martes, 29 de abril de 2014

AUSTER Y COETZEE


Paul Auster y John Maxwell Coetzee conocieron lo que pocos turistas: San Martín. Parece lejos, pero el trayecto es veloz. La 9 de Julio, autopista, General Paz y la avenida 25 de Mayo, ya en la provincia, veloz también y con aires de frontera: la arquitectura, heterogénea y bastante cascoteada, típica de un barrio del conurbano que alguna vez supo ser fabril, contrastando fuerte con la otra vereda, la de la Universidad de San Martín, nueva, brillante, con un diseño sofisticado. Acá, en la carpa auditorio, blanca, gigante, curva, cómoda, con capacidad para 500 personas sentadas, a las 18.45, el locutor anuncia a los rockstars: Coetzee y Auster. Van a recibir sendos doctorados Honoris Causa. Suben al escenario dos músicos de esos que honran a la tradición renovándola, Juan Falú, director de la carrera de música de la UNSAM, y Liliana Herrero. “Estamos honrados de tenerlos aquí, en este país tan hermoso. Y tan complejo”, dice ella, pide que la traduzcan, y canta una zamba con esa manera de cantar tan suya. Siguen con una de Atahualpa: “los hombres son dioses muertos de un templo ya derrumbado”, canta Herrero, y uno siente que sí, que lo que creó Yupanqui y en este momento canta Herrero y toca Falú es literatura también.
Toma el micrófono el rector Carlos Ruta: “Paul Auster ha dicho que el significado nace de la música. Para nosotros, los argentinos, ha nacido de esta música”. Coetzee va impecable, con una camisa amarilla y una corbata en la gama de los marrones y Auster, de camisa azul, corbata negra. “Quienes pergeñamos esta visita lo hicimos como lectores, lo hicimos porque hemos leído sus obras que nos han hecho pensar, nos han cambiado”, dice Ruta.
Ahora sí: habla Paul Auster. Dice que escribir es una “extraña manera de pasarse la vida, encerrado en una habitación día tras día, año tras año, empeñado en darle vida a algo que no existe más que en su imaginación”. Se pregunta “qué sentido tiene el arte en lo que llamamos ‘mundo real’. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento”, “nunca evitó que una bomba caiga sobre civiles inocentes”, detalla y sigue: “Hay quien cree que puede hacernos mejores. Quizá sea cierto en algunos casos aislados”, reflexiona, “no olvidemos que Hitler comenzó siendo artista, que los asesinos leen literatura en la cárcel. En otras palabras, el arte es inútil. Pero qué tiene de malo la inutilidad”, se preguntó y se contestó: “Yo sostengo que el valor del arte consiste en su inutilidad. Es lo que nos define como seres humanos, hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo”. Volvió a la infancia, dijo que quienes pueden recordarla recuerdan “el ansia con que esperábamos que nos contaran una historia. Los cuentos de hadas suelen ser crueles y grotescos, cualquiera pensaría que eso espantaría a un crío pero lo que el chico experimenta es justamente una liberación de esos miedos. Nos hacemos mayores y no cambiamos, seguimos esperando que nos cuenten otra historia, y otra y otra más”. Cerró con una nota esperanzada: “Me siento optimista respecto del futuro de la novela. Hablar de cantidad de lectores no es importante, por que hay solo un lector. Un lector cada vez. La novela constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse con total intimidad. Me he pasado la vida hablando con extraños. Y espero hacerlo hasta mi último aliento”.
Coetzee al podio. Comenzó leyendo una de sus ficciones y rápidamente la abandonó para pasar a hablar de García Márquez, de lo que el colombiano sentía como arrebatos de éxtasis cuando escribía. En su caso, apenas “una o dos veces en mi vida he experimentado la elevación de la que habla Gabriel García Márquez. Yo ya no la poseo. Leo la obra de otros y siento que mi alma se me viene a los pies: nunca he sido muy bueno para evocar la realidad y ahora no siento el impulso de recrearla con palabras. Un creciente distanciamiento del mundo es por cierto la experiencia de muchos escritores cuando envejecen. Sin duda, está relacionado con la incapacidad de desear. Desde adentro, sin embargo, puede experimentarse como una liberación. El caso clásico es el Tolstoi, nadie más sensible al mundo real que el joven Tolstoi que escribió Guerra y Paz. Después, cayó en lo que los críticos denominaron un declive, que culminó en la aridez de su última época. Sin embargo Tolstoi lo habrá sentido de manera diversa. Habrá sentido que se liberaba de las cadenas de la apariencia para dedicarse a la única cuestión que le interesaba: cómo vivir.”

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