domingo, 19 de abril de 2009

NORMAN MAILER

norman mailer
Consejos para los aspirantes a escritor
El escritor norteamericano forjó, en seis décadas de trabajo intelectual, una obra que es testimonio del último siglo. A un año de su muerte, la editorial Emecé publica “El arte espectral”, un testamento literario que puede convertirse en un manual para el escritor principiante. El recorrido incluye definiciones sobre la industria editorial, la presentación del escritor en sociedad, la relación con las reseñas desfavorables y el humor.
Por Alejandro Bellotti


Norman Mailer. Autor de grandes libros como La canción de verdugo, amaba la literatura y el boxeo.
Norman Mailer escribió un par de libros memorables. Sin dudas, La canción del verdugo y El fantasma de Harlot descansan aún hoy en el podio de la literatura norteamericana. Claro que otros –Costa bárbara y El parque de los ciervos, por mencionar sólo dos– son para el olvido. Desechables. Sin embargo, y más allá de su distanciamiento –o no– con lo sublime, Mailer logró, en algo más de seis décadas de trabajo, constituirse en el último gran patriarca literario de Estados Unidos. Su lucidez perceptiva lo convirtió en un narrador indispensable, que supo forjar con su obra un testimonio capital del siglo XX. Su radicalismo político y su bilis discursiva lo desenterraron de los mentideros literarios para fundirlo al campo intelectual, donde engordó su fama de pugilista tenaz. En 2003, y coincidiendo con sus 80 años de vida, Mailer publicó The Spooky Art, una recopilación de ensayos que se estructura, más que como autobiografía literaria, como un auténtico testamento literario. Recientemente distribuido en el país bajo el título de Un arte espectral (Emecé), el volumen abunda en consejos que Mailer propicia al lector competente y que atraviesan de cabo a rabo el universo del escritor moderno: la exaltación del ego, la microeconomía del escritor, las camarillas, los bestsellers, la técnica en el estilo, la acrobacia narrativa para condimentar –en su punto justo– las atmósferas, la metodología de trabajo (cuántas horas o páginas por días escribir), la edificación sintáctica, la sensibilidad de la prosa.

En principio, y para digerirlo sin atracos, vale una aclaración. La arquitectura del libro requiere una clave: entenderlo como una conversación, un manual de autoconsulta al cual el escritor de talento puede dirigirse y zamarrear: “¡Ey!, Mailer, ¿qué conviene aquí: primera o tercera persona?”. Y el viejo sabio responderá: “no es fácil escribir en primera persona sobre un personaje que es más fuerte y más valiente que tú. Pero hay que hacerlo porque si todos tus personajes tienen tu mismo nivel, no te enfrentas a temas más importantes”. También se devela para el iniciado como una suntuosa guía de lectura. Para ello Mailer peina la literatura universal y enciende el faro: Tolstoi, Dostoievski, Proust, Mark Twain, Saul Bellow, Borges, y siguen las firmas.

Vale decir que de 1939 a 1943 Mailer asistió en Harvard a diversos cursos de escritura. Fue allí donde sufrió sus primeros castigos. Las risas de sus compañeros, el destierro de los entendidos, la censura de los maestros. “Es el modo en que un joven boxeador con un comienzo promisorio puede ser noqueado al principio de su carrera y recuperarse de eso para tener un buen historial”, rememora Mailer, quien dedica buena parte del mamotreto a denostar a la crítica, y también a la industria editorial, sobre la cual sugiere: “El mundo editorial de hoy dicta que un editor tiene que aportar libros que hagan dinero. Este casi absoluto tiene que penetrar en los intersticios del pensamiento de un editor joven”. Con mayor brío carga contra lo que considera “el mundo de las reseñas”, en donde reconoce “un montón de asesinos mezquinos”. Un rechazo que acaba en obsesión paroxística: contabilizar cuántas reseñas buenas y malas aparecieron con cada uno de sus libros. “Trato las reseñas desfavorables como un político que se postula para un cargo trata una pérdida de apoyo”, y agrega: “En estos días tener una reseña desfavorable en el Times del domingo afecta mi billetera. Mi ego, sin embargo, permanece relativamente intacto”.

Por momentos absorbente, por otros repelente, aunque sin abandonar jamás el alto voltaje, el ensayo detiene su marcha en algunos pasajes para dar lugar a entrevistas que le hicieran al mismo Mailer. Es allí, con chorreadas del humor más ácido, donde el autor de Los desnudos y los muertos se despacha contra los periodistas culturales: “además, cuenta con esto: tres de cada cuatro entrevistadores no habrán leído tu libro. Eso tiende a llevarlos a hacer preguntas que les cuestan a ellos el 2% y a ti el 98%. Por ejemplo: ‘Cuénteme acerca de su libro’. Después de que has contestado eso algunas veces, empiezas a sentir que la limusina en la que estás viajando se está quedando sin combustible y que tienes que ir cuesta arriba”. Un tono, virulento y mordaz, que puede cambiar repentinamente con una vuelta de página, para volver a la calidez o acentuar el disparo sardónico, con el vértigo o la pereza que imprime su voz distintiva. Ese tono que muestra a Mailer en su mejor forma, en su salsa.

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