lunes, 7 de agosto de 2017

Sam Shepard sobre bob Dylan

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Sin embargo, lo que continúa centrando toda mi atención es la serie de complementos que ha escogido. Desde las gafas a la Gibson y la propia Baez. Todo funciona en una zona de hipnosis extrema. No puedes apartar los ojos de esas gafas. Tuve una experiencia similar cuando vi a Ray Charles la primera vez en el instituto. Aquel enloquecido movimiento lateral de la cabeza con el cuello rígido y los lentes que se convertían en un imán visual. De la visión a la ceguera y vuelta a la visión. El personal del hotel adopta posturas de aficionados al cine. Lo único que falta son las palomitas. No están muy seguros de qué o a quién contemplan. De lo único que están seguros es de los nombres. Lo que aparece frente a ellos es un hombre bajito, ciego y demoníaco que canta palabras extrañas (“vacié los ceniceros en un nivel completamente distinto”) con una guapa chica mexicana. La perra sabuesa entra y sale trotando entre los manojos de cables de los micrófonos, ajena al ruido, con el hocico pegado al suelo a la caza de alguna corteza. Las cámaras explotan y los Super Troopers parecen a punto de perforar limpiamente unos grandes agujeros en el telón de fondo. Ken, el foto fija, acecha entre bastidores como un cazador de leones. Es notable la aparente falta de esfuerzo con que lo hace todo Dylan. Está en mitad de todo, convirtiendo toda esta locura en algo coherente con su simple presencia.
Grandes apuestas
Una fuerte sensación recurrente que tengo cuando contemplo a Dylan actuando es la impresión de que se juega Grandes Apuestas. El dice que “sólo es un músico”, y en su interior necesita ese tipo de protección ante las pruebas intelectuales que son una amenaza constante para cualquier artista. Incluso así, no tiene que responder por sí mismo a las repercusiones de su arte en absoluto. Caen sobre nosotros como preguntas y ésa es su esencia. El mito es un medio poderoso porque habla a las emociones y no a la cabeza. Nos traslada a un área de misterio. Creer en algunos mitos es venenoso, pero otros tienen la capacidad de cambiar algo dentro de nosotros, incluso si sólo es durante uno o dos minutos. Dylan crea una atmósfera mítica de la tierra que nos rodea. La tierra por la que caminamos cada día y que nunca vemos hasta que alguien nos la enseña.
Conrad
Dylan: ¿Has leído algo de Conrad?
Yo: No.
Dylan: Pues deberías leer a Conrad.
(Pausa larga)
Yo: ¿Lees mucho?v Dylan: Algo.
Yo: ¿Siempre has leído mucho?
Dylan: Siempre leo algo.
Yo: ¿Dónde consigues los libros?
Dylan: En las bibliotecas de la gente. Entro en las bibliotecas de la gente y los tienen allí.
Las manos de Dylan
Meñique blanco, arrugado, con articulación doble. Uñas largas que revolotean sobre el armonio de Allen como una criatura con tentáculos. Manos de cuero lechosas, curtidas, que nos dicen más cosas que su cara sobre la música y sobre dónde han estado. Manos antiguas, demoníacas, no humanas, que casi dan miedo.
El inventor
Dylan se ha inventado a sí mismo. Se ha hecho a sí mismo desde cero. Esto es, a partir de las cosas que tiene a su alrededor y dentro. Dylan es un invento de su propia mente. La cuestión no es explicárselo, sino asimilarlo. De todos modos, él se mete en ti, así que, ¿por qué no incorporarlo simplemente? No es el primero que se ha inventado a sí mismo, pero sí es el primero que se ha inventado a Dylan. Nadie se lo inventó antes que él. Ni después. ¿Qué sucede cuando alguien inventa algo fuera de sí mismo, como un avión o un tren de mercancías? La cosa se ve como lo que es. Se ve como algo increíble porque nunca se ha visto antes, pero la gente la absorbe y en ese proceso sus vidas cambian. Pero no andan por ahí intentando entender lo que no es, para siempre. Lo utilizan como un medio para la aventura.
Monólogo de Dylan
Película
“Andaba buscándome a mí mismo en esa tienda de pueblo. Me informaron. Ciertas fuentes me dijeron que aquél era el sitio. No tenía ni idea de por qué. Quiero decir que desde fuera era igual que cualquier otro sitio. Leña para vender, cosas así. Así que entré y les pregunté si me habían visto. Se lo pregunté directamente así. Con lo que me miraron como si estuviera loco y me dijeron que esperase allí mismo. Desaparecieron en los cuartos de atrás y allí estaba yo. Allí de pie sin más. Así que se me empezó a mover el cuerpo mientras esperaba allí. Una especie de baile. Mirando en torno. Golpeando el suelo. Zapateando. Luego empecé a hablar solo como si nadie pudiera oír lo que pretendía. Empecé a oír cosas a mi alrededor. Todo lo que podían ver los ojos y oír los oídos. Hacer listas para mí mismo. Sierras mecánicas, martillos, barritas de queso, barritas de galletas, galletas, jornaleros, predicadores, panteras, clavos, sierras de vaivén, caballos, caballitos de cartón, bancos, fuerabordas, nubes negras, truenos, camiones madereros, carne de cerdo, desayuno, tazas de té, bailarines, Nijinski, buzos, mares profundos, océanos, ríos, ferrocarril, charlatanes, radio, ondas, madres, hijos en la guerra, peligro, ideas, magia, señores de la guerra, bombas fantasma, imitaciones, talleres de maquinaria, galaxias, tortura, búsquedas del tesoro, líderes de banda, Dixieland, cosechas de trigo, tractores, remolques, ingenieros, guardaespaldas, guepardos, México, páramos, vida del desierto, órganos, redobles, ejecuciones, crucifixiones, embalsamamientos, ambulancias, manos ensangrentadas, trucos, invenciones de la mente, invenciones del cuerpo, artículos de deporte, taxis, imperdibles, cojinetes, repuestos, vejigas, espaldas rotas, reses de cara blanca, explotadores, caseros, camerinos, diamantes, manos largas, carne de gallina, apaches, dingos y monos en el espacio. Y entonces, simplemente, salí corriendo.”
Este retrato está incluido en Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera de Sam Shepard.
(Editorial Anagrama).

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