lunes, 18 de enero de 2016

PARA LEER A ARIEL DORFMAN, sobre su último libro

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Desde chico, cuando en un viaje transatlántico se cruzó con Thomas Mann, Ariel Dorfman supo que quería ser escritor, pero su obra y esencialmente su vida no habrían sido lo mismo de no estar marcadas por una experiencia fundante: el exilio. Desplazamientos constantes, escapadas al borde de la muerte –por casualidad no estuvo en el Palacio de La Moneda cuando derrocaban a Salvador Allende en 1973– pero, además, los beneficios de conocer gente y hablar dos idiomas. Todo eso confluye ahora en Entre sueños y traidores, verdadera síntesis vital donde Dorfman vuelca fragmentos de sus diarios íntimos y declara que su lucha en el exilio fue no imitar a Sinuhé el egipcio, el hombre que abjuró de sus principios para no morir fuera de su patria.
por Juan Pablo Bertazza
Suena extraña striptease. Entre sueños y traidores. Un striptease del exilio. Es llamativa la palabra, o tal vez sea el lugar de la palabra, o quizá la asociación del erotismo con la idea del exilio, o incluso que provenga de otro idioma, de la suma de strip (“desnudar”) y tease (“engañar”). Es paradójica además porque la palabra striptease implica el cuerpo, el cuerpo en estado de puro engranaje. Es decir, el cuerpo en movimiento desgajándose progresivamente de ropa como previa, quizá, de mucho más movimiento. En definitiva, en muy pocas circunstancias hay tanto cuerpo expuesto como en un striptease. Sin embargo, ¿hay cuerpo en el exilio? ¿No es, precisamente, el cuerpo lo que, por definición, no está en el país de pertenencia durante un exilio?
Saga de Rumbo al Sur, deseando el Norte, Entre sueños y traidores es una especie de biografía –¿anatomía?– de ese multifacético ciudadano del mundo que es Ariel Dorfman, quien en este libro se define en oposición a Sinuhé, “el primer caso registrado de exilio, un anciano enfermo y desamparado que había vagado por tierras cuyo nombre ni él podía recordar, hasta que finalmente le pidió perdón al faraón que había decretado su expulsión de Egipto”. Nos cuenta Dorfman que hoy sólo se conoce el nombre de Sinuhé debido a su abjuración, la de un hombre que, con tal de morir en su patria, fue forzado a destruir su integridad y, como corolario de esta vieja historia, Dorfman hace flamear su bandera: “Mi lucha impostergable en el exilio: no imitar a ese hombre”.
Proveniente de una familia judía –su abuela paterna fue traductora de Trotsky y de Anna Karenina de Tolstoi–, el destierro parece haber sido, desde siempre, el gran punto cardinal de Dorfman: nace en 1942 en Buenos Aires, pero con tan sólo tres años, y por motivos políticos, su padre se lleva a la familia a Nueva York, donde aprende a hablar inglés. Ahí vive casi nueve años, cuando la caza de brujas de McCarthy le abre una puerta en Chile, donde encuentra un hogar y el amor de toda su vida, Angélica. Con los años, además de adquirir la ciudadanía chilena, comienza a involucrarse en la primera campaña presidencial de Salvador Allende. Cuando Allende llega al poder, en el segundo intento electoral, Dorfman lo acompaña además como agregado cultural. “Esos tres años, de 1970 a 1973, fueron los años en que más definitivamente vivo me sentí”, dice sin dudar.
Profundidad, y lucidez, es lo que trasluce la obra de Dorfman desde su primera novela, Viudas (con una trama absolutamente política, donde denunciaba sin tapujos la desaparición de personas en Chile), hasta el que, por ahora, es su último trabajo: Memorias del desierto, ese gran libro tremendamente personal sobre el norte de Chile que surgió de un pedido de la National Geographic, pasando por el deslumbrante clásico y moderno ensayo que, como Dorfman, viajó a lo largo de todo el mundo, vendió millones de copias y fue traducido a todos los idiomas: Para leer al Pato Donald, libro a partir del cual muchos niños se hicieron adultos y metieron a Disney en un freezer, quizá sin dejar de disfrutarlo.
Las anécdotas y repercusiones de esa biblia creada junto al belga Armand Mattelart son casi infinitas y algunas muy impresionantes: el propio Walt Disney quiso comprar los derechos mundiales de la obra para sacarla de circulación por 10 mil dólares; sus autores sufrieron distintas manifestaciones en las que un puñado de derechistas vociferaba (¿por qué la derecha siempre desafina tanto?) “viva el Pato Donald”; y, por supuesto, extraño ranking, fue uno de los libros más quemados durante la dictadura de Pinochet.

PARA LEER A ARIEL DORFMAN

Hay algo de collage en la extensa, variadísima y coherente obra de Dorfman, una especie de collage que incorpora y agrega infinitas variaciones en torno, quizás, de una única palabra expresada desde todos los ángulos y perspectivas posibles: el exilio. Como si, a lo largo de todos estos años, Dorfman hubiera grabado a fuego con cada una de las tipografías disponibles –Arial, Book Antigua, Impact, Times News Roman, etc.– esa única palabra cuyas resonancias aún lo inspiran. Este libro es un claro ejemplo de collage, ya que condensa muchos de esos formatos que Dorfman elaboró y mezcló a lo largo de su carrera: especie de continuación de Rumbo al Sur, deseando el Norte, es también una forma de puesta por escrito de El largo exilio de Ariel Dorfman, película hecha por el documentalista canadiense Peter Raymont en 2006, justo el año en que murió el dictador Pinochet. A su vez, las páginas de Entre sueños y traidores incorporan, injertan fragmentos de su inédito diario personal, otra cara más de ese exilio fundante, interminable, que se compone de una sola ida y de múltiples regresos.
Leer Entre sueños y traidores tiene mucho de ese momento cúlmine de todo viaje en que, a punto de arribar y llegar a destino, la ciudad y sus luces ofrecen una especie de espectáculo en maqueta, un universo en miniatura que, poco a poco, irá mostrando en otra perspectiva, en otra escala, sus encantos, sinuosidades, grietas, heridas. La conjunción de esas grietas indelebles que implica el exilio junto con la inesperada y alternativa felicidad que ese mismo destierro provocó, hacen de este libro una obra literaria y de la vida de Dorfman un personaje casi de novela.
Esas heridas, aun cuando Dorfman no las termina de hacer explícitas, adquieren múltiples formas: silencios no deseados como la imposibilidad de escribir que atravesó durante los primeros años de exilio en París y Amsterdam luego del golpe en La Moneda, y que recién logró romper con la escritura de Viudas; traumas que aun duelen como la muerte de Allende, de quien Dorfman recuerda una especie de despedida una semana antes del golpe, el 4 de septiembre de 1973, cuando él y un millón de partidarios se habían reunido en el centro de Santiago para celebrar el tercer aniversario del triunfo electoral. Entonces, Allende salió a saludar desde un balcón de La Moneda, agitando un pañuelo blanco, con ciertos rasgos de tristeza y soledad que, más tarde, el propio Dorfman atribuiría a la forma emocionada en que el presidente les estaba diciendo adiós. También hay paradojas como el hecho de que uno de los autores de cabecera de Dorfman, uno de los más mentados en este libro, es nada menos que Michel de Montaigne, quien nació y murió en el mismo sitio, el castillo donde se encerró a escribir los Ensayos hasta el día de su muerte. Es notable que sea justo a Montaigne, contracara en cierto sentido de Dorfman, a quien él llame su amigo y de quien resalta, sobre todo, la frase: “La pobreza de bienes se cura fácilmente, la pobreza mental es irreparable”.
Otra de las múltiples formas que adquieren las grietas del exilio son los malentendidos que se van sumando a lo largo del tiempo, como el hecho de que muchos piensan y aseguran que Ariel Dorfman estuvo dentro del Palacio de La Moneda el día que derrocaron a Allende.
Entre sueños y traidores. Ariel Dorfman Seix Barral 383 páginas
“Es un mito que me cuesta destruir por mucho que lo desmienta. Gran parte de mis memorias anteriores se dedica a contar cómo sobreviví al golpe debido justamente a una cadena de azares que me salvó de estar en La Moneda donde, en efecto, trabajaba junto a Allende, ese día letal, el 11 de septiembre de 1973. Beatriz Allende, la hija de Salvador, tuvo una alucinación (no tengo otra palabra para describir su experiencia) en que me vio al lado de su padre en La Moneda. Ella propaló este mito y creo que fue Fidel Castro el que se lo contó a otros, y así se fue creando una leyenda falsa que me sigue persiguiendo. Lo increíble es que eso es, precisamente, lo que hubiera querido que pasara y no pudo pasar porque no logré, si bien traté de hacerlo, llegar a La Moneda ese día, morir allá junto a mi presidente. Esa culpa de no haber muerto me forjó en el exilio, es lo que tuve que superar, el deseo de autodestruirme. Les pasa a muchos sobrevivientes”, cuenta Ariel Dorfman, en plenas vacaciones, desde un remoto sitio de Brasil donde no abunda la conexión a Internet.
Lo cierto es que una de las conclusiones más potentes y elaboradas que extrae Dorfman de semejante experiencia, y que ya había anunciado en el documental, es, precisamente, que si sobrevivió fue porque alguien debía contar esta historia: “Mi libro es un incesante intento de retorno a Chile, desde fines de 1973, cuando comienza mi exilio. Vuelvo una y otra vez, primero en la imaginación y en los escritos, enseguida en artículos periodísticos clandestinos y semiclandestinos, finalmente con mi persona en 1983. En 1987, como explico detalladamente en las memorias, me toman preso en el aeropuerto de Santiago junto a mi hijo de ocho años, y la dictadura me expulsa del país. Esto significa que sólo puedo regresar en forma definitiva en 1990 junto al retorno de la democracia, y el libro se estructura en torno de la minuciosa reconstrucción de esos meses en que me doy cuenta de que Chile ha cambiado demasiado, que ya no es el país soñado, y que es necesario partir de nuevo. Pero, claro, es también la constatación de cuánto he cambiado yo, cuánto ha cambiado la mujer de mi vida, mi Angélica, y de que no podemos quedarnos en Chile si queremos seguir sanos de mente y alma. No me arrepiento de nada. Pero me da pena”.
Si nunca hubiera existido el exilio, ¿creés que también habrías sido escritor?
–Yo quería ser escritor desde los nueve años de edad; en mi libro cuento cómo me topé con Thomas Mann, nada menos, en una travesía del Atlántico a esa temprana edad, y cómo aquel encuentro fugaz me marcó para siempre, aunque ya era un niño de una imaginación desbordante. Era inconcebible para mí que no pudiera escribir, y por eso fue tan traumático encontrarme sin palabras durante los primeros años del exilio. Y por cierto que hubiera sido un escritor diferente si no hubiera tenido los sueños, ni hubiera sufrido las traiciones y las autotraiciones y contaminaciones del destierro. No sé si mejor o peor, pero definitivamente otro. Estas memorias detallan, justamente, cómo uno se transforma, a su pesar, cuando la lejanía te construye y carcome.

EL AUTENTICO ARIELISMO

Movimiento político y literario que tuvo lugar en gran parte de Latinoamérica en los umbrales del siglo XX, y liderado por el uruguayo José Enrique Rodó a partir de la publicación de su ensayo Ariel, uno de sus mandamientos fundamentales era oponerse al utilitarismo anglosajón, revalorizando los valores de la cultura grecolatina. Hay algo de arielismo en la obra de Ariel Dorfman: así como Ulises, durante su Odisea de regreso, iba encontrándose con personajes de todo tipo (aunque la mayoría bastante desagradables), aquel fugaz encuentro con Thomas Mann sería sólo el primero de una larga lista de contactos que el exilio le iba a deparar. De hecho, uno de los beneficios del exilio, por decirlo sin comillas, fue la gente de la cual se rodeó, algunos de los cuales fueron los impulsores de la solidaridad y quienes empezaban a denunciar los crímenes del general Pinochet y a proveer refugio a los exiliados. Una interminable gama que va desde Bruno Bettelheim hasta el polémico Günter Grass, con quien Dorfman discutió en su propia casa (y tuvo que quedarse sin el guiso que preparaba el alemán) por defender la Primavera de Praga, pasando por el siempre sonriente Antonio Skármeta, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez y hasta el Superman por antonomasia, Christopher Reeves, quien viajó a Chile para apoyar el plebiscito que, en 1988, logró sacar a Pinochet del poder.
Por supuesto, el bilingüismo de Dorfman lo ayudó a hacer más claro y, por lo tanto, potente tanto el reclamo como la comunicación con estas personalidades de la literatura, la política y hasta del mundo de Hollywood, un bilingüismo que constituye otro avatar del exilio, y cuya máxima expresión radica en el hecho de que Dorfman es el propio traductor de la mayoría de sus obras. Es decir, el mismo día en que termina de escribir una obra en inglés empieza, inmediatamente, su traducción al español, un verdadero fenómeno lingüístico atípico en el mundo entero.
“Mi bilingüismo es un tema central de las memorias. Tiene que ver con toda la trayectoria dividida de mi vida. Durante muchos años quise negar mis dos idiomas: rechacé el castellano de niño en Nueva York, e hice lo mismo con el inglés durante la revolución chilena. El exilio me forzó a aceptar que soy este ser migrante, en un feliz adulterio con mis dos idiomas. Parte de esa aceptación es que cada libro y cada artículo periodístico lo escribo en una de mis lenguas y luego lo reescribo en la otra. No traduzco de hecho mi propia obra sino que la voy rehaciendo, adecuando, ajustando, cambiando. Por ejemplo, en este caso, escribí estas memorias por primera vez en inglés (porque los traumas los viví en castellano, así que el inglés me permitía adquirir distancia frente al dolor), pero de inmediato me metí en la versión en castellano y –con ésa en mano– corregí la inglesa, y así, ida y vuelta. La verdad es una labor ardua. Es más fácil ser monolingüe”, se explaya Dorfman.
De todas aquellas personalidades que tuvo la posibilidad de conocer a lo largo de su exilio, y que incluyen también a Bono, el líder de U2, quien llegó a dedicarle un concierto ante una multitud de 50 mil personas, Dorfman destaca dos: “Son dos mis maestros literarios (uno en la narrativa y el otro en el teatro), y tuve la suerte de que ambos terminaran convirtiéndose en amigos, aunque en realidad los considero hermanos mayores. Uno era Julio Cortázar, que me bendijo a mí y a mi mujer Angélica con su amparo durante nuestro exilio en París. Tengo la impresión de que todavía nos protege en el más allá fantástico en que él creía. El otro fue Harold Pinter. Extraño que pasaran muchos años antes de que nos cruzáramos físicamente, ya que él era activo en la solidaridad con América latina y había leído en forma pública mis poemas y yo había escrito mi primer libro sobre su obra ya en 1968. Finalmente nos cruzamos el día de la primera lectura de La muerte y la doncella en Londres y desde entonces él y su mujer Antonia Fraser compartieron casi dos décadas de intimidad conmigo y Angélica”.
La muerte y la doncella es uno de los grandes hitos en la carrera de Dorfman, una obra de teatro notable cuya historia se centra en la circunstancial convivencia entre Paulina, una mujer torturada y esposa de un abogado defensor de los derechos humanos, y su represor. Además de cosechar un elogio en cada puerto, la obra tuvo una versión cinematográfica a cargo de Roman Polanski, una versión a la altura de las circunstancias: “Fue tal el éxito internacional de la obra teatral que pude escoger entre seis o siete directores, todos del calibre de Roman. Fue un poco como un sueño del que era difícil despertar. Y traté de que no me hiciera arrogante, aunque no siempre con entero éxito. ¿Puede ser que sea de veras yo el que me estoy paseando por el mundo entrevistando a todos estos genios del cine que he admirado durante años? Si finalmente me decidí por Polanski, era por muchos motivos: su obsesión claustrofóbica; su interés por mujeres que rompen todas las normas y pagan un alto precio; su conocimiento de diversas formas de represión, lo que significaba que no tenía yo que explicarle nada respecto de lo que es vivir con miedo. Pero sobre todo es un cineasta con un pie en Hollywood y un lenguaje global/popular, y otro pie en el arte independiente. Su gran talento y humanidad iban a proteger la obra. Yo sabía que no la iba a traicionar”.
¿Dorfman es argentino? ¿Dorfman es chileno? ¿Dorfman es estadounidense? ¿Dorfman es imposible de encasillar?
–Me siento mucho mejor recibido en la Argentina que en Chile. Y sí, me resulta difícil entrar en una casilla. Trabajo todos los géneros y muchos estilos diferentes. Ultimamente me he dedicado a las colaboraciones musicales. Vamos a estrenar Naciketa, con un libreto mío basado en los Upanishads, en Mumbai, el año que viene, y también en 2013 espero abrir en Londres un musical que se llama Dancing Shadows y cuyo compositor es el recién fallecido Eric Woolfson, que fundó y escribió todas las canciones del Alan Parsons Project.
Nombraste a Angélica varias veces y además ella aparece en las dedicatorias de, prácticamente, todos tus libros. En Konfidenz, por ejemplo, se lee: “Este libro es para María Angélica. Ella sabe por qué”. Entre los múltiples agradecimientos de Entre sueños y traidores, el primero, el principal y más rotundo es para Angélica. ¿Qué significa ella en tu vida?

–Es el amor de mi vida, la persona más íntegra y honesta que he tenido el privilegio de conocer. Debido a su lealtad estoy vivo. No exagero, por muy líricas que parezcan mis palabras. Si vieras cómo sus ojos profundos y suaves y de firmamento iluminan una pieza y el mundo entero cuando sonríe, si vieras su radiancia, palabra que no creo que exista en castellano, pero que ahora invoco para nombrarla. Y te agradezco esta pregunta sobre todas las otras, porque demasiadas veces a ella se la posterga, se la deja de lado, ella, que es inapreciable y única. Y comparte además conmigo el amor que tuvo ella hacia mis benditos padres, un amor que ellos correspondieron con verdadera y merecida adoración.

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