ADVERTENCIAS A MÍ MISMO

en novelas, relatos, ensayos. Escritura

jueves, 11 de diciembre de 2014

KURT VONNEGUT Algunos libros







¿Qué hace que un relato sea verdadero?
 ¿En qué punto se dirime la verdad de un libro? La literatura argentina –pero lo de “argentina” sí que es pura falsedad, diría Kurt Vonnegut– registra una respuesta célebre en –cuándo no– Borges. Al final de “Emma Zunz” hemos aprendido que el relato de Emma era verdadero porque verdadero era el tono, verdadero el pudor, verdadero el odio; “solo eran falsas las circunstancias”. Con una declaración tal vez menos paradójica, pero en el mismo registro, comienza Cuna de gato, de Kurt Vonnegut, publicado originalmente en 1963 y reeditado ahora en una nueva traducción: “En este libro nada es cierto”, dice uno de sus epígrafes. Pero luego hay otro: “Vive de acuerdo con los foma”, que son, según la doctrina del bokononismo que el libro enseña, “falsedades inofensivas”. Seis años más tarde, el libro más famoso de Vonnegut, Matadero cinco, volverá sobre el mismo problema, otra vez desde su inicio: “Todo esto ocurrió, más o menos”, dice en su primera oración. Y más allá de la distancia que separa el “nada es cierto” (pero no importa) del “más o menos” (pero sucedió), lo que queda es la apertura de un vacío entre acontecimiento y narración que a menudo le ha ganado a Vonnegut la etiqueta de posmoderno, pero que más valdría tomar como punto de partida para una exploración de nuevas posibilidades de pensar formas de la experiencia y de la comunidad después de sobrevivir al horror.

El horror es, en Cuna de gato como en el resto de los libros de Vonnegut, la guerra y sus sueños de exterminio, que se hacen palpables en bombardeos como el de Dresde (del que Vonnegut era un sobreviviente) o Hiroshima. El libro abre, de hecho, con la búsqueda por parte del narrador de información para un libro acerca de Félix Hoenikker, uno de los mentores (ficcionales, si importa) de la bomba atómica. Pero el narrador (“Pueden llamarme Jonás. Mis padres me llamaron así, o casi”, empieza, en un doble señalamiento a Moby Dick y a esa grieta que se abre en lo real) no está interesado en números o estadísticas, sino en reconstruir los eventos mínimos que rodearon la vida cotidiana de Hoenikker el día en que la primera bomba cayó sobre Japón: “Mi libro no hará hincapié en el aspecto técnico sino en el aspecto humano de la bomba”, dice, acerca de su proyecto.
Entregado a esa reconstrucción microhistórica del horror, que liga con los grandes temas del siglo pasado (cómo escribir después de Auschwitz, la ruina del humanismo…), llega a conocer a los tres hijos de Hoenikker, cuya madre ha muerto en el último parto: Angela, Frank y Newton. Newton es el que le cuenta al narrador que cuando era un niño, el día de la bomba, Hoenikker intentó jugar con él, por única vez en su vida, mostrándole una “cuna de gato” hecha con hilos entre sus dos manos que lo espantó por completo. Ese recuerdo y el supuesto último invento de Hoenikker, una extraña sustancia que podría convertir toda la tierra en hielo (el hielo-nueve), son las obsesiones que marcan la búsqueda.
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Como buena parte de la literatura del siglo XX, la novela de Vonnegut participa de una imaginación de la catástrofe que cuestiona la posibilidad de seguir adelante y pone en crisis las formas de vida conocidas.

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A partir de allí, las relaciones entre el narrador y los hijos de Hoenikker se expanden, y todos terminan juntos, aunque con distintos roles, en la isla de San Lorenzo, una república (“bananera”) del Caribe gobernada por el dictador “Papá” Monzano, donde Frank Hoenikker ha llegado a general. En San Lorenzo, un país extraño, aliado anticomunista de los Estados Unidos, donde se habla una especie de inglés deformado, todos profesan el bokononismo, una religión inventada por Bokonon, el fundador de la isla, perseguido por “Papá”. El bokononismo, en términos generales, promueve la disolución de la identidad de distintas formas: en el uso indiscriminado de la mentira, en el regreso al “barro” del que todos venimos, en la idea del destino, en aceptar “ir a cualquier parte que sugiera cualquiera”. En realidad, la persecución de los bokononistas es una especie de ficción fundante de un orden extraño, una mascarada que mantiene las cosas “en equilibrio” en la isla: la religiosidad de los isleños es un secreto abierto, pero cada dos años, uno de ellos es ejecutado por practicante. Mientras tanto, Bokonon se esconde en el interior de la isla.
Pero todo eso es pasado cuando el narrador escribe, y aquí el punto de vista temporal importa. La perspectiva narrativa es la de un “ahora” que ubica al narrador por delante de todo lo que cuenta: ahora que lo sabe todo, ahora que profesa el bokononismo, ahora que se ha descubierto el hielo-nueve, ahora que todo ha terminado… Un “ahora” denso, porque sugiere “la unidad en cada segundo de todo el tiempo y en toda la errabunda humanidad”, una perspectiva temporal total y dispersa como el estilo de capítulos brevísimos, casi viñetas, de sucesión estrictamente cronológica pone en escena (y anticipa la fragmentariedad y los viajes en el tiempo de Matadero cinco). En esta narración del futuro como pasado se cifra el uso de la ciencia ficción que Vonnegut hace, junto con la famosa sentencia –casi una consigna– que Ballard propuso alguna vez para el género: “El único planeta alienígena es la Tierra”.
Sin los habitantes del planeta Tralfamadore que Vonnegut presentó en Las sirenas de Titán y recuperó en otros libros, en Cuna de gato lo terrestre muestra su extrañeza por la distancia irónica y la mirada extrañada que la narración de los hechos y los personajes imponen. El bokononismo es una doctrina ejemplar en este sentido: a los bokoninostas les repugnan por igual la reproducción (sexuada) y las comunidades preconcebidas, falsas (granfalloon), que tienen su epítome en los Estados nacionales (los únicos que en realidad van a la guerra): “Otros ejemplos de granfalloon son el Partido Comunista, las Hijas de la Revolución Americana, la compañía General Electric, la Independiente Orden de Odd Fellows y cualquier país, en cualquier época y lugar”. Contra la reproducción de esas comunidades falsas (y fallidas, al menos en la perspectiva histórica de Vonnegut), Bokonon propone el karass, equipos que se reúnen involuntariamente, “una forma tan elástica como una ameba”; y el boko-maru, un ritual en el que dos personas ponen en contacto las plantas de sus pies para fundir sus almas. Es que en Cuna de gato, los personajes van perdiendo de a poco la energía sexual, las parejas se deshacen o se suicidan, las familias disfuncionales proliferan. Como buena parte de la literatura del siglo XX, la novela de Vonnegut participa de una imaginación de la catástrofe que cuestiona la posibilidad de seguir adelante y pone en crisis las formas de vida conocidas.
“No hay gato, no hay cuna”, dice Newton, mientras mira un cuadro pintado por él mismo y recuerda el juego de hilos entre las manos de su padre. ¿Qué se cuela por eso vacío que se abre entre el nombre y la cosa?
La historia, la guerra, el horror, la vida como la conocemos. Todo, cualquier cosa, más o menos, casi, responde Vonnegut.
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Kurt Vonnegut
Cuna de gato
(La Bestia Equilátera) 248 páginas.
Traducción de Carlos Gardini

miércoles, 3 de diciembre de 2014

KURT VONNEGUT (1922- 2007) Entrevista, donde habla de 'Matadero 5'



por Livia Manera

Desde hace casi medio siglo Kurt Vonnegut cuenta el mundo con el desencanto de su "así va la vida", como repetía en su novela Matadero 5 . Medio siglo en el que la crítica trató de encontrar un nombre para la originalidad de este escritor que hace poco cumplió ochenta años. A veces lo llamaron visionario; otras, amable Casandra, auténtico desobediente y humanista. "Diga más bien que soy un socialista", dice durante la entrevista que me concedió en el escritorio de su representante en Nueva York. "He descubierto que un humanista es una persona que tiene un gran interés por los seres humanos. Mi perro es un humanista."
-¿Qué escribe hoy uno de los mayores autores norteamericanos, que ha unido su nombre a las protestas contra Vietnam y a la revolución cultural de los años 60 y que siempre está cerca del corazón de los más jóvenes?
-Nada. Estoy literalmente paralizado por el estado en que se encuentra mi país. La televisión no ha transmitido ni siquiera las protestas de los pacifistas. The New York Times se negó a publicar un discurso que pronuncié en un encuentro por la paz. Es como vivir bajo un ejército de ocupación que se ha apoderado de los medios de comunicación.
Y después arroja sobre la mesa un fascículo de pocas páginas fotocopiadas.
-Este es mi último libro. He debido publicarlo a mis expensas.
-¿De qué trata?
-Es una colección de comentarios que escribí para un diario de Chicago sobre el golpe de Estado de las últimas elecciones.
-Habla de la victoria de Bush.
-Hablo de cómo el poder ha terminado en manos de gente terrible, malvada, ignorante y privada de conciencia, que no tiene ningún respeto por el sistema norteamericano. En otros tiempos, sobre un argumento semejante podría haberse escrito una obra teatral que hubiera provocado una reacción. Pero no ahora que nuestro gobierno moral está representado por la televisión. Una televisión que nos dice siempre y únicamente que todo va bien. Debo mirar la BBC si quiero saber cuántos civiles hemos matado en Afganistán y en Irak. Sin embargo, debería ser noticia cómo hemos reducido a esos países y qué estúpido fue hacerlo.
-En efecto, muchos se han sorprendido por la falta de planes de los norteamericanos para la gestión posterior a la caída de Saddam.
-¿Sabe por qué? Porque esta gente del gobierno no tiene conciencia. Porque son las personas más inclinadas a decidir en el mundo y no les importa nada de lo que ocurrirá después, ni siquiera les importa lo que les ocurrirá a ellos mismos. Son psicópatas y patrones del planeta. ¿Sabe qué dicen del desastre que hicieron en Irak? "OK. Ha sucedido esto, pero no es nuestra culpa, es culpa de los iraquíes..."
Vonnegut estalla en una carcajada sarcástica y continúa.
-"No deberían haber disparado sobre nuestro muchachos..."
-¿Cree que habría sido muy distinto de haber ganado Al Gore?
-No, porque nuestros representantes en el Congreso están financiados por gente que tiene toneladas de dinero. Ciertamente, en el lugar de Bush y de los suyos hubiéramos podido tener a personas que respetaran el sistema norteamericano y representaran a los ciudadanos y no a las corporaciones. En cambio, todo es tan estúpido. La inteligencia en los Estados Unidos ya no cuenta para nada.
-Clinton era un hombre inteligente.
-Sí, pero ha hecho una cosa terrible.
-¿Cuál?
-Se ha aprovechado de aquella muchacha. Yo, con usted, por ejemplo, no me hago el imbécil.
Y ríe.
-No, pero como dicen ustedes los norteamericanos: se necesitan dos para bailar el tango. La muchacha habrá tenido su responsabilidad en el asunto.
-Naturalmente. Pero lo que ha hecho Clinton en favor de los republicanos es imperdonable. Una cosa terrible. Matar, en cambio, eso está bien. ¿Sabe qué quiere decir Shock and awe ? Quiere decir asesinar.

-Y usted, Vonnegut, ¿ha combatido en la Segunda Guerra Mundial? ¿Alguna vez mató a alguien en una guerra?
-No, porque era un tipo particular de soldado, no un cobarde, sino un scout . Nuestro deber era penetrar en las líneas enemigas sin hacernos notar, descubrir qué había detrás, volver y contarlo a la artillería. Me considero afortundo de no haber matado a nadie. Pero si hubiese sido necesario, lo habría hecho. Era un buen soldado.

-En Matadero 5 ha contado la locura del bombardeo de Dresde: ciento treinta y cinco mil muertos, dos veces las víctimas de Hiroshima. Usted estaba allí como prisionero de guerra. ¿Cómo fue capturado?
-Nuestro batallón fue arrollado por una división de alemanes en las Ardenas. Nos hicieron abandonar nuestro medio y entrar directamente en una pesadilla. No teníamos la más pálida idea del destino hacia el que nos encaminábamos. Habían capturado a nuestro comandante y éste había dado la orden de rendirse. Una orden ilegal: es como decir a un soldado que se suicide. Pero esto sucedió por lo menos cincuenta años antes de que usted naciese.
-Tan sólo trece. De todos modos le tomó veinticuatro años elaborar esa historia en Matadero 5.
-Más que para elaborarla para escribirla. Tenía una familia que mantener ( Vonnegut tiene siete hijos, de los cuales tres son adoptados, de una hermana muerta. N. R) , y me dije, ok, no he escrito nunca una novela de guerra. Entonces fui a encontrarme con el scout que en aquella época de la guerra era mi compañero -entre tanto se había convertido en procurador- y le dije: "Ayúdame a recordar lo que pasaba en aquel entonces". Entonces entró su mujer y dijo: "¡pero si eran dos niños!". Y esa fue la clave del libro. Todos éramos niños.
-¿Lo volvió a leer?
-Nunca. Ni siquiera pude tocar las galeras.
-Entonces le gustará saber que después de treinta y cuatro años es todavía una de las novelas más fuertes y más originales de la narrativa norteamericana, y no sólo de las novelas sobre la guerra. Es un libro que no ha envejecido.
-Me da mucho placer, por cierto, lo que me dice. Es la nave almirante de mi pequeña flota. Aunque el libro más cercano a mi corazón es Cuna de gato .
-¿Por qué
-No lo sé. ¿Alguna vez se enamoró?

-¿Cree que si no hubiese combatido en la Segunda Guerra se habría convertido, de todos modos, en un escritor?
-Mi amigo Joe Heller, que escribió Catch 22 , decía que si no hubiese sido por la Segunda Guerra habría terminado en el rubro tintorería. En cuanto a mí, no lo sé. Por cierto, hay otras cosas que me han hecho escribir: los cambios tecnológicos que han destruido tantas culturas, por ejemplo. Soy un antropólogo de formación. Una de las razones por las cuales nosotros los norteamericanos somos odiados es porque hemos introducido en otros países nuevas tecnologías y planes económicos que han destruido el autorrespeto y la cultura de mucha gente.

-En Cuna de gato , en el 63, usted escribía que "los norteamericanos no logran imaginar qué significa ser distinto de ellos y sentirse orgulloso de esa circunstancia". Y que "la política exterior norteamericana debería aprender a reconocer el odio en vez de imaginar el amor". ¿El 11 de septiembre lo sorprendió?
-No. Me sorprendió más que nada el óptimo trabajo que hicieron los terroristas. ¡Vaya si estaban preparados! Naturalmente, son las mismas personas que inventaron los números, el cero y el álgebra, por lo cual no hay de qué asombrarse tanto.
-Usted ha dicho siempre que la literatura es por definición portadora de opiniones. ¿Cuál es la literatura que hoy importa?
-El problema es que no importa, y por eso no puedo escribir. En una época importaba, y muchísimo. Era el lugar en el cual durante la Gran Depresión se debatían los temas de la economía y de la política. Y en la posguerra nos interrogábamos sobre el tipo de país que hubiera podido llegar a ser los Estados Unidos. Después llegó la televisión y todo se terminó.
Enjuto y desgarbado, Kurt Vonnegut se levanta para volver a su casa. Pero justo antes de salir, en el último momento, se da vuelta: "Debe de ser por el álgebra que Bush los odia". Y una última carcajada retumba, batalladora, detrás de la puerta

Fuente:Corriere della Sera - Nueva York, 2003
(Traducción de Hugo Beccacece) La Nación. Buenos Aires

viernes, 7 de noviembre de 2014

THOMAS PYNCHON

CAYENDO EN EL VIENTO

Aunque los rumores indicaran otra cosa, el nuevo libro de Thomas Pynchon no deja de ser una de sus poco ortodoxas novelas históricas, además de su largamente esperada versión sobre los atentados a las Torres Gemelas y las consecuencias político-paranoicas del 11-S. Al límite habla sobre una tecnología informática, que de tan nueva y poco probada podría tener efectos arrasadores sobre la sociedad y, al igual que casi todas las anteriores novelas de Pynchon, traza un mapa sociocientífico donde el concepto de entropía sigue brillando en lo más alto. Como sea, es la nueva entrega del escritor norteamericano que, aun oculto a la manera de Salinger, sigue marcando el ritmo de la narrativa norteamericana.
por Rodrigo Fresán
Cincuenta años luego de la publicación de V. –para muchos el debut literario más trascendente en la historia de los Estados Unidos y el punto exacto de donde brota todo lo que llegaría y sigue llegando de su autor–, Thomas Pynchon vuelve a escribir sobre Manhattan. Es evidente que la ciudad no es la misma de entonces, pero también resulta perfectamente claro que Pynchon (Nueva York, 1937) sigue siendo el mismo, el único, el inconfundible. Bastan tres o cuatro páginas de Al límite –su octava novela– para comprender y disfrutar del que todo continúe en su sitio y que, de nuevo, su Gran Tema vuelvan a ser los inexorables giros del vals de la entropía donde todos los bailarines van cayendo en cámara lenta pero constante.
A saber, para empezar: una descripción tan lírica como clínica del entorno metropolitano mientras una madre lleva a sus hijos a la escuela; enseguida algo muy gracioso (“La escuela recibe el nombre de uno de los primeros psicoanalistas, expulsado del círculo íntimo de Freud debido a una teoría de la recapitulación que había concebido. A él le parecía obvio que la vida humana se desarrollaba recorriendo los variados trastornos mentales tal como se entendían en su época: el solipsismo de la más tierna infancia, las histerias sexuales de la adolescencia y la primera madurez, la paranoia de la mediana edad, la demencia de la última fase de la vida..., todo conduce a la muerte, que al final resulta ser la ‘cordura’”), y luego una inequívoca y categórica afirmación: “La paranoia es el ajo en la cocina de la vida, buena verdad, nunca está de más”.
Para entonces –página 22– ya sabemos que hemos vuelto al mejor sitio posible: a una novela de Thomas Pynchon.
Y como siempre, mientras se sigue esperando su ya tan legendaria como imposible de confirmar a la fecha saga sobre monstruos japoneses, quedaba por saber si Al límite, dentro del paisaje del Pynchon tardío y milenarista (período que arranca con el retorno de Vineland, 1990), luego de más de casi un cuarto de siglo de silencio, sería otro “entretenimiento” profundo e histérico como la anterior Vicio propio (2009), o algo contundente y majestuoso e intimidante e histórico como la previa Contraluz (2006).
Para empezar, Al límite –finalista al National Book Award que ganó James McBride– es otro crepúsculo. Si Contraluz narraba el sinfónico fin del aventurerismo romántico (y los inicios del corporativismo feroz), y Vicio propio las últimas volutas de niebla púrpura del sueño hippie (y la aparición de billetes con el rostro de Richard Nixon, así como del orden por ordenadores vía Arpanet), entonces Al límite se ocupa del primer estallido de la burbuja dot.com. Y combina un poco de los temperamentos de ambas antecesoras, lo mejor de ambos mundos. Una extraña y desaforada mutación de techno-thriller noir intimista haciendo cortocircuito en 2001 durante lo que se considera la “prehistoria” de la informática. Y, a la vez, un artefacto de intenciones clásicas y decimonónicas, proponiéndose como gran novela neoyorquina y social, descendiendo directamente de Edith Wharton para resultar en algo que podría catalogarse como una versión psicotrópica del realismo de Jonathan Franzen filtrado por la crónica urbana de Tom Wolfe y Pete Hamill, con destellos cromados de los psycho-cataclísmicos William Gibson y Don DeLillo y Bret Easton Ellis.
En este sentido, Thomas Pynchon es en las letras el perfecto equivalente de Bob Dylan –otro polimorfo y perverso influenciado/influenciador septuagenario por siempre joven y Nobel postergado– en los versos y música: clásico y moderno y atemporal y eterno. Y por encima de todos y de todo. El autor cantarín Pynchon –como el cantautor– no es de fácil disfrute para todos, resulta un gusto adquirido, y su tempo y fraseo y sintaxis y piruetas verbales y dobles sentidos son únicos. Y sus tramas son su estilo. Pynchon empieza y termina en sí mismo y –fallecidos Vonnegut y Updike y retirado Roth– es, seguro, el gran estilista que le queda en actividad a su camada. Pynchon es también, y sigue siendo, un escritor en todo el sentido de las palabras. Hay que leer a Pynchon –hay que aprender a leerlo a este hombre invisible pero omnipresente– para saber de qué se trata. Bleeding Edge –título original de Al límite–, en jerga científica y según Wikipedia, se refiere a “la tecnología que es tan novedosa que podría tener un gran riesgo de ser poco fiable y se puede incurrir en un gran costo al intentar usarla”. Pynchon lleva muchos años programando pero, aunque confiable para sus seguidores y best-seller de culto, sigue siendo producto arriesgado para las masas. De ahí que es poco probable –aunque en más de un tramo recuerde a sitcoms como Seinfeld– que la HBO se arriesgue a adaptar Al límite con formato de miniserie. Y, de hacerlo, no saldría bien. Y está bien –muy bien– que así sea.
Lean y no vean entonces: aquí, en los papeles y el papel, la madre treintañera y flamante divorciada que lleva a sus hijos a la Otto Kugelblitz School en el Upper East Side, primavera del 2001, es una tal Maxine Tarnow. Versión hembra y doméstica y Costa Este del granlebowskiano y deshecho en California Doc Sportello de Vicio propio y suerte de investigadora/ contadora de delitos y fraudes que ha perdido su licencia para ejercer (pero no para portar Beretta y arriesgarse a un strip-tease), quien pronto se verá involucrada en una trama digna de los Hermanos Marx. Alucinación real donde –esto es Pynchon– no faltarán los nombres extraños (aquí potenciados por siglas de empresas demenciales y cyberpunk), los turbios gatsby-magnates informáticos dignos de una de James Bond (ah, llamarse Gabriel Ice), las conexiones islámicas y las sombras de la Mossad, un inversor llamado Bernard L. Madoff, un fetichista de los pies, biopics falseadoras, ominosos agentes gubernamentales, transferencias vía hawala, rusos amenazantes, leyendas urbanas, cruceros para personas con problemas de personalidad, perfumes misteriosos, los abismos virtuales de Silicon Valley (con Silicon Alley como su contraparte neoyorquina), codiciadas cintas de video, psicoanalistas zen-surfers, algo llamado muy à la Ludlum El Proyecto Montauk (“El Proyecto Montauk condensa las sospechas más escalofriantes que uno haya podido albergar desde la Segunda Guerra Mundial, todos los elementos de una producción paranoica: una inmensa instalación subterránea, armas exóticas, alienígenas del espacio, viajes en el tiempo, otras dimensiones, ¿hace falta que siga?”), “ciberelfos” y “ciberflâneurs” babélicos (y la World Wide Web como “un Mardi Gras de paranoicos y trolls, un pandemonio de comentarios que no habría tiempo de leerse en lo que le queda de vida al universo”), las infaltables y marca de la casa cancioncillas locas y buenísimos chistes malísimos, y pasillos bajo tierra en los que tanto aprendió Haruki Murakami. También hay por ahí un personaje obsesionado con Hitler y “Nariz Forense” dotado de sentido del olfato anticipatorio que no deja de oler futuros grandes fuegos en la ciudad.
Y –Bleeding Edge puede remitir también a los bordes de una herida abierta– llegamos al martes 11 de septiembre de 2001 y a la caída de las Torres Gemelas.
Y a partir de entonces –faltando una cuarta parte para el final– todo se nubla y oscurece. Y un blogger denuncia con cadencia aluvional de “It’s Allright, Ma (I’m Only Bleeding)”: “Decir simplemente que lo hicieron los islámicos es una explicación peor que fácil, y lo sabemos. Vemos esos primeros planos oficiales en la pantalla. La mirada de mentiroso taimado, el destello en los ojos del que ha seguido los doce pasos. Un vistazo a esas caras y sabemos que son culpables del peor de los crímenes que podamos concebir. Pero ¿quién tiene prisa por concebir nada?, ¿por establecer la espantosa relación? No más prisa que la que tenían los alemanes en 1933, cuando los nazis incendiaron el Reichstag un mes después de que Hitler ocupara la cancillería. Esto, que quede claro, no supone en absoluto insinuar que Bush y su gente han perdido la cabeza y han montado los sucesos del 11 de septiembre. Habría que tener una mente irremediablemente enferma de paranoia, más aún, habría que ser un pirado desquiciadamente antiamericano, para que se te pasara siquiera por la cabeza la posibilidad de que ese espantoso día haya podido ser organizado deliberadamente como pretexto para imponer una interminable ‘guerra’ orwelliana y la legislación de emergencia con la que pronto viviremos. No, ni lo penséis, líbreme Dios. Pero siempre queda lo otro. Nuestro anhelo. Nuestra profunda necesidad de que sea verdad. En alguna parte, en algún vergonzoso y oscuro recoveco de nuestra alma nacional, necesitamos sentirnos traicionados, incluso culpables. Como si fuéramos nosotros los que creamos a Bush y a su pandilla, Cheney, Rove, Rumsfeld, Feith y los demás, nosotros, que invocamos el sagrado relámpago de la ‘democracia’, y entonces la mayoría fascista del Tribunal Supremo accionó los interruptores, y Bush se levantó de la mesa de operaciones y empezó su salvaje desvarío. Y lo que pasara desde entonces sea culpa nuestra”.
Y Ernie, padre de Maxine, anticipa lo que no demorará en aterrizar luego de que esos aviones se estrellaron: “Llámalo libertad, pero está basada en el control. Todo el mundo conectado y todos juntos, ya es imposible que nadie se pierda, jamás. Da el paso siguiente, conéctala a los teléfonos móviles, y tienes una red de vigilancia total, ineludible, de la que nadie puede escapar. ¿Te acuerdas de los comics del Daily News?, ¿la radio de muñeca de Dick Tracy?, pues estará por todas partes, todos los patanes llevarán una, serán las esposas del futuro. Tremendo. El sueño del Pentágono: la ley marcial universal”.
Al límite. Thomas Pynchon Tusquets 491 páginas
Y resuena la trompeta muda y apocalíptica del Trystero.
Y el aire con olor a quemado se llena de fantasmas y de papeles –desaparece la ciudad que siempre amó Maxine y, seguro, su genial creador– y casi todo queda en el aire, en el aire pynchoniano o en ese dylanita “demasiado de nada” que es Internet, donde todo se precipita sin nunca tocar fondo, y donde abundan las preguntas.
Las respuestas, mi amigo, están cayendo en el viento.

viernes, 10 de octubre de 2014

PATRICK MODIANO

PATRICK MODIANO ES EL DECIMOQUINTO ESCRITOR FRANCES EN GANAR EL PREMIO NOBEL DE LITERATURA

“Cuando escribís un libro, te escondés detrás de él”

El novelista aseguró que no esperaba “en absoluto” el máximo galardón literario, que la Academia Sueca le otorgó por “el arte de la memoria con la cual ha evocado los más inasibles destinos humanos y con los que descubrió la vida en el mundo de la ocupación”.
Por Silvina Friera

El desgarro primigenio del abandono y la ausencia. Alguien busca a alguien o intenta recuperar sus huellas. Los detalles regresan a la memoria desordenados, como la luz incierta de sus orígenes donde todo se derrumba y vacila. El mismo libro escrito como fragmentos de un work in progress desde diferentes ángulos, bajo el imperativo de las líneas de fuga y las brechas del tiempo; variaciones de “baja intensidad” de conflictos latentes que se camuflan en el ropaje de una cotidianidad a veces demasiado monótona. Una voz inconfundible por su tono cauteloso, metamorfoseada narrador tras narrador, que quiere reponer a las personas con las que se cruzó alguna vez en el camino y que luego se extravían como un expediente policial. “¿El pasado? No, qué va, no se trata del pasado, sino de los episodios de una vida soñada, intemporal, que le arranco, página a página, a la desabrida vida cotidiana para proporcionarle algunas sombras y algunas luces”, dice Jean, el protagonista de La hierba de las noches. Esa frase ilustra y condensa la prosa hipnótica de Patrick Modiano, que ayer se convirtió en el decimoquinto escritor francés en ganar el Premio Nobel de Literatura. La Academia Sueca argumentó la elección del narrador, de 69 años, con más de una treintena de libros publicados, por “el arte de la memoria con la cual ha evocado los más inasibles destinos humanos y con los que descubrió la vida en el mundo de la ocupación”.
“Cuando escribís un libro, te escondés detrás de él”, declaró Modiano en la sede parisiense de su editorial Gallimard, donde insistió que no esperaba “en absoluto” que le otorgaran el Premio Nobel, que dedicó a su nieto sueco. El autor de Calle de las tiendas oscuras (1978), novela con la que obtuvo el Premio Goncourt, se inscribió en “una generación de transición, más sensible a los cambios” que procura “traducir la angustia contemporánea”. El escritor, que pertenece a la estirpe de los tímidos y alérgicos a la promoción y a las entrevistas, reconoció que “la literatura también puede ser una especie de refugio” donde el creador se comporta “como un ciclista que continúa pedaleando sin tener muy claro lo que representa su camino”. “En busca de las huellas de origen” podría titularse una biografía del escritor, que nació el 30 de julio de 1945 en Boulogne-Billancourt, al oeste de París. El padre de Modiano, Alberto Modiano, descendiente de una familia de judíos italianos, era un empresario que hizo negocios turbios con el ejército de ocupación nazi. La madre de origen belga es Louisa Colpeyn –que aún vive–, una actriz que comenzó su carrera durante la ocupación nazi. El futuro narrador padeció una vida de “exilio interior”, deambulando entre diversos internados, donde se sintió infeliz por obra y gracia de la relación conflictiva entre sus padres. Toda la obra de Modiano escarba en los escombros pretéritos de esa intimidad. Cuando terminó sus estudios en 1962, decidió no entrar en la universidad para dedicarse a la escritura. El joven sobrevivió vendiendo libros antiguos que robaba de bibliotecas o de casas de amigos e incluso escribía falsas dedicatorias del autor para conseguir darles más valor a las obras. Raymond Queneau, el autor de Zazie en el metro, amigo de la madre de Modiano, fue su gran protector y mentor literario.
El parloteo de una obsesión surca las páginas de su obra. Sin haber vivido esos años turbios del colaboracionismo, no quiere ni puede escapar a los días de la ocupación nazi. Su primer libro, El lugar de la estrella, lo publicó en 1968 con el título La Place de l’Etoile. El título alude a la emblemática estrella del Distrito VIII, actualmente plaza Charles de Gaulle, pero también a la zona del pecho donde los judíos estaban obligados a coserse la estrella de seis puntas. Un narrador judío relata con la perspectiva de los años su época antisemita de principios de los años ’40, cuando actuó como colaborador de la ocupación contra la comunidad judía francesa. Luego seguirían La ronda nocturna (1969) y Los paseos de circunvalación (1972); tres primeras novelas que posteriormente se editarían en un único volumen: Trilogía de la Ocupación. “No es la ocupación histórica la que describo en mis tres primeras novelas, es la luz incierta de mis orígenes. Ese ambiente donde todo se derrumba, donde todo vacila”, explicaría años después Modiano. En el prólogo de esta Trilogía..., José Carlos Llop describe certeramente el estilo del francés: “Una respiración lenta e hipnótica, con el dring cristalino y el swing jazzístico de los felices ’20, desplazado hacia la luz negra de un fragmento de los primeros ’40 europeos, que aporta el ingrediente delirante. Sin olvidar ni el chic morandiano ni la cosificación del nouveau roman, ni las listas a lo Perec, por supuesto. De esa literatura surgirá un adjetivo nuevo: modianesque, modianesco”.
La estela “detectivesca” se despliega en Dora Bruder (1997), novela que compuso a partir de un anuncio de prensa que decía: “Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 metros, rostro ovalado, ojos gris marrón, abrigo sport gris, pulóver burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París”. La pesquisa lo llevó, una vez más, a la colaboración. Modiano olfateó que en ese anuncio latía el principio de una historia en la que el escritor devino detective privado contratado por sí mismo para descubrir que la joven Dora era judía, que tras escaparse de su casa fue detenida por la policía colaboracionista y deportada a Auschwitz, donde murió. Escarbar en el avispero del pasado, hurgar en los archivos policiales, en las viejas guías de París, consultar fichas municipales y entrevistar a testigos de la época y del barrio que pudieran recordar a la joven. Todo eso hizo el escritor antes de escribir la novela. Anduvo como un lunático errando por las calles que Dora recorrió y que él conocía bien por haberlas transitado de adolescente. Hasta que le perdió el rastro. En una de las pocas entrevistas que concedió –a Babelia, el suplemento cultural de El País de España, en 2009–, comentó que, con el paso del tiempo, le llegó más documentación sobre Dora. “Me planteé la cuestión de si merecía la pena reescribir la novela o no. Decidí que no. No soy historiador. Soy novelista. No importa tanto el resultado de la búsqueda como la búsqueda en sí. Así que la novela se quedó como está.”
La activa participación francesa en la persecución de los judíos y la miseria del colaboracionismo fue, durante muchos años, un tema tabú del que no se hablaba. Modiano lo abordó a dos puntas, en la literatura y en el cine. En 1974 escribió el guión de Lacombe Lucien junto a Louis Malle; el film que fue nominado a un Oscar como mejor película de habla no inglesa causó una gran conmoción en Francia y abrió una herida que Modiano nunca ha cerrado en sus ficciones. Cuatro de sus novelas han sido llevadas al cine. En 1981, el realizador Moshé Mizrahi trasladó a la pantalla Una juventud; Patrice Leconte adaptó Villa triste (1976) en su película El perfume de Yvonne (1994); Manuel Poirier se inspiró en Dimanches d’août (1986), traducida al español tres años después como Domingos de agosto, para su film de 2001 Te quiero, y Mikhaël Hers tomó De si braves garçons (1982), traducida como Tan buenos chicos, en Charell (2006).
Nada de estridencias ni énfasis ni piruetas estilísticas. Quien desea, a partir de ahora, acercarse a las páginas de Modiano, estará advertido de que no encontrará un registro caracterizado por la abundancia, sino una especie de cartografía de momentos microscópicos; un itinerario empático por bares, tiendas, portales y criaturas parisienses imposibles de olvidar, como si el encanto del conjunto quedara flotando en las pupilas de sus lectores. El último eslabón modianesco es Pour que tu ne te perdes pas dans le quartier (Para que no te pierdas en el barrio), editado recientemente en Gallimard. Como casi todos sus libros, no alcanza las 200 páginas. El propio Modiano anticipa la trama: “La novela arranca con el timbre del teléfono. El personaje principal, Jean Daragane, después de titubear, acaba por responder. Un desconocido le dice que tiene en su poder una agenda de teléfonos que Daragane había perdido. Pero algo le parece sospechoso”. Así empieza un viaje a los recuerdos y a los misterios de la vida en el mismo territorio de siempre. “La París de mis novelas, más que una París de hace décadas, es una París interior, casi onírica, que nace de las cosas que me impresionaron cuando yo era un adolescente –reconoce el escritor–. Y para que ese lado onírico se desarrolle, es preciso que las direcciones sean exactas. Puede que el edificio que se describe sea banal, no importante, pero sí que su ubicación en la novela sea perfecta. Es como un cuadro de Magritte: los objetos, aunque de carácter onírico, están dibujados de forma muy nítida.”

jueves, 9 de octubre de 2014

Patrick Modiano nuevo Nóbel de Literatura 2014


ESTOCOLMO.- El novelista francés Patrick Modiano ganó el Nobel de Literatura 2014, anunció hoy la Academia Sueca. En un comunicado, la Academia señaló que lo galardonan "por el arte de la memoria con el que ha evocado los más incomprensibles destinos humanos y descubierto el mundo real de la ocupación" nazi en Francia.
Modiano, de 69 años, debutó en el panorama literario en 1968 con "La plaza de la Estrella", que ya se enmarcaba en la Francia ocupada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, temática que se convertiría en una constante en su obra.
Entre sus ejes temáticos figuran la memoria, el olvido, la identidad y la culpa. En 1978 ya se alzó con el prestigioso premio Goncourt por "La calle de las bodegas oscuras" (también traducida como "Calle de las tiendas oscuras").
El galardón, dotado con ocho millones de coronas (1,1 millones de dólares), lo entregará en Estocolmo el rey Carlos XVI Gustavo de Suecia el 10 de diciembre, día de la muerte de Alfred Nobel.
El secretario permanente de la Academia Sueca, Peter Englund, indicó ante la televisión pública SVT que la institución no logró contactar con el laureado antes del anuncio.
Englund dijo del autor francés que es "alguien que ha escrito muchos libros que se hacen eco unos a otros", y que hablan de "memoria, identidad y aspiraciones".
La Academia Sueca galardonó al francés Patrick Modiano "por el arte de la memoria con el que ha evocado los más incomprensibles destinos humanos y descubierto el mundo real de la ocupación".
Varias de las novelas de Modiano han sido llevadas al cine y ha participado en la escritura del guión de algunas películas, entre ellas Lacombe Lucien, de Louis Malle.
El año pasado, la galardonada fue la cuentista canadiense Alice Munro, a los 82 años. En esta edición, la Academia sueca nominó a 210 autores para el premio más prestigioso de las letras, entre ellos 36 nombres nuevos.