domingo, 1 de febrero de 2015

PEDRO LEMEBEL

 Pedro Lemebel: El aullido de las minorias
por Susana Reinoso
Murió el escritor Pedro Lemebel, a los 62 años, en Santiago de Chile. En los últimos días desafió la gravedad de su estado yéndose a ver el mar. “El maldito cáncer me robó la voz, aunque tampoco era tan afinado”, había dicho en su página de Facebook en diciembre el narrador, actor y dramaturgo. Padecía un tumor de laringe. De él dijeron –y era verdad– que su literatura y su militancia eran inescindibles.
Sonaron las alertas cuando esta carta apareció en su muro: “Les dejo estas letras en este último día de este mísero y próspero año, el reloj sigue girando. No hace frío ni calor, y extiendo mi voz como un abrazo anticipado hacia ustedes. Los beso a todos, a quienes compartieron conmigo en alguna turbia noche. Nos vemos, dónde sea”.
Pedro hizo su último gran esfuerzo al presentarse en la apertura del Festival de Teatro “Santiago a mil”, a comienzos de mes, donde lo aplaudieron de pie. Se emocionó y se dejó abrazar por todos; fue la última declaración de amor a un artista inclasificable, salvo porque sus textos –salidos siempre de las entrañas– lo convirtieron en el cronista de los márgenes de Chile y uno de los más agudos de América latina: “Aunque tengo la voz muerta, estoy enferma de vida”, decía en 2011 tras varias operaciones.
Lemebel estuvo nominado al Premio Nacional de Literatura en 2014, pero no lo ganó. Ayer, al saber de la muerte del escritor, la ministra de Cultura de Chile, Claudia Berattini, señaló que se lo había merecido pero “se fue antes de tiempo”. Lo cierto es que hubo una verdadera campaña para que se quedase con el reconocimiento: más de 10.000 personas lo pidieron en Facebook.
Los inicios de Lemebel estuvieon marcados por la performance. Solía presentarse con un grupo llamado “Yeguas del Apocalipsis”; en los 80 irrumpió en una calle, con un amigo, desnudos a caballo. En plena dictadura fue a un encuentro de partidos opositores con tacos altos y una hoz pintada en el rostro. Allí leyó su muy conocido manifiesto Hablo por la diferencia, donde hablaba de cómo era ser homosexual, pobre y de izquierda: “Porque ser pobre y maricón es peor/Hay que ser ácido para soportarlo/Es darle un rodeo a los machitos de la esquina/Es un padre que te odia/Porque al hijo se le dobla la patita.”  Sus textos abordan cuestiones relativas a las minorías, la sexualidad o la violencia, y sacuden al lector con una prosa barroca. Y no lo hizo cómodamente desde la democracia, sino cuando ser homosexual en el Chile de Pinochet era tomar un enorme riesgo.
Loco afán, Adiós, mariquita linda, o Háblame de amores, entre otros volúmenes, no son sólo crónicas en las que arrasa con todo: son espejos donde mirarse sin poder torcer la vista.

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