Después el hotel Europa y esa ducha que corona los viajes con un largo monólogo de jabón y de silencio. Solamente que a las siete cuando ya era hora de caminar por San José y ver si era sencillo y parejito como me habían dicho, una mano se me prendió del saco y detrás estaba Ernesto Cardenal y qué abrazo, poeta, qué bueno que estuvieras ahí después del encuentro en Roma, de tantos encuentros sobre el papel a lo largo de años. Siempre me sorprende, siempre me conmueve que alguien como Ernesto venga a verme y a buscarme, vos dirás que hiervo de falsa modestia pero decilo nomás viejo, el chacal aúlla pero el ómnibus pasa, siempre seré un aficionado, alguien que desde abajo quiere tanto a algunos que un día resulta que también lo quieren, son cosas que me superan, mejor pasamos a la otra línea.
La otra línea era que Ernesto sabía que yo llegaba a Costa Rica y dale, de su isla se había venido en avión porque el pajarito que le lleva las noticias lo tenía informado de que los ticas me planeaban un viaje a Solentiname y a él le parecía irresistible la idea de venir a buscarme, con lo cual dos días después Sergio y Óscar y Ernesto y yo colmábamos la demasiado colmable capacidad de una avioneta Piper Aztec.
Extracto del documental Solentiname.
Tomás Borge no solamente nos había enviado un avión, sino que nos recibió en su casa para alojarnos junto a él y su esposa Josefina, y por su parte Ernesto Cardenal nos esperaba en el Ministerio de Cultura para ponerme bajo las narices un considerable plan de trabajo (que discutí con la energía necesaria hasta reducirlo a proporciones humanas). Me alegro de que las cosas hayan ocurrido así, pues de la amistosa rivalidad de dos ministros —sin hablar de un tercero, Sergio Ramírez—nació una semana en la que no solamente hubo contactos culturales, sino una cercanía inmediata con las masas de trabajadores de la ciudad y del campo (...).
El poeta Cardenal (casi todo el mundo le dice «padre») no ha renunciado a su sempiterna boina y a su camisa blanca; el mismo que secretamente me desembarcó una noche en su comunidad de Solentiname me recibe ahora en su despacho del Ministerio de Cultura donde la gente entra y sale y discute y se concierta o se desconcierta según el momento, donde hay libros y carpetas por todos lados, colaboradores que luchan con los teléfonos y por supuesto con planes, encuentros, conferencias, mesas redondas, proyectos de ediciones y muy poco dinero para hacer todo eso (...).
Después nos vamos, a caballo a Solentiname, quiero decir que cruzamos el inmenso lago en una panga qué galopa sobre un oleaje duro y solapado, nos obliga a sujetarnos y a buscar instintivamente estribos y riendas para no saltar tanto. Y allí está el archipiélago donde la isla que abrigó la comunidad de Ernesto Cardenal va a mostrarnos las huellas del vandalismo somocista, el taller de artesanía quemado, las cabañas saqueadas. Todo está en reconstrucción, blanco y dulce como en las pinturas que ya todo el mundo conoce; la iglesia no fue tocada y las deliciosas decoraciones infantiles de los muros brillan con todos los colores de sus peces, gallinas, chozas, caimanes y avioncitos. En abril volverá Cardenal a la casa que le están terminando, la de huéspedes funciona ya, almorzamos largamente con los amigos y vemos crecer el lago bajo un viento que pone en peligro el retorno. ¿Pero quién tiene ganas de retornar?
Centenario del autor de “Rayuela”. Una lectura de “Los autonautas de la cosmopista”, singular viaje por los recreos de la ruta central francesa.
por Matilde Sanchez
La celebración cortazariana, que comenzó en 2013 con los cincuenta años de la novela Rayuela, parece no haber reparado en Los autonautas de la cosmopista , precursor en unos recursos narrativos, ya no solo literarios, que de modo subrepticio fueron infiltrándose desde su edición, en 1983, y que podemos ver hoy en los nuevos modos de lectura. Este libro de viajes hecho a cuatro manos y dos pares de ojos –escrito y fotografiado por el escritor y su mujer, Carol Dunlop– fue juzgado menor, quizá una especie de retroceso en el camino biográfico de compromiso ideológico, que poco antes los encontraba a ambos instalados en Nicaragua. ¿Cómo explicar que la pareja, que cumplía tareas de activismo y difusión pro-sandinista, se lanzara a este viaje “atemporal” por la autopista París-Marsella? Los protocolos de este antiviaje patafísico, como lo definió él mismo, y otros numerosos detalles evocan lo que hoy es el modelo básico del relato autorreferencial en las redes sociales hoy y la lectura de hipertextos. Propongo releer Los autonautas como el primer blog.
Ideada para alcanzar en el menor tiempo el sitio de veraneo o trabajo, la autopista es empleada por nuestros viajeros en el sentido contrario: para abolir el tránsito al convertir la carretera en expedición gozosa. Una autopista, por definición, ofrece la antítesis del punto panorámico, los famosos “picture sites” que jalonan los hitos turísticos. En la autopista el panorama es una broma; lo que está en primer plano es la sensación de movimiento. A fines de 1982, poco después de que muriera su compañera y co-equiper, casi dos años antes de su propio final, Cortázar escribe la doliente carta del postfacio, sobre la muerte de la Osita viajera. Esa carta se integra al viaje a la manera de una metáfora mayor: vida, juego y muerte. Uno de los antecedentes directos de este uso de la primera persona es Apocalipsis en Solentiname, con su borramiento de límites entre ficción y no-ficción.
Los autonautas va más allá y aplica la prosa documental, al travelog , o diario de viajes.
El Cortázar explorador del espacio, en su segunda patria y luego del mundo, fue lector y “editor imaginario” de guías turísticas; por eso fue quizá el primero en percibir los rasgos de los no-lugares, que luego desarrollaría Marc Augé. Las famosas Michelin y Baedecker, en rigor pequeños compendios de saberes abreviados con criterio enciclopédico, diferían mucho de las actuales guías visuales. A imitación de aquellas, pero con todos los giros de la primera persona y el primer plano, Cortázar formula aquí un hipertexto de palabras e imágenes. Existía otro antecedente, su Prosa del observatorio, de 1972, en el que narra su visita al observatorio de Jaipur, en India.
Pero quizá el principal hallazgo fue su empleo de la foto a los fines de documentar la intimidad -sin privarse del toque narcisista, reforzado por el particular empleo de la primera persona, anticipando lo que dio en llamarse “giro autobiográfico” de la novela.
Los autonautas entrenaron el ojo del lector para saltar del texto a la foto combinando ambas normas. Luego el cuentista alemán W. Sebald llevaría este procedimiento al rango de obra maestra en toda su narrativa.
Remontémonos a la sorpresa que producían esas fotos: algunas eran privadas, casi infantiles, sólo podían decir algo a sus protagonistas. Otras recuerdan los artículos de esas revistas ilustradas en las que el escritor era un héroe cultural. Fotos de pareja sin paisaje, implantadas en el relato, reenviaban a los croquis. Otras, sobre todo las del vehículo, el dragón Fafner, podrían haberse considerado descarte de un rollo y, por lo tanto, eran las que mejor revelaban su condición amateur -debido a la luz, el encuadre o la espontaneidad, pasaban por low tech .
Sobremodernidad de Cortázar, digamos siguiendo al propio Augé, quien conquista “su derecho al anonimato después de haber aportado la prueba de su identidad”. Recordemos que por esos meses luchaba por mantener el plan de la Cosmopista pese a las solicitudes acordes a su persona pública, que lo requerían en tal o cual sitio. A cambio de ellos, él optaba por esta pequeña épica personal del veraneante. El narrador eleva un chiste a categoría de autobiografía, de obra común, para convocar cuántos más seguidores se pueda (¿hoy hablaríamos de likes ?). Como las ganancias del libro serían destinadas a la solidaridad nicaragüense, la donación justificaba el derecho al juego, un descanso sólo aparente de la gesta latinoamericana.
Quien cuenta este viaje es un corresponsal metódico y privado de postales (su muy valiosa correspondencia reemplaza las memorias), al punto de que suele fabricarlas con las fotos a mano, sólo que llegarán con mucho atraso y cuando ya no esté Carol.
Los Autonautas se presenta como una crónica de no-ficción y el género epistolar lo recorre en forma de cartas ficcionales -enviadas a un tal Eusebio, atribuidas a una observadora de la pareja patafísica. Y vuelve a presuponer el singular tiempo de la correspondencia al afirmar que cuando el libro llegue a sus manos, “para el lector será presente algo que es nuestro largo pasado”. El libro indaga en la brecha entre el tiempo del autor y el del lector, propia del género epistolar -¿no es eso lo que solucionó Internet? Claro que Cortázar no podía imaginar las redes ni el blog. Pero captaba con intensidad moderna los desafíos de una época que había visto por TV la llegada del hombre a la luna: la velocidad del transporte, ergo, de la transmisión de datos, el obstáculo anacrónico de las fronteras en un mundo dividido.
Bajo esta ansiedad por el tiempo real, propia del blog, podemos leer la autoficción, las diarias hojas de ruta con el detalle de lo que han comido, las alusiones al régimen erótico de los camioneros y también -esto es más importante- el régimen que impera en la Volkswagen, al caer la toalla que cubre el parabrisas de las miradas fisgonas. Allí están Julio y Carol en sus juegos, somos convocados a pispear en el recreo de la autopista.
Los Autonautas es una parodia; se la ve funcionar por contacto, lo contagia todo. La flora del territorio se encuentra reptando por un pantalón, alegre gusano, o representada en el hule de las reposeras, los “horrores floridos”. Los bosquecitos adyacentes al asfalto son remedos de postales. El código paródico se extiende al epígrafe de la foto de un bosque: “Proyecto de afiche turístico de Parkinglandia”. ¿No es así cómo podríamos definir hoy la propaganda de un parque temático sobre, precisamente, un no-lugar?, en sí mismo una puesta en abismo del concepto de Marc Augé. Todo no-lugar deja de serlo cuando es habitado -véanse las semejanzas entre los viajeros de la carretera París-Marsella y los varados de La autopista del sur . Comparando su periplo con los viajes de circunvalación, los autonautas se inspiran en las listas de los diarios del capitan Cook para las vituallas. El viaje también sugiere a Carol circuitos interplanetarios: Fafner es la nostálgica nave en un globo donde ya ni los polos son desconocidos. El mundo se ha vuelto un barrio demasiado próximo y autorreferencial del que hay que huir antes de que lleguen los turistas.
Fragmento leído en las Jornadas de la Cátedra Julio Cortázar, de la Universidad de Guadalajara, en el homenaje de abril en Buenos Aires.
Solamente una vez en su vida, que yo sepa, se topó Julio Cortázar de veras con un vampiro –uno de carne y hueso, y no un espectro de tantos que poblaban su ficción–. Si invoco hoy ese encuentro de ultratumba, a cien años de su nacimiento y treinta de su muerte, se debe a que permite, entre demasiados recuerdos posibles, explorar de una manera singular su continua permanencia entre nosotros, con una singularidad que –se me ocurre– podría haberle gustado.
Tal cruce verídico pero inverosímil con una hija o hermana (¿o sería la esposa?) de Drácula ocurrió en mayo de 1979 durante un foro de solidaridad con Chile llevado a cabo en Torún, una ciudad polaca que, como no cesaban de repetirlo los anfitriones, era el lugar donde había visto la luz del día el sabio Nicolás Copérnico.
La segunda mañana de nuestra estadía estaba programada una visita a la catedral en el centro de la ciudad. Julio y yo nos sentamos en la parte de atrás mientras los demás participantes en el foro se adelantaron hacia el altar. El sitio religioso nos hizo rememorar una jornada parisina cuando, hacía un par de años, el Gran Cronopio me había invitado, junto a mi mujer Angélica, a ver la Saint Chapelle. “Acá los espero, Ariel”, me urgió por teléfono, con esa “r” tan francesa que nunca pudo soslayar. “El sol está perfecto para gozar de los más bellos vitraux del mundo.”
Natural, entonces, que en Torún levantáramos la vista al unísono hacia el techo y allá, entre los querubines y los santos, se asomaba la indesmentible cabeza pintada de... ¡una vampiresa! Una mujer vetusta y dientuda, con ojos hundidos y hambrientos, mirándonos en forma devoradora desde las alturas. Después de unos minutos pasmados, salimos a la peatonal de Torún y nos pusimos a caminar en silencio, rumiando sobre esa visión siniestra, espejo quizá de nuestros propios demonios.
Era como si la malignidad que veníamos a Torún a denunciar, la dictadura de Pinochet, hiciera su aparición hasta en la lejanía de Polonia. Por mi parte, mi ansiedad se multiplicaba por un sentimiento de culpa: mientras yo acudía durante unos días a este foro cultural que después de todo no era tan importante, mi mujer quedaba atrás en el solitario exilio de Amsterdam con nuestro hijo recién nacido.
En medio de esos pensamientos sombríos, miré de pronto hacia el tercer piso de una antigua casa que daba sobre la calle y, sin decir nada, le tiré de la manga a Julio y él siguió mi mirada y... ahí, inspeccionando (diríase seleccionando) a los transeúntes, había una vieja polaca QUE ERA ABSOLUTAMENTE IDENTICA a la vampiresa que acabábamos de divisar en la catedral. Ella no nos vio, por suerte, estaba demasiado absorta en otras víctimas, y sus ojos eran como carbones y estaba como muerta y cenicienta. Nos escondimos en el umbral de una farmacia para poder observarla con detenimiento, aunque no por mucho tiempo, porque los escalofríos nos señalaban que era mejor partir antes de que ella se fijara en nuestros cuerpos, nuestros cuellos vulnerables.
Una vez fuera del alcance de la matrona de los largos dientes y ojos enfurecidos, Julio y yo, como si fuéramos personajes atrapados en la surrealidad de algún cuento cortazariano, desmenuzamos la “coincidencia” con nerviosa facilidad: la tartartarísima abuela de la siniestra mujer del presente polaco había servido de modelo para el pintor del Medioevo de Torún, así de simple. Pero ninguno de los dos presumíamos que tal encarnación se debía de veras a un mero traspaso de genes. Aquella vieja ERA LA MISMA que habíamos percibido en el cielo de la catedral, ella seguía pasándose los labios por la boca (¡no exagero!) y robándose las almas oriundas y extranjeras que deambulaban por Torún. Ahora entendíamos por qué Copérnico había huido de su ciudad natal. Para que la veterana aquella no lo dejara como globo desinflado, no le absorbiera toda la sangre celestial y terrestre y astral. Quizás el buen Nicolás había inventado su ciencia precisamente como antídoto a los misterios herméticos con que creció, las leyendas que escuchó de niño, una manera de conjurar el oscurantismo, ayudando a inaugurar una modernidad donde aquella vampiresa no tenía cabida.
Pero Julio sabía –y vaya si lo escribió una y otra vez– que los fantasmas y los sueños, todo lo que es marginal y subconsciente y bárbaro, tienen un modo de rondarnos, de tomar su venganza cuando menos lo esperamos, desafiando la racionalidad occidental y las sociedades y acuerdos que ha construido. Y he aquí que tal situación se incorporaba frente a los ojos del mismo Cortázar, no en su ficción, sino que en las calles de Torún, calles que justamente había pisado Copérnico, calles donde una mujer fantasmagórica y duplicada nos llevaba a preguntarnos por otro registro de lo real. Qué privilegio: asistir a un momento en que un gran escritor tropezaba cara a cara con las fuentes de su creatividad, lo que siempre le fascinó a él y aterrorizó a sus personajes.
A medida en que nos alejábamos de aquella mirada voraz, nos permitimos bromear un poco, preguntándonos cuál de los dos sería su víctima predilecta, dada la tradicional preferencia de los vampiros por la sangre más fresca y nueva.
–Vos sos más joven, pero por ahí ella se confunde y cree que el hermano menor soy yo –dijo Cortázar con su habitual sentido del humor, refiriéndose a que, pese a llevarme casi treinta años, lucía un aspecto de eterno adolescente, debido a su condición de acromegalia.
–Pero lo que no adivina aquella augusta dama –agregó Julio– es que de hecho soy tu hermano mayor y me toca protegerte.
No era la primera vez que Julio me anunciaba tal hermandad, si bien a veces invocaba a Poe y su personaje William Wilson para tildarnos de dobles, doppelgangers, y otras veces me llamaba gran monstruo, lo que para él era una fórmula cariñosa.
Lo cierto es que habíamos fraternizado, Julio y yo, desde la primera vez que se habían cruzado nuestros caminos, cuando él voló a Chile en noviembre de 1970 para asistir a la inauguración de Salvador Allende como el primer presidente de Chile, y de la historia, que pretendía construir el socialismo con medios democráticos. ¡Qué regalo para tantos jóvenes en nuestro país! No sólo se abría una nueva era de justicia, sino que nuestro máximo héroe literario venía en apoyo de nuestra revolución pacífica. El autor de Rayuela, nada menos, el texto fundacional de mi generación, cuyo asalto desfachatado y travieso a las categorías literarias constituía un acicate estético para la liberación social que soñábamos para el continente entero.
Por cierto que, con su acostumbrada generosidad, Julio se pagó su propio pasaje en esa primera venida, como lo haría de nuevo en marzo de 1973. Para esta segunda visita ya habíamos establecido una relación tan cercana que aceptó cenar en casa un par de veces con su amiga Ugné Karvelis. Después, ya en el exilio, nos alegraríamos mucho de que Angélica pudiera agasajar a estos amigos con tantos platos sabrosos, ellos que nos recibirían en París cuando habíamos perdido nuestro casa y nuestro país y nuestra libertad, Julio que se convirtió, como me lo reiteraría en Polonia, en mi protector, y también en un hermano mayor para Angélica y los chicos, dándonos siempre ternura y amparo.
Incluso después de muerto. Hace tres décadas que se nos fue, pero yo, que no creo en Dios, lo siento presente, lo siento hablándome, sonriéndonos, susurrando consejos desde el otro lado de la existencia. Trato de no adornar el asunto. Cortázar desconfiaba de los homenajes, de la solemnidad, de la sentimentalidad fácil, de manera que quisiera ser circunspecto en esta celebración de su centenario. Quisiera, pero no lo logro. De todos los seres que he conocido en mi vida, Julio fue uno de los pocos que puedo llamar, sin sonrojarme, un ángel.
Y si me hechiza tanto esta historia del encuentro con la vampiresa es porque si ella pudo persistir más allá de la muerte, si ella anda por ahí todavía buscando víctimas y cuerpos inocentes que violar, ¿por qué no Julio, ese ser angelical, quién nos dice que él no está acá cerca, no sólo en su literatura, no sólo en los recuerdos de los que quedamos y que nos vamos apagando, quién nos puede jurar que Cortázar no sigue mirándonos desde alguna cercana bóveda y que lo seguirá haciendo por los siglos de los siglos, amén?
Test Qué es un antipoeta: un comerciante en urnas y ataúdes? un sacerdote que no cree en nada? un general que duda de sí mismo? un vagabundo que se ríe de todo hasta de la vejez y de la muerte? un interlocutor de mal carácter? un bailarín al borde del abismo? un narciso que ama a todo el mundo? un bromista sangriento deliberadamente miserable? un poeta que duerme en una silla? un alquimista de los tiempos modernos? un revolucionario de bolsillo? un pequeño burgués? un charlatán?
un dios?
un inocente?
un aldeano de Santiago de Chile? Subraye la frase que considere correcta.
Qué es la antipoesía: un temporal en una taza de té? una mancha de nieve en una roca? un azafate lleno de excrementos humanos como lo cree el padre Salvatierra? unespejo que dice la verdad? un bofetón al rostro del Presidente de la Sociedad de Escritores? (Dios lo tenga en su santo reino) una advertencia a los poetas jóvenes? un ataúd a chorro? un ataúd a fuerza centrífuga? un ataúd a gas de parafina? una capilla ardiente sin difunto?
Marque con una cruz la definición que considere correcta.
Crítica. “Temporal”, perdido durante 25 años y Recién editado, hoy es leído como un acontecimiento.
por Alvaro Bisama
Sincronía: en el mismo momento en que se descubre una veintena de poemas inéditos de Pablo Neruda, se publica un poemario perdido de Nicanor Parra. Sabemos qué pasó en ambos casos. Sabemos que en las cajas con los manuscritos del autor de Crepusculario , Darío Oses se encontró con textos que no pertenecían a ningún libro y que estaban rigurosamente inéditos. Sabemos que fue un hallazgo el hecho de que en una conversación grabada con René Costa, Adán Méndez descubrió que ahí Parra leía completo un libro que se presumía perdido: Temporal , un libro sobre las catástrofes naturales de 1987 y cómo los chilenos lidiaban con ellas. Sabemos también que, en cualquier caso, ambos descubrimientos eran sorprendentemente venturosos, dadas las efemérides (los 110 años del nacimiento de Neruda y los cien años de Parra). Por supuesto, también sabemos que una distancia gigantesca media entre ambos hallazgos: mientras que una colección de poemas inéditos de Neruda parece una excentricidad, un tomo completo de Parra puede ser leído como un acontecimiento.
Temporal es una obra feroz, un ejercicio de literatura política construida como una especie de síntesis de lo que sucedió en el invierno de aquel año, de tal modo que aquella poesía puede funcionar como una crónica de época. Anota Parra: “Los comunistas tienen la palabra/ los extremistas tienen la palabra/ Sursum corda/ los degollados tienen la palabra”.
De este modo, lo que está en el poemario es la voz de Parra, su deseo de fundirse con un registro más amplio, de desaparecer en una corriente mayor, que es la del colectivo. Antes, el poeta se había apropiado de registros como el del Cristo de Elqui, que era un disfraz hecho de puro caos y sabotaje, una piel hecha de otras pieles. La parodia descansaba en el silencio, en la condición ominosa de una voz lanzada hacia delante, perdida en el territorio. Ahora mismo, en Temporal , cualquier trampa ha desaparecido. En Temporal , la voz de Parra aparece desnuda: cuando todos los disfraces han caído, la lengua se presenta como una catástrofe natural. “No debería desbordarse el Mapocho/ Tajamares a diestra y siniestra/ Muros de contención y terraplenes/ Excavaciones de profundidad/ Es un error culpar a las autoridades/ Hemos hecho todo lo que se puede hacer/ En un país misérrimo como éste”. El gesto es lo que el autor llama el registro del “lenguaje de la tribu”: vaivenes exactos de un mundo colapsado devueltos como una literatura hecha de rabia y escombros.
Habría que preguntarse qué significa Temporal ahora mismo: la vuelta a los ochenta no es un acto de moda vintage sino la percepción de una violencia que se despliega sobre el territorio, que cambia el paisaje. Los ochenta, esa década que por alguna razón se ha vuelto un mito fundacional de nuestro presente, aparece acá despojada de cualquier nostalgia, devuelta con una claridad que resulta insoportable. Esa nitidez siempre le ha interesado a Parra, aunque yazga en ella el riesgo de una violencia sin remisión, apenas atenuada por un humor, en el fondo, agrio. De hecho, lo más radical de sus Artefactos , por ejemplo, es justamente el hecho de que es la violencia verbal de ese humor la que termina arrasando el sentido de lo que refiere. Por lo mismo, la poesía en Parra es un golpe de genio, pero también una iluminación oscura. En el caso de Temporal , aquello se convierte en pura precisión. Despojado de retórica, el poema se vuelve una naturaleza muerta, una colección de escombros, el racconto de lo que sucede cuando se deambula por un lugar inhabitable.
Así, gracias a la capacidad de registrar las grietas en el lenguaje, en Temporal la costra de cualquier lugar común cede y aparece una poesía en carne viva, la fotografía de un país descrito a medio camino entre la catástrofe y el abatimiento, una clase de paisaje disonante que siempre le ha interesado al autor. De hecho, quizás la añeja exigencia de una novela sobre la dictadura termina de zanjarse con este libro encontrado y con la sugerencia de que fue la poesía chilena la que terminó haciéndose cargo de esa obra imposible, con nombres disímiles como Lira, Lihn, Zurita o Elvira Hernández.
Leer Temporal es confrontar ese espectáculo complejo y devastador, pero también quizás la sugerencia de cómo comprender a Parra en su centenario. Por lo mismo, Temporaladquiere valor en la medida que nos hace preguntarnos de nuevo quién es y qué significa para nosotros. Ahí, toda su literatura puede ser leída como una colección de anotaciones sobre un mapa vivo de Chile, el mapa extraño de un territorio siempre cambiante. Entregándose a la confusión y despreciando toda etnografía, en Temporal se reafirma como testigo perplejo y violento de nuestro siglo; de algo que sólo puede descifrar por medio del arte, acaso una comedia horrorosa y desconcertante.
Abelardo Castillo: "El escritor es alguien que se toma la literatura en serio, pero no a sí mismo"
por Hugo Beccacece
En estos días, Abelardo Castillo publica el primer volumen de sus Diarios (Alfaguara), que va de 1954 a 1991. ¿Qué lector argentino puede quedar indiferente ante esa noticia? Castillo es uno de los escritores nacionales más importantes, que abordó todos los géneros: poesía, ensayo, cuento, novela y ahora los diarios. Se trata de un testigo de excepción. Él subraya la distinción entre los diarios y las memorias. En el diario, uno escribe lo que pasa en el momento, aunque lo haga después de un lapso relativamente breve, y lo hace para sí mismo, sin pensar demasiado en la publicación. Se trata de anotaciones en las que, a menudo, falta la continuidad del relato. A diferencia de las memorias, los diarios no están escritos en lo alto de una cima desde donde se contempla el pasado. En ellos, lo que se anota está visto desde la llanura de la actualidad. Hay grandes omisiones. También las hay en las memorias, pero éstas son deliberadas y responden a un plan literario y vital.
Castillo nació en 1935. Pertenece a una generación en la que el compromiso político y el literario estaban muy unidos. Como todo joven de inclinaciones progresistas, leyó a Marx, a Engels, a Lenin. Fue y es socialista, nunca fue comunista, nunca fue peronista, siempre mantuvo una actitud independiente desde el punto de vista político. Fundó tres revistas que reunieron a varios de los escritores más notables de las generaciones posteriores a la caída del peronismo en 1955 y que debieron soportar las dictaduras militares: El grillo de papel, El escarabajo de oro, y El ornitorrinco(bajo el Proceso) Sin embargo, Castillo siempre separó el valor literario de un texto de ficción o de poesía del contenido ideológico. El compromiso de un escritor de ficción o de un poeta se revela en sus actos, no se despliega en su obra, según él. Esa actitud lo enfrentó a David Viñas en una célebre polémica que Castillo reproduce en una de las secciones del diario. La ideología, las reivindicaciones, la justicia no hacen para él la bondad de un libro. Los autores argentinos que admira son Borges, Bioy Casares, Leopoldo Marechal (al que lo une un gran afecto), pero también Manuel Mujica Lainez, a quien considera uno de los grandes escritores nacionales injustamente relegados. La relación conflictiva que tuvo con Ernesto Sabato aparece en los Diarios casi como un folletín por entregas. Quizás a nadie le dedica tanto espacio.
Tan interesado en la literatura como en la filosofía y la justicia social, Castillo se formó bajo la influencia de Jean-Paul Sartre (sobre todo) y de Albert Camus. La obra literaria del autor de Crónica de un iniciado responde a los intereses variados y a la vida, por momentos turbulenta, del escritor. Desde muy chico, leía con voracidad. Su pasión de lector es equivalente en intensidad a su pasión de ajedrecista. En los Diarios, las reflexiones sobre Hesse, Platón, Aristóteles y Nietzsche alternan con la preocupación por los torneos de ajedrez. Tampoco hay que olvidar que practicaba boxeo, que tuvo grandes amores, salpimentados con numerosas aventuras, y que alcanzó un reconocimiento considerable cuando aún no había cumplido los treinta años. Desde muy temprano, estuvo nimbado por un halo de líder literario; un papel que se consolidó cuando se puso al frente de las revistas ya mencionadas. El éxito extraordinario que obtuvo en teatro con Israfel hizo de él un autor popular y le dio cierta fugaz holgura económica.
Las entradas de los primeros años de los Diarios, cuando vivía en San Pedro, son casi una novela de iniciación, la del precoz escritor de provincias que termina por irse a Buenos Aires en busca de un mundo más amplio y más libre. Esas primeras anotaciones fueron realizadas en una serie de cuadernos manuscritos. En 1992, Castillo empezó a llevar el diario en la computadora.
La principal preocupación de los Diarios es la literatura y la filosofía. Abundan los balances que hace Castillo de su propia obra, las entradas sobre las mujeres que amó y sobre sus amigos. Apenas si dedica algunos pasajes a su servicio militar que, sin embargo, lo marcó. En cuanto a la política, de un modo deliberado, asoma poco en estas páginas, aunque hay una larga entrada consagrada al Cordobazo y otras que se ocupan del Proceso y de la guerra de Las Malvinas. La política y la violencia se cuelan sobre todo en los silencios y en los sobreentendidos: como ocurrió siempre en la literatura argentina.
Abelardo Castillo, en su casa, con los primeros cuadernos en que fue registrando sus diarios. Foto: MARTIN FELIPE / AFV
-Conservaste los cuadernos de tus diarios durante muchos años. ¿Los escribiste pensando en publicarlos en algún momento?
-Nunca pensé en publicarlos hasta hace cuatro o cinco años. Un día, me puse a leerlos y se me ocurrió que les podían servir a chicos y a gente que escriben. Hablé con Julia Saltzman, de Alfaguara, se llevó los cuadernos para leerlos y, una vez que lo hizo, me dijo que los quería publicar de inmediato. Van a ser dos volúmenes. Llegaremos hasta 2006. Tuve que hacer la transcripción de los primeros cuadernos, manuscritos, a la computadora. Hay muchas cosas que están en el diario, pero que sólo yo sé a qué se refieren. Están escritas en una especie de código. Me acuerdo muy bien de qué designo en ese código e incluso podría detectar páginas enteras que he escrito en absoluto estado de ebriedad. Sin embargo, mi borrachera no se nota. También pude detectar mi malicia en todas esas entradas, porque casi no hablo del alcohol. Y yo era muy alcohólico. No hace mucho, estaba hablando con Sylvia (Iparraguirre), mi mujer, y ella me dijo: "Encontré una descripción muy linda de una ardilla en tus cuadernos". Y no era una ardilla, era una chica, a la que yo no podía nombrar. La convertí en una ardilla. Una metamorfosis. Anotaba cierto tipo de cosas y las mezclaba en el diario con ficciones y con poemas. A los poemas, los eliminé. Por supuesto, algún día voy a publicarlos. Ese libro de poemas se llamará La fiesta secreta, porque la poesía fue para mí mi fiesta secreta. Empecé a escribir los Diarios en San Pedro. No tenía 18 años. Esas entradas, las cartas que escribí a mis novias, sobre todo a Bettina, mi primera compañera, son mi taller de escritor.
-A Bettina, no la mencionás con nombre y apellido. ¿Por qué?
-Porque está viva, es madre de hijos. Ignoro si los hijos saben que ella fue un gran amor en mi vida. Además, nadie sabe lo que siente el otro. Yo describo nuestra relación como si fuéramos la parejita ideal. Y no sé si fue así. He vivido desde la adolescencia en un mundo personal imaginario. Para mí, lo que llamamos realidad no es lo que sucede, sino muchas veces la interpretación posterior de lo que ha sucedido. A veces, he comparado estos Diarios con otros. Por ejemplo, traté de leer el diario de Thomas Mann, pero no terminé esa lectura porque me pareció que no me iba a gustar y yo tengo una gran veneración por el Thomas Mann de La montaña mágica, del Doktor Faustus, de las Confesiones del estafador Felix Krull. Esa última novela es un ejemplo de lo que debe ser un escritor. Es una de las primeras que escribe, pero la última que publica, después de haber compuesto nada menos que Doktor Faustus, una de las obras fundamentales del siglo XX. Termina su producción con Felix Krull, esa especie de ópera bufa, divertidísima, con una alegría y una juventud increíbles. En los Diarios, hay una frase dirigida a Ernesto Sabato, pero en la que no lo menciono. Digo que existe una frivolidad de la pasión que es el énfasis. Sabato era enfático. Para mí, el escritor es alguien que se toma la literatura en serio, pero que no se toma a sí mismo en serio.
-Algo que llama la atención es que desde el principio de los Diarios, te observás, te estudiás y te retratás escribiendo el diario, preguntándote la legitimidad de escribirlo, cuestionándote si la sinceridad es posible en ese género. Parece la actitud de un creyente católico que va a confesarse y teme que se le olvide el último pecado que acaba de cometer. ¿No hay allí un resto de tu pasado religioso?
-Es muy probable. A los doce, a los trece y hasta los catorce años, estuve a un paso de entrar en el seminario. Es el momento en que sitúo la pérdida de la fe. Yo había estudiado con los salesianos y después iba a entrar en el seminario, pero me di cuenta de que ése no era mi mundo. Mi relación con el cristianismo es muy fuerte. Hoy, incluso, pienso que se puede ser cristiano sin creer en Dios, siendo agnóstico. Lo esencial del cristianismo no es Dios, sino el otro.
-La relación con Sabato es uno de los temas más frecuentes en tu libro. Al principio, en la juventud, sentías por él y por su obra una gran admiración.
El Sabato que descubrí cuando yo tenía catorce años, cuando él publicó Uno y el universo, escribía muy bien. Para mí, era un modelo de escritura. Descubrí la literatura argentina con Uno y el universo, de Sabato (mucho antes de conocerlo) y con El jardín de senderos que se bifurcan de Borges. Más tarde leí a Cortázar. Los tres me hicieron comprender que era posible la literatura nacional. El tipo de prosa de Uno y el universo, que va unida en mí a la lectura de Bertrand Russell, esa prosa nítida, es la misma que yo admiraba en el Poe de Marginalia, no en el de los cuentos. Yo era muy bueno en matemáticas, cuando era chico. Pensaba estudiar física y filosofía. Siempre me gustó todo lo que fuera conciso y preciso. Uno y el universo influyó en mí porque Sabato estaba todavía muy cerca del físico. Cuando leí El túnel, en una de las primeras ediciones, los personajes Juan Pablo Castel y María Iribarne se trataban de tú. Ésa fue la primera pregunta que le hice a Sabato cuando lo conocí. ¿Por qué había utilizado el tuteo en El túnel, Arlt y el mismo Borges usaban el vos. Ernesto dudó un segundo y me dijo: "La clase alta." Y yo pensé que no estaba en lo cierto. La clase alta usaba el vos. Mucho después Ernesto hizo una corrección de El túnel y cambió el tuteo por el voseo. Pero no reflexionó nunca sobre los problemas del lenguaje. Lo que lo perjudicaba a Ernesto eran los adjetivos, los "abismos", la "lejanía". Tenía un sentido del humor notable. Una vez que lo visitamos con Sylvia, nos reímos tanto que ella le dijo a Ernesto: "Nunca me reí tanto como hoy". Y él le contestó: "Sí, pero la procesión va por dentro."
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-No podía abandonar el personaje dramático que se había forjado.
-La parte de "torturado" no se la toleraba. La inteligencia crítica y paródica de Ernesto era formidable. Y eso era lo que no quería usar. Prefería aparecer ante el mundo como el dueño universal del dolor. El éxito de Sobre héroes y tumbas le hizo mucho mal. Mientras dudó sobre sí mismo fue un hombre excepcional. Además, al año de publicar Sobre héroes. aparece Rayuela, y eso lo destruyó. Dejé de ser amigo de verdad de Ernesto en la década de 1960. Después nuestra amistad siguió formalmente. En una ocasión, me encontré con Mujica Lainez en la Feria del Libro y nos pusimos a caminar por esos largos pasillos y, de pronto, vimos una gran foto de Sabato, Manucho dijo: "Ése sufre, sufre., pero nos va a enterrar a todos". Y fue cierto, al menos respecto de Mujica Lainez. Por eso, cuando Ernesto llegó a los 90, yo me acordé de lo que había dicho Manucho y dejé de fumar.
-Casi no hablás de política en tu libro, ni de la dictadura de los años 70.
-No quería que el miedo entrara en mi diario. En esa época, yo publicaba El ornitorrinco, una revista que entrañaba riesgos. Mi pensamiento político estaba allí, no necesitaba volcarlo en mi diario. Siempre tuve muy clara la frase de Sartre que me mantuvo con salud mental durante la dictadura: "Nunca fuimos más libres que bajo la ocupación alemana". Así empieza Sartre "La república del silencio". Hoy podemos salir al balcón y decir lo que se nos ocurra y, en el fondo, a nadie le importa nada. La libertad se pone a prueba en acto. Cuando uno no puede hacer ciertas cosas, cuando ir a visitar a un preso es peligroso, cuando sacar una revista literaria también lo es, entonces comprendés qué es la libertad. Tampoco quería contaminar El ornitorrinco conmigo. Por algo, la revista tenía ese nombre; porque como el ornitorrinco estaba hecha de parches; la hacíamos hombres y mujeres con formaciones y pensamientos distintos. Lo que nos unía era la reacción contra la dictadura.
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-Ya que hablaste de humor, hay dos o tres escenas en los Diarios, muy graciosas. Tienen que ver con Egle Martin y su esposo Eduardo Palacios Costa de Bruyn, Lalo. Formaban una de las parejas más hermosas de Buenos Aires en la década de 1960.
-Egle fue tal vez una de las mujeres más lindas de la Argentina. La primera vez que la vi, fue en un cóctel literario al que habían invitado a Lalo. Él se retrasó; ella llegó antes. El centro de la reunión era María Rosa Oliver, sentada en su silla de ruedas. También estaban Pepe Bianco y Sabato. Las otras señoras miraron a Egle casi escandalizadas. ¿Qué hacía esa mujer allí? Los hombres la miraron, pero no se escandalizaron tanto. Egle se quedó sola, por un momento. De pronto, se puso a hablar conmigo porque era el único al que podía aferrarse, era el más joven, pero una mujer me vino a buscar, como si me rescatara quién sabe de qué peligro. A la media hora, no sé cómo ocurrió, todos los hombres presentes, incluidos los homosexuales, estaban alrededor de Egle, tendida en un diván, que explicaba cómo se prende un fósforo contra el viento. La segunda vez que vi a Egle, yo tomaba mucho en esa época y me acerqué a ella llevando una botella de whisky colgando de un dedo. Ella me dijo: "Parecés Samuel Bennet, el personaje de Dylan Thomas en Con distinta piel". Ésas eran sus referencias. Al poco tiempo, nos hicimos muy amigos con ella y Lalo, su esposo. Lalo se jactaba más de tener un libro autografiado por Richard Wright, el escritor negro, que de sus innumerables hectáreas, de su amistad con el Shah de Persia, de haber sido campeón de natación o de haber tenido relaciones muy estrechas con Ava Gardner. La primera hija de Lalo y Egle fue Alejandra. Ellos le pusieron ese nombre por el personaje de Sobre héroes y tumbas. El padrino de Alejandra fue Ernesto Sabato. Ernesto le prometió a Alejandra, cuando era chica, que la iba a llevar alguna vez al Zoológico. Nunca la llevó, pero cuando Alejandra cumplió ocho años, le regaló una foto de él, de Sabato, en la tumba de Lavalle (!!!). Cuando quiero acordarme bien de Sabato, me acuerdo de Uno y el universo, de ciertos pasajes de Sobre héroes y tumbas, el "Informe sobre ciegos", y del hecho de que integró la Conadep.
-En 1956 decías que querías escribir una novela desmesurada. Supongo que era Crónica de un iniciado.
-De todo eso me di cuenta mucho después. Pasando en limpio los Diarios, encontré una entrada muy temprana donde decía que quería hacer una novela que pudiera leerse como si fuera un mazo de naipes, no importaba el orden en que se leyeran los capítulos, y eso lo dije mucho antes de Rayuela. Buscaba escribir una novela que me tomara toda la vida. Crónica de un iniciado me llevó treinta años, no de escritura, pero sí de trabajo y maduración. Esa novela la tenía escrita en los años 70, cuando la conocí a Sylvia, pero se publicó en 1991. En el medio, escribí El que tiene sed, mi novela catártica sobre el alcoholismo. Mis modelos eran La casa de Mujica Lainez, Borges, Sabato y la literatura europea. Toda la vida leí poetas. Si tengo que pensar en un libro modélico, citaría Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke. No sé de dónde me vino la idea de escribir un diario. Porque el Diario de Kafka lo leí después de empezar a escribir el mío. Los cuadernos y las poesías de André Walter, de André Gide, tuvieron una influencia enorme en mí.
-Sin embargo, no citás mucho a Gide.
-Al principio, lo cito bastante. Hay muchas cosas importantes que no menciono, me lo hizo notar Sylvia. Por ejemplo, mi encuentro con Nicolás Guillén, que vivía en Buenos Aires, fue decisivo. Yo tenía 22 años, le conté entero El otro Judas; él me dijo: "Ésa es una gran obra teatral". Y entonces la escribí. Cuando eso ocurrió, no lo registré en el diario, lo escribí posteriormente. Necesito un tiempo para saber si los hechos fueron reales o no, esenciales o no, y a veces, me olvido.
-En tus diarios, aparecen los grandes nombres de la literatura y de la música, otra de tus pasiones: Thomas Mann, Beethoven, Platón, Sartre, Camus, Brahms y Mahler. Los dos últimos con cierta reticencia. No hay compositores franceses, salvo Saint-Saëns. Hay pocos creadores menores.
-Y sin embargo, me encanta la música francesa, Albert Roussel (El festín de la araña), Debussy. Hay cosas que me gustan y, como dije, no menciono. No sé si cito a Marcel Schwob. Es uno de mis escritores preferidos. El libro de Monelle me parece más interesante que Los alimentos terrestres de Gide. Me paso leyendo los Diarios de Gide y no lo cito. Siempre me impresionó su sinceridad como religioso, como esposo, como homosexual. Otro autor que me fascina, pero a ése lo cito mucho, es Tolstoi.
-Le dedicás un capítulo a Borges, otro a Cortázar, pero uno de los escritores por quien demostrás más cariño y admiración en tus diarios es Leopoldo Marechal. A pesar de eso, no le consagrás un capítulo especial. ¿Por qué?
-En el volumen siguiente de los Diarios, hay un capítulo sobre Marechal. Fue uno de los hombres que más quise, a pesar de que pensábamos de un modo muy distinto. Marechal era peronista, yo no lo era. Al principio, Marechal era católico, después dejó de serlo. Marechal me decía: "Vos sos un ateo que cree que es ateo. En el fondo, creés". Yo le respondía: "Con ese criterio, yo podría decir que usted es un ateo que no lo sabe, que cree que cree". Él era un ser de una bondad extraordinaria. Le interesaban los otros. Además, dejaba hablar a Elbia, su mujer. Cuando ella hablaba, él se callaba. Todo eso en un escritor es rarísimo.
La polémica Sartre-Camus marcó tu generación y, de algún modo, sigue vigente hoy. Para Sartre, era inevitable ensuciarse las manos para cambiar el mundo. Camus, en cambio, creía que el fin no justificaba los medios, defendía la honestidad y la pureza.
-Yo estaba del lado de Sartre, pero emocionalmente me encontraba del lado de Camus. El modo de encarar la realidad de Sartre era no hacerle nunca el juego a la derecha; esa posición era la que a mí me servía de medida; pero la honestidad de Camus, que era como la de Gide, me resultaba muy valiosa. La ética y la moral son dos cosas distintas. La ética es una especie de norma que compromete a la especie. La moral tiene que ver con el individuo. Creo que uno, a los seis o siete años, ya sabe distinguir el bien del mal, y de algún modo es consciente de lo que se oculta hasta a sí mismo. Cuando mis padres se separaron, me lo ocultaron, me dijeron que mi madre iba a volver, yo sabía lo que estaba pasando, sabía lo que me estaban ocultando, y me decía:¿cuándo me van a sacar este peso de encima? ¿Cuándo podré dejar de fingir? ¿Por qué me hacen responsable de algo de lo que no soy responsable?
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-¿Después de la separación viste a tu madre?
-Sólo en dos oportunidades. La hermana de mi madre, con la que prácticamente me crié de chico, ofició de madre. Cuando era muy chico, los sábados y los domingos yo iba a casa de ella y eran días de fiesta. Después, a partir de los siete años, cuando mi madre ya se había ido, viví con mi tía hasta que ella se murió. Para mí, lo ideal hubiera sido que mi padre y mi tía se casaran.
-¿Cómo fueron los encuentros con tu madre?
-En una oportunidad, ella quiso verme. Yo lo consulté con papá. Me dijo que la viera. La vi, hablamos. Pero no sucedió nada especial. Después, mucho más tarde, volvimos a encontrarnos. Pero esa relación nunca fue buena. En cierto sentido, yo no tuve madre. Durante mucho tiempo, me quedé con la impresión de que ella me había abandonado. En esa época, no era muy común que eso ocurriera. En mi barrio yo era "ése al que se le fue la madre". El problema no era conmigo, el problema era entre ella y papá. Las razones por las que se separaron las ignoro. Lo que yo sabía era que ese matrimonio andaba mal, aun cuando era increíble lo bien que se llevaban, sobre todo ante mí. Papá se iba y le daba un beso en la frente, nunca se peleaban.
-¿Fuiste al velatorio o al sepelio de tu madre?
-No. Tampoco fui al sepelio de mi padre ni al de Marechal. Que los muertos entierren a los muertos. En general, no voy a esos lugares. Prefiero imaginarme viva a la gente.
DIARIOS 1954-1991
Abelardo Castillo - Alfaguara
Este primer volumen de los diarios del novelista y cuentista argentino, que toma el período que va de 1954 a 1991, tiene un centro insoslayable, la literatura, y otra de sus pasiones: la filosofía. También figuran sus amores y amistades, la fascinación que experimenta por el ajedrez y la música y, de manera más velada, los vaivenes políticos de cada etapa del país..