ADVERTENCIAS A MÍ MISMO

en novelas, relatos, ensayos. Escritura

sábado, 23 de febrero de 2013

ARIEL DORFMAN sobre su novela AMERICANOS

Iniciamos en youtube partes de la presentación de ARIEL DORFMAN
 en la Feria del Libro en Bs As- 2009


martes, 29 de enero de 2013

CELINE

Literatura extranjera

Maldito imperdonable

En un conjunto de ensayos breves, Philippe Sollers aborda desde distintos ángulos la obra de Céline, al que define como "el chivo expiatorio de la monstruosidad de una época"
Por Pedro B. Rey  

Siempre habrá un enigma, un escándalo Céline. Ya en 1939 el fatuo narrador galo de "Pierre Menard, autor del Quijote" aludía a su figura: "Atribuir a Louis-Ferdinand Céline o James Joyce La imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?". La idea era asombrosa: imaginar que el autor de El viaje al fin de la noche y de dos virulentos -y entonces fresquísimos- panfletos antisemitas había escrito línea por línea el libro de Thomas de Kempis podía dar una duplicación más sugestiva, seguramente más pavorosa, que la de Cervantes.
En Francia, la figura del médico Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) todavía posee las propiedades de un ácido corrosivo. La brecha cronológica de los textos que Philippe Sollers reúne en este volumen prueba que no se escribía sobre él impunemente: el primero, "La risa de Céline", es de 1963, y forma parte de uno de los audaces Cahiers de L'Herne dedicados al escritor apenas murió. "Estrategia de Céline", el segundo, se publicó en Le Magazine littéraire en 1991. Sólo a partir de esa fecha Sollers, que reconoció tempranamente la difícil radicalidad del escritor, se vuelve locuaz.
"Todo el mundo se fabricó un Céline, genio o espantapájaros, vaguedades, verifiquen, nadie leyó nada o apenas", anota, mimando de manera deliberada el estilo (en su caso más inquieto que vociferante) del autor al que considera "un desafío capital para la comprensión del siglo XX" y, también, "chivo expiatorio de la monstruosidad de una época". El dilema en relación con Céline, ese "impresentable para la eternidad", sugiere Sollers, es que su obsesión antisemita (que evitó en sus novelas, vale acotar) no alcanza para ocultar el inmenso escritor detrás de su obra.
Sollers no esquiva lo anecdótico, pero orbita alrededor de la comicidad aterradora de la obra de Céline, de la "restitución emotiva" que conjura con su prosa, de la música jadeante de ese discurso vidente lanzado en tromba. Ve en Céline un maldito por definición (porque esa palabra, "maldito", puede rellenarse con veinte adjetivos distintos) y sugiere evitar un lugar común: su supuesta visceralidad. Lo que hay en Céline es una pasión imperdonable ("La sociedad perdona mucho más fácilmente las malas acciones que las malas palabras"). Su batería retórica desciende de Villon y Rabelais. El lenguaje entero es, subraya Sollers, un teclado de piano, una caja de música en busca del acorde que pueda restituir sobre la página el bombardeo sobre Hannover.
Sollers, factótum en sus tiempos de la revista Tel Quel , es un lector astuto. Sin restarles importancia a libros decisivos como Viaje al fin de la noche , recomienda la publicación de la correspondencia completa de Céline y destaca la centralidad casi inadvertida de su "trilogía alemana". Difícil no concordar. En De un castillo el otro , Norte y Rigodón , Céline narra, de manera progresivamente alucinada, su viaje de París y Sigmaringen a Dinamarca como colaboracionista en fuga. Los prodigios de la lengua proveen la inédita "pintura de una Europa destruida", arrasada por las llamas, que nadie antes ni después se atrevió a abordar con semejante furor.
En Las partículas elementales (1998), de Michel Houellebecq, comparece Sollers como personaje y, en su breve cameo inconsulto, refiriéndose a Baudelaire, le asegura a uno de los protagonistas de la novela que los grandes escritores son siempre reaccionarios. En esta reunión de textos dispersos, repite esa idea. El reaccionario Céline es, también, un revolucionario imperdonable.
La notable versión de Hugo Savino, en particular cuando traduce las citas de Céline, es digna del fraseo de algunos de los vástagos argentinos (Néstor Sánchez, Osvaldo Lamborghini) del autor de Muerte a Crédito .

viernes, 25 de enero de 2013

RAYUELA

El 2013 y 2014 serán años de homenajes en diversos países y de reediciones de la obra cortazariana

La emblemática novela Rayuela de Julio Cortázar cumple 50 años

La primera edición apareció en junio de 1963. El 25 de agosto de 2014 se cumplirán, además, 100 años del nacimiento del autor. La editorial Alfaguara reedita su obra completa y lanza la compilación Cortázar en Berkeley

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La Maga, Rocamadour, son nombres que salieron de las páginas de una novela para ser citados, invocados, recreados en otros espacios y productos culturales. Personajes que vivieron sus vidas también fuera de la historia y que son reconocibles aun entre un universo de lectores que jamás leyó Rayuela. Es que sucedió como pasa con otras obras literarias que marcan un momento histórico y cuyo valor no se debate ni entre propios ni ajenos. Una novela que se considera icónica del llamado boom latinoamericano y que encumbró a su autor, Julio Cortázar, fronteras afuera de Argentina. 2013 y 2014 serán años en los que se hable mucho de este autor. En junio se cumplen 50 años de la primera edición de esta novela –ocurrida en junio de 1963– y será un aniversario que vendrá acompañado de homenajes y de la reedición completa de su obra, que comenzará en febrero hasta llegar al 26 de agosto de 2014, cuando se celebre el centenario de su natalicio.
Cortázar había dicho sobre Rayuela que es "de alguna manera, la experiencia de toda una vida y la tentativa de llevarla a la escritura". Una novela que marcó un momento por la originalidad de su formato, por la riqueza de estilo que en algunos pasajes plasma el surrealismo, algo que en el momento de su escritura era vanguardia en obras literarias. Fue incluida en la lista de las cien mejores novelas en español del siglo XX por el periódico español El Mundo.
En el marco de conmemorarlo, el sello Alfaguara pondrá a disposición de los lectores toda la obra de Cortázar. En febrero, se reeditará Octaedro, Un tal Lucas y Alguien que anda por ahí. Este último es un libro que no se había vuelto a publicar. Entre los lanzamientos que siguen, en marzo se reeditará 62/Modelo para armar, Deshoras y Queremos tanto a Glenda.
En junio, se lanzará una edición conmemorativa de Rayuela de tapa dura. Y el libro Cortázar en Berkeley con una compilación de sus discursos en esa universidad californiana en 1980. "Esperamos llegar al centenario del natalicio de Cortázar en 2014 con toda su obra disponible para los lectores", explicaron los editores de esta casa a Tiempo Argentino.
Rayuela tiene un total de 155 capítulos, que pueden ser leídos de distintas maneras. Desde la primera página, correlativo hasta el capítulo 56. O con el "Tablero de dirección", que propone una lectura que saltea y alterna capítulos, formando un collage en el que no faltan textos de otros autores. A estas se suma una lectura en "el orden que el lector desee". Una estructura que Cortázar también exploró en 62/Modelo para armar.
También por el medio siglo de Rayuela, la Fundación Juan March de Madrid, donde se encuentra la biblioteca personal del escritor donada por su albacea Aurora Bernárdez, está terminando su proceso de digitalización que estará disponible en Internet. Porque también se cumplen 20 años de esta donación que Bernárdez hiciera a esta fundación.
En Buenos Aires habrá homenajes y celebraciones, entre ellas, en junio se le colocará el nombre "Rayuela" a la Plaza del Lector, donde se encuentra la Biblioteca Nacional y el Museo del Libro y de la Lengua, en avenida Las Heras y Agüero.
La historia alrededor de esta novela cuenta que Julio Cortázar tenía pensado titular al libro Mandala. Las diferentes culturas coinciden en que conduce hacia el camino a la unidad del ser y ese nombre quería hacer referencia a esa búsqueda. Sin embargo, titularlo de esa manera "le sonaba pretencioso" y decidió llamarlo Rayuela. A la vez se comenta, de forma alegórica, esa facilidad con la que uno alcanza "el Cielo" en el juego de la Rayuela, siendo el Cielo esa quimera autoimpuesta de buscar siempre algo que no está seguro qué es.
"Puede que Rayuela no fuera un éxito de ventas, pero Cortázar gozó a partir de entonces de un inmenso prestigio en el mundo literario francés", explicó el responsable de la sección latinoamericana de la casa de edición Gallimard, Gustavo Guerrero. Editorial que publicó en Francia a la novela.
Cortázar, que en 1951 aterrizó en París para trabajar como traductor en la UNESCO, se quedó, fue naturalizado por el presidente François Mitterrand en 1981 y acabó reposando en el cementerio de Montparnasse, pese a haber afirmado con frecuencia que vivir en Francia le había hecho descubrir hasta qué punto se sentía latinoamericano.
La aparición de Rayuela fue una revolución dentro de la novelística en lengua española. Por primera vez un escritor hispanoamericano transgredía el orden tradicional de una historia y su lenguaje. Tuvo como resultado este libro dispuesto a múltiples lecturas, de una originalidad que dio qué hablar tanto a encumbrados círculos literarios como a quienes la conocieron de mentas, por su fama.
Fue traducida, entre otros idiomas, al inglés, italiano, sueco, polaco, portugués, francés, alemán, holandés, rumano y noruego. Además del "Año Rayuela" en España, habrá otras celebraciones en París y Nueva York. «

sábado, 5 de enero de 2013

Malraux en el remite y en el destino

Unas 200 misivas conforman la correspondencia inédita del escritor y político francés

Picasso, Gide, De Gaulle, Bergamín y Dalí desfilan por el libro ‘Cartas escogidas’

Tres imágenes de André Malraux captadas por la fotógrafa Gisèle Freund, en una exposición en el CCCB de Barcelona.

André Malraux (París, 1901 -Créteil, 1976) era hasta ahora una de los pocas vacas sagradas de la literatura francesa del siglo XX que no contaba en su bagaje editorial con el correspondiente volumen de correspondencia inédita. En el caso del autor de L’ espoir, él mismo se había encargado de que sus cartas no vieran la luz, al menos en los treinta años que siguieran su muerte, según dejó estipulado en su testamento.
Malraux no consideraba la correspondencia como una forma de literatura. Sobre todo, era poco dado a hablar de él y de su intimidad, de lo que denominada “el miserable pequeño árbol secreto” de cada uno. Pero ahora, superado el impuesto veto temporal del autor, la editorial francesa Grasset ha decidido acabar con esta anomalía y publica una fascinante colección de cartas suyas, casi todas inéditas, que arrojan una nueva luz sobre uno de los grandes escritores —y políticos— del siglo pasado.
El libro, Lettres choisies, 1920-1976 (Cartas escogidas, 1920-1976), recoge así más de 200 cartas elegidas y anotadas por François de Saint-Cheron, en las que muestra a un Malraux liberado del corsé de la literatura y de su personaje de gran hombre de Estado. Deja así al descubierto al amigo atento, simpático, divertido y lector compulsivo, sin olvidar al hombre de compromiso político. Sus destinatarios no son otros que el general de Gaulle, Max Jacob, André Gide, José Bergamín —con quien mantuvo una estrecha relación hasta su muerte—,Marc Chagall, Pablo Picasso, Salvador Dalí...
“Nada me parece epistolar, salvo las ideas, las cosas de orden práctico y los elementos estrambóticos de la vida”. La frase del propio Malraux sirve de preámbulo a la obra, aunque en las cartas poco espacio se deja a esas “cosas de orden práctico”. Las ideas recorren toda su correspondencia, sean literarias o políticas, las más solemnes y las menos, y lo “estrambótico”, una de sus palabras fetiches, asoma en cada página.

Vida y obra

Nace en París el 3 de noviembre de 1901 y muere en Créteil en 1976.
De formación autodidacta, frecuentó los círculos de la vanguardia en París, junto a André Breton, Louis Aragon, André Gide...
En 1923, con su esposa Clara Goldsmith y un amigo viaja al templo de Angkor, en Camboya, y roba varios bajorrelieves. Es procesado y condenado a prisión. No cumple condena.
En 1936 explota la Guerra Civil española y se pone al servicio de la República. Combate en la Escuadrilla España como piloto. Es nombrado teniente-coronel. Realizó, con guion de Max Aub, la película Sierra de Teruel.
Fue ministro del Interior y de Cultura bajo la presidencia de De Gaulle.
Obras esenciales: La condición humana, La esperanza, Antimemorias, El museo imaginario...
Incluso investido ya de la función ministerial que ocupó desde 1958 hasta la retirada de De Gaulle de la política en 1969, Malraux demuestra su sentido del humor, el mismo que le hacía dibujar pequeños diablos en la esquina de sus notas del Consejo de Ministros. Así, en un correo fechado el 15 de junio de 1959, con el muy imponente sello del Ministerio de Asuntos Culturales, entabla un correo muy falsamente formal dirigido al escritor Pierre Véry sobre el presunto estudio por parte de una comisión de la ortografía de la palabra ministro con y “que expresa de forma sintética los sentimientos del gato de Mallarmé”, en lo que se parece a una broma entre los dos grandes amigos.
En las cartas dirigidas a De Gaulle, al que define como “un compañero a la vez maravilloso y fiel a bordo de un buque en el que el destino nos ha embarcado a los dos”, llama también la atención por momentos el tono desenfadado adoptado por Malraux. En una misiva de felicitación de Año Nuevo de 1966, adjunta “en un rincón, como el pastor de las pinturas flamencas que sostiene su pato detrás de los reyes magos, un deseo menor para los nietos”.
De principio a fin del libro, resalta sobre todo el valor aportado a la amistad por el autor de La condición humana. “En literatura, todo ataque personal es vano”, señala en un momento dado. En otra carta, se preocupa por la salud de una señora mayor y antigua resistente. A Martin du Gard le explica que se puso a cantar de la alegría al saber que le concedieron el Premio Nobel de Literatura, el mismo que Malraux nunca obtuvo. Incluso en otra misiva dirigida también a Du Gard transmite su enhorabuena a Albert Camus por obtener el premio y aplaude su “conducta ejemplar”: “se lo tendrían que haber dado a Malraux”, declaró Camus al saberse ganador.
Por momentos, su compromiso político formal con De Gaulle le aparta de su amor primero por la literatura. Muchas misivas son unas suertes de minicríticas literarias de obras que ha recibido, leído y analizado. En otras ocasiones, su intensa actividad política le impide mantener ese contacto tan fluido como desearía. Así lo manifiesta en una carta manuscrita a André Gide fechada a finales de 1945, en la que se disculpa por no haber podido agradecerle antes su artículo sobre su libro L’ espoir. “En cuanto a las pobres almas que piensan que ‘luchaba antes’ y ahora he ganado el reposo burgués, tendrían mucho que aprender…”, relata.
A Marcel Pagnol, quien le propone presentarse como candidato a la Academia Francesa en 1954, le argumenta su rechazo así: “El deseo de finalizar trabajos interrumpidos por 10 años empleados en lo que usted sabe, me ha obligado a una suerte de jubilación”. “Me separa de ustedes los libros que no he escrito”.
Saint-Cheron, el instigador de la publicación de estas cartas —muchas de las cuales tuvo que copiar a mano porque se encuentran en bibliotecas nacionales— asegura que las ha seleccionado con el único criterio de su interés. “No había nada escandaloso, ni desde luego mezquino en lo que he dejado de lado”. Desde la publicación del libro ha recibido varias copias de cartas enviadas por particulares que, por algún motivo, tienen guardada alguna carta de Malraux.

sábado, 29 de diciembre de 2012

MANUEL PUIG

Puig, el vanguardista sentimental

El gigantesco escritor argentino, autor de Boquitas Pintadas, mezcló como nadie antes lo culto y lo popular. Hoy cumpliría 80 años.

POR Patricia Kolesnicov

Difícil no pensar que Toto –ese personajito que mira películas y cuenta el espectáculo de las vidas de sus vecinos de Coronel Vallejos– es el mismo Manuel Puig, visitante diario del Cine Español de General Villegas. Difícil no creer que ese Toto, tan pegado a su mamá, tan la otra cara de su primo “macho”, no es Coco, es decir Puig. Difícil no pensar que Vallejos no es Villegas, su pueblo, que lo odió cuando vio sus alcobas al aire libre en los libros de Puig, que lo despreció por homosexual, que lo reivindicó después, cuando los jóvenes lo hicieron signo de libertad, y la biblioteca se llenó de sus libros y, a la vuelta del siglo XXI la bibliotecaria, Patricia Bargero, motorizó talleres, charlas, murgas alrededor del coterráneo famoso.
Hoy Manuel Puig cumpliría 80 años. Cumpliría, si no se hubiera muerto en 1990 en México, si no hubiera vuelto a Buenos Aires en un cáliz de metal que –esto lo contó Tomás Eloy Martínez– su madre conservaba en un departamento de la calle Charcas y que hoy reposa junto a ella en La Plata.
Como con el cariño del pueblo, Puig no la tuvo fácil con la crítica. Había cruzado alta y baja cultura; había hecho novela, Literatura, con charla de vecinas, vidas de estrellas de cine, recortes de los diarios, actas policiales. “Hizo ver que el interés narrativo no es contradictorio con las técnicas experimentales”, escribió Ricardo Piglia.
Puig fue vanguardista y masivo y en 1984 Delfín Leocadio Garasa, titular de Introducción a la Literatura en la UBA, decía a sus alumnos: “Puig no es literatura”. Quizás pensaba en Boquitas pintadas, folletín también ambientado en Villegas que fue inmensamente popular y en 1974 llegó al cine de la mano de Leopoldo Torre Nilsson. Alfredo Alcón hacía de Juan Carlos Etchepare, un personaje que en el pueblo identifican con Danilo Caravera, “un muchacho recontrabuenmozo, pero tuberculoso” , como describían las vecinas hacia 2001. “El gran tema de Puig es el modo en que la cultura de masas educa los sentimientos”, definió Piglia.
“Después de leer dos libros de Puig, sé cómo hablan sus personajes, pero no sé cómo escribe Puig”, dicen que dijo Juan Carlos Onetti. “Un escritor no tiene estilo personal”, dijo Piglia. “Escribe en todos los estilos, trabaja todos los registros y los tonos de lengua”.
Puig dejó Villegas a los 14 y se fue a Buenos Aires. Pasó fugazmente por la facultad de Arquitectura, por Filosofía y Letras y en 1956 estudiaba Cine en Roma. Vivió en Londres, en Estocolmo. Buscando un guión empezó a escribir sobre su primo. Supo que eso no era una película: fue su primera novela, La traición de Rita Hayworth. En 1969 la publicaría Gallimard, en París.
Después vino Boquitas… que tuvo un problema de mercado: su título no era traducible, se perdía la alusión al tango. La respuesta fue el siguiente libro: The Buenos Aires Affaire, una novela leída como crónica de las luchas dentro del mundo literario. Hay una pintora que trabaja con deshechos (¿Cómo él, con materiales “bastardos”?) y un crítico asesino. La edición fue confiscada por “pornográfica” y en 1974 sus padres recibieron una amenaza, quizás de la Triple A. Fin de la vida argentina del escritor.
El libro siguiente es El beso de la mujer araña, en 1976. La historia es conocida, la hicieron ineludible, en el cine, William Hurt y Raúl Juliá. Un guerrillero comparte celda con un homosexual y con el tiempo y el vínculo se pondrán en juego los sentimientos, la política y, en definitiva, qué hace a un hombre. La voces se cruzan, se mezclan, pueden confundirse. Allí Puig inaugura un recurso que usaría más tarde: el grabador. Graba una voz (aquí, la del militante), la transcribe, la cruza con la de un personaje de ficción. Ya no se trata de la oreja de Coco/Toto con las vecinas. Ahora el recurso se radicaliza: es la pretensión de la voz del personaje liberado del autor. Aunque tuvo repercusión internacional, Gallimard no quiso publicar esta novela, por consejo de Aurora Bernárdez, la mujer de Cortázar, que objetaba la figura del militante “ablandado” por el homosexual.
En 1979 salió Pubis Angelical , en 1980 Puig se mudó a Río de Janeiro, en 1982 salió Sangre de amor correspondido y en 1988, Cae la noche tropical. Después vivió en México. Allí murió en 1990, cuando tenía apenas 58. En Villegas todavía lo recordaban como “un chico que no jugaba con tierra”. En el arte, como quien tocó los corazones y revolucionó las formas, todo al mismo tiempo.

sábado, 22 de diciembre de 2012

ARIEL DORFMAN

Ariel Dorfman: “Relato experiencias que suelen callarse”

El destierro, la imposibilidad de regresar a Chile, su infancia, su lucha con el idioma y sus otras batallas personales, son algunos de los temas que analiza El escritor, a propósito de la publicación de sus memorias: “Entre sueños Y traidores. Un striptease del exilio”.

POR Guido Carelli Lynch


Ariel Dorfman, a sus 70 años, hace lo que quiere, dice lo que piensa y con educación plantea sus exigencias. Por ejemplo: “Prefería que la entrevista fuera por mail. Mientras más relacionadas con el nuevo libro, mejor”. Y si hay repreguntas, nos avisa, sí tendríamos la chance del teléfono. Las entrevistas por mail son más frías y en apariencia controladas, pero se dejan llevar por el tono intimista a la que la correspondencia obliga. “En general, me gusta responder por escrito y luego podemos aclarar algunas cosas por fono, pero prefiero tener certeza de que mis palabras serán reproducidas en forma fidedigna; más tratándose de un libro tan controversial y posiblemente polémico y, creo, benditamente transgresivo”.
Quiere que la entrevista sea sobre su último libro Entre sueños y traidores. Un striptease del exilio ; en el que relata sus años de exilio, la imposibilidad de regresar a Chile, aun con la democracia; pero al mismo tiempo es también una bitácora de su infancia, de sus viajes, de su intimidad y, claro, de su fe política. Porque en la vida y en las memorias de Dorfman hay tres patrias, varios exilios forzados que lo atraviesan, política nacional, política internacional, una relación de amor/odio con los Estados Unidos, Buenos Aires y la incógnita del peronismo. Hay muchos libros y entre ellos por supuesto Para leer al Pato Donald . También tiene fotografías del sueño socialista que terminó en la pesadilla de Pinochet. Y enseña el drama maravilloso del idioma. Porque Dorfman escribió sus memorias primero en inglés –el idioma al que había renunciado de una vez y para siempre en 1969, por ser la lengua del imperio– y luego en español. Tiene una historia de amor apasionada y en apariencia sin demasiados sobresaltos con Angélica a quien define como la “co–protagonista del libro”, pero también dos trágicos 11 de septiembre.
Sobre todo eso entonces podemos preguntar y entre tantas dudas incluir algunas más que lo entrometan con el presente. Sus respuestas son largas y vuelven con un nuevo pedido o advertencia. “Ruego que, habiéndome tomado tanto tiempo en responderlas, me las publiquen en forma íntegra”. Lo intentamos.
¿Por qué considera que éste es un libro controversial y transgresor?
Salí de Chile en 1973, después del golpe, creyendo muchas cosas, tanto acerca del mundo como acerca de mi persona y durante los casi veinte años que estuve afuera (con retornos intermitentes y frustrados) sufrí transformaciones radicales, tanto políticas como personales y lingüísticas. Aunque a la larga no me arrepiento de lo que viví ni de las decisiones que tomamos con la mujer de mi vida, Angélica, para lograr sobrevivir a esos trances tan duros, me doy cuenta de que gran parte de esa historia es la de alguien que se contaminó, quizás inevitablemente, durante el destierro, que de tanto combatir el mal perdió un poco la brújula. Mostrar ese proceso, paso a paso, para que los lectores lo comprendan junto conmigo, es lo que anima estas memorias. Se trata, sin embargo, de una narración que viene a ser, creo yo, descarnada, a la que no estamos acostumbrados en América Latina, donde seguimos enamorados de la biografía heroica, fruto tal vez de un resabio del honor que heredamos de España y, quizá más remotamente, de los moros. Puede chocar que cuente incidentes incómodos que no me honran. De ahí el subtítulo de “striptease”, alguien que se va sacando la ropa y, en mi caso, después de que cae toda la ropa, bueno, seguí con la piel y las tripas, despellejándome, destripándome, hasta que queda, así lo espero, algo de verdad. Pero transgresor, también, porque se atreve a una crítica cruda de la transición chilena y relata experiencias de exilio que suelen callarse.
¿Su mirada sobre esos años no disimula la culpa que sentía por su origen de clase y también por haber sobrevivido?
Al contrario, esa doble culpa –que no podía sacudirme los privilegios de clase, y que no morí en La Moneda junto a Allende pese a todos mis juramentos de lealtad– es el motor de mi existencia durante los primeros años del exilio, me llevan a todo tipo de decisiones que eran claramente contraproducentes y especialmente complicadas para mi pareja. Agradezco a Angélica que, pese a mis equivocaciones y a la vida difícil y errante (en muchos sentidos de la palabra) a la que la llevé, ella nunca dejó de acompañarme, de darme nacimiento una y otra vez con su confianza.
¿Si volviera el tiempo atrás, elegiría pedir asilo con los beneficios económicos que eso implicaba?
No me gustan las decisiones que tomé, pero no me arrepiento de ellas, porque entiendo (estas memorias me ayudaron a ello) las razones profundas (aunque a veces perversas) que me animaban. Lamento el sufrimiento que ocasioné a quienes amo, mi mujer, mis hijos, mis padres, mis amigos. Pero hace tiempo que me di cuenta de que la manera de reparar un pasado doloroso es tratar de que el futuro lo sea menos.
¿Por qué dice que “perdió” tres países y no que los ganó? ¿Qué fue lo “positivo” del exilio?
Digo que los perdí, pero finalmente digo que, en efecto, los gané, pero la verdadera ganancia es liberarse del nacionalismo provinciano y comprenderse como un ser humano donde se sobreponen muchas comunidades y muchas identidades, comprender y aceptar que no es un problema pertenecer a muchos lugares y deberse a muchas causas. De hecho, todos participamos de múltiples consonancias y tradiciones y es un error grave suponer que hay que elegir entre ellas en vez de intentar, como la historia lo demuestra, una síntesis que enriquezca. Creo que mi literatura se vio favorecida por los golpes hermosos de la distancia, el aprendizaje de un mundo vasto y contradictorio, pero, claro, hay veces en que echo de menos no vivir en el sitio donde crecimos, donde nos educamos, donde tuvimos las experiencias centrales y entrañables que todavía nos dan forma.
¿Por qué no pudo reestablecerse en Chile?
De veras que hay que leer el libro para comprenderlo, pero voy a decir, falseando las cosas al reducirlas a una fórmula, que el país había cambiado demasiado y que Angélica y yo también. Fundamentalmente, me di cuenta de que necesitaba la lejanía para poder escribir. Es probable, por ejemplo, que estas memorias no podría yo haberlas escrito de haberme quedado en Chile. Ni tampoco Konfidenz , ni Americanos , ni una obra teatral como Purgatorio o mis crónicas y comentarios periodísticos. Acabo de terminar un libreto para una ópera, Naciketa , basada en un cuento de los Upanishads. La vamos a estrenar en Mumbai el año que viene, y estoy seguro de que no podría haberla concebido sin haberme alejado geográficamente de América Latina. A la vez, está claro que esa ópera está inspirada por mis experiencias de latinoamericano.
¿Por qué le interesa tanto el género diario? No es su primer libro testimonial.
Parte del libro, por cierto, reproduce por primera vez –aunque con una reescritura posterior para darle una forma más compacta– el diario de nuestro retorno a Chile en 1990, donde examino cómo Angélica y yo nos desencantamos del país al que intentábamos ferozmente volver, contra viento y marea, durante tantos años de destierro. Esto permite al lector sobrellevar junto a nosotros el día a día del retorno, sus glorias y tristezas, y le da al libro mismo, espero, algo de suspenso, casi de “thriller”, género que me gusta mucho (de ahí La Muerte y la Doncella ). El género, además, tiene algo de voyeurístico, asomándonos a una intimidad que el autor quizás no previó que alguien iba a leer, aunque se me ocurre que cada persona que escribe un diario también desea que alguien compartirá esas palabras algún día.
¿Qué cambió en el proceso de reescritura de estas memorias, del inglés al español?
Lo escribí en inglés porque ese idioma me permite distanciarme de los traumas que viví, tratarme a mí mismo como otro, ( Je est un autre es el título de un famoso libro francés sobre la autobiografía). Me permite exponerme como el castellano quizá no me lo hubiera permitido. Cuando lo reescribí, justamente, en castellano, temblaba a veces preguntándome cómo me había atrevido a revelar tantos secretos, tanta “deshonra” (por retomar una palabra de una respuesta anterior). Pero como ya estaba escrito en inglés, ya estaba expresado el pensamiento, resultó más manejable y llevadero enfrentar la legitimidad de lo que estaba ahí, desparramado en el papel o en la pantalla, y admitir que era necesario contar esa historia, con todas sus profanaciones. Durante tanto tiempo pensé que ser tan bilingüe como lo soy era una maldición. Ahora bendigo mi ser doble, mi bifurcada raíz.
También asegura que la izquierda norteamericana le permitió redescubrirse. ¿Es menos dogmática que la latinoamericana?
Me refiero, en un largo capítulo, a mi evolución política con todos sus vaivenes y búsquedas, cómo fui madurando, encontrando la manera de criticar las experiencias socialistas y a la vez reivindicar la necesidad de seguir luchando contra la injusticia. En esa evolución jugaron un rol importante mis vínculos con una izquierda norteamericana que, si bien débil en números, es rica en ideas y coraje moral. Relato en el libro cómo, gracias a un grupo en Estados Unidos que abogaba por la paz y la justicia, fui a la Embajada polaca y me enfrenté con el embajador, denunciando la forma en que se maltrataba y perseguía a los adherentes de Solidarnosc. Le dije que como seguidor de Salvador Allende sentía como una afrenta que el gobierno comunista polaco reprimiera a los trabajadores, nada menos, en nombre de un socialismo que no era tal. Me enaltece que me hayan expulsado de aquella Embajada esa fría mañana en Washington. En cuanto a comparaciones, hay enormes flaquezas e ingenuidad en sectores amplios de la izquierda norteamericana, así como hay mucho pluralismo y rechazo de los dogmas en nuestra América del Sur, a la vez que considerable confusión y retórica irresponsable. Pero no tenemos de qué avergonzarnos. Lo que subrayo en el libro es que si yo hubiera sido militante de un partido político (como lo fui durante tanto tiempo) habría pedido permiso antes de ir a esa Embajada o antes de entablar relaciones con Vaclav Havel y el club de jazz de Praga o antes de denunciar violaciones a los derechos humanos en Cuba. Liberarme de esa chaqueta de fuerza mental fue difícil para mí. Durante un tiempo me dejé convencer por el argumento de que no podemos “hacerle el juego al enemigo”, un argumento que tiene mucha fuerza cuando el enemigo mata y exilia y desaparece y atormenta a tu pueblo y a tus amigos. Pero llegué a la conclusión de que si no decía la verdad tal como la entendía, en ese caso sí que le estaba haciendo el juego al enemigo. Y, de paso sea dicho, no me gusta mucho eso de plantear el mundo como un enfrentamiento perpetuo con enemigos, dividiendo a los seres humanos entre un “nosotros”, los que tenemos toda la razón y un “ellos” que están totalmente equivocados. Ese camino deshumanizante es de perdición. Lo que no significa dejar de lidiar por aquello en que uno cree. Claro que no fue mi fuerte la tolerancia durante muchísimos años y espero que haya logrado desmenuzar en el libro con dolor y sinceridad cómo llegué a convertirme en la persona compasiva que ahora (creo que) soy.

Argentina, Chile y el eterno (no) retorno
Fascista dice –escribe– era el régimen que expulsó a su padre de su país natal, la Argentina en 1944. Como contrapartida Dorfman ganó una nueva patria, los Estados Unidos, hasta que en 1954, tuvo que abandonar su nuevo hogar tras la persecución a la que el senador John McCarthy sometió a su padre. Y entonces llegó Chile. Y lo dicho: Allende, Pinochet, incertidumbre durante varios meses en la Embajada argentina hasta que llegó el exilio forzado. Otra vez, como si fuera el principio, Dorfman regresó a Buenos Aires, otra vez gobernaba Perón. Apenas aterrizó en Ezeiza, la Policía Federal se encargó de aniquilar la quimera que Dorfman había pergeñado durante su larga espera en la Embajada: “la fantasía de que iba a poder permanecer en mi país natal argentino el tiempo que me diera la gana”. Lo interrogaron durante horas hasta que por fin lo largaron con un consejo: “será mejor, hijo de puta, que te portes bien”. “Esperaba que el Gobierno peronista, por derechista que fuera, iba a facilitar mis actividades revolucionarias”, escribe. “Hacer el juego” en la Argentina, donde todavía gobierna el peronismo, es una frase que goza de sugerente actualidad.
Usted dijo que nadie le había podido explicar razonablemente el peronismo. ¿Cómo se lo explicaría a un tercero?
Si lo pudiera explicar a un segundo, a un tercero, a un cuarto, hubiera escrito un libro que sería un best-séller.
También recuerda en sus memorias sus encuentros con Cortázar. ¿Cómo recuerda su compromiso político? El vivía en París y usted era un exiliado.
Tuve la inmensa suerte de tener como amigos y hermanos mayores a los dos escritores vivos que más me han influenciado: Harold Pinter y Julio Cortázar. Con este último (como con el primero) desarrollamos Angélica y yo una gran amistad. Parte de esa amistad (como lo indica la vasta correspondencia que tuve yo con él, de la que se acaba de publicar una pequeña muestra) consistió en conversaciones políticas. Cortázar siempre fue un hombre progresista, que se indignaba ante la mentira y el sufrimiento, y dispuesto a trabajar por otro tipo de mundo, pero a la vez era algo ingenuo, porque nunca había participado como militante (¡gracias a los dioses de la literatura y las musas!) en un movimiento de masas. Sus instintos, sin embargo, eran muy certeros y era bastante astuto –la represión en el Cono Sur y, después, la revolución sandinista– lo forzaron a dedicar muchas horas al trabajo cotidiano de solidaridad. Pero nunca se quejó, siempre estaba dispuesto a ayudar. Era un ser angelical. Y me duele usar el pasado imperfecto para él. Sigue vivo, merodeando por ahí, por aquí cerca, es –sí, ES– un ser angelical.
La dictadura argentina fue más sangrienta y la de Pinochet más larga. En Argentina está socialmente condenado apoyar a Videla y en Chile todos tienen un vecino que reivindica a Pinochet.
Es una de las razones por las que no vivimos en Chile. Pero como me gusta resaltar las contradicciones propias, vivimos en un país, Estados Unidos, donde hay vecinos (si bien cada vez menos) que reivindican a George W. Bush y sus invasiones idiotas e imperiales. Pero la malignidad ajena es siempre más fácil de sobrellevar que las del país de uno.
Se refiere a la muerte de Pinochet en 2006 y reflexiona sobre cómo será recordado. ¿Qué grado de legitimidad tiene hoy?
Hay demasiados que, en Chile y en el extranjero, todavía consideran a ese criminal de guerra y torturador como el que salvó a Chile del comunismo, y hay muchos que quisieran revivirlo y asustarnos con su retorno bajo otro nombre y encarnación. Pero por lo general, su imagen está debilitada, ojalá irremediablemente. La ironía es que lo que la derecha chilena no le perdona es que fuera ladrón. Sus violaciones de derechos humanos les importa mucho menos (aunque chillen lo contrario).
Algunos países han elegido leyes del perdón –información a cambio de conmutación de penas– y otros prefirieron otorgar duras penas a los represores. ¿Qué estrategia elegiría usted para lidiar con los crímenes de lesa humanidad?
Prefiero la verdad al castigo. La verdad, asumida a fondo por un pueblo, es el peor castigo, la mejor manera de superar el pasado. Ahora, si hay condiciones para castigar (siempre que no sea con pena de muerte), bienvenida sea esa sanción, para que no haya impunidad.
Se ventilan diferentes críticas al proceso socialista de Allende, desde el enfrentamiento de clases, la seguridad fallida de que el socialismo no tenía vuelta atrás, la falta de previsión...
Ventilar es una buena palabra, ya que hay mucho viento inútil que da vueltas por ahí. Por ejemplo, “por qué no armamos el pueblo”, una y otra vez me hacen la pregunta. Y la respuesta es simple: primero, porque era una revolución pacífica; y segundo, porque entonces el golpe hubiera venido antes. Las razones de nuestra derrota son múltiples y complejas, pero en esencia: fuimos incapaces, en un momento internacional increíblemente adverso, en que el mundo marchaba en la dirección opuesta (ahora podemos retrover la tendencia que culminó en Thatcher y Reagan, y cuyos horrores neoliberales todavía padecemos), fuimos incapaces, repito, de garantizar una coalición suficientemente amplia, en especial con sectores medios y con la Democracia Cristiana, que nos permitiera enfrentar a la derecha golpista y aislarla. Pero eso, claro, no explica mucho, porque si Allende hubiera propuesto esa alianza con la DC (y sectores de ese partido hubieran rechazado tal asociación), si el presidente hubiera sugerido desacelerar la revolución para asegurar la supervivencia de la democracia, yo mismo lo hubiera denunciado como traidor a la causa. Y yo no era para nada ultra. Y hablando de lo ultra: hay que destacar el papel nefasto que jugó la extrema izquierda ilusa durante los tres años de Allende, constantemente sobrepasando los límites de lo que ellos llamaban el “estado burgués’ (y lo hacían sabiendo que Allende no los iba a reprimir). Con todo, recuerdo los tres años de la Unidad Popular como los mejores de mi vida y de la vida de Chile, los más dignos, los más maravillosos, los de mayor humanidad que he conocido.
¿Cómo vivió el debate sobre el suicidio o asesinato de Allende?
Yo creí durante muchos años que a Allende lo habían asesinado. Los militares mentían en todo, ¿por qué no en eso también? Cabía, además, en un relato de heroicidad y simpleza que nos hacía falta en la lucha por recuperar la democracia y rescatarlo a él de la desaparición en que Pinochet lo tenía sumido. Pero me fui dando cuenta de que, en efecto, no sólo era verdad que se había suicidado, sino que aceptar que así había sido volvía más compleja la realidad, menos mítica; nos forzaba a no vivir de ilusiones, por reconfortantes que fueran. Humaniza a Allende.
¿Cómo compararía el socialismo que intentó instalar Allende con el denominado socialismo del siglo XXI en la región?
Son momentos tan diferentes de la historia que toda comparación resulta inoportuna, Hay, sí, bastante que los procesos sociales de hoy pueden aprender de nuestra revolución pacífica en Chile, sus logros y sus fracasos.
¿Por qué perdió la Concertación las últimas elecciones? ¿Cómo juzga el gobierno de Piñera?
Con ninguna modestia, digo que las razones de la pérdida de la Concertación se encuentran en mi libro. Nuestra minuciosa experiencia de una clase política que llegó a un pacto con los poderes fácticos de la dictadura (con la encomiable búsqueda de un consenso que nos ahorrara más conflicto y, posiblemente, otro golpe militar), mi descripción de cómo fueron postergados los jóvenes y las mujeres y se torció el lenguaje y el alma del país, explican mucho de lo que llegó a pasar veinte años más tarde. En cuanto a Piñera, una calamidad, un bochorno, una pena.
En 2008 votó a Obama. ¿A quién votó ahora?
Obama, de nuevo, aunque con los ojos más abiertos a sus posibilidades reales de llevar a cabo cambios profundos en una sociedad desoladoramente injusta. En el libro, hago un paralelo entre Obama y Allende, y menciona las lecciones que podría aprender de Chile el presidente norteamericano.
Por último, “Para leer al Pato Donald” es un libro icónico. ¿Qué vigencia tiene hoy, a 40 años de su publicación? ¿Era inocente o es que hoy somos cínicos?
En un sentido, ese libro no podría estar más vigente, ni podría ser más certero en sus análisis y profecías: el mundo entero es como un simulacro de Disneylandia (o así se lo sueñan grandes mayorías humanas). Tengo críticas, por cierto, que hacerle al texto, pero me enorgullezco de haberlo escrito, aunque no lo volvería a escribir de esa manera hoy. Por otra parte, me han contado que hay guerrilleros que murieron en Colombia y Centroamérica con ese libro en su mochila. Por lo que me toca, si acaso contribuí a esas muertes, pido perdón.

domingo, 9 de diciembre de 2012

RAY BRADBURY

Regresar a Marte

La adaptación de “Crónicas marcianas”, con la introducción que hizo Ray Bradbury antes de morir, es una oportunidad de volver a viajar con un clásico de la ciencia ficción.

POR Pablo De Santis

La literatura a menudo olvida que su primer deber es la imaginación. Para recordar este antiguo mandato, el editor Francisco Porrúa (nacido en España pero criado en la Argentina) lanzó en 1955 la editorial Minotauro. Su primer libro fue Crónicas marcianas de Ray Bradbury, que el mismo Porrúa tradujo y que apareció con un prólogo de Jorge Luis Borges.

A ese volumen se agregaría con los años el resto de la obra de Bradbury, además de Soy leyenda de Richard Matheson, El hombre demolido de Alfred Bester, El mundo sumergido de James Ballard, El hombre en el castillo de Philip K. Dick, La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin, Las ciudades invisibles de Italo Calvino y tantos otros libros que ahora son clásicos, pero que en muchos casos eran novelas recién publicadas en sus lenguas originales. Entre los traductores que colaboraron con Porrúa estuvieron Aurora Bernardez, Matilde Horne (que tradujo El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien), Enrique Pezzoni, Luis Alberto Bixio y José Bianco. El catálogo incluía también autores argentinos como Julio Cortázar (que publicó sus Historias de cronopios y de famas), Angélica Gorodischer, Alberto Vanasco y Eduardo Goligorsky. Ya en los 80 aparecieron libros de Carlos Gardini, Ana María Shua y el uruguayo Mario Levrero.

Durante décadas Minotauro ejerció una influencia decisiva en la lectura de los géneros en español. Al principio tuvo una tímida división en colecciones (Metamorfosis, Spectrum, Otros mundos) pero luego fundió todos los libros, fueran de fantasía o de ciencia ficción, en un solo cuerpo editorial. Así se opuso a los rígidos conceptos de otras colecciones y editoriales (“¡Pero eso no es ciencia ficción!”) y ayudó a crear un lector tan ávido de hechizos y prodigios como de las posibilidades especulativas de la ficción. Me recuerdo marcando con lápiz, en la lista de títulos publicados, los libros que iba leyendo, y que aparecían en la última página de cada volumen.

Bradbury publicó Crónicas marcianas en 1950, cuando tenía 30 años. Fue su primer libro, y en él recopiló relatos publicados en revistas de ciencia ficción a fines de los años 40. A través de una cronología de la colonización de Marte intentó dar al libro la forma de una novela, aunque los cuentos son muy distintos entre sí. Similar procedimiento practicó en El hombre ilustrado: en este caso cada uno de los cuentos corresponde a uno de los tatuajes que recorren la piel de un hombre.

La ciencia que aparece en las Crónicas tiene menos relación con la NASA que con las ferias itinerantes que se acercaban a su pueblo natal. Presentimos que sus cohetes están hechos de latón pintado de rojo y que los trajes de sus astronautas son como los de las viejas figuritas. A través de los años, algunos cuentos se abren paso en mi memoria: “Vendrán lluvias suaves”, “El picnic de un millón de años”, “Las langostas y, sobre todo”, “El marciano” y “La tercera expedición” (que Borges juzgó “el cuento más alarmante de este volumen”).

En “El marciano”, un matrimonio de colonos descubre en un marciano el rostro de su hijo muerto. Creen al principio que sólo para ellos existe ese milagro, pero pronto comprenden que todos los que viven en la colonia ven en el extraño a alguien perdido. El marciano está obligado a representar a un remoto ejército de ausentes, y esto lo convierte en una especie de mesías, el que está obligado a huir de tanta melancólica devoción.

En “La tercera expedición” un grupo de astronautas encuentra en el lejano planeta las casas en que nacieron y los parientes que han muerto hace muchos años. Tienen un instante de reencuentro y felicidad y luego de una buena cena casera se van a dormir. ¿Hace falta decir que no se volvieron a tener noticias de la tercera expedición? Los relatos pertenecen a la ciencia ficción porque estamos en Marte, pero en realidad son estremecedores cuentos de fantasmas (así ocurre también con Solaris de Stanislav Lem, otro título de Minotauro).

“La tercera expedición” es la historia que mejor parece resumir el mundo de Bradbury, donde siempre hay una tensión entre la añoranza de la infancia en su pueblo natal y los viajes espaciales. En los cuentos de Bradbury los hombres parecen buscar en el espacio lejano un modo de acceder a sus recuerdos remotos y a sus terrores primeros. Como dice un personaje en “Las doradas manzanas del sol”: “Los viajes espaciales nos han devuelto a la infancia”.

Ahora que Crónicas marcianas aparece en cuadritos y publicada por Ediciones de la Flor (que tan fiel ha sido a la historieta) podemos recordar que Bradbury tuvo una intensa relación con el género. Y esto ocurrió en los años cincuenta, cuando el cómic aún no corría ningún riesgo de ganar prestigio. Muchos de sus relatos aparecieron adaptados en las páginas de la editorial EC, cuyas revistas de historietas llevaban títulos como Weird Science, Haunt of Fear, Tales from the Crypt. En sus portadas había muertos vivos, vampiros y cuerpos desmembrados. Recuerdo que en los años 70 algunos de estos terroríficos relatos aparecían en las revistas Dr Tetrick y Vampirella, que se podían conseguir en ediciones españolas.

En Crónicas marcianas vemos que ya está presente ese sutil equilibrio entre la ciencia ficción y la literatura fantástica que atraviesa toda la obra de Bradbury. Los viajes espaciales son un sueño de la ciencia ficción, pero la obsesión con el regreso de lo muerto a la vida es algo propio del género fantástico, cuya patria esencial es el pasado. Y la coexistencia de estos dos elementos contradictorios está en el origen mismo de la escritura de Bradbury, que empezó a escribir a los 12 años, cuando conoció a Mr. Eléctrico. 

Este era un extraño mago que iba de pueblo en pueblo con su troupe: la Mujer gorda, el Hombre esqueleto, acróbatas y enanos. Mago y científico a la vez, ejecutaba toda una serie de hazañas, pero la mejor era el número del hombre electrocutado. Desde la primera fila Bradbury vio aquella noche de 1932 cómo el mago se sentaba en una silla eléctrica de su invención, para ser electrocutado con gran despliegue de fogonazos y convulsiones. Apenas Mr. Eléctrico volvió a la vida tocó con una espada la cabeza del joven Bradbury. Los cabellos del niño se erizaron. Y Mr. Eléctrico le dijo esta frase: “Vive por siempre”. A partir de ese momento, sea por el toque eléctrico o por el hechizo encerrado en las palabras, Ray Bradbury empezó a escribir y no se detuvo hasta su muerte. Al menos así contaba él el origen de su destino de escritor. ¿Y por qué no vamos a creerle a alguien tan acostumbrado a imaginar?