sábado, 27 de agosto de 2011

Entrevista a Manuel Rivas























“Para hablar del pasado la novela tiene la audacia que no tiene la Historia”



Considerado como uno de los máximos exponentes de la literatura gallega, el escritor visitó la Argentina para participar de un seminario sobre historia y literatura. La Guerra Civil Española está en el centro de su narrativa.
  Considerado uno de los mayores escritores actuales de la narrativa gallega y, por refracción, de España, Manuel Rivas nació en La Coruña en 1957. Sus obras han sido adaptadas al cine con éxito: La lengua de las mariposas (concebida a partir de su novela ¿Qué me quieres, amor?) o El lápiz del carpintero. Pero Rivas, además, es ensayista, novelista, poeta, ambientalista, y colabora en el diario El País de Madrid. Sus obras breves son Ella, maldita alma (Ela, maldita alma) (1998), La mano del emigrante (2002), y Las llamadas perdidas (2003). Ha recibido premios su obra teatral El héroe (2005). Rivas, que ha escrito que “la novela tiene la audacia que no tiene la Historia para hablar del pasado”, vino a hablar sobre las relaciones peligrosas, y las afinidades entre historia y literatura, en el marco del seminario dirigido por el escritor argentino Alberto Manguel en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM).

–En tus novelas no dejás de remitirte a la Guerra Civil. ¿Por qué el tema sigue siendo importante?
–Porque yo creo que en España no solucionamos el problema de Antígona: enterrar a nuestros muertos. El primer mandato ético no se ha cumplido: seguimos deso-bedecido ese mandato: las leyes humanas no pueden prevalecer sobre las divinas. Esto aparece en la Ilíada, cuando Aquiles maltrata el cuerpo de Héctor, y una asamblea de dioses dictamina que esto no puede ser así, que el cuerpo de Héctor debe ser entregado a sus pares, a su familia. Es la primera lección ética que aparece en la literatura. Y en España, eso no se cumplió, aún estamos con el complejo de Creonte. Hay que gente que, aun hoy, dice que no hay que mirar el pasado. Que no hay que ocuparse de la guerra (pero cuando se les pregunta a ellos qué es lo que quieren, dicen: “La época de los reyes católicos, ¡hombre!” En términos psiquiátricos, esto se llama amnesia retrógrada, esas personas que deciden borrar una parte de su vida. Y quieren imponernos una amnesia retrógrada. Y sin embargo es necesario seguir investigando ese período. Yo creo que ahí está nuestra novela negra, nuestra novela policial… Ha sido, por último, la nuestra, una guerra que contiene las guerras del pasado y las de futuro. Por eso concitó tantos intereses, y tanto interés planetario. Una guerra que es también la derrota de la humanidad: no olvidemos que en el bombardero de Guernica se utilizó por primera vez el napalm. Se bombardea conscientemente a civiles, se producen desapariciones masivas, ya no se mata y se entierra, el adversario desaparece: y en España tenemos más de 100 mil desaparecidos. No se trata de mirar el pasado como objeto de taxidermia histórica, de algo ya perdido en la noche de los tiempos, sino como algo que todavía da que pensar sobre nosotros mismos, sobre nuestro tiempo. Porque lo interesante es que allí se juntaron todos los vientos.  
–Escribiste: “El Iluminismo y el galleguismo han sido derrotados, pero no sus ideas.” ¿A qué te referís, concretamente con esa frase?
–En gran parte los ideales del Iluminismo y el galleguismo son comunes. A veces predomina la visión equivocada de que los términos son contradictorios. Que el galleguismo es una reivindicación local, por lo tanto reaccionaria. Para entender las cosas, es preciso un esfuerzo en la comprensión y el conocimiento. Lo decía Miguel Torga, gran escritor portugués: lo universal es lo local sin paredes. Por eso es posible pensar el mundo desde Galicia, porque sólo se puede amar la humanidad si se ama lo local. Galicia renació en la Argentina, y sobrevivió en la diáspora. Aquí se desarrolló la cultura, el arte, hubo un enorme desarrollo editorial: aquí murió, por ejemplo, Daniel Castelao, que publicó lo que es considerado la “Biblia gallega”, un libro clave para entender el galleguismo. Los ilustrados gallegos inician el movimiento gallego: los valores no valen si sólo son abstracciones. Los ideales de la Ilustración fueron retomados por los gallegos, para aplicarlos en Galicia y con vocación internacional. Esa mirada nos conecta con los tiempos de hoy: el lema de pensar globalmente y actuar localmente. 
–Existe una tolerancia que es del todo gallega, lo que lleva a que aun hoy, en la Argentina, con vastas comunidades gallegas, se hagan chistes sobre gallegos en base a un estereotipo descalificador, y no haya una impugnación institucional, legalista, como sí ocurre con otros grupos humanos, a otra comunidades.  
–El humor y la tolerancia, sí. Ahora bien, como decía Mark Twain, y lo repetía Castelao, detrás de un gran humor, hay un gran dolor. Pero respecto de la tolerancia, están por ejemplo la poesía de los siglos XII y XIII, redescubierta recién a finales del siglo XIX, que es una joya de la literatura universal. Y ahí hay poemas, los cancioneros gallegos, con temas, uy, altamente pornográficos… Es un país el de Galicia que tiene fama de tristeza, pero hombre, la melancolía no es tristeza. La melancolía es tener nostalgia del futuro, o de lo que tenemos pero de lo que no podemos tener, el ansia de querer cambiar: no es sólo un sentimiento del pasado. La cultura gallega es la retranca, el responder con preguntas, que tiene razones históricas. Es una mente, la de los gallegos y gallegas, muy abierta, que refleja una tolerancia sobre el otro. Fíjate que el himno gallego es el único en el mundo que enlaza interrogantes. Los himnos son cantos de guerra, de honor, bélicos, viriles. El himno gallego encadena preguntas, como qué dicen los árboles, qué es lo que está pasando. Esos interrogantes nos conectan con una tradición muy viva, la del panteísmo, que, dando un salto en el tiempo, nos lleva al ecologismo. La naturaleza no es “lo otro”, la otra mitad, sino que es parte de nosotros. Cuando se muere una luciérnaga, se muere también algo en nosotros.
–A algunas personas reivindicar la lengua catalana o gallega les parece una actitud separatista que no se corresponde con los tiempos que vivimos.
–A mí, escribir en gallego me lleva a celebrar el respeto por todas las lenguas. Se habla mucho del cosmopolitismo, pero creo que en eso hay mucho de lo que podríamos llamar “cosmopaleto”: la persona que se cree ciudadano del mundo, pero ignora todo, incluso lo que ocurre en la calle de al lado. Las lenguas, además, están hechas para abrazarse, para entenderse. Lo que sería un gran acto de ignorancia es desentenderse de las palabras que te rodean. “No eran dóciles al imperio de mi voz”, dicen que dijo un hombre que les cortó las orejas a indígenas que no querían aprender otra lengua. El amor por Galicia, su cultura, su lengua no proviene de una perspectiva excluyente-egoísta. Y fíjate que el lema en Galicia ha sido: “Galicia, célula de la Humanidad”. Además no puede ser de otra forma, en un país que existe por fuera de Galicia. Buenos Aires, de hecho, fue nuestra tierra prometida. Las ideas de modernidad, de redención, de libertad, de igualdad y fraternidad, son aplastadas en el 36 y la gente que consigue escapar, se establece en Buenos Aires porque había un hábitat que los acogió, sobre todos las comunidades ya instaladas. Galicia se murió, literalmente, no se podían publicar libros en gallego, y aquí en cambio estaban los mejores escritores, se fundan editoriales y revistas. Y sobrevive Galicia aquí. ¡La primera vez que yo leo la Biblia Gallega fue por un inmigrante gallego que la trajo a Galicia en una maleta, oculta, en doble fondo!  <

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