ADVERTENCIAS A MÍ MISMO

en novelas, relatos, ensayos. Escritura

martes, 22 de julio de 2014

ABELARDO CASTILLO

Abelardo Castillo: "El escritor es alguien que se toma la literatura en serio, pero no a sí mismo"


por Hugo Beccacece
En estos días, Abelardo Castillo publica el primer volumen de sus Diarios (Alfaguara), que va de 1954 a 1991. ¿Qué lector argentino puede quedar indiferente ante esa noticia? Castillo es uno de los escritores nacionales más importantes, que abordó todos los géneros: poesía, ensayo, cuento, novela y ahora los diarios. Se trata de un testigo de excepción. Él subraya la distinción entre los diarios y las memorias. En el diario, uno escribe lo que pasa en el momento, aunque lo haga después de un lapso relativamente breve, y lo hace para sí mismo, sin pensar demasiado en la publicación. Se trata de anotaciones en las que, a menudo, falta la continuidad del relato. A diferencia de las memorias, los diarios no están escritos en lo alto de una cima desde donde se contempla el pasado. En ellos, lo que se anota está visto desde la llanura de la actualidad. Hay grandes omisiones. También las hay en las memorias, pero éstas son deliberadas y responden a un plan literario y vital.
Castillo nació en 1935. Pertenece a una generación en la que el compromiso político y el literario estaban muy unidos. Como todo joven de inclinaciones progresistas, leyó a Marx, a Engels, a Lenin. Fue y es socialista, nunca fue comunista, nunca fue peronista, siempre mantuvo una actitud independiente desde el punto de vista político. Fundó tres revistas que reunieron a varios de los escritores más notables de las generaciones posteriores a la caída del peronismo en 1955 y que debieron soportar las dictaduras militares: El grillo de papel, El escarabajo de oro, y El ornitorrinco(bajo el Proceso) Sin embargo, Castillo siempre separó el valor literario de un texto de ficción o de poesía del contenido ideológico. El compromiso de un escritor de ficción o de un poeta se revela en sus actos, no se despliega en su obra, según él. Esa actitud lo enfrentó a David Viñas en una célebre polémica que Castillo reproduce en una de las secciones del diario. La ideología, las reivindicaciones, la justicia no hacen para él la bondad de un libro. Los autores argentinos que admira son Borges, Bioy Casares, Leopoldo Marechal (al que lo une un gran afecto), pero también Manuel Mujica Lainez, a quien considera uno de los grandes escritores nacionales injustamente relegados. La relación conflictiva que tuvo con Ernesto Sabato aparece en los Diarios casi como un folletín por entregas. Quizás a nadie le dedica tanto espacio.
Tan interesado en la literatura como en la filosofía y la justicia social, Castillo se formó bajo la influencia de Jean-Paul Sartre (sobre todo) y de Albert Camus. La obra literaria del autor de Crónica de un iniciado responde a los intereses variados y a la vida, por momentos turbulenta, del escritor. Desde muy chico, leía con voracidad. Su pasión de lector es equivalente en intensidad a su pasión de ajedrecista. En los Diarios, las reflexiones sobre Hesse, Platón, Aristóteles y Nietzsche alternan con la preocupación por los torneos de ajedrez. Tampoco hay que olvidar que practicaba boxeo, que tuvo grandes amores, salpimentados con numerosas aventuras, y que alcanzó un reconocimiento considerable cuando aún no había cumplido los treinta años. Desde muy temprano, estuvo nimbado por un halo de líder literario; un papel que se consolidó cuando se puso al frente de las revistas ya mencionadas. El éxito extraordinario que obtuvo en teatro con Israfel hizo de él un autor popular y le dio cierta fugaz holgura económica.
Las entradas de los primeros años de los Diarios, cuando vivía en San Pedro, son casi una novela de iniciación, la del precoz escritor de provincias que termina por irse a Buenos Aires en busca de un mundo más amplio y más libre. Esas primeras anotaciones fueron realizadas en una serie de cuadernos manuscritos. En 1992, Castillo empezó a llevar el diario en la computadora.
La principal preocupación de los Diarios es la literatura y la filosofía. Abundan los balances que hace Castillo de su propia obra, las entradas sobre las mujeres que amó y sobre sus amigos. Apenas si dedica algunos pasajes a su servicio militar que, sin embargo, lo marcó. En cuanto a la política, de un modo deliberado, asoma poco en estas páginas, aunque hay una larga entrada consagrada al Cordobazo y otras que se ocupan del Proceso y de la guerra de Las Malvinas. La política y la violencia se cuelan sobre todo en los silencios y en los sobreentendidos: como ocurrió siempre en la literatura argentina.
 
Abelardo Castillo, en su casa, con los primeros cuadernos en que fue registrando sus diarios. Foto: MARTIN FELIPE / AFV
 
-Conservaste los cuadernos de tus diarios durante muchos años. ¿Los escribiste pensando en publicarlos en algún momento?
-Nunca pensé en publicarlos hasta hace cuatro o cinco años. Un día, me puse a leerlos y se me ocurrió que les podían servir a chicos y a gente que escriben. Hablé con Julia Saltzman, de Alfaguara, se llevó los cuadernos para leerlos y, una vez que lo hizo, me dijo que los quería publicar de inmediato. Van a ser dos volúmenes. Llegaremos hasta 2006. Tuve que hacer la transcripción de los primeros cuadernos, manuscritos, a la computadora. Hay muchas cosas que están en el diario, pero que sólo yo sé a qué se refieren. Están escritas en una especie de código. Me acuerdo muy bien de qué designo en ese código e incluso podría detectar páginas enteras que he escrito en absoluto estado de ebriedad. Sin embargo, mi borrachera no se nota. También pude detectar mi malicia en todas esas entradas, porque casi no hablo del alcohol. Y yo era muy alcohólico. No hace mucho, estaba hablando con Sylvia (Iparraguirre), mi mujer, y ella me dijo: "Encontré una descripción muy linda de una ardilla en tus cuadernos". Y no era una ardilla, era una chica, a la que yo no podía nombrar. La convertí en una ardilla. Una metamorfosis. Anotaba cierto tipo de cosas y las mezclaba en el diario con ficciones y con poemas. A los poemas, los eliminé. Por supuesto, algún día voy a publicarlos. Ese libro de poemas se llamará La fiesta secreta, porque la poesía fue para mí mi fiesta secreta. Empecé a escribir los Diarios en San Pedro. No tenía 18 años. Esas entradas, las cartas que escribí a mis novias, sobre todo a Bettina, mi primera compañera, son mi taller de escritor.
-A Bettina, no la mencionás con nombre y apellido. ¿Por qué?
-Porque está viva, es madre de hijos. Ignoro si los hijos saben que ella fue un gran amor en mi vida. Además, nadie sabe lo que siente el otro. Yo describo nuestra relación como si fuéramos la parejita ideal. Y no sé si fue así. He vivido desde la adolescencia en un mundo personal imaginario. Para mí, lo que llamamos realidad no es lo que sucede, sino muchas veces la interpretación posterior de lo que ha sucedido. A veces, he comparado estos Diarios con otros. Por ejemplo, traté de leer el diario de Thomas Mann, pero no terminé esa lectura porque me pareció que no me iba a gustar y yo tengo una gran veneración por el Thomas Mann de La montaña mágica, del Doktor Faustus, de las Confesiones del estafador Felix Krull. Esa última novela es un ejemplo de lo que debe ser un escritor. Es una de las primeras que escribe, pero la última que publica, después de haber compuesto nada menos que Doktor Faustus, una de las obras fundamentales del siglo XX. Termina su producción con Felix Krull, esa especie de ópera bufa, divertidísima, con una alegría y una juventud increíbles. En los Diarios, hay una frase dirigida a Ernesto Sabato, pero en la que no lo menciono. Digo que existe una frivolidad de la pasión que es el énfasis. Sabato era enfático. Para mí, el escritor es alguien que se toma la literatura en serio, pero que no se toma a sí mismo en serio.
-Algo que llama la atención es que desde el principio de los Diarios, te observás, te estudiás y te retratás escribiendo el diario, preguntándote la legitimidad de escribirlo, cuestionándote si la sinceridad es posible en ese género. Parece la actitud de un creyente católico que va a confesarse y teme que se le olvide el último pecado que acaba de cometer. ¿No hay allí un resto de tu pasado religioso?
-Es muy probable. A los doce, a los trece y hasta los catorce años, estuve a un paso de entrar en el seminario. Es el momento en que sitúo la pérdida de la fe. Yo había estudiado con los salesianos y después iba a entrar en el seminario, pero me di cuenta de que ése no era mi mundo. Mi relación con el cristianismo es muy fuerte. Hoy, incluso, pienso que se puede ser cristiano sin creer en Dios, siendo agnóstico. Lo esencial del cristianismo no es Dios, sino el otro.
-La relación con Sabato es uno de los temas más frecuentes en tu libro. Al principio, en la juventud, sentías por él y por su obra una gran admiración.
El Sabato que descubrí cuando yo tenía catorce años, cuando él publicó Uno y el universo, escribía muy bien. Para mí, era un modelo de escritura. Descubrí la literatura argentina con Uno y el universo, de Sabato (mucho antes de conocerlo) y con El jardín de senderos que se bifurcan de Borges. Más tarde leí a Cortázar. Los tres me hicieron comprender que era posible la literatura nacional. El tipo de prosa de Uno y el universo, que va unida en mí a la lectura de Bertrand Russell, esa prosa nítida, es la misma que yo admiraba en el Poe de Marginalia, no en el de los cuentos. Yo era muy bueno en matemáticas, cuando era chico. Pensaba estudiar física y filosofía. Siempre me gustó todo lo que fuera conciso y preciso. Uno y el universo influyó en mí porque Sabato estaba todavía muy cerca del físico. Cuando leí El túnel, en una de las primeras ediciones, los personajes Juan Pablo Castel y María Iribarne se trataban de tú. Ésa fue la primera pregunta que le hice a Sabato cuando lo conocí. ¿Por qué había utilizado el tuteo en El túnel, Arlt y el mismo Borges usaban el vos. Ernesto dudó un segundo y me dijo: "La clase alta." Y yo pensé que no estaba en lo cierto. La clase alta usaba el vos. Mucho después Ernesto hizo una corrección de El túnel y cambió el tuteo por el voseo. Pero no reflexionó nunca sobre los problemas del lenguaje. Lo que lo perjudicaba a Ernesto eran los adjetivos, los "abismos", la "lejanía". Tenía un sentido del humor notable. Una vez que lo visitamos con Sylvia, nos reímos tanto que ella le dijo a Ernesto: "Nunca me reí tanto como hoy". Y él le contestó: "Sí, pero la procesión va por dentro."
 
Foto: LA NACION 
-No podía abandonar el personaje dramático que se había forjado.
-La parte de "torturado" no se la toleraba. La inteligencia crítica y paródica de Ernesto era formidable. Y eso era lo que no quería usar. Prefería aparecer ante el mundo como el dueño universal del dolor. El éxito de Sobre héroes y tumbas le hizo mucho mal. Mientras dudó sobre sí mismo fue un hombre excepcional. Además, al año de publicar Sobre héroes. aparece Rayuela, y eso lo destruyó. Dejé de ser amigo de verdad de Ernesto en la década de 1960. Después nuestra amistad siguió formalmente. En una ocasión, me encontré con Mujica Lainez en la Feria del Libro y nos pusimos a caminar por esos largos pasillos y, de pronto, vimos una gran foto de Sabato, Manucho dijo: "Ése sufre, sufre., pero nos va a enterrar a todos". Y fue cierto, al menos respecto de Mujica Lainez. Por eso, cuando Ernesto llegó a los 90, yo me acordé de lo que había dicho Manucho y dejé de fumar.
-Casi no hablás de política en tu libro, ni de la dictadura de los años 70.
-No quería que el miedo entrara en mi diario. En esa época, yo publicaba El ornitorrinco, una revista que entrañaba riesgos. Mi pensamiento político estaba allí, no necesitaba volcarlo en mi diario. Siempre tuve muy clara la frase de Sartre que me mantuvo con salud mental durante la dictadura: "Nunca fuimos más libres que bajo la ocupación alemana". Así empieza Sartre "La república del silencio". Hoy podemos salir al balcón y decir lo que se nos ocurra y, en el fondo, a nadie le importa nada. La libertad se pone a prueba en acto. Cuando uno no puede hacer ciertas cosas, cuando ir a visitar a un preso es peligroso, cuando sacar una revista literaria también lo es, entonces comprendés qué es la libertad. Tampoco quería contaminar El ornitorrinco conmigo. Por algo, la revista tenía ese nombre; porque como el ornitorrinco estaba hecha de parches; la hacíamos hombres y mujeres con formaciones y pensamientos distintos. Lo que nos unía era la reacción contra la dictadura.
 
Foto: LA NACION 
-Ya que hablaste de humor, hay dos o tres escenas en los Diarios, muy graciosas. Tienen que ver con Egle Martin y su esposo Eduardo Palacios Costa de Bruyn, Lalo. Formaban una de las parejas más hermosas de Buenos Aires en la década de 1960.
-Egle fue tal vez una de las mujeres más lindas de la Argentina. La primera vez que la vi, fue en un cóctel literario al que habían invitado a Lalo. Él se retrasó; ella llegó antes. El centro de la reunión era María Rosa Oliver, sentada en su silla de ruedas. También estaban Pepe Bianco y Sabato. Las otras señoras miraron a Egle casi escandalizadas. ¿Qué hacía esa mujer allí? Los hombres la miraron, pero no se escandalizaron tanto. Egle se quedó sola, por un momento. De pronto, se puso a hablar conmigo porque era el único al que podía aferrarse, era el más joven, pero una mujer me vino a buscar, como si me rescatara quién sabe de qué peligro. A la media hora, no sé cómo ocurrió, todos los hombres presentes, incluidos los homosexuales, estaban alrededor de Egle, tendida en un diván, que explicaba cómo se prende un fósforo contra el viento. La segunda vez que vi a Egle, yo tomaba mucho en esa época y me acerqué a ella llevando una botella de whisky colgando de un dedo. Ella me dijo: "Parecés Samuel Bennet, el personaje de Dylan Thomas en Con distinta piel". Ésas eran sus referencias. Al poco tiempo, nos hicimos muy amigos con ella y Lalo, su esposo. Lalo se jactaba más de tener un libro autografiado por Richard Wright, el escritor negro, que de sus innumerables hectáreas, de su amistad con el Shah de Persia, de haber sido campeón de natación o de haber tenido relaciones muy estrechas con Ava Gardner. La primera hija de Lalo y Egle fue Alejandra. Ellos le pusieron ese nombre por el personaje de Sobre héroes y tumbas. El padrino de Alejandra fue Ernesto Sabato. Ernesto le prometió a Alejandra, cuando era chica, que la iba a llevar alguna vez al Zoológico. Nunca la llevó, pero cuando Alejandra cumplió ocho años, le regaló una foto de él, de Sabato, en la tumba de Lavalle (!!!). Cuando quiero acordarme bien de Sabato, me acuerdo de Uno y el universo, de ciertos pasajes de Sobre héroes y tumbas, el "Informe sobre ciegos", y del hecho de que integró la Conadep.
-En 1956 decías que querías escribir una novela desmesurada. Supongo que era Crónica de un iniciado.
-De todo eso me di cuenta mucho después. Pasando en limpio los Diarios, encontré una entrada muy temprana donde decía que quería hacer una novela que pudiera leerse como si fuera un mazo de naipes, no importaba el orden en que se leyeran los capítulos, y eso lo dije mucho antes de Rayuela. Buscaba escribir una novela que me tomara toda la vida. Crónica de un iniciado me llevó treinta años, no de escritura, pero sí de trabajo y maduración. Esa novela la tenía escrita en los años 70, cuando la conocí a Sylvia, pero se publicó en 1991. En el medio, escribí El que tiene sed, mi novela catártica sobre el alcoholismo. Mis modelos eran La casa de Mujica Lainez, Borges, Sabato y la literatura europea. Toda la vida leí poetas. Si tengo que pensar en un libro modélico, citaría Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke. No sé de dónde me vino la idea de escribir un diario. Porque el Diario de Kafka lo leí después de empezar a escribir el mío. Los cuadernos y las poesías de André Walter, de André Gide, tuvieron una influencia enorme en mí.
-Sin embargo, no citás mucho a Gide.
-Al principio, lo cito bastante. Hay muchas cosas importantes que no menciono, me lo hizo notar Sylvia. Por ejemplo, mi encuentro con Nicolás Guillén, que vivía en Buenos Aires, fue decisivo. Yo tenía 22 años, le conté entero El otro Judas; él me dijo: "Ésa es una gran obra teatral". Y entonces la escribí. Cuando eso ocurrió, no lo registré en el diario, lo escribí posteriormente. Necesito un tiempo para saber si los hechos fueron reales o no, esenciales o no, y a veces, me olvido.
-En tus diarios, aparecen los grandes nombres de la literatura y de la música, otra de tus pasiones: Thomas Mann, Beethoven, Platón, Sartre, Camus, Brahms y Mahler. Los dos últimos con cierta reticencia. No hay compositores franceses, salvo Saint-Saëns. Hay pocos creadores menores.
-Y sin embargo, me encanta la música francesa, Albert Roussel (El festín de la araña), Debussy. Hay cosas que me gustan y, como dije, no menciono. No sé si cito a Marcel Schwob. Es uno de mis escritores preferidos. El libro de Monelle me parece más interesante que Los alimentos terrestres de Gide. Me paso leyendo los Diarios de Gide y no lo cito. Siempre me impresionó su sinceridad como religioso, como esposo, como homosexual. Otro autor que me fascina, pero a ése lo cito mucho, es Tolstoi.
-Le dedicás un capítulo a Borges, otro a Cortázar, pero uno de los escritores por quien demostrás más cariño y admiración en tus diarios es Leopoldo Marechal. A pesar de eso, no le consagrás un capítulo especial. ¿Por qué?
-En el volumen siguiente de los Diarios, hay un capítulo sobre Marechal. Fue uno de los hombres que más quise, a pesar de que pensábamos de un modo muy distinto. Marechal era peronista, yo no lo era. Al principio, Marechal era católico, después dejó de serlo. Marechal me decía: "Vos sos un ateo que cree que es ateo. En el fondo, creés". Yo le respondía: "Con ese criterio, yo podría decir que usted es un ateo que no lo sabe, que cree que cree". Él era un ser de una bondad extraordinaria. Le interesaban los otros. Además, dejaba hablar a Elbia, su mujer. Cuando ella hablaba, él se callaba. Todo eso en un escritor es rarísimo.
La polémica Sartre-Camus marcó tu generación y, de algún modo, sigue vigente hoy. Para Sartre, era inevitable ensuciarse las manos para cambiar el mundo. Camus, en cambio, creía que el fin no justificaba los medios, defendía la honestidad y la pureza.
-Yo estaba del lado de Sartre, pero emocionalmente me encontraba del lado de Camus. El modo de encarar la realidad de Sartre era no hacerle nunca el juego a la derecha; esa posición era la que a mí me servía de medida; pero la honestidad de Camus, que era como la de Gide, me resultaba muy valiosa. La ética y la moral son dos cosas distintas. La ética es una especie de norma que compromete a la especie. La moral tiene que ver con el individuo. Creo que uno, a los seis o siete años, ya sabe distinguir el bien del mal, y de algún modo es consciente de lo que se oculta hasta a sí mismo. Cuando mis padres se separaron, me lo ocultaron, me dijeron que mi madre iba a volver, yo sabía lo que estaba pasando, sabía lo que me estaban ocultando, y me decía:¿cuándo me van a sacar este peso de encima? ¿Cuándo podré dejar de fingir? ¿Por qué me hacen responsable de algo de lo que no soy responsable?
 
Foto: LA NACION 
-¿Después de la separación viste a tu madre?
-Sólo en dos oportunidades. La hermana de mi madre, con la que prácticamente me crié de chico, ofició de madre. Cuando era muy chico, los sábados y los domingos yo iba a casa de ella y eran días de fiesta. Después, a partir de los siete años, cuando mi madre ya se había ido, viví con mi tía hasta que ella se murió. Para mí, lo ideal hubiera sido que mi padre y mi tía se casaran.
-¿Cómo fueron los encuentros con tu madre?
-En una oportunidad, ella quiso verme. Yo lo consulté con papá. Me dijo que la viera. La vi, hablamos. Pero no sucedió nada especial. Después, mucho más tarde, volvimos a encontrarnos. Pero esa relación nunca fue buena. En cierto sentido, yo no tuve madre. Durante mucho tiempo, me quedé con la impresión de que ella me había abandonado. En esa época, no era muy común que eso ocurriera. En mi barrio yo era "ése al que se le fue la madre". El problema no era conmigo, el problema era entre ella y papá. Las razones por las que se separaron las ignoro. Lo que yo sabía era que ese matrimonio andaba mal, aun cuando era increíble lo bien que se llevaban, sobre todo ante mí. Papá se iba y le daba un beso en la frente, nunca se peleaban.
-¿Fuiste al velatorio o al sepelio de tu madre?
-No. Tampoco fui al sepelio de mi padre ni al de Marechal. Que los muertos entierren a los muertos. En general, no voy a esos lugares. Prefiero imaginarme viva a la gente.

DIARIOS 1954-1991

Abelardo Castillo - Alfaguara
Este primer volumen de los diarios del novelista y cuentista argentino, que toma el período que va de 1954 a 1991, tiene un centro insoslayable, la literatura, y otra de sus pasiones: la filosofía. También figuran sus amores y amistades, la fascinación que experimenta por el ajedrez y la música y, de manera más velada, los vaivenes políticos de cada etapa del país..

viernes, 27 de junio de 2014

MANUEL RIVAS, un escritor gallego

Artesanía. Manuel Rivas dibuja cada una de las dedicatorias que firma en sus libros. Un gesto de complicidad que los lectores agradecen.

Manuel Rivas. 

Todos tenemos algo de Ulises

Entrevista. El escritor gallego ahonda en las razones que lo llevaron a escribir “Las voces bajas”, una novela con ecos de infancia y miedos.

por Susana Reinoso 

Recuerda el instante en que la literatura se manifestó en su vida como un acontecimiento iniciático. Tenía 2 años y en la casa estrecha de su infancia no abundaban los juguetes. Una tarde, mientras su hermana María miraba por la ventana una caravana festiva, de pronto asomaron unos muñecos gigantes. María corrió hacia él, se abrazaron aterrados. Al volver la madre a su casa, le contaron el episodio. Ella les dijo: “Si seréis tontos. Son los cabezudos, los Reyes Católicos”. Con la poesía que le pone a las palabras cuando habla, Manuel Rivas lo razona así: “Ese era el principio de un relato histórico, una alquimia perfecta de lo que es la literatura, mezcla de espanto y humor, de miedo e ironía. Fíjate el recorrido de esa frase. Es la historia de uno mismo a través de los otros”. El narrador gallego vino a Buenos Aires invitado por la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), para participar del Programa Lectura Mundi y de actividades de la revista Anfibia.
El autor de El lápiz del carpintero ignora por qué esas palabras de su infancia le despertaron el deseo de narrar. Hoy, a los 56 años, vuelve a “aquella interferencia, el recuerdo del primer miedo, que me apareció cuando escribía otra novela”. Puesto a explicar cuáles fueron los hechos que se le manifestaron con tanta nitidez, a la hora de comenzar a tejer Las voces bajas dice que fue su hermana María la que primero se apareció claramente. “Este primer recuerdo era como una imagen de un tiempo de la vida en el que yo estaba en la frontera del lenguaje, tenía dos años y apenas balbuceaba. María era quien hablaba. Yo encuentro en esas voces bajas los murmullos de la vida. Pero es también una historia del miedo que aparece en todas las células madres de la escritura. Los ‘Cuentos de Grimm’, ‘Pedro y el lobo’, ‘Hansel y Gretel’, ‘Pulgarcito’, ‘Blancanieves’, ‘Los músicos de Bremen’ son en el fondo formas de adiestramiento contra el miedo. En los cuentos de hadas el miedo humano es el miedo al abandono. En todos está ese miedo mayor”, reflexiona Rivas. Claro que aquel primer miedo infantil tenía unos secretos vasos comunicantes con la realidad histórica de su país. Eran los años 60, “hasta ese momento todavía era la posguerra que se ve, incluso en la ropa. En las fotos aparezco como más gordo, pero en realidad es que la ropa me iba apretada, porque era donada. Era un tiempo donde la gente empezaba a reconstruir los tejidos de la vida. Hay otro capítulo donde cuento que me llevaban a una especie de guardería; éramos muchos niños. Parecía un cajón. Allí aprendí que las paredes pueden expandirse. Era como crear un lugar. Gran parte de la vida transcurre entre el lugar y el deslugar. Y la vida existe cuando la gente convierte el deslugar en su lugar. Es la relación entre cuerpo y territorio”.
Rivas, que ama a su hermana María, dice que éste es su libro. “María siempre me lleva de la mano un paso para adelante. Es ella quien me conecta con las lecturas, la política, con la vida… Ella no tenía miedo y era de vanguardia”. Fue gracias a su hermana que descubrió tempranamente que el machismo es una primera forma de poder “que lleva a otras formas de poder como la esclavitud y la violencia. Es una forma de poder transversal a sociedades y religiones. Esto se veía más claro en un ambiente antifascista. Frente a las voces del poder, que son las voces altas, aparecían estas voces bajas con las que me conecté. María tuvo mucha influencia, me abrió el camino”.
–¿Por qué eligió la infancia?
–Además de la interferencia inicial sobre el miedo que apareció cuando estaba escribiendo otra cosa, era una época que tenía que ver con los secretos. Este viaje de la literatura, emprendido en el libro, es una melancolía activa. Es un rescate de un ser vivo que va germinando. Un secreto abre la puerta a otro secreto. Algo se devela, pero crea un nuevo enigma. Es un proceso como cuando se crea una nueva lengua. Todos tenemos voces bajas y voces altas. Dentro de nosotros, se desenvuelve un combate entre la voz que susurra, que no quiere dominar, y la que quiere imponerse, ordenar. Todos llevamos dentro un anarquista y un tirano. La voz que escribe es la voz libertaria. La infancia es un escenario en el que vivimos y sentimos de forma extrema. Al menos, eso es lo que recuerdo. El primer miedo, la primera crueldad, la primera rebeldía... Es la rebeldía contra la injusticia, la desobediencia interior del “pequeño salvaje”, el verdadero principio de la historia humana.
–¿La búsqueda de la literatura es casi arqueológica?
–Encuentro una similitud entre la búsqueda del viaje literario y de la arqueología. En principio, el viaje empieza escapando, va de un enigma a otro, de un lugar a otro, iluminándose con una luz que parpadea. La arqueología también va encontrando huellas ocultas. La diferencia está en que, en la arqueología, hay un límite que se llama “la línea de lo inaccesible”. Pero la búsqueda literaria se atreve a ir más allá. Y aparece la imaginación, que no es la fantasía, sino la forma más acabada de realidad. Pues nos permite atravesar la línea de lo inaccesible.
Cuenta el autor de Los libros arden mal que en este viaje a Buenos Aires estuvo con cartoneros, los vio hurgar en los residuos y de pronto suelta frases como ésta: “Así como un ciruja es quien revuelve en las entrañas de la montaña de basura, un escritor tiene que adentrarse con sutileza en los escombros”.
–La suya, como otras familias españolas, debe haber guardado secretos.
–Ocultar secretos es común a todas las familias en España. Hemos vivido de uno u otro lado durante la Guerra Civil. Ocultar era una forma de autodefensa. Se enterraba la memoria por miedo. No supe cosas de mis abuelos hasta que murió Franco. Entonces me contaron que uno de ellos estuvo a punto de ser fusilado. La memoria no es un frigorífico, una nevera. La memoria “sueña hacia adelante”. Se conjuga en un tiempo de presente recordado. El problema en España es que desde el establishment se quiso imponer una amnesia retrógrada.
Si algo es inherente al autor de Todo es silencio es su relación con la lengua literaria, su forma de trabajar el lenguaje, de seleccionar las palabras, de intensificar su sentido. “El primer contacto pertenece a la pulsión de Eros. Por decirlo así, las palabras están deseando saltar a la boca, a los labios. Son tus colores, tu música, tus antenas, tus células más táctiles... Pero esa relación intensa, con el paso del tiempo, también se vuelve más perturbadora, más inquieta. Las palabras están tatuadas, son también tus heridas y llevan las marcas de todos los dolores. Y a veces llegan envenenadas, intoxicadas, cansadas de decir. Me impresionó mucho algo que George Steiner dijo de Samuel Beckett en relación con las palabras. Dijo que las sacaba “a escondidas a la luz”, tomándolas de unas reservas peligrosamente escasas. La tarea de escribir, tal como hoy la entiendo, es una lucha contra la extinción, para preservar el sentido de las palabras, una tarea salvaje, ecológica, frente a la sustracción depredadora.” El escritor jujeño Héctor Tizón decía que en cada ser humano hay una novela en potencia pero que el secreto reside en cómo contarla. Lo comparte Rivas: “El cómo escribir es parte esencial de la historia. Es más, el cómo escribir tiene un efecto causal; hace fermentar lo que se cuenta. Está el dicho latino: ‘Si dominas el tema, las palabras vendrán solas’. Pero podemos darle la vuelta: ‘Si dominas las palabras, el tema vendrá solo’. Sí, cada ser humano tiene una novela que contar. Es un Ulises en potencia. Pero la manera de contar es el fósforo imprescindible para que se ilumine una obra”.
Las voces bajas cuenta también una época en la que, según Manuel Rivas, “no se podía mirar y no se podía decir”. De allí que le atribuya a la literatura la misión de “intentar mirar lo que no se podía y decir lo que no se debía”. El escritor gallego no comprende “la ficción como una huida. Realmente creo que ésta es una novela. En todas partes me ha pasado que la gente la lee así. Quien escribe no soy yo. Es una persona que anda, se cruza con otro, es un niño que atraviesa el tiempo y el espacio”. Y al final de la escritura pervive en Rivas una “sensación de felicidad clandestina”, la de haber atravesado aquel miedo atávico de su primera infancia.

viernes, 13 de junio de 2014

Jorge Semprún o Federico Sanchez


Federico Sánchez vuelve con ustedes

El historiador Felipe Nieto ahonda en los años de militancia comunista de Jorge Semprún en el ensayo que ha ganado el Premio Comillas de memorias


Fue Bustamante, Larrea, Artigas, y fue sobre todo Federico Sánchez…Fue todos esos alias, pero en realidad se llamaba Jorge Semprún.
Semprún (1923-2011) se fue al exilio con sus padres cuando era un adolescente y aquí estalló la guerra; luchó en la resistencia antinazi y fue recluido en Buchenwald. La experiencia fue peligrosa y traumática y lo dejó mudo sobre ella durante quinquenios. Se salvó, eso decía, gracias a “la familia comunista” cuya fe abrazó como si alquilara su conciencia. Y en virtud de ese compromiso atendió la orden del Partido de Dolores Ibárruri (y de Santiago Carrillo) y volvió a España como clandestino para poner en orden la gestión de su partido en el interior.
Esa aventura española de Semprún se inició en 1954; a Federico (y a Fernando Claudín, y a otros) Carrillo y Pasionaria terminarían expulsándolos del PCE. Esa aventura, que terminó en 1964, devolvió a Semprún a la literatura. Felipe Nieto (Santander, 1948), profesor deHistoria Contemporánea en la Uned, ha escrito esa historia (La aventura comunista de Jorge Semprún. Exilio, clandestinidad y ruptura,Tusquets), y con ella ganó el último premio Comillas de memorias.
Jorge Semprún y Colette Leloup.
En 1954 aquel Semprún decidió, dice Nieto, “que la mejor manera de seguir luchando contra el fascismo era viniendo a España”. A él “le habían arrebatado la patria, venía a recuperarla. Estaba loco por volver, me dijo. Era su naturaleza española la que lo llamaba, la experiencia atroz del desarraigo que vivió en su primera juventud”. En Francia ya era conocido y podía haber consolidado su éxito político y literario, “pero le faltaba España”. Como ocurre en sus libros, un destello activa su memoria, “y él contó que fue la contemplación de la mercería La Gloria de las Medias, que había sobrevivido a la guerra, la que le devolvió toda la atmósfera del Madrid que él amaba con todas sus fuerzas”. Todo se había empobrecido, “pero esa pequeña tienda le permitió sentirse de nuevo en lo que él había imaginado que seguiría siendo Madrid”.
Pero venía a trabajar por el comunismo. Diez años más tarde se produjo la ruptura, Federico fue expulsado y la ruptura con el partido lo convierte de nuevo en el exiliado Semprún. Fue después de un “un proceso de distanciamiento político” que protagonizan él y Fernando Claudín y que concluye “con graves enfrentamientos personales con Carrillo, cuya política hacia España había fracasado”. Fue una época “virulenta” que acaba, dice Nieto, en rabia “por el modo como han sido condenados al ostracismo”. Con La Pasionaria, sin embargo, esa ruptura no fue tan abrupta; en el caso de Semprún, aquella mujer “había producido en él sentimientos filiales…; él mismo había perdido a su madre, y Dolores había perdido a un hijo en la guerra. Era lógico, en su juventud, cuando más entusiasmo le producían Stalin y Pasionaria, que hacia ellos fueran sus poemas más fervorosos”.
La crueldad estalinista está en primer plano en el PCE. ¿Cómo vivió Semprún esa crueldad? “Con ambigüedad y con duplicidad, probablemente”. Él dice que estaba “enajenado”. “Lo reconoce. Alienado voluntariamente con la causa del comunismo. Hasta 1956 la doctrina vigente era estalinista, no reconocía errores ni represiones, Semprún expresa su adoración por Stalin en un poema que él mismo divulgó… Kruschev reconoció luego los errores, la crueldad. Y a partir de ahí empieza una evolución cada vez más crítica hacia el estalinismo”. Semprún reclama del partido una actitud menos autoritaria y propone “objetivos democráticos”. Nieto cuenta que dos de los interlocutores que tuvo para su libro, Javier Muguerza y Julio Diamante, “me dijeron que ellos no hubieran imaginado nunca que aquel Federico que dialogaba con ellos para saber cómo iban la universidad y la cultura fuera un estalinista”.
-¿Podemos decir, pues, que había varios Semprún en aquel Federico?
-Sí, yo creo que sí… No tanto porque tuviera varias personalidades, sino porque aquí no podía aplicar los dogmas que caracterizaban a la cúpula del comunismo internacional de matriz soviética imperante entonces.
¿Era un comunista raro o un comunista raro que a veces parecía ortodoxo? “Es que se pueden ser las dos cosas… Era un comunista jerárquico que fue viendo posibilidades, abiertas por Kruschev, de negociación y apertura. Pero aquí, sobre todo, tenía que aplicarse a la tarea de luchar contra la dictadura para que viniera un estado que ellos querían democrático”.
Era tantos. “Lo que me maravilla fue que no cometiera errores”. Tenía inteligencia y frialdad, no conocía el miedo, “pero tenía miedo por los otros”; su expulsión del partido “lo condenó de nuevo a vivir fuera de España, eso le provocaba rabia y melancolía. Abandonar la cercanía de amigos como Javier Pradera o Claudín, o de otros que seguían en el partido, como Simón Sánchez Montero, que no eran dogmáticos... Esa era lo que él llamaba ´la familia comunista`…”
¿Qué quedó del comunista en Semprún? Él mismo explicó, cuenta Nieto, “que había perdido las convicciones pero le quedaban las ilusiones”. Y abominó, sobre todo, de una frase suya que alguna vez fue un moto: “todo por el partido, nada sin el partido”, aquel fe del carbonero de la que tantas veces habló Pasionaria… “Sintió vergüenza cuando comprobó, con sus compañeros, que habían dado gran parte de su vida por una idea que, puesta en marcha en la URSS, amparó a un régimen abyecto y cruel”. Muchos de ellos “con la mejor voluntad y con el mejor de los deseos” compartieron con Federico Sánchez la aventura comunista de Jorge Semprún. Nieto la ha desmenuzado; el martes próximo, en la Residencia de Estudiantes, se la presenta su colega José Álvarez Junco.

JORGE SEMPRUN Un artículo para el debate



MADRID, España, julio, www.cubanet.otg -Jorge Semprún ha recibido una salva casi unánime de panegíricos con motivo de su reciente fallecimiento el pasado 7 de junio. Los comentarios de corte hagiográfico van desde quien lo considera “un gran hombre” hasta quien lo proclama como el máximo exponente de “la conciencia de Europa”.
Muy pocos se han atrevido a señalar una grave acusación que pesa sobre el autor de El largo viaje y lo vincula a los crímenes contra la humanidad durante el capítulo más negro de la historia contemporánea. Entre otros, su propio hermano Carlos Semprún Maura, que fue también luchador antifranquista y militante comunista hasta evolucionar hacia posiciones liberales, lo acusó sin rodeos de haber sido kapo de los nazis en su etapa de prisionero en el campo de concentración de Buchenwald.
En su segundo libro de memorias, A orillas del Sena, un español…, su hermano Carlos se refiere a Jorge Semprún Maura como “el único kapo conocido, o sea con éxito de ventas, que ha escrito sus memorias de deportado”. Y se extraña irónicamente de que, pese al aspecto saludable que presentaba Jorge Semprún tras su liberación del campo de concentración, “nadie hizo la menor mención, ni sacó conclusiones, sobre la diferencia que existía entre su pinta y la pinta cadavérica de otros deportados”.
Otro pariente suyo, el periodista Ramón Pérez-Maura, corrobora asimismo que Semprún sirvió de “kapo rojo” en Buchenwald. ¿Será un ajuste de cuentas, una vendetta por puro cainismo de la parentela rencorosa, o es un hecho real y verificable? Ciertamente existen testigos directos, sin vínculo familiar, que recuerdan a Jorge Semprún como kapo en dicho campo de concentración. Uno de ellos, Stéphane Hessel, ha cobrado renovada actualidad por ser el autor de Indignaos, el libro que sirvió de inspiración al movimiento de los “indignados” del 15-M en España. En su testimonio, citado por Juan Pedro Quiñonero, Hessel asegura que los comunistas, incluyendo a Jorge Semprún, asumieron la gestión del campo de concentración de Buchenwald.
La acusación no puede ser más dura y moralmente invalidante, ya que que kapo (acrónimo del alemán kameraden polizei) era el prisionero que desempeñaba cargos administrativos en el campo de concentración y, a cambio de ciertos privilegios como preso de confianza, se prestaba al trabajo sucio y en ocasiones brutal contra sus propios compañeros. Jorge Semprún, si bien no aceptaba la inculpación de kapo, tampoco la negaba rotundamente. Permaneció impasible, atrincherado tras el apoyo incondicional de toda la progresía. A pesar de los testimonios sobre los kapos rojos aportados por los sobrevivientes de la barbarie nazi, no se encontrará en su obra, que gira casi toda en torno a su experiencia como deportado en Buchenwald, la menor referencia al papel de los prisioneros comunistas como colaboradores de los nazis en los campos de concentración.
Uno desearía al menos comprender al joven Semprún, un “terrorista” contra los alemanes ocupantes, como él mismo se calificara, pero al fin y al cabo un muchacho de apenas veinte años cuando fue capturado por la Gestapo y colocado frente al dilema moral más difícil de su vida. Vivió más que suficiente para pedir perdón o tan siquiera explicar que su única opción como militante era cumplir las órdenes del PCF. Mas no lo hizo. No tuvo la entereza de compartir sus terribles verdades con los lectores, a no ser al final de su vida y solo mediante vaguedades metafísicas sobre “el mal en estado puro” que afirmó haber conocido en el campo de concentración, según nos cuenta Franziska Augstein en la última biografía de Jorge Semprún, publicada el año pasado en su versión al español.
A pesar del tono más bien tolerante de la biografía, una obra voluminosa fruto de innumerables horas de conversación con el biografiado, Augstein no cae en la burda hagiografía ni escamotea el dato biográfico más controversial. En su calidad de biógrafa autorizada nos confirma que Semprún, el preso 44904, actuó como kapo de los nazis al aceptar la innoble tarea de enviar a la muerte a muchos –tal vez centenares– de los prisioneros del campo de concentración:
…Le asignaron un puesto en la oficina de Estadística Laboral (Arbeitsstatistik). Oficialmente su tarea consistía en gestionar el fichero de prisioneros del campo y confeccionar las listas para los destacamentos que trabajaban fuera del campo. Semprún manipulaba muchas de estas listas a escondidas: la dirección clandestina del campo, en un intento de salvar a camaradas y a otros resistentes de confianza, apuntaba a desconocidos a los durísimos y mortalmente peligrosos comandos de trabajo.
La línea del Partido era tan clara como tenebrosa. Los estalinistas aceptaron de los nazis la gestión del campo de concentración de Buchenwald con el objetivo de sobrevivir. Su coartada, cínica y oportunista a la vez que criminal, era la supuesta misión de preservarse para la historia que les correspondía como vanguardia del proletariado. Ellos eran los elegidos, los que no debían morir, de ahí que seleccionaran a reclusos no comunistas entre sus compañeros para redirigirlos a campos de trabajo forzado de los cuales no se regresaba. Así de simple y de trágico.
La cuestión de los kapos comprometía demasiado a los dirigentes comunistas, a tal punto que desde la posguerra se volvió un tema tabú. Con el fin de falsificar esa página de la historia, el Partido no vaciló en censurar cualquier amago de crítica en ese sentido, aplicando fuertes sanciones a los militantes que osaran transgredir la norma. Al escritor Robert Antelme, quien sí volvió del campo de concentración con la salud seriamente quebrantada, se le ocurrió expresarle a su amigo Jorge Semprún las reservas que tenía sobre la conducta poco ética de los comunistas en Buchenwald, y pagó el precio de su franqueza. Antelme asegura que Semprún lo denunció inmediatamente a la dirección del PCF y que ello le valió su expulsión del Partido. Por otro lado, la escritora Marguerite Duras, esposa de Antelme y también comunista activa en la Resistencia francesa, se refería a Semprún como el chivato que denunció ante la dirección del PCF a casi todos los miembros de la célula en la rue Saint Benoit, entre los cuales figuraba ella misma.
Jorge Semprún fue un estalinista de mano dura, un camarada culto, políglota y encantador que ascendió en 1956 al Buró Político del PCE no precisamente por su gracia y simpatía. Como comisario cultural, entre otras cosas, se le acusa de persecución ideológica contra Carmen Laforet, la autora de Nada, ganadora del Premio Nadal 1944. La novela, que retrata la miseria y grisura bajo el franquismo de posguerra, fue vetada no por Franco, sino por Semprún, a tal punto que no se vino a publicar en Francia sino después de la muerte de la escritora. Su enorme influencia en los medios editoriales franceses logró, 50 años después del hecho, que la Gallimard censurase el pasaje de una biografía de Marguerite Duras en que, según el escritor y periodista Quiñonero, se contaba la delación de Jorge Semprún dirigida al Politburó del PCF contra ella y su esposo Robert Antelme.
No se trata de simples errores de juventud, sino de bajezas incalificables que no se neutralizan recurriendo al heroico antifranquismo de un Semprún clandestino bajo el seudónimo de Federico Sánchez. La leyenda de “el hombre más buscado en España” podrá resultar fascinante como guion de una película, pero debe ser matizada y puesta en su justo sitio. Semprún expuso su vida durante nueve años en la lucha clandestina contra la dictadura franquista, cierto, pero solo con el objetivo de implantar otra mucho peor, la dictadura del proletariado, un eufemismo cuyo trágico significado no escapa a ningún cubano de hoy.
Después de veinte años de practicar el estalinismo puro y duro, Semprún se sintió atraído por la novedad del eurocomunismo. De repente se dio cuenta, junto al ideólogo Fernando Claudín, de todos los desmanes del comunismo al estilo soviético, de los cuales había sido en cierta medida corresponsable. Los dos sufrieron un ataque de lucidez retrospectiva y fueron expulsados del PCE en 1964 por las diferencias crecientes con su jefe Santiago Carrillo, el carnicero de Paracuellos del Jarama. Ambos, como tantos otros rojos radicales, se reciclaron en el entorno político-cultural del PSOE, al amparo de Felipe González, quien los premió con importantes cargos institucionales.
Debe añadirse, en justicia, que los cubanos debemos reconocerle a Jorge Semprún algunos gestos y declaraciones contrarias al castrismo en momentos en que ningún progre osaba tocar la figura del dictador cubano ni con el consabido pétalo. Eso se le agradece, desde luego, pero no es razón suficiente para canonizarlo como el santón supremo de la progresía. Haber sido un kapo de las SS que decidía sobre la vida y la muerte de sus compañeros en el campo de concentración, y después, durante años, un estalinista implacable que ejercía inquisitorialmente como comisario cultural, no son precisamente méritos en el historial de nadie. Es una vileza imperdonable, incluso punible, que no admite maquillajes del currículum, máxime si jamás se oyó al respecto una mínima frase de perdón o arrepentimiento. No importa que el personaje se llame Jorge Semprún y exhiba el más brillante palmarés como intelectual y escritor. Sigue siendo la misma infamia.
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Jorge Semprún, un gran hombre

domingo, 4 de mayo de 2014

NORMAN MAILER una entrevista irreverente


¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?

-Deja que las siguientes treinta y cinco respuestas se encarguen de dar las pistas necesarias. Un tonto dibuja un mapa para llegar a su ciudad secreta.

-¿Cuál es su gran miedo?
-Que nunca conoceré a Michiko Kakutani (crítica de The New York Times) y no podré decirle lo que pienso de ella. Tiene una prisa indecorosa por poner negro sobre blanco la primera mala crítica de cualquier libro que escribo. Lo hace antes de la publicación. Ésa es su estrategia. Si la primera reseña de un libro es terrible, un escritor necesita al menos tres buenas para cambiar esa primera impresión.
-¿Con qué personaje histórico se siente más identificado?
-Hemingway. Su suicidio delataba los peligros ocultos de mi profesión.
-¿Quién es la persona viva a la que más admira?
-Muhammad Ali.
-¿Cuál es el rasgo que más le desagrada de sí mismo?
-La lasitud, me viene de vez en cuando. También la detesto en los demás. Un juez nunca perdonará a un criminal por un delito que él mismo es capaz de cometer.
-¿Cuál es el rasgo que más le desagrada de los demás?
-La banalidad. En realidad, es una prima carnal de la lasitud.
-¿Cuál es su mayor extravagancia?
-Los restaurantes.
-¿Cuál es su viaje favorito?
-Solía ser cruzar el puente de Brooklyn camino a casa después de una buena cena en Manhattan. Ahora es la perspectiva de Provincetown mientras subes la última cuesta y aparece en el horizonte el Pilgrim Monument con su sutil presencia.
-¿Cuál considera que es la virtud más sobrevalorada?
-La oración. De todas las nobles prácticas, es de la que más se abusa. Los profesionales de la iglesia que gobiernan a esa panda de sabandijas que lucran a costa de la religión.
-¿En qué ocasiones recurre a la mentira?
-Casi siempre cuando juego al Texas Hold'Em.
-¿Qué es lo que menos le gusta de su aspecto?
-Discúlpeme. Me saltaré esta lista de miserias.
-¿Qué persona viva le inspira más desprecio?
-Bueno, solía ser Ronald Reagan. Era el presidente más ignorante que habíamos tenido nunca. Ahora George W. le ha quitado el puesto.
-¿De qué palabras o frases abusa?
-No es fácil construir una frase compleja sin utilizar "que".
-¿Cuál es su gran pesar?
-El recuerdo de los libros que prometí escribir y no escribí.
-¿Qué o quién es el gran amor de su vida?
-Norris Church Mailer, que ha sido mi mujer durante los últimos treinta años.
-¿Qué talento le gustaría tener?
-Hay varios tipos de atletas que no me importaría haber sido. También me gustaría saber cantar. En una ocasión describí mi voz de la siguiente manera: "Mailer vocaliza con la inigualable autoridad de un hombre que nunca ha sabido acertar una sola nota".
-¿Cuál es su estado de ánimo actual?
-Benevolente, asombrosamente. Es uno de los escasos incentivos de tener muchos años.
-Si pudiera cambiar una única cosa de su familia, ¿qué elegiría?
-Son perfectos, oiga.
-¿Cuál considera que es su gran logro?
-Me gusta albergar la idea de que está en mi última novela.
-Si muriese y se reencarnase en una persona o cosa, ¿qué cree que sería?
-¡Menuda idiotez! A Dios, si Él o Ella está escuchando, se le hubiera ocurrido una idea más ingeniosa para castigar y recompensar las primeras etapas de la nueva existencia de una persona.
-Si pudiera elegir en qué reencarnarse, ¿qué sería?
-Me gustaría ser un novelista más consumado que el anterior.
-¿Cuál es su bien más preciado?
-Soy demasiado supersticioso para mencionarlo.
-¿Cuál es para usted la máxima expresión de la miseria?
-Malgastar mis días.
-¿Dónde le gustaría vivir?
-Donde he vivido: hace años en Brooklyn Heights y ahora en Provincetown. Hasta Maine no hay una ciudad más hermosa en todo el litoral este o en Estados Unidos.
-¿Cuál es su pasatiempo favorito?
-Uno siempre regresa a la escritura. Me resisto a la tentación de decir que un buen polvo es en verdad mi pasatiempo favorito. Uno ya es demasiado mayor para decir esas cosas.

martes, 29 de abril de 2014

FERIA DEL LIBRO 40




EL SABOR DE LAS PALABRAS
por Verónica Chiaravalli

"Si este siglo XX no será solo de siniestra memoria, ello se debe sin duda al placer y al impudor de las mujeres libres [...]. El sabor de las palabras, restituido a los seres robotizados que somos nosotros, es tal vez el más bello presente que puede ofrecer una escritura femenina a la lengua materna." Así reflexionaba Julia Kristeva en la introducción a su tríptico El genio femenino, cuyo primer volumen, dedicado a Hannah Arendt (seguiría luego con Melanie Klein y con Colette) apareció originalmente en 1999.
Una era llegaba a su fin y la ensayista francesa de origen búlgaro miraba el nuevo siglo con optimismo: sería el turno de las mujeres, que no sólo transformarían la vida en la esfera pública, sino que también introducirían grandes cambios en los papeles que tradicionalmente desempeñaban en la esfera privada, en particular, la maternidad. El siglo XX, feminismo mediante, había traído la liberación colectiva; el XXI sería la ocasión de las oportunidades personales. En consonancia con esa creencia acometió Kristeva su obra. La animaba la intención de que aquellas tres mujeres ejemplares sirvieran de inspiración para que todas las demás se animaran a superarse a sí mimas: "Reconocer la contribución principal de algunas mujeres extraordinarias que, por su vida y su obra, han marcado la historia de este siglo, es un llamado a la singularidad de cada una". Porque las mujeres de Kristeva son excepcionales, pero también de lo más corrientes; cometen errores y muestran sus límites. Y eso, afirma, exige que nos mantengamos en alerta: "Más allá de la invención, la obra o la acción, hay alguien, alguien ha vivido. ¿Somos nosotros alguien? ¿Eres tú alguien? ¡Intenta ser alguien!"
En esta nueva edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, cuatro mujeres singulares hablarán sobre su arte. Lo harán en el espacio de LA NACION. La argentina Alicia Dujovne Ortiz, la cubana Zoé Valdés, la chilena Diamela Eltit y la española Almudena Grandes difieren tanto en sus trayectorias personales como en sus mundos literarios y sus estilos narrativos. Pero todas ellas han elegido un mismo territorio para dar batalla, la literatura, y en él han dejado su marca. También, cada una a su modo honra con sus libros esa característica deliciosa que Kristeva atribuye a la escritura femenina: restituir el sabor de las palabras que ha sido olvidado.