunfo en cada página.
¿Quién preparaba los festines?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias,
tantas preguntas. 

BRECHT Poesía 1


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Comenzó en Múnich sus estudios de Literatura y Filosofía en 1917, a los que añadiría posteriormente los de Medicina. Durante la I Primera Guerra Mundial comenzó a escribir y publicar sus obras. Desde 1920 frecuentó el mundo artístico de Múnich y trabajó como dramaturgo y director de escena. En este entorno conoció a F. Wedekind, K. Valentin y L. Feuchtwanger, con quienes mantuvo siempre un estrecho contacto. En 1924 se trasladó a Berlín, donde trabajó como dramaturgo a las órdenes de Max Reinhardt en el Deutsches Theater; posteriormente colaboró también en obras de carácter colectivo junto con Elisabeth Hauptmann, Erwin Piscator, Kurt Weill, Hans Eisler y Slatan Dudow, y trabó relaciones con el pintor Georg Grosz.
En 1926 comenzó su dedicación intensiva al marxismo y estableció un estrecho contacto con Karl Korsch y Walter Benjamin. Su Dreigroschenoper (Opera de cuatro cuartos, 1928) obtuvo en 1928 el mayor éxito conocido en la República de Weimar. En ese año 1928 se casó con la actriz Helene Weigel.
Será en 1930 cuando comience a tener más que contactos con el Partido Comunista Alemán. El 28 de febrero de 1933, un día después de la quema del Parlamento alemán, Brecht comenzó su camino hacia el exilio en Svendborg (Dinamarca). Tras una breve temporada en Austria, Suiza y Francia, marchó a Dinamarca, donde se estableció con su mujer y dos colaboradoras, Margarethe Steffin y Ruth Berlau. En 1935 viajó a Moscú, Nueva York y París, donde intervino en el Congreso de Escritores Antifascistas, suscitando una fuerte polémica.
En 1939, temiendo la ocupación alemana, se marchó a Suecia; en 1940, a Finlandia, país del que tuvo que escapar ante la llegada de los nazis; y en 1941, a través de la Unión Soviética (vía Vladivostok), a Santa Monica, en los Estados Unidos, donde permaneció aislado seis años, viviendo de guiones para Hollywood. En 1947 se llevó a la pantalla GalileoGalilei, con muy poco éxito. A raíz del estreno de esta película, el Comité de Actividades Antinorteamericanas le consideró elemento sospechoso y tuvo que marchar a Berlín Este (1948), donde organizó primero el Deutsches Theater y, posteriormente, el Theater am Schiffbauerdamm. Antes había pasado por Suiza, donde colaboró con M. Frisch y G. Weisenborn.
En Berlín, junto con su esposa Helene Weigel, fundó en 1949 el conocido Berliner Ensemble, y se dedicó exclusivamente al teatro. Aunque siempre observó con escepticismo y duras críticas el proceso de restauración política de la República Federal, tuvo también serios conflictos con la cúpula política de la República 
Democrática.
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CONTRA LA SEDUCCION

No os dejéis seducir:
no hay retorno alguno.
El día está a las puertas,
hay ya viento nocturno:
no vendrá otra mañana.
No os dejéis engañar
con que la vida es poco.
Bebedla a grandes tragos
porque no os bastará
cuando hayáis de perderla.
No os dejéis consolar.
Vuestro tiempo no es mucho.
El lodo, a los podridos.
La vida es lo más grande:
perderla es perder todo.


CUATRO CANCIONES
I
Cuando, más tarde, me alejé de ti
al hoy enorme
vi, cuando empecé a ver,
gente alegre y cabal.

Y desde aquella hora tardía,
tú sabes de cuál hablo,
tengo una boca más hermosa
y unas piernas más ágiles.

Más verde hay desde entonces
en árbol, ramo y prado
y es el agua más fresca
cuando me la echo encima.

II
Cuando me haces pasármelo
tan bien, a veces pienso:
si me muriera ahora
habría sido feliz
hasta el final.

Cuando tú seas vieja
y me recuerdes
piénsame como hoy
y tendrás un amor
que siga siendo joven.

III
Siete rosas tiene el ramo,
seis se lleva el viento,
una queda para que
me la encuentre yo.

Siete veces te llamé,
seis no respondiste,
a la séptima promete
que me dirás algo.

IV
Mi amada me dio una rama
con hojas amarillas.

Se está acabando el año
y comienza el amor.

Jamás, ma soeur, te he amado tanto
como cuando me fui de ti en aquel crepúsculo.
Me engulló el bosque, el bosque azul, ma soeur,
sobre el que los pálidos astros quedaban para siempre ya al oeste.

No me reí ni lo más mínimo, nada nada, ma soeur,
yo, que jugando me dirigía a mi oscuro destino-
mientras que ya los rostros tras de mí
lentos palidecían en el atardecer del bosque azul.

Todo fue hermoso en aquella tarde única, ma soeur,
y nunca más después; tampoco antes-
claro que sólo me quedaban ya los grandes pájaros
que al atardecer tienen hambre en el oscuro cielo.


LA CANCION DEL NO Y DEL SI
1
Hubo un tiempo en que creía, cuando aún era inocente,
y lo fui hace tiempo igual que tú:
quizás también me llegue uno a mí
y entonces tengo que saber qué hacer.
Y si tiene dinero
y si es amable
y su cuello está limpio también entre semana
y si sabe lo que le corresponde a una señora
entonces diré «No».
Hay que mantener la cabeza bien alta
y quedarse como si no pasara nada.
Seguro que la luna brilló toda la noche,
seguro que la barca se desató de la orilla,
pero nada más pudo suceder.
Sí, no puede una tumbarse simplemente,
sí, hay que ser fría y sin corazón.
Sí, tantas cosas podrían suceder,
ay, la única respuesta posible: No.

2
El primero que vino fue un hombre de Kent
que era como un hombre debe ser.
El segundo tenía tres barcos en el puerto
y el tercero estaba loco por mí.
Y al tener dinero
y al ser amables
y al llevar los cuellos limpios incluso entre semana
y al saber lo que le corresponde a una señora,
les dije a todos: «No».
Mantuve la cabeza bien alta
y me quedé como si no pasara nada.
Seguro que la luna brilló toda la noche,
seguro que la barca se desató de la orilla,
pero nada más pudo suceder.
Sí, no puede una tumbarse simplemente,
sí, hay que ser fría y sin corazón.
Sí, tantas cosas podrían suceder ,
ay, la única respuesta posible: No.

3
Sin embargo un buen día, y era un día azul,
llegó uno que no me rogó
y colgó su sombrero en un clavo en mi cuarto
y yo ya no sabía lo que hacía.
Y aunque no tenía dinero
y aunque no era amable
ni su cuello estaba limpio ni siquiera el domingo
ni sabía lo que le corresponde a una señora,
a él no le dije «No».
No mantuve la cabeza bien alta
y no me quedé como si no pasara nada.
Ay, la luna brilló toda la noche,
y la barca permaneció amarrada a la orilla,
¡y no pudo ser de otra forma!
Sí, no hay más que tumbarse simplemente,
sí, no puede una permanecer fría ni carecer de corazón.
Ay, tuvieron que pasar tantas cosas,
sí, no pudo haber ningún No.


LA CUERDA CORTADA

La cuerda cortada puede volver a anudarse,
vuelve a aguantar, pero
está cortada.

Quizá volvamos a tropezar, pero allí
donde me abandonaste no
volverás a encontrarme.
QUIERO IR CON AQUÉL A QUIEN AMO
Quiero ir con aquel a quien amo.
No quiero calcular lo que cuesta.
No quiero averiguar si es bueno.
No quiero saber si me ama.
Quiero ir con aquél a quien amo.


LECCIÓN DE AMOR

Pero chiquilla, te recomiendo
algo de seducción en los grititos:
carnal me gusta el alma
y con alma la carne.

La castidad no puede rebajar la lujuria;
si estuviese hambriento me gustaría saciarme.
Me apetece que la virtud tenga trasero
y que el trasero tenga sus virtudes.

Desde que el dios aquel cabalgó al cisne
a más de una chica le da miedo,
aunque también sufra con gusto
que él se aferre al canto del cisne.

EL PINTOR DE BROCHA GORDA


(fragmento sacado de "En agradecimiento a Mari Hold" de su libro Poemas del lugar y la circunstancia. Valencia. 2003. Editorial Pre-Textos)http://arcastromil.blogspot.com

La última vez que nos alejamos en coche
(el coche azul de motor suavemente cantarín
que nos ha robado el pintor de brocha gorda; ¡que la
vergüenza
siga cayendo sobre él) de la ciudad de Berlín
nos dijimos: por aquí
no vamos a volver de momento. Ya
las sombras de los crímenes planeaban sobre la ciudad
que ellos iban a devastar.

Cuando después, lejos de la ciudad que aguza las
inteligencias, compramos una casa
en medio de un parque con un estanque de peces
(el pintor de brocha gorda nos echó de ella; ¡qué la
vergüenza
siga cayendo sobre él) te separaste un tiempo de
nosotros, pero
al cruzar la frontera hacia lo desconocido, nos seguiste,
ayudándonos a poner la segunda casa, la que era baja y tenía
un remo en el techo de bálago.

Allí
conociste al hombre que te llevó a vivir con él. Ahora
te ocupas de tu propia casa.


Poema del VUELO TRANSOCEANICO

En la noche vino una tormenta de nieve.
 La tormenta de nieve (Radio)
¡Desde hace una hora está en mí
un hombre con un aparato!
¡Ora arriba, sobre mí
ora debajo, cerca del agua!
Desde hace una hora lo arrojo
contra el agua y contra el cielo
No puede mantenerse en sitio alguno
pero no sucumbe.
Cae hacia arriba
y asciende hacia abajo
es más débil que un árbol de la costa
endeble como hoja sin rama
pero no sucumbe.
Desde hace horas, este hombre
no ve la luna
ni ve su propia mano
pero no sucumbe.
Sobre su aparato amontoné hielo
para que con su peso lo arrastrara
pero el hielo se desprende
y él no sucumbe.
Los aviadores
No va más
pronto caeré al agua
¡Quién hubiera pensado
que aquí también hay hielo!
A 3000 metros me he elevado
y a 3 metros sobre el agua he descendido
mas la tormenta, el hielo y la nieve están por doquier.
¿Por qué he subido, insensato de mí?
Ahora tengo miedo de morir
Ahora sucumbo.
4 días antes que yo, dos hombres
sobrevolaban, como yo, el agua
y el agua los devoró, y a mí
me devorará también.


lOS SIGUIENTES ESTAN SACADOS DE
http://amediavoz.com/brecht.htm


Balada del guardabosques y la condesa


En tierras de Suecia vivía una condesa
que era tan pálida y tan bella.
«¡Señor guarda, señor guarda, mi liga se soltó,
se soltó, se soltó!
¡Guarda, arrodíllate, pronto, y átamela!»

«Señora condesa, señora condesa, no me miréis así,
yo os sirvo por mi pan.
¡Vuestros pechos son blancos pero el hacha es fría,
es fría, es fría!
Dulce es el amor, pero amarga la muerte.»

El guarda escapó aquella misma noche.
Cabalgó monte abajo hasta que llegó al mar.
«¡Señor barquero, señor barquero, acógeme en tu barca,
en tu barca, en tu barca!
Barquero, tengo que ir hasta el fin del mar.»
Entre el gallo y la zorra brotó el amor.
«Oh, dorado, ¿me amas de verdad?»
y fina fue la noche, pero el alba llegó,
llegó, llegó:
todas sus plumas cuelgan del zarzal.
Versión de Jesús Munárriz y Jenaro Talens


La infanticida 
Marie Farrar

Marie Farrar, nacida en abril,
menor, sin señas particulares, raquítica, huérfana,
hasta el presente no fichada, dice haber
asesinado a un niño de la siguiente manera:
Que ya en el segundo mes intentó
en lo de una mujer que vivía en un sótano
abortarlo con dos inyecciones, que declara
fueron dolorosas. Pero no quiso salir.
Y a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

2 A pesar de ello dice haber pagado en el acto
lo convenido y desde entonces haber usado faja,
también bebió 
kerosen con pimienta molida;
pero que todo eso no hizo sino provocarle diarrea.
Que su cuerpo se hinchó a ojos vistas y que tuvo
dolores agudos, mientras lavaba los platos, muchas veces.
Ella misma, dice, aún no había dejado de crecer.
Que le rezó a la virgen, con mucha esperanza.
En cuanto a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar,
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

3 Al parecer, las oraciones no dieron resultado.
También, era mucho pedir. Cuando se puso más gruesa
le daban mareos durante la misa. Sentía el cuerpo húmedo
de miedo, cuando se arrodillaba al pie del altar.
Sin embargo, mantuvo en secreto su estado,
hasta que finalmente la sorprendió el parto.
Pudo ocultarlo todo, seguramente porque nadie creía que ella
tan sin gracia, hubiera caído en la tentación.
Y a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Puesto toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

4 Que ese día, según ella, muy de madrugada
al lavar la escalera sintió que le clavaban
uñas en el vientre. El dolor la estremecía.
Y, sin embargo, logró disimularlo.
Todo el día. Mientras cuelga la ropa
la cabeza le estalla: de repente se da cuenta
que va a parir y siente un gran peso
sobre el corazón. Solo muy tarde sube al cuarto.
Pero a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

5 La llamaron de nuevo cuando ya se había acostado,
había nevado y tuvo que barrer.
Así hasta las once. Aquel fue un largo día.
Solo entrada la noche pudo parir en paz.
Y dio a luz, así declara, a un niño varón,
a un hijo que era igual a otros hijos,
pero ella no era igual que otras madres, eso
quiero aclararlo sin ironía y sin mayor motivo.
En cuanto a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

Dejémosla que siga relatandolo que con ese hijo pasó
(dijo que no pensaba guardarse una palabra)
para que todos lo sepan y se ubiquen.
Dice que a poco de acostarse sintió intenso malestar,
sin saber qué podría ocurrir,
pues estaba sola, y que se forzó a no gritar.
Y yo a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

7 Con sus últimas fuerzas, dice que luego,
como su cuarto estaba helado, se arrastró
hasta el retrete y allí (no recuerda exactamente
en qué momento), sin más vueltas, parió
hacia el amanecer. Dice que entonces se sintió
muy confusa, y luego, ya medio congelada,
porque en el baño de servicio entra la nieve,
apenas tuvo fuerzas para alzar al niño.
En cuanto a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

8 Luego, entre el baño y la pieza -dice que hasta entonces
no había pasado nada-, la criatura
comenzó a gritar, eso la alteró de tal manera,
que la golpeó con ambos puños y con fuerza,
ciegamente, dice, hasta que se calló.
Luego de ello se llevó el 
cuerpito consigo
a la cama por el resto de la noche
y de mañana lo escondió en el lavadero.
Pero a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

Marie Farrar, nacida en abril,
muerta en la prisión de 
Meissen
madre soltera, sentenciada, quiere
mostrarles los sufrimientos de todas las criaturas.
Ustedes que dan a luz en limpias
camas de maternidad y llaman"benditos" a sus vientres preñados quieran
no condenar a los débiles perdidos
pues sus pecados fueron duros y su dolor fue grande.
Por eso, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás. 

martes, 16 de agosto de 2016

BERTOLT BRECHT

Bertolt Brecht, padre del teatro épico, legó una producción artística que critica la guerra y la injusticia social, la cual sigue vigente en la actualidad.
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Este domingo se conmemoran 60 años de la muerte de Eugen Bertolt Friedrich Brecht, mejor conocido como Bertolt Brecht y considerado el padre del teatro épico.
“El artista debe ser un testigo, un catalizador, un difusor y transformador de los grandes cambios y denunciar las grandes injusticias sociales”.
Desde muy joven se interesó por las realidades de las clases sociales con menos recursos y se opuso a la forma de vida de las familias de esa época. Se alejó de los lujos para desarrollar una personalidad más profunda.
Se identificó con el marxismo y por medio de un amplio contenido político en sus obras buscó gestar un cambio social a través de la educación.
La mayoría de sus piezas literarias fueron censuradas debido a sus críticas a la clase media alemana y por la represión nazi que imperaba en ese momento. Su obra se caracterizó por el alejamiento reflexivo y la observación crítica.
 

¿Qué nos dejó Bertolt Brecht?
El legado de Brecht es amplio y dentro de su obra destacan piezas teatrales y poemas. Siempre mantuvo una posición crítica y contestataria contra toda clase de injusticia.
Más de 50 obras teatrales, 8 libros de teoría del teatro, poemas y canciones, son parte de la herencia que dejó al mundo.
Brecht cuestionó la moralidad y la ética de la guerra, y evidenció a los mercaderes su producción artística sigue tan vigente como en la época en la que las escribió.
En su labor teatral invitaba a la reflexión y animaba al público a asumir una actitud política frente a los hechos históricos y sociales de su época. Su forma de hacer teatro fue calificada como épica porque visualizaba al artista como la conciencia de la realidad.
Las temáticas abordadas en la obra del dramaturgo alemán continúan vigentes, e invitan a la reflexión y a la denuncia social.
Frases célebres
"Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles".

"El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma".

"El arte, cuando es bueno, es siempre entretenimiento".

“Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime”.

FuenteTeleSur

lunes, 11 de julio de 2016

Edgar Lawrence Doctorow


CONTAR CON DOCTOROW


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Destacado novelista, indiscutible modernizador de la novela histórica norteamericana (un plato bastante raro de conseguir) con libros inolvidables como Ragtime, E. L. Doctorow, fallecido hace exactamente un año, también incursionó en narrativas más breves, desde el cuento a la nouvelle y la novela atomizada en relatos. La publicación de sus Cuentos completos permite asomarse a los rincones menos iluminados de su gran obra, y tomar aliento para seguir contando con Doctorow.
por Rodrigo Fresán
Prueba de que vivimos en un mundo cruel y muy imperfecto es el que –de un tiempo a esta parte– al comenzar a buscar en Google, el tecleo de un E. L. ya no conduce automáticamente a E. L. Doctorow sino a E. L. James, (ir)responsable de Cincuenta sombras de Grey y sus derivados.
No importa: aún así, el recientemente fallecido Edgar Lawrence Doctorow (The Bronx, 1931 – New York, 2015) continúa iluminando más allá de perversiones y aberraciones pasajeras con una obra coronada por estos Cuentos completos, primera edición en cualquier lengua y editorial, y preparada con su colaboración y entusiasmo hasta el final.
Y, de acuerdo, la recopilación de las ficciones más o menos breves del autor de clásicos modernos de largo aliento (como la política-familiar El libro de Daniel, la caleidoscópica y refundacional del concepto de novela histórica Ragtime, la variación gangsteril à la Twain Billy Bathgate, la belicosa y coral La larga marcha, o el casi gótico urbano de Homer y Langley) no han sido considerados modélicos o influyentes. Y es verdad: nadie recordará a Doctorow única y exclusivamente por este libro qué sí sirve para no olvidarlo. Cuentos completos no tiene el peso específico de otros monolitos en el paisaje narrativo de su país como, por ejemplo, los que elevan al infinito y más allá a las piezas cortas de Henry James, Katherine Anne Porter, Ernest Hemingway, Bernard Malamud, Francis Scott Fitzgerald, Flannery O’Connor, John Cheever, Grace Paley, Donald Barthelme, Raymond Carver.
Tampoco, es cierto, los cuentos de Doctorow cuelgan parejos y en igualdad de condiciones junto a sus novelas (muchos de ellos tienen ese aire engañoso y desconcertante de una acuarela elegante ubicada junto a un mural portentoso); pero sí producen un efecto complementario casi por oposición más que interesante y digno de admirar. Porque mientras las novelas de Doctorow parecen proyectar la Historia en avasallante y panorámico formato CinemaScope con múltiples efectos especiales, sus relatos optan por una domesticidad Super-8 que –como bien apunta Eduardo Lago en su precisa y justiciera introducción– no por eso se priva de susurros vanguardistas y estructuras raras para hacer comulgar a la palabra History con la palabra story. Doctorow es, sí, un escritor patriota en el mejor sentido de la palabra y, de ordenarse cronológicamente las tramas de sus libros, se obtiene una versión alternativa pero fiel de siglo y medio de historia norteamericana. “Sus libros me enseñaron mucho”, agradeció Barack Obama a la hora de las elegías, el pasado julio, vía Twitter, mientras en su necrológica The New York Times lo definía como “viajero temporal literario”.
A un costado de esa odisea, Cuentos completos reúne lo publicado en esa suerte de novela-en relatos que fue Vidas de los poetas (de 1984, en Anagrama) y Sweet Land Stories (2004, de la que sólo hubo traducción catalana en Edicions de 1984 e incluía esa proeza que es el falso thriller conspirativo comprimido “Niño, muerto, en la rosaleda”) y las piezas sueltas complementando la antología personal y un tanto deficiente e invertebrada Todo el tiempo del mundo (de 2011, en Miscelánea). Ahora, aquí, todo eso cae en su lugar –en un solo lugar y como un todo– y es reordenado por el propio autor. Y vuelve a cerrarse con la nouvelle “Vida de los poetas”, que se entiende como cruza de declaración ética/estética, making-of y monólogo confesional en el que un mago no llega a revelar el secreto de sus trucos pero ofrece unas cuantas pistas sobre su arte y sobre su perfil singular.
Porque Doctorow –grande indiscutido, best-seller de calidad, constructor de rarezas experimentales como El lago o La ciudad de Dios, ganador de premios importantes –aparece hoy un tanto injustamente desdibujado junto a sus colegas de generación habiendo hecho mucho más que muchos de ellos. Un poco lo que sucedió en su tiempo con el también técnico– historicista y tan innovador John Dos Passos. El tratamiento de lo verídico/ficticio de Doctorow –como en Dos Passos–ha influido en el aquí y ahora mucho más de lo que parece. Comprobarlo en lo de T. C. Boyle, en el Michael Chabon de Kavalier & Clay, en Peter Carey, en James Ellroy, en Adam Johnson o en Richard Powers. Un crítico –con afinada gracia pop– propuso que ignorar a Doctorow era como ser fan de R.E.M. o The Smiths sin haber escuchado nunca a The Byrds.
Y, aun así, inevitables disonancias entre el público.
El propio contemporáneo John Updike –autor de las muy doctorowianas La belleza de los lirios y Hacia el final del tiempo–llegó a reprocharle a Doctorow una cierta actitud de titiritero/científico para con sus personajes inventados interactuando con personas verdaderas. Mientras que firmas supuestamente más aventureras (aunque Updike lo fue, y mucho) lo consideraran maestro e inspirador. A la hora de entregarle en 2012 el premio PEN/Saul Bellow por toda su carrera, Don DeLillo (la colosal Submundo y sus cuentos en El ángel esmeralda tienen y le deben mucho a Doctorow) celebró la manera cómo conseguía que “vidas simples adoptaran la cadencia de lo histórico” mientras que Jennifer Egan destacaba “su sensibilidad para un lenguaje perfectamente balanceado que se complementa con una visión de gigante” y George Saunders lo sintetizaba “un escritor de una increíble valentía”.
Cuentos completos –donde comulga el clasicismo de “El escritor de la familia” con la innovación de “Glosas de las canciones de Billy Bathgate”, la polifonía dialogada de “Integración” o la reescritura de un clásico ajeno en “Wakefield” –es, aunque dolorosa y triste, la mejor despedida para darle renovada bienvenida a quien, en el prefacio a un volumen de sus ensayos, postuló que “subrayándolo todo –los destellos evocativos, el arduo trabajo con el lenguaje–está la creencia del escritor en una historia como sistema de conocimiento. Este conocimiento es similar a la fe del hombre del laboratorio en el método científico como camino a la verdad”.
Cuentos completos. E. L. Doctorow Malpaso 457 páginas
Y Doctorow fue un creyente que vivió para contarlo y contarla.
Y nada es casual –nada se pierde, todo se transforma– la textura y modales de su última novela, la cientificista El cerebro de Andrew (2014), hacen que se lea más como un cuento muy largo. En este, el más íntimo e interior de sus títulos, el narrador reconoce que “siempre he respondido a la historia de mis tiempos” pero acaba rindiéndose a la imposibilidad de contarlo todo.
De acuerdo.
Pero –Cuentos completos es prueba irrefutable de ello; y suma tanto más y mejor su poético magnate industrial F. W. Bennett en El lago que el vulgar obseso sexual Christian Grey ya saben dónde– Doctorow contó y cuenta mucho.
Contar con Doctorow entonces.

domingo, 12 de junio de 2016