ADVERTENCIAS A MÍ MISMO

en novelas, relatos, ensayos. Escritura

sábado, 6 de febrero de 2016

Ricardo Piglia


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por Silvia Friera

“La novela de una vida” no se puede escribir sin entusiasmo y sin confianza en lo que vendrá. Un joven escritor en ciernes, que experimenta la escritura de su diario íntimo como laboratorio literario, anota el 24 de marzo de 1967: “Miro críticamente ciertas decisiones de mi vida que fueron tomadas en función del futuro de mi literatura. Por ejemplo, vivir sin nada, sin propiedades, sin nada material que me ate y me obligue. Para mí elegir es desechar, dejar de lado. Ese tipo de vida define mi estilo, despojado, veloz. Hay que tratar de ser rápido y estar dispuesto a dejar todo y escapar”. Ricardo Piglia ganó ayer el Premio Ciudad de Barcelona en Literatura en Lengua Castellana por Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación, el primer volumen de una trilogía autobiográfica publicado el año pasado por Anagrama. El jurado –integrado por Jordi Gracia (presidente), Juan Antonio Masoliver, Teresa López-Pellisa, Lolita Bosch y Xavier Ayén– eligió la obra de Piglia “por haber creado, a través del formato autobiográfico, un personaje novelesco en la tradición heterodoxa de Roberto Arlt, fusionando géneros y transformándolos en un todo que no desnaturaliza lo esencial de cada uno ellos, creando, además, una verdadera obra panorámica con todas las virtudes que nos ha ofrecido a lo largo de su trayectoria”, según se fundamenta en el fallo de este premio. Un premio que han obtenido en otras ediciones los españoles Enrique Vila-Matas (ver aparte), Roberto Bolaño, Javier Marías, Antonio Gamoneda, Javier Cercas, Alvaro Pombo, Ignacio Martínez de Pisón y el mexicano Alvaro Enrique.

Emociones y hallazgos

Los Premios Ciudad de Barcelona, otorgados anualmente por el ayuntamiento de Barcelona, están dotados de 7000 euros y reconocen a artistas y creadores en teatro, danza, artes visuales, traducción y música, entre otras disciplinas. Este reconocimiento se incorpora a una seguidilla de distinciones que ha recibido el escritor en los últimos años, como el Premio Formentor (2015) –fue el segundo argentino en obtenerlo, después de Jorge Luis Borges, que lo ganó compartido con Samuel Beckett en 1961–; el Konex de Brillante (2014), el Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas (Chile, 2013), el Rómulo Gallegos (Venezuela, 2011) y el Premio de la Crítica (España, 2010), entre otros. Guillermo Schavelzon, agente literario del escritor, cuenta a Página/12 cómo fue el momento en que visitó a Piglia en su casa, el pasado lunes, y le anunció que había ganado el premio. “Ricardo se emocionó mucho y me dijo que para él Barcelona era muy importante y que estaba muy contento. También me dijo que era un día muy especial para él porque habían encontrado los borradores de Respiración artificial. Beba los encontró cuando puso un poco de orden a los papeles viejos. Son casi 600 páginas de manuscritos, mecanoescritos, planos y varios documentos. Estos borradores muestran también un trabajo impresionante de Ricardo como escritor: de 600 páginas terminó siendo una novela de poco más de 200”, agrega Schavelzon y confirma que este año, como estaba previsto, se publicará en septiembre la segunda parte de Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices, que abarca de 1968 a 1975; mientras que el tercer volumen, Un día en la vida, saldrá en 2017 y completará el recorrido vital que va de 1976 hasta el presente.

El refugio de los libros

El escritor Germán Maggiori, sobrino de Piglia, estuvo ayer acondicionando la casa de Adrogué para recibir la biblioteca del autor de Plata quemada, que está en tratamiento por la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), enfermedad que se le diagnosticó en 2013. “A raíz de la negativa de Medicus a hacerse cargo del pago de la medicación que le están administrando –que aún persiste a pesar del amparo judicial–, Ricardo ha vendido el estudio de la calle Marcelo T. de Alvear para poder continuar con su tratamiento. En diciembre me llamó Beba para decirme que Ricardo no quería que sus libros se dispersaran, que quería regalarme la biblioteca y que la trasladara a Adrogué, que quedara en la familia. En esa biblioteca está referenciada toda su experiencia, la posesión o la sensación de posesión de esa segunda memoria; siempre pensé que era una tranquilidad para él, un refugio donde podía recuperar o completar el sentido de todo”, plantea Maggiori. “No recuerdo todo lo que he leído pero puedo reconstruir mi vida a partir de los estantes de mi biblioteca”, dice Renzi. “Se puede ver cómo es uno a lo largo del tiempo sólo con hacer un recorrido por los muros de la biblioteca”, dice también. “Cuando fui a verlo después del llamado de Beba, me dijo que esa noche había soñado conmigo. En el sueño, como en la realidad, me regalaba sus libros, pero en el sueño, me contó, los libros eran nuevos, volvían a estar nuevos. Entonces acá estoy, despejando paredes y tratando de procesar todo esto.”

La pasión mística del escritor joven

Piglia (Adrogué, 1941) comenzó su diario en 1957, cuando amenazado por la llamada Revolución Libertadora que derrocó a Juan Domingo Perón, su padre y su familia rumbearon de la casa de Adrogué hacia Mar del Plata. En el primer volumen los lectores podrán asistir a la educación sentimental y literaria del escritor, desde sus primeras lecturas, las películas, los amores y las amistades, la vida universitaria en La Plata, las pensiones en Buenos Aires, hasta la escritura del primer libro de cuentos, Jaulario, que obtuvo la primera mención en el premio Casa de las Américas. “Sin duda, lo sé mejor que nadie, estas alegrías son siempre incómodas, demasiado ‘sociales’ y en el fondo no sirven”, confiesa en Los diarios de Emilio Renzi, nombre del personaje y alter ego que utilizó por primera vez en 1965, para firmar la traducción de un cuento de Ernest Hemingway y el prólogo de una colección de policiales. “De todos modos, es lo que quise, lo que yo mismo buscaba, un acceso, un puente a la ‘literatura’ entendida como un territorio distante de la escritura. Digamos que soy dos personas, el que escribe y el que espera publicar.” Los registros sobre sus interpretaciones y conexiones entre escritores son notables: “El peligro de la literatura de Norman Mailer (The Naked and the Dead) o en la novela de Sartre, y que se hace insoportable en David Viñas, es la reiteración del sentido de las acciones que se narran. La motivación está siempre muy explicada y las razones o la inteligencia no se aplican a la sugestión, a la elipsis y al no decir, sino que se hacen visibles en la explicación de lo que se narra en el libro. Habrá que analizar el modo en que Vargas Llosa arruina sus novelas por el exceso de ‘inteligencia’ en las trampas de la estructura (por ejemplo, esconder la identidad del Jaguar en La ciudad y los perros)”.
El escritor Juan José Becerra aporta su perspectiva sobre la importancia de la obra de Piglia. “En Los diarios de Emilio Renzi el escritor que lleva el diario es una figura inmaterial como puede ser la de un ángel”, compara Becerra. “Para él la escritura es un sacrificio en el sentido en que lo padeció Flaubert, que siempre se comparó con Sísifo: cualquier piedra que se levante con la escritura se cae por su propio peso y hay que volver a levantarla mil veces más. Es un diario sobre la pasión mística del escritor joven. Algo que se ve tanto en su voto de fe ciega en la literatura como en el voto de pobreza con que paga esa fe. Sólo se es escritor cuando se es joven y pobre, y no es una condición necesaria haber escrito algo. Lo más presente en el libro es la situación del narrador, es decir dónde está y adónde se niega a ir. Esa cosa insobornable, como de mula joven, es muy conmovedora porque lo que está diciendo es que el escritor sólo puede sobrevivir en su propio mundo.”

lunes, 18 de enero de 2016

PARA LEER A ARIEL DORFMAN, sobre su último libro

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Desde chico, cuando en un viaje transatlántico se cruzó con Thomas Mann, Ariel Dorfman supo que quería ser escritor, pero su obra y esencialmente su vida no habrían sido lo mismo de no estar marcadas por una experiencia fundante: el exilio. Desplazamientos constantes, escapadas al borde de la muerte –por casualidad no estuvo en el Palacio de La Moneda cuando derrocaban a Salvador Allende en 1973– pero, además, los beneficios de conocer gente y hablar dos idiomas. Todo eso confluye ahora en Entre sueños y traidores, verdadera síntesis vital donde Dorfman vuelca fragmentos de sus diarios íntimos y declara que su lucha en el exilio fue no imitar a Sinuhé el egipcio, el hombre que abjuró de sus principios para no morir fuera de su patria.
por Juan Pablo Bertazza
Suena extraña striptease. Entre sueños y traidores. Un striptease del exilio. Es llamativa la palabra, o tal vez sea el lugar de la palabra, o quizá la asociación del erotismo con la idea del exilio, o incluso que provenga de otro idioma, de la suma de strip (“desnudar”) y tease (“engañar”). Es paradójica además porque la palabra striptease implica el cuerpo, el cuerpo en estado de puro engranaje. Es decir, el cuerpo en movimiento desgajándose progresivamente de ropa como previa, quizá, de mucho más movimiento. En definitiva, en muy pocas circunstancias hay tanto cuerpo expuesto como en un striptease. Sin embargo, ¿hay cuerpo en el exilio? ¿No es, precisamente, el cuerpo lo que, por definición, no está en el país de pertenencia durante un exilio?
Saga de Rumbo al Sur, deseando el Norte, Entre sueños y traidores es una especie de biografía –¿anatomía?– de ese multifacético ciudadano del mundo que es Ariel Dorfman, quien en este libro se define en oposición a Sinuhé, “el primer caso registrado de exilio, un anciano enfermo y desamparado que había vagado por tierras cuyo nombre ni él podía recordar, hasta que finalmente le pidió perdón al faraón que había decretado su expulsión de Egipto”. Nos cuenta Dorfman que hoy sólo se conoce el nombre de Sinuhé debido a su abjuración, la de un hombre que, con tal de morir en su patria, fue forzado a destruir su integridad y, como corolario de esta vieja historia, Dorfman hace flamear su bandera: “Mi lucha impostergable en el exilio: no imitar a ese hombre”.
Proveniente de una familia judía –su abuela paterna fue traductora de Trotsky y de Anna Karenina de Tolstoi–, el destierro parece haber sido, desde siempre, el gran punto cardinal de Dorfman: nace en 1942 en Buenos Aires, pero con tan sólo tres años, y por motivos políticos, su padre se lleva a la familia a Nueva York, donde aprende a hablar inglés. Ahí vive casi nueve años, cuando la caza de brujas de McCarthy le abre una puerta en Chile, donde encuentra un hogar y el amor de toda su vida, Angélica. Con los años, además de adquirir la ciudadanía chilena, comienza a involucrarse en la primera campaña presidencial de Salvador Allende. Cuando Allende llega al poder, en el segundo intento electoral, Dorfman lo acompaña además como agregado cultural. “Esos tres años, de 1970 a 1973, fueron los años en que más definitivamente vivo me sentí”, dice sin dudar.
Profundidad, y lucidez, es lo que trasluce la obra de Dorfman desde su primera novela, Viudas (con una trama absolutamente política, donde denunciaba sin tapujos la desaparición de personas en Chile), hasta el que, por ahora, es su último trabajo: Memorias del desierto, ese gran libro tremendamente personal sobre el norte de Chile que surgió de un pedido de la National Geographic, pasando por el deslumbrante clásico y moderno ensayo que, como Dorfman, viajó a lo largo de todo el mundo, vendió millones de copias y fue traducido a todos los idiomas: Para leer al Pato Donald, libro a partir del cual muchos niños se hicieron adultos y metieron a Disney en un freezer, quizá sin dejar de disfrutarlo.
Las anécdotas y repercusiones de esa biblia creada junto al belga Armand Mattelart son casi infinitas y algunas muy impresionantes: el propio Walt Disney quiso comprar los derechos mundiales de la obra para sacarla de circulación por 10 mil dólares; sus autores sufrieron distintas manifestaciones en las que un puñado de derechistas vociferaba (¿por qué la derecha siempre desafina tanto?) “viva el Pato Donald”; y, por supuesto, extraño ranking, fue uno de los libros más quemados durante la dictadura de Pinochet.

PARA LEER A ARIEL DORFMAN

Hay algo de collage en la extensa, variadísima y coherente obra de Dorfman, una especie de collage que incorpora y agrega infinitas variaciones en torno, quizás, de una única palabra expresada desde todos los ángulos y perspectivas posibles: el exilio. Como si, a lo largo de todos estos años, Dorfman hubiera grabado a fuego con cada una de las tipografías disponibles –Arial, Book Antigua, Impact, Times News Roman, etc.– esa única palabra cuyas resonancias aún lo inspiran. Este libro es un claro ejemplo de collage, ya que condensa muchos de esos formatos que Dorfman elaboró y mezcló a lo largo de su carrera: especie de continuación de Rumbo al Sur, deseando el Norte, es también una forma de puesta por escrito de El largo exilio de Ariel Dorfman, película hecha por el documentalista canadiense Peter Raymont en 2006, justo el año en que murió el dictador Pinochet. A su vez, las páginas de Entre sueños y traidores incorporan, injertan fragmentos de su inédito diario personal, otra cara más de ese exilio fundante, interminable, que se compone de una sola ida y de múltiples regresos.
Leer Entre sueños y traidores tiene mucho de ese momento cúlmine de todo viaje en que, a punto de arribar y llegar a destino, la ciudad y sus luces ofrecen una especie de espectáculo en maqueta, un universo en miniatura que, poco a poco, irá mostrando en otra perspectiva, en otra escala, sus encantos, sinuosidades, grietas, heridas. La conjunción de esas grietas indelebles que implica el exilio junto con la inesperada y alternativa felicidad que ese mismo destierro provocó, hacen de este libro una obra literaria y de la vida de Dorfman un personaje casi de novela.
Esas heridas, aun cuando Dorfman no las termina de hacer explícitas, adquieren múltiples formas: silencios no deseados como la imposibilidad de escribir que atravesó durante los primeros años de exilio en París y Amsterdam luego del golpe en La Moneda, y que recién logró romper con la escritura de Viudas; traumas que aun duelen como la muerte de Allende, de quien Dorfman recuerda una especie de despedida una semana antes del golpe, el 4 de septiembre de 1973, cuando él y un millón de partidarios se habían reunido en el centro de Santiago para celebrar el tercer aniversario del triunfo electoral. Entonces, Allende salió a saludar desde un balcón de La Moneda, agitando un pañuelo blanco, con ciertos rasgos de tristeza y soledad que, más tarde, el propio Dorfman atribuiría a la forma emocionada en que el presidente les estaba diciendo adiós. También hay paradojas como el hecho de que uno de los autores de cabecera de Dorfman, uno de los más mentados en este libro, es nada menos que Michel de Montaigne, quien nació y murió en el mismo sitio, el castillo donde se encerró a escribir los Ensayos hasta el día de su muerte. Es notable que sea justo a Montaigne, contracara en cierto sentido de Dorfman, a quien él llame su amigo y de quien resalta, sobre todo, la frase: “La pobreza de bienes se cura fácilmente, la pobreza mental es irreparable”.
Otra de las múltiples formas que adquieren las grietas del exilio son los malentendidos que se van sumando a lo largo del tiempo, como el hecho de que muchos piensan y aseguran que Ariel Dorfman estuvo dentro del Palacio de La Moneda el día que derrocaron a Allende.
Entre sueños y traidores. Ariel Dorfman Seix Barral 383 páginas
“Es un mito que me cuesta destruir por mucho que lo desmienta. Gran parte de mis memorias anteriores se dedica a contar cómo sobreviví al golpe debido justamente a una cadena de azares que me salvó de estar en La Moneda donde, en efecto, trabajaba junto a Allende, ese día letal, el 11 de septiembre de 1973. Beatriz Allende, la hija de Salvador, tuvo una alucinación (no tengo otra palabra para describir su experiencia) en que me vio al lado de su padre en La Moneda. Ella propaló este mito y creo que fue Fidel Castro el que se lo contó a otros, y así se fue creando una leyenda falsa que me sigue persiguiendo. Lo increíble es que eso es, precisamente, lo que hubiera querido que pasara y no pudo pasar porque no logré, si bien traté de hacerlo, llegar a La Moneda ese día, morir allá junto a mi presidente. Esa culpa de no haber muerto me forjó en el exilio, es lo que tuve que superar, el deseo de autodestruirme. Les pasa a muchos sobrevivientes”, cuenta Ariel Dorfman, en plenas vacaciones, desde un remoto sitio de Brasil donde no abunda la conexión a Internet.
Lo cierto es que una de las conclusiones más potentes y elaboradas que extrae Dorfman de semejante experiencia, y que ya había anunciado en el documental, es, precisamente, que si sobrevivió fue porque alguien debía contar esta historia: “Mi libro es un incesante intento de retorno a Chile, desde fines de 1973, cuando comienza mi exilio. Vuelvo una y otra vez, primero en la imaginación y en los escritos, enseguida en artículos periodísticos clandestinos y semiclandestinos, finalmente con mi persona en 1983. En 1987, como explico detalladamente en las memorias, me toman preso en el aeropuerto de Santiago junto a mi hijo de ocho años, y la dictadura me expulsa del país. Esto significa que sólo puedo regresar en forma definitiva en 1990 junto al retorno de la democracia, y el libro se estructura en torno de la minuciosa reconstrucción de esos meses en que me doy cuenta de que Chile ha cambiado demasiado, que ya no es el país soñado, y que es necesario partir de nuevo. Pero, claro, es también la constatación de cuánto he cambiado yo, cuánto ha cambiado la mujer de mi vida, mi Angélica, y de que no podemos quedarnos en Chile si queremos seguir sanos de mente y alma. No me arrepiento de nada. Pero me da pena”.
Si nunca hubiera existido el exilio, ¿creés que también habrías sido escritor?
–Yo quería ser escritor desde los nueve años de edad; en mi libro cuento cómo me topé con Thomas Mann, nada menos, en una travesía del Atlántico a esa temprana edad, y cómo aquel encuentro fugaz me marcó para siempre, aunque ya era un niño de una imaginación desbordante. Era inconcebible para mí que no pudiera escribir, y por eso fue tan traumático encontrarme sin palabras durante los primeros años del exilio. Y por cierto que hubiera sido un escritor diferente si no hubiera tenido los sueños, ni hubiera sufrido las traiciones y las autotraiciones y contaminaciones del destierro. No sé si mejor o peor, pero definitivamente otro. Estas memorias detallan, justamente, cómo uno se transforma, a su pesar, cuando la lejanía te construye y carcome.

EL AUTENTICO ARIELISMO

Movimiento político y literario que tuvo lugar en gran parte de Latinoamérica en los umbrales del siglo XX, y liderado por el uruguayo José Enrique Rodó a partir de la publicación de su ensayo Ariel, uno de sus mandamientos fundamentales era oponerse al utilitarismo anglosajón, revalorizando los valores de la cultura grecolatina. Hay algo de arielismo en la obra de Ariel Dorfman: así como Ulises, durante su Odisea de regreso, iba encontrándose con personajes de todo tipo (aunque la mayoría bastante desagradables), aquel fugaz encuentro con Thomas Mann sería sólo el primero de una larga lista de contactos que el exilio le iba a deparar. De hecho, uno de los beneficios del exilio, por decirlo sin comillas, fue la gente de la cual se rodeó, algunos de los cuales fueron los impulsores de la solidaridad y quienes empezaban a denunciar los crímenes del general Pinochet y a proveer refugio a los exiliados. Una interminable gama que va desde Bruno Bettelheim hasta el polémico Günter Grass, con quien Dorfman discutió en su propia casa (y tuvo que quedarse sin el guiso que preparaba el alemán) por defender la Primavera de Praga, pasando por el siempre sonriente Antonio Skármeta, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez y hasta el Superman por antonomasia, Christopher Reeves, quien viajó a Chile para apoyar el plebiscito que, en 1988, logró sacar a Pinochet del poder.
Por supuesto, el bilingüismo de Dorfman lo ayudó a hacer más claro y, por lo tanto, potente tanto el reclamo como la comunicación con estas personalidades de la literatura, la política y hasta del mundo de Hollywood, un bilingüismo que constituye otro avatar del exilio, y cuya máxima expresión radica en el hecho de que Dorfman es el propio traductor de la mayoría de sus obras. Es decir, el mismo día en que termina de escribir una obra en inglés empieza, inmediatamente, su traducción al español, un verdadero fenómeno lingüístico atípico en el mundo entero.
“Mi bilingüismo es un tema central de las memorias. Tiene que ver con toda la trayectoria dividida de mi vida. Durante muchos años quise negar mis dos idiomas: rechacé el castellano de niño en Nueva York, e hice lo mismo con el inglés durante la revolución chilena. El exilio me forzó a aceptar que soy este ser migrante, en un feliz adulterio con mis dos idiomas. Parte de esa aceptación es que cada libro y cada artículo periodístico lo escribo en una de mis lenguas y luego lo reescribo en la otra. No traduzco de hecho mi propia obra sino que la voy rehaciendo, adecuando, ajustando, cambiando. Por ejemplo, en este caso, escribí estas memorias por primera vez en inglés (porque los traumas los viví en castellano, así que el inglés me permitía adquirir distancia frente al dolor), pero de inmediato me metí en la versión en castellano y –con ésa en mano– corregí la inglesa, y así, ida y vuelta. La verdad es una labor ardua. Es más fácil ser monolingüe”, se explaya Dorfman.
De todas aquellas personalidades que tuvo la posibilidad de conocer a lo largo de su exilio, y que incluyen también a Bono, el líder de U2, quien llegó a dedicarle un concierto ante una multitud de 50 mil personas, Dorfman destaca dos: “Son dos mis maestros literarios (uno en la narrativa y el otro en el teatro), y tuve la suerte de que ambos terminaran convirtiéndose en amigos, aunque en realidad los considero hermanos mayores. Uno era Julio Cortázar, que me bendijo a mí y a mi mujer Angélica con su amparo durante nuestro exilio en París. Tengo la impresión de que todavía nos protege en el más allá fantástico en que él creía. El otro fue Harold Pinter. Extraño que pasaran muchos años antes de que nos cruzáramos físicamente, ya que él era activo en la solidaridad con América latina y había leído en forma pública mis poemas y yo había escrito mi primer libro sobre su obra ya en 1968. Finalmente nos cruzamos el día de la primera lectura de La muerte y la doncella en Londres y desde entonces él y su mujer Antonia Fraser compartieron casi dos décadas de intimidad conmigo y Angélica”.
La muerte y la doncella es uno de los grandes hitos en la carrera de Dorfman, una obra de teatro notable cuya historia se centra en la circunstancial convivencia entre Paulina, una mujer torturada y esposa de un abogado defensor de los derechos humanos, y su represor. Además de cosechar un elogio en cada puerto, la obra tuvo una versión cinematográfica a cargo de Roman Polanski, una versión a la altura de las circunstancias: “Fue tal el éxito internacional de la obra teatral que pude escoger entre seis o siete directores, todos del calibre de Roman. Fue un poco como un sueño del que era difícil despertar. Y traté de que no me hiciera arrogante, aunque no siempre con entero éxito. ¿Puede ser que sea de veras yo el que me estoy paseando por el mundo entrevistando a todos estos genios del cine que he admirado durante años? Si finalmente me decidí por Polanski, era por muchos motivos: su obsesión claustrofóbica; su interés por mujeres que rompen todas las normas y pagan un alto precio; su conocimiento de diversas formas de represión, lo que significaba que no tenía yo que explicarle nada respecto de lo que es vivir con miedo. Pero sobre todo es un cineasta con un pie en Hollywood y un lenguaje global/popular, y otro pie en el arte independiente. Su gran talento y humanidad iban a proteger la obra. Yo sabía que no la iba a traicionar”.
¿Dorfman es argentino? ¿Dorfman es chileno? ¿Dorfman es estadounidense? ¿Dorfman es imposible de encasillar?
–Me siento mucho mejor recibido en la Argentina que en Chile. Y sí, me resulta difícil entrar en una casilla. Trabajo todos los géneros y muchos estilos diferentes. Ultimamente me he dedicado a las colaboraciones musicales. Vamos a estrenar Naciketa, con un libreto mío basado en los Upanishads, en Mumbai, el año que viene, y también en 2013 espero abrir en Londres un musical que se llama Dancing Shadows y cuyo compositor es el recién fallecido Eric Woolfson, que fundó y escribió todas las canciones del Alan Parsons Project.
Nombraste a Angélica varias veces y además ella aparece en las dedicatorias de, prácticamente, todos tus libros. En Konfidenz, por ejemplo, se lee: “Este libro es para María Angélica. Ella sabe por qué”. Entre los múltiples agradecimientos de Entre sueños y traidores, el primero, el principal y más rotundo es para Angélica. ¿Qué significa ella en tu vida?

–Es el amor de mi vida, la persona más íntegra y honesta que he tenido el privilegio de conocer. Debido a su lealtad estoy vivo. No exagero, por muy líricas que parezcan mis palabras. Si vieras cómo sus ojos profundos y suaves y de firmamento iluminan una pieza y el mundo entero cuando sonríe, si vieras su radiancia, palabra que no creo que exista en castellano, pero que ahora invoco para nombrarla. Y te agradezco esta pregunta sobre todas las otras, porque demasiadas veces a ella se la posterga, se la deja de lado, ella, que es inapreciable y única. Y comparte además conmigo el amor que tuvo ella hacia mis benditos padres, un amor que ellos correspondieron con verdadera y merecida adoración.

lunes, 28 de diciembre de 2015

MATHIAS ENARD 'el barcelonés'

Mathias Enard gana el Goncourt por desmontar los ‘clichés’ de Oriente

El escritor se alza con el primer premio de las letras francesas con 'Boussole', basado en los recuerdos de su infancia. Delphine de Vigan se hace con el Renaudot

El escritor Mathias Enard (Niort, 1972) se ha alzado este martes con el Premio Goncourt, el más importante de las letras francesas, con su novela Boussole (“Brújula”), relato protagonizado por un musicólogo vienés obsesionado con las civilizaciones orientales, que durante una noche de insomnio se trasladará a Estambul, Teherán, Damasco o Alepo gracias al poder de sus recuerdos.
Se trata de repaso poético que pretende desmontar los tópicos sobre Oriente, indicaron los organizadores del galardón. La novela la publicará en España, en la segunda mitad de 2016, el sello Literatura Random House, con traducción de Robert Juan-Cantavella. Enard es autor de obras importantes como Zona, Habladles de batallas, de reyes y elefantes y Calle de los ladrones. El Premio Goncourt, creado en 1906, recompensan "el mejor volumen de imaginación en prosa" entre las novelas publicadas en Francia en el año en curso.
El novelista superó a los otros tres finalistas, los escritores Nathalie Azoulai, Tobie Nathan y Hédi Kaddour, quien figuraba como favorito en las últimas quinielas junto con Enard. El autor se impuso desde la primera vuelta con seis votos sobre ocho. Un desenlace inhabitual en la historia de este codiciado premio que demuestra la unanimidad del jurado, presidido por el crítico literario Bernard Pivot. Enard, que regresaba de un viaje a Beirut, se ha dicho “sorprendido y extraordinariamente feliz”. El autor recibe un premio simbólico de 10 euros, pero que se traduce en cientos de miles de copias vendidas. La ganadora del año pasado, la francoespañola Lydie Salvayre, logró colocar 284.000 ejemplares de No llorar. Antes de que ganara el premio, solo había vendido unas 20.000.
Francés afincado en Barcelona desde hace quince años, Enard se había instalado en Berlín desde hace un par de años para trabajar en la novela ganadora, protagonizada por un hombre enfermo y fumador de opio, rodeado de una colorida banda de orientalistas, que a algunos críticos les ha recordado al grupo de universitarios que aparecían en el 2666, de Roberto Bolaño. En la novela, muy aclamada por la crítica francesa desde que fue publicada a finales de agosto por la prestigiosa editorial Actes Sud, también se escuchan los ecos de la actualidad en el mundo oriental, como los efectos de la guerra en Siria, a cuya población Énard ha dedicado el libro, y la reciente destrucción de Palmira. El autor es un gran conocedor del Medio Oriente, por el que ha viajado frecuentemente en las últimas décadas.
Énard, licenciado en Lenguas Orientales y especialista en el mundo árabe y persa, debutó con La perfección del tiro (2003), donde seguía a un francotirador en un país de ficción muy parecido al Líbano, y se consagró con Zona (2008), falsas memorias de un espía que le permitía recorrer la historia de la cuenca mediterránea durante el último siglo. El autor reencontraría el éxito con Habladles de batallas, de reyes y elefantes (2011), novela histórica ubicada en tiempos del Renacimiento que ya había sido finalista para el Goncourt.
Hijo de maestro y ortofonista, Enard recibió una gran educación literaria por parte de su abuelo, un especialista en la relación “entre gesto y escritura”, que le regaló “miles de libros”, según confesó al diario Libération en 2009. También le inculcó su reconocido perfeccionismo respecto a sus escritos. “De adolescente, le enseñaba mis cuentos. Me decía: ‘Es pésimo, pero continúa’”, ha dicho Énard. Buen alumno, dejó su ciudad de provincias en la costa atlántica para estudiar en París en los primeros noventa. Se inscribió en la Escuela del Louvre, donde se especializó en el arte islámico y empezó a estudiar árabe y farsi.
Por su parte, la novelista Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966) ha ganado el Premio Renaudot, que tradicionalmente se anuncia pocos minutos después del Goncourt, con la novela D’après une histoire vraie (“Basado en una historia real”). Se trata del retorno de la autora de Nada se opone a la noche, que vendió más de un millón de ejemplares en Francia y la convirtió en estrella literaria. En su nuevo libro, un thriller psicológico protagonizado por ella misma que juega con la diferencia entre realidad y ficción, la autora se ve manipulada por una desconocida que se introduce en su vida hasta controlarla. Para escribirla, De Vigan asegura haberse inspirado en Misery, de Stephen King.
fuente: El Pais de España

martes, 3 de noviembre de 2015

Antonio Dal Masetto

Antonio Dal Masetto: último viaje de "el Tano", un escritor intensamente porteño


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por María Elena Polack
A los 77 años y tras varios meses delicado de salud, murió en la madrugada de ayer, Antonio Dal Masetto, "escritor espía", como se definía ante su público, autor de prosa sobria y directa, cuya historia personal atravesada por la Segunda Guerra Mundial en su Italia natal y la migración de su familia a nuestro país ha dejado certeramente reflejada en varias de sus novelas.
Había nacido el 14 de febrero de 1938 en Intra, y 12 años después se radicó junto con su familia en la ciudad bonaerense de Salto, donde el fútbol lo ayudó a acercarse a sus compañeros de escuela y la biblioteca popular le abrió la puerta al castellano y a la literatura a partir de las aventuras de Emilio Salgari.
Había llegado a la Argentina con su madre y su hermana para reunirse con su padre, que hacía dos años vivía en Buenos Aires. Traía la ilusión de convertirse en artista plástico. Es que las monjas de la escuela a la que concurría en su pueblo le habían visto condiciones y hasta se habían atrevido a llamarlo "el pequeño Giotto", porque como el gran maestro, mientras en su niñez cumplía con su tarea de pastor de ovejas, dibujaba el paisaje.
La inicial vocación y expectativa se reconvirtió a los 17 años. "Para pintar necesitaba demasiado espacio. Para escribir con un lápiz y un cuaderno alcanza", argumentó una y otra vez, en cada ocasión que tuvo que explicar por qué había elegido la literatura. Y, luego, recordaba que antes de dedicarse a escribir fue albañil y vendedor ambulante, atendió la carnicería de su padre en Salto y hasta una heladería, tarea que lo fascinaba, porque creía que preparar un helado tenía cierta similitud con armar un ramo de flores.
"Utilizo mi propia existencia para hacer ficción", admitía al confirmar las huellas autobiográficas de la trilogía sobre la inmigración que comenzó con Oscuramente fuerte es la vida (1990), siguió con La tierra incomparable (1994) y cerró con Cita en el Lago Maggiore (2011).
Recibió distintos galardones literarios, que recibió con respeto, pero sin dejarse tentar por la vanidad. "Un premio es importante hasta que te lo dan. Después pasa a ser un dato más para la solapa de los libros", sostuvo días después de alcanzar el Premio Planeta 1994 por La casa del nogal que se editó con el título La tierra incomparable en la colección Biblioteca del Sur.
El "Tano" Dal Masetto, como lo llamaban todos los que tuvieron trato personal y profesional, deja un acervo de más de diez novelas, entre las cuales se cuentan Siete de oro (1969), Tres genias en la magnolia (2005), Sacrificio en días santos (2008)eImitación de la fábula (2014); seis libros de cuentos -Ni perros ni gatos (1987),Reventando corbatas (1989), Amores (1991), Gente del Bajo (1995), El padre y otras historias (2002) y Señores más señoras (2006)- y el libro de relatos Crónicas argentinas (2003).
En los últimos meses, su salud se tornó frágil y hacía poco menos de una semana había sido internado en el Hospital Italiano, donde murió de un infarto cardíaco. Pero en ese lapso, concluyó Crónica de un caminante, que en diciembre publicará Sudamericana (ver aparte). Dejó muy avanzada otra obra, aunque no se sabe qué decisión tomarán sobre ella sus hijos Marcos y Daniela, de sendos matrimonios con María Di Silvio y Graciela Marmone.
Dal Masetto no sólo narró sus vivencias y las de su madre sobre la guerra y el regreso a Italia después de muchos años, sino que pintó los miedos que tuvo como muchos argentinos en los tiempos de la dictadura. Su novela Hay unos tipos abajo fue un guión de televisión, protagonizado por Emilio Alfaro y dirigido por Rafael Filippelli. Ambos decidieron llevarla al cine, con el mismo título, en 1985, protagonizada por Luis Brandoni y Luisina Brando. También en la pantalla grande, Jorge Polaco dirigióSiempre es difícil volver a casa (1992), novela en la que se basó también un film de Romain Gavras (hijo de Costa-Gavras).
Siempre se consideró a sí mismo un "espíritu itinerante que quería saber qué pasaba más allá de la frontera, de la ruta que veía", según sus propias palabras. "Sentía que en el pueblo me ahogaba", explicó la razón por la que dejó Salto y se instaló en Buenos Aires, solo, compartiendo un cuarto de pensión con otros cinco hombres. Tal vez ese mismo ahogo lo llevó a mudarse a Bariloche con su primera esposa, a dejar la ficción por un tiempo. De esa experiencia, regresó a la gran ciudad para dedicarse entero a escribir aunque "pasara hambre". Siete de oro fue su primera novela, donde sentó el sello autobiográfico que mantuvo por más de 40 años.
Alternó su producción literaria con la publicación de notas periodísticas y columnas en el diario Página 12, el dictado de talleres de escritura con interminables charlas con autores y amigos entrañables como Miguel Briante (1944-1995), Osvaldo Soriano (1943-1997), Guillermo Saccomano, Ricardo Piglia y su agente y amigo personal Diego Mileo, que tuvo la difícil tarea de confirmar oficialmente su muerte.
Con su lápiz sobre el cuaderno, escribió muchas de sus crónicas en los bares del Bajo porteño, su barrio, que le generaban una gran fascinación: "Yo espero en esas mesas, como un cazador con la escopeta amartillada, que caiga la historia. Si uno está alerta siempre aparece. El escritor es un espía que anda por el mundo tratando de robar cosas en un lado y en otro para alimentarse".
Todos coincidieron siempre en destacar su amistad, que superaba la actividad profesional, y su personalidad afectuosa. "Dal Masetto es italiano de nacimiento, pero como escritor no puede ser más intensamente porteño. No sólo ha publicado cuentos y novelas, sino también poesía. Su don poético, cuando queda libre, le permite volar y permite volar al lector", había señalado Eduardo Gudiño Kieffer al darle la bienvenida a su novela Fuego a discreción (1991).
Sus restos serán cremados pasado mañana y su familia dispondrá el destino final.

Biblioteca elemental

Los ejes de una obra con sello autobiográfico
Temas
La inmigración, el desarraigo, los miedos íntimos y los viajes son tópicos recurrentes en Dal Masetto
Títulos
De su trilogía sobre la inmigración se destaca Oscuramente fuerte es la vida; Hay unos tipos abajo y Siempre es difícil volver a casa fueron llevadas al cine
Premios
Obtuvo el Konex de Platino 2014 Novela (2011-2013); el premio Planeta 1994; el Municipal en 1990 (Segundo Premio Municipal en 1987 y 1983) y, en sus inicios, una mención en el Casa de las Américas 1964, por Lacre, su primer libro de cuentos

domingo, 13 de septiembre de 2015

Los que estuvieron 'En el camino'

Bastante se ha dicho y escrito sobre la generación beat y en particular de su más glamoroso faro, Jack Kerouac. Faltaba rastrear una línea clave pero bastante oculta: el rol de las mujeres beatniks. Ese camino remite a la figura de Joyce Johnson, novia de Kerouac fugazmente pero integrante del movimiento, al igual que otras poetas. En Personajes secundarios (Libros del Asteroide), desenfocada como solía salir en las fotografías pero lúcida y concreta acerca de su rol, empezó a desandar la trama feminista que también estuvo en el camino desde los precoces años ‘50.
por Ana Fornaro
Debería existir un género literario dedicado a lo que escriben las mujeres de los escritores, esas que suelen aparecer en las dedicatorias de los libros, agradecidas por su “paciencia” “por su ternura” o “por ser una gran compañera”. La historia de la literatura sería completamente diferente. Jugando a esto, con una carga de ironía importante y otra de principio de realidad, la neoyorquina Joyce Johnson eligió en 1983 el título de Personajes secundarios para su primer libro de memorias.
Johnson pasó mucho más tiempo siendo editora y escritora que la novia de Jack Kerouac. También se casó dos veces, con otros hombres, y tuvo un hijo. Pero su historia sigue prendada a la del autor de En el camino y su educación sentimental y artística, la reenvían una y otra vez al varón beatnik, con quien tuvo una relación profunda y llena de desencuentros entre 1957 y 1959. En ese periodo, Kerouac saltó de ser la celebridad subterránea de la contracultura estadounidense –tan hastiada por los miedos de la posguerra, tan absorta con el desenfreno consumista– al mediático representante de la Generación Beat, con sus ex compañeros de Columbia Allen Ginsberg, Willian Burroughs y Lucien Carr. El Aullido de Ginsberg se había convertido en un himno para la bohemia neoyorquina que malvivía entre bares y hoteluchos del Village y todo proyecto de artista terminaba en ese reducto de inmigrantes y dealers. Pero no había espacio para las mujeres en esa furia creativa. En el peor de los casos eran esposas; en el mejor, amantes. Y si llegaban a tener algún tipo de aspiración literaria o de independencia el precio a pagar era tan alto, que muchas murieron, locas, alcohólicas, abortando, en el intento. Ese universo aparece retratado sin concesiones ni añoranzas, en Personajes secundarios, el primer memoir que a Joyce Johnson le llevó treinta años escribir y que ahora circula en Argentina, en un 2015 que vino muy beatnik. Johnson nos cuenta el lado b de los beatniks. La autora pinta a un escritor talentoso mezcla de fuerza de la naturaleza con nene de mamá, que vive en un debate interno permanente entre la vida de mochilero pobre y la del animal doméstico, entre la aventura o los desayunos de huevos con panceta.
Además de ser una de las mejores crónicas sobre la década de los ‘50 y de los entretelones del movimiento beat, Personajes secundarios funciona como ensayo sobre el lugar que ocupó una generación de mujeres que hicieron su propia revolución antes del feminismo de la segunda ola. Chicas de clase media que quisieron irse de casa sin casarse, ser protagonistas de la ebullición cultural y tuvieron que contentarse en los márgenes, o directamente quedaron fuera del cuadro. “Las que abandonamos el nido carecíamos de un modelo a seguir. No queríamos ser como nuestras madres, ni como nuestras maestras solteronas, ni como las curtidas profesionales que salían en las películas. Y nadie nos había enseñado a convertirnos en artistas o escritoras. Aunque sabíamos algo de Virginia Woolf –poco–, no nos parecía una referencia válida. Sus privilegios nos resultaban incómodos. Los que quieran entender a las mujeres beat deberán considerarlas de transición: un puente a la siguiente generación”, sitúa la acción Johnson en el prefacio, antes de empezar a contar.
Para muestra vale la imagen que ilustra la portada del libro. Un plano medio de Kerouac seductor y bonachón mirando a cámara, recostado contra una columna. Detrás de él las luces de neón de una metrópoli en ebullición. En el medio, fuera de foco, hay una rubia con raya al costado y cara redonda que se pierde hacia el fondo. Esa rubia es Johnson, que vio cómo la marca GAP, que usó la fotografía en los ‘90 para una campaña publicitaria, volvía literal la metáfora: la habían borrado de la historia.

UNA PERSONITA INTERESANTE

Mientras Johnson se escapaba con trece años los domingos para ir a los cafés frecuentados por hipsters (los originales) y a los conciertos improvisados del Time Square, Kerouac, Carr y Ginsberg habían abandonado la Universidad de Columbia, estaban haciendo sus primeros viajes iniciáticos y agitaban la vida cultural de San Francisco. Faltaban varios años para que esta chica casi suburbana del Upper West Side escuchara hablar de ellos. Con la adolescencia, Johnson, que todavía cargaba con su apellido de princesita judía Glassman, empezaba a vivir lo que sería su primera revolución.
Kerouac publicó su primer libro, El pueblo y la ciudad en 1950 pero ella por ese entonces sólo leía a Thomas Wolfe y se preparaba para entrar a la Universidad para mujeres Barnard, despidiéndose –por un rato– de esa bohemia que había empezado a tocar de oído. Fue recién en 1952 cuando, ya sin virginidad y con la experiencia iniciática y dolorosa de estar con un profesor casado, leyó por primera sobre el “movimiento beat”. Se enteró por la revista del New York Times que existía una banda de escritores jóvenes y rebeldes que escribían bajo la influencia del jazz y “el afán reprimido de experimentar el júbilo”, según las palabras del escritor John Clellon Holmes. Pero Holmes no se atribuía el nombre de esa pandilla de varones que encarnaba el futuro literario de Estados Unidos, sino que se lo adjudicaba a su amigo Jack Kerouac. Ella no tenía idea de quiénes eran pero se sintió identificada: también sentía ese afán reprimido a punto de explotar. Gracias a que su amiga Elise Cowen, a la que le esperaría un destino corto y terrible de poeta torturada, se enamoró de Ginsberg, Johnson empezó a fantasear con la idea de encontrarse en alguna fiesta a ese escritor esquivo con pinta de estrella de cine. No se lo encontró. Fue Ginsberg quien arregló una cita a ciegas.
“No tengo idea de qué vio en mí aquella noche. ‘Una personita interesante’”, escribió en Angeles de la desolación. ‘Judía elegante, clase media, de aspecto triste y buscando algo. Parecía muy polaca...’ ¿Dónde estoy yo, entre todas estas categorías? No me reconozco”, dice Johnson sobre ese primer encuentro que, sin locas pasiones, llega a buen puerto. Ella era trece años menor, vivía en un departamentito oscuro, había dejado la facultad y acababa de firmar un contrato por su primera novela. Él era un animal cansado y encantador que no tenía plata ni donde dormir. Y Johnson lo adoptó.
Lo que sigue es una relación que, a pesar de la loca admiración de Johnson y una misoginia de la que Kerouac no era muy consciente, estuvo marcada por cierta paridad. El escritor, que dos por tres dejaba el nido y a la jovencita para recuperar la inspiración viajando, estimulaba a Joyce para que terminara su novela. En ese tiempo Kerouac vio cómo En el camino, el libro que pensaba nunca iba a publicarse, era celebrado en The New York Times como “el testamento de la generación beat”. “¿Es una buena crítica, no?”, le preguntó, inseguro, mientras leían el artículo de parados en un kiosco. Y ella, la personita interesante, lo tranquilizó una vez más. Kerouac llevaría bastante mal la ansiada fama y se alejaría de esa beatitud que tanto perseguía, desgastado y alcohólico. Johnson optó por seguir con su vida y su escritura. Finalmente se dio cuenta que en la relación no había lugar para los dos.

INVERSION DE ROLES

Aunque está atravesado por su pareja con Kerouac, este no es un libro sobre el escritor. Es él y los otros popes beatniks quienes juegan aquí el rol de personajes secundarios. En el centro está Johnson, claro, pero la autora también reivindica a las otras mujeres que, como ella, tuvieron que contentarse con el lugar de espectadoras. Un buen porcentaje de las páginas de este memoir lo ocupa la historia de Elise Cowen, su mejor amiga desde la universidad y una poeta que fue bastante olvidada después de su muerte temprana.
Haciendo justicia histórica, Johnson le devuelve el lugar a esta chica frágil e insegura que salió de una casa familiar acomodada para terminar en hospitales psiquiátricos y hoteluchos de Nueva York y San Francisco. Cowen, que desde la adolescencia parecía llevar el signo de la tragedia, se enamoró de Ginsberg justo cuando él decidía enamorarse de varones. Resignada, tuvo que conformarse con su amistad y con la de Peter Orlovsky, la pareja del poeta. Entre los tumultos psicológicos, los delirios por drogas y la experiencia de su propia homosexualidad, Cowen logró escribir cientos de poemas que fueron quemados después de que ella se tirara del séptimo piso de su casa paterna a los 28 años. Sólo sobrevivieron 85, guardados por su amigo Leo Skir, que fueron publicados durante los años posteriores en distintas revistas de corto alcance. Recién el año pasado se publicaron sus textos, que oscilan entre Safo y Emily Dickinson, de forma orgánica, gracias al trabajo del crítico Tony Trigilio. “Elise fue un momento en la vida de Allen. En la de Elise, Allen fue una eternidad”, escribe Johnson sobre su amiga, y también quizás sobre ella y la huella de Kerouac.
Otra de las mujeres que tuvieron que lidiar con el lugar de “pareja de” fue Hettie Jones, que en ese entonces estaba recién casada con LeRoi Jones, el poeta negro que pasaría a ser conocido como el escritor y activista Amiri Baraka. “¡Ven al recital! Me anima cuando le anuncio a regañadientes que tendría que irme a casa. Su marido es uno de los poetas, y ella es una mujer enamorada. Por él, ella se quedaría en todas las esquinas heladas del mundo. Ella también escribe poesías pero nunca las ha leído en público –ni las menciona en realidad– convencida de que no son los suficientemente buenas. (‘Algunas sí que eran bastante buenas’, admitirá con fiereza años más tarde)”, presenta Johnson a su nueva amiga, a quien admira inmediatamente por la valentía de romper con su entorno judío y privilegiado para entablar una de las primeras parejas interraciales del ambiente. Jones, que luego se divorciaría de Baraka y publicaría sus poemas, escribió su propio libro de memorias unos años después que Johnson. Bajo el título How I became Hettie Jones, recrea también esa época desde una perspectiva femenina.
En los últimos años se ha escrito bastante sobre las mujeres beatniks, incluso hay una antología con textos de todas ellas, pero fue Personajes secundarios el primero en abrir la puerta a la dimensión desconocida. En este libro, el primero de una serie al que le sigue la publicación de la correspondencia con Kerouac y una biografía del autor, Johnson escribe con fuerza pero sin desbordarse, con la calma y lucidez que da el paso del tiempo. Y a pesar de una honestidad cruda, se nota que no está diciendo todo, que se cuida, de la misma forma que cuida a quienes retrata. El lector puede entrar a estas memorias de muchas maneras: como groupie de la Generación Beat en busca de detalles de los ídolos, como historiador de la literatura, o como cómplice de una mirada aguda, y con perspectiva de género, de este período de jazz, alcohol y sueños de rebeldía. Cualquiera sea la forma, estas memorias resultan un libro fundamental para entender esa década fugaz que prepararían el terreno para el gran cambio de los ‘60, al que pocos de ellos se pudieron adaptar.

miércoles, 29 de julio de 2015

ALBERT CAMUS- Escritos Libertarios 1

Albert Camus 

CamusAlbert Camus nace en 1913 en Argelia en el seno de una familia pobre. Como pierde a su padre en la batalla del Marne en 1916, su formación corre por cuenta de su madre, que era analfabeta y trabajaba limpiando hogares. Tras conseguir una beca, Camus comienza eventualmente la carrera de periodista. Como la mayoría de los jóvenes, fue un gran aficionado al futbol, además de ser un miembro de una trouppe teatral.
Desde su época de guardameta, Albert Camus tuvo siempre un gran espíritu de equipo. Era muy generoso, con una enorme naturaleza sensible, y siempre buscó la máxima unidad, tratando de evitar o eludir el rencor. Muchos intelectuales que escriben sobre Camus han oscurecido su apoyo al anarquismo. Acudió siempre donde hiciera falta para apoyar en los momentos más difíciles al movimiento anarquista, aunque sentía no poder comprometerse totalmente a este movimiento.
Camus nunca ocultó su atracción hacia el anarquismo. Las ideas anarquistas se reproducen en sus novelas y obras de teatro, como por ejemplo, La Peste, El Estado de Sitio o Los Justos. Camus conoció al anarquista Gaston Leval, que había escrito sobre la Revolución española de 1936 (Espagne Libertaire, 1952). Camus ya expresó por primera vez admiración por los anarcosindicalistas, los objetores de conciencia y todo tipo de rebeldes en 1938, mientras trabajaba como periodista en el periódico L’Alger Republicaine, de acuerdo con su amigo Pascal Pia.
El anarquista Andre Prudhommeaux le introdujo por primera vez en el anarquismo en una reunión en 1948 del Cercle des Etudiants Anarchistes como un simpatizante que estaba familiarizado con el pensamiento anarquista.
Camus apoyó también a los Grupos de Enlace Internacional que trataban de dar ayuda a los opositores del fascismo y el estalinismo, y se negó a tomar el lado del capitalismo americano. Estos grupos se crearon en 1947-48, con la intención de dar apoyo material a las víctimas de los regímenes autoritarios, así como el intercambio de información con los partidarios, incluido el anarquista ruso Nicolas Lazarevitch (exiliado en Francia), así como muchos de los seguidores sindicalistas revolucionarios del periódico La Revolución Proletarienne, del que Camus sigue siendo amigo y colaborador económico hasta su muerte.
El libro de Albert Camus L’Homme Révolte, publicado en 1951, marcó una clara ruptura entre Camus yla sección izquierda del Partido Comunista. Su mensaje fue entendido por los anarquistas y sindicalistas revolucionarios en Francia, ya que abiertamente menciona el sindicalismo revolucionario y el anarquismo y hace una clara distinción entre el autoritarismo y el socialismo libertario. El tema principal del libro es cómo conseguir una revolución sin el uso del terror y el empleo de métodos cesaristas. Por lo tanto, Camus se refiere a Bakunin y Nechaev, entre otros. “La Comuna contra el Estado, la sociedad concreta en contra de la sociedad absolutista, la libertad contra la tiranía racional, el individualismo altruista finalmente contra la colonización de las masas…” Camus termina con un llamamiento en favor de la resurrección del anarquismo. El pensamiento autoritario, gracias a tres guerras y la destrucción física de una “élite” de los rebeldes, había sumergido esta tradición libertaria; pero se trataba de una provisional victoria, porque la lucha aún continúa.
Gaston Leval respondió con una serie de artículos al libro. Su tono era amigable, y evitaba la polémica, pero él trató al libro de Camus como una caricatura de Bakunin. Camus respondió en las páginas de Le Libertaire, el órgano de la Fédération Anarchiste (con una tirada semanal 100000 ejemplares), argumentando que había actuado de buena fe, y que haría una corrección a uno de los pasajes criticado por Leval en futuras ediciones.
El secretario general de la Fédération Anarchiste, Georges Fontenis, también examinó el libro de Camus en Le Libertaire, con el título de “¿Es la revuelta de Camus la misma que la nuestra?”, a lo que Fontenis respondía que así era. Sin embargo, culpaba a Camus por no dar el debido espacio a las revoluciones de Ucrania y España, y por retratar a Bakunin como un endurecido nihilista y no dar crédito a sus posiciones anarquistas específicas. Aunque terminó por admitir que el libro contiene algunas páginas admirables. Un examen de Jean Vita la semana siguiente en Le Libertaire fue más cálido y más positivo.
Estas críticas medidas que de los anarquistas se encontraba en contraste con las de los compañeros de viaje del Partido Comunista, al igual que Sartre, así como con el grupo en torno a la revista Les Temps Moderne, marcaron el inicio de la tendencia de Camus de romper con este otro gran exponente del existencialismo. Las críticas de este grupo fueron salvajes, en particular la de Francis Jeanson. Camus respondió que la revisión de Jeanson fue marxista ortodoxa, y que había pasado de todas las referencias al anarquismo y al sindicalismo. “La Primera Internacional, el movimiento Bakuninista, siguen viviendo entre las masas de la CNT francesa y española, pero no se tienen en cuenta”, escribió Camus. Para su dolor, Camus fue “excomulgado” por Jeanson de las filas de los existencialistas. Estos métodos descorazonaron a Camus. También recibió severas críticas por parte de los surrealistas por sus concepciones artísticas dentro del libro. Parece que el movimiento anarquista fue el mejor colaborador de Camus.
Camus estuvo marcado por esta pausa de otras maneras también. Se había hecho una promesa para mantenerse fuera de los intelectuales que estaban dispuestos a volver al estalinismo, lo que no impidió que de todo corazón apoyara causas justas y que le valieran la pena. En España un grupo de trabajadores anarquistas habían sido condenados a muerte por Franco; para evitarlo, se convocó en París una reunión de la Liga por los Derechos del Hombre el 22 de Febrero de 1952.
Camus se mostró de acuerdo en hacer uso de la palabra en este evento y, a su juicio, consideró útil que el líder de los surrealistas, André Breton, apareciera también en el podio (a pesar del ataque que Breton había escrito en la revista Arts, sobre las críticas de Camus al poeta Lautreamont, admirado por los surrealistas como uno de sus precursores). Camus se reunió con los organizadores del evento, Fernando Gómez Peláez del periódico de Solidaridad Obrera, órgano de la CNT, Ester y José Borrás, y les pidió que propusieran intervenir a Bretón, diciéndole a éste que Camus lo había sugerido. Bretón se mostró de acuerdo en participar en la reunión, aunque Camus estuviera presente. Gómez le dijo entonces a Bretón que Camus había sugerido que hablara en primer lugar, Breton rompió a llorar. Más tarde, Camus dijo a los anarquistas españoles que, debido a que él no había respondido a la ira de Bretón, la reconciliación era posible. Camus y Bretón compartieron el podio e incluso hablaron entre ellos (para entender los vínculos de Breton y los surrealistas con el movimiento anarquista ver Organise! número 44 o suplemento de Germinal Libertario número 1).
Camus tomó la posición del intelectual comprometido, firmando las peticiones y escribiendo para Le Libertaire, La Révolution Proletarienne y Solidaridad Obrera. También pasó a formar parte del consejo de redacción de otro órgano libertario, Témoins de 1956, concociendo así a su editor, Robert Proix, un corrector de errores de oficio. Camus, a través de Proix, se reunió con Giovanna Berneri (Caleffi), compañero del anarquista italiano Camillo Berneri, asesinado por los estalinistas en España en 1937. Camus también se reunió Rirette Maitrejean, que había sido el antiguo compañero de Victor Serge, y había participado en la Bonnot Gang. Rirette había estado trabajando como corrector de errores para el periódico Paris-Soir durante mucho tiempo. Camus también se hizo amigo del veterano anarquista Maurice Joyeux, que más tarde diría que de todas las obras literarias contemporáneas, L’Homme Révolte era el libro en el que mejor se definen las aspiraciones de los estudiantes y trabajadores en mayo de 1968.
Una vez más, en 1954, Camus fue a la ayuda de los anarquistas. Maurice Laisant, secretario de propaganda de las Forces Libres de la Paix, así como un editor de Le Monde Libertaire habían elaborado un cartel antimilitarista utilizando el formato de la propaganda oficial del ejército, por lo que fueron acusados de subversión. Camus acudió como testigo a su Juicio, recordando cómo se reunió con Laisant por primera vez en aquel encuentro español de 1952. Camus dijo al Tribunal: “Desde entonces le he visto muchas veces y he admirado su voluntad de luchar contra el desastre que amenaza a la raza humana. Me parece imposible que se pueda condenar a un hombre cuya acción se identifica tan a fondo con los intereses de todos los hombres. Muy pocos son los hombres que luchan contra el peligro que cada día crece más ominoso para la humanidad”. Después de su declaración, Camus tomó asiento en una sala repleta de trabajadores militantes, que lo rodeaban con afecto. Lamentablemente Laisant recibió una fuerte multa.
Camus también colaboró con los anarquistas cuando expresó su apoyo a los trabajadores en la revuelta contra los Soviets en Alemania Oriental en 1953. En 1956, primero con los trabajadores en el levantamiento en Poznan, Polonia, y después en el mismo año con la Revolución húngara volvió a mostrar su cooperación. Más tarde en 1955, Camus dio su apoyo a Pierre Morain, un miembro de la Fédération Communiste Libertaire (la Fédération Anarchiste había cambiado su nombre en 1954 tras luchas internas). Morain fue el primer francés encarcelado por un anti-colonialista de Argelia. Camus expresó su apoyo en las páginas del diario nacional L’Express del 8 de noviembre de 1955.
Camus utilizó a menudo su fama o notoriedad para intervenir en la prensa intentando poner fin a la persecución de militantes anarquistas o para alertar a la opinión pública. En el último año de su vida Camus se asentó en la aldea de Provence Lourmarin. Un bretón, nacido en Paris, autodidacta, y convencido anarquista, había llegado a la aldea durante la guerra para “desmovilizarse”. Camus lo contrató como jardinero y tuvo la oportunidad de tener conversaciones con alguien de la misma onda. Una de las últimas campañas en la que participó Camus fue la lucha del anarquista Louis Lecoin por la situación de los objetores de conciencia en 1958. Camus nunca llegó a ver los resultados de esta campaña, ya que murió en un accidente automovilístico en 1960, con cuarenta y seis años.
Traducido de Organise! número 68, verano de 2007