ADVERTENCIAS A MÍ MISMO

en novelas, relatos, ensayos. Escritura

sábado, 24 de noviembre de 2012

PHILIP ROTH

"La lucha con la escritura ha terminado": las razones de Philip Roth

Después de 29 novelas y todos los premios de literatura imaginables, salvo el Nobel, Roth ha asegurado que no escribirá más. Sus motivos: ya se le agotó el entusiasmo para una tarea que consiste fundamentalmente, según él, en la frustración.

POR ANDRES HAX

El 7 de octubre la revista francesa Les Inrocks publicó una entrevista con el novelista Philip Roth en la cual dijo que se retiraba del oficio. No escribiría más. Toda una declaración para el narrador estadounidense más prolífico y condecorado de su generación. Roth nació  en 1933 y ha escrito 29 novelas en total; la primera, Goodbye, Colombus (1959) y la última Nemesis (2010). Curiosamente, los medios estadounidenses se demoraron casi un mes para mencionar la noticia. Y recién ayer, el domingo 18 de Noviembre, el New York Times, publicó una entrevista con Roth acerca de su decisión (Nota: esa entrevista podrá leerse mañan en Clarín).
Ese artículo cuenta que Roth ahora tiene pegado un cartelito a la pantalla de su computadora que dice: “La lucha con la escritura ha terminado” (“The struggle with writing is over”) y enfatiza que ese recordatorio diario le da “enorme fortaleza.”
En esa entrevista también aclara que había tomado la decisión de dejar de escribir en el 2010, unos meses después de escribir Nemesis, una breve novela sobre una epidemia de polio en Newark, Nueva Jersey en 1944. “No dije nada sobre el tema, porque quería estar seguro de que era cierto. Pensé: ‘espera un momento. No anuncies tu retiro para después arrepentirte.’ No soy Frank Sinatra. Entonces no le dije nada a nadie, simplemente para ver si era así.”
En la nota de octubre con Les Inrocks había dicho: “Decidí que estaba terminado con la ficción. Ya no la quiero leer, no la quiero escribir y ni siquiera quiero hablar de ella. He dedicado mi vida a la novela: la he estudiado, la he enseñado, la he escrito y la he leído. Basta. Es suficiente. Ya no siento la dedicación a la escritura que he sentido en toda mi vida. La idea de luchar con la escritura una vez más me resulta intolerable.”
Roth tiene 79 años y se encuentra en muy buena salud.
Una cosa que hizo para ayudarse tomar la decisión fue leer una serie de sus novelas favoritas, entre ellas las de Conrad, Dostoievski, Turgenev, Faulkner y Hemingway. Después leyó toda su propia obra novelística en orden cronológico inverso. Salvo que al final se aburrió, por lo tanto omitió los primeros cuatro libros: Goodbye, Colombus (1959), Letting Go (1962), When She Was Good (1967), y Portnoy’s Complaint (1969).
En la entrevista con Les Inrocks dijo que tras este experimento de lectura concluyó que había hecho lo mejor que pudo con lo que tenía a su disposición. Y en la nota con The New York Times agregó que ya sabía que no tendría más una  buena idea para escribir una novela.
En ambas entrevistas el tono de Roth es amargo acerca de la tarea de escribir. Enfatiza que es algo ingrato y sufrido: “Escribir es frustración – es una frustración diaria, sin mencionar que es una humillación”, dijo. Y agregó: “No me puedo enfrentar más con los días en los cuales escribo cinco páginas y las tengo que tirar. Ya no lo puedo hacer más.”
¿Qué hace, entonces, Roth, con su tiempo libre?
Visita a sus amigos y aprende a usar su nuevo iPhone con la asistencia del libro iPhone para Dummies.
Además trabaja con su biógrafo oficial, Blake Bailey. Bailey, cuya última biografía fue la de John Cheever, hará la biografía oficial de Roth. “Blake me ha sacado el peso de mi espalda,” dijo Roth. “Ya no soy responsable de mi vida y de minarla para mi ficción. Sabes, yo necesitaba mi vida como un trampolín para mi ficción. Necesito tener algo debajo de mis pies cuando escribo… Reboto sobre el trampolín y bajo a las aguas de la ficción. Pero tengo que comenzar desde la vida para que pueda llenar la ficción de vida.”
Curiosamente, en estos mismos días hubo otros abandonos anunciados. El escritor húngaro Imre Kertész , Premio Nobel de Literatura, y superviviente de los campos de exterminio de Auschwitz y Buchenwald, dijo que abandonaba la escritura. Tiene 83 años.
Por otro lado el cineasta estadounidense Quentin Tarantino, de 49 años, dice que tras filmar su décima película (va por la séptima) abandonará su oficio: "Uno se detiene cuando se detiene, pero en un mundo imaginario e ideal, 10 películas para una filmografía como la mía estaría bien. Si me ocurriera algo, un cambio fuerte en el corazón a partir de la aparición de una nueva idea, podría pensar en el regreso. Pero creo que diez es un número suficiente para una declaración artística. Yo ya hice siete."
Y Philip Roth, por su lado, sigue militando silenciosamente contra la profesión de letras. El periódico inglés The Guardian reportó el 16 de noviembre que un joven escritor llamado Julian Tepper se acercó a Roth en un deli de Nueva York para pedirle sus sugerencias sobre cómo seguir su en carrera. Roth le contestó, categóricamente, “Es un campo terrible. Simplemente tortura. Escribes y escribes y tiras la mayoría de lo que haces porque no sirve para nada. Yo te diría para ya de hacerlo. No te quieres hacer esto a ti mismo. Ese es mi consejo para ti.”

viernes, 9 de noviembre de 2012

PHILLIPPE SOLLERS y la revista TEL QUEL

Philippe Sollers: padrino de sí mismo

En esta entrevista, el controvertido escritor francés,que durante años ejerció una especie de dictadura intelectual desde su revista Tel Quel, habla de sus novelas, del amor, de su pasión por las flores y de su pasado marxista, y ataca a la televisión
Por Luisa Corradini  |
Philippe Sollers es uno de esos hombres que difícilmente suscitan la indiferencia. Quienes no lo quieren -y que no son pocos- usan los epítetos más ingeniosos para definirlo: " Bel ami hipertextual" (Angelo Rinaldi), "animal mediático insumergible" (Régis Debray), "ex truhán reconvertido en policía" (Patrick Besson). Y hay peores: "hiena dactilográfica", "falsificador profesional" o "perverso polimorfo". Jefe de redes y maestro de influencias, Sollers divide y exaspera. Y si el poder se juzga por el peso editorial y mediático de un individuo, entonces sí, ese bordelés de 70 años, es indudablemente el "padrino" del mundo literario francés.
Autor y editor en Gallimard, director de la revista L Infini , cronista múltiple en el diario Le Monde , en Le Monde des Livres , en Le Journal du Dimanche , infaltable en radios y estudios de televisión, ese "escritor de turno", como lo llaman algunos, combate en todos los frentes. Omnipresente en la escena literaria francesa desde hace 50 años, sus enemigos apuntan un dedo acusador contra ése al que han llamado, según Sollers se complace en recordar, "Judas hacedor y demoledor de destinos, frívolo, superficial y esnob".

-¿Es usted esnob?

-Ningún escritor puede ignorar el esnobismo que toca a la esencia impalpable del poder y del éxito. Sus ingredientes simbólicos varían en el tiempo, pero el esnobismo conserva una dimensión fascinante a la cual el escritor es sensible y cuyas formas se ve obligado a descifrar. Los aspectos ridículos de todo esnobismo, incluidos los del mismo escritor, son una inagotable mina de contenidos. Para luchar contra la uniformización, el escritor trata de singularizarse mediante ínfimos movimientos moleculares, sublimes o vulgares. Todo es útil.
Voilà , Sollers! Anillos en los dedos, más de sesenta libros publicados, un flequillo casi absurdo que se detiene cuando comienza la frente y una eterna boquilla en la mano, batuta imaginaria con la que sigue el inagotable y límpido ritmo de sus ideas. Sentado en su minúscula oficina atiborrada de libros de las ediciones Gallimard, en el Barrio Latino de París, el escritor desdeña con un gesto displicente esa lluvia de críticas y se acomoda en su trinchera de papel: "Fue siempre así. Y lo seguirá siendo, haga lo que haga", dijo entrevistado por LA NACION.
En esa guerra, Sollers se autoriza todos los impudores, en primer lugar, no disimular el divertido desprecio que siente por los "figurantes" de la pieza que -según sus críticos- dirige desde los años 70. A esos personajes los califica alternativamente de "incultos pretenciosos", "rebeldes recién llegados" y "desesperados automáticos" que brillan como estrellas en la "Necrópolis-París", cuyos envidiosos cálculos y terrores microscópicos "alimentan esa máquina de explotar la neurosis y el infantilismo" en la que se ha transformado la novela francesa.
Difícil hacerle frente a Sollers. El hombre es mucho más que ese esnob que escribe a mano exclusivamente con tinta azul comprada en Venecia y asegura que no conoce su propia dirección electrónica: es la inteligencia hecha escritor. Es alguien que desde hace lustros batalla contra un enemigo que lo obsesiona: la incultura generalizada.
"Uno lee a Sollers como va al burdel, para aprender algo. Y como lo sabe todo, con el tiempo, uno termina sabio", escribió Jerôme Garcin, uno de sus críticos más serios. Así es. Para Sollers, la materia con la que está hecho el mundo, el pensamiento y la literatura, es un vado que él atraviesa saltando de piedra en piedra, mientras otros deben remontar la corriente a nado, haciendo esfuerzos sobrehumanos. Sollers escribe como habla. Su frase demuestra una postura existencial: corre. Una frase en la que reina la metáfora, jamás la comparación. "Por otras razones que Mallarmé, yo sigo el precepto de nunca escribir la palabra ´como ", confiesa.
Hablando de la música de Haydn en la Guerra del gusto , parece describirse a sí mismo: "Se eclipsa, resbala, rueda, perfora, recomienza. Frases en las que sólo hay verbos", anota. Así como Spinoza aísla tres sentimientos primarios -la alegría, la tristeza y el deseo-, Sollers establece su técnica literaria sobre un triple cimiento: la alusión, la cita y la acumulación. "La alusión, para el brío; la cita, para la argumentación; la acumulación, para la eficacia", explica.
"¡Viva la precisión! Cifras y más cifras. Muerte a los poetas ambiguos", recomienda. Para ello, es necesario leer. Su arma absoluta es la cosa escrita. "Para saber escribir hay que saber leer. Y para saber leer, hay que saber vivir. Si uno quiere escribir mucho, tiene que leer mucho y vivir mucho", resume.
¿Papívoro, Sollers? Absolutamente. Basta con remontar el hilo de la historia. "¿Mi primer recuerdo? Cuando a los cuatro años mi madre me dijo un día: ´Bien, ahora ya sabes leer . Me veo salir corriendo sin rumbo, enloquecido, por el parque frente a la casa familiar, caer de rodillas en alguna parte y quedar allí, extasiado ante esa realidad embriagadora: ¡ser capaz de leer! Creo que en ese momento comprendí el significado de la palabra ´libertad", confiesa. Se puede decir que, desde entonces, ayudado por una inteligencia fuera de lo común, ha leído todo. Estar con él significa pasar a la velocidad de la luz de Joyce a Proust, de Bacon a Rimbaud, de Lautréamont a Cézanne, de Céline a Casanova, de Sade a Madame de Sévigné.
-¿Conoce la voz de Joyce? -, se entusiasma.
- No.
-¿No la conoce? ¿Y escuchó la de Francis Bacon en la BBC? ¿Tampoco?
Sollers mira a su interlocutor con algo de piedad. Parece decir: "¡Pobrecita, no lo conoce! Entonces no conoce nada". Y en verdad, uno no conoce demasiado frente a ese Espasa Calpe en 117 volúmenes, propulsado a la estratósfera enciclopédica por una memoria prodigiosa, que no hizo nada como los demás.
Desde 1957, cuando escribió Le Défi (El desafío), el joven Philippe Joyaux -con apenas 20 años- pidió una cita con el más célebre de sus coterráneos, François Mauriac. Un año más tarde, Mauriac bendijo su primera novela, Une curieuse solitude (Una curiosa soledad), que apareció firmada con el seudónimo de Philippe Sollers. Pero también lo promovió el poeta comunista Louis Aragon. "Hay que reconocer que ese doble padrinazgo del Vaticano y del Kremlin fue suficiente para comenzar mi carrera provocando celos y envidias de todo tipo", reconoce.
Si semejantes musas se inclinaron sobre su cuna, ¿por qué entonces no consiguió transformarse en un ícono de la literatura universal? "Estaba destinado al sacro de las academias y al público planetario. Consiguió decepcionar a ambos", escribió sobriamente uno de los fundadores de ediciones Seuil, Paul Flamand, quien, a partir de 1960, acogió a Sollers y a su revista Tel Quel. La publicación tenía por objetivo reflejar la reevaluación que la vanguardia nacional europea hacía de los clásicos de la historia literaria. Con esa revista, una colección y un puñado de intelectuales aliados (entre ellos su futura esposa, la psicoanalista Julia Kristeva), Sollers se impuso rápidamente como una de las plataformas obligadas de la intelligentzia en Francia. Desde las páginas de Tel Quel , creó y deshizo mitos literarios, propulsó y pulverizó ilusiones, adjudicó patentes de talento para algunos y emitió bandos de destierro para otros.
Llevado por su irrefrenable necesidad de existir -afirman sus detractores-, atacó y después defendió la Nueva Novela; fue marxista, soixante-huitard y más tarde pro-chino. Se acercó a Derrida, a Lacan, a Althusser y a Debord, y terminó peleándose con casi todos. En 1976 se alineó con los Nuevos Filósofos, que eran la tendencia de moda.
- A pesar de las críticas, durante casi veinte años, Tel Quel fue la avanzada del debate literario en Francia. Si debiera morir mañana, ¿qué quedaría de todo eso?
- Una caja llena de libros; y su plusvalía metafísica sería inmediata. La gente se preguntará cómo pudieron comprar la imagen de un Sollers mediático y superficial cuando, en realidad, era un trabajador encarnizado.
-Sus disputas con muchos de los colaboradores de Tel Quel llenaron páginas de diarios y semanarios, sobre todo las que mantuvo con Jean-Hedern Hallier, el confundador, o con Renaud Matignon...
-Yo podía vivir perfectamente sin ellos. Los mosqueteros de Alejandro Dumas no se hacían favores entre ellos. Nosotros tampoco. El universo literario es de una crueldad notable. Tras la desaparición de Tel Quel nos dejamos de ver. Renaud Matignon me criticaba constantemente en sus artículos. Pero yo tengo muchas otras vidas. El problema es que, desde entonces, sigo estando sometido al mismo juicio. Escribo libros que mis detractores ni siquiera se toman el trabajo de leer. Ni me leen ni me escuchan.
En 1982, cuando pasó a Gallimard y creó su nueva revista, L Infini, las épocas habían cambiado. Sollers también. Convertido a la novela clásica y autor de un best seller , Mujeres , tenía entonces más enemigos que amigos y sus redes estaban en ruinas. Pero el método siguió siendo el mismo: divertirse, provocar, existir, resistir. Y escribir. Para reconstruir, se apoyó nuevamente en un grupo de fieles: Julia Kristeva, con quien tiene un hijo, David, y que siempre lo ayudó en los medios intelectuales y universitarios; la escritora belga Dominique Rolin, su amiga íntima desde hace 40 años, que siembra la buena palabra entre los escritores, y Antoine Gallimard, a quien apoyó durante la guerra de sucesión dentro de la editorial. Más tarde vendrían otros, entre ellos, Josyane Savigneau, ex directora del suplemento Libros del diario Le Monde .
"¿Y por qué razón yo debería ser el único intelectual parisino sin derecho a tener una red de contactos?", se defiende. Pero dejemos el combate e insistamos en su pasión por el conocimiento que, para él, tiene valor de antivirus.
-Los tres síntomas que alteran la salud del mundo son el analfabetismo, la ignorancia y la incultura. Son los tres estadios de una misma enfermedad.

-¿Y cuáles son los agentes que la propagan?

-Son tres: la televisión, la televisión y la televisión. Aun cuando el invitado sea Sollers.
Según él, la lectura nos salvará: leyendo devolveremos a los libros el poder subversivo que han perdido. "Mi hipótesis es que nadie quiere saber más nada de Kafka", asegura. ¿Los pseudointelectuales leen cada vez menos a los clásicos franceses? "Peor para ellos. Como decía Flaubert, el problema con la inteligencia es que tiene límites, mientras que la estupidez no los tiene", responde.
¿Y qué hace Sollers cuando deja de batallar? "Como cualquier guerrero, hago el amor". Casi 50 años después de Une curieuse solitude , Sollers sorprendió a su público en 2000 con Pasión fija , homenaje a una relación amorosa que nada ni nadie consiguió destruir en más de 40 años de infidelidades y palinodias. En ese libro, Sollers levanta púdicamente el velo de su relación extramatrimonial con la escritora Dominique Rolin, a quien conoció a fines de los años 50, cuando él tenía poco más de 20 años y ella el doble de edad. "Soy como un pez en sus aguas. Ella me dejó nacer y sabrá cómo hacerme morir", escribió.
Con Pasión fija , consiguió escribir una novela de vanguardia sobre el amor feliz. Una especie de contradicción para ese discípulo confeso de Casanova. "De ninguna manera. Nada es más subversivo en la actualidad que un amor que funciona entre un hombre y una mujer. El sistema pretende que la pasión sea sinónimo de malentendido, fracaso, amargura y resentimiento. Nada desestabiliza más que una pasión que perdura intacta con los años", precisa.
Un año después, Sollers cambió de registro y volvió a sorprender con Misterioso Mozart , un exquisito retrato del genio musical del siglo XVIII.

-¿Melómano?

-¡Mozartiano absoluto! -corrige.

Los músicos son los artistas que más admira.

-Cualquiera puede pintar un cuadro, hacer una escultura, incluso escribir un libro, ya que todo el mundo es escritor Pero será incapaz de interpretar una sonata de Mozart o de Haendel.
La crítica de las cualidades es la única fecunda, decía Sainte-Beuve. Sólo se sabe hablar de lo que se ama. Y cuando ama, Sollers se da por entero, con un entusiasmo lúcido y contagioso. "Mozart era a la vez francmasón sincero e hijo convencido de la Iglesia romana. Era otro, eso es. Otro también lo fue en su vida amorosa: a la vez libertino y conyugal, fiel e infiel. Quizás es ahí, en ese afecto apasionado (a Constanza, su esposa), que todo indica que fue recíproco, donde reside el auténtico escándalo", escribió.
En 2005, los 662 escritores que esperaban ansiosos la atribución del Goncourt sintieron frío en la espalda: contrariamente a su costumbre, Philippe Sollers anunció que publicaría su novela, Une vie divine (Una vida divina) a tiempo para la selección. No fue así. El libro salió en enero. Este año, los 682 pretendientes al premio más codiciado de la novela francesa pueden respirar: el escritor acaba de anticipar, para el 27 de octubre, la publicación de un ensayo, Fleurs (Flores). El libro, que recorre el continente de las flores y analiza su lenguaje en compañía de un botanista del siglo XVIII, entre lilas, rosas y tulipanes incluye a Dante, Ronsard, Baudelaire y Genet.
En sus 60 libros, Philippe Sollers ha escrito sobre mujeres, pasiones, paraísos, literatura, la Divina Comedia , Nueva York, Venecia, el Louvre, el individualismo revolucionario, el infinito, el barroco en Paraguay, Cézanne, el materialismo, la libertad, la belleza, Casanova, Mozart, Picasso, Sade, embajadores, muchas cosas más, y ahora flores. ¿Qué responde ese hiperecléctico a quienes dicen que siempre escribe el mismo libro? "Que no es siempre el mismo libro. Pero que deberán acostumbrarse a que sea siempre el mismo escritor." .

domingo, 4 de noviembre de 2012

Antropólogo de la gastronomía

Pietro Sorba: Antropólogo de la gastronomía


Está impreso. Está caliente. Quiere salir. Quiere mostrarse desde los estantes y las vidrieras de las librerías. ¿Quien es? Es RESTAURANTES DE LAS COLECTIVIDADES DE BUENOS AIRES. Complemento y guía imprescindibles para aquellos que desean profundizar sus conocimientos relativos a los hábitos y costumbres de los porteños llegada la hora de ir a comer afuera. Desde el 30 de noviembre en todas las principales librerías del país.


SALIO PIZZERIAS DE BUENOS AIRES


Queridos amigos, con mucha alegría, les anuncio que salió otra pata más de la mesa que sostiene los fundamentos de la comida porteña. ¿Y porqué no? De la comida argentina. Se trata de Pizzerias de Buenos Aires. Nuestras queridas pizzerias. Estoy convencido de que un nuestra capital y en el país existan más pizzerias que parrillas y es llamativa la pasión, diría el amor, que todos los argentinos sienten hacía este plato, tan simple pero al mismo tiempo tan rico y adictivo. En el libro encontrarán 35 pizzerias representativas del universo pizzero porteño. Piedra, molde, media masa y a la parrilla. Disfruten de sus interesantes historias y de las imagenes captadas por Javier PIcerno. Estoy seguro de que después de las primeras paginas saldrán corriendo a devorar un par de porciones de muzza y fainá y un infaltable chopp bien helado.


SALIO PARRILLAS DE BUENOS AIRES


Queridos amigos, continua con PARRILLAS DE BUENOS AIRES el recorrido empezado con BODEGONES DE BUENOS AIRES. Esta vez intenté analizar con el rigor y la onda de siempre como son y que ofrecen las distintas parrillas de nuestra capital. No fue fácil. No es frecuente encontrar parrillas que sirvan carnes de buena calidad, asadas en su punto ideal. Elegí a 35. Un muestrario suficiente para entender que existen parrillas para todos los gustos y para todos los bolsillos, esto obviamente sin descuidar la calidad del producto final. Espero vuestros comentarios que siempre me ayudan a encontrar nuevos impulsos en mi trabajo.
Un abrazo fuerte
Pietro

viernes, 2 de noviembre de 2012

PAUL AUSTER- Entrevista

Un progreso que empeora las cosas: Paul Auster y la crisis del mundo desarrollado

“Se supone que la tecnología debe unirnos pero en realidad nos separa” y “nadie tiene una visión alternativa a la del capitalismo sobre cómo organizar nuestras vidas”, afirma en esta entrevista el prestigioso novelista, ferviente defensor de las protestas juveniles.

POR Raquel Garzon - Enviada especial a Nueva York

El reclamo de los jóvenes es claro. Se paran ante nosotros y nos dicen: ‘Ustedes nos arruinaron, no tenemos futuro; estudiamos, nos capacitamos y no tenemos nada. Estamos retrocediendo, no avanzamos. El capitalismo de consumo sólo puede llegar hasta cierto punto.’” La escena sucede en el patio trasero de un café de Brooklyn, Nueva York, y el hombre que habla es el escritor estadounidense Paul Auster, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006 y uno de los autores más prestigiosos de su país, traducido a “43 o 44 idiomas”.
Auster ha publicado dos libros este año: Diario de invierno (Anagrama), unas memorias escritas en segunda persona y “compuestas como una pieza musical” en las que usa su vida como tema “para reflexionar simplemente, sobre lo que implica estar vivo” y Poesía completa (Seix Barral), que reúne los poemas que escribió mucho antes de su éxito global, en los años 70, mientras sobrevivía como traductor del francés. Acaba de terminar otro texto autobiográfico, Report from the Interior , que saldrá en inglés el año que viene y prepara con su amigo, el Nobel sudafricano John Coetzee, un libro que reúne parte de la correspondencia que sostienen desde hace años. “En las primeras cartas Coetzee y yo hablamos mucho sobre la amistad; sobre qué la distingue del amor”, anticipa. “El amor es la gran pasión pero la amistad es fundamental. Es más cortés, más decorosa y menos tumultuosa que el amor. Existen matrimonios, buenos matrimonios incluso, que pelean todo el tiempo. Con un amigo eso sería imposible; la amistad terminaría”. Los amores de Auster tienen nombres y rostros concretos. Hace 35 años se unió a la escritora de origen noruego Siri Hustvedt. Tiene dos hijos, Daniel (de su matrimonio anterior) y Sophie, cantante y compositora quien actuó además en la película que su padre dirigió en 2007, La vida interior de Martin Frost .
Mientras espera que Obama gane las presidenciales del 6 de noviembre (“si no, estaremos en problemas”), entre copas de vino blanco y el humo de sus infaltables cigarritos holandeses, el autor de La trilogía de Nueva York conversó con Ñ sobre política, cambios culturales, violencia y utopías.
Respiramos la globalización y sus efectos. ¿Qué nuevos rostros han adoptado para Ud. los cambios culturales más importantes de la última década en los Estados Unidos?
Le daré mi visión amplia, no mi visión estrecha. Lo que estoy viendo en los últimos años son insurrecciones espontáneas entre los jóvenes de diferentes países del mundo: Rusia, España, Estados Unidos, los países árabes… Y en ello percibo una declaración de los jóvenes diciéndoles a los adultos que el mundo no funciona, que nos hemos llevado a una situación insostenible y que debemos reinventar nuestras vidas. Es un llamado básico a reformar todo lo que hacemos, todo lo que pensamos.
Los movimientos de los que habla, el de los indignados españoles por ejemplo, suscitan dudas entre distintos intelectuales –Zizek entre ellos– en relación con su posibilidad de persistir, debido a la falta de un programa.
Sí y es entendible, porque no hay ninguna organización política entre ellos y por lo tanto los movimientos estallan intensamente y después decaen. Creo que eso debe leerse en un contexto más amplio y profundo. Uno de los problemas es que desde la muerte del marxismo, desde el fracaso de la experiencia soviética, no hay un argumento filosófico contra el statu quo . Porque Marx tenía razón en un montón de cosas, y aunque otras estaban equivocadas, tenía una posición coherente respecto de cómo analizar las deficiencias del capitalismo y lo que el sistema les hacía a los seres humanos. Especialmente el Marx joven al que encuentro muy interesante, muy conmovedor. Ya no hay ningún argumento filosófico contra el capitalismo. Lo que tenemos son diferentes grados: un libre mercado sin restricciones o un capitalismo regulado de una u otra manera, pero nadie tiene una visión alternativa respecto de cómo organizar nuestras vidas. Y por eso seguimos recorriendo los mismos caminos trillados; estamos estancados.
¿Cómo se expresa ese sentimiento aquí?
En el movimiento Occupy Wall Street con su lema “Somos el 99%” en alusión a que el 1% de la población acapara la mayor parte de la riqueza y toma decisiones políticas y económicas cuyas consecuencias afectan a todos. En Estados Unidos es un fenómeno muy interesante.
Hace poco se cumplió un año de su nacimiento, pero ¿sigue vivo el movimiento?
Vagamente, es cierto. Pero estoy esperando que vuelvan los chicos. Quiero que vuelvan.
¿Cómo cree que ha impactado la tecnología en todo esto?
Tiene sus ventajas y sus desventajas. Se supone que la tecnología debe unirnos, pero en realidad nos separa. ¡Qué deprimente es ver que estando con amigos en una cena, cada uno está mirando su smartphone ! Son aparatos que supuestamente deben unir a las personas, pero en general no lo hacen porque la experiencia pasa a ser demasiado mediada. Esto genera grandes problemas y creo que la tecnología está destruyendo cosas que a mí personalmente me importan muchísimo.
¿Cuáles?
Ya no hay más disquerías, por ejemplo. No puedo explicarle la cantidad de horas felices de mi vida que he pasado en disquerías buscando un tema, un single . Y esa idea de revolver bateas… en la computadora no se puede hacer. No sé si la gente dimensiona esto. La experiencia maravillosa de entrar en un espacio donde había 5.000 piezas de música disponibles. Y con la vista se captaba todo: ahora voy a ver la sección de Mozart, ahora voy a ver la sección del jazz. Y se descubrían cosas, cosas que uno no sabía que existían. Ese cambio tuvo impacto en la industria discográfica; la destruyó. Lo veo por mi hija, Sophie, que es cantante. Eso está llegando también a los libros, libro tras libro. Me asusta la idea de un mundo sin librerías y un mundo donde el escritor sea su propio editor.
Tiene una noción un poco oscura del progreso.
Es que es progreso pero a la vez no es progreso. Empeora las cosas, porque todo está más fragmentado que unificado. Las experiencias colectivas. La gente ya no va tanto al cine. Ve las películas en su casa y esa experiencia fantástica de ir al cine y ver la película con otras 200 personas se está volviendo obsoleta.
Sus ejemplos se centraron en lugares: las disquerías, las librerías, el cine. ¿Es eso lo que nos robó la tecnología, la experiencia básica de la espacialidad?
Sí, y las experiencias humanas no mediadas, los contactos que no requieren de artefactos. Pero hay un costado positivo, claro. Debemos decir –y es todo muy reciente– que por otra parte, ahora todo puede registrarse y por lo tanto la mayor parte de la información que recibimos sobre la situación de Siria, y el caos y el baño de sangre que está ocurriendo allí, por ejemplo, proviene de gente que filma los hechos en sus teléfonos celulares, lo envía a cadenas de noticias o lo pone en Internet y podemos verlo, saber, estar allí. Esto es muy bueno y antes no era posible. No parece disminuir la brutalidad o la sed de matar gente pero por lo menos el mundo se entera y quizá pueda actuar.
Le preguntaba por la tecnología porque tengo entendido que usted prefiere pasar sus originales con una máquina de escribir.
Escribo con pluma y luego tipeo en mi Olympia, cada párrafo.
¿No usa computadora?
Sólo para escribir guiones cinematográficos. Tuve una; ya no. No me gusta. No me gusta cómo es el teclado de la computadora al tacto. Mi vieja máquina de escribir tiene cierta resistencia y todo el tiempo está desarrollando sus músculos mientras que la computadora lastima mis manos porque no hay resistencia en las teclas. Todos esos aparatos mecánicos eran maravillosos y mi máquina de escribir, que compré al volver de Francia en 1974, probablemente fue fabricada en 1960 y sigue funcionando estupendamente. Es mucho tiempo. Más de 50 años.
Hemos hablado de globalización, de tecnología, de los cambios que ambas han introducido en la percepción de la vida. Con este marco ¿por dónde diría Ud. que pasa hoy el conocimiento?
Siri Hustvedt, mi esposa, no sólo es novelista; desde hace años está involucrada en el mundo de la neurociencia. Se ha convertido en una figura destacada de ese mundo. Su argumento es – y creo que es brillante– que necesitamos múltiples modelos para entender y actuar sobre el mundo. El error que han cometido muchas veces científicos y pensadores es buscar un modelo único que lo explique todo. Pero no funciona de ese modo, porque a la larga se encuentra la falla y uno se queda sin nada. Hay que seguir acercándose a la vida humana desde múltiples direcciones –filosofía, economía, arte, neurociencias, etc– . Como con las interpretaciones que coexisten de Bartleby, el escribiente , ese cuento infinito de Melville, que leí por primera vez a los 15 años y que me influyó tanto. Admite varias lecturas, todas ellas convincentes. Para algunos hay una respuesta religiosa: Bartleby, este personaje que ante cada petición responde “Preferiría no hacerlo”, es una figura similar a la de Cristo y la cárcel que debe soportar se compara con la crucifixión. Para otros cabe una lectura autobiográfica: Melville escribía sobre sí mismo y Bartleby lo representaría a él como escritor incomprendido. Y hay una lectura psicológica, otra sociológica. Todas son válidas. Cada una tiene algo que agregar a la comprensión de ese relato. Una sola no basta. Creo por ello que no hay una respuesta única: la ciencia no tiene la respuesta, el arte no tiene la respuesta, la filosofía no tiene la respuesta, pero con todo eso junto, podemos pensar quizá cómo dar un nuevo paso para la raza humana y vivir vidas más coherentes. Aunque no soy muy optimista. Siento que hemos ido para atrás en todos los aspectos en este país.
¿Tiene algo que ver su falta de optimismo con los brotes de violencia recientes en los Estados Unidos? Me refiero a la ola de asesinatos que se inició en Aurora con un loco disparando contra la gente en un cine durante el estreno de “Batman”. ¿Qué reflexión le merece todo eso?
Creo que en los Estados Unidos es una cuestión de armas. Pero no es algo simple. Las estadísticas hablan de 270 millones de armas en un país con 311 millones de habitantes. Hay gente enojada en todas partes del mundo pero si no se tiene acceso a las armas, no se puede hacer lo que hicieron estas personas.
¿La respuesta violenta sería una de las marcas de época de la era global?
No, me parece que los hechos de violencia al azar vienen desde hace largo tiempo. Era 1966 cuando Charles Whitman en Austin, en la Universidad de Texas fue hasta la torre del reloj con un rifle y empezó a matar gente que caminaba por el campus. Quince personas murieron y más de treinta resultaron heridas. Fue el primer brote reciente que recuerdo. Mi amigo John Coetzee, el escritor sudafricano ganador del Nobel 2003, estudiaba el doctorado en la Universidad de Texas, y estaba allí cuando eso ocurrió. Tenía 25 años. ¿Cuántos años hace de eso? Imagínese. Hace mucho tiempo y ha pasado una y otra vez. Una de las cosas que más odio de mi país es esta cultura de las armas que tenemos debido a una mala interpretación de la Constitución. Todos en el área del derecho y dentro de la policía quieren el control de las armas, pero como se incluye el derecho en el Bill of Rights , la gente cree que es legal. Aunque la Constitución no dice eso en realidad. Habla del derecho a armar una milicia si alguien nos invadiera. Para mí es triste; es terrible.
En uno de los articulos de “El arte del hambre”, al hablar de la poeta estadounidense Laura Riding, afirma que ella dejó de escribir poesía porque entre la verdad y la belleza eligió la primera. ¿Por qué dejó de hacerlo Ud.? Y en cualquier caso ¿qué entiende por verdad y qué, por belleza?
Para mí no fue una decisión. Fue algo que simplemente no pude hacer más. Me parecía que me repetía y hacia 1979 volví a la narrativa, un género que había escrito sin convicción entre los 19 y los 23 años. Riding, en cambio, tomó una decisión intelectual. Era inflexible, brillante y loca. Y escogió el silencio. Para mí, verdad y belleza son –en el arte– inseparables y se dan cuando el artista toca algo profundamente humano que nos arrastra con el sentimiento de una verdad ganada. Pero opciones hay siempre. Fíjese: Facing the music el título de uno de los libros incluidos en mi Poesía completa se tradujo en castellano como Aceptando las consecuencias , pero quiere decir, en verdad, las dos cosas: es una expresión muy hermosa que alude a la música, pero también a hacerse cargo de la realidad. Cuando alguien delinque y debe afrontar las consecuencias, por ejemplo, se usa esa expresión: Now you have to face the music . Por eso la poesía no se puede traducir, porque de haber dos sentidos hay que elegir y uno se pierde .
Hablemos de lo real y de lo posible entonces. ¿Cómo cree que le irá al presidente Obama en las elecciones del 6 de noviembre?
Creo que ganará. Es mi corazonada. Pero no puedo garantizarlo. Si no gana, estamos en problemas porque los republicanos son idiotas, hipócritas y mentirosos. Y lo que tienen para ofrecer a los EE.UU. es cero; nada de nada. Han frenado todo lo que Obama trató de hacer estos cuatro años. Después dicen que no ha hecho lo suficiente. Bueno, no se puede avanzar con nada.
Acaba de terminar un libro y está preparando otro. ¿Confía en la capacidad de la ficción para incidir en la realidad? ¿Pueden los libros cambiar el mundo?
El arte no es una aventura solipsista, es compartir. Es algo que expresa nuestra humanidad común, de allí su importancia. De allí que sigamos leyendo libros y viendo películas y escuchando música. Genios como Dante, Cervantes, Shakespeare son monumentos de artistas que siguen hablándonos cientos de años después de crear, porque lograron unir belleza y verdad. Montaigne, el creador del ensayo, por ejemplo, cambió en el siglo XVI la forma de pensarnos a nosotros mismos. Nadie antes había sido tan honesto en la página. Un libro como Diario de invierno, hubiera sido imposible antes de él. El abrió la puerta a una nueva forma de pensar el ser humano: sin jerarquías, sin religión; el individuo en su propio cuerpo, rodeado por el cosmos. No sé si podemos cambiar el mundo al escribir pero podemos imaginar cómo podríamos cambiarlo. Siempre he encontrado muy interesante la noción de utopía. Es algo irrealizable y nunca ocurrirá, pero es muy revelador hablar con las personas para descubrir quiénes son y cómo quieren que sea el mundo. Me gusta conversar con ellas y proponerles el juego de imaginar qué harían, qué modificarían. Es casi un reto: “Ahora tenés el poder, usalo.”

domingo, 21 de octubre de 2012

ANDRÉ MALRAUX: El demonio del absoluto

El demonio del absoluto

André Malraux

 

Trad: Javier Albiñana. Galaxia Gutenberg, 2009. 615 páginas, 25 euros

Rafael NARBONA |

Inacabada, deslumbrante, perdida y recuperada, esta inconclusa biografía de Malraux nace de un deseo de emulación.
El libro nos enseña que para comprender a un hombre a veces la mentira es más esclarecedora que la sinceridad.


Mitómanos, narcisistas, carismáticos, André Malraux (1901-1976) y Lawrence de Arabia (1888-1935) protagonizaron epopeyas paralelas, pero la simetría sólo se mantuvo hasta que se planteó la necesidad de escoger entre la aventura y la política, lo absoluto y lo posible, la inmadurez y el compromiso. A medio camino entre el heroísmo y la impostura, Malraux aceptó la responsabilidad de participar en el gobierno de Francia. Su admiración hacia De Gaulle recuerda la colaboración inicial entre Churchill y Lawrence, pero la diplomacia no era una actividad adecuada para un hombre que luchaba contra sí mismo desde la infancia. Hijo ilegítimo de un terrateniente, de escasa estatura y aspecto frágil, Lawrence escogió desde muy joven la disciplina y el sacrificio, la austeridad y la renuncia, el amor por el arte y el desprecio por los bienes materiales, cualidades que le ayudaron en su carrera de arqueólogo, militar y escritor. Su tolerancia al sufrimiento físico y su capacidad para asimilar los rasgos de una cultura ajena de-sempeñaron un papel esencial en su liderazgo durante la rebelión en el desierto. Divididos por largas querellas, los árabes se transformaron en un pueblo para luchar contra el imperio otomano. Decepcionado por las promesas incumplidas (el colonialismo británico reemplazó al dominio turco), incapaz de adaptarse a la vida civil, sin otros alicientes que finalizar Los siete pilares de la sabiduría y su pasión por las motos, el coronel Lawrence cambió su nombre para alistarse en la RAF y, más tarde, en una unidad de carros blindados. La postguerra le hundió en una profunda depresión que no remitió hasta su accidente mortal en mayo de 1935. Su muerte en una poderosa Brough parece apropiada para el mito. James Dean se mataría dos décadas más tarde en un Porsche. La sociedad que les encumbró nunca se mostró tolerante con sus extravagancias. Lawrence fascinaba en la misma medida que irritaba y exasperaba.

Inacabada, deslumbrante, perdida y recuperada, la inconclusa biografía de Malraux nace de un deseo de emulación. Incluso inventó un encuentro ficticio: “Lo vi una vez. Una sola. En un hotel importante, en París, con un pullover de cuello alto”, interesado tan sólo por las motocicletas. Si el encuentro nunca se produjo, ¿por qué esta mentira? En sus Antimemorias (1967), Malraux habla de “los hombres que sueñan despiertos”. Habría que incluirle entre ellos y sólo así se entiende que sucumbiera a la tentación de buscar un pequeño espacio en la historia para reunirse con una figura a la que admiraba.

Traducido por primera vez, El demonio del absoluto es un poderoso texto que mezcla política, historia y biografía, con un estilo poético, reflexivo, a veces algo enfático, pero con la intensidad de las obras que responden a una necesidad ineludible. En este caso, un imperativo de autoconocimiento que sólo puede cumplirse mediante la exploración del otro. Malraux y Lawrence comparten muchas cosas: la afición a la arqueología, a la aventura, a la guerra; la obsesión por la muerte, la tortura y las culturas orientales; la hipertrofia del yo, que se fragmenta en disfraces sucesivos (aviador, jeque, revolucionario) y la vocación literaria. Según Malraux, Lawrence pertenece a la “aristocracia de los sueños”, un linaje que se manifiesta por la búsqueda del absoluto. Buscar el absoluto no es una prueba de excelencia moral, sino de “insaciabilidad”. Esa insaciabilidad se expresaba como desprecio a la autoridad, estoicismo, talante reservado, pero sin miedo a la provocación y el escándalo (aún se especula sobre su homosexualidad), amor a la libertad y a la soledad.

“Lo más notorio -escribe Malraux- era su fuerza de voluntad. Esa voluntad obcecada y a veces rabiosa de tantos hombres de pequeña estatura”. Atormentado por su físico, realizó hazañas asombrosas, como rescatar a Gasim, un camellero que se extravió en el desierto de Nefud durante la ofensiva hacia ákaba. Lawrence no sentía mucho aprecio hacia el infortunado, pero necesitaba mantener su autoridad como jefe de clan. Parecía imposible. Sin embargo, lo consiguió. Cuando tuvo que ejecutar a un hombre para evitar un enfrentamiento entre dos grupos rivales, asumió el papel de verdugo y le disparó tres tiros de revólver. Su relato de los hechos no muestra complacencia, pero tampoco culpabilidad.

¿Por qué los beduinos aceptaron el liderazgo de “ese hombrecito”? Desde que llegó a la península arábiga, Lawrence ejerció una autoridad fraternal, basada en su total incapacidad para despreciar a los que dependían de él. La impertinencia y los sarcasmos de Lawrence sólo laceraban a sus iguales o superiores. “Lo amamos -explicaba un bandolero a su servicio- porque nos ama: es nuestro hermano, nuestro amigo y nuestro jefe”. Malraux nos recuerda que lo sórdido siempre acompaña al héroe. En una estrategia de guerrillas y ante la imposibilidad de asistencia sanitaria o traslado, hay una justificación ética para rematar a uno de tus hombres con el fin de evitar que caiga en manos del enemigo y muera salvajemente torturado. En cambio, no hay pretexto moral para consentir una masacre, aunque responda al deseo de vengar otra. Tras contemplar la matanza de Tafas, Lawrence ordenó no hacer prisioneros entre los autores de un crimen que no había respetado a mujeres, enfermos, ancianos o niños.

Lo sucedido en Deera fue mucho más trágico. Detenido por los turcos, le confundieron con un desertor circasiano. Rechazar la lascivia del bey le costó una horrible paliza. Es probable que, además, le violaran. Lawrence logró contar hasta veinte latigazos. Al quedar en libertad, “la ciudadela de mi integridad se había perdido irrevocablemente”. Malraux sostiene que la muerte no es nada frente a la tortura. Ahí es donde el hombre encuentra el límite del hombre, el lugar donde casi todos naufragan y el mal enseña su rostro.

El carácter incompleto de El demonio del absoluto nos priva de los últimos años de Lawrence, cuando la neurosis le abruma con sentimientos de culpa e indignidad. Se avergöenza de sí mismo, acaricia la idea del suicidio, sólo encuentra placer en lanzarse a toda velocidad con su Brough por cualquier carretera. El suplicio sólo se interrumpe cuando se fractura el cráneo para no atropellar a unos niños. Churchill, que siguió al ataúd durante los funerales, hizo su semblanza años más tarde: “Su poderoso ascendiente radicaba en su desdén por la mayor parte de los premios, placeres y halagos de la vida.”

Tal vez más perspicaz por una íntima afinidad, Malraux afirmaba que la verdadera motivación de Lawrence era arriesgar su propia vida, “porque es el único modo que ha hallado el hombre de sentirse enfrentado de igual a igual con la fatalidad”. Es probable que acertara, pues cuando Lawrence fantasea con el suicidio anota misteriosamente: “quiero permanecer aquí mientras la vida continúe haciéndome daño” El demonio del absoluto nos enseña que la verdad no es lo esencial para comprender a un hombre. A veces la mentira es mucho más esclarecedora que la sinceridad.

lunes, 15 de octubre de 2012

Ser escritor

Ser escritor, el oficio de lo incierto

¿Quién o qué define cuándo alguien puede ser considerado un escritor? ¿El público, las editoriales, la crítica, el mundo académico? Autores, editores y docentes opinan sobre el tema.

POR Silvana Boschi

"Dicen que soy un gran escritor. Agradezco esa curiosa opinión, pero no la comparto. El día de mañana, algunos lúcidos la refutarán fácilmente y me tildarán de impostor o chapucero o de ambas cosas a la vez.” (Jorge Luis Borges).
La frase instala en el campo de las no-certezas la siguiente cuestión: ¿Qué define quién es un escritor? ¿La aceptación de las editoriales, los lectores, la crítica? ¿El reconocimiento de los colegas, las universidades, las instituciones, los premios literarios? ¿O es la calidad de la obra y su permanencia en el tiempo lo que convierte a alguien que escribe en un “escritor” con mayúsculas?

Por vocación, por oficio o por afán de figuración, muchísima gente quiere escribir y muchos lo consiguen. Basta con entrar en una librería para darse cuenta. En la mesa de novedades, las filas de libros son infinitas. Y las promesas de las contratapas sobre la calidad de la obra, también. Todos los meses, las editoriales publican libros como si fuesen periódicos, y es sabido que en Argentina los talleres literarios y los cursos sobre literatura tienen un público nutrido. Pero no cualquiera, aunque tenga algún texto publicado, es un escritor.

Hay contraejemplos para todas las apuestas. ¿Es escritor quien escribió muchos libros? El mexicano Juan Rulfo alcanzó renombre con sólo dos: Pedro Páramo y El llano en llamas. El checo Franz Kafka publicó unas pocas obras, y el resto –incluyendo trabajos incompletos– fueron publicados por su amigo Max Brod, quien decidió ignorar los deseos del autor de que sus manuscritos fueran destruidos luego de su muerte. ¿Es escritor quien consigue que una editorial lo acepte y no quien se autopublica? Borges pagó la edición de su primera obra, y también Marcel Proust, por dar dos ejemplos fundamentales.

La polémica sobre quién puede ser definido como autor adquirió actualidad cuando se aprobó en Buenos Aires, en 2009, la pensión para el escritor. Entre muchos otros requisitos, figura que –para acceder al beneficio– hace falta haber publicado más de cinco libros, pero que no hayan sido ediciones pagadas por el propio autor.

Para el narrador Abelardo Castillo “ser escritor no es publicar, no es tener éxito ni ninguna de esas cosas. Kafka no se sentía escritor, Virgilio quería quemar La Eneida y la poeta Emily Dickinson no publicó nunca (su obra es póstuma). Los lectores y, sobre todo, el tiempo son los que deciden; pero a veces hay una convicción profunda de algunas personas que les hacen decir soy un escritor. Entonces, es también una decisión personal, sólo que esa decisión personal no siempre basta”.

En diálogo con Ñ, Castillo agrega: “La palabra profesional no existe en la literatura. Un escritor profesional es un artesano aplicado, que puede escribir casi sobre cualquier cosa. Un escritor, un poeta, es cualquier cosa menos un profesional, a menos que le demos a la palabra profesión su antiguo valor etimológico, el de profesar. Como se profesa una idea, una fe religiosa. Lo otro es más o menos como pensar que alguien que estudió filosofía es un filósofo. Yo me considero un perfecto amateur en literatura”.

“Hace poco –señala Castillo– una nota de Juan Forn me recordó algo que había olvidado. En Rusia, en un juicio contra el poeta Brodsky, el fiscal le preguntó: ¿A usted quién lo autorizó a decirse poeta?, Brodsky le contestó: ¿Y a usted quién lo autorizó a llamarse hombre? En realidad, uno se siente poeta o se siente escritor, y eso, en efecto, lo decide uno mismo, pero siempre hay un contexto externo que te hace escritor”.

Claudia Piñeiro, ganadora del premio Clarín de novela, recuerda una anécdota referida a este interrogante. “En la presentación de un libro mío, un hombre de unos cincuenta años me dijo: ‘compré su novela’, y yo le dije ‘espero que aparte de comprarla, la lea’. Entonces me contó que era la segunda novela que iba a leer en su vida, pero que ya llevaba diez escritas. A mí eso me impresionó bastante”.

“Por mi parte –agrega Piñeiro– me sentí escritora con el primer libro publicado, que quedó finalista en España. Un amigo me mandó una foto del libro en El Corte Inglés y pensé: por ahí yo voy para ese lado, el de ser escritora”.

Guillermo Martínez, autor de Crímenes imperceptibles, señala que “en mi caso, siempre pensé que un escritor es alguien con cierto volumen de obra escrita. Me prometí considerarme escritor cuando tuviera diez libros escritos, algo que recién cumplí este año. Pero desde siempre sentí que escribir era una parte de mi vida, la parte a la que finalmente fui más consecuente. Ahora bien, más allá de esta acepción ‘democrática’, en los círculos literarios la palabra se usa como contraseña para distinguir niveles. Por ejemplo, en la expresión ‘Te puede gustar o no, pero es un escritor’.

Aquí, ‘escritor’ reconoce a quien tiene, además de libros publicados, algo nuevo o interesante para decir, algo personal, un mundo propio, que sobresale y se reconoce de algún modo. Entre estos dos extremos están todas las gradaciones posibles”.

Martínez pone como ejemplo  el caso de su padre que “nunca publicó en su vida y dejó una obra escrita apabullante”. Y resalta que “Borges fue ignorado por nuestras facultades hasta 1965 y atacado durante muchos años más”. También se pregunta: “¿Es necesario tener el reconocimiento de lectores? No: Di Benedetto y su obra tanto tiempo no leída. ¿Es necesario haber sido publicado por un editor? No: otra vez Borges y tantos otros, que se publicaron a sí mismos el primer libro. ¿Tener alguna formación en particular? No: hay ejemplos de todos los oficios y Ricardo Piglia, famosamente, porque quería ser escritor, eludió la carrera de Letras”.

Sobre el momento en que se sintió escritor, Castillo recuerda que fue “primero, a los 22 años, cuando escribí El otro Judas. Sentí que la literatura me había elegido a mí y yo había elegido la literatura. Asumí que debía ser escritor o nada. El otro momento, un poco más cómico, fue en la Feria del Libro, en un stand de la editorial Galerna. Yo estaba ahí, conversando con Alonso o con Hugo Levín, y de golpe vi que un chico se estaba robando un libro. Y entonces me acomodé para que no lo viera, y el chico se robó el libro. Cuando se iba vi que era un libro mío. En ese momento, yo tenía más o menos 50 años. Pensé; ‘soy un escritor’”.

Para Damián Tabarovsky, escritor y editor, el interrogante aparece, por ejemplo, en un viaje. “¿Qué ponemos en el papel de Migraciones? Yo nunca pude poner ‘escritor’. ¿Por qué? ¿Porque no vivo de la literatura? No, no es eso. Pongo ‘sociólogo’, que es mi título, pero jamás lo ejercí. O sea que tampoco vivo de eso. No pongo ‘escritor’ porque me da pudor”.

“Está la frase de Osvaldo Lamborghini –comenta a Ñ– que dice: ‘Primero publicar y después escribir’, lo que significa que el escritor tiene que crear su propio mito. Pero yo creo que esa frase hizo estragos, que hay que escribir más y publicar menos.”

Con la mirada en el texto

En un libro que publicará en marzo sobre el sentido de la lectura, la escritora Angela Pradelli señala que: “según el lingüista francés Roland Barthes, estamos acostumbrados a interesarnos por los autores, a  valorarlos, incluso a sobrevalorarlos a veces, a pensarlos como dueños de sus obras y es esta propiedad la que le da a los escritores determinados privilegios. ‘Lo que se trata de establecer, afirma Barthes, es siempre lo que el autor ha querido decir, y en ningún caso lo que el lector entiende’. Son posturas que reclaman para el autor una ubicación por encima del lector. Habría que pensar sin embargo en que el autor haga silencio y que hable su texto, que el autor lo deje decir. Y también, que el autor permita que el lector busque en sí mismo cómo, con qué herramientas leer y descifrar”.

“Michel  Foucault –agrega Pradelli– al analizar la función autor, imagina una sociedad en la que los discursos, todos, ya no tendrían que dar cuenta  de sus autores y se desarrollarían en lo que él llama el anonimato del susurro. ‘Ya no se oirían las preguntas por tanto tiempo repetidas: ¿Quién ha hablado realmente? ¿Es en verdad él y nadie más? ¿Con qué autenticidad o qué originalidad? ¿Y ha expresado lo más profundo de sí mismo en su discurso? Si no otras como éstas: ¿Cuáles son los modos de existencia de ese discurso? ¿Desde dónde se ha sostenido, cómo puede circular y quién puede apropiárselo? (…) Y detrás de todas estas preguntas no se oiría más que el ruido de una indiferencia: Qué importa quién habla’.”

Es imposible soslayar este aspecto del excesivo acento que el mundo cultural pone en la figura del escritor. Y sobran ejemplos de los mitos construidos alrededor de ciertos autores. Como es el caso de J. D. Salinger, que hizo de su autorreclusión por décadas un mito con tanta difusión como su obra.

En su autobiografía Las palabras, Jean Paul Sartre se refiere a su tarea de escritor. “Es mi costumbre y además es mi oficio. Durante mucho tiempo tomé la pluma como una espada; ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros; hacen falta; aún así sirven. La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen este espejo crítico”.

Pero volviendo a la idea de definir quién es escritor, es interesante la opinión de Mercedes Güiraldes, editora de Emecé, quien señala: “No es escritor todo aquel que publica, ni todo aquel que publica y vende poco o mucho, ni tampoco aquel que escribe y no publica. Para saber qué es un escritor habría que empezar por preguntarse qué es lo contrario de un escritor. ¿Un no-escritor? ¿Un escritor malo?”.

“Existe la buena literatura y existe la mala literatura. ¿Quién diferencia una de otra? Una combinación de actores, que van desde la crítica y el público lector, hasta ese gran juez que es el tiempo. Pero tampoco creo que todo lo que pervive en el tiempo sea más valioso que lo que parece olvidado. ¿Quién lee hoy a Mujica Lainez? ¿A Balzac? ¿A Juana Manuela Gorriti? El hecho de que no sean leídos, o lo sean muy poco, ¿los pone del lado de los malos escritores? Y si eso vale para los escritores pasados, de algún modo vale para los futuros. De esa masa indiferenciada de escritores que todavía no se abrieron camino a la publicación, algunos lo lograrán y otros no. El tiempo dirá”, agrega Güiraldes.

La autoedición

La edición 2011 de la Feria Internacional del Libro de Miami excluyó la presentación de libros autopublicados. Tampoco la revista The New York Times Book Review acepta estas obras. Pero entre los escritores locales, las opiniones están divididas.

Castillo destaca que “el primer libro de Borges lo pagó Borges, los primeros libros de Bioy Casares los pagó su padre. A Sabato, en Sur, no le quisieron publicar El Túnel y se lo pagó un amigo. Y muchos poetas, acá y el mundo entero, han pagado sus propias ediciones. Por si esto no bastara, Nietzsche solía costear sus propias ediciones, y distribuyó unos quince ejemplares de Así habló Zarathustra. Eso de decir que el libro pagado es necesariamente menor, es una estupidez, es fomentar o anhelar su fracaso”.

Para Martínez, “en teoría, nada impide que un libro autopublicado sea superior a cualquier otro que aparezca en el sello más prestigioso, pero en la práctica casi siempre es desperdiciar la oportunidad de intentar algo de más alcance. Cuando me piden un consejo sobre esto, siempre opino que la paciencia es mejor”.

Piñeiro, por su parte, considera que la autopublicación es “en general un camino muy corto, porque aparte de sacar el libro es fundamental la distribución, porque la autodistribución termina entre los amigos y los parientes. De todos modos, yo respeto al que se autoedita, porque comprendo esa necesidad de publicar, de que te lean; es genuina. ¿Un buen escritor siempre termina siendo reconocido? Eso dicen, pero yo no estoy tan segura, no me parece que todo buen texto de verdad llegue a conocerse”.

Sobre este tema, Tabarovsky asegura que “depende del género y la época. En poesía es más común. Pero hay tantas editoriales que básicamente no se publica lo que es malo. En la década del 80 había muchas editoriales donde se pagaba la edición, pero hoy una novela que no encuentra una editorial es porque es mala. Hay tantas editoriales que creo que tiene que ser una gran excepción que un libro bueno no llegue a interesar para ser publicado. Por eso creo que hay que bajar un poco la ansiedad de los que quieren publicar ya. Es importante publicar pero más importante es escribir”.

Esa necesidad de publicar más allá de la aceptación de una editorial la tiene bien en claro Juan Ignacio Díaz Puerta, un veterinario de 53 años que ya tiene seis libros autopublicados en la editorial Dunken, por los que pagó de su propio bolsillo. “Actualmente estoy terminando una novela policial negro-psicológica y además –asegura– tengo escritos doce cuentos. Empecé a escribir ficción en 2010, y no soy quien para autocalificarme como escritor, pero ¿cómo puede definirse a un tipo que escribe todos los días aunque sea medio capítulo o un cuento que se le ocurre esporádicamente?”, se pregunta.

Para la escritora y periodista española Rosa Montero, la clave está en la necesidad de escribir. “Yo he llegado a aprender, con el tiempo, que un escritor es en realidad aquel que necesita escribir para poder vivir, es decir, para afrontar la oscuridad de la vida, para poder levantarse cada mañana. Uno es escritor porque no puede no serlo; por eso la mayoría de los novelistas, por ejemplo, hemos empezado a escribir en la niñez: es algo que forma parte de tu estructura básica. De modo que la necesidad es lo que te hace un verdadero escritor, pero eso no quiere decir que te haga un buen escritor”.

“Hace años –recuerda Montero– entrevisté a Erich Segal, el autor de Love Story, para el diario El País, y me tuve que leer un buen puñado de sus libros y me parece que es un escritor malísimo; pero me cayó bien, me pareció auténtico, era un verdadero escritor que escribía por necesidad, pero eso no evitaba que fuera pésimo.”

Docentes y editores

Para Graciela Montaldo, profesora del Departamento de culturas latinoamericanas e ibéricas de la Universidad de Columbia, “la condición de escritor/a no está ligada necesariamente al libro sino al ejercicio de una práctica: la escritura, que históricamente ha tenido diferentes valores y formas de difusión. Hubo un tiempo en que ser escritor era una identidad que se obtenía cuando las instituciones de la cultura reconocían como escritor a quien se presentaba como tal”.

“Esas mismas instituciones –señala Montaldo– le negaban el título a la gran mayoría pero así y todo podía haber ‘escritores’ para un circuito (los talleres literarios por ejemplo) que no lo eran para otro circuito (las editoriales). El caso de Roberto Arlt es, en la Argentina, el más revelador de los reconocimientos diferenciados: primero fue un periodista, luego un mal escritor, más tarde escritor de culto, hoy clásico nacional. Antes le había pasado a Eduardo Gutiérrez con su Juan Moreira: el éxito popular de su novela le restaba méritos para que la elite lo reconociera como escritor.”

Para Güiraldes, de Emecé, “no me concierne a mí, como editora, dictaminar quién es y quién no es un verdadero escritor. Por experiencia de trabajo sé que hay escritores que logran publicar con facilidad y otros no tanto, independientemente de la calidad de su obra. Múltiples factores inciden a la hora de decidir publicar un texto además de su calidad, y no son necesariamente espurios y despreciables. El azar y la voluntad tienen un rol clave”.
Parece haber tantos factores que intervienen en la consagración de un autor –su propia convicción, la aceptación de los lectores, la bienvenida del mundo editorial, la aprobación de la crítica, el reconocimiento del mundo académico– que no es difícil entender que un escritor en serio sea una especie rara de encontrar. Más allá de que se proponga bucear hondo en la naturaleza humana o entretener con una saga de aventuras.

Dijo Marguerite Duras en Escribir: “Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido”.

Tal vez en ese silencio, cada narrador, cada lector, o incluso cada editor, más allá de la decisión comercial que adopte, sabe si ese autor que está leyendo es un escritor. Lo sabe íntimamente, con una convicción irrefutable.

viernes, 12 de octubre de 2012

El último Premio Nobel de Literatura

LITERATURA › EL ESCRITOR MO YAN (NO HABLES) RESULTO PREMIADO CON EL NOBEL

El realismo alucinado del Kafka chino

 

“Creó un mundo que en su complejidad tiene reminiscencias de escritores como William Faulkner y Gabriel García Márquez y, al mismo tiempo, parte de la antigua literatura china y la tradición oral”, resumió la academia sueca.

 Por Silvina Friera

Las palabras no podían salir de la boca de ese niño chino que cuidaba las vacas y las ovejas mientras los chicos de su edad estudiaban y jugaban en el colegio. Sus padres temían que dijera algo inconveniente, que metiera la pata y un diluvio de desgracias acechara a esa familia de agricultores sencillos que trabajaban la tierra como si pudieran leer con las manos el alfabeto entero del deseo. “No hables”, le exigieron en un tono imperativo. Infancia marcada por los vestigios del silencio, aislado en el campo, con la mirada boquiabierta en el hambre de cada día en su pueblo natal, Gaomi, en la provincia oriental de Shandong. Cada pensamiento naufragaba en las impiadosas olas de lo real y se desvanecía en el mismo silencio en que se originaban. Esta es la arcilla biográfica del niño mudo que en el futuro se convertiría en el Kafka chino, un narrador que, a través de su “realismo alucinado” –según el dictamen emitido desde Estocolmo–, ha logrado fusionar las leyendas populares, la historia y lo contemporáneo. ¿Qué imágenes de ese pasado remoto se habrán agolpado en la cabeza de Mo Yan –seudónimo que significa “no hables”–, el Premio Nobel de Literatura, cuyo nombre original es Guan Moye, uno de los autores más leídos en su país? ¿Qué olores? ¿Qué sonidos?
“A través de una mixtura de fantasía y realidad y de perspectivas históricas y sociales, Mo Yan creó un mundo que en su complejidad tiene reminiscencias de escritores como William Faulkner y Gabriel García Márquez y, al mismo tiempo, punto de partida de la antigua literatura china y la tradición oral”, resumió la academia sueca el estilo del flamante Nobel de Literatura, cuya obra ha sido traducida al francés, al inglés y al español. Varias de sus novelas han sido publicadas en España por la editorial Kailas. En Grandes pechos y amplias caderas, prohibida en China, relata los últimos tiempos de la dinastía Qing (1644-1911) hasta la época posmaoísta a través de la historia de una mujer que tiene ocho niñas, antes de lograr el deseado varón, todos fuera del matrimonio. La república del vino es una sátira sobre la corrupción de un régimen que aún se denomina comunista, pero practica el capitalismo de Estado más salvaje a la par de una sociedad anestesiada por la modernidad y el dinero, que se rinde a los placeres de la comida y el alcohol.

Las baladas del ajo es un retrato de la China rural durante el principio de las reformas económicas iniciadas por Deng Xiaoping en 1978. “No apresurarse, escribir con calma, igual que una rana cuando espera tranquilamente a los insectos sobre la flor de loto. Una vez decidido, me pondré en marcha al instante, igual que una rana cuando salta a capturar insectos”, escribe “su alumno Renacuajo” al escritor Sugitani Gijin en Rana (editada por Kailas en 2011). La misma editorial también ha publicado Shifu harías cualquier cosa por divertirte, novela fragmentada en ocho relatos breves donde el viejo Ding, un hombre que se ha dedicado más de cuarenta años de su vida a una fábrica municipal ganadera y a pesar de haber obtenido el título honorífico de Shifu (maestro) es despedido de manera inesperada una semana antes de jubilarse, y La vida y la muerte me están desgastando, un descenso al inframundo de un terrateniente ejecutado, condenado de forma ilícita a reencarnarse en un burro.
Aunque el autor de 57 años vive en Beijing, recibió la noticia en Gaomi, adonde viajó para pasar un par de semanas con su padre. “Me sorprendió mucho ganar el premio porque sentí que no soy un autor tan experimentado como otros autores chinos. Hay muy buenos escritores y mi estatus no era tan elevado”, dijo Mo Yan a la agencia oficial Xinhua. El Premio Nobel admitió que prefiere “estar con los pies en la tierra” y no hacer grandes celebraciones. “Quiero seguir mi camino, concentrado en lo humano para mi propia obra”, afirmó el narrador, quien aclaró que se encontraba en su pueblo “para sentirse tranquilo” y “escribir encerrado en su habitación”. Influido por la ironía social de Lu Xun, el padre de la literatura china contemporánea, el realismo mágico de García Márquez, y autores occidentales como Faulkner, el escritor chino, que nació en febrero de 1955, cultiva un fino sentido del humor. Desde el seudónimo elegido, No Hables anticipa que es un gran narrador satírico con un poder corrosivo extraordinario para reírse de la agitada historia de la China del último siglo y mezclar, sin sucumbir en el intento, los ritos y tradiciones de las zonas rurales.
Tenía 18 años cuando el joven Guan empezó a trabajar en una fábrica. La mitad del tiempo era obrero; la otra, campesino. En 1976 decidió que “la mejor forma de tener una buena vida” era entrar en el Ejército. Esa elección coincidió con la muerte de Mao, el mismo año. Como un sueño de un sueño, donde el original queda transfigurado por el seudónimo, No Hables se aventura por la experiencia literaria. Su primera novela, Lluvia en una noche de primavera, fue publicada en 1981, cuando todavía estaba enrolado en el Ejército. No era fácil materializar el deseo de la escritura en un contexto hostil. “Los oficiales en el cuartel me criticaban porque escribía en lugar de hacer mi trabajo. Así que en 1984 entré en la Escuela de Arte y Literatura del Ejército”, recordaba en una entrevista. Recién entonces pudo vivir de la literatura. “Yo tenía tantas cosas que contar... Hay que imaginar a una persona forzada a no hablar durante veinte años, que de repente puede contar todo lo que ha visto y experimentado. Este ha sido el verdadero poder detrás de mi escritura.”

Una novela capital de la década del ’80 es Sorgo rojo, donde relata la asfixiante situación de la mujer china a través de una joven forzada a casarse con un viejo leproso muy rico. Adaptada al cine por Zhang Yimou, la película obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín, en 1988. “Las mujeres han mostrado una gran capacidad de aguante, un espíritu de entrega y resistencia. Me he dado cuenta de que la mujer es capaz de resistir en momentos en los que los hombres tiran la toalla. Son valientes ante el peligro y ayudan a los hombres a armarse de valor. Por eso, en mis novelas existe un homenaje al universo femenino”, explicaba Mo Yan. “La película y la novela expresan cómo las mujeres no tenían libertad. Ese libro ha influido mucho en la sociedad. Ahora tenemos más libertad que veinte años antes. Sorgo rojo, si se publicase ahora mismo, no podría tener una influencia tan grande como entonces. China ha cambiado no sólo en la economía, sino también en el pensamiento. Antes todo era más cerrado. Ahora los artistas pueden expresarse con mayor libertad.” Sin embargo, esa flexibilización no implica que hoy por hoy los autores chinos puedan escribir lo que quieran. “Aún hay cosas que no se pueden plasmar de forma directa, pero la situación es mucho mejor que en el pasado –aclaró–. Un buen escritor sabe encontrar la mejor manera para contar lo que quiere decir.”

No Hables suele proclamar que su estilo es realista, pero en un territorio geográfico –y de la lengua– donde el llamado “realismo socialista” idealizaba la vida rural, el escritor chino advierte que su realismo refleja a la gente común. “Presento al lector todo tipo de caracteres, personajes con los que no ha tenido contacto nunca, situados en un ambiente especial, en el que se puede respirar el olor y oír los sonidos de la vida rural.” ¿Qué diferencia a un autor chino de uno occidental? Mo Yan –admirador de Ernest Hemingway, Günter Grass, García Márquez y el japonés Yasunari Kawabata– opina que los chinos representan la psicología de los caracteres mediante su lenguaje y sus actos; los extranjeros, en cambio, describen directamente la psicología de los personajes. “El realismo mágico activó mis experiencias acumuladas en el pasado –reconoció el narrador chino–. En mi pueblo no había luces por la noche y, cuando abrías la ventana, podías ver las hogueras brillando en el campo en la oscuridad. Mis recuerdos de infancia están plagados de fantasmas. Mis abuelos me contaban también muchos cuentos de espíritus. Después me di cuenta de que no debía copiar el estilo de García Márquez. Lo más importante que aprendí de él fue su espíritu innovador.”
Seix Barral anunció que adquirió los derechos de publicación de Change, “la novela más personal y potente” del flamante Nobel, inédita en España y en China, donde Mo Yan analiza la evolución del comunismo en su país durante las últimas décadas.