miércoles, 30 de mayo de 2018

PHILIP ROTH


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Es inevitable considerar a Philip Roth (Newark, 1933-Nueva York, 2018) uno de los autores centrales de Estados Unidos del último medio siglo. A su muerte,ocurrida ayer, su obra parece adquirir un relieve definitivo. Sus más de treinta títulos proponen uno de los frescos más originales y exhaustivos de las diversas neurosis estadounidenses. Las novelas de Roth, que mezclan la ficción con la guiños autobiográficos, no gozaron siempre de semejante unanimidad. En sus comienzos, en los años sesenta, su franqueza sexual lo llevó a ser considerado un provocador compulsivo. Su retrato irónico e iconoclasta del judaísmo fue recibido con críticas y malestar por esa comunidad, en la que fue criado y educado. Incluso fue acusado de narcisista por el modo en que exponía en clave sus relaciones (a veces de manera vengativa) con sus mujeres. Con los años, contra todo, la obra de Roth también es sinónimo de una literatura que no escapa a la reflexión moral. La mortalidad y el envejecimiento son los temas de sus últimos libros.
En 2012, había anunciado que ya no escribiría más ficción y que se dedicaría solamente a leer, sobre todo historia. Estimaba que lo que vendría a continuación no tendría ya la suficiente energía verbal que lo que había escrito hasta entonces. En una entrevista con el diario español El País a inicios de este año, Roth declaró que cada mañana se asombraba de haber sobrevivido otra noche. "En pocos meses dejaré la vejez para adentrarme en la vejez profunda", dijo. El novelista que, acaso como ningún otro de su generación, dinamitó las convenciones religiosas, políticas, sexuales y sociales de la época murió hoy en Nueva York.

Adiós, Columbus

Es el primer libro de Philip Roth, publicado en 1959, cuando el autor tenía apenas veintiséis años. La novela corta que da título al libro cuenta el romance entre dos jóvenes universitarios de diversa procedencia social. Él es un bibliotecario pobretón y ella, hija de una adinerada familia judía. Contada desde el punto de vista del joven, la historia se ve pronto infectada por las desigualdades, el deseo sexual y la sospecha. La historia fue llevada al cine en 1969 por Larry Pierce y el papel de Brenda Patimkin (la joven rica y hermosa) fue interpretado por Ali MacGraw. Completan este primer libro del autor cinco cuentos en los que asoma la variedad de registros de Roth: la iconoclasia contra los valores tradicionales, el humor, la ternura y las relaciones conflictivas entre padres e hijos de la comunidad judía en Estados Unidos.
El lamento de Portnoy
Su primer libro de cuentos, Goodbye Columbus, había sido muy bien recibido, pero fue su tercera novela, El lamento de Portnoy (1969), la que catapultó su fama pública. La narración consiste en el monólogo de un joven judío soltero, muy atado a su madre, que sufre por sus permanentes frustraciones sexuales. Las escenas de masturbación crearon gran controversia en su época (hoy tienen una gracia ingenua), pero el retrato de ese personaje cómicamente torturado preanuncia, con gesto más furibundo, cierto absurdo a la Woody Allen.
Secuencias de El lamento de Portnoy, adaptación de la novela de Roth realizada en 1972 por Ernest Lehman

La visita al maestro

David Kepesh ( El profesor del deseo) fue el primer personaje que Roth hizo saltar de una obra a otra, pero fue el también ficticio Nathan Zuckerman quien a la larga tomaría la posta como álter ego apenas velado del escritor. Le dedicó una tetralogía, que incluyeLa visita al maestroZuckerman encadenadoLa lección de Anatomía y La orgía de Praga. Con los años volvería a hacerse presente en otras novelas de peso, incluida la deliciosa Sale el fantasma, en que se lo muestra ya viejo y olvidadizo. La visita al maestro ( The Ghost Writer en inglés) es la primera del ciclo y es un perfecto tour de force. El joven aspirante a escritor Zuckerman visita a un autor admirado, E.I. Lonoff (acaso inspirado en Bernard Malamud), y se siente atraído por su asistente. En un memorable giro tragicómico, la muchacha resulta ser Anna Frank, que sobrevivió a la guerra. O eso parece.

Pastoral americana

Para algunos, Pastoral americana (1997) es la novela más importante del escritor. Las peripecias vitales de Seymour Levov, conocido como el "sueco", antigua estrella deportiva colegial, son narradas por Zuckerman, que reconstruye su historia tras enterarse en una reunión de graduados de que aquel murió recientemente de cáncer. La poderosa narración, siguiendo a su personaje, propone como trasfondo un amplio panorama de acontecimientos todavía recientes de la historia estadounidense: la sombra de Vietnam, la violencia radical de los años sesenta, los panteras negras y el escándalo del Watergate, entre otros. En el corazón de la trama figura un atentado que marcó de manera decisiva la vida del protagonista, y que es la clave de la novela.

La conjura contra América

El protagonista principal de La conjura contra América (2004) es un niño que se cría en Newark, New Jersey, y se llama Philip Roth. Es, claro está, otro de los engañosos juegos de identidad con que suele puntear su obra el escritor. Porque, lejos de lo confesional, La conjura... es una fantasía política de primer orden. Ya iniciada la Segunda Guerra Mundial, el famoso aviador Charles Lindbergh, de simpatías nazis y opuesto a la intervención bélica norteamericana, se impone en las elecciones presidenciales a Franklin Delano Roosevelt. Ese escenario virtual (en realidad, Roosevelt fue el primer mandatario de los Estados Unidos durante casi toda la contienda) le permite a Roth un acercamiento único a los entresijos de la política americana y a la condición judía en aquellos años decisivos. También es una perfecta coartada para recrear de manera extrañada su propia infancia.

Patrimonio

Roth también escribió, sin embargo, libros de corte autobiográfico tradicionales. EnPatrimonio. Una historia verdadera el héroe es Herman, su propio padre quien, ya octogenario, lucha contra una cruel enfermedad. Es un magnífico retrato, pero también una meditación sobre la difícil relación entre padre e hijo. Es posible que Patrimonio(1991) haya inaugurado una vertiente más reflexiva en la literatura de Roth, que mucho después alcanzaría uno de sus puntos más altos en Elegía Everyman, en inglés), novela breve sobre la fugacidad de la vida y el adiós.

Las Némesis

En un solo volumen, Literatura Random House publicó cuatro obras fundamentales de Roth: ElegíaIndignaciónLa humillación y Némesis. La cuestión de las decisiones que determinan (y no pocas veces arruinan) una vida sobrevuela este cuarteto de novelas cortas. Elegía, de 2006, aborda un motivo recurrente de la literatura: el vínculo de un hombre mayor y erudito que se apasiona por una joven bella. Fue llevada al cine en 2008 por Isabel Coixet y el personaje femenino fue interpretado por Penélope Cruz.Indignación (2008) es el relato de un joven que se opone al conformismo y la delación en Estados Unidos durante la "era McCarthy", que contrasta con temor, quizás justificado, del padre. En La humillación, de 2009, un actor consagrado, Simon Axler, inicia una relación aberrante y arriesgada, en un intento por recuperar el talento perdido. Esta novela no recibió buenas críticas, pero Nemésis, de 2010, reivindicó a Roth ante sus lectores. Ambientada en Newark, escenario favorito del autor, la historia transcurre en el verano de 1944, cuando se desata una epidemia de polio. Mientras el número de víctimas mortales crece, Bucky Cantor, joven profesor judío, se enfrenta a la muerte de sus alumnos con ira y estupor. La novela de Roth se asocia de inmediato conLa peste, de Albert Camus.

lunes, 7 de agosto de 2017

Sam Shepard sobre bob Dylan

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Sin embargo, lo que continúa centrando toda mi atención es la serie de complementos que ha escogido. Desde las gafas a la Gibson y la propia Baez. Todo funciona en una zona de hipnosis extrema. No puedes apartar los ojos de esas gafas. Tuve una experiencia similar cuando vi a Ray Charles la primera vez en el instituto. Aquel enloquecido movimiento lateral de la cabeza con el cuello rígido y los lentes que se convertían en un imán visual. De la visión a la ceguera y vuelta a la visión. El personal del hotel adopta posturas de aficionados al cine. Lo único que falta son las palomitas. No están muy seguros de qué o a quién contemplan. De lo único que están seguros es de los nombres. Lo que aparece frente a ellos es un hombre bajito, ciego y demoníaco que canta palabras extrañas (“vacié los ceniceros en un nivel completamente distinto”) con una guapa chica mexicana. La perra sabuesa entra y sale trotando entre los manojos de cables de los micrófonos, ajena al ruido, con el hocico pegado al suelo a la caza de alguna corteza. Las cámaras explotan y los Super Troopers parecen a punto de perforar limpiamente unos grandes agujeros en el telón de fondo. Ken, el foto fija, acecha entre bastidores como un cazador de leones. Es notable la aparente falta de esfuerzo con que lo hace todo Dylan. Está en mitad de todo, convirtiendo toda esta locura en algo coherente con su simple presencia.
Grandes apuestas
Una fuerte sensación recurrente que tengo cuando contemplo a Dylan actuando es la impresión de que se juega Grandes Apuestas. El dice que “sólo es un músico”, y en su interior necesita ese tipo de protección ante las pruebas intelectuales que son una amenaza constante para cualquier artista. Incluso así, no tiene que responder por sí mismo a las repercusiones de su arte en absoluto. Caen sobre nosotros como preguntas y ésa es su esencia. El mito es un medio poderoso porque habla a las emociones y no a la cabeza. Nos traslada a un área de misterio. Creer en algunos mitos es venenoso, pero otros tienen la capacidad de cambiar algo dentro de nosotros, incluso si sólo es durante uno o dos minutos. Dylan crea una atmósfera mítica de la tierra que nos rodea. La tierra por la que caminamos cada día y que nunca vemos hasta que alguien nos la enseña.
Conrad
Dylan: ¿Has leído algo de Conrad?
Yo: No.
Dylan: Pues deberías leer a Conrad.
(Pausa larga)
Yo: ¿Lees mucho?v Dylan: Algo.
Yo: ¿Siempre has leído mucho?
Dylan: Siempre leo algo.
Yo: ¿Dónde consigues los libros?
Dylan: En las bibliotecas de la gente. Entro en las bibliotecas de la gente y los tienen allí.
Las manos de Dylan
Meñique blanco, arrugado, con articulación doble. Uñas largas que revolotean sobre el armonio de Allen como una criatura con tentáculos. Manos de cuero lechosas, curtidas, que nos dicen más cosas que su cara sobre la música y sobre dónde han estado. Manos antiguas, demoníacas, no humanas, que casi dan miedo.
El inventor
Dylan se ha inventado a sí mismo. Se ha hecho a sí mismo desde cero. Esto es, a partir de las cosas que tiene a su alrededor y dentro. Dylan es un invento de su propia mente. La cuestión no es explicárselo, sino asimilarlo. De todos modos, él se mete en ti, así que, ¿por qué no incorporarlo simplemente? No es el primero que se ha inventado a sí mismo, pero sí es el primero que se ha inventado a Dylan. Nadie se lo inventó antes que él. Ni después. ¿Qué sucede cuando alguien inventa algo fuera de sí mismo, como un avión o un tren de mercancías? La cosa se ve como lo que es. Se ve como algo increíble porque nunca se ha visto antes, pero la gente la absorbe y en ese proceso sus vidas cambian. Pero no andan por ahí intentando entender lo que no es, para siempre. Lo utilizan como un medio para la aventura.
Monólogo de Dylan
Película
“Andaba buscándome a mí mismo en esa tienda de pueblo. Me informaron. Ciertas fuentes me dijeron que aquél era el sitio. No tenía ni idea de por qué. Quiero decir que desde fuera era igual que cualquier otro sitio. Leña para vender, cosas así. Así que entré y les pregunté si me habían visto. Se lo pregunté directamente así. Con lo que me miraron como si estuviera loco y me dijeron que esperase allí mismo. Desaparecieron en los cuartos de atrás y allí estaba yo. Allí de pie sin más. Así que se me empezó a mover el cuerpo mientras esperaba allí. Una especie de baile. Mirando en torno. Golpeando el suelo. Zapateando. Luego empecé a hablar solo como si nadie pudiera oír lo que pretendía. Empecé a oír cosas a mi alrededor. Todo lo que podían ver los ojos y oír los oídos. Hacer listas para mí mismo. Sierras mecánicas, martillos, barritas de queso, barritas de galletas, galletas, jornaleros, predicadores, panteras, clavos, sierras de vaivén, caballos, caballitos de cartón, bancos, fuerabordas, nubes negras, truenos, camiones madereros, carne de cerdo, desayuno, tazas de té, bailarines, Nijinski, buzos, mares profundos, océanos, ríos, ferrocarril, charlatanes, radio, ondas, madres, hijos en la guerra, peligro, ideas, magia, señores de la guerra, bombas fantasma, imitaciones, talleres de maquinaria, galaxias, tortura, búsquedas del tesoro, líderes de banda, Dixieland, cosechas de trigo, tractores, remolques, ingenieros, guardaespaldas, guepardos, México, páramos, vida del desierto, órganos, redobles, ejecuciones, crucifixiones, embalsamamientos, ambulancias, manos ensangrentadas, trucos, invenciones de la mente, invenciones del cuerpo, artículos de deporte, taxis, imperdibles, cojinetes, repuestos, vejigas, espaldas rotas, reses de cara blanca, explotadores, caseros, camerinos, diamantes, manos largas, carne de gallina, apaches, dingos y monos en el espacio. Y entonces, simplemente, salí corriendo.”
Este retrato está incluido en Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera de Sam Shepard.
(Editorial Anagrama).

Murió Sam Shepard, el hombre que mostró el lado más oscuro del "sueño americano"

El célebre escritor publicó 44 obras de teatro, libros de cuentos cortos, ensayos y memorias. En 1979, a los 36 años, ganó un Pulitzer a la mejor obra teatral en 1979 por su obra “Buried Child” (“Niño enterrado”). Para ese galardón fue nominado otras dos veces, en 1983, por True West, y al año siguiente, por Locos de amor, que luego Shepard llevó al cine en los roles de guionista y papel principal.
En el mundo de la pantalla grande también tuvo su reconocimiento, tanto que fue nominado a un Oscar como actor de reparto por su papel del aviador Chuck Yeager en el filme por el filme “The Right Stuff” (‘Los elegidos de la gloria”, 1983).
Fue asimismo coguionista del filme de Wim Wenders “Paris, Texas”, que ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 1984. Una de sus últimas apariciones se dio en la serie “Bloodline”, donde hizo de Robert Rayburn, el jefe de la intrincada familia que protagoniza la producción de Netflix y que este año estrenó su tercera temporada.
Sus poéticas obras están pobladas por personajes en los márgenes de la sociedad y cuentan el lado más oscuro del “sueño americano”, a veces con dosis de surrealismo y de humor.
“En mi opinión, el tiempo dirá que Shepard fue una de las voces más significativas de Estados Unidos, que contó la historia de Estados Unidos con una profunda percepción y con un oído para la expresión de nuestras esperanzas y miedos más profundos”, dijo Gary Grant, un académico experto en la obra del actor que ha dirigido varias de sus obras.
La organización PEN America, que le otorgó el premio teatral PEN/Laura Pels International Foundation en 2009, aseguró el lunes que “el legado de Shepard en el teatro estadounidense es incuestionable”.
Shepard nació el 5 de noviembre de 1943 en Illinois y tuvo una vida bastante nómade, porque su padre era militar (y ex piloto de la Segunda Guerra Mundial) y se mudaban de un lugar a otro constantemente. Su madre era maestra.
Se graduó de un liceo en Duarte, California, donde ya escribía poesía y actuaba. Comenzó a estudiar agricultura en la universidad, pero abandonó los estudios, se unió a un grupo teatral itinerante y llegó a Nueva York a comienzos de los años ’60, donde escribió sus primeras obras de teatro.
Enseñó escritura de guiones teatrales en universidades, talleres, festivales y seminarios. Fue electo a la Academia Estadounidense de Artes y Letras en 1986.
Shepard dejó tres hijos, uno de su primera esposa O-Lan Jones y dos con la famosa actriz Jessica Lange.

Ensayo de Shepard publicado en Luna Halcón

Bombo, pedal, fantasma, crepitación de platillos. Sombrero de copa, el viejo estilo dixieland, New Orleans de decirlo. Llevar una orquesta de montañeses del sur al Rock, al Rock duro, al Soul, Rythm n Blues. Una pelea entre la guitarra solista y el piano, ¿quién domina? La guitarra vence, claro. Los líos interiores de una banda que el público nunca ve. La diferencia constante entre dentro y fuera, el que actúa y la actuación, la experiencia y lo que ellos experimentan. El Rock n Roll es sin duda la leche y siempre lo será. El Rock n Roll hizo que el cine, el teatro, los libros, la pintura y el arte se fueran a la mierda, nada de todo eso ha aguantado. No pueden con los Who, los Stones, los viejos Yardbirds, los Doors, la Velvet, Traffic, Janis, Jimi y todos los demás. La constante frustración de los artistas por no rezagarse de la música de nuestro tiempo. El Rock n Roll jamás morirá. Pero que me decís de la novela, el teatro y toda esa cultura. Norman Mailer empeñado en seguir siendo un hombre, Edward Albee trabajando para Broadway del amanecer al crepúsculo. Pete Townshend dice que el Rock n Roll es el mejor medio para la autodestrucción, y no está hablando del suicidio. Joe Cocker dijo que si no se hubiese puesto a cantar seguramente hubiese asesinado a alguien. Qué otro arte puede siquiera acercarse a eso. El bailarín atrapado en la forma, el actor atrapado por el texto. El Rock n Roll es mejor que el Rugby, el Fútbol y hasta es mejor que el Boxeo porque: ¿cuántos nocauts o cuantos KO totales ves en combate? Uno, si tenés suerte, y lo normal es que se apoyen en una rodilla. Cada vez que vi tocar a los Who en los viejos tiempos era como ver a Sonny Liston cayendo en la lona una y otra vez, de principio a fin, las palmas sacaban humo. El Rock n Roll es la violencia manifiesta sin hacerle daño a nadie, a lo sumo una alguna patada en la boca o una buena trompada. El Rock n Roll es más revolucionario que la revolución. Que le den por el culo a James Taylor y a todos tontitos de la guitarra enamorada y la balada boba. Lo que yo quiero es música dura y jodida, culo, mierda, patada, como “Hey Joe” y “ Down Home Girl” y Summertime Blues”, como lo hacían los Who, y “School days” de Chuck Berry o Little Richards y Otis y Jerry Lee… ROCK n ROLL… vamos a bailar el Rock, vamos a romperlo todo, vamos a bailar esta noche.


sábado, 17 de junio de 2017

DANIEL MOYANO Recuerdos de La Rioja

 Los militares lo secuestraron el 25 de marzo de 1976, un día después del golpe de Estado y, apenas lo liberaron, se exilió en Madrid, donde murió el 1º de julio de 1992, a los 62 años. No fue el primer desarraigo que sufrió el escritor Daniel Moyano, ni el último. Aunque había nacido en Buenos Aires en 1930, pasó su infancia en la ciudad de Córdoba y se radicó en La Rioja, en donde escribió la mayoría de sus relatos y novelas. A pesar de haber sido elogiado nada menos que por José Bianco ("no propaga doctrina, no teoriza ni argumenta, sino que sencillamente narra") y Augusto Roa Bastos, el último exilio que sufrió Moyano –Premio Juan Rulfo en 1985– fue el olvido de la crítica, la academia y el mundo editorial.



 

Recuerdos de
La Rioja

"... El nuevo gobierno, ante los agobiantes problemas riojanos, los había resuelto eliminando la provincia. Con la nueva división política, la parte cordillerana quedó para San Juan, la parte norte para Catamarca y el resto para Córdoba. Los cordobeses habían instalado una fábrica de salchichas en la Casa de Gobierno, el gobernador había pasado a ser ordenanza en un pasillo de los Tribunales de San Juan, (...) la ciudad capital fue taponada con quioscos, y el obispo, que se resistió, fue descendido a monaguillo por sugerencia del cardenal primado. Finalmente los perros, los burros, los gallos y los vendedores ambulantes fueron unificados en el rubro ‘varios’, embalados y remitidos a Bolivia en pago de una deuda..."

[Fragmento de "El trino del diablo", novela escrita en La Rioja en 1974, durante la gobernación de Carlos Menem]


 

Persecución de un ritmo

Por Noé Jitrik
La circulación de la producción literaria de un escritor responde a la inmediatez instituida de los escritores consagrados por la academia o por las grandes editoriales, lo que implica que el sujeto de la literatura ya no es el lector sino el propio editor. En la madeja de esta complejidad, la obra de Daniel Moyano, a diferencia de Rodolfo Walsh, es más silenciosa, y tal vez por eso menos recordada. Existe la "veleta", un oportunismo que establece cuáles son los autores que hay que leer y de los cuales hay que hablar, sin tener en cuenta el valor de los que quedan afuera de este círculo. La primera novela que leí de Moyano fue Una luz muy lejana. En esas páginas sentí que aparecía una voz que recordaba la luz de la provincia con una solidez y una firmeza que me sorprendieron. La constante de su escritura está relacionada con la música, la persecución de un ritmo, que distinguía sus cuentos y novelas de otras narrativas. El tomaba a la música como soldador de su escritura, con la precisión y la elegancia del violinista que era. Lo vi en España, poco antes de morir, cuando le otorgaron el Premio Cervantes a Augusto Roa Bastos, y me dijo que se sentía poco reconocido y leído.

Los caminos inversos
 
Por Héctor Tizón

La obra del escritor no muere cuando se acaba la vida biológica del autor. Moyano fue el precursor de una literatura que hizo el recorrido contrario, desde adentro hacia la metrópolis, junto con Juan José Saer y Antonio Di Benedetto. Logró jugar en primera sin haber nacido en Buenos Aires. El hecho de que no haya muchos libros en las librerías es por las mecánicas de funcionamiento del marketing editorial. La importancia de su literatura va a vencer esta indiferencia aparente. Una novela como Libros de navíos y de borrascas es un trabajo contundente porque representa el momento sublime de la madurez de Moyano, al reflejar el estado de ánimo de toda una generación. En Madrid nos veíamos con frecuencia y siempre me dio la impresión de que quería regresar pero que intuía que jamás volvería a pisar suelo argentino. Solía utilizar una metáfora sobre la desaparición de lo que alguna vez se llamó Argentina: como una isla de Cracatova. La última vez que lo vi estaba triste, un estado de ánimo poco representativo de su personalidad. Supongo que aunque él no sabía que tenía cáncer, intuía que la muerte le estaba rondando bajo la forma de una enfermedad incurable.
Fuente: Página/12, 2002

DANIEL MOYANO Un artista de variedades


  Daniel Moyano murió el 11 de junio de 1992, en España, donde permaneció exiliado desde que escapara de la dictadura militar en el mes de mayo de 1976. Mientras algunas antologías revalorizan su obra, también se dio a conocer su novela Dónde estás con tus ojos celestes, nunca publicada antes. En esta entrevista inédita (extractos, en rigor, de una extensa conversación entre agosto de 1987 y noviembre de 1988), Moyano repasa su infancia, su relación con la literatura, la música, su detención y el exilio.

 
 
Por Andrew Graham-Yooll
 
Con Daniel Moyano alguna vez tratamos de calcular cuántos kilómetros había entre su casa en La Rioja y el “piso” en la Ronda de Segovia, de Madrid. El cálculo estaba dirigido a saber dónde nos había llevado la vida, pero se hallaba condenado al fracaso porque la cifra no nos interesaba. Había armado la casa del exilio madrileño con su mujer, Irma Capellino, y con los dos hijos del matrimonio. De los encuentros familiares, en Madrid y, también en Londres, queda el recuerdo de su humor y de la calidez en su cara algo cansada. (“Dale, inglés, decilo, cara de indio. Es así. Mi padre era medio indio”, reía Moyano.) Lo extraño mucho, ahora como en aquel primero de julio hace trece años en que su hijo avisó que Daniel había muerto. Me habla todavía, en dos cintas, dos extendidas charlas (53 hojas en la desgrabación) que sostuvimos en agosto de 1987 y en noviembre de 1988. Sus palabras reflejan erudición, su amplia lectura, su obra y su angustia.
Daniel Moyano fue el menos conocido de los grandes escritores argentinos y latinoamericanos de los ‘60 y ‘70. Felizmente, este año se ha comenzado a reeditar su obra. Tenía obra publicada cuando ocurrió su gran lanzamiento como escritor a raíz del premio Primera Plana, en 1967. Un jurado de lujo (Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez) proclamó ganadora su novela El oscuro. Su carrera había comenzado como plomero y albañil, si bien siempre fue escritor, y músico, desde que no pudo ir a la escuela en Córdoba. Sus oficios le sirvieron en el exilio luego de su detención en marzo de 1976. Aparte de cargar con la máquina de escribir, lo que más cerca llevaba era la bolsa con las herramientas de plomero.
Lo que sigue, un extracto de esas dos charlas grabadas, son palabras de Daniel Moyano, hablando como amigo, escritor, argentino y exiliado.
“Hablabas de Antonio di Benedetto. El decía que el exilio no tiene regreso. Era un caballero. Todos conocimos un Di Benedetto en Mendoza y en Buenos Aires, y otra persona en España, cuando salió de la cárcel. Sufría delirios de persecución, estaba envejecido y con problemas de memoria. Los militares lo acusaron de viajar a Cuba en busca de instrucciones para la guerrilla. Le preguntaban qué hacía en Cuba, si usaba el télex del diario Los Andes, donde fue subdirector, para comunicarse con la guerrilla. En los interrogatorios lo golpearon todo el tiempo, me dijo. Antonio se exilió en España. Sara Gallardo trató de ayudarlo, igual que muchos. Regresó a Buenos Aires, trabajó unos meses, y se quedó sin trabajo. Cuando murió, los diarios porteños le hicieron grandes elogios.”
“Lo cito porque al exilio traté de negarlo. Poco a poco uno se va dando cuenta de la mentira de eso. He regresado a Buenos Aires, como muchos, pero me doy cuenta de que no regreso, aunque regrese. Lo que dejé ya no existe, los hilos están cortados. Alguien me dijo que mi novela Navíos y borrascas es mi paso hacia el exilio.
”Nuestra identidad es la de exiliado permanente. Julio Mafud, en El desarraigo argentino, sostenía que eran desarraigados los españoles que emigraban y desarraigados los indios que desposeían, y desarraigados los inmigrantes del siglo XIX que vinieron a desposeer. Eduardo Mallea por ahí dice que la Argentina es como una gran ramera con la que todos se acuestan, pero que nadie la asume. Mi abuelo materno hablaba de volver a Italia, y de un barco mitológico que lo llevaría. No volvió, como no vamos a volver ninguno de nosotros. Yo me invento que mi abuelo se fue para allá con un acordeón, pensando que iba a volver. Volví yo, él soy yo, y volví con un violín. Cambiamos de instrumento, nada más. Mario Benedetti ha inventado una palabra muy buena, desexilio, pero no creo que sea posible el desexilio.
”Lo he superado: no tengo nostalgia, ni me quejo. Empecé a ver a Madrid como una ciudad real. No la veía como real, sino como ciudad ‘impuesta’. Ahora, que sé que el exilio es irreversible, me siento cómodo. Es saludable y debe ser un mecanismo de defensa. Quiero asumir el exilio sin temor, y sin esperanza.”
“Los primeros siete años de exilio no pude escribir nada. Había perdido toda capacidad expresiva. Lo que intentaba escribir era visceral, patológico, mezclado con pesadillas... que terminaban en un cuartel, no podía escribir porque todo lo que escribía estaba prendido a esta desesperación. Hasta que intenté la re-escritura de El vuelo del tigre, que yo había escrito en La Rioja. Cuando me detuvieron, Irma enterró el original en la huerta, porque si los militares leían además de saquear no me soltaban más. Un cura amigo le dijo a Irma: Hagan desaparecer ese manuscrito. No había copia. Hice una reconstrucción del manuscrito. Cuando volví a La Rioja, los que vivían en la casa habían volteado la higuera, pusieron césped, una pileta de natación... Andá a saber qué pasó con el original.”
“Navíos y borrascas sirvió para recuperar mi capacidad expresiva. Eso y la re-escritura de El vuelo... Ahora la novela que he escrito ya no tiene nada de eso. Es una novela andina, que se desarrolla en un pueblo de la cordillera de los Andes donde un hombre encerrado con un diccionario y una gramática se enfrenta con las palabras para contar la historia de su pueblo que va a desaparecer.”
“Sabés que tenemos cosas en común, vos y yo. Algo de ingleses y protestantes, de vivir en Córdoba, y eso de caer en juzgado de menores de muy joven. Vivíamos en La Falda cuando yo tenía entre cuatro y siete años. Eramos los caseros de unos pastores ingleses que tenían un chalet muy bonito. Mr. Louis Robert y Mr. Clifford. Hablaban un castellano tarzánico. La mujer de Mr. Robert, Emilia, tocaba el armonio y el culto evangélico se hacía en su casa. Nosotros desde antes éramos protestantes..., desde Buenos Aires. Mi madre lo era. Yo nací en Buenos Aires, pero mi familia era de Córdoba.”
“Cuando muere mi madre yo tenía siete años. Entonces mis tías católicas me bautizaron en la Iglesia..., no era bautizado. Ahí me vino el susto porque me dicen usted es un animalito, no se ha bautizado. No entendí nunca lo del pecado original, me llenaba de terror. Todavía me da miedo la religión católica.”
“A mi hermana la mandaron a Alta Gracia con otros tíos. Cuando pude me escapé, porque quería estar cerca de mi hermana. Iba a tercer grado en el Colegio de la Torre. En los recreos jugábamos a la mancha, y el más ágil de todos se llamaba Guevara. Era asmático y tenía un tórax grande. Otro recuerdo que tengo del Che es que un día todo el grupo que jugaba a la mancha fuimos a una casa a robar duraznos, a la siesta. Estábamos robando y se asomó un viejo, que dijo: Lleváos los duraznos pero no me rompáis el árbol. Era Manuel de Falla, que vivía en Los Espinillos, en Alta Gracia. Yo le conté esto a Julio Cortázar. Me dijo, ¿Por qué no lo escribís? No puedo... es como escribir las memorias. Después se lo conté a don Ernesto, en Cuba.”
“Yo nací en Buenos Aires, me llevaron a Córdoba, y luego me fui a La Rioja porque los abuelos de mi padre eran de Olta, de La Rioja. Yo decidí irme de Córdoba a La Rioja, buscando raíces. Mi madre nació en Minas Gerais, cerca de Belo Horizonte. A los diez años la trajeron a la Argentina. Se casó con mi padre (que según él tenía sangre india). Tengo muy pocos recuerdos.”
“Cuando me tuve que enrolar en Córdoba, no tenía documento. Mi padre le había dicho a mi madre: Hay que hacer los trámites para anotarlo a Daniel, pero mi mamá dijo: Daniel está anotado en el cielo, qué me importan los papeles. Estoy anotado en el cielo, con el pastor, pero no en la tierra. Escribimos a Buenos Aires, y nos dijeron que viajáramos. No fui a Buenos Aires, costaba un dineral. Un juez en Córdoba me dijo: Venite con dos testigos falsos, decí que naciste en Córdoba un año antes, y entonces te enrolamos y no te cobramos.”
“Me enrolé a los diecisiete e hice el servicio a los diecinueve. En los papeles figuro nacido en Córdoba, el 6 de octubre del ‘29. Nací en Buenos Aires el 6 de octubre del ‘30. Mis testigos falsos fueron un violinista gallego y un ave negra de esos que andan en los tribunales, que dijo: Yo me ocupé, Sr. Juez, de los servicios de obstetricia. El violinista dijo: Pues mire, yo he estado ahí sentado, leyendo una partitura. Y me puse a tocar el violín, y me dijeron: ¡Ha sido un varón!”
“Mi padre había trabajado en el Ministerio de Obras Públicas, y por ser radical lo echaron cuando Uriburu, en el ‘30. Durante un tiempo estuvimos muy mal.”
“En La Falda, para los carnavales, las murgas cantaban coplas (¡sucias para la época!, ahora son inocentes): La murga caradura / no sabe qué hacer / se pone a fabricar / calzones de mujer. ¡Mirá vos la inocencia! Joaquín se fue / a mear detrás de un convento / vinieron los perros / y le comieron el instrumento. Las coplas las escribía mi papá. Cuando pasaban las murgas Mr. Robert se ponía algodones en los oídos y decía ¡Qué horror! Y mi papá decía ¡Qué horror! ¡Cómo van a seguir así las cosas!... Si el inglés se enterara, decía mi papá. Fue un momento muy agradable, hasta que murió mi madre en 1937. Después de vivir con mis abuelos pasé de tío en tío. Mi padre desapareció. Reapareció años después. Todos los tíos me dieron material para los cuentos... Pasé un tiempo en un reformatorio, y mi hermana en un colegio de monjas, donde nos colocó un tío.”
“De vuelta en casa de mis abuelos maternos, cuando tenía doce años, leíamos La Divina Comedia, en italiano, claro. Yo leí El Quijote, la literatura gauchesca, Don Juan Tenorio. Son las lecturas que más recuerdo, inviernos enteros leyendo. Fui a Córdoba capital para hacer el bachillerato y no lo pude hacer porque no tenía papeles, como te dije. Entonces me iba a la Biblioteca de Córdoba, y leía... mucho. A Lugones. Descubrí la poesía de T. S. Eliot. En Córdoba empecé a escribir poesía. Luego me puse a leer a los autores norteamericanos. Pasé a Chéjov... Y escribía. Luego vendrían los cuentos en Artista de variedades (1960), y La lombriz (1964). Una luz muy lejana (1966) fue mi primer intento de novela. Después vino El monstruo y otros relatos, y El fuego interrumpido (1967). Escribí El oscuro a raíz de los tiempos del general Onganía. Esto me llevó a meterme en la realidad de mi país. Creo que terminé mi ciclo con mi país: lo que tenía que decir ya está dicho. Quiero evadirme de la historia de mi país, que me ha limitado mucho. El oscuro, El trino del diablo (1975), El vuelo del Tigre, son libros sobre los acontecimientos históricos, alguna vez anticipándome, como en El trino del diablo.
“Cortázar decía: escribas lo que escribas nunca vas a dejar de ser argentino, ni de escribir para tu país. Borges permaneció físicamente en la Argentina, pero mentalmente nunca estuvo.”
“Yo le decía a Julio: Mirá, después que dejé Córdoba y me fui a La Rioja, empecé a atisbar esta entelequia que es América latina. Yo necesito a América latina: necesito que exista, porque no soy ni italiano como mi abuelo, ni indio como mi padre. Soy mezcla. Necesito mi identidad, no a nivel literario, la necesito como persona. Le decía a Julio, me siento mucho más cerca de Rulfo que de vos o de Borges. A Borges lo admiro y a vos te quiero, le decía a Julio. Rulfo me dice más.”
“Sabés que el Cacho (el escritor, Mario Paoletti) cuenta por ahí la historia de cómo me reconcilié con mi suegro. Es graciosa, te hago la síntesis: mis suegros son de origen piamontés y tuve que raptarla a Irma porque no me dejaban casar con ella. Decían que yo no era nativo y que no tenía vacas. Nos fuimos a vivir a La Rioja, pero al año nos reconciliamos, cuando nació nuestro hijo, Ricardo. A mi suegro no le gustaba que yo fuera escritor, porque él vinculaba la literatura con la bohemia y la pobreza. La cocina nuestra daba al oeste, y no sé por qué entraban por ahí muchas moscas, un problema cuando había un niño en casa. Entonces le dije al abuelo: vamos a convertir la puerta al patio en ventana, y abrir una puerta al comedor. Mi suegro pensaba que eso nos iba a llevar mucho tiempo. Le dije Lo hacemos hoy. Lo puse de peón... traiga esto... mezcle el cemento. El piso no me gustaba, y le digo: vamos a estucar. No, dice, estucar es difícil. Terminamos a las dos de la mañana. Al otro día venían amigos, poetas riojanos, que todas las noches se reunían en casa. El suegro les dice: Mi yerno es un escritor como ustedes pero no es inútil como ustedes. Mi yerno es un escritor que sabe estucar un piso y poner un ladrillo.”
“El día del golpe de 1976 yo estaba en Córdoba, intentando inscribirme en la Facultad de Filosofía, porque se me había ocurrido estudiar. Cuando regresé a La Rioja había controles como si fuera una ciudad ocupada. Llegué a casa... Me dijeron que habían detenido a casi todos los intelectuales. Muchos eran del diario El Independiente. Además estaba detenido Ramón Eloy López, un poeta, un sacerdote, uno de los tres miembros del Partido Comunista, algunos de la JP y el arquitecto que proyectó la cárcel. Lo metieron en la celda de castigo.”
“Esa noche dormí en casa, sabía que me podían detener. Había sido amenazado por la Triple A, y por LV14, la emisora local. Una locutora estaba leyendo un capítulo por día de El trino del diablo y le dijeron que si seguía leyendo iban a volar la radio. Me amenazaron a mí, recurrí al gobernador, Carlos Menem, y me había puesto custodia policial en casa. Me levanté temprano, estaba preparando mi ingreso a la Facultad con ese placer de entrar por primera vez a esas disciplinas. Abrí un libro y vi que se detenía un auto: eran cuatro, tres caminaron despacio hacia casa.
”Mi hija María Inés, de siete años, dormía, mi hijo Ricardo, que tenía catorce, estaba levantado junto a dos hijos de una familia amiga, y estaba mi mujer. Me apresuré a abrirles la puerta antes de que la derribaran. Era el 25. Pregunté si me podía cambiar de ropa. Dijeron, Sí, pero pronto, y me acompañaron al dormitorio. ¿Llevo documentos? No los va a necesitar, dijo uno. Eso me asustó. Pero no tuve tiempo de tener miedo. Quedé incapaz de reaccionar porque eso era insólito. Yo era periodista, además de escritor, trabajaba para Clarín, y músico y plomero. Me llevaron de casa al cuartel, en silencio. Estaba cerca. Al cuartel entré a los empujones. En un salón enorme estaba media La Rioja de pie, contra la pared (no nos dejaban sentar), con un colchón al lado.”
“Estuvimos desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde. Al mediodía trajeron esa polenta asquerosa de las comisarías que nadie quiso comer. Nos hicieron llenar una planilla, una tarjeta, donde teníamos que poner el nombre, profesión e ideología. Nunca me había planteado qué ideología tenía. Pa’ colmo no era ni católico. No sé qué disparate habré puesto. A las seis de la tarde nos arrearon a un autobús..., unas cincuenta personas. Los vidrios estaban tapados con papel pero a través del parabrisas del conductor yo veía la curva que llevaba a la Cárcel Provincial. Nos metieron contra una pared blanca, separados un metro de cada uno, y un hombre dijo: no miren la pared, miren fijo a la arañita (eso lo puse en El vuelo del tigre), busquen una arañita que hay en la pared, y no se miren ni hablen... ¡Las armas son muy celosas y se pueden escapar los tiros! Hicieron ruidos de armas, de sacar los seguros. Había un silencio terrible.”
“Duró, no sé cuánto..., de golpe se oyó una carcajada de treinta personas, una risa mecánica y fingida. Apareció un tipo y nos puso una cuchara, cosa que nunca me explicaré por qué: una cuchara entre el cinturón y el pantalón a cada uno. Y cuando terminaron de poner las cucharas, vino otro y las retiró, y largaron otra carcajada. La cuchara significaría que nos iban a dar de comer. Y no nos daban de comer.” “Fuimos pasando uno por uno, nos preguntaron nombre y profesión, me sacaron los cordones de los zapatos y el cinturón, y con el pantalón en la mano, me empujaron con la culata del rifle. Subimos una escalera hasta una puerta, me dieron un culatazo y me metieron dentro. ¡No entraba luz por ningún lado! Ahí estuve ocho días en esa celda de castigo, y me daban la comida por un cuadradito de quince por quince. A los ocho días, a otro calabozo. Tenía una ventanita y podía ver el patio. Empecé a medir la hora por la sombra del sol. Un pajarito venía todos los días a la misma hora, a la misma teja: lo conté en El vuelo del tigre. Salía con el mismo rumbo todos los días y así quizá toda la Eternidad. Un día viene un carcelero, que era oficial y riojano, y me dice Oiga, profesor –debía ser pariente de algún alumno del Conservatorio–, quiero decirle que su familia está bien.”
“Me enteré de que mis libros los secuestraron de la librería Riojana y los quemaron en el cuartel, junto con los de Cortázar y Neruda. Qué honor.”
“Bajé siete kilos en doce días: hacía gimnasia a escondidas. Cuando me dijeron que podía abandonar la provincia me fui a Buenos Aires, gestioné mi pasaporte, volví a La Rioja y en una semana levanté mi casa. Volvimos todos a Buenos Aires a esperar el barco. El 24 de mayo de 1976, tomamos el ‘Cristóforo Colombo’, y el 8 de junio comenzó el exilio en Barcelona.”
“Como te contaba, decía Di Benedetto: el exilio no tiene regreso.”