domingo, 25 de septiembre de 2016

NORMAN MAILER

El Atlas americano

Con apenas 25 años, Norman Mailer entró en escena con uno de los debuts más espectaculares de la literatura norteamericana: su monumental novela Los desnudos y los muertos (1948) lo mostraba como un hombre que había atravesado la guerra y estaba dispuesto a ponerse sobre los hombros el horror del mundo para darle sentido. Durante los siguientes 60 años, estuvo a la altura de su ambición: peleó públicamente por lo que creía, diseccionó la realidad y sus mitos, militó por más causas que nadie, escribió como un poseso sobre cada tema que lo obsesionó, ganó enemigos y premios, y hasta su último aliento bregó por una Norteamérica que volviera a esas raíces que alguna vez la hicieron una tierra de libertad. Hace una semana, la literatura se quedó sin una de sus voces más vitales y polémicas. Radar lo despide con una selección de declaraciones ofrecidas durante su vida, y la opinión de amigos, colegas y enemigos que lo disfrutaron, conocieron y padecieron durante más de medio siglo.
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La novela: El propósito último del arte es intensificar y exacerbar la conciencia moral de la gente. Pienso, en particular, que la novela es, cuando es buena, la forma más moral de las artes, porque es la más inmediata, la más insoportable, si usted quiere. La más inescapable. La novela nos cambia la vida. Ha habido, por ejemplo, matrimonios disueltos porque alguno de los dos leyó una novela y llegó a la conclusión de que la vida del personaje del libro era más interesante que la suya propia. Es doloroso leer una buena novela. Por eso hay pocos que lo hagan.
FBI: Creo que mucha gente necesita al FBI para mantenerse cuerda. Es decir, si uno quiere ser profundamente religioso –convertirse en santo, por ejemplo– uno debe arriesgarse a la locura; pero si uno, en cambio, desea huir de la locura, un método adecuado es unirse a una religión organizada. El FBI es una religión organizada.
Los medios:Los medios están constituidos por gente que busca ante todo el poder. Y no porque posean algún sentido moral. Ansían el poder porque les alivia la profunda enfermedad que les aqueja. Que nos aqueja a todos. La enfermedad del siglo veinte. No hay espacio psíquico para todos nosotros. La ley de Malthus ha dejado de ser la de la excesiva procreación de los cuerpos y se ha convertido en la de la excesiva mediocrización de las psiques. Ya nadie muere en el campo de batalla o por falta de alimento: la muerte ocurre dentro del cerebro, dentro de la psique misma.
El fascismo americano: El fascismo se puede obtener en multitud de formas: mediante la Iglesia, el sexo, la seguridad social, la ecología, la medicina socializada, el FBI, el Pentágono. El fascismo no es una filosofía sino un modo asesino de envilecer y matar la realidad suavizándola con mentiras. Cada vez que se contempla un espectáculo deficiente por televisión, se está contemplando a la nación que se prepara para el día de la llegada de Hitler. No porque sea fascista la ideología del espectáculo; por el contrario, la ideología manifiesta es invariablemente liberal, pero el espectáculo prepara para el fascismo porque se trata de arte prostituido, que enferma un poco más a la gente. Y cada vez que el pueblo se enferma a nivel colectivo, el remedio va siendo progresivamente más y más violento e inmoral. La enfermedad insidiosa e insípida exige un purgante violento y de largo alcance.
El publico: Creo escribir para un público que carece de tradición para medir su experiencia, pero posee la intensidad y claridad de su propia vida interior. Para ese público me gustaría ser lo suficientemente bueno como escritor.
Hemingway: Parece más o menos evidente que los hombres que han convivido mucho con la violencia suelen ser más amables y más tolerantes que los que la aborrecen. Los boxeadores, los toreros, gran cantidad de soldados, los héroes de Hemingway en suma, casi siempre son hombres muy amables. Y no porque hayan leído a Hemingway. Eran amables mucho antes de que naciera Hemingway. Sucede que éste fue el primer escritor que observó esa repetición y la respetó profundamente.
El XX, un siglo de plastico: El impulso del siglo XX parece ser el deseo de conseguir que la sociedad ande sobre rieles. Se puede tolerar cualquier cosa con tal que la dialéctica se deslice distante de nuestra naturaleza. Los materiales mismos de nuestro mundo nos sofocan por todas partes. Los plásticos son el perfecto ejemplo material, el sello y la rúbrica tecnológica de nuestro siglo: son materiales sin textura, sin sustancias orgánicas, ningún color natural, impredecibles. Ahora bien, la capacidad razonable de predecir es, después de todo, la armadura con la cual se han construido grandes sociedades del pasado. El plástico, sin embargo, se parte en dos por cualquier razón. Soporta castigos tremendos y súbitamente estalla en la noche. El casco de fibra de un barco puede atravesar tormentas que abrirían un casco de madera. Hasta que un día topa con un modesto escollo y se rompe completamente. O se vuelca de súbito. Y esto es así porque se trata de un material que no alcanza a divorciarse de la naturaleza pues ni siquiera ha formado parte de la naturaleza. El plástico es la perfecta metáfora del hombre del siglo XX y de la curiosa, sorprendente y salvaje índole de la violencia moderna.
Descargo: Se me ha acusado de haber despilfarrado talentos, de haberme entregado a un exceso de actividades, de haberme empeñado con demasiada conciencia en convertirme en famoso, de haber actuado teatralmente en los límites y, en realidad, en el centro de mi propia leyenda pública. Y, por supuesto, como cualquier criminal, soy mi mejor abogado; el día que deje de serlo será un día triste. La defensa que expondré depende de mi noción favorita: que un experto se opone, por definición al crecimiento. ¿Por qué? Porque un experto es el hombre que avanza en una sola dirección hasta que llega un punto en que debe utilizar toda la energía de que dispone para mantener el avance; no puede permitirse mirar en otras direcciones. En otras palabras, se ha convertido en miope. Por este motivo los chicos que usan anteojos suelen disgustar a los que no los usan. Los que tienen buena vista sienten que el niño con anteojos es un experto que gobernará el mundo. Creo que la primera vergüenza crónica que experimenté en la vida fue el tener que usar anteojos. Y ahora no los uso, aunque soy tan miope que no reconozco a mi mejor amigo a tres metros de distancia. Como he sido un experto prematuro, creo que reaccioné contra ello: resultar bueno para cualquier cosa me podía liberar del problema.
Marihuana: La marihuana afecta el sentido del tiempo: te acelera; te abre a tu inconsciente. Pero todo sucede como si estuvieras acudiendo a las reservas que tienes para los tres próximos días. Todas las dulzuras, todos los cristales salinos, todas las pequeñas decisiones, todo el trabajo inconsciente de los tres próximos días –o, si la experiencia es lo bastante profunda, de los próximos treinta días o de los próximos treinta años– se anticipa. Durante media hora o durante un par de horas –según sea la fuerza de la yerba– te encuentras mejor que habitualmente y te metes en situaciones en que no te meterías habitualmente y te suceden más cosas. Haces mejor el amor, hablas mejor, piensas mejor, comprendes mejor a las personas. El asunto es que tienes que llegar lejos, porque estás usando tres días en una hora. Así que a menos que vuelvas –digamos– con setenta y dos horas en una hora, perdiste.
Pena capital: Que el pueblo vea al verdugo profesional y al condenado luchando mano a mano en la arena. El verdugo es un profesional y va a ganar la mayoría de las veces; pero no tiene la absoluta certeza de ganar y esto deja al condenado una última oportunidad para luchar por su existencia. Y ese espectáculo abre los ojos del público a la verdadera naturaleza de la ejecución. Que vean la sangre sobre la arena. Es posible que el público decida que así y todo sigue deseando la pena capital. Si es así, tendrá más poder. Les gusta la sangre. Pero al menos una hipocresía profunda –el apartamiento de la ejecución de los ojos del público que la ha decretado– dejaría de existir.
Orgasmo: No existe sexo en gran escala si no se atraviesa un momento apocalíptico. Williams Burroughs cambió el curso de la literatura norteamericana con una sola frase. Dijo: “Vi a Dios en mi ano durante el relámpago de la lámpara del flash del orgasmo”. (Es la primera frase de El almuerzo desnudo). Se trata de una frase increíble: surgió a finales de la época de Eisenhower, se imprimió cerca de 1959 en el Big Table de Chicago. Recuerdo que la leí y pensé: “No puedo creer que acabo de leer esas palabras.” No sé decirle la cantidad de tabúes que violaban. En primer lugar, no se suponía que se podía conectar a Dios con el sexo. En segundo lugar, nunca se hablaba del ano y evidentemente no en relación con el sexo. Y si lo hacías, eras la forma más baja del pervertido. En tercer lugar, la observación era obviamente homosexual. En esos días no había costumbre de ver tales cosas impresas. Y en cuarto lugar, había allí un feo matiz tecnológico: ¿por qué tuvo que incorporar una lámpara de flash? ¿De qué naturaleza era ese orgasmo? Por primera vez alguien hablaba de la naturaleza interior del orgasmo.
Cristo: Si uno ama a su mujer y ama a sus niños, de a poco se empieza a sentir la proximidad de Dios. No estoy diciendo que tu esposa sea Dios o que lo sean los niños, pero uno está casado con un aspecto más de la creación. Es decir, tocas a Dios. De este modo, la mayoría de la gente se torna tranquilamente religiosa y después de muchos años puede decir: “Sí, creo en Dios, creo mucho en Dios”. Ha habido un crecimiento tácito del sentimiento, sin que se lo advierta ni se piense necesariamente en ello. Continúan por años con sus niños y en cierto momento se encuentran con que están rezando. Supongamos que un niño se enferma, rezan por la protección del niño enfermo y caen en la cuenta de que se han acercado mucho a Dios, porque han visto este extraordinario milagro de un niño que crece cada día, y cambia cada día, y tiene una vida que no se puede explicar ni por la habilidad de la madre ni por la del padre. La creación entonces parece hermosa, se manifiesta. Pero, como dije, éste no es el camino ni el modo del místico. Si usted quiere, esto es encontrar a Cristo a través de las obras.
El mundo: Me importa mucho conocer los modos como funciona el mundo. Creo que la mayoría de los escritores talentosos se arruinan porque carecen de la suficiente experiencia para conocer y aprender y entonces sus novelas propenden siempre a poseer cierta paranoide perfección que no es tan buena como los encrespados límites de la realidad. La canción del verdugo impactó mucho a la gente precisamente porque no es una obra paranoide. Incluye todo el arriscamiento de lo real. Si ese libro lo hubiera imaginado solamente, habría resultado mucho más perfecto y mucho menos bueno.
Ese es el tema que me obsesiona: qué parte de la historia que se genera en torno de nosotros es conspiración y qué parte sólo estúpidas coincidencias. Y hace falta conocer el mundo para tener alguna idea clara al respecto. ¿Cuánto controla efectivamente la mafia, cuánto cae en sus manos por pura suerte?
Corporaciones: Las corporaciones rebajan el verdadero estándar de vida. Teníamos carreteras por las cuales realizar un viaje interesante. Ahora las supercarreteras y autopistas han vuelto monótono hasta el paisaje más hermoso. Construimos edificios sin rostro, sin decoración, sin personalidad, de techo plano. No nos exaltan si los miramos; nos deprimen. La exaltación forma parte, también, de nuestro verdadero estándar de vida. Y adulteramos la comida. Los comestibles promedio –y no sólo en Norteamérica, porque exportamos esta porquería– cada vez tienen menos sabor.
TV: La televisión adultera las relaciones humanas. La TV hace a las relaciones humanas lo que los alimentos congelados hacen a los verdaderos.
Guerra fria: Que alguien se decida a decir que no tenemos que resistir a los rusos. Que vengan acá y se mueran de indigestión. Dejémolos que intenten tomar Norteamérica. Perecerán. A los norteamericanos les gustaría la idea de formar una resistencia subterránea. Se produciría el mayor grito de libertad jamás oído. Y los rusos se fundirían en las costas de América. Esta idea nunca se ha conversado en nuestro país. Y le muestro su fuerza si pensamos en lo opuesto: ¿qué pasaría si los rusos nos invitaran a ocuparlos? Nos agotarían como nación.
Mailer: Siempre me ha parecido que la gente no reacciona ante mí como si estuviera realmente ante mí, sino como si estuviera frente a una fotografía mía. Así que puedo cambiar la fotografía y divertirme observando las reacciones. El demonio que hay en mí se regocija con esta capacidad camaleónica. Nunca podrás comprender a un escritor hasta que le encuentres y precises su pequeña vanidad secreta; la mía siempre ha sido la seguridad de que puedo frustrar las expectativas. La gente cree que ha encontrado el modo de prescindir de mí, pero, como el mayordomo loco, regreso a servir la comida.
Cine: Me parece que las buenas películas tienen más posibilidades de alcanzar los sentimientos más profundos de la gente. El cine es más primitivo, me parece, que la literatura. Las películas se dirigen a estados de conciencia más primitivos. La gente que no sabe leer puede, sin embargo, reaccionar profundamente ante una película. Y la película verdaderamente buena afectará a dos personas profundamente y estas dos personas podrán discutir durante horas su mensaje. Uno podrá decir que es una sátira y el otro que es una tragedia. La película debiera calar hondo en la psique y demostrarse verdaderamente perturbadora. Una persona puede atravesar el horror con ella, y la otra reírse. Eso es buen cine. En el malo todo el mundo se ríe de lo mismo.
Los gigantes: Hay por lo menos veinte escritores americanos que, preguntados por quién es el más importante de Estados Unidos hoy, situarían en primer lugar a un autor: a ellos mismos. John Updike diría que es John Updike y Saul Bellow habría dicho que Saul Bellow. Y Norman Mailer, se lo puedo asegurar, diría que Norman Mailer. Pero en la actualidad no hay gigantes. Hubo un Hemingway y un Faulkner. Ahora somos como los radios de una rueda. No se puede preguntar cuál es el radio principal.
Borges: Está bien, era un conservador, pero... No soporto pensar en un escritor en términos políticos. Y menos en primer lugar. Es lo mismo que pensar en alguien y empezar por el ano. Borges tiene la mágica habilidad de tomar una anécdota e invertirla por completo. Muchas veces he pensado que Borges hace en cinco páginas lo que a Pynchon le cuesta quinientas. Borges nos muestra los recursos de la novela. Es el mago de los magos.
Garcia Marquez: Es maravilloso. En Cien años de soledad creó cientos de mundos, no uno solo. No sé cómo es capaz de hacerlo. La gente aparece en sus libros... En diez páginas crea una familia que tiene dieciocho hijos durante diez años, y uno conoce a cada uno de los hijos y todos los acontecimientos que les sucedieron en la vida.
Liberalismo: A los liberales no les gusta creer en el vasto poder del inconsciente, en la malignidad del verdadero asesino que reside dentro de la gente más ordinaria. Confundir la superficie con la realidad es el reflejo básico del liberal. En efecto, los liberales se lo pasan diciendo: “No veo a Dios, ¿por qué suponer entonces que existe?” De aquí proviene, me parece, su actual bancarrota. El liberalismo no tiene nada incitador ni excitante que proponer. Creo que este fracaso se origina en su incapacidad de encarar el asunto más temible del siglo XX, que no es el comunismo, sino el nazismo. No ha podido ni siquiera acercarse a la comprensión de ese increíble fenómeno que se apoderó del país, de la gente más decente, trabajadora y limpia del mundo, el fenómeno increíble de un fascismo que fue mucho más allá de los límites normales del totalitarismo y provocó el más extraordinario y despreciable exterminio de enormes cantidades de gente. Y esto surgió de una nación que siempre respetó tremendamente la ley. El inconsciente es, en verdad, un lugar inmundo. Los liberales, que son incapaces de integrar este pensamiento dentro de su filosofía, saludaron obviamente muy felices esa frase de Hannah Arendt. Pero creo que hablar de la banalidad del mal nos empuja precisamente en la dirección equivocada.

El fantasma de Norman

Norman Mailer en los ojos y la pluma de amigos, colegas y enemigos.


Marlon Brando

”Una tarde fui una cafetería en la esquina de las calles Cuarta y Séptima y me senté junto a dos hombres. Cuando empezamos a conversar, un hombre me habló con un cerrado acento de Texas, así que le pregunté de dónde era. ‘Nueva York’, me dijo. ‘¿Dónde consiguió ese acento de Texas?’, le pregunté. ‘Estuve en el ejército’. ‘¿Pero por qué obtendría un acento de Texas en el ejército?’. Estoy seguro de que mi rostro delataba una gran confusión. ‘Era una pátina protectora –me dijo–, porque si eras un judío en el ejército, recibías burlas, te gastaban y te la hacían difícil. Así que fingí ser texano.’ Me dijo que había salido del ejército hacía unos ocho meses, pero que la costumbre no se le había ido. Después nos presentamos. Me dijo que su nombre era Norman Mailer” (Nueva York, 1943).
De Canciones que me enseñó mi madre, de Brando y Robert Lindsey, 1994.

Arthur Miller

“Entonces estábamos viviendo en un edificio de la calle Piertpont cuya calma normal se interrumpía cada tarde por una discusión a los gritos en el hall de afuera. Pensando que la violencia estaba a punto de estallar, abrí la puerta y me encontré con un hombre joven y menudo en uniforme del ejército sentado en las escaleras con una mujer joven y hermosa que reconocí como nuestra vecina de arriba. Se quedaron en silencio cuando me vieron, así que me imaginé que todo estaba bajo control y volví a nuestro departamento. Después el joven soldado, ahora sin uniforme, se me acercó en la calle y se presentó como escritor. Su nombre, dijo, era Mailer. Recién había visto mi obra, All My Sons. ‘Podría escribir una pieza como ésa’, me dijo. Era una afirmación tan obtusamente chata que me empecé a reír pero él hablaba completamente en serio y de hecho hizo intentos intermitentes de escribir teatro en los años siguientes. Como en ese momento estaba construyendo mi lugar en el mundo, Mailer me impresionó como alguien que quería tener conversos antes que amigos, así que nuestros impulsos, esencialmente similares, difícilmente se podrían mezclar. En cualquier caso, aunque vivíamos en el mismo barrio, nuestros caminos rara vez se cruzaron.” (Brooklyn, N.Y., 1947)
De Timebends: A Life de Arthur Miller, 1987

Lilian Ross, redactora del New Yorker

“Había escrito un artículo para la sección ‘Talk of the Town’ en 1948, cuando su primer libro, Los desnudos y los muertos, se publicó y se convirtió en best-seller. (‘Mailer es un tipo atractivo de 25 años, de ojos azules y grandes orejas, de voz suave y modales rotundos. Mailer tiene la incómoda sensación de que Dostoievski y Tolstoi ya han escrito todo lo que vale la pena escribir, pero aún así quiere seguir publicando novelas’). Después de eso, aunque me dijo que no le importaba mucho mi ‘oreja’ para su conversación, nos hicimos amigos. Di largas caminatas con Mailer. Nos contábamos qué queríamos. Yo le dije que quería ser ‘la mejor mujer reportera del mundo’. Esto era antes de la liberación femenina, y deliberadamente usé la palabra calificadora ‘mujer’. El dijo que quería ser ‘el mejor novelista de nuestro tiempo’, y por supuesto no agregó ‘hombre’”.
De Here but Not Here: My Life With William Shawn and The New Yorker, de Lilian Ross.

Gore Vidal

“Conocí a Mailer en la casa del novelista Vance Bourjaily. Vance y su mujer habían organizado una especie de salón literario neoyorquino que tendía a hacer una red de escritores-escritores más que de maestros-escritores. Mailer me dice que yo sentía curiosidad por su edad, y la de sus padres. Dice que después calculé que iba a ‘ganar’ porque estaba predestinado a vivir más que él.
Años más tarde, Norman me dijo: ‘Yo creía que eras el diablo’. Yo lo encontré interesante, aunque verborrágico.” (Nueva York, años ‘50)
De Palimpsest: A Memoir de Gore Vidal, 1995.

Christopher Isherwood

“Creo que Norman Mailer estaba en la ciudad por el proyecto de filmar su novela Los desnudos y los muertos. Norman y Christopher se llevaron bien. Norman, en esos días, era un hombre callado y amable que entretenía a Christopher con sus arranques de candor... recuerdo a Norman entreteniendo a un importante grupo de parapléjicos (que eran parte de los extras de la película The Men) en la casa de Christopher. De acuerdo con mi memoria, Christopher les había preguntado a sus visitantes por adelantado si había alguna celebridad que querían conocer. Todos estuvieron de acuerdo en nombrar a Mailer. Llegó puntual, bien vestido y sobrio. Las mujeres presentes estaban dispuestas. Después empezó a contar historias sobre su vida en el ejército, historias graciosas perfectamente inofensivas, sin horrores ni sexo ni enfermedades venéreas. Lo que era impresionante era el diálogo. ‘A esa altura el sargento estaba un poco impaciente así que me dijo...’ Mailer mantuvo la misma sonrisa de fiestita linda en su rostro, y continuó, sin cambio alguno en el tono: ‘Bueno, hijo de puta, ¡una palabra más y te meto el escobillón en el orto!’. Los invitados hombres rugieron. Las mujeres parpadearon y trataron de sonreír –reflejando, sin duda, que habían leído diálogos así de duros en la novela de Mailer–; cuando salía de su boca, no podía llamarse vulgaridad, era prácticamente literatura.”
De The Lost Years: A Memoir, 1945-1951, de Christpher Isherwood, 2000.

Edward Abbey, escritor y ambientalista

“Anoche fui a una fiesta en el Greenwich Village y ahí estaba Norman Mailer, rodeado por un círculo de público e interlocutores. Yo era demasiado tímido como para entrometerme, aunque lo deseaba mucho. Por suerte, mi hermosa y llena de recursos Rita estaba allí para ayudarme; le tocó el hombro al celebrado joven, llamándolo por su nombre como una conocida respetuosa, y sin gastar una respiración en pedir disculpas o presentarse le informó que alguien allí quería conocerlo, y después alegremente me presentó, y también a unos amigos.
Un joven agradable, Mailer. Me estrechó la mano con firmeza, sonrió, me miró un minuto con ojos interesados y amigables. Mi nerviosismo se desvaneció en seguida, y en un momento nosotros –unos tres o cuatro– estábamos hablando de libros (de sus libros), Shakespeare, el teatro, la última guerra. Nos habló sobre sus experiencias en el frente, y cómo se conectaban con su famoso libro, Los desnudos y los muertos.
No recuerdo que haya dicho algo particularmente brillante o memorable, quizá porque escuchó más de lo que habló. Lo consideré innecesariamente paciente, tolerante; tuvo que escuchar alguna basura espantosa: un hombre simple hablando de su vida fácil en el ejército, cómo no podía entender que a alguien le disgustara (había sido reclutado cuando la guerra ya había terminado); otro tipo, un idiota insolente, tirándole humo en la cara, en su copa de vino, describiendo en detalle sus experiencias como taxista (Mailer pareció sinceramente interesado). Y así sucesivamente.
Mailer tenía pelo color arena corto y enrulado, un rostro algo pálido y enfermizo, ojos suaves, orejas grandotas, hombros redondeados, manos pequeñas. No es alto, siempre está encorvado, la cabeza encogida entre los hombros, las manos en los bolsillos, el mentón sobre el pecho, el cigarrillo colgando, la actitud de un hombre centrípeto que escucha. Usaba un traje marrón oscuro, no demasiado limpio, y zapatos que necesitan ser lustrados tanto como los míos.”
De Confessions of a Barbarian: Selections from the Journals of Edward Abbey 1951-1989, 1994.

Hiram Haydn, editor de Random House

“Cuando Norman Mailer estaba enviando El parque de los ciervos a varios editores simultáneamente, nosotros en Random rechazamos la novela. Yo fui el principal responsable de la decisión. Aún así insistía en culpar (y ridiculizar) al editor Bennett Cerf, a quien se refería como ‘Sally Cerf’. Poco después los tres fuimos a una fiesta en la casa de William Styron en Roxbury, Connecticut. Mailer estaba muy peleador esa noche. Durante toda la cena estuvo molestando a Cerf con ‘aspersiones’ sobre su virilidad. Lo desafió a ‘ir afuera’. Finalmente, para sorpresa de todos, ignorando por completo la diferencia de 25 años entre ellos, Bennett salió al patio por la puerta de adelante. Norman no lo siguió; se conformó con el ridículo.” (Nueva York, mediados de los ‘50)
De Words & Faces, de Hiram Haydn, 1974

Mike Wallace, periodista

“Norman Mailer agració al programa Night Beat con su presencia. En ese entonces era conocido primordialmente como novelista. Recién empezaba a hacer ese periodismo cargado y altamente personal que se convertiría en su fuerte literario en los años ‘60 y ‘70. Tampoco había desarrollado su enorme personaje televisivo –mitad gurú, mitad bufón– que lo haría objeto de celebración, admiración y maravilla en los años posteriores. Pero no había duda de que cuando apareció en Night Beat estaba empezando a moverse en esa dirección.
El gran héroe de Mailer en ese momento era Hemingway. De hecho, había propuesto en un artículo que Hemingway debía presentarse para presidente porque ‘este país debería tener a un hombre como presidente por una vez; por demasiados años nuestras vidas estuvieron guiadas por hombres que esencialmemte eran mujeres’. No hace falta decir que me referí al artículo en nuestra entrevista:
Wallace: –¿Qué quiso decir con ‘hombres que esencialmente eran mujeres’? ¿Cuál de nuestros líderes es tan poco masculino que usted lo considera así?
Mailer: –Bueno, creo que el presidente Eisenhower es un poco mujer.”
(Nueva York, 1957).
De Close Encounters: Mike Wallace’s Own Story, de Mike Wallace y Paul Gates, 1984.

Alfred Kazin, crítico literario

“Mailer me invita a cenar en el salón Roble del Plaza. Norman puede ser estudiadamente correcto y amable cuando no está persiguiendo a sus demonios favoritos. Pero incluso aquí en el Plaza está intentando, con la rígida dulzura de un misionero, persuadirme de que el cáncer es producido por la represión sexual. No obstante el cáncer, hay un show de moda en el salón, y las modelos circulan deliciosamente mientras desfilan sus sensuales vestidos alrededor de nuestra mesa. Norman, absorto y dedicado a persuadirme, nunca las mira, ni un segundo.” (Nueva York, fines de los ‘50)
De A Lifetime Burning in Every Moment de Alfred Kazin, 1996.

Anthony Burgess

“En una fiesta de Panna Grady en Manhattan, una anfitriona literaria de extraña pero atractiva belleza, Norman Mailer me dijo –en un salón colmado de los grandes nombres culturales del período– ‘Burgess, tu último libro es una mierda’.” (Nueva York, 1966)

Budd Schulberg, novelista y guionista

“Cuando estábamos cubriendo la pelea por el título de los pesados Liston-Patterson, Norman expresó su hambre de estar en la luz pública al desnudo. Me dijo que iba a usurpar el lugar de Sonny Liston en el círculo de ganadores durante la conferencia de prensa. Le cuestioné si ésa era una maniobra digna para un novelista. ¿Debía el autor de Los desnudos y los muertos y El parque de los ciervos competir con el campeón del mundo? La respuesta de Norman fue una revelación. Como hacía años que no tenía una novela exitosa (y, como le pasó a muchos escritores norteamericanos talentosos, no pudo superar su primer éxito), tuvo intenciones de ejecutar un ‘caper’ (creo que ésa fue la palabra que utilizó) que le ayudaría a mantenerse en la arena pública.”
De The Four Seasons of Success, de Budd Schulberg, 1972.

Diana Trilling, autora y crítica

“Norman y yo nos conocimos en una fiesta en la casa de Lilian Hellman donde él se dio vuelta para mirarme en la mesa y dijo: ‘¿Y a vos qué te parece, concha inteligente?’. Usualmente, la gente me habla con un espantoso respeto. El llamó mi atención. Nos hicimos amigos.”
De The Beggining of the Journey: The Marriage of Diana and Lionel Trilling de Diana Trilling, 1993.

Andre Dubus, novelista

“Mi editor me llamó para que fuera con mi esposa a Nueva York. Ibamos a cenar en el Algonquin con el editor y el abogado de la editorial. Encendí la mesa de luz. En el suelo había una copia de Advertisements for Myself de Mailer. No había empezado a leerlo, pero ahí estaba, y lo levanté. Para ese entonces, él había soportado todo lo que un escritor podía imaginar.
Mailer estaba en el Algonquin. Lo vi cuando entramos, Pat, mi editor y yo. Durante la noche había estado conmigo, y ahora estaba comiendo con una mujer. Le dije a mi editor que quería conocer a Mailer. Fuimos hasta su mesa, mi editor le habló, y Mailer se puso de pie, sus ojos llenos, brillosos y pícaros. Extendí la mano y cuando me la estrechaba le dije: ‘Señor Mailer, pasé la noche leyendo Advertisements for Myself y lo estoy usando de la misma manera que los boxeadores usan resina en los zapatos antes de salir al ring; porque creo que estos tipos me van a cagar’.
Sonrió y sus ojos se iluminaron y todavía apretando mi mano dijo: ‘Bueno, ese libro ha sido usado de un montón de maneras, así que también puede ser usado de ésta. No deje que lo atrapen’.” (Nueva York, 1967)
De Meditations from a Movable Chair de Andre Fubus, 1999.

Alberto Moravia

“Fui a Cabo Kennedy a presenciar el lanzamiento del Apollo. Me había mandado L’Espresso. Norman Mailer estaba ahí por las mismas razones que yo, sólo que él escribió un libro y yo tres artículos.
Hay que entender la diferencia entre Norman Mailer y yo tanto en sentido profesional como social. Yo soy, o quiero creer que soy, un escritor cuyo éxito o fracaso depende de cómo están escritos sus libros. Norman Mailer, al contrario, es una figura pública, y triunfa siempre. Escribió una primera novela, Los desnudos y los muertos, que era buena, y le fue bien. Escribió una segunda no tan buena, y eso estuvo bien, también. Apuñaló a su esposa, y eso estuvo bien; se casó con la hija de un lord, y eso estuvo bien también. Se candidateó a alcalde de Nueva York y fracasó, pero no pasó nada; escribió 500 páginas sobre el vuelo del Apollo y eso estuvo realmente bien. Dicho esto, también hay que tener en cuenta que Norman Mailer, quien se define como un revolucionario conservador, es una de las figuras públicas norteamericanas más agradables, y el autor de dos o tres libros importantes.”
De Vida de Moravia, de Alberto Moravia, 2000.

John Updike

“Mailer, que era mucho más petiso de lo que yo esperaba –así como Robert Lowell era más alto de lo que yo creía– una vez bailó alrededor mío en una oscura esquina (44 y 2da, si la memoria no me falla), canturreando sobre mi supuesto gran atractivo físico: me decía que era el hombre más guapo que él había conocido. Lo tomé como una hipérbole bien Mailer, absurda pero con algo muy profundo –quizá mi deseo secreto de ser guapo, que sólo él, y en esa luz baja de la calle, en un horario de borrachos, supo percibir–.”
De Picked-Up Pieces de John Updike, 1975.

Germaine Greer,
teórica feminista y escritora

“Cuando conocí al gran hombre, estaba sentado en un vestidor verdoso del New York Hall, iluminado como un ídolo de matinée, siendo fotografiado por un muy apologético (y muy poco interesante) profesional. Mailer fingió incomodidad de macho, mientras yo me preguntaba si el tratamiento de estrella era normal, porque Mailer no impresiona como alguien muy fotogénico. Me pidieron que posara a su lado. ‘Usted se ve mejor de lo que yo pensaba’, me dijo. ‘Ya sé’, le respondí, recordando sus descripciones de las mujeres militantes por la liberación. Mi educación de convento me previno de expresar lo decepcionada que estaba. Esperaba un hombre duro y nudoso y Mailer era positivamente blando. Me contenté con decir que sus ojos eran menos azules de lo que me habían llevado a creer ciertas fotos retocadas.”
De The Madwoman’s Underclothes: Essays & Occasional Writings 1968-1985 de Germaine Greer, 1986.

Jill Johnston,
periodista y crítica de danza

“Estuve sentada junto a Mailer en el escenario del Town Hall durante el foro público sobre feminismo que moderó. Aunque nunca me había gustado Mailer o su escritura, su propensión al escándalo fue un ejemplo que entró en mi sistema durante los ‘60. Y algo más: el vehículo de mi fama, el Village Voice, era parcialmente propiedad de Mailer, que lo había fundado en 1955 junto a Dan Wolf y Ed Fancher. Mailer, que seguramente me aborrecía (cuando no era por su ataque al feminismo, era grosero conmigo cada vez que nos veíamos) me presentó como ‘la maestra de asociación libre del Village Voice’.” (Nueva York, 1971).
De Paper Daughter: Autobiography in Search of a Daughter, Volume II de Jill Johnson.

Milos Forman

“Unos cuantos personajes de Ragtime estaban basados en gente real. Estudiando sus retratos en viejas revistas y libros, me di cuenta de que uno de ellos, el famoso arquitecto Stanford White, se parecía mucho a Norman Mailer. Había una simetría adicional en sus vidas porque ambos habían provocado escándalos en los tabloides así que le pregunté a Mailer, a quien había conocido socialmente, si estaba interesado en audicionar para un pequeño papel. Su audición fue buena, y lo elegí para Stanford White.
Cuando llegó el momento, yo estaba tan nervioso ante la perspectiva de dirigir al notorio y gran autor como él lo estaba respecto de actuar, aunque no reaccionaba como lo hacen los actores cuando están nerviosos. No hizo monólogos abstractos ni otras cosas que hacen los actores cuando están perdidos en una escena. Luchó valientemente con el papel. Me gusta mucho en la película.” (Nueva York, 1980)
De Turnaround: A Memoir, de Milos Forman con Jan Novak, 1994.

Martin Amis

“En su departamento de tres pisos en Brooklyn Heights, con vista al puerto de Nueva York y los encendedores Dunhill de Manhattan, Mailer se acomodó en su silla de respaldo duro y me pidió que me sentara en el viejo sofá de terciopelo. ‘No puedo sentarme en una silla blanda. Me hace doler la espalda’, dijo con una mueca de disculpas.
La sexta esposa de Mailer, la modelo y actriz de ojos oscuros Norris Church, estaba sentada cerca, leyendo una revista.
Su rostro es más delicado y menos pugilístico de lo que uno esperaría, el cuerpo más redondeado, diminuto. El pelo enredado es blanco y abundante, la frecuente sonrisa sabia pero generosa. A pesar de su larga historia de exhibicionismo, ya no disfruta dar entrevistas. Uno puede sentir que se pregunta cuánto de su encanto necesitará entregar.
Mailer miraba deseoso mientras yo disfrutaba de mi trago. ‘Es terrible el precio que hay que pagar –me dijo, refiriéndose a sus ocho meses de abstinencia–. El día no es lo suficientemente largo, y tengo que trabajar tan duro ahora para hacer el dinero... Mis nervios han sido muy bien barnizados por el alcohol, gracias a Dios. Sólo significa que ya no hay nada que esperar cuando se termina el día.’
‘Muchas gracias –dijo Norris–. ¿Y yo qué?’
‘No, el sexo es fantástico. Coger es fantástico. Lo extraño, eso es todo.’”
De The Moronic Inferno and Other Visits to America de Martin Amis, 1986.

Roger Ebert,
crítico de cine

“Con Los hombres duros no bailan estaba determinado a hacer una película real, un largometraje comercial que pudiera exhibirse en cualquier parte y atraer multitudes los sábados por la noche. Estaba rodando en Provincetown, y lo visité en noviembre de 1986.
Tenía puesta una chaqueta demasiado chica para él, así que parecía envuelto en algo. Tenía zapatillas. A la primera frase me di cuenta de que estaba de buen humor. Había estado rodando de noche y durmiendo de día, con una agenda tortuosa para las primeras tres semanas de su primera película de alto presupuesto para Hollywood, y no estaba cansado; la experiencia lo hacía feliz. Me dijo que el momento más feliz de su vida había sido cuando dirigió su película underground Maidstone y creía que dirigir cine satisfacía una parte de su personalidad que nunca había sido tocada por la escritura. Mailer había estado luchando durante años por el título del hombre de letras más importante de Estados Unidos, y ahora quería ser el director de cine más importante, también.”
De Two Weeks in the Midday Sun: A Cannes Notebook de Roger Ebert, 1987.

Camille Paglia

“Los extensos obituarios dedicados a Norman Mailer la semana pasada no pudieron ocultar el hecho de que su enorme fama es cosa del pasado, y que pocos jóvenes (fuera de la comunidad literaria) han escuchado hablar de él. Ciertamente Mailer era un personaje mayor cuando yo fui a la universidad. No me impresionaban sus novelas, pero sí su periodismo, visionario, a veces alucinatorio, en primera persona. Y me sentí directamente inspirada por su ecléctico Advertisements for Myself (1959), que tomé como base cuando mis primeros libros fueron atacados por el establishment feminista en los años ‘90.
The Prisoner of Sex de Mailer (el ensayo original de 1971, no el libro) fue una importante declaración sobre los miedos y deseos sexuales de los hombres. Su justa con Germaine Greer en el notorio debate del Town Hall de Nueva York ese mismo año fue un momento pivotal en las guerras de los sexos. Yo amaba a Greer, y todavía la amo. Y también pensaba que Jill Johnston (que irrumpió en el debate con chicanas lésbicas) era una pensadora de vanguardia: devoraba sus columnas en el Village Voice que evolucionaron de crítica de danza a inmensamente provocativo comentario cultural.
El feminismo habría sido más fuerte de haber sido capaz de absorber los argumentos de Mailer sobre el sexo. Si mi sistema pareció heterodoxo por tanto tiempo, es porque yo soy una de las pocas feministas que pudieron apreciar e integrar a los tres pensadores: Mailer, Greer y Johnston. Lamento que Mailer, presumiblemente dominado por las mujeres, haya abandonado la arena del género.”
De su columna en la revista Salon, 2007.

Roger Kimball,
crítico de arte y columnista cultural conservador del Wall Street Journal

“Mailer epitomizaba una cierta especie de radicalidad machista y adolescente que ayudó a llevarle a un amplio público demostraciones de violencia, tiradas antiamericanas, y jactancias sexuales. Nadie combinó apreciación crítica, celebridad popular y políticas radicales chic como Mailer. Desde la década del ‘40 hasta la del ‘80, demostró ser un especialista en persuadir a intelectuales crédulos de que colaboraran con su megalomanía. Aunque modeló su personaje con algunos de los características menos atractivas de Ernest Hemingway –bebida, boxeo, corridas de toros– se las arregló para poner al día ese machismo patético y usado con algunos significativos embellecimientos de posguerra: radicalidad y Reich, para empezar... La obsesión de Mailer con la violencia contra las mujeres parece haber tenido una larga gestación. Carl Rollyson abre su biografía de Mailer con una historia de John Maloney, un borracho y amigo de Mailer y William Styron. En 1954, Maloney apuñaló a su amante y huyó. Fue encarcelado, pero quedó en libertad cuando se levantaron los cargos. Styron recuerda que en el momento Mailer le dijo: ‘Dios, me gustaría tener el coraje de apuñalar a una mujer así. Ese fue un acto con pelotas’. Eso dice algo de la idea que tenía Mailer sobre el ‘coraje’, Después, claro, él también apuñalaría a una mujer, su esposa.
La dimensión cómica e ingeniosa de la escritura de Mailer es grande. Pero sus muchos elementos siniestros ensombrecen su humor. Norman Mailer puede haber sido gracioso sin intención, pero era deliberadamente repulsivo. Fue una figura importante en la historia de la revolución cultural norteamericana no porque la gente lo encontrara ridículo sino porque, al contrario, mucha gente influyente tomó en serio las ideas de este hombre ridículo.”
En su blog pajamasmedia.com

Top 5

Para leer a Norman Mailer

Los desnudos y los muertos (1948)

El debut de Mailer por todo lo alto: una novela monumental de casi mil páginas que inauguraba la narrativa de posguerra norteamericana, y que fue inmediatamente comparada con Guerra y Paz de Tolstoi y La roja insignia del coraje de Hart Crane. Aunque aquellos elogios quizá sean un poco excesivos a la distancia, lo cierto es que esta novela de soldados durante la Segunda Guerra, con un final trágico y desgarrador que, según Mailer, sólo pudo escribir en su juventud, lo convirtieron a los 25 años, en la gran promesa de la literatura norteamericana.

Los ejércitos de la noche (1968)

Publicado en pleno auge del non-fiction que había inaugurado Capote en 1965 con A sangre fría, se proponía desde su subtítulo contar “la historia como novela, la novela como historia”. Su tema: la marcha sobre el Pentágono en octubre del ‘67 contra la Guerra de Vietnam. En 1966, Hunther Thompson había publicado Hell’s Angels y en ese mismo 1968 Tom Wolfe publicaría The Kool-Aid Acid Test, pero sólo Mailer desafiaría el mandato de Capote de evitar toda subjetividad en el non-fiction y se valdría de todos los recursos –incluido usarse a sí mismo como celebridad y personaje– para construir un libro que se alzaría con el Pulitzer y el National Book Award.

El prisionero del sexo (1971)

A comienzos de los ‘60, Mailer, aprovechando su inmenso éxito, se vuelca al periodismo como ensayista agudo y polemista furioso. No hay discusión en la que no intervenga ni tema del que no tenga algo que decir: la marihuana, el LSD, Kennedy, los derechos civiles, Vietnam, la carrera espacial. Pero la discusión que lo tuvo como protagonista y lo perseguiría hasta los 84 años fue el enfrentamiento con el Movimiento de Liberación Femenina. Este libro, publicado originalmente en la revista Harper’s, ardiente defensa de su virilidad y documento central de la guerra de los sexos de aquellos años, ha sido despellejado y aplaudido, y todavía hoy es discutido.

La canción del verdugo (1979)

“¿Cuál es el valor de una vida?” Con alguna maledicencia, alguien podría sugerir que la respuesta está en A sangre fría de Capote. Pero lo cierto es que Mailer construyó su propia novela sobre un asesino, Gary Gilmore, condenado a muerte y ejecutado en enero de 1977, y la recreación de su mundo a partir de los testimonios de su amante, sus amigos, parientes, empleadores, víctimas, policías, jueces, guardiacárceles, psiquiatras y periodistas. Escritores como John Cheever y Joan Didion reconocieron la ambición y el éxito de una obra que, además, se llevó el Pulitzer y se convirtió en su mayor best seller. Para muchos, también su mejor libro.

El fantasma de Harlot (1991)

Durante décadas, Mailer habló de la distancia que había entre la paranoia, las casualidades y la verdad histórica en un país dominado por las corporaciones, la tecnología y los servicios secretos. Esta novela de 1300 páginas es su esfuerzo más claro por escribir una obra sobre el tema. Su trama son las memorias de un ex agente de la CIA, tejida a partir de documentos, testimonios y entrevistas reales. Muchos la consideran la cumbre de sus capacidades como novelista y cronista. Sin embargo, la crítica fue particularmente dura con el libro –al punto de que Mailer decidió no publicar (o no escribir) la continuación que prometía en su última página

miércoles, 7 de septiembre de 2016

ANTONIO DI BENEDETTO


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Citas: Ahí estábamos, por irnos y no.
Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí.
Yo, en medio de toda la tierra de un Continente, que me resultaba invisible, aunque lo sentía en torno, como un paraíso desolado y excesivamente inmenso para mis piernas. Para nadie existía América, sino para mí; pero no existía sino en mis necesidades, en mis deseos y en mis temores.
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Zama es otra novela sobre la espera. Digo otra porque de gente que espera y mientras espera no hace otra cosa que criar su propio cadáver está la literatura llena. Diego de Zama se hilvana a su sino absurdo tan inhábilmente como K., el de El castillo de Kafka. Ustedes me disculparán el atrevimiento, pero castillo en checo es Zamak, y yo no creo en las casualidades, menos cuando Zama anda tan enredado y sin poder acceder a los poderes que lo saquen de su estancamiento como el otro. Pero la de K. es otra historia y otro libro y otro personaje enamorado del muro contra el que se da chocazos en vez de darse media vuelta y dedicarse a otra cosa mariposa, y ahora somos Diego de Zama y estamos en el Paraguay, en el siglo XVIII, esperando barcos que no llegan, nombramientos que se retrasan, sueldos que no se pagan, mujeres hermosas que no se dejan amar o mejor dicho toquetear, esperando que nos nazcan unas ganas de vivir o de embarcarnos y cruzar el territorio que nos separa de alguna consecución.
Zama es la historia de un señor al que le gusta quedarse a la deriva, que espera que lo vengan a sacar de su ensimismamiento y su podredumbre (eso no pasa casi nunca a no ser que uno sea Telémaco) y adopta ese mimetismo que como él dice es la defensa de las bestiasZama se volvería polvo o nube o cadáver de mono o tardecita en el patio hasta desaparecer mientras se revuelve en el horror del absurdo y de las ganas de no ocuparse de nada y echarse a morir y descansar para siempre en el acogedor y dilatado silencio. Pero todo se le queda siempre en lo imaginario o en lo irresoluto o en la ruina. Apuesta a las carreras de caballos y lo pierde todo; para recuperar algo de lo perdido vende su caballo y su caballo gana todas las carreras en las que él no apuesta porque no le tiene confianza, un poco así como el caballito de su alma y de su vida. Zama va de desaparición en desaparición, hasta que ya no le queda nada por desaparecer y entonces. Entonces leeros el libro. Hay una edición baratísima si vivís en Argentina, la de la biblioteca de clásicos elegidos por Piglia (la introducción de Saer os la podéis saltar) y sí vivís en España la de Alfaguara antigua aún rueda por las librerías de viejo. Si no, la tenéis publicada a precios sushi por Adriana Hidalgo y por El Aleph.
Lo que más me gusta del libro: el Paraguay de fondo y la forma de escribir de Di Benedetto que es seca y urgente y precisa y, cuando se deja, luz de vela bailarina tras la ventana.
Por fuera del libro:
Antonio Di Benedetto se encerró durante casi un mes (sus vacaciones del periódico) en una casa vacía para escribir Zama, que se publicó en el 56. Los militares lo encerrarían veinte años más tarde durante un año y medio, y entre tortura y tortura, le escribía a una amiga, en forma de sueños contados por carta, los cuentos de AbsurdosCon el adelanto que le dio su editor cuando salió de la cárcel dejó el periódico y se exilió un rato en España y otros ratos en otros lados. Si podéis, leeros Los suicidasCaballo en el salitral y en general todos sus cuentos, porque Di Benedetto ocupa junto con Silvina Ocampo yMacedonio Fernández el podio de mis escritores argentinos fuera del tiesto predilectos.
Trocitos de libro:
—Yo era un tenaz fumador. Una noche quedé dormido con un tabaco en la boca. Desperté con miedo de despertar. Parece que lo sabía: me había nacido un ala de murciélago. Con repugnancia, en la oscuridad busqué mi cuchillo mayor. Me la corté. Caída, a la luz del día, era una mujer morena y yo decía que la amaba. Me llevaron a prisión.
Europa, nieve, mujeres aseadas porque no transpiran con exceso y habitan casas pulidas donde ningún piso es de tierra. Cuerpos sin ropas en aposentos caldeados, con lumbre y alfombras. Rusia, las princesas… Y yo ahí, sin unos labios para mis labios, en un país que infinidad de francesas y de rusas, que infinidad de personas en el mundo jamás oyeron mentar; yo ahí, consumido por la necesidad de amar, sin que millones y millones de mujeres y de hombres como yo pudiesen imaginar que yo vivía, que había un tal Diego de Zama, o un hombre sin nombre con unas manos poderosas para capturar la cabeza de una muchacha y morderla hasta hacerle sangre.

miércoles, 17 de agosto de 2016

La cruzada de los niños

La cruzada de los niños: poema de Bertolt Brecht ilustrado por Carme Solé Vendrell

Estamos en tiempos de guerra. Ucrania, Palestina, Iraq, Siria… Pero también, África, casi que entera. Y esos hombres de piel negra (inmigrantes sin tierra ni papeles) intentando saltar vallas que son fronteras entre la vida y la muerte, o echándose al mar en unas débiles pateras, que quizás son la última esperanza de llegar a algún puerto, porque el naufragio era en tierra firme, porque el naufragio es de hace siglos, porque esa también es otra guerra, y no se detiene.
Estamos en tiempos de guerra, y ya se sabe: los más débiles pagan las consecuencias. Hoy día no hay “guerras justas”. No puede haberlas. Y esta cruzada continúa.
"La cruzada de los niños",  poema de Bertolt Brecht, ilustraciones de Carme Solé Vendrell. Ediciones de El Jinete Azul, 2011.
“La cruzada de los niños”, poema de Bertolt Brecht, ilustraciones de Carme Solé Vendrell. Ediciones de El Jinete Azul, 2011.
Y entonces, contra esas guerras, a favor de la paz, es bueno volver a poemas como este de Bertolt Brecht, de 1939 (y hacerlo hoy, cuando se cumple un nuevo aniversario de la muerte del escritor alemán). Un poema que en tono épico habla de la cruzada de una centena de niños a través de la nieve, escapando de los desastres con que se anunciaba la Segunda Guerra Mundial, intentando escapar sin más esperanza que un perro que hacía de lazarillo.
Trataban de escapar de la guerra,
nocturno infernal,
y así, quizá, algún día alcanzar,
en otro país, la ansiada paz.
Un poema triste. Sí. ¿Pero acaso no es más triste la realidad? ¿Y cómo acercar este tema a los niños? ¿No es lo mejor hacerlo con un libro que les permita sensibilizarse, y razonar sobre la guerra? ¿Un libro en el que ellos, los niños y las niñas, son los tristes protagonistas? ¿Se debe edulcorar la guerra al modo de Hollywood para mostrarla a la infancia? ¿Es preferible dejar el asunto en manos de la manipulación mediática que no repara en causas y consecuencias y se queda tan solo con la imagen abyecta, escandalosa, obscena: imagen que a la postre terminará por insensibilizar en su perversa función de alejamiento y olvido a todo espectador (sea cual sea la edad)?
Ilustración a doble página en el interior de "La cruzada de los niños", de Carme Solé Vendrell.
Ilustración a doble página en el interior de “La cruzada de los niños”, de Carme Solé Vendrell.
Un libro triste, sí, ilustrado al modo de “los desastres de la guerra”, de Goya, por la artista catalana Carme Solé Vendrell. Ilustraciones que escapan de lo más desagradable de la circunstancia que propone el poema y ayudan a imaginar al niño real, de carne y hueso, de pulmones enfermos, de dolor, de frío, de miedo, pero también de esperanza, de afecto, de humanidad, de lucha y resistencia. Ilustraciones como bocetos, porque imaginar todo el dolor es imposible, pero hay que invitar a hacerlo, para que se evite, o para que se intente evitarlo.
Un libro para estos tiempos oscuros.

BRECHT Poesía 2


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La sandalia de Empédocles  Bertolt Brecht
1
 Cuando Empédocles de Agrigento
hubo logrado los honores de sus conciudadanos
-y los achaques de la vejez-,
decidió morir. Pero como
amaba a algunos y era correspondido por ellos,
no quiso anularse en su presencia, sino que prefirió
entrar en la Nada.
Los invitó a una excursión. Pero no a todos:
se olvidó de algunos
para que la iniciativa
pareciera casual.
Subieron al Etna.
El esfuerzo de la ascensión
les imponía el silencio. Nadie dijo
palabras sabias. Ya arriba,
respiraron profundamente para recuperar el pulso normal,
gozando del panorama, alegres de haber llegado a la meta.
Sin que lo advirtieran, el maestro los dejó.
Al empezar a hablar de nuevo, no notaron
nada todavía; pero, a poco,
echaron de menos, aquí y allá, una palabra, y le buscaron
por los alrededores.
Él caminaba ya por la cumbre
sin apresurarse. Sólo una vez
se detuvo: oyó
a lo lejos, al otro lado de la cima,
cómo la conversación se reanudaba. Ya no entendía
las palabras aisladas: había empezado la muerte.
Cuando estuvo ante el cráter
volvió la cabeza, no queriendo saber lo que iba a seguir,
pues ya no le atañía a él; lentamente, el anciano se inclinó,
se quitó con cuidado una sandalia y, sonriendo,
la arrojó unos pasos atrás, de modo
que no la encontraran demasiado pronto, sino en el
momento justo,
es decir, antes de que se pudriera. Entonces
avanzó hacia el cráter. Cuando sus amigos
regresaron sin él, tras haberle buscado,
a lo largo de semanas y meses, poco a poco, fue creándose
su desaparición, tal como él había deseado. Algunos
le esperaban todavía, otros
buscaban ya explicaciones. Lentamente, como se alejan
en el cielo las nubes, inmutables, cada vez más pequeñas,
sin embargo,
sin dejar de moverse cuando no se las mira y ya lejanas
al mirarlas de nuevo, acaso confundidas con otras,
así fue él alejándose suavemente de la costumbre.
Y fue naciendo el rumor
de que no había muerto, puesto que, se decía, no era mortal.
Le envolvía el misterio. Se llegó a creer
que existía algo fuera de lo terrenal, que el curso de las cosas
humanas
puede alterarse para un hombre. Tales eran las habladurías
que surgían.
Mas se encontró por entonces su sandalia, su sandalia de
cuero,
palpable, usada, terrena. Había sido legada a aquellos
que cuando no ven, en seguida empiezan a creer.
El fin de su vida
volvió a ser natural. Había muerto como todos los hombres.

2
 Describen otros lo ocurrido
de forma diferente. Según ellos, Empédocles
quiso realmente asegurarse honores divinos;
con una misteriosa desaparición, arrojándose
de modo astuto y sin testigos en el Etna, intentó crear la
leyenda
de que él no era de especie humana, de que no estaba
sometido
a las leyes de la destrucción; pero, entonces,
su sandalia le gastó la broma de caer en manos de sus
semejantes.
(Algunos afirman, incluso, que el mismo cráter, enojado
ante semejante propósito, escupió sencillamente la sandalia
de aquel degenerado bastardo.) Pero nosotros preferimos
creer
que si realmente no se quitó la sandalia, lo que debió ocurrir
es
que se olvidaría de nuestra estupidez, sin pensar que
nosotros
en seguida nos apresuramos a oscurecer aún más lo oscuro
y antes que buscar una razón suficiente, creemos en lo
absurdo. Y la montaña, entonces
-aunque no indignada por aquel olvido ni creyendo
que Empédocles hubiera querido engañarnos para alcanzar
honores divinos
(pues la montaña ni tiene creencias ni se ocupa de nosotros),
pero sí escupiendo fuego como siempre-, nos arrojó
la sandalia, y de esta forma sus discípulos
-que ya estarían muy ocupados husmeando algún gran
misterio,
desarrollando alguna profunda metafísica-
se encontraron, de repente, consternados, con la sandalia del
maestro entre las manos;
una sandalia de cuero, palpable, usada, terrena.

Nuestras derrotas no demuestran nada


Cuando los que luchan
contra la injusticia
muestran sus caras ensangrentadas,
la incomodidad
de los que están a salvo
es grande.

¿Por qué se quejan ustedes?,
les preguntan.
¿No han combatido la injusticia?

Ahora ella los derrotó.
No protesten.
El que lucha debe saber perder
El que busca pelea
se expone al peligro.
El que enseña la violencia
no debe culpar a la violencia.
Ay, amigos.
Ustedes que están asegurados,
¿por qué tanta hostilidad?
¿Acaso somos vuestros enemigos
los que somos enemigos de la injusticia?
Cuando los que luchan contra la injusticia
están vencidos,
no por eso tiene razón
la injusticia.
Nuestras derrotas
lo único que demuestran
es que somos pocos
los que luchan contra la infamia.
Y de los espectadores, esperamos
que al menos se sientan
 avergonzados.

PREGUNTAS DE UN OBRERO QUE LEE


¿Quién construyó Tebas,
la de las Siete Puertas?
En los libros figuran
sólo los nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos
bloques de piedra?
Y Babilonia, mil veces destruida,
¿quién la volvió a levantar otras tantas?
Quienes edificaron la dorada Lima,
¿en qué casas vivían?
¿Adónde fueron la noche
en que se terminó La Gran Muralla, sus albañiles?
Llena está de arcos triunfales
Roma la grande. Sus césares
¿sobre quienes triunfaron?
Bizancio tantas veces cantada,
para sus habitantes
¿sólo tenía palacios?
Hasta la legendaria
Atlantida, la noche en que el mar se la tragó,
los que se ahogaban
pedían, bramando, ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿El sólo?
César venció a los galos.
¿No llevaba siquiera a un cocinero?
Felipe II lloró al saber su flota hundida.
¿No lloró más que él?
Federico de Prusia
ganó la guerra de los Treinta Años.
¿Quién ganó también?
Un triunfo en cada página.
¿Quién preparaba los festines?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias,
tantas preguntas.