viernes, 7 de octubre de 2011

NOBEL DE LITERATURA

LITERATURA › EL SUECO TOMAS TRANSTRÖMER OBTUVO EL NOBEL DE LITERATURA

Un premio para el lado de la poesía

Poco conocido por el gran público pero muy estimado por los poetas, el escritor tiene 80 años y padece una grave enfermedad. Su obra está traducida a cincuenta idiomas, entre ellos el español, pero todavía no ha sido editada en la Argentina.
Por Silvina Friera

Lenguaje, pero no palabras. El verso de un poeta “corneado por el silencio”. Una apoplejía y la imposibilidad de hablar, a duras penas un errático balbuceo. Sí, no, bien, mal... Pero la capacidad de la escritura intacta. “¡Las páginas no escritas –proclama desde un poema– se ensanchan en todas direcciones!” El sueco Tomas Tranströmer se ensancha a los 80 años: es el flamante Premio Nobel de Literatura. “A través de sus imágenes condensadas y translúcidas, aporta un fresco acceso a la realidad”, fundamentó la Academia Sueca en Estocolmo, en la misma ciudad donde reside el galardonado, un poeta y psicólogo cuya obra pendula entre el modernismo, el expresionismo y el surrealismo. Quizá estaba tocando el piano con la mano izquierda (la derecha quedó paralizada por el ataque) y recordando lo que dijo un crítico sobre sus poemas: “La existencia de un ser humano no acaba allí donde acaban sus dedos”. O tal vez escuchaba música clásica –otra de sus grandes pasiones– cuando el timbrazo del teléfono interrumpió la rutina. Mónica –su mujer– atendió. La voz del Rey Mago de las buenas noticias, Peter Englund, el secretario de la Academia, le comunicó la novedad. El premiado –declaró su mujer– “no creía que podía llegar a vivir esto”. La sensación de ese instante la anticipó en otros versos: “En las primeras horas del día / la conciencia puede abarcar el mundo”.
Esto que creyó que no viviría es el Premio Nobel de Literatura, que Tranströmer recibirá el próximo 10 de diciembre en Estocolmo, por esos poemas catalogados como “oraciones laicas”, por ese estilo introspectivo, “místico, versátil y triste”, según la revista Publisher Weekly. Esto es la consagración mundial de uno de los “grandes poetas de nuestro tiempo”, en opinión de Englund. La cuenta bancaria del agraciado también se ensanchará con la inyección de diez millones de coronas suecas (1,47 millón de dólares). Tranströmer sucede al narrador peruano Mario Vargas Llosa, distinguido el año pasado. Esto que está viviendo ahora mismo implica que es el primer poeta galardonado con el Nobel desde que la polaca Wislawa Szymborska lo obtuvo en 1996, y el octavo autor sueco premiado. Este “ser poético que logra conferir su propio color a lo que le rodea” –como lo define Lars Gustafsson– nació el 15 de abril de 1931 en Estocolmo. Diplomado en Psicología en 1956, el itinerario poético del hijo de una maestra de escuela y un periodista arrancó en 1954, cuando, después de publicar poemas en diferentes revistas, editó su primer libro, 17 poemas –considerado uno de los más importantes de los años ’50–, donde ya asomaba su creciente interés por la naturaleza y la música, que caracteriza parte de su producción.
Tranströmer repartió las barajas de su tarea como psicólogo en centros penitenciarios y hospitales –entre 1960 y 1966 trabajó en la prisión juvenil de Roxtuna, en las afueras de Linköping, al sur de Suecia– con la escritura poética, intentando transmitir “cierto orden al mundo”. Y fue sumando –en orden– más obras: Secretos en el camino (1958), El cielo a medio hacer (1962), traducida al castellano en 2010; Tañidos y Huellas (1966), Bálticos (1974), que recoge fragmentos de una historia familiar en Runmarö, una isla del archipiélago de Estocolmo donde el poeta sueco pasó muchos veranos de su infancia. En este poemario escribió unos versos que cifrarían su destino. Y que, al releerlos una y otra vez, estremecen: “Entonces llega el derrame cerebral: parálisis en el lado derecho/ con afasia, sólo comprende frases cortas, dice palabras inadecuadas”. Los recuerdos de su infancia y juventud están en su libro de memorias, Visión de la Memoria (1993), traducido al castellano en 2009. Su última publicación, El gran enigma (2004), es una antología de 45 haikus, poema breve de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas. “Vidas mal escritas:/la belleza persiste/como un tatuaje”, es uno de los haikus de la factoría Tranströmer.

Uno de los tópicos medulares en su poética es el diálogo con lo que se desconoce. El enigma de ser y de estar en el mundo es revelado “a través de la palabra del que lo contempla y al contemplarlo se debate, como los sobresaltos del lector, entre el ensueño y la cruda realidad”, describió un crítico español. “Siendo joven, reconocí que no podía mantenerme ni alimentar a una familia con la escritura de poesía; de modo que elegí una profesión que no perturbase la escritura, sino que le agregase experiencia. Por esto elegí la profesión de psicólogo, de lo cual nunca me he arrepentido”, subrayó Tranströmer en una entrevista previa a la apoplejía que en 1990 le quitó la movilidad de la mitad derecha de su cuerpo y le amputó el habla. Siempre vinculó sus oficios, la psicología y la poesía. “Creo que hay una relación muy cercana entre ambas, por más que no sea sencilla de ver. Cuanto uno escribe es la expresión de una experiencia oculta. Y los problemas del mundo están muy presentes en lo que escribo, aunque no siempre de un modo directo”.
Como casi todos los poetas de su generación, que en Suecia incluye a Lars Forsell y Lasse Söderberg, el Premio Nobel de Literatura huye de la retórica alambicada. Prefiere un lenguaje sencillo que alienta una mayor libertad de acción. La naturaleza es el paisaje de fondo de una obra que coquetea con las distancias. La multiplicidad de espejos a través de los cuales es contemplada y calibrada la realidad le ha permitido arriesgar a Gustafsson que la poesía de Tranströmer usa “las leyes de un camaleón a la inversa”. Para Robin Fulton, uno de sus traductores al inglés, crea “imágenes que brotan de la página de modo que la primera vez que los leemos nos parece estar ante algo realmente tangible”.
La obra completa del Premio Nobel ha sido editada en España por el sello Nórdica, que en 2009 publicó El cielo a medio hacer y hace unos días –en lo que se podría considerar un golazo de media cancha– lanzó Deshielo a mediodía, que recoge lo que había quedado afuera del primer tomo, en una edición bilingüe; ambas obras fueron traducidas por Roberto Mascaró. Antes, Hiperión había editado otra antología –también traducida por Mascaró–, Para vivos y muertos. “Lo publicamos –aseguró Diego Moreno, director de Nórdica– porque nos parecía uno de los autores fundamentales del siglo XX; poco conocido para el público en general pero muy reconocido entre los poetas.” Moreno aclaró que la poesía de Tranströmer es de público amplio, “surrealista pero fácil de leer”. Y agregó que en los Estados Unidos “es el poeta más traducido después de Pablo Neruda”. En tanto, Mascaró –poeta y traductor uruguayo– también se ensancha en el elástico de la felicidad. Es que desde hace 30 años es el traductor al español del ahora afortunado poeta sueco. “Siempre he tenido la certeza de que su poesía es universal, aporta a la paz y a la comprensión de las etnias, sobre todo en esta etapa de la humanidad donde estos problemas aún no están superados”, destaca Mascaró.

En otra entrevista, publicada en Hungría en 1977, el flamante premio Nobel reflexionaba sobre su obra, traducida a 50 idiomas. “Mis poemas son lugares de encuentro. Lo que intentan es establecer una conexión entre aspectos de la realidad que el lenguaje convencional y los puntos de vista habituales suelen dejar de lado. Detalles enormes y mínimos del paisaje reúnen y dividen a las culturas y a la gente. Pero en una obra de arte, naturaleza e industria trabajan juntas. Lo que en principio parece una confrontación acaba por ser una conexión.” Ahora habrá que esperar la llegada al país de los libros de Tranströmer, “un murmullo de palabras en un nuevo idioma”. El poeta sueco que balbucea –a su manera– palabras inadecuadas sentenció en un poema: “La música permanece, sigue componiendo en su propio estilo”.

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