martes, 3 de julio de 2012

El sermón de La Victoria

Más extraño que la realidad

Una novela de la vida real: así caratula el propio Belgrano Rawson a “El sermón de La Victoria”, un relato seco y directo para el que entrevistó durante meses a un chico encarcelado por un crimen que no cometió.

POR Osvaldo Gallone


El subtítulo de El sermón de La Victoria, el nuevo libro de Eduardo Belgrano Rawson, cumple en aclarar lo siguiente: “Novela de la vida real”. Es un subtítulo en el que resuenan los ecos de la contratapa de la primera edición (a cargo de la desaparecida editorial Legasa) de La novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez (que es, junto con la formidable Purgatorio, su mejor trabajo): “En esta novela todo es verdad”.
En uno y otro caso, hay una flagrante contradicción en los términos, un deliberado y escandaloso oxímoron que resulta tan evidente como manifiesto: si es novela no es verdad, si es ficción no es verídica. Y, sin embargo, en la narrativa argentina, entre estos dos conceptos antitéticos se puede plasmar una convivencia tan extraña como armoniosa. Entre las razones que explican el fenómeno se puede sugerir, por ejemplo y entre otras variables posibles, que la realidad cotidiana argentina se suele revelar tan inasible y desatinada que una de las escasas claves para descifrarla es el tenaz ejercicio de la ficción. Una de las preguntas que se formula el narrador El sermón de La Victoria al comienzo del libro ilustra holgadamente la tesis: “¿A qué número llamar cuando te asalta la policía?” En el marco de la cotidianidad argentina, la pregunta no sólo es verosímil, sino real, pero ese real sólo puede ser inscripto, para su decodificación, en el plano de la ficción. Por lo tanto, que este libro de Belgrano Rawson sea, en efecto, una “novela de la vida real” o que la novela de Tomás Eloy Martínez sea una novela donde “todo es verdad” no supone un oxímoron, sino que deviene marca de pertenencia, seña inequívoca de identidad.
La fuga
Dividida en cuatro partes, la primera de ellas es la que, tal vez, mayor intensidad narrativa y dramática suponga. Una muchacha nacida y criada en un pueblo puntano, Claudia, decide fugarse, por problemas familiares, de su casa, y reaparece a los nueve años ajena al siniestro vendaval que su desaparición ha provocado.
La víctima
La fuga de Claudia coincide con los años de plomo y las consecuencias derivadas de ella que sufren su entorno más íntimo y su incipiente novio, Nelson, redundan en un minucioso infierno. El itinerario de Nelson, presunto homicida de Claudia, es narrado por Belgrano Rawson a la manera seca y precisa de un policial duro: sólo describe y connota, sin recaer en la ciénaga del mensaje moral o el panfleto reivindicatorio: “Todavía no estaba maduro para ser entregado al juez. Antes lo llevarían por una vieja ruta de tierra para cepillarlo de nuevo. Fue peor que la noche del río, pues le estrellaron contra los dientes una botella rota. Empezaron a darle en silencio y lo colgaron de un árbol y le siguieron pegando, mientras giraba suspendido del brazo. Era la calesita, explicaron. A continuación lo bajaron para tomarse un respiro”. Es la misma y prolija descripción de la violencia –y sólo descripción– que espeluzna no sólo en los textos de Raymond Chandler y Dashiell Hammett, sino también en algunas novelas de la narrativa sureña norteamericana (Carson McCullers es uno de los ejemplos más estilizados y al que podría encontrarse más familiaridad con este texto de Eduardo Belgrano Rawson).
La construcción del personaje de Nelson es notable, aun y sobre todo en el proceso de su progresiva pauperización: “La libertad había sido peor que la cárcel”, concluye melancólicamente, cuando se ve libre, con sida, sin un peso y sin saber cómo conseguir un subsidio para intentar sobrevivir.
El tono y la tensión
Si bien las restantes historias de la novela giran en torno a la desaparición de personas y confluyen en la historia de Claudia y Nelson, es la primera parte, que es, por otro lado, la más extensa, la que estructura el texto y le otorga su tono predominante. Una historia cuya tensión narrativa está plasmada de modo inmejorable por más que se eche en falta, en varios pasajes, un mayor trabajo de elaboración estilística que es reemplazado por un coloquialismo que a veces cae en la ramplonería; un estilo que adolece de aquello que García Márquez definía como “una transposición poética de la realidad”. Si hay algo que está alejado, precisamente, de la “transposición poética” es la servidumbre mimética; no contribuye a aportarle mayor relieve a la realidad, sino que la aplana (escribir “duraría en funciones lo que un pedo en la heladera” o “cuando los llevaban a echarse un polvo” no supone siquiera, a estas alturas, una provocación). Las tres partes que completan la novela si bien giran en torno de la primera parte, carecen de la cohesión de ésta, con un número considerable de personajes cuyo perfil se difumina y una serie de historias paralelas que no terminan de clausurarse.
La historia de Claudia Díaz, la novia de Nelson, es la historia de un crimen que nunca ocurrió y en el que hubo una pequeña muchedumbre de sospechosos, torturados e imputados. Eso es lo que cuenta de modo ponderable Eduardo Belgrano Rawson: una historia real argentina, vale decir, un exceso de la ficción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario