sábado, 18 de diciembre de 2010

LAS VOCES DEL SILENCIO

André Malraux: las voces del silencio


Le pido prestado a André Malraux el título de uno de sus libros fundamentales sobre las artes plásticas, porque justamente de Malraux tratará hoy esta columna. Inexorablemente, en la vida de todo lector voraz llega la hora -crepuscular- de la relectura. Es cuando se descubre, medio siglo después, que del texto leído a los veinte, veinticinco años, poco o nada se entendió. Hasta tal punto que uno da gracias al tiempo transcurrido porque permite renovar y ahondar la emoción de aquel primer encuentro, como si todo (incluido el viejo lector) fuera nuevo otra vez.
Así me ocurrió en estos días con "Las voces del silencio", de Malraux, ese viaje por la historia mundial de las artes que abarca no sólo a la cultura occidental sino también a Oriente, el arte precolombino, el de los niños, el de los locos... Muchas conclusiones del gran escritor son discutibles, y otras resultan de una exactitud y una clarividencia que, a casi cincuenta años de su enunciación, la actualidad no hace sino corroborar, con asombro. Me interesa destacar aquí la frecuencia con que Malraux reflexiona sobre la estrecha relación que en ciertas épocas hubo entre pintura y teatro.

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Ya en los vasos griegos se figuraban escenas de tragedias y comedias, y los restos de pinturas romanas, al fresco o en mosaico, muestran a menudo a los actores, en acción o en reposo. Ilustres críticos franceses de arte, Pierre Francastel y André Chastel, han demostrado cabalmente cómo el teatro y la pintura intercambiaban imágenes en la Edad Media, sobre todo a partir de la creación del gótico: "El arte románico es ajeno al teatro", sostiene Malraux. En cambio, el barroco (fines del siglo XVI, todo el XVII y parte del XVIII) es esencialmente, frenéticamente teatral. Anota: "El teatro ocupaba en la vida un lugar cada vez mayor; en literatura, pasaba a primer plano; en las iglesias jesuitas imponía su estilo a la religión. La representación encubría la misa como la nueva pintura encubría los frescos y los mosaicos [...]. Durante tres siglos, después de un relámpago de armonía y algunos bellos decorados, el gusto del teatro sustituyó a lo que se había creído ser, durante siglos de fe, el gusto de la verdad, y que desde los Génesis románicos hasta las floraciones renacentistas había sido la voluntad de una inmensa Encarnación. La pintura quiso ser un teatro sublime".

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"Los jesuitas aceptaron la libertad barroca solamente en el vasto dominio ornamental que hacía de la iglesia un decorado, y sometieron pronto el gesto barroco al arte de la ilusión, a la pintura que sublimaban los cuadros vivos que sus colegios honraban." (Recordemos aquí, al pasar, las representaciones teatrales edificantes ejecutadas por los indígenas en las misiones jesuíticas.) Prosigue: "De ahí el carácter furiosamente profano de este arte que se decía religioso. Esas santas no eran ni totalmente santas ni totalmente mujeres: se habían convertido en actrices. De ahí también la importancia de los sentimientos y de los rostros: el medio de expresión más importante del pintor no era el dibujo ni el color: era el personaje".
La era siguiente, la edad neoclásica, abominará de estas frenéticas representaciones bíblicas o evangélicas, para reemplazar a sus héroes por otros no menos teatrales: "Los elegirá en la tragedia clásica en vez de elegirlos en la tragedia jesuita". Y si bien el arte moderno, dice Malraux, se negará a narrar, subsiste el criterio según el cual "toda persona indiferente a la pintura da vida, instintivamente, a los cuadros y los juzga en función del espectáculo que sugieren".
Por Ernesto Schoo

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