jueves, 31 de marzo de 2016

IMRE KERTÉSZ


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(Kim Manresa - J. Manresa)
Crónica del encuentro en 2007El Nobel de los campos de concentración nazi
Auschwitz, Buchenwald y Zeitz fueron los lugares donde torturaron a este húngaro, experiencias que marcaron para siempre sus trabajos
Estamos sentados en una placita del barrio berlinés de Charlottenburg, a la sombra de frondosos árboles, con niños que circulan en triciclo, abuelas que disfrutan de la leve brisa y parejas de jóvenes que se cogen de la mano. Ante un refresco y una moderna iglesia de ladrillo rojo, Imre Kertész ríe de buena gana, en una de sus terrazas favoritas. Brilla el sol y se percibe el aroma de las flores de un puesto callejero. Esto es Berlín, la antigua capital del III Reich, hoy capital europea de las zonas verdes, con un total de 426.000 árboles en sus calles. Los ojos verdes de Kertész se lanzan a menudo en la piscina azul de los de su mujer, Magda. Acaban de cumplir once años de casados y bromean continuamente: “¿Aún no tienen bastante, amigos?”, nos dicen.
El Imre Kertész que hoy nos acompaña en una ruta por su Berlín predilecto tiene poco o nada que ver con aquel joven de 14 años a quien, un día de 1944, en Budapest, cuando se dirigía a la fábrica a trabajar, le obligaron a bajar del autobús para llevárselo al campo de concentración. Auschwitz, Buchenwald y Zeitz fueron las paradas de su viacrucis. Le llamaban por un número (el 64.421), le pusieron un uniforme a rayas, le raparon el pelo al cero, le afeitaron axilas y genitales, y lo ducharon con agua contaminada. El joven Kertész aprendía a disfrutar fugazmente de los rayos de sol o del calor de una sopa, mientras su espíritu se envilecía inevitablemente, frente a las humeantes chimeneas donde los nazis iban quemando a sus compañeros. “Desprendían un olor pastoso” que todavía le acompaña en sus pesadillas.
“Tomaré una pizza de salchicha, por favor. ¡Y una cerveza!”. Los Kertész tienen casa en Budapest, pero hace ya seis años que viven en Berlín, en un piso de alquiler, no lejos de donde nos encontramos. La jornada había comenzado en la cafetería del hotel Kempinski, un establecimiento que es como su segunda casa. “Allí recibo a todo el mundo. A los periodistas, a los amigos… Tiene esa atmósfera de los viejos cafés”.
La gran paradoja de Kertész, el hombre que ha escrito como nadie lo que fueron los campos de concentración, es que él no sabía que era judío. “Jamás me vi a mí mismo como un judío… hasta que me cosieron la estrella en la ropa y me llevaron a los campos. Mis padres pertenecían a una clase media muy asimilada, solamente hablaban húngaro, religiosamente eran indiferentes. Para mí, ser judío es pertenecer a un grupo de personas que la autoridad ha decidido que son judíos… y nada más. En Europa existe una notable comunidad judía cuya identidad no le viene de nacimiento sino de haber vivido el Holocausto. No tenemos una relación especial con la lengua hebrea ni con el sionismo ni con ningún patriotismo”.
Este año, Kertész ha publicado tres libros en España. La novela corta “Un relato policíaco” (Acantilado), ambientada en una república bananera muy parecida -a pesar de las palmeras- a la Hungría comunista o a la España de Franco, el volumen de ensayos “La lengua exiliada” (Taurus) y, este mes de septiembre, su esperado “Expediente K”, que él define como “unos diálogos platónicos conmigo mismo, una autobiografía con bastante humor”.
El gran tema de su obra son “los estados totalitarios, que conozco bien, porque he vivido tanto en el sistema nazi como en el comunista, y he observado que, en ambos casos, el poder transforma profundamente los cimientos del carácter humano”.
- ¿Qué diferencias hay entre nazismo y comunismo?
- El gulag y los campos de concentración son la misma cosa. Ambos regímenes son la realización de un nuevo totalitarismo político que la humanidad creó en el siglo XX, y que obligó a la gente a ser víctima o verdugo. Hitler decidía quién era judío y el Partido Comunista quién era un burgués. Y no hay inocentes: víctima y verdugo, ambos, se implican en la lógica perversa del sistema. Yo he visto, en un campo, hacer cosas perversas por conseguir un pedacito más grande de pan.
- Alguno de sus personajes va a Auschwitz en los tiempos modernos y lo encuentra convertido en un parque temático, repleto de turistas. Sólo faltan bailarines con trajes a rayas. ¿Es lo que usted sintió?
- Ja, ja. Más que un parque temático, es una reconstrucción hiperrealista a escala natural. Las grandes masas que acuden a diario a Auschwitz le arrebatan bastante su autenticidad. En cambio, Birkenau, que sólo está a tres quilómetros, es un lugar mucho más difícil de convertir en atracción turística. Todo allí muestra que era un campo de exterminio.
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(Kim Manresa - J. Manresa)
Kertész salió del campo en 1945. Y decidió ser escritor en 1955. Tardó diez años en redactar “Sin destino”, su experiencia en Auschwitz y Buchenwald. Luego, diez años más en poderla editar. Así que publicó su primera novela ya con 46 años. “Necesité tiempo para digerir la experiencia, sí, pero también para decidir que quería ser escritor, y más tarde para decidir sobre qué quería escribir. Este no era un tema atractivo y no podía compartirlo prácticamente con nadie, porque tenía secretos. También necesité tiempo para elaborar mi filosofía propia al respecto, y para escoger un punto de vista desde el cual narrar”. Así, halló un personaje que ya forma parte de la literatura universal, ese adolescente inmerso en el horror que entra en Auschwitz con una mirada limpia que el tiempo va pervirtiendo, ensuciando.
Ahí está la sonrisa de Kertész, a pesar de lo vivido. Alguien que ha visto, por ejemplo, cómo a sus compañeros de vagón -los más débiles, enfermos, viejos, mujeres y niños- eran destinados a los crematorios. “Antes de matarlos, los guardias de Auschwitz los trataban con mucha amabilidad: les daban las instrucciones sobre cómo colgar sus ropas en las perchas, sobre cómo funcionaban las duchas del campo, igual que a nosotros, como si fueran a quedarse a vivir allí. Los niños jugaban a pelota y cantaban, y el lugar donde se les asfixiaba estaba entre prados de hierba, bosquecillos y parterres. Yo me preguntaba: ¿cómo se les ha ocurrido hacer esto? Y me imaginaba una reunión de oficiales alemanes en un despacho: uno que decía lo del gas, otro lo de poner flores alrededor, y así. Pero, para que las ideas de aquella reunión se pusieran en práctica, hicieron falta muchas manos. Las cosas no suceden sin más, solas, como si los hombres no pudieran hacer nada. ¿Qué hubiera pasado si la gente no hubiera secundado a los nazis? ¿Algo más grave de lo que sucedió? ¿A usted se le ocurre algo peor? Yo he explicado cómo, cuando me detuvieron para ir a Auschwitz, un solo policía rural, ¡uno solo! retenía a decenas y decenas de judíos en una habitación. Y, cuando nos comunicaron con días de antelación que se iban a llevar a mi padre al campo de concentración donde fue asesinado, ¿qué hicimos? ¡Le preparamos la maleta y le despedimos toda la familia como si fuera a coger el autobús! Ese no era nuestro destino. En cada minuto, en cada momento de la vida, se pueden cambiar las cosas. El conformista, que asume los hechos, por absurdos que sean, y se adapta a ellos, pierde su libertad, porque se convierte, en mayor o menor grado, en víctima o verdugo”.
Antes de detenerse a comprar fruta, en un pequeño colmado que exhibe su mercancía en la acera, nos señala la limpieza de las calles berlinesas. “¿Se dan cuenta? Todo está limpio. Incluso en las manifestaciones, pasa detrás un coche escoba que lo va limpiando todo, al momento. Me encantan las manifestaciones: aquí hay mucha solidaridad, los alemanes no paran de manifestarse, mientras que en Hungría nadie levanta la voz. Los cuarenta años de dictadura han matado la solidadridad, ese es el triste resultado del comunismo”.
Confiesa que “el Nobel me ha hecho vivir muchas experiencias bonitaspero también otras bastante malas. Vengo de un país muy pequeño, donde la envidia es muy fuerte, y se produjeron actos antisemitas que me hicieron sufrir mucho”. Aunque él prefiere no concretarlo, las hemerotecas nos revelan que se quemaron libros suyos en la calle. “Al contrario que Hungría, Alemania ha asumido su historia, ha mirado a los ojos al Holocausto y se ha planteado algunas preguntas muy duras. Sin embargo, en mi país natal, incluso en el idioma en que escribo, el tema del Holocausto es muy extraño. La primera reacción que provocó mi libro fue el rechazo. Hungría ha sufrido unas humillaciones que no han cicatrizado: tras la primera guerra mundial, perdimos dos tercios de nuestro territorio nacional. Eso hace que la gente crea que no se puede permitir el lujo de pensar en el sufrimiento de los demás, porque todavía quedan muchos dolores nacionales por superar y asumir. Hungría es un estado cada vez más abierto, que forma parte de la Unión Europea; sin embargo, todavía escribo más para Europa que para mi país. En Hungría hay antisemitismo. Se avanza, porque la sinagoga mas grande de Europa está en Budapest, y se hacen actos en memoria de muchos judíos asesinados, son esfuerzos para estar conforme a la norma europea. Pero hay mucha rabia, muchos problemas y hay que culpar a alguien de lo que sucede; y como Dios esta muy lejos, se coge al vecino más cercano, que son los judíos”.
El largo paseo por las calles de Berlín elude los lugares turísticos. “Prefiero mostrarles sitios sencillos a los que acudo habitualmente”. Por ejemplo, evita fotografiarse ante el vasto memorial del Holocausto que el arquitecto Peter Eisenman inauguró hace dos años: 2.711 bloques verticales de color carbón, de diferentes alturas, y que forman un laberinto por el que pasear; muchas de estas siniestras columnas -unas cuatrocientas-, sorprendentemente, ya muestran signos de deterioro, unas grietas cuya reparación ascenderá a unos 28 millones de euros. El escritor prefiere mostrarnos todo lo contrario: nos pide que le acompañemos a la Wittenbergplatz, donde existe un discreto monumento con el listado de los principales campos de concentración, y una sencilla placa, como si indicara un recorrido del metro, dice: “Los lugares del horror que nunca hay que olvidar”. Con la espalda encorvada, sonriente y tranquilo, Kertész los lee en voz alta a nuestro lado: “Treblinka, Auschwitz, Stutthof, Buchenwald, Dachau, Sachsenhausen, Ravensbrück, Bergen-Belsen…”. “Es importante recordar”, concluye.
“Vengan, ya que estamos aquí, les mostraré la Iglesia del Recuerdo”. Para llegar a ella, pasamos frente a los almacenes KaDeWe (Kaufhaus des Westerns), “los más grandes del mundo, yo soy un asiduo de su sexta planta, donde me abastezco de comida porque tienen una variedad increíbe de productos de todos los países”. Enseguida, la conversación deriva hacia “Expediente K”, que define como “una auto-entrevista sobre mi vida, en la que hablo de mis padres, de mis amores, de mi carrera, de mi trabajo de escritor y de la conexión entre mi biografía y mis personajes. Abordo mis fracasos y mis luchas internas. Mi vida no se reduce a subir al tren de Auschwitz y bajarme en la parada del Nobel. He querido explicar muchas más cosas… En parte, porque se han escrito muchas cosas incorrectas sobre mí. También he tenido que abordar algo nada fácil: el enorme sentimiento de culpa. Es muy difícil superar el remordimiento de haber sobrevivido, sabiendo que muchísima gente se ha muerto. Siento vergüenza por el hecho de sobrevivir. A mí me sumergieron en una lógica, en un sistema de pensamiento ideado por los demás para destruirme, haber sido eliminado era lo lógico, todo el sistema legal, emotivo e ideológico lo justificaba, yo viví inmerso en eso y formé parte de esa lógica, la seguí, fui imbuido de ella y seguir viviendo contradecía todo lo que, de algún modo, había interiorizado como mi destino. Es por eso que algunos supervivientes acaban suicidándose, porque hay algo dentro de ellos que les dice que deben hacerlo. Tras sufrir el Holocausto, no es nada fácil mirarse al espejo, creerse digno de la vida y asumir un nuevo rol. Les ha sucedido a muchos escritores, pensadores y gente anónima: vivieron durante años con una sentencia de muerte dictada contra ellos, y llegaron a interiorizarla como propia, por lo que, al final, la ejecutaban ellos mismos. Yo tambien lo hubiera hecho si no fuera por que tenía una novela por escribir, y eso me ocupaba toda la mente y me facilitaba un territorio donde podía ser libre, porque, al pasar de un autoritarismo a otro, al comunismo, continué con una vida exterior esclavizada. ¿Cómo contar todo esto, esta complejidad psicológica e intelectual, de manera que alguien que no lo ha experimentado me entienda? Sobrevivir no es una victoria, al contrario de lo que dicen filmes como ‘La lista de Schindler’. Nunca sobrevives: a mí, el campo me acompaña cada día”.
“Expediente K” es “un diálogo entre dos personajes, y ambos son Kertész. Yo respondo a un Kertész que se me apareció de repente en mi ordenador, mientras escribía, y me hacía preguntas sobre mi vida, pero a su vez hay un tercer Kertész que los observa, como si ellos jugaran un partido de ping-pong y, desde fuera del campo, el tercero recogiera la pelota y la lanzara a la mesa”.
Andamos un poco y llegamos a la Iglesia del Recuerdo, la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche, un templo que sufrió los bombardeos aliados en la contienda europea, unas bombas que, como recuerda el Nobel, “sólo dejaron en pie una torre que no ha sido restaurada para que, así, su estado nos recuerde lo absurdo de la guerra”. En lo alto, suena la llamada “Campana de la Libertad” y, al lado, un edificio ultramoderno alberga la parroquia actual. Desde nuestro ángulo de visión, la iglesia parece rodeada por el capitalismo germano: dos enormes logotipos dan vueltas a su alrededor, desde lo alto de sendos rascacielos circundantes, el de Mercedes y el de Bayer. La iglesia se puede visitar y, de noche, la iluminación le otorga una delicada tonalidad azulada.
Kertész estuvo en Auschwitz e incluso fue feliz allí. La idea, recogida ya en “Sin destino”, es tan cierta como compleja: “Las palabras de una novela nunca significan lo mismo que en la vida cotidiana. Del mismo modo que una catedral se construye de ladrillos una novela se erige a partir de palabras. Por eso no debemos hacer abstracción de una palabra o de un ladrillo en sí mismo, sino que más bien admiramos todo el conjunto de la catedral. Esa palabra, ‘felicidad’, no se puede interpretar fuera de la novela, tiene su sentido dentro de ella, el lector se va acercando poco a poco a ella, a través de múltiples episodios dramáticos y, al encontrarse de repente con eso, se produce una explosión, mucho más eficaz que describir con detalle el sufrimiento. Hay situaciones en la vida que ya no pueden ser más graves y, entonces, en esos momentos, cualquier estímulo positivo, en las pausas entre torturas, se vive muy intensamente, con una sensación de paz y de alivio enormes. Oyes unas campanas al fondo, hueles un guiso, hace buen tiempo… y no sirve de nada la razón, que te dice donde estás y en qué estado, de repente sientes un instante de felicidad… lo necesitas”.
Aún debe de haber historiadores que se sorprendan, al hurgar en los papeles de Buchenwald, y ver que Imre Kertész, según la documentación interna del campo, murió allí. “Todavía me pregunto por qué me inscribieron como muerto. Buchenwald, en 1944, ya era un campo menos duro, también había un horno crematorio en funcionamiento, pero solamente uno, porque lo que más les interesaba era que trabajáramos. En Auschwitz nos inscribían nuestro número en la piel del tobillo, en Buchenwald lo llevábamos sobre la ropa, y gozábamos de comodidades enormes, como un caldo por la mañana o tanta agua como quisiéramos. Los escalones más bajos de la administración cotidiana no estaban en manos de los militares alemanes, sino de algunos presos políticos y de delincuentes, que intentaban salvar a la gente de la muerte, sobre todo a los niños. En la última etapa de la guerra, los nazis ordenaron exterminar a todos los judíos, y probablemente alguien me eliminó de la lista para que no me pudieran encontrar. En cualquier caso, los norteamericanos llegaron muy rápido y evitaron mayores masacres”.
Más tarde, andando, volveremos a su querido Charlotteburg y llegaremos a la Casa de Literatura, otro de los lugares favoritos del escritor. Es un lugar bucólico, un centro cultural con un restaurante y una librería a la que se accede bajando unas escaleritas. Allí encontramos libros de Hannah Arendt. “Su teoría sobre la banalidad del mal, es decir, que las personas que cometen los mayores horrores pueden hacerlo sin darle más importancia, como algo banal y cotidiano, es exactamente lo que yo viví en los campos, lo que yo siempre había pensado, incluso mientras escribía ‘Sin destino’, pero en Hungría no pudimos conseguir sus libros hasta 1990, así que la descubrí muy tarde”, dice ante el enésimo café del día.
En muchas de las novelas de Kertész, la policía pide a los personajes que se conviertan en confidentes y les redacten informes. En ocasiones, parece que a cualquier persona que pudiera escribir se le pidieran informes. Esas escenas cobran actualidad cuando en países como Polonia o Alemania, surgen voces a favor de una “caza de brujas” contra los colaboradores del comunismo. Para Kertész, es hipócrita escandalizarse: “En los países comunistas existían redes de informadores cuyo paradigma organizativo era la de la Stasi en la Alemania del Este. El problema es que, tras la caída del muro, nadie quiso aceptar que colaboró con el estalinismo. ¡Todos eran disidentes! Ahora que han pasado tantos años, descubrimos que muchas personas de quienes no sospechábamos nada estaban ejerciendo de confidentes, lo que nos resulta chocante, como el caso del maravilloso escritor checo Bohumil Hrabal. Pero no podemos ser simplistas y encasillar a esta gente como si fueran lo mismo que los dirigentes totalitarios, sin entender el contexto de la dictadura, que hacía que esta actividad existiera necesariamente como parte de un sistema que ejercía una formidable presión sobre las voluntades y la mente de las gentes”.
Mientras Anna Süveges -la intérprete que, durante esta entrevista, nos ha ido traduciendo el húngaro del escritor-, le explica a Kertész la situación lingüística en España, su esposa Magda nos cuenta, en inglés, cómo se conocieron: “Soy húngara pero vivía en Chicago desde 1956. Volví a mi país por un período de un año, para abrir una oficina del estado de Illinois en Centroeuropa, pero conocí a Imre en Budapest y ya me quedé. Tras el Nobel, en el 2002, abandoné mi trabajo para poder acompañarle en sus viajes”. Al llegar a una plaza, Kertész se pone a hablar con un niño; al ver disparar al fotógrafo, un padre se levanta airado a pedir explicaciones. El Nobel -que no ha sido reconocido y que, siempre sencillo, no se identifica como tal- tranquiliza al progenitor, al que luego justifica: “Es que, con tantas noticias de pederastas, la gente está nerviosa”.
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(Kim Manresa - J. Manresa)
Hemos visitado a Kertész justo después de ver a Günter Grass en Lübeck. El novelista alemán, que aún arrastra la polémica de haber confesado recientemente su paso por las SS, no es juzgado severamente por el húngaro. “Lo que le reprochan no es tanto que formara parte de las SS sino, más bien, que lo haya callado durante tantos años -apunta-. Grass era un joven que vivía en un Estado con una dinámica muy potente, en la que la radio, las películas, la ideología, todos los mecanismos estatales iban en la misma dirección, y era natural que la juventud empezara a pensar así. Grass hizo eso por unas razones muy poderosas, que a mí no me apetece analizar. Me he liberado del sentimiento de venganza. Conozco gente que sigue buscando vengarse, pero ese es siempre un sentimiento muy difícil de colmar”.
Kertész nos pregunta por España, por sus amigos, el editor Jaume Vallcorba -“que nos ofrece siempre muy buen jamón y vino”-, y su traductor al castellano, Adan Kovacsics (“podrían entrevistarle a él, porque sabe lo mismo que yo con la ventaja de que habla su idioma”, bromea). Nos habla de Córdoba, San Sebastián y Barcelona, donde recuerda que “estuve el 11-M del 2004, justo cuando el atentado terrorista de Madrid. Yo estaba en Barcelona, visitando la Casa Batlló tranquilito, y llegó aquella impresionante manifestación de dos millones de personas, una masa enorme que, al salir a la acera, me arrastró y tuve esa sensación de no poder escoger mi destino, de no poder salirme de la masa y de que la masa me estaba llevando por donde quería. Me dio miedo. La masa me da siempre miedo. Me hizo pensar en mi primer día en Auschwitz, cuando una corriente humana me atrapó, me arrastró y me condujo al campo, una corriente que separaba a los padres de sus hijos, y a las parejas entre sí…”
Las consecuencias de haber estado en un campo de concentración sobrepasan lo literario. En junio de 1965, Kertész escribió en su diario: “Nunca podré ser el padre de otro ser humano”. En 1990, publicaba su novela “Kaddish por el hijo no nacido”, en el que explica por qué, tras la experienia de los campos, resulta muy difícil dar la vida a otro ser humano. “Las acciones y pensamientos del protagonista son comunes con los míos. Se trata de una novela de amor y acerca del conflicto que supone en la pareja que la mujer quiera tener un hijo y el hombre, por sus experiencias vividas, no”.
La historia de amor entre Kertész y Berlín es sólida. “En esta ciudad, por ejemplo, los aficionados a la ópera tenemos una vida fantástica -exclama el Nobel-. Fíjese, Berlín tiene tres óperas de primera magnitud, y cada año hay un debate muy importante sobre si la ciudad debe mantener a las tres, discuten encendidamente, lo votan… ¡y cada año vuelven a decidir que sí! ¿No es fantástico? Estoy muy integrado en la vida cultural de aquí, hace poco incluso di un pequeño espectáculo, una lectura de mis textos en una sala pequeñita de la Filarmónica de Berlín, mientras un pianista tocaba al fondo”.
Pero, en realidad, lo que le gusta de la capital alemana es que “en ella vivo muy intensamente, experimento una sensación de profunda paz e intensidad. Me he dado cuenta, de repente, de que nunca había vivido en paz en ningún sitio: siempre había guerra, siempre habia conflictos, siempre había dictadura”.
- ¿En Hungría no siente paz?
- No. Hay un ambiente muy malo, respiro rabia y destrucción. Abandonar las mentalidades de la dictadura está costando demasiado. La libertad no se puede experimentar donde uno ha sido antes esclavo. En Berlín, ver a la gente así, todos tranquilos, tomando algo en una terraza, me transmite tanta paz que me encanta y no quiero vivir nunca más sin eso. Me gusta pasear, comer al aire libre… Berlín tiene dos o tres semanas de verano, últimamente algo más, y la gente lo disfruta con pasión, se lanzan a disfrutar del calor. He vivido 40 años sin poder obtener un visado para salir al extranjero. Y ahora disfruto por vez primera de una ciudad abierta y cosmopolita. Hablo la lengua, de hecho es el único idioma extranjero que domino, mi editor vive aquí y noto que la gente me quiere especialmente. Esta es la ciudad a la que llegan todas las literaturas del este, los libros se traducen antes al alemán que al inglés, aquí viven muchos escritores, músicos, artistas plásticos, es una ciudad que atrae a los talentos. Me gusta esta atmósfera, mi mujer dice que soy como un joven que descubre una ciudad grande por primera vez.
- ¿Se da cuenta de que habla de la que fue capital del III Reich?
- Sí, a veces pienso en ello. Durante alguno de mis paseos, me doy cuenta de que Berlín tiene un pasado nazi. Es una paradoja. Y, a la vez, la realización de un ideal, del ideal europeo.
Bromea con su mujer sobre su adicción a la escritura. Magda revela que “escribe incluso de madrugada, ¡durante horas!”. Y él lo confirma: “Duermo muy poco, y además hay tan poco tiempo para las cosas… No consigo estar de vacaciones. Me llevo el ordenador y, mientras mi mujer disfruta de la playa, yo trabajo. Es como una obsesión, una manía, siempre me pica…”.
Kertész gesticula en vano, intentando que le sirvan otro café, pero la camarera parece no vernos. Él se lo toma bien: “¿Se dan cuenta? La eficacia alemana está en crisis. ¡Camarera! Nada… Todo se degrada. Hace unos diez años, cuando vi que en el aeropuerto no funcionaba la cinta de las maletas, me dije: ‘Alemania se ha acabado’. Ja, ja. Y sigue así. Intenten llamar un taxi…”

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