ADVERTENCIAS A MÍ MISMO

en novelas, relatos, ensayos. Escritura

miércoles, 29 de julio de 2015

ALBERT CAMUS- Escritos Libertarios 1

Albert Camus 

CamusAlbert Camus nace en 1913 en Argelia en el seno de una familia pobre. Como pierde a su padre en la batalla del Marne en 1916, su formación corre por cuenta de su madre, que era analfabeta y trabajaba limpiando hogares. Tras conseguir una beca, Camus comienza eventualmente la carrera de periodista. Como la mayoría de los jóvenes, fue un gran aficionado al futbol, además de ser un miembro de una trouppe teatral.
Desde su época de guardameta, Albert Camus tuvo siempre un gran espíritu de equipo. Era muy generoso, con una enorme naturaleza sensible, y siempre buscó la máxima unidad, tratando de evitar o eludir el rencor. Muchos intelectuales que escriben sobre Camus han oscurecido su apoyo al anarquismo. Acudió siempre donde hiciera falta para apoyar en los momentos más difíciles al movimiento anarquista, aunque sentía no poder comprometerse totalmente a este movimiento.
Camus nunca ocultó su atracción hacia el anarquismo. Las ideas anarquistas se reproducen en sus novelas y obras de teatro, como por ejemplo, La Peste, El Estado de Sitio o Los Justos. Camus conoció al anarquista Gaston Leval, que había escrito sobre la Revolución española de 1936 (Espagne Libertaire, 1952). Camus ya expresó por primera vez admiración por los anarcosindicalistas, los objetores de conciencia y todo tipo de rebeldes en 1938, mientras trabajaba como periodista en el periódico L’Alger Republicaine, de acuerdo con su amigo Pascal Pia.
El anarquista Andre Prudhommeaux le introdujo por primera vez en el anarquismo en una reunión en 1948 del Cercle des Etudiants Anarchistes como un simpatizante que estaba familiarizado con el pensamiento anarquista.
Camus apoyó también a los Grupos de Enlace Internacional que trataban de dar ayuda a los opositores del fascismo y el estalinismo, y se negó a tomar el lado del capitalismo americano. Estos grupos se crearon en 1947-48, con la intención de dar apoyo material a las víctimas de los regímenes autoritarios, así como el intercambio de información con los partidarios, incluido el anarquista ruso Nicolas Lazarevitch (exiliado en Francia), así como muchos de los seguidores sindicalistas revolucionarios del periódico La Revolución Proletarienne, del que Camus sigue siendo amigo y colaborador económico hasta su muerte.
El libro de Albert Camus L’Homme Révolte, publicado en 1951, marcó una clara ruptura entre Camus yla sección izquierda del Partido Comunista. Su mensaje fue entendido por los anarquistas y sindicalistas revolucionarios en Francia, ya que abiertamente menciona el sindicalismo revolucionario y el anarquismo y hace una clara distinción entre el autoritarismo y el socialismo libertario. El tema principal del libro es cómo conseguir una revolución sin el uso del terror y el empleo de métodos cesaristas. Por lo tanto, Camus se refiere a Bakunin y Nechaev, entre otros. “La Comuna contra el Estado, la sociedad concreta en contra de la sociedad absolutista, la libertad contra la tiranía racional, el individualismo altruista finalmente contra la colonización de las masas…” Camus termina con un llamamiento en favor de la resurrección del anarquismo. El pensamiento autoritario, gracias a tres guerras y la destrucción física de una “élite” de los rebeldes, había sumergido esta tradición libertaria; pero se trataba de una provisional victoria, porque la lucha aún continúa.
Gaston Leval respondió con una serie de artículos al libro. Su tono era amigable, y evitaba la polémica, pero él trató al libro de Camus como una caricatura de Bakunin. Camus respondió en las páginas de Le Libertaire, el órgano de la Fédération Anarchiste (con una tirada semanal 100000 ejemplares), argumentando que había actuado de buena fe, y que haría una corrección a uno de los pasajes criticado por Leval en futuras ediciones.
El secretario general de la Fédération Anarchiste, Georges Fontenis, también examinó el libro de Camus en Le Libertaire, con el título de “¿Es la revuelta de Camus la misma que la nuestra?”, a lo que Fontenis respondía que así era. Sin embargo, culpaba a Camus por no dar el debido espacio a las revoluciones de Ucrania y España, y por retratar a Bakunin como un endurecido nihilista y no dar crédito a sus posiciones anarquistas específicas. Aunque terminó por admitir que el libro contiene algunas páginas admirables. Un examen de Jean Vita la semana siguiente en Le Libertaire fue más cálido y más positivo.
Estas críticas medidas que de los anarquistas se encontraba en contraste con las de los compañeros de viaje del Partido Comunista, al igual que Sartre, así como con el grupo en torno a la revista Les Temps Moderne, marcaron el inicio de la tendencia de Camus de romper con este otro gran exponente del existencialismo. Las críticas de este grupo fueron salvajes, en particular la de Francis Jeanson. Camus respondió que la revisión de Jeanson fue marxista ortodoxa, y que había pasado de todas las referencias al anarquismo y al sindicalismo. “La Primera Internacional, el movimiento Bakuninista, siguen viviendo entre las masas de la CNT francesa y española, pero no se tienen en cuenta”, escribió Camus. Para su dolor, Camus fue “excomulgado” por Jeanson de las filas de los existencialistas. Estos métodos descorazonaron a Camus. También recibió severas críticas por parte de los surrealistas por sus concepciones artísticas dentro del libro. Parece que el movimiento anarquista fue el mejor colaborador de Camus.
Camus estuvo marcado por esta pausa de otras maneras también. Se había hecho una promesa para mantenerse fuera de los intelectuales que estaban dispuestos a volver al estalinismo, lo que no impidió que de todo corazón apoyara causas justas y que le valieran la pena. En España un grupo de trabajadores anarquistas habían sido condenados a muerte por Franco; para evitarlo, se convocó en París una reunión de la Liga por los Derechos del Hombre el 22 de Febrero de 1952.
Camus se mostró de acuerdo en hacer uso de la palabra en este evento y, a su juicio, consideró útil que el líder de los surrealistas, André Breton, apareciera también en el podio (a pesar del ataque que Breton había escrito en la revista Arts, sobre las críticas de Camus al poeta Lautreamont, admirado por los surrealistas como uno de sus precursores). Camus se reunió con los organizadores del evento, Fernando Gómez Peláez del periódico de Solidaridad Obrera, órgano de la CNT, Ester y José Borrás, y les pidió que propusieran intervenir a Bretón, diciéndole a éste que Camus lo había sugerido. Bretón se mostró de acuerdo en participar en la reunión, aunque Camus estuviera presente. Gómez le dijo entonces a Bretón que Camus había sugerido que hablara en primer lugar, Breton rompió a llorar. Más tarde, Camus dijo a los anarquistas españoles que, debido a que él no había respondido a la ira de Bretón, la reconciliación era posible. Camus y Bretón compartieron el podio e incluso hablaron entre ellos (para entender los vínculos de Breton y los surrealistas con el movimiento anarquista ver Organise! número 44 o suplemento de Germinal Libertario número 1).
Camus tomó la posición del intelectual comprometido, firmando las peticiones y escribiendo para Le Libertaire, La Révolution Proletarienne y Solidaridad Obrera. También pasó a formar parte del consejo de redacción de otro órgano libertario, Témoins de 1956, concociendo así a su editor, Robert Proix, un corrector de errores de oficio. Camus, a través de Proix, se reunió con Giovanna Berneri (Caleffi), compañero del anarquista italiano Camillo Berneri, asesinado por los estalinistas en España en 1937. Camus también se reunió Rirette Maitrejean, que había sido el antiguo compañero de Victor Serge, y había participado en la Bonnot Gang. Rirette había estado trabajando como corrector de errores para el periódico Paris-Soir durante mucho tiempo. Camus también se hizo amigo del veterano anarquista Maurice Joyeux, que más tarde diría que de todas las obras literarias contemporáneas, L’Homme Révolte era el libro en el que mejor se definen las aspiraciones de los estudiantes y trabajadores en mayo de 1968.
Una vez más, en 1954, Camus fue a la ayuda de los anarquistas. Maurice Laisant, secretario de propaganda de las Forces Libres de la Paix, así como un editor de Le Monde Libertaire habían elaborado un cartel antimilitarista utilizando el formato de la propaganda oficial del ejército, por lo que fueron acusados de subversión. Camus acudió como testigo a su Juicio, recordando cómo se reunió con Laisant por primera vez en aquel encuentro español de 1952. Camus dijo al Tribunal: “Desde entonces le he visto muchas veces y he admirado su voluntad de luchar contra el desastre que amenaza a la raza humana. Me parece imposible que se pueda condenar a un hombre cuya acción se identifica tan a fondo con los intereses de todos los hombres. Muy pocos son los hombres que luchan contra el peligro que cada día crece más ominoso para la humanidad”. Después de su declaración, Camus tomó asiento en una sala repleta de trabajadores militantes, que lo rodeaban con afecto. Lamentablemente Laisant recibió una fuerte multa.
Camus también colaboró con los anarquistas cuando expresó su apoyo a los trabajadores en la revuelta contra los Soviets en Alemania Oriental en 1953. En 1956, primero con los trabajadores en el levantamiento en Poznan, Polonia, y después en el mismo año con la Revolución húngara volvió a mostrar su cooperación. Más tarde en 1955, Camus dio su apoyo a Pierre Morain, un miembro de la Fédération Communiste Libertaire (la Fédération Anarchiste había cambiado su nombre en 1954 tras luchas internas). Morain fue el primer francés encarcelado por un anti-colonialista de Argelia. Camus expresó su apoyo en las páginas del diario nacional L’Express del 8 de noviembre de 1955.
Camus utilizó a menudo su fama o notoriedad para intervenir en la prensa intentando poner fin a la persecución de militantes anarquistas o para alertar a la opinión pública. En el último año de su vida Camus se asentó en la aldea de Provence Lourmarin. Un bretón, nacido en Paris, autodidacta, y convencido anarquista, había llegado a la aldea durante la guerra para “desmovilizarse”. Camus lo contrató como jardinero y tuvo la oportunidad de tener conversaciones con alguien de la misma onda. Una de las últimas campañas en la que participó Camus fue la lucha del anarquista Louis Lecoin por la situación de los objetores de conciencia en 1958. Camus nunca llegó a ver los resultados de esta campaña, ya que murió en un accidente automovilístico en 1960, con cuarenta y seis años.
Traducido de Organise! número 68, verano de 2007

sábado, 6 de junio de 2015

PIGLIA por donde se lo mire

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Secreto y narración

Al esperado anuncio de la publicación de sus diarios, que comenzarán a ver la luz en septiembre próximo, el autor de Respiración artificial suma en estos días un volumen, La forma inicial, en que reúne conversaciones sobre crítica y literatura, y otras intervenciones. Aquí, como anticipo, su ensayo sobre los enigmas de la novela corta
por Ricardo Piglia
Hay una cuestión en la que resulta útil detenerse para plantear los problemas de la relación entre el cuento y la nouvelle, la novela corta, ese género incierto que no termina de encontrar su definición y que, quizás leído en relación con el cuento, se abra a algún tipo de hipótesis sobre su especificidad. Me refiero a la distinción entre enigma, misterio y secreto, tres formas en las que habitualmente se codifica la información en el interior de los cuentos.
El enigma sería, como sabemos, incluso por etimología, dar a entender, es decir, la existencia de algún elemento -puede ser un texto, una situación- que encierra un sentido que se puede descifrar. El misterio, en cambio, sería un elemento que no se comprende porque no tiene explicación, o al menos no la tiene en la lógica dentro de la cual nosotros nos manejamos. Porque, yo diría, que levanten la mano todos los que creen en fantasmas? Digamos que la idea de que los muertos regresan es un misterio, un acontecimiento cuya explicación pertenece a un orden ajeno al habitual. En cuanto al secreto, se trata también de un vacío de significación, es algo que se quiere saber y no se sabe, como el enigma y el misterio, pero en este caso es algo que alguien sabe y no dice. Es decir, el secreto es en verdad un sentido sustraído por alguien. Entonces, el texto gira en el vacío de eso que no está dicho; dentro de la serie a la que vengo refiriéndome, tiene la particularidad de remitirnos a algo que está guardado -y aquí otra vez es pertinente la etimología de la palabra secreto-, por lo que genera inmediatamente una serie bien conocida, se asimila con las distintas versiones que circulan de una misma historia, quién sabe qué, quién no lo sabe.
Como decía, tal vez esta distinción entre qué cosa es un enigma, y qué un misterio y un secreto, pueda servirnos para pensar en la particularidad de la nouvelle frente al cuento. Y para eso vamos a leer uno de los grandes textos que se han escrito en esta lengua, y también en cualquier otra, Los adioses, de Onetti, un relato cuyo sentido se desplaza continuamente, una extraordinaria nouvelle, casi un ejemplo de lo que podemos entender por nouvelle.
A propósito de estas cuestiones yo recordaba una intervención muy interesante de Hitchcock en El cine según Hitchcock, de François Truffaut, un libro lindísimo que está lleno de pequeñas precisiones sobre qué es un relato, cómo se narra, cómo se construyen las intrigas. Hitchcock es un extraordinario narrador que está muy en sincro con Borges. Allí Hitchcock define el McGuffin, un elemento que es el motor de la trama, muy importante para los personajes pero que el narrador no define, ni conoce. No importa saber qué es, lo importante es que los personajes de la historia estén obsesionados por ese elemento y estén dispuestos a todo para conseguirlo. Ni el narrador ni el espectador saben qué es, pero los personajes sí saben y lo buscan durante todo el relato. Ésa sería la función narrativa del secreto.
En la conversación con Truffaut, Hitchcock establece la distinción entre suspenso y sorpresa, y dice: hay suspenso cuando el espectador sabe que detrás de la puerta que va a abrir la heroína hay un loco con un hacha; entonces yo -dice-, cuando narro, retraso el momento del encuentro entre la heroína y el asesino, y eso es suspenso. En cambio, hay sorpresa cuando ni el espectador ni la heroína saben, dice Hitchcock, y entonces si ella abre la puerta e irrumpe este hombre con el hacha, es una sorpresa al mismo tiempo para el personaje y para el espectador.
Este ejemplo sirve para hablar de una cuestión que como veremos es fundamental para la comprensión del funcionamiento de la nouvelle: enigma, secreto, misterio, suspenso y sorpresa son formas de conocimiento que condicionan el desarrollo de la trama, quién sabe qué, qué es lo que cada uno de ellos va sabiendo. A veces el narrador sabe lo que sabe el lector, pero no lo que saben los personajes, a veces un personaje sabe algo que otro no sabe, y sobre esto se construyen las redes y relaciones que conforman las intrigas. Ya Deleuze ha establecido una relación entre el secreto y la nouvelle, y por su parte Auerbach ha señalado que el secreto es del orden del marco, es decir, está ligado a los que narran la historia.
En el caso de Los adioses, el esclarecimiento de estas cuestiones ha sido central en el debate crítico sobre el texto: no solamente qué es lo que saben los personajes sobre esa extraña intriga que sucede en la historia, sino también hasta dónde Onetti tenía el secreto y quería o no decirlo. Hay todo un debate, al que el propio Onetti ha colaborado, sobre si en este relato hay algo que todavía no se termina de saber. Entonces, tendríamos que agregar aquí otra figura más que sería la figura del "autor", entre comillas. Onetti dice "el autor es el que le pone título al texto", buena definición de esa figura muy presente en nuestra cultura pero incierta en la construcción de la historia. Tendríamos al autor, al narrador, a los personajes y al lector como la pequeña comunidad en el interior de la cual se desarrolla un relato, y aquí debemos siempre recordar aquello que decía Roland Barthes: "El que narra no es el que escribe, y el que escribe no es el que es". Esto quiere decir, el que narra la historia no debe ser identificado con el que escribe la historia, hay una delegación hacia el que narra la historia, y tampoco el que escribe la historia debe ser confundido con la persona real.
Antes de entrar a discutir el propio relato de Onetti -qué es lo que pasa en esa historia tan turbia, tan hermética-, sería bueno recordar que uno de los movimientos de renovación más importantes de la narración que comienzan a finales del siglo XIX tiene que ver con la conciencia de este tipo de cuestiones, y muy especialmente con Henry James, que fue el primero que escribió sobre estos problemas. En The Art of Fiction, aparecen muy buenas observaciones, en especial el punto de vista en una historia y cuáles son las maneras de acercarse al conocimiento de la trama.
Digo esto porque me parece que, cuando analizamos el gran proceso de renovación de la novela del siglo XIX, esa ruptura con la tradición de la novela clásica tiene que ver con la presencia de lo que yo llamaría un narrador débil, no el que está absolutamente firme en el modo en que los hechos han sucedido, sino un narrador que vacila, que no sabe, que narra un acontecimiento que no termina de entender, y que va construyendo un universo narrativo que él mismo, en cierto sentido, también trata de descifrar. De modo que vemos textos donde el narrador trata de entender, está enfrentado con un secreto, es decir, con algo que se intenta alcanzar, llegar hasta ahí para ver si se puede descifrar verdaderamente el sentido de la historia.
En el territorio de la nouvelle, desde luego, el narrador de Los adioses está construido de esa manera. Es un narrador que no sabe lo que pasó, que narra a partir de intentar descifrar lo que pasó. Podríamos entonces hacer una lista de textos que están estructurados de esta manera. Todos tienen además una característica que es importante remarcar, y es que el narrador cuenta una historia que no es la de él, se interesa por una historia que le es ajena. Y, desde luego, lo mismo sucede con el narrador de Los adioses, que está tratando de entender la historia de ese basquetbolista enfermo y las mujeres que se cruzan en su vida, también él se conecta con una historia que no es la propia y trata de entender.
Henry James tiene una muy buena metáfora para esta idea del narrador que se acerca a una historia que ya está ahí. Dice Henry James que el relato es lo que él llama "the house of fiction", "la casa de la ficción", y el narrador pasa por delante de esa casa que tiene las ventanas iluminadas y ve una escena, ve a un hombre y a una mujer que se besan, o ve a dos mujeres que se besan, y trata de entender qué pasa ahí contando apenas con esa percepción parcial a partir de la cual empieza a investigar, a averiguar, trata de entrar en la casa, aunque no siempre lo consigue. El mecanismo narrativo que describe esta metáfora ha producido grandes textos, ha dado lugar a un tipo de renovación de la narración que alienta textos muy elegantes, escritos con mucha concisión y que han terminado por constituir una especie de canon menor, diría yo, integrado por estas pequeñas nouvelles que tienen, sin embargo, una densidad mucho mayor que su propia dimensión física. En un sentido, podríamos decir que James ha sabido convertir los problemas de la narración en anécdota. Toma lo que es un problema, por ejemplo, qué es lo que sabe el narrador, y convierte eso en una historia determinada. Hay muchas novelas cortas de James que están trabajadas de esta manera.
En relación con esta especie peculiar de espacio narrativo, hay una pequeña anécdota que se cuenta de Onetti que a mí siempre me pareció muy reveladora de la escritura de Los adioses. En los años 50, Emir Rodríguez Monegal, un crítico uruguayo, amigo de Borges desde siempre, o conocido de Borges desde siempre, está comiendo con Borges y con Onetti en un restaurante de Buenos Aires, un restaurante alemán al que iban siempre y, entonces, cuenta Monegal en el prólogo a las Obras completas de Onetti que publicó Aguilar aquí en Madrid en los años 60, cuenta que estaban hablando de Henry James, Borges y Monegal, y Onetti los escuchaba callado y, al final, Onetti dice: "Pero ¿ustedes qué le ven al coso ese, Henry James?". Entonces, me parece que Onetti salió de ahí y se fue a escribir Los adioses, como diciendo, bueno, si ustedes hablan tanto de Henry James, yo voy a escribir mi aportación al espacio Henry James. Porque desde luego Los adioses es un texto muy cercano a las formas de las nouvelles de Henry James. Y, además, el propio Onetti se ocupó de darnos esa pista, porque en el epílogo que está hoy ya en todas las ediciones de Los adioses, Onetti crea una nueva tensión interna al relato, casi como si formara parte de la historia, y dice, aludiendo a las conclusiones del crítico alemán Wolfgang Luchting: "Sigue faltando otra vuelta de tuerca, en apariencia fácil pero riesgosa, y que no me corresponde hacer girar". Lo que es, claro, una alusión directa de la gran nouvelle de Henry James Otra vuelta de tuerca.
A menudo podríamos también entender el género policial como un modo de entrar en este proceso de renovación. Porque en los textos iniciales del género es como si el detective fuera un delegado del narrador. Por ejemplo, el amigo de Dupin en Poe o el Watson de Sherlock Holmes, el detective va, investiga y le cuenta al narrador. Es como si ese narrador que en algunas novelas va directamente a enterarse de la historia, en el género policial se hubiera desdoblado entre el narrador que narra y el detective que va, investiga y vuelve para contar. Esta estructura está también muy presente en Los adioses; como sabemos, Onetti era un gran lector del género policial, y aquí lo que tenemos es un narrador, el almacenero, que está detrás del mostrador pero que tiene un delegado, el enfermero, que se acerca al centro enigmático y le va contando versiones, fragmentos de la historia del ex basquetbolista enfermo. Este narrador, entonces, está enfrentado con una suerte de escenas de circulación, diría yo. Está el ex basquetbolista, y luego esas dos mujeres que lo visitan, una mujer joven, que inmediatamente identificamos como la amante, y una mujer mayor que se supone que es la esposa. Todo el pueblo está intrigado con este hombre que recibe la visita de estas dos mujeres mientras está convaleciente de una tuberculosis; al mismo tiempo, y esto es muy importante, hay unas cartas que circulan también, que nosotros no leemos pero cuya circulación el narrador, en un determinado momento, interrumpe, y se queda con dos de ellas. Si nosotros pudiéramos leerlas, si hubiéramos podido leer alguna de esas cartas, sin duda habríamos entendido mejor esta historia. Pero no sabemos de qué trata esa correspondencia, como tampoco sabemos qué es lo que sucede entre el hombre, la mujer y la muchacha. Avanzamos en la historia a partir de las conjeturas del narrador, hasta que al final se plantea la hipótesis de que la muchacha, en realidad, es la hija. Pero, entonces, ¿qué estaba pasando ahí con esa muchacha?? Quiero decir que ella, en lugar de revelar el secreto, remite al secreto. Porque ¿cuál es el secreto de esa historia? Si ustedes leyeron la nouvelle últimamente, verán que el punto oscuro de la historia está localizado en lo que en el relato se llama la casa de las portuguesas. Hay una casa que fue la casa de cuatro hermanas portuguesas que murieron, una de ellas murió virgen, y ahí empieza a circular esa historia que en un cuento llamaríamos la historia secreta, pero que en una nouvelle tiene otra función. Este hombre alquila esa casa, se instala en esa casa y ahí se mata. Así que por lo pronto podemos decir que, como en muchas otras historias, el secreto aquí está localizado en un lugar, si pudiéramos entrar en esa casa, saber lo que pasó en esa casa, habríamos comprendido el funcionamiento de la historia. A veces, en los relatos, resulta útil hacer un mapa, espacializar la historia cuando uno la lee, porque el secreto debe estar siempre en alguna parte, que puede ser alguien que lo tiene o un lugar donde se lo esconde.
Otra cuestión importante es la función narrativa que tiene el secreto, ese nudo que une personajes distintos y tramas que coexisten en un mismo texto sin que se explique esa conexión. Es decir, el secreto sería un lugar vacío que permite unir tramas narrativas diversas y personajes distintos que conviven en un espacio, atados por ese nudo que no se explica. Porque si se explica, hay que escribir una novela. Es decir, que si uno trata de explicar por qué esas mujeres vienen al pueblo, y por qué se conectan con este individuo, y si empezamos a contar al mismo tiempo todas esas tramas, qué pasó en la casa de las portuguesas, a develar ese secreto que los une, no podemos escribir un relato que tenga la densidad, la concentración y la duración que tiene Los adioses. Es decir, que el secreto funciona como un mecanismo de construcción de la trama que permite unir sobre un punto ciego una red de pequeñas historias que se articulan, de una manera inexplicable, pero se articulan. De ahí esa sensación de ambigüedad, de indecisión, de las múltiples significaciones que tiene una historia, porque inmediatamente nosotros empezamos a incorporar razones para hacer circular esa historia con un orden que, en realidad, el relato mismo ni nos devela ni nos descubre. Este sería el primer punto a partir del cual yo empezaría a entender el funcionamiento de la nouvelle como forma, recurre al secreto para poder concentrar historias múltiples, es un cuento contado muchas veces. La nouvelle, entonces, como hipercuento, especie de versión condensada de cuentos múltiples que se van anudando en una historia que, sin embargo, no se disgrega porque se ata en un punto oscuro. La nouvelle está ligada al abandono del relato oral, surge ligada a la lectura y a la imprenta. Su duración y su complejidad la alejan de la oralidad y exigen un lector atento, capaz de no extraviarse en las alternativas de la trama. En ese sentido la nouvelle es el nexo entre el cuento y la novela.
Me gusta la idea de que, en realidad, la nouvelle es una forma posterior al cuento y anterior a la novela, es decir, que es un paso de la oralidad a la lectura, de escuchar un relato a poder leerlo, porque supone una distancia que ya no es la distancia de la memoria del narrador oral; la nouvelleescapa ya a ese registro, necesita al lector que pueda releer. Entonces, en una eventual historia de las formas narrativas, habría que poner a la nouvelle como un género incierto, de articulación entre los campos bien distintos del cuento y la novela.
También en esta dirección apunta el hecho de que en la nouvelle se mantenga el marco, lo que llamamos el marco en el sentido clásico del relato oral: alguien está en un bar, viene otra persona y le cuenta una historia. El marco es el momento en el que esa historia circula. En la nouvelle, el marco existe pero se ha internalizado, está dentro de la historia, no es, digamos, aquello que está antes de que el relato propiamente dicho empiece, sino que está incorporado como un elemento interno a la historia. Si ustedes piensan en Los adioses, verán que el marco es la conversación del narrador, del almacenero, con el enfermero, y que el secreto es del orden del marco, para decirlo así, el secreto está entre los que narran la historia, ellos son los que no entienden y se esfuerzan por capturar el sentido.
No pretendo aventurar una interpretación de Los adioses. Eso no es lo que me interesa. Lo que quiero es encontrar los índices que nos permitan reconstruir esa historia que no ha sido narrada. En la nouvelle, es el lector quien tiene que definir la narración. Así que voy a decirles rápidamente cuál es mi relato de esta historia. Yo creo que Los adioses es un relato de fantasmas y que en realidad este hombre está allí porque busca el fantasma de la mujer que ha muerto, a la cual ha amado, y se encierra en la casa de las portuguesas para estar con el fantasma de esa mujer a la que él amó en el pasado. Esto en el texto está insinuado muchas veces. Las otras dos mujeres tratan de sacarlo de allí porque él está capturado por esa relación personal con un pasado muerto que retorna. El personaje está entre la vida y la muerte, podríamos nosotros decir. Él quiere estar de ese lado, quiere entrar a esa zona: la casa de las portuguesas. Esa temática aparece asociada con la tradición Henry James de relatos de fantasmas, con la tradición contemporánea en Buenos Aires, donde Cortázar está escribiendo relatos de fantasmas, por ejemplo, Las puertas del cielo, o como José Bianco en Sombras suele vestir, en el que alguien busca y espera al fantasma de una mujer muerta.
Pero ¿dónde están en Los adioses esos índices de los que les acabo de hablar? Hay un momento en que el narrador saca dos cartas de circulación y las lee, pero lo hace fuera de tiempo, es decir, las lee cuando es necesario para que la historia se cierre. No las lee cuando las recupera, sino mucho después. Dice: "Una carta, la primera, no tenía importancia, hablaba de amor, del amor, de la separación, del sentido adivinado o impuesto a frases o a actos pasados, hablaba de intuiciones y descubrimientos, de sorpresas, de esperas largamente mantenidas". Yo llamaría a eso la primera línea. Esa historia es lo que vemos, separaciones, encuentros, el sentido adivinado, esa circulación de mujeres y de cartas. "La segunda era distinta, el párrafo que cuenta decía?", y ésta es una carta que la mujer, la esposa, le escribe al héroe, dice: "Y qué puedo hacer yo, menos ahora que nunca, considerando que al fin y al cabo ella es tu sangre y quiere gastarse generosa su dinero para devolverte la salud". Aquí se ve que la muchacha joven es la hija, que ha usado el dinero que tiene para que él pueda alquilar la casa de las portuguesas. Pero, fíjense cómo sigue: "No me animaría a decir que es una intrusa -la muchacha-, porque bien mirado soy yo la que se interpone entre ustedes, y no puedo creer que vos digas de corazón que tu hija es la intrusa siendo que yo poco te he dado y he sido más bien un estorbo". Para mí, el "entre ustedes" supone una tercera mujer. Ni la hija ni ella son la intrusa en la relación del héroe con otra mujer. Entonces, ahí encontraríamos un detalle en el texto para imaginar la construcción de una historia que nunca podríamos verificar como una historia real sino como esa especie de sucesión por la cual cuando uno narra una historia siempre el otro contesta con otra historia.
Hay otra serie de indicios que podríamos tratar de convertir en argumentos para terminar de construir esta historia. El momento, por ejemplo, en el que él se pasea por un basural, que parece no tener ninguna función, pero, fíjense, el lugar es visible sólo desde la casa, como si él quisiera que alguien lo viera desde allí.
Entonces, retomando la diferencia entre el cuento y la nouvelle, digamos que esa diferencia tendría que ver también con el lugar del final, porque el final, en el caso de la nouvelle, no coincide, como en el cuento, con el final mismo de la historia, sino que está puesto en otro lado. Los adioses tiene, como hemos visto, un final desplazado, ligado al hecho de la existencia o no de la aparición de esta mujer a la que el héroe amó. Por eso una de las características centrales de este género es su ambigüedad extrema: nunca terminamos de estar seguros de si la historia que pensamos que se ha contado es la que verdaderamente se ha contado.
Como han visto, lo que intento hacer con los textos es pensar problemas de construcción, leer como lee un escritor. Busco soluciones para los textos, que no es lo que la crítica literaria habitualmente hace con ellos, los interrogo casi como si no estuvieran terminados, proponiendo otros finales, proponiendo historias que parece que están ahí pero no sabemos si verdaderamente están ahí. En el caso de Los adioses, al leerlo como un relato de fantasmas, al ponerlo en ese género, yo no digo que el sentido se aclare, pero por lo menos el orden de la narración sí que se aclara; es decir, es distinto escribir un relato de fantasmas que escribir un relato de aventuras o una novela policial; son distintos sistemas de funcionamiento los que actúan en unas y otras narraciones. Entonces, cuando lo ponemos como relato de fantasmas, entendemos un poco, incluso, el uso extraño de la casa de las portuguesas, con esa muerte que ha quedado fija ahí, la casa como detenida en el pasado, casi como una casa de relato gótico, un injerto extraño que tiene las características de los caserones de Poe. Así que es siempre muy importante cómo se encuadra la historia que estamos leyendo. Algo que es habitual en el uso cotidiano de la narración: "Querría contarles algo terrible que me pasó", dice uno. Es decir, uno siempre prepara al otro para un tipo particular de relato, "Vos no sabés lo divertido que me pasó el otro día en el ómnibus"; crea un pequeño marco anticipatorio.
Al final, si uno lee este relato en conexión con Otra vuelta de tuerca, con ese relato clásico de fantasmas que es el texto de Henry James, quizás pueda llegar hasta la puerta de la casa y, por la ventana, ver la sombra un poco alucinatoria de una mujer muerta

miércoles, 15 de abril de 2015

GUNTHER GRASS- La conciencia crítica de Alemania

El escritor alemán Günter Grass, premio Nobel de Literatura en 1999, murió este lunes a los 87 años.
El distinguido autor, más conocido por su novela "El Tambor de Hojalata", sacudió en años recientes a Alemania cuando reveló que había sido miembro de las Waffen SS (las escuadras de protección de Heinrich Himmler) durante la Segunda Guerra Mundial.
Matthias Wegner, portavoz de la casa editorial Steidl, confirmó que el escritor murió el lunes en la mañana en un hospital de Luebeck.
Grass nació el 16 de octubre de 1927 en Dánzig, donde su padre era un tendero. Estudió dibujo y escultura.
Pero fue con El Tambor de Hojalata, su primera novela, con la que Grass obtuvo una reputación internacional y fue considerado durante muchos años como la "conciencia moral" de Alemania en los años de la posguerra.
Grass
La obra de Grass aborda de distintas maneras la historia de su país a mediados del siglo XX.
Su obra aborda de distintas maneras la historia de su país durante la mitad del siglo XX, el tema de sus tres primeras novelas: El Tambor de Hojalata (1959), El gato y el ratón (1961) y Años de perro (1963).
Estas tres novelas forman la llamada Trilogía de Dánzig –como en su momento se conocia a la ahora la ciudad polaca de Gdansk–, un lugar que aparecería a menudo en su obra.
Grass combinó los detalles naturalistas con las imágenes fantásticas para captar la reacción de los alemanes al surgimiento del nazismo, los horrores de la guerra y la culpablidad que reinó en el país tras la derrota de Hitler.
En su obra Grass hizo uso de su propia experiencia en el servicio militar y su cautiverio como prisionero de guerra hasta 1946.

Conciencia moral

Sus compatriotas lo elogiaban porque ayudó a revivir la cultura alemana tras la Segunda Guerra y porque con su obra había dado voz al discurso democrático en el país tras los difíciles años que siguieron al conflicto.
Pero en 2006 provocó la ira de muchos cuando reveló en sus memorias "Pelando la Cebolla" que, siendo adolescente, había servido en las Waffen SS, el brazo armado de la notoria organización paramilitar de Adolf Hitler.
Gunter Grass
Grass reveló en 2006 que fue miembro de las Waffen SS.
También fue duramente criticado en Alemania en 2012 por su poema en prosa "Lo que debe decirse", en el que critica lo que dice es la hipocresía occidental por el programa nuclear de Israel.
En el poema habla de Israel como "una amenaza para la frágil paz mundial" por su posición "beligerante" sobre Irán.
Cuando se le preguntó en una entrevista con la agencia AP en 2009 qué pensaba del éxito rotundo y súbito que había tenido con su primera novela "El Tambor de Hojalata", Grass respondió: "Quizás se debió a que el libro es bueno".
Cuando la Academia Nobel lo honró con el premio de literatura en 1999, elogió al autor por "haber logrado revivir la literatura alemana tras la era nazi".
"Con el Tambor de Hojalata" indicó la Academia Nobel, "la literatura alemana ha tenido un nuevo comienzo después de décadas de destrucción linguística y moral".

domingo, 5 de abril de 2015

CESAR AIRA

No da entrevistas en la Argentina. No circula en ambientes literarios. Publica un libro cada seis meses. Y para la crítica internacional es uno de los escritores más prestigiosos de nuestro país. Habla aquí de sus invenciones y secretos
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Narrador infatigable, César Aira (1949) nació en Coronel Pringles, un pueblo del interior de la Argentina. Avecindado desde su juventud en Buenos Aires, ha hilado una de las obras narrativas más copiosas de la literatura hispanoamericana contemporánea. Además de sus novelas -muchas de ellas publicadas en México-, entre las que se cuentan La liebre, Cómo me hice monja, Los fantasmas, El congreso de literatura, Las aventuras de Barbaverde y Los dos payasos, ha escrito ensayos críticos sobre Copi y Alejandra Pizarnik
Aira ha perfilado un estilo personalísimo, lleno de retruécanos imaginativos y dislates sucesivos que lo marcan como un escritor, si no marginal, por lo menos raro. Esa rareza, y el frenesí con que publica sus novelas siempre breves, han provocado que se lo encasille como un autor para verdaderos devotos. Él parece preferir tener "lectores" a tener "público". Esta conversación tuvo lugar durante una breve estancia suya en la ciudad de México.
-¿Ser una figura pública es un agobio? ¿Un mal necesario?
-Lo es solamente en los viajes. En la Argentina he bajado la cortina y nunca hay entrevistas, muy de vez en cuando participo en algún congreso, en un panel, una o dos veces al año. Y no hago ningún tipo de vida pública. Cuando viajo sí, porque a veces es el precio que hay que pagar para que lo lleven a uno a algún lugar lindo del mundo, y lo hago con gusto. Hablar de uno mismo siempre reconforta el ego, sobre todo ver que hay algún interés por uno.
-Más bien es usted una figura retraída, doméstica...
-Sí, sí. No porque sea una estrategia mía, es lo natural en mí. Me sigue gustando escribir, cosa que es bastante rara entre escritores. Quiero seguir escribiendo. Tomarme tiempo, tener disposición mental para escribir. No necesito exposición pública.
-Es un fenómeno común el de los escritores que, conforme avanza el tiempo y la obra se consolida, comienzan a privilegiar su participación en congresos...
-Lo que pasa es que hay muchas personas que, cuando dicen en su juventud "yo quiero ser escritor", en realidad lo que quieren es funcionar socialmente como escritores, eso es lo que les gusta. Tener el carné como para poder opinar, ir a congresos, tener una figura social profesional. Y encuentran que el problema que plantea eso es que tienen que escribir, cosa que no les gusta. Entonces escriben un libro cada diez años, con un gran esfuerzo, o recopilan artículos de manera que mantienen en vigencia su carné de escritor. Por eso muchas veces he dicho, cuando me preguntan por esto, que no me gustan los escritores que no escriben. Porque veo que hay escritores que funcionan como escritores y que en realidad no son escritores de vocación. Y en mi caso, que he publicado tantos libros, pequeñitos pero tantos, hay como un rechazo contra mí por ser muy prolífico. Un amigo me decía, cuando le dije que venía a México a participar en cosas públicas: "Llevá un revólver, y cuando empieces a hablar, ponelo sobre la mesa y decí: la primera vez que se pronuncie la palabra 'prolífico', me pego un tiro. Así los vas a tener controlados". Porque prolífico ahora se ha vuelto un término despectivo. Si es prolífico, no puede ser bueno. Pero eso viene justamente de todos esos escritores que no escriben y que se defienden así. ¿Qué otra cosa puede hacer un escritor que escribir? Es decir, si lo que escribe se publica, es porque hay algún interés en publicarlo, algún editor interesado, algún lector interesado en leerlo. Así que no veo el motivo para despreciar lo prolífico.
-Es como si hubiera la intención de "dosificar el genio".
-Exacto, y viceversa: está la idea de que si alguien escribe un libro cada veinte años es porque tiene que ser buenísimo. No hay ninguna garantía.
-Está también la idea de que el escritor tiene que opinar sobre todo, volverse una especie de oráculo...
-Hay muchos a los que les gusta eso. El hecho de haber escrito unos libros es la excusa para hacer esto que quieren: opinar sobre el ser nacional, como se dice en la Argentina, sobre los problemas sociales del mundo, de la vida, de la ética. Quizá no está tan mal eso, porque después de todo un escritor es un profesional de la palabra. Sabe, ha aprendido, si ha hecho bien su aprendizaje, a hacer oraciones que suenen bien...
-Sin embargo, y es a lo que quería llegar, esas opiniones, esa capacidad para interactuar con el mundo, están en su caso en sus novelas, más que en la prensa.
-Lo mío siempre va un poco para el lado de la fantasía, de la invención, hasta del disparate, el delirio, así que no me atrevería a ponerme a opinar sobre el mundo.
-Pero ¿no le parece que ésa es una manera oblicua o sesgada de dar su visión del mundo?
-En general, los escritores que se vuelven opinadores se vuelven opinadores desde el lado del sentido común, desde una ética biempensante. Nunca hay nadie que salga a decir una barbaridad, que sería tan bonito.
-Me gustaría que me contara un poco sobre su proceso de escritura. Ha hablado de que escribe sólo una carilla diaria...
-Mis novelas parten de una idea, de algún tipo de juego intelectual, de algo que me parezca prometedor y desafiante. A ver si se puede hacer, no sé, qué sé yo, un hombre que se transforme en ardilla poco a poco. De ahí me lanzo a la aventura, a ir improvisando cada día.
-¿Dónde escribe? ¿En su casa, en su estudio?
-No, no. Cuando mis hijos eran chicos, vivíamos en un departamento muy pequeño, y me acostumbré a ir a un café, sentarme y escribir ahí. Buenos Aires es una ciudad, bendita sea, que tiene muchos cafés muy acogedores donde uno puede quedarse tranquilamente. En mi caso, nunca mucho. Media hora, una hora, en que me siento, a mitad de la mañana. Mis hijos crecieron, se fueron a vivir solos, pero la costumbre mía quedó. Así que todas las mañanas, a media mañana, me voy a un café y hago mi sesión del día: escribir una paginita, porque voy escribiendo muy despacito. A veces he pensado si lo mío no se parece más al dibujo que a la escritura, en el sentido de que soy muy fetichista de lapiceras, tintas, papeles buenos, cuadernos muy exquisitos, y escribo tan despacito y pensándolo tanto. Todo lo mío tiene un componente visual muy grande. Siempre estoy pensando que se vea bien lo que estoy escribiendo, al final de cuentas me parece que estoy haciendo un dibujo cada día.
-Claro, en sus novelas hay algo muy visual...
-Sí, a veces me doy cuenta de que me excedo en eso. Como quiero que el lector vea exactamente, entonces me paso de rosca con los adjetivos, poniendo de qué color es y de qué forma. A veces tengo que tachar porque me doy cuenta de que el lector no necesita tanta fijación. Y si no ve exactamente lo que vi yo, bueno, ¿qué importancia tiene?
-A pesar de esa fijación con mostrar, el lenguaje de sus novelas es bastante claro, diáfano.
-Eso lo he hecho por intuición, pero me doy cuenta de que, como la invención mía es tan barroca, no podría agregarle un barroquismo del lenguaje porque sería una superfetación. Para servir a esa imaginación un poco desbocada que tengo, se necesita una prosa lo más llana y simple posible.
-Podría ser visto casi como un gesto de cortesía...
-Eso lo he notado cuando viajo a cualquier lado por la aparición de un libro mío. Yo corro con ventaja porque muchas veces llega un autor a presentar un libro y en la redacción te dicen que tenés que leerlo para mañana. Y resulta ser un libro así de gordo, pesado, aburrido, lleno de reflexiones metafísicas. Bueno, ese entrevistador va a ir con una mala leche... En cambio, en mi caso, es un librito así, de setenta páginas, que se lee en un rato, más o menos divertido. Entonces ya vienen con una sonrisa y me tratan bien.
-¿Así que la brevedad es algo muy pensado?
-Cuando empecé a escribir y a publicar, traté de ir a extensiones normales y publiqué varias novelas de doscientas páginas; en una creo que llegué a trescientas. Pero haciendo un esfuerzo. Y después, a medida que los editores me iban aceptando más como soy, fui yendo a lo natural en mí. Creo que ese formato de unas cien páginas, a veces poco más, es lo natural en mí. Digamos que es el formato ideal para el tipo de imaginación, de historias que yo invento.
-Va escribiendo, y de pronto siente que ya dio de sí la historia...
-Sí, ésas son intuiciones que uno va adquiriendo con el oficio: me doy cuenta cuando viene el buen final. Mis finales no son tan buenos, muchas veces me los han criticado, con razón, porque son un poco abruptos. Y yo he notado que a veces me canso o quiero empezar otra historia, y termino de cualquier manera. A veces me obligo a poner un poco más de atención y hacer un buen final.
-Me da la impresión de que sus novelas son siempre una suma de digresiones.
-Sí, hay algo de eso, por el modo de escribir, improvisando día a día. A mí me gusta esa línea un poco sinuosa. Me gusta estéticamente, y creo que aun así mantengo cierta unidad, una coherencia.
-Hablando de esa línea de digresiones y de sus hábitos como escritor, ¿es usted un escritor que pasea mucho? Lo pregunto por la asociación de la digresión con el paseo.
-Sí, soy un gran caminador. Por la mañana, los días que no voy al gimnasio, hago lo que yo llamo mi caminata deportiva, una caminata larga que me doy al amanecer, porque soy muy diurno, me despierto siempre cuando sale el sol. Después, durante el día, también camino mucho -como no tengo auto, nunca lo tuve-, camino por el barrio. Y a la noche, antes de la cena, hago mi segunda caminata larga.
-¿Y están relacionadas con el trabajo?
-A veces salgo de mi casa y empiezo a pensar fantasías completamente inútiles, no es que piense argumentos del libro. Una hora después, estoy abriendo la puerta de mi casa y todo lo que pasó en medio se fue. No vi nada, estuve moviendo las piernas mecánicamente. En general yo no escribo si no estoy escribiendo, si no tengo la lapicera en la mano.
-En cuanto al proceso de escritura, usted ha estado muy cercano a las vanguardias literarias. Me interesa preguntarle sobre la idea de poner más peso en el proceso de creación que en el resultado final.
-Sí, ésa es una de las características, inclusive del arte contemporáneo. Tampoco hay que exagerar demasiado ahí porque este process art termina siendo ombliguista, mirarse a sí mismo. En esto yo, como en tantas otras cosas, como en el pago de los impuestos, soy normal y voy al término medio. Sí, me interesa el proceso, dejar desnudo el proceso de la escritura, que se vea, pero también tener cierto respeto por el resultado. Que quede algo ahí. Creo que estoy en un término medio.
-A usted, sin embargo, lo ubican como un marginal, como un outsider, un escritor para fieles pero no para mayorías.
-Eso le estaba diciendo ayer a mi editor acá, que yo soy uno de esos escritores que nunca van a tener público, pero siempre van a tener lectores, lectores sueltos. Nunca van a coagular en público, que es lo que hace al negocio. En mi caso no va a ser así.
-¿Y cómo ha sido su relación con los editores?
-Siempre ha sido buena. Quizá por mi inseguridad, mi timidez, siempre pensé que ellos estaban haciéndome un favor, estaban perdiendo plata conmigo; cosa que ha sido real, además. Pero, bueno, los editores, aun el más comercial, tienen siempre un nicho para algo que les guste aunque no les dé plata, que es mi caso.
-Quisiera ahora hablar de su papel como un muy buen traductor. Quizás ahí uno se acerca a una seriedad y un rigor...
-A una corrección sobre todo. Yo siempre a la traducción la tomé como un oficio del que viví. Ahí sí lo vi con todo pragmatismo, hasta tal punto que me especialicé en literatura mala. Porque los editores pagan lo mismo por la mala que por la buena, y la buena es mucho más difícil de traducir. Entonces terminé especializándome, bah, más bien tomando esos best sellers norteamericanos, que son facilísimos de traducir porque están escritos en una prosa estereotipada.
-Pero también ha traducido...
-También he traducido cosas buenas, un poco por desafío, por ver si podía hacerlo. Y ahora que dejé de traducir profesionalmente, lo hago de vez en cuando por amistad, con algún escritor o con algún amigo. Hasta a Shakespeare me atreví. A Shakespeare lo leo desde chico, y había dicho: "Esto nunca lo voy a traducir; si me ofrecen traducir a Shakespeare, nunca lo voy a aceptar, porque Shakespeare es riqueza pura, es una riqueza concentrada". En cada verso de Shakespeare hay poesía, metáforas, hay un avance de la acción, una caracterización del personaje, todo junto, en cada verso. Pero una vez un amigo estaba preparando, para editorial Norma de Colombia, una colección de Shakespeare traducido por escritores hispanoamericanos, me habló y me dio a elegir y, para hacer algo distinto, elegí Cimbelino, una de las obras últimas y favoritas mías. Y lo traduje. Me dio un trabajo infernal, ahí sí me juré "nunca más Shakespeare". Y aun así recaí. Recaí por el motivo más curioso, y es que años después, me llamaron de una editorial para decirme que querían traducir, no sé bien por qué motivo, creo que porque Harold Bloom lo había mencionado, Trabajos de amor perdidos. Entonces les dije que ésa era la idea más ridícula que se les podía haber ocurrido porque esa obra no tiene argumento, es una cadena de juegos de palabras, de chistes lingüísticos. ¿Cómo traducir eso? Por ese mismo motivo, dije: "Bueno, lo voy a hacer". Me la elogiaron mucho. Aunque ahí no es cuestión de traducir, es cuestión de... no sé qué verbo habría que emplear, de recrear cada chiste, cada juego de palabras. Lo tomé como un juego, como un desafío, a ver qué salía. Pero nunca más, ahora sí. Aunque esos "nunca más" siempre tienen una excepción.
-¿Y la de Cimbelino?
-Tomé una decisión, que fue traducirlo en prosa y en prosa explicada. Ante cada metáfora, yo no la traducía sino que explicaba, a veces a lo largo de cinco renglones, lo que Shakespeare había dicho en dos palabras. Cada chiste, cada obscenidad, que abundan, yo la explicaba en extenso. Cuando se la di al editor me dijo: "Parece una novela de Ivy Compton-Burnett". En realidad, quien quiera leer a Shakespeare tiene que hacer un pequeño esfuerzo, aprender algo de inglés y leerlo, porque no hay otra. Las traducciones pueden servir, ya sea como guía para alguien que está aprendiendo el idioma o ya como experimento para ver qué pasa, qué se transmite de una lengua a otra. Tampoco nunca me interesó mucho toda la cuestión teórica de la traducción.
-¿Y nunca lo vivió como un proceso para su narrativa? ¿Cómo un trasvase?
-No, no. Lo que sí creo que intervino en mi trabajo de escritor fue acostumbrarme a la corrección de la prosa. A que cada frase tenga su estructura sintáctica bien hecha, porque eso es lo que le pide el editor al traductor, una buena prosa. Buena en el sentido de correcta, legible. Alguna vez pensé que eso había estropeado mi prosa, que me había acostumbrado a una corrección excesiva. Y hasta traté de "salvajizarme" un poco, hacer esas cosas que hacen mis colegas jóvenes, sobre todo hacer frases que no tienen verbo, donde está todo al revés, pero no, no creo que sea ningún problema.
-Hablando de los colegas jóvenes, no recuerdo quién decía que a sus contemporáneos y a sus menores uno en realidad no los leía, sino que los vigilaba. ¿Usted qué relación tiene con sus contemporáneos, con los menores? ¿Los lee?
-Sí, los leo. Leo bastantes dos primeras páginas. Es raro que siga. Creo que la narrativa, en la Argentina por lo menos, ha caído en un realismo un poco chato, casi costumbrista, costumbrista tecno, pero costumbrista al fin. Hay una chatura tal (y me sucede con muchos jóvenes que se reclaman de mi influencia, de mí como modelo) que, cuando leo lo que escriben, me sorprendo. Ha quedado muy relegada la invención. Hay como más voluntad de testimonio, de estas vidas maravillosas que estamos llevando. Creo que la historia les ha jugado una mala pasada a los novelistas, y es que les ha solucionado muchos problemas. Y una novela sin conflicto... Estos jóvenes de clase media, que son los que escriben, los que van a la Facultad de Letras, hoy día ya no tienen ningún problema, la historia se encargó de solucionarles todo. El problema sexual, por ejemplo: hoy los jóvenes no tienen los problemas que teníamos nosotros. Entonces se inventan. O recurren a la neurosis. A la hipocondría. Y toda esa miseria psicológica a mí me cansa. Yo quedé como enganchado a las novelas de piratas: salgamos al mar a hacer algo, a tener aventuras. Este realismo de barrio elegante, Palermo Soho, no me convence.
-Por ahí decía usted que la realidad la hacían los otros, y que usted estaba ahí mirándola como espectador. Me parece que eso tiene que ver con su apuesta y su fidelidad por la fábula y por la invención, algo que es por lo menos poco practicado.
-Exacto. Lo que pasa es que una fábula, un cuento de hadas, es poco serio. Entonces, para darle seriedad, hay que hacerlo bien. Y ahí me temo que estos jóvenes desconfían un poco de sí mismos. No me voy a largar a meter a un enanito volador en mi novela porque eso lo tendría que hacer muy bien para que funcione, entonces se refieren a la rave, que ya lo tienen más controlado.
-Curiosamente la aventura inventiva se asocia con un espíritu de riesgo.
-Por eso me sorprende que estas novelas de los jóvenes, por lo menos de los jóvenes argentinos, parezcan novelas de senectud. Sin impulso de creación.
-¿Y usted cómo ha sentido el paso del tiempo?
-Me han preguntado, yo mismo me lo he preguntado, si ha habido una evolución. No sé. Creo que se está acentuando la melancolía. Porque para ser sinceros, como decía Felisberto Hernández, noto que cada vez escribo mejor, lástima que cada vez me vaya peor. Uno va mejorando su técnica, pero inevitablemente, si uno es sincero consigo mismo, sabe que se terminó la juventud y hay una melancolía que va creciendo. Creo que la tengo a raya justamente con el juego, con la invención, pero va aflorando. No sé, lo veo desde afuera. Tal vez termine siendo uno de esos viejitos payasos.
-¿Mantener a raya la melancolía es una preocupación?
-No es algo que se presente como una batalla. Es algo que noto. También hay algo de cansancio. Pero estoy seguro de que voy a seguir escribiendo.
-Algo que me llamó mucho la atención fue su pequeña introducción al Diario de la hepatitis. Esa pequeña página..
-Ah, sí, es una página de "nunca más voy a escribir". Creo que era mi etapa Rimbaud. Estaba coqueteando mucho con eso, con el abandono. Dejar de escribir para ver qué pasa. Pero fue un coqueteo, un juego teórico que no llevó a nada. Ahora estoy convencido de que no voy a abandonar nunca. Incluso hasta tengo cierta expectativa: si empiezo a decaer, como es normal que a un hombre entrando en la vejez empiecen a fallarle las cuestiones mentales, ¿qué va a pasar con lo que escribo? Es una curiosidad que estoy sintiendo y que querría experimentar.
-Para hablar de poesía, usted ha tenido relación con grandes poetas, ha escrito sobre Pizarnik.
-Me formé en medio de poetas, y de ahí creo que viene este amor mío por los libros pequeñitos, que a mí me parecen joyas. Y los libros gruesos me parecen un poco groseros, para seguir con la etimología. Como nunca escribí poesía, en cambio escribí novelitas que parecen libros de poesía. La poesía me parece que es el laboratorio de la literatura. Ahí se prueban las innovaciones, los juegos más extremados. En la narración esos juegos pueden servir como modelos para estructuras distintas...
-¿De la poesía qué más le interesa?
-La buena poesía. Uno de los primeros libros que leí en mi adolescencia y que me hizo descubrir algo importante fue Trilce, de César Vallejo. Ese libro me hizo descubrir que la literatura también podía ser enigma. Cuando lo leí por primera vez, a los catorce o quince años, no entendí nada, ni una sola palabra. Y eso me deslumbró. De hecho, pienso que lo que se llama literatura infantil ahora tiene el defecto de que simplifica mucho el vocabulario. Porque a los niños les encanta, los hechiza la palabra que no entienden. Bueno, a mí me pasó con Trilce, que sigue siendo un libro favorito mío y que me mostró cómo la literatura podía ser enigma, misterio. Lo releo por lo menos una vez al año, le doy una relectura a Trilce para refrescar esa maravilla.
-Quisiera volver al escritor como figura pública, al escritor que opina. Hay una ligereza en usted que puede ser bastante sana. Una ligereza que se corresponde en su escritura...
-Eso es lo que siento naturalmente. Creo que la literatura no tiene una función importante en la sociedad. Por otro lado, pienso que la literatura siempre ha sido, es y va a seguir siendo minoritaria, para unos pocos, y que tiene que ser opcional. Hay muchos colegas míos que casi están predicando la obligatoriedad de la literatura. Hacer leer a los jóvenes. Eso no me gusta. En nuestra sociedad todo se va volviendo paulatinamente obligatorio, así que dejemos la literatura como actividad optativa. Que lea el que quiera. El que quiera leer va a tener mucha felicidad en su vida, pero si no quiere leer, también puede ser muy feliz. No soy un evangelista de la lectura. Ahora se ha puesto de moda eso, promover la lectura. Hay hasta fundaciones que se dedican a eso. Yo sospecho que todos los que hacen ese trabajo, y cobran muy buenos sueldos por hacerlo; no leen nunca. Los que sí leemos no somos tan proclives a promover la lectura. Quizá porque hemos aprendido que es la actividad más libre que uno puede hacer.
-¿Qué opinión le merecen los escritores serios, los intelectuales?
-No saben lo que se pierden. No saben cuánta libertad están perdiendo. Yo pienso, y lo he dicho varias veces, que es cada vez más difícil escribir literatura seria hoy. Ha habido todo un proceso, en los últimos cien años, de ironía, de distanciamiento. Hoy, escribir en serio o hablar en serio es ponerse en el borde, en la cornisa de la solemnidad, de la tontería, del lugar común, del patetismo, de la mentira biempensante. Y quizás es un poco triste eso: estamos obligados al chiste.
-De cualquier modo, el escritor, por tener un espacio público, por tener público, tiene una responsabilidad...
-Pero ahí vos lo dijiste bien: por tener público. Porque si quisieran tener lectores, harían un chiste. Y dirían alguna locura.
-¿Usted piensa en sus lectores?
-Sí, creo que todos los escritores tenemos algún lector, alguien que conocemos o hemos conocido. O a veces hasta alguien que nos imaginamos, con quien estamos dialogando. A veces a favor, a veces en contra. He terminado sintiendo mucho cariño sobre todo por los lectores que vienen a contarme una escena de una novela mía, o sobre un personaje de una novela mía. Eso es muy lindo porque siento que algo de lo que yo he escrito ha encarnado. En Francia una estudiante se me acercó a hablarme de esta novela chiquita que publiqué en Era, La Princesa Primavera, que se tradujo al francés. Me decía: "Mi personaje favorito es Arbolito de Navidad, me gusta cuando sale a caminar y se pone tan nervioso". Y lo imitaba. Ahí sentí como que algo se hacía realidad. Esas cosas provocan una gran satisfacción, más que tener el elogio académico, que generalmente está mediado por Derrida, por Foucault...
-Pero su obra es muy solicitada por los departamentos universitarios.
-No, yo me he vuelto un favorito de la academia. Lo he pensado mucho: ¿por qué se escriben tantas tesis sobre mí cuando no se escriben tantas sobre escritores mucho mejores que yo? Yo sé por qué pasa. Yo les estoy sirviendo en bandeja de plata lo que necesitan. Te doy un ejemplo, que lo di el otro día a unos estudiantes en la universidad: en esta novela mía, El congreso de literatura, yo quiero clonar a Carlos Fuentes, necesito una célula de Carlos Fuentes e invento una avispa mecánica con un chip e instrucciones de que vaya y tome la célula. La avispita cumple exactamente y me trae la célula, yo la meto en el clonador y es un desastre. Porque la avispa tomó una célula de la corbata de seda natural de Carlos Fuentes. Ese episodio lo toma un profesor de narratología y ahí lo tiene todo servido en bandeja, dónde empieza y dónde termina un cuerpo, ¿la persona social es parte de la persona biológica? Lo tiene todo servido en bandeja por esa estructura de dibujo animado, de cómic, en la que yo se lo estoy dando. Es decir, para aplicar los conceptos de Deleuze a Kafka hay que ser Deleuze; para aplicar los conceptos de Deleuze a mí es facilísimo. Creo que ahí está la clave: utilizar esos mecanismos sugerentes pero en términos de cultura plebeya. Seguro, lo tengo bien estudiado.
-¿Se puede afirmar que usted no es ajeno a la teoría?
-Leí mucha, porque en mi juventud, en los años sesenta, setenta, estaba muy de moda. Había una gran explosión del estructuralismo, del posestructuralismo, la lectura de Barthes, Lévi-Strauss, todo ese mundo. La revista Tel Quel era mi Biblia, después me fui alejando naturalmente de eso. Pero sigo leyendo mucho de psicoanálisis. Freud sigue siendo una de mis lecturas favoritas. Y mucha filosofía también. Aunque la filosofía la tomo a lo Borges, como una rama de la literatura fantástica.
-Le quería preguntar por el centralismo de la cultura argentina.
-Me fui a Buenos Aires a los dieciocho años con la excusa de estudiar abogacía, qué mal mentiroso fui. La Argentina es un país muy centralizado, todo pasa en Buenos Aires y muy poco en el interior. Lamentablemente. Con la excepción de la ciudad de Rosario, que tiene una vida cultural muy rica, pero no es Buenos Aires; además está muy cerca.
-¿A usted le preocupa esa centralización?
-No, no. De cualquier manera yo vivo en Buenos Aires, así que estoy aprovechando las ventajas del centro. Vuelvo dos o tres veces por año a Pringles, a mi pueblo. Lo que noto en los pueblos del interior, en Pringles como en otros, es la queja de la gente que tiene alguna inquietud cultural de que no pasa nada, de que no hay nada y es que todas las iniciativas culturales que se hacen ahí terminan fallando, terminan disgregándose en algo muy pedestre, muy primitivo, que no dan ganas de seguir. Hay algo que nunca hacen y que los llevaría de un solo salto a lo más alto que puede tener la cultura, que es leer. Eso me parece. Organizan teatro, música, clubes, hasta de literatura, y comentan novelas de Rosa Montero. ¿Por qué no agarran buenos libros?
-Otra vez el asunto de la obligatoriedad de la cultura...
-Totalmente. Es que yo creo que la palabra cultura tiene varias acepciones: la institucional, la antropológica, y la acepción que corresponde a cuando uno dice que fulano es un hombre culto, y se remite a una sola cosa, a leer libros. Todo lo demás, la televisión, el cine, el teatro, con todo lo bueno que tienen, no suplen el libro. Y el libro sí suple todo lo demás. Un hombre culto es un hombre que lee libros y no hay otra. Si no lee libros, no es culto, por más que sea ministro de Cultura.
-En cuanto a la relación del escritor y el poder, aquí en México hay programas gubernamentales que becan a los creadores nacionales...
-En la Argentina por suerte nunca pasó. Desde que existe la Argentina, los escritores han vivido de su trabajo. Eso no sólo les da una independencia respecto del poder, sino que les da también un sentido de la realidad, les da garra. Me parece que un escritor subsidiado es un escritor lavado. No por sumisión al poder, que también los hay, sino que se pierde el sentido de la realidad. En la Argentina muchos de mis colegas están poniendo a México como el ejemplo que se debería seguir, pero a mí no me parece tan bueno. No que tenga nada contra México y la riquísima literatura mexicana, pero eso me parece peligroso.
-¿Y qué escritores mexicanos cuenta entre sus influencias, entre sus lecturas tempranas?
-Lecturas tempranas no tanto, quizá Payno, Azuela. Los de abajo fue una lectura de adolescencia que me gustó; ahí sí hay garra, hay fuerza, hay un sentido de la realidad. Mis novelas de la revolución favoritas pasaron a ser otras, más del tipo dibujo animado: Se llevaron el cañón para Bachimba, de Rafael F. Muñoz, o Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia. Y después, estudiándola más, porque soy un lector ordenado, orgánico, descubrí a mis escritores mexicanos favoritos a la fecha, sobre todo Gerardo Deniz, al que leo y releo. Es un poeta enigma. Quizás hasta más que Trilce de Vallejo. Y Elena Garro, que la adoro. Me parece que como escritora es genial, una de esas que aparecen una vez cada cien años. Creo que es la más grande novelista del siglo XX.
-¿Por su propensión a la fantasía?
-Sí, y por otros motivos, por su biografía. Su vida estuvo un poco demasiado cerca de la obra y eso es peligroso, pero en el caso de ella, por una alquimia especial, ese odio, ese resentimiento, resultó en obras maestras como Inés o Mi hermanita Magdalena o Reencuentro de personajes o Y Matarazo no llamó. Joyas, novelas maravillosas. Qué lástima que se murió y dejaron de aparecer libros de Elena Garro. Estoy esperando una buena biografía. Me decía un amigo, Marcelo Uribe, y me lo han dicho otros también, que lamentablemente México no tiene una gran tradición de biografías de escritores. La Argentina tampoco, en eso estamos iguales, y es lamentable. Porque una biografía le sirve mucho al lector. Ordena las lecturas, pone en perspectiva. Los países que tienen gran tradición de lectura, como Inglaterra, tienen también una gran tradición de biografías. Es una pena y es bastante sorprendente que, habiendo tanta gente becada en las universidades, no hagan ese tipo de investigaciones. Aunque sea de vez en cuando, uno de cada cien que escriba una biografía. No puede ser que grandes escritores no tengan su biografía.
© LETRAS LIBRES, noviembre de 2009 .
Por Pablo Duarte México D. F., 2009