domingo, 9 de diciembre de 2012

RAY BRADBURY

Regresar a Marte

La adaptación de “Crónicas marcianas”, con la introducción que hizo Ray Bradbury antes de morir, es una oportunidad de volver a viajar con un clásico de la ciencia ficción.

POR Pablo De Santis

La literatura a menudo olvida que su primer deber es la imaginación. Para recordar este antiguo mandato, el editor Francisco Porrúa (nacido en España pero criado en la Argentina) lanzó en 1955 la editorial Minotauro. Su primer libro fue Crónicas marcianas de Ray Bradbury, que el mismo Porrúa tradujo y que apareció con un prólogo de Jorge Luis Borges.

A ese volumen se agregaría con los años el resto de la obra de Bradbury, además de Soy leyenda de Richard Matheson, El hombre demolido de Alfred Bester, El mundo sumergido de James Ballard, El hombre en el castillo de Philip K. Dick, La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin, Las ciudades invisibles de Italo Calvino y tantos otros libros que ahora son clásicos, pero que en muchos casos eran novelas recién publicadas en sus lenguas originales. Entre los traductores que colaboraron con Porrúa estuvieron Aurora Bernardez, Matilde Horne (que tradujo El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien), Enrique Pezzoni, Luis Alberto Bixio y José Bianco. El catálogo incluía también autores argentinos como Julio Cortázar (que publicó sus Historias de cronopios y de famas), Angélica Gorodischer, Alberto Vanasco y Eduardo Goligorsky. Ya en los 80 aparecieron libros de Carlos Gardini, Ana María Shua y el uruguayo Mario Levrero.

Durante décadas Minotauro ejerció una influencia decisiva en la lectura de los géneros en español. Al principio tuvo una tímida división en colecciones (Metamorfosis, Spectrum, Otros mundos) pero luego fundió todos los libros, fueran de fantasía o de ciencia ficción, en un solo cuerpo editorial. Así se opuso a los rígidos conceptos de otras colecciones y editoriales (“¡Pero eso no es ciencia ficción!”) y ayudó a crear un lector tan ávido de hechizos y prodigios como de las posibilidades especulativas de la ficción. Me recuerdo marcando con lápiz, en la lista de títulos publicados, los libros que iba leyendo, y que aparecían en la última página de cada volumen.

Bradbury publicó Crónicas marcianas en 1950, cuando tenía 30 años. Fue su primer libro, y en él recopiló relatos publicados en revistas de ciencia ficción a fines de los años 40. A través de una cronología de la colonización de Marte intentó dar al libro la forma de una novela, aunque los cuentos son muy distintos entre sí. Similar procedimiento practicó en El hombre ilustrado: en este caso cada uno de los cuentos corresponde a uno de los tatuajes que recorren la piel de un hombre.

La ciencia que aparece en las Crónicas tiene menos relación con la NASA que con las ferias itinerantes que se acercaban a su pueblo natal. Presentimos que sus cohetes están hechos de latón pintado de rojo y que los trajes de sus astronautas son como los de las viejas figuritas. A través de los años, algunos cuentos se abren paso en mi memoria: “Vendrán lluvias suaves”, “El picnic de un millón de años”, “Las langostas y, sobre todo”, “El marciano” y “La tercera expedición” (que Borges juzgó “el cuento más alarmante de este volumen”).

En “El marciano”, un matrimonio de colonos descubre en un marciano el rostro de su hijo muerto. Creen al principio que sólo para ellos existe ese milagro, pero pronto comprenden que todos los que viven en la colonia ven en el extraño a alguien perdido. El marciano está obligado a representar a un remoto ejército de ausentes, y esto lo convierte en una especie de mesías, el que está obligado a huir de tanta melancólica devoción.

En “La tercera expedición” un grupo de astronautas encuentra en el lejano planeta las casas en que nacieron y los parientes que han muerto hace muchos años. Tienen un instante de reencuentro y felicidad y luego de una buena cena casera se van a dormir. ¿Hace falta decir que no se volvieron a tener noticias de la tercera expedición? Los relatos pertenecen a la ciencia ficción porque estamos en Marte, pero en realidad son estremecedores cuentos de fantasmas (así ocurre también con Solaris de Stanislav Lem, otro título de Minotauro).

“La tercera expedición” es la historia que mejor parece resumir el mundo de Bradbury, donde siempre hay una tensión entre la añoranza de la infancia en su pueblo natal y los viajes espaciales. En los cuentos de Bradbury los hombres parecen buscar en el espacio lejano un modo de acceder a sus recuerdos remotos y a sus terrores primeros. Como dice un personaje en “Las doradas manzanas del sol”: “Los viajes espaciales nos han devuelto a la infancia”.

Ahora que Crónicas marcianas aparece en cuadritos y publicada por Ediciones de la Flor (que tan fiel ha sido a la historieta) podemos recordar que Bradbury tuvo una intensa relación con el género. Y esto ocurrió en los años cincuenta, cuando el cómic aún no corría ningún riesgo de ganar prestigio. Muchos de sus relatos aparecieron adaptados en las páginas de la editorial EC, cuyas revistas de historietas llevaban títulos como Weird Science, Haunt of Fear, Tales from the Crypt. En sus portadas había muertos vivos, vampiros y cuerpos desmembrados. Recuerdo que en los años 70 algunos de estos terroríficos relatos aparecían en las revistas Dr Tetrick y Vampirella, que se podían conseguir en ediciones españolas.

En Crónicas marcianas vemos que ya está presente ese sutil equilibrio entre la ciencia ficción y la literatura fantástica que atraviesa toda la obra de Bradbury. Los viajes espaciales son un sueño de la ciencia ficción, pero la obsesión con el regreso de lo muerto a la vida es algo propio del género fantástico, cuya patria esencial es el pasado. Y la coexistencia de estos dos elementos contradictorios está en el origen mismo de la escritura de Bradbury, que empezó a escribir a los 12 años, cuando conoció a Mr. Eléctrico. 

Este era un extraño mago que iba de pueblo en pueblo con su troupe: la Mujer gorda, el Hombre esqueleto, acróbatas y enanos. Mago y científico a la vez, ejecutaba toda una serie de hazañas, pero la mejor era el número del hombre electrocutado. Desde la primera fila Bradbury vio aquella noche de 1932 cómo el mago se sentaba en una silla eléctrica de su invención, para ser electrocutado con gran despliegue de fogonazos y convulsiones. Apenas Mr. Eléctrico volvió a la vida tocó con una espada la cabeza del joven Bradbury. Los cabellos del niño se erizaron. Y Mr. Eléctrico le dijo esta frase: “Vive por siempre”. A partir de ese momento, sea por el toque eléctrico o por el hechizo encerrado en las palabras, Ray Bradbury empezó a escribir y no se detuvo hasta su muerte. Al menos así contaba él el origen de su destino de escritor. ¿Y por qué no vamos a creerle a alguien tan acostumbrado a imaginar?

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