ADVERTENCIAS A MÍ MISMO

en novelas, relatos, ensayos. Escritura

jueves, 26 de julio de 2012

David Grossman

La paciencia y la esperanza

Junto a Amos Oz, David Grossman es en la actualidad uno de los escritores más conocidos y también polémicos de Israel, una literatura que mayoritariamente sigue tratando de entender la corta historia del Estado, hundiéndose también en las ancestrales raíces del pueblo judío. Grossman, como Oz, propone el entendimiento con los palestinos, y eso solo ya es urticante. Al calor de su nuevo libro, Más allá del tiempo (Lumen), dedicado a procesar el duelo por la muerte de un hijo en combate, también se publicó en Argentina gran parte de la obra anterior de Grossman, donde las costumbres, la picaresca y el humor se combinan con un sentido vital y dramático de la vida.

 
 

 Por Andrew Graham-Yooll

Nos conocimos hace años, en Londres. Aunque le llevo diez años, su palabra suave me hace sentirlo con diez más que yo. David Grossman tiene ese problema, es sabio en sus manifestaciones. La dificultad para superar la larga etapa de no vernos se logró cuando le dije que su hotel tenía algo de especial: la dueña, antes de vender a una cadena internacional, vivía en el piso más alto de su hotel y ahí recibía la visita del novelista inglés Graham Greene cuando visitaba Buenos Aires, invitado por Victoria Ocampo. Ahí comenzó a escribir la novela Viajes con mi tía. Gustaba el escritor del Hotel Lancaster porque tenían sábanas de lino. Grossman se entusiasmó con la coincidencia: había traído esa misma novela de Greene, leída treinta años antes, para su viaje a Buenos Aires. Vino a presentar su libro más reciente y varias reediciones que acaban de aparecer, haciendo que de golpe Grossman sea una presencia viva en Argentina.
“Esa noticia es un regalo para mí”, dice. También hizo más fácil el recuerdo de reuniones en Londres con los escritores Moris Farhi, Jaim Topol, Bernice Rubens, Clive Sinclair y otros. “Eso fue hace 26 años. Estamos envejeciendo...”, exclamó Grossman al calor de estos recuerdos. Le dije que otros envejecen; nosotros y nuestros contemporáneos no envejecemos. Rió y se tranquilizó.
Su libro más reciente, Más allá del tiempo (Lumen), es una reconstrucción del duelo a través de un personaje que anuncia a su esposa que se va de casa para reencontrarse con el ser perdido, sin saber adónde va. Su producción en general ha sido aclamada en el mundo y es tema de controversia en Israel. Junto a Amos Oz, es una de las principales figuras culturales que ve como solución al conflicto palestino-israelí la creación de dos estados.
El padre de Grossman era chofer de colectivos y luego pasó a ser bibliotecario. A través de su padre, David Grossman, nacido en 1954, se interesó en la lectura. “Me dio muchas cosas, pero lo más importante fue Sholem Aleijem”, uno de los principales autores en idish, conocido especialmente por los cuentos que componían El violinista en el tejado. Las novelas de Grossman que se han reeditado recientemente en Buenos Aires incluyen: Véase: amor, Delirio, Llévame contigo, Tú serás mi cuchillo, El libro de la gramática interna y el ensayo Escribir en la oscuridad.
La escritura de Grossman siempre ha sido producto de una combinación de paciencia y esperanza. Le pregunto si era una característica judía. “Me gusta la descripción. Es mi forma de comprender a la vida. Lo mío quizá sea una definición algo limitada, pero me gusta lo que me dice. El acto de escribir es una combinación de paciencia y esperanza. Un libro puede tardar cinco años en terminarse, y uno trata de ser paciente con uno mismo y su creación hasta revelarse el desarrollo, las cosas sobre las que en el comienzo uno tiene tan sólo una intuición. El acto de escribir es un acto de esperanza. Uno espera que todo mejore, contra todo lo contrario que demuestra la realidad. Lo que busco es imponer la idea de que siempre puede haber un diálogo entre las personas. Que haya personas que quieran leer lo que yo escribo en un pequeño rincón de Jerusalén y que sea comprendido aquí en Buenos Aires o que pueda importar en sus vidas, eso es importante. Uno mantiene la esperanza más allá de todas las barreras de lugar, cultura, lenguaje, y que las personas puedan conversar entre ellas.”

Esa gente, ¿conversaría con el escritor o con lo escrito?
–Es una buena pregunta. Pienso que la gente cree que es posible, que es legítimo el diálogo. Una vez me preguntaron acerca de los libros que yo había leído. Decidí invertir la pregunta para decir que hablaría de los libros que me leyeron a mí. Los libros leen al lector en diferentes formas. Es la gran diferencia entre periodismo y literatura. Si un millón de personas lee el mismo periódico, si un millón mira el mismo noticiero en CNN, hay algo en la forma en que el periódico comunica y la CNN transmite que nos hace sentirnos a todos iguales, pensar igual aunque opinemos diferente nos adhiere a un grupo al que quizá no pertenezcamos pero que nos hace sentir iguales. Esto lo digo en el contexto de las publicaciones de Israel. Hay una mezcla de hechos y sentimentalismo, datos y kitsch, que todos consumimos de igual forma aunque reaccionemos de distintas maneras. Si hay un millón de personas que leen el mismo diario cada día se sentirán iguales, denunciarán a otros y se sentirán superiores a esos otros. Pero si diez mil personas leen el mismo libro, al mismo tiempo, el libro le parecerá diferente a cada uno. Eso lo puedo afirmar como lector, pero también como escritor, por las cartas que recibo con gran variedad de opiniones. Me sorprendió. Un libro se instala en diferentes contextos de la vida de los lectores. Nunca lo había pensado ni me lo hubiera imaginado. Por eso digo que el libro lee a su público adoptando todos los roles que la comunidad necesita.
Cada libro depende de la imagen que el lector le atribuye. El periódico entrega al lector la imagen que el editor quiere imponer. Interesante sería conocer la imagen que surge de la poesía. ¿Los israelíes, como sociedad, producen y leen poesía?
–En términos generales, somos más escritores y lectores de prosa.
La pregunta se enlaza con lo conversado. Robert Pinsky, el poeta estadounidense, arguyó que la poesía ayudó a canalizar los sentimientos en su país luego del 11 de septiembre de 2001, cuando fueron derribadas las Torres Gemelas de Nueva York. Pinsky decidió que la gente necesitaba “hablar” para salir de la crisis del ataque y propuso que le enviaran poesías. Le llovieron piezas de todo tipo que lentamente fueron leídas en una radio. El recuerdo viene a cuento porque el último libro de Grossman, Más allá del tiempo, mezcla prosa y poesía.
“De acuerdo, esta novela es una mezcla. Es una mezcla de prosa y poesía. Creo que mi escritura es poética aun cuando escribo prosa también. Cuando comencé a escribir esta novela, aprendí a escribir poesía. No lo sabía pero me di cuenta de que la poesía tiene como característica un sentimiento específico. Para mí la poesía es el lenguaje de mi duelo, en mi libro se vive con el duelo, en mi caso la pérdida de mi hijo (Uri, muerto en un combate). Sin haberlo planeado comencé a escribir poesía. ¿Por qué? No sé. Mi esposa sugirió que la poesía es el elemento verbal más cercano al silencio. Otra conocida, una analista, dijo que la poesía es la forma más íntima de expresión. En la prosa uno puede establecer cierta distancia entre uno y lo que escribe, en la poesía no existe esa distancia. Mi explicación es totalmente física, como si alguien hubiera guiado mi muñeca en la construcción de las líneas de un poema.”
Eso haría de la poesía un mecanismo de rescate del pasado. En la Argentina eso existe. En nuestra música se establece que nuestros mejores momentos están en el pasado.
–En Israel también hay una tendencia a engolosinarse con la nostalgia. El presente está muy confuso y el futuro es dudoso, frágil. La gente piensa que los “buenos tiempos” quedaron en el pasado. La literatura israelí no sigue esa línea. Nuestra literatura es sobria, atenta, crítica. Mucha, no toda. Los escritores que importan en Israel se expresan en saludable autocrueldad que usan para sacudir a los lectores y obligarlos a mirar hacia el futuro, para que sea mejor. Es un buen ejemplo de cómo se logra construir parte de una identidad a partir de la tragedia y cómo la autovictimización distorsionada sirve como componente de una identidad. La terminología en la que nos expresamos es una de catástrofe, de victimización, de sentirnos alienados por otros, de ser diferentes. Este es el diccionario de una sociedad traumatizada que, aun así, busca en el pasado cosas mejores. La pregunta es la correcta: ¿Por qué tanta gente tiene ganas de volver atrás? Porque ahí se creó nuestra identidad. Ahí nos reconocemos. Existe una fuerte nostalgia por los primeros tiempos de Israel, los inicios del sionismo, donde los objetivos parecían claros. Quizás estaban equivocados, pero trazaban un curso muy claro. Por ejemplo, ninguneando a los palestinos en la tierra de Israel. Gran parte del sionismo los ignoró, no los veía, el país estaba vacío y nos esperaba. Era como estar en un nuevo comienzo y no había un antes.
En partes de Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, mucha gente reaccionó así, con nostalgia por una causa común y unificadora, en la que hubo muchos muertos. Pero la sociedad estaba unida en su propósito de lograr la liberación frente a un sistema horrendo.
–Las cosas eran muy claras. Los británicos, por ejemplo, se veían como los buenos; el resto, los enemigos, eran los malos, claramente definidos. Para nosotros ya no es tan claro quiénes son los buenos y quiénes los malos. No digo que debamos pensarnos malos, pero hay cosas de malos en nosotros de la misma forma que hay cosas de buenos en el otro lado. La situación ya no es clara, es muy confusa. Somos una democracia, en nuestra prensa, en la libertad de expresión, en nuestras instituciones. Sin embargo, estamos ocupando a otro pueblo. ¿Cómo se reconcilian estas contradicciones internas? Esto hace que se añore el pasado cuando las cosas parecían claras, y todos nos queríamos. Claro que al mirar las cosas con cuidado se verán las disputas y la discriminación internas.
¿Pueden la paciencia y la esperanza unir a malos y buenos para la causa del futuro? La modernidad no une, divide, porque coexisten demasiados elementos rivales. Pero, aun así, ¿recomendaría esperar tiempos mejores?
–Yo insisto en la esperanza. Algunas veces me parece que me impongo la esperanza porque la desesperación es un lujo que no me puedo permitir. Es tan fácil desesperar en nuestra situación, sobran las razones para creer que nada mejorará en el futuro. Uno ve la distorsión en dos pueblos, se ve cómo ambos actúan contra sus propios intereses sólo para causar daño al otro. Hay una profunda desconfianza, pero desesperarme es declararme derrotado. La esperanza tiene un lugar, si insistimos en decir a la gente que la paz en nuestras vidas puede ser mejor, que hay otro significado de nuestras vidas, que la guerra no es la única respuesta y el único destino, y así sea vista por muchos palestinos e israelíes. La conciencia de catástrofe no nos permite vivir una vida plena. Estamos atrapados en esta paradoja. A lo largo de nuestra historia hemos sobrevivido para vivir. Ahora vivimos para sobrevivir. Eso está mal. Esto es lo único que esperamos para nosotros.
Vivimos en una tragedia constante, es lo que está diciendo, le dije que sonaba un concepto cuasi religioso, muy judío, aclaré que no soy judío...
(“Nadie es perfecto...”, ríe.) Dije que perfecto es cualquiera. La cuestión es cometer algunos errores en el camino a la perfección.
Ustedes, usted y el escritor Amos Oz, están repitiendo los discursos de reclamos por la paz, de comprensión, de dos estados, etcétera, de los últimos treinta años.
–La realidad es más repetitiva que los discursos. Requiere mucha energía hablarle a una sociedad inmersa en el miedo, donde el discurso se hace cada vez más beligerante, y para colmo tenemos que arriesgar y animarnos a llamar la atención. Claro que Amos Oz y yo repetimos nuestros argumentos, pero es porque creemos que son argumentos mejores. Son manifestaciones claras a favor de la paz y tenemos que combatir la gravedad de la desesperación, la gravedad del miedo, la legitimación de la locura. Muchos consideran que no entendemos el peligro que corre Israel. ¡Entendemos! Conocemos el costo de lo que proponemos. Yo leo en árabe y veo cómo escriben cosas horribles acerca de lo que le va a pasar a Israel, escucho al presidente iraní decir que quiere erradicar a Israel. “No niego nada de eso. He pasado muchos años tratando de mantener abierta una puerta a la paz, a la opción del diálogo. El problema es que esa puerta muchas veces se nos cierra, porque la gente está aterrorizada. Es difícil acercase a personas que se piensan al borde de un abismo y amenazados y hablarles a ellos del futuro y de paz. Les suena como una fantasía. Pero tiene que hacerse realidad.

domingo, 15 de julio de 2012

Arturo Pérez- Reverte

La intimidad de una novela

Arturo Pérez-Reverte registra en su blog -del que aquí se reproducen fragmentos- los problemas, los hallazgos y las reflexiones que le suscita la escritura de su nueva ficción, cuya edición está prevista para diciembre, con el título El tango de la guardia vieja, por Alfaguara. El resultado: un fascinante mecanismo al desnudo, con valor literario propio
 
 

Básicamente...

abril 20, 2012 | anotaciones | 1928, 1937, 1966, amor, novela | Compartir
Básicamente es una historia de amor. Peligrosa y turbia, creo. Un hombre y una mujer se encuentran tres (breves) veces en su vida. Una aventura que empieza en 1928, sigue en 1937 y termina en 1966. O eso creo. Salvo que se me cruce algo que lo complique más. Cosa que, a estas alturas, me parece improbable. Supongo que se sostendrá esa estructura de trama hasta el final. Compleja, porque no es trama lineal. Hay saltos atrás y adelante en la acción. Eso hace necesaria una carpintería cauta. Unos 250 folios escritos hasta ahora. Buen ritmo. No me quejo.

Escenarios

abril 20, 2012 | anotaciones | ajedrez, Buenos Aires, delincuencia, espionaje, Niza, Sorrento, tango | Compartir
Escenarios. Llevó tiempo determinarlos. Cuidadosa selección. Al fin, Buenos Aires (Argentina), 1928. Niza (Francia), 1937. Sorrento (Italia), 1966. Tango, espionaje, delincuencia, ajedrez. Hoteles de lujo y lugares sórdidos. Un viejo canalla y la mujer que pudo cambiar su vida. O que en cierto modo la cambió. El desafío era (es, sigue siendo) combinar esos asuntos y algunos más, en menos de 500 folios. Sin prisas. Dos personajes principales, recordándose, y una época sentenciada. Y en eso ando.

Desafíos técnicos

abril 21, 2012 | anotaciones | novela | Compartir
El problema en la novela, a veces, es recrear un mundo desaparecido, o en vías de. No copiarlo o imitarlo, pues eso linda con el pastiche, sino conocerlo lo suficiente para lograr, después, que el lector se mueva por él con naturalidad. Sin que se te vaya la mano. Sin estridencias, gritos ni brochazos fuertes. Jugar con lo que sabes que el lector sabe o imagina. Procurar que se sienta, al adentrarse en el mundo que le ofreces, como quien entra serenamente en una casa bien amueblada y se siente a gusto sin necesidad de estudiar la decoración o averiguar el nombre de los autores de los cuadros. Sabe que son buenos, y basta. Por eso, a veces, en la novela como en la vida, es preferible una buena litografía a un mal óleo.

Las palmeras de Matisse

abril 22, 2012 | anotaciones | 1937, fotos, Niza, novela | Compartir
Paseo de los Ingleses. Niza. Las palmeras que pintó Matisse. La foto está tomada en un día lluvioso, como el del otoño de 1937, cuando los dos protagonistas se asoman a esta misma ventana del hotel Negresco. En la novela no hay automóviles y un perro mojado corretea lejos por la playa, bajo la lluvia.

Pequeños lujos de autor

abril 28, 2012 | anotaciones | Buenos Aires, Max, novela, tango | Compartir
Lento recorrido por los aledaños de la estación de ferrocarril de Barracas. B. Aires. Buscando lugar para instalar mi imaginario almacén de tangos La Ferroviaria. Quiero evitar La Boca y los lugares machacados por el turismo tanguero actual. Necesito un lugar que hace ochenta y cinco años fuese oscuro, con un farol en la esquina de la calle. Raíles de tren oxidados, tapias de chapa ondulada sobre las que asoman madreselvas. Lo encuentro al fin, en buen sitio. Permite rememorar de un vistazo, todavía hoy, la infancia de Max, el protagonista, el barrio y la vecina calle Vieytes y el Riachuelo próximo. Imagino el croar de ranas en la noche, aunque ahora es de día. Para celebrarlo, me voy a comer a El Puentecito, que ya existía entonces. Apenas ha cambiado. Carne, vino mendocino. Aroma del Buenos Aires que intento resucitar en mi imaginación y en la novela. Decido meter también esta vieja casa de comidas en la novela. Un guiño, dos líneas. Más que para los lectores, para mí mismo. Pequeños lujos de autor.

El andamio y la casa

abril 28, 2012 | anotaciones | 1928, Buenos Aires, Max | Compartir
Fundamental otra visita a Barracas. Buenos Aires. Me lleva Oscar Conde a ver a la hija del entrañable don Enrique Puccia, el mejor cronista del barrio. Graciela Puccia. Amabilísima. Me regala libros de su padre, fundamentales para establecer ambiente en la infancia de Max. Subrayo y anoto detalles que son oro puro. Cafés torrados Águila, ginebra La Llave, la Francoargentina de Seguros. Pitidos de la fábrica cercana regulando la vida de quienes en sus hogares humildes no tenían dinero para pagarse un reloj. Árboles que había en el barrio en 1928: casuarinas, eucaliptos, sauces, higueras, parrales, macetas de ruda, cedrón y menta. Seguramente ni lo mencionaré en el texto, pero para mover a los personajes es necesario saber que eso estaba ahí. Es parte del andamio que retiras una vez acabada la casa.

El reloj de Max

mayo 6, 2012 | anotaciones | Max, novela | Compartir
Éste es el reloj de pulsera que lleva el protagonista en 1966. Un Omega Seamaster Deville. Elijo para él este modelo concreto por guiño familiar. Era el que usaba mi padre. De esa clase son los pequeños codazos cómplices, a veces sólo con sentido para él, que un autor puede darse a sí mismo. Yo lo hago con frecuencia. O con cierta. Algo así como ponerle a una novela pequeñas marcas de la casa. Signos masónicos. Sonrisas privadas. Ésta ha dejado de serlo, pero me reservo otras.

Personajes crudos y personajes hervidos

mayo 9, 2012 | anotaciones | novela | Compartir
Hay un personaje de la tercera parte (capítulos décimo y undécimo) que debo revisar a fondo. Marco notas para volver a él con detalle en la próxima revisión. Ojo con este fulano. Lo tomé directamente de la realidad, pero no me satisface del todo. Quizá funcione para el lector en el marco general de la novela, pero no funciona bien para mí. Cada vez que llego a un pasaje determinado veo al personaje en el que me inspiré, al de carne y hueso, no al literario que quiero mostrar. Está crudo, por decirlo de alguna manera. Y lo que nunca hago, o procuro evitar, es meter en una novela a un personaje entero, sin cocer, crudo. Porque eso es muy peligroso y no funciona bien. Ningún personaje de la vida real puesto en una novela funciona si no lo has hervido antes. Ese hervor significa trabajar con ellos y hacerlos literatura. Que el lector, ingenuamente convencido, piense: "Es real como la vida misma". Es como el lenguaje: el de la calle, usual, casi nunca funciona por escrito. Nada real como la vida misma funciona bien en una novela. Haber sido primero reportero y luego novelista tiene muchos riesgos (contaminaciones varias), pero también ventajas. Te sitúa, con algo de suerte, en buena posición para mirar a ambos lados de la colina. En algún momento de esa vida anterior creí comprender que cuando en un reportaje hay literatura es un mal reportaje; y que cuando en una novela hay periodismo, es una mala novela. Uno debe utilizar los conocimientos adquiridos, pero no mezclar las técnicas. Y eso es lo que intento hacer: no introducir material crudo en una historia. Ni siquiera en Territorio comanche lo hice, pese a las apariencias. Las novelas vérité nunca me han convencido. No son novelas. Son otra cosa. Absolutamente digna, por supuesto. Pero no son novelas. Al menos, no las que yo intento escribir.

Cocinando palabras

mayo 12, 2012 | anotaciones | novela | Compartir
No siempre las imágenes o las palabras pasan con facilidad de tu cabeza al papel. Escribir es un continuo recurso a la herramienta adecuada. A más herramientas, más posibilidades. Más eficacia. Cuando era joven y sólo lector, tenía al castellano, o español, por la lengua más rica y perfecta del mundo. Sin embargo, cuando llevas cuarenta años enfrentado al problema de contar las cosas con palabras, comprendes que ninguna lengua es perfecta. Que el español tiene tantos agujeros y carencias como las otras grandes lenguas. A veces, corregir un párrafo o buscar la palabra que dé variedad y originalidad al texto, contar las cosas con naturalidad y limpieza ése creo que debe ser el objetivo principal: naturalidad y limpieza, es difícil. Faltan herramientas. En ciertas ocasiones, los recursos técnicos del español son insuficientes para determinadas cosas. Encontrar palabras del tipo "chapotear", "estampido" o "crujir", por ejemplo que evoquen sonidos es menos frecuente que en inglés. En otros momentos es difícil evitar varias palabras próximas que terminen en "ado" o "ía", o combatir el exceso de tiempos verbales como "pasó", "cogió", "lloró". Para la acción de caminar, por ejemplo, el español ofrece "anduvo" o "fue", además de "caminó". Pero para otros casos no hay manera. Por no hablar de los nefastos gerundios, o la guerra que un escritor debe librar contra las palabras terminadas en "mente". O, al manejar diálogos rápidos, la necesidad molesta de repetir "él" "ella": "ella dijo", "él respondió". Algunos momentos de la escritura son una lucha por dar variedad a ese tipo de recursos: "repuso", "consideró", "concluyó", "expuso", "resumió", "objetó", "admitió", "apuntó", etc. Sin embargo, como se ve, la mayor parte acaba en "ó" acentuada; y eso obliga a una segunda búsqueda de expresiones complejas. Por eso, corregir es siempre peor que escribir. Más duro y agotador. A tu novela no acabas odiándola mientras la escribes, sino mientras la corriges. Tus carencias, añadidas a las naturales de la lengua que manejas, te saltan a la cara de forma desoladora. Y todo eso, para intentar que el lector pase por esas líneas, en cuya lectura invertirá medio minuto, sin fijarse en otra cosa que en lo que le cuentas. Procurando que el objetivo de tu trabajo sea precisamente ése: que el trabajo no se note mientras te leen. Que las palabras sean sólo herramientas fluidas y eficaces. Si un lector de novela se detiene a saborear la manera en que tu texto está escrito y deja de prestar atención a lo que le cuentas, como escritor podrás envanecerte, pero como novelista serás un desastre. Una novela sólo tiene razón de existir cuando tiene algo que contar. Lo demás sólo ayuda a ello. Ésa es una de las pocas certezas que adquirí en este oficio.

Un bolero contra un tango

mayo 29, 2012 | anotaciones | novela, Verona | Compartir
Comiendo en Verona, en un restaurante que está a pocos pasos del balcón de Julieta. Me pide mi editor italiano, Marco Tropea, que le resuma la trama de la nueva novela. Cuéntame la solapa, dice. Ponme caliente. Eso me coloca en dificultades, pues no estoy seguro de cómo definirla. En realidad es una mezcla de géneros, respondo cauto. Espionaje. Policíaco. Ajedrez. También música. Y algo de amor. O un poco más que algo. En realidad todavía no estoy muy seguro de que sea exactamente amor lo que ocurre ahí dentro. O tal vez sí lo estoy. Quizá el amor sea eso. Lo que cuento. El caso es que la trama (la historia, más bien, pues la trama es más compleja) arranca en 1928, cuando dos compositores famosos y triunfadores, que son muy amigos, hacen una apuesta. Uno de ellos se llama Maurice Ravel, y compondrá un bolero. El otro, Armando de Troeye (autor del famoso "Pasodoble para don Quijote", entre otras cosas), un tango. El que resulte más brillante será homenajeado por el otro con una cena en el restaurante Lhardy de Madrid o en el Grand Véfour de París. Para componer su tango y ganar la apuesta, De Troeye viaja a Buenos Aires con su mujer. En busca de ambiente. Durante la travesía, el matrimonio conoce a un apuesto bailarín de tangos que se ocupa de entretener a las señoras a bordo del transatlántico Cap Polonio. Se llama Max, baila muy bien y tiene otras habilidades inquietantes, por lo que resulta un personaje más peligroso de lo que aparenta. La relación (turbia) entre Max y la señora de Troeye, que comienza rumbo a Buenos Aires, se prolongará durante cuarenta años en diversos y agitados escenarios: la Riviera, el sur de Italia. Sitios así. Algunos de los cazaderos habituales de Max. Lo resumo de ese modo; y Marco, que ha escuchado muy atento y en silencio, me pregunta cuándo tendré lista la novela. Acabada este verano y corregida en otoño, respondo, si todo va bien. En realidad no tengo ninguna prisa. Estará cuando esté. Pero él ya hace cálculos de traducción y sonríe. Para primavera del año próximo en Italia, entonces. Comenta. Y yo respondo que sí, que tal vez. Quizá para primavera. O no.

El Palace de Buenos Aires

mayo 30, 2012 | anotaciones | 1928, Buenos Aires, fotos | Compartir
Al fin consigo una imagen nítida del Palace, tal como era en el otoño de 1928. Hasta ahora sólo había conseguido algunas fotos interiores del edificio actual, y una fotocopia de un cuaderno mal impreso que compré en un librero de viejo. Ésta es la cubierta de un folleto publicitario de la época, conseguida gracias a Marisa Mora Blanco, buena amiga y lectora fiel. Ahora sé qué aspecto tiene, visto desde afuera, el hotel donde se alojan el músico Armando de Troeye y su mujer cuando llegan a Buenos Aires. El Palace será escenario de sucesos inquietantes, entre otras cosas. Y en eso estoy. En contarlos.

Ésas son las reglas

junio 22, 2012 | anotaciones | Compartir
Escribir una novela (en mi caso) es vivir con ella durante todo el tiempo que empleas en escribirla. No hay descanso en eso. No hay distracciones importantes. Es una actitud mental que se mantiene inalterable, incluso contra tu voluntad, mientras dura el proceso de escritura. Tensión personal. Vigilancia continua. No hay acto de tu vida que no esté relacionado con el trabajo que tienes en la cabeza: cuanto lees, cuanto miras, cuanto oyes, cuanto piensas. Te mueves, eliges, actúas según las necesidades del texto con el que andas a vueltas. Organizas tu vida en relación con ese territorio. Hasta la gente a la que ves, por lo general, tiene mucho que ver con eso. Para un lector empedernido, como es tu caso, esto plantea ciertos problemas. Hay películas que no ves, libros que no lees, personas a las que no tratas, viajes que no haces aunque te interesen mucho, porque quedan fuera de ese ámbito. Porque en ese período de tu vida no los estimas de utilidad inmediata. Práctica. Y así, a causa de ese egoísmo profesional (tan útil para tu trabajo, por otra parte), vas aplazando cosas que harías, con la incómoda sospecha de que, una vez acabes esta novela vendrá otra; y esas cosas no hechas, aplazadas, seguirán aplazadas y sin hacerse. Pero tales son las normas de este curioso oficio. Tienes ya sesenta años y sabes que las facultades de un escritor tienen fecha de caducidad, como los yogures. Basta mirar alrededor. Puro sentido común. Eres consciente de que el tiempo de que aún dispones es limitado, y de que si no despachas esa media docena de historias que te gustaría contar antes de perder lucidez y capacidad de trabajo, puede que no llegues a escribirlas nunca. Morirán contigo, si no te libras de ellas antes. Así que sacrificas unas cosas y asumes otras. Seleccionas y descartas. Libros por leer, novelas por escribir. Situaciones por vivir. Hay cierta melancolía en esta renuncia. Pero como dije antes, ésas son las reglas.

Ropa tendida bajo la lluvia

junio 24, 2012 | anotaciones | novela | Compartir
Hay pocas sensaciones tan agradables como dormirte pensando en la escena de tu novela que escribirás al día siguiente, siempre que esa escena esté clara. Que sepas exactamente lo que deseas contar, y cómo hacerlo. Mañana sobre las ocho y cuarto, tras la ducha y el desayuno, estarás sentado dándole a la tecla en busca de las palabras exactas para llevarlo todo, con la mayor fidelidad posible, de tu cabeza al papel. Para eso pasaste la tarde trabajando. Has leído, hecho un esquema de acción y diálogos, estudiado el escenario: fotos, lecturas, recuerdos. Personajes. Sabes lo que cada uno de ellos va a decir y por qué; pero siempre esperas que tengan iniciativa y te sorprendan. Que desarrollen la vida que les das y evolucionen con nuevas palabras y gestos insospechados. Que por su propia iniciativa mejoren tu trabajo, tus previsiones. Que sean brillantes. Más que tú. Pensando en todo eso te adormeces expectante, en compañía de las imágenes y los diálogos posibles que llenan tu cabeza. Deseando que amanezca para comprobar si eres capaz de lograrlo o no. A menudo, en esos momentos, el resto del mundo, la mayor zozobra o el dolor más intenso, dejan de tener importancia. Se parece mucho a cuando hace años, después de un día duro en alguno de los antiguos lugares de trabajo, de regreso al hotel, encendías la linterna, abrías un libro, leías unas líneas y todo ocupaba despacio su lugar natural en el universo. Esta noche, mientras te lavabas los dientes, pusiste unos minutos la radio; pero la apagaste en seguida. Había allí unos cuantos individuos discutiendo airados sobre algo. Otras veces prestas atención, naturalmente; pero esta vez no sabes de qué diablos hablan. Ni te importa. Vas a escribir mañana, y estás listo para el combate. El primer párrafo será: "La ropa tendida colgaba de los balcones, bajo la lluvia, como jirones de vidas tristes". Puede valer. Piensas. La idea, para ambientar de partida. Para los primeros teclazos. Aunque luego deberás podarle lo rebuscado o rodearlo de algo que suavice el punto cursi. A lo mejor el problema, lo que no te convence, está en la palabra jirones. Mañana lo veremos, concluyes. Dándole vueltas a eso te duermes al fin, preguntándote una vez más cómo hacen los que no escriben novelas ni leen libros. Para soportarlo..

jueves, 12 de julio de 2012

Correspondencia de Julio Cortázar

Cartas marcadas

 
 
 
> Carta a Paul Blackburn, Viena, 27 de marzo de 1959

¿De dónde salieron los cronopios?

¿De dónde saqué la palabra cronopio? Vamos, Paul, no deberías preguntar este tipo de cosas. ¿Cómo puedo saberlo? Yo estaba en el Théâtre des Champs Elysées escuchando música y llegaron los cronopios. Simplemente llegaron, en cuerpo y alma. La única diferencia con la forma definitiva es que al principio eran para mí más bien algo parecido a globos verdes y húmedos. Por eso en “Costumbres de los famas” los califico de esos objetos verdes y húmedos. Sus características humanas fueron apareciendo después, a medida que escribía los relatos. Cronus y opus no significan nada para mí. Me gusta la manera inteligente en que utilizas la posible explicación. En realidad tu traducción es una nueva historia de cronopios y de famas, o sea, algo lleno de imaginación y de poesía. Me explico: Bailar tregua y bailar ala no se puede traducir por “to dance truce and dance catalán”... Por lo pronto, cartala no quiere decir catalán... “Buenas salenas cronopio cronopio” no quiere decir nada. “Salenas” es una palabra inventada, que me gusta porque rima con “buenas” y el resultado es rítmico y les va bien a los cronopios. Tendrías que encontrar alguna manera equivalente en inglés... Todo ese diálogo en “Alegría del cronopio” es un puro nonsense, que en español tiene valor mágico solamente. Me parece que ese relato es uno de los más difíciles de traducir, ¿verdad?

> Carta a Alejandra Pizarnik, 8 de octubre de 1965

El alambre de Pizarnik

Me has dejado pensativo con tu arduo caminar por el alambre tendido; hay un enigma que creo comprender, pero que probablemente no comprendo. Como esa alta figura juglaresca y funambulesca se propone dentro de un laberinto en el que deambulan Nerval y Lichtenberg, mi confusión es total. Decís que te decidiste de una vez por todas a cruzar por el alambre. Aunque no entienda del todo, siento que una decisión total, cualquiera que sea el alambre en cuestión, está bien. Pero no te me pongas tan sibilina en tus cartas, o agarro la tenaza y te corto el alambre.

> Carta a Angel Rama, París, 9 de mayo de 1973

La vuelta al Boom

Ojo: a esta altura de las cosas, volver sobre el boom puede ser frívolo e inútil (aunque no lo sea nuestro intercambio o divergencia de opiniones en las cartas o charlas que podamos cruzar). De ninguna manera creo útil ni necesario el libro de Donoso, que deliberadamente con algo de suicidio al pedo, escamotea toda referencia al panorama político latinoamericano, al hecho esencial de que también el boom, mírese como se mire, es un hecho histórico y político...

> Carta a Jean Barnabé, París, 27 de junio de 1959

Rayuela y el arte de la novela

La verdad, la triste o hermosa verdad, es que cada vez me gustan menos las novelas, el arte novelesco tal como se lo practica en estos tiempos. Lo que estoy escribiendo ahora (Rayuela) será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género... Lo que yo creo es que la realidad cotidiana en que creemos vivir es apenas el borde de una fabulosa realidad reconquistable, y que la novela, como la poesía, el amor y la acción deben proponerse penetrar en esa realidad. Ahora bien, y esto es lo importante: para quebrar esa cáscara de costumbres y vida cotidiana, los instrumentos literarios usuales ya no sirven.

> Carta a Fredi Guthmann y Natacha Czernichowska, Buenos Aires 26 de julio de 1951

El sueño del exilio

El gobierno francés acaba de darme una beca para estudiar diez meses en París, de octubre a julio de 1952... Me he preguntado a mí mismo si en el fondo lo que estoy buscando es quedarme por siempre en París. Quizá sí, quizá mi deseo intelectual (yo vivo en realidad allá, usted lo sabe bien) es un deseo absoluto, que me abarca por completo. Si así fuera decidiré de mi destino una vez que sea el momento. Mi plan es ahora aprovechar esta beca, y acercarme un poco más a las fuentes: poesía, plástica, vida humana, esa entrega que los argentinos negamos y retaceamos y postergamos siempre. No quiero escribir, no quiero estudiar (aunque lo siga haciendo); quiero, simplemente, ser de verdad; aunque ello me lleve a descubrir que no soy nada. Cuánto mejor saberlo que seguir esta vida por mensualidades en Buenos Aires.

> Carta a Eduardo Jonquières, París, 27 de mayo de 1956

El infierno peronista

Por un lado están todos los poemas que he de agrupar con el título general de Razones de la cólera y que directa o indirectamente se refieren a la Argentina, a mí como argentino, al mundo lamentable y repugnante que me tocó vivir del ‘46 hasta que me mandé mudar en el ‘50. Son unos veinte poemas, que si puedo publicaré... La otra noticia es que en México se han entusiasmado con aquella novela que conoces (El examen) y parece que me la van a pedir para editarla... Aunque ya vieja, lo mismo me gusta que se publique: será una visión a posteriori del infierno peronista. Sólo que la gente no creerá que fue escrita antes, pero supongo que algún amigo escribirá una especie de prólogo-certificado, jurando solemnemente que leyó los originales en 1950.

> Carta a Manuel Antín y Ponchi Morpurgo, Viena, 8 de octubre de 1965

El tucán de Calvino

Antonioni me escribió para decirme que quería filmar “Las babas del diablo” (Blow up), un cuentecito que, junto con todos los otros, acaba de salir en italiano. Todo hace suponer que la película se filmará dentro de dos meses, y que Ponti, el productor, se decidirá a pagarme suficientes liras como para que yo me digne a firmarle un contrato. Antonioni me telefoneó antes de que yo me fuera a Teherán a luchar contra el analfabetismo por cuenta de la Unesco, y me dijo que el cuento era la cristalización (sic) de un tema que andaba buscando desde hacía cinco años. Yo me quedé sumamente cristalizado al oír semejante afirmación, pero ya verás qué poco quedará del original en la película. Te lo digo porque Italo Calvino, que es amigo mío, le escribió una vez un libro a Antonioni, y cuando llegó el momento de filmarlo, Italo descubrió que lo único suyo que había quedado era el tucán. Después supo por Monica Vitti que le gustaba mucho la idea del tucán, y que por eso lo conservaron. Ya ves que no me hago ilusiones, pero tampoco me importa: el cine es siempre otra cosa, con sus derechos propios y sus limitaciones también propias; el que quiera leer mi cuento no tiene más que abrir el libro...

> Carta a Damián Bayón, 25 de junio de 1954

Casa (tomada) en París

Por cierto que hemos tenido una gran suerte, pues apenas llegados a París nos fuimos a buscar direcciones para alquilar piezas, y la segunda que visitamos nos resultó perfecta... Tenemos dos piezas comunicadas, con sendos ventanales sobre la calle (en la vereda de enfrente está la casa donde mi muy querido Robert Desnos vivió muchos años). Estamos en el segundo piso, tenemos “uso de cocina”, inminente ducha y teléfono (la dueña es una inglesa profesora que no ha terminado de instalarse; toca Chopin y Fauré, y nos ama y teme a la vez, es decir que nos ama como inglesa, y nos teme como propietaria francesa, después de todo lo que han debido decirle sobre los horrores que suceden con la gente que se mete en la casa y terminan desalojando a los dueños...).

> Carta a Julio Silva, Nueva Delhi, 20 de febrero de 1968

Con Paz en la India

Sí señor, por mi boca habla la India. No te mandé noticias hasta ahora porque entre el trabajo por una parte, y el deslumbramiento mezclado con el horror por otra parte, me fueron llevando los días como cuando te sacan el plato de sopa antes de que hayas terminado de libarlo. Lo del horror es lo menos fácil de explicar... basta caminar una hora por la vieja Delhi, mezclado con una increíble muchedumbre miserable y maravillosamente bella al mismo tiempo, y sentirte asediado por nubes de niños tan parecidos a los tuyos, a todos los niños del mundo, sólo que enfermos y flacos y golpeándose el estómago con una mano mientras te tienden la otra con la frase que es como el leitmotiv de todo el Oriente: “Bakshish, ss’hb, bakshish!”, “¡Limosna, señor, limosna!..” En casa de Octavio Paz hay cinco criados, desde el valet hasta el barrendero; y es una de las casas de residentes extranjeros donde hay menos criados... Todo esto es parte del horror, y me mancha el viaje y la vida y el aire. Pero, por supuesto, no soy morboso al cuete y sé vivir y mirar, de modo que la maravilla también me llega a sus horas. El domingo fuimos a ver los templos del Kajuraho, con las fabulosas esculturas eróticas que habrás visto en los álbumes; lo que los álbumes no dan es el color de miel, el aire que las envuelve, el perfume de los árboles en torno de los templos y la presencia de la gente, los pájaros, el tiempo. Kajuraho, o del erotismo como una trascendencia; durante horas he hablado con Octavio de eso... Y veremos, claro, el Tah Majal, obedientemente, como los turistas bien educados.

> Cartas a Jean Barnabé, Ginebra, 31 de octubre de 1955 y a Paul Blackburn, París, 18 de diciembre de 1961

El mejor cuento de jazz

Estoy encarnizado con un cuento que acabo de escribir y que me está dando un trabajo terrible. Su tema es aparentemente muy sencillo: la vida –y sobre todo la muerte– de un músico de jazz. Concretamente se trata de Charlie Parker, que murió hace unos meses en circunstancias bastante horribles. Siempre le tuve mucho cariño, y los datos que pude reunir sobre su vida me dieron ganas de intentar una “biografía” ficticia (cambiando incluso el nombre, pero dejando los indicios suficientes para que todo amateur de jazz se dé en seguida cuenta de que se trata de Parker). Quiero presentarlo como un caso extremo de búsqueda, sin que se sepa exactamente en qué consiste esa búsqueda, pues el primero en no saberlo es él mismo. Ni qué decir que en cierto modo estoy haciendo una transferencia personal, y que mucho de lo que me preocupa irá a la cuenta del personaje... (...)
La Charlie Parker story [“El perseguidor”] sigo creyendo que es la mejor historia sobre jazz que jamás se haya escrito under the western skies... El jazz tiene mala suerte en la literatura: estilo Young man with a horn y otras porquerías. En cambio este cuento es otra cosa...

> Carta a Mario Muchnik, París, 12 de diciembre de 1983

La vuelta de la democracia

Una vez más, los argentinos prefieren dividirse en cualquier campo en vez de hacer frente contra el único enemigo que hay que combatir. Y ahora que les regalan (casi no hay otra palabra) un poco más de libertad, empiezan a sacar pecho y hasta a dedicarles, algunos de ellos, sus nuevos libros a Walsh, a Paco Urondo o a Haroldo Conti, por quienes no hicieron un carajo cuando había que hacerlo. (Conste que no le pido heroísmo a nadie, empezando por mí mismo, pero hay límites para ciertas indecencias...) Me bastó una semana en Baires para comprobar lo que ya sabía, o sea que en estos diez años prácticamente nadie leyó los numerosos textos que fui escribiendo en contra de la Junta, a propósito del exilio, etc. EFE los distribuía (por ejemplo a Clarín) pero allá solamente publicaban mis textos literarios... Aquello sigue siendo un país lleno de chantas, que acusan a los demás de todo lo que pasó pero se excluyen cuidadosamente, porque ellos son buenos y valientes y democráticos...

> A Aurora Bernárdez, 10/7/1983, desde Managua

Los cajones privados

Querida: te escribo esto just in case
No te preocupes, si de mí depende, pero es mejor prever lo imprevisible.
“En el cuarto de trabajo de Carol hay un classeur con varios cajones. En los tres o cuatro primeros hay papeles que vos destruirás. Y sobre todo hay fotos, que sólo vos debes ver y destruir. Muchas fotos de Carol desnuda, fotos que quiero guardar para mí porque fueron momentos de amor y belleza. No las destruyas sin mirarlas, porque comprenderás lo que fueron para ella y para mí. Sólo vos debes verlas, será como si yo mismo las mirara una vez más. Sobre la chimenea y en los dos placards hay muchos papeles de Carol que deberían ser también destruidos como tantos míos en mi cuarto de trabajo. Con ellos vos harás lo que quieras pero Hortense Chabrier se comprometió a publicarlos en Acropole (Belfond) y pienso que Saúl [Yurkievich] y vos podrán llevar eso adelante.
Los papeles de mis ficheros en mi cuarto quedan a juicio de ustedes. Lo que es entrevistas, críticas y bibliografía, Saúl los entregará a la Universidad de Poitiers que archiva mi bibliografía.
En el placard de la izquierda de Carol, arriba a la derecha, están mis manuscritos, que poco a poco me va comprando la Univ. de Austin. Saúl se ocupará de ellos.
No te angusties por estas líneas, puesto que pronto podrás olvidarlas cuando yo vuelva. Entonces seguiremos hablando como la otra noche, y mirar juntos hacia adelante. Gracias, y hasta muy pronto.
Te beso mucho.
Julio

martes, 3 de julio de 2012

El sermón de La Victoria

Más extraño que la realidad

Una novela de la vida real: así caratula el propio Belgrano Rawson a “El sermón de La Victoria”, un relato seco y directo para el que entrevistó durante meses a un chico encarcelado por un crimen que no cometió.

POR Osvaldo Gallone


El subtítulo de El sermón de La Victoria, el nuevo libro de Eduardo Belgrano Rawson, cumple en aclarar lo siguiente: “Novela de la vida real”. Es un subtítulo en el que resuenan los ecos de la contratapa de la primera edición (a cargo de la desaparecida editorial Legasa) de La novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez (que es, junto con la formidable Purgatorio, su mejor trabajo): “En esta novela todo es verdad”.
En uno y otro caso, hay una flagrante contradicción en los términos, un deliberado y escandaloso oxímoron que resulta tan evidente como manifiesto: si es novela no es verdad, si es ficción no es verídica. Y, sin embargo, en la narrativa argentina, entre estos dos conceptos antitéticos se puede plasmar una convivencia tan extraña como armoniosa. Entre las razones que explican el fenómeno se puede sugerir, por ejemplo y entre otras variables posibles, que la realidad cotidiana argentina se suele revelar tan inasible y desatinada que una de las escasas claves para descifrarla es el tenaz ejercicio de la ficción. Una de las preguntas que se formula el narrador El sermón de La Victoria al comienzo del libro ilustra holgadamente la tesis: “¿A qué número llamar cuando te asalta la policía?” En el marco de la cotidianidad argentina, la pregunta no sólo es verosímil, sino real, pero ese real sólo puede ser inscripto, para su decodificación, en el plano de la ficción. Por lo tanto, que este libro de Belgrano Rawson sea, en efecto, una “novela de la vida real” o que la novela de Tomás Eloy Martínez sea una novela donde “todo es verdad” no supone un oxímoron, sino que deviene marca de pertenencia, seña inequívoca de identidad.
La fuga
Dividida en cuatro partes, la primera de ellas es la que, tal vez, mayor intensidad narrativa y dramática suponga. Una muchacha nacida y criada en un pueblo puntano, Claudia, decide fugarse, por problemas familiares, de su casa, y reaparece a los nueve años ajena al siniestro vendaval que su desaparición ha provocado.
La víctima
La fuga de Claudia coincide con los años de plomo y las consecuencias derivadas de ella que sufren su entorno más íntimo y su incipiente novio, Nelson, redundan en un minucioso infierno. El itinerario de Nelson, presunto homicida de Claudia, es narrado por Belgrano Rawson a la manera seca y precisa de un policial duro: sólo describe y connota, sin recaer en la ciénaga del mensaje moral o el panfleto reivindicatorio: “Todavía no estaba maduro para ser entregado al juez. Antes lo llevarían por una vieja ruta de tierra para cepillarlo de nuevo. Fue peor que la noche del río, pues le estrellaron contra los dientes una botella rota. Empezaron a darle en silencio y lo colgaron de un árbol y le siguieron pegando, mientras giraba suspendido del brazo. Era la calesita, explicaron. A continuación lo bajaron para tomarse un respiro”. Es la misma y prolija descripción de la violencia –y sólo descripción– que espeluzna no sólo en los textos de Raymond Chandler y Dashiell Hammett, sino también en algunas novelas de la narrativa sureña norteamericana (Carson McCullers es uno de los ejemplos más estilizados y al que podría encontrarse más familiaridad con este texto de Eduardo Belgrano Rawson).
La construcción del personaje de Nelson es notable, aun y sobre todo en el proceso de su progresiva pauperización: “La libertad había sido peor que la cárcel”, concluye melancólicamente, cuando se ve libre, con sida, sin un peso y sin saber cómo conseguir un subsidio para intentar sobrevivir.
El tono y la tensión
Si bien las restantes historias de la novela giran en torno a la desaparición de personas y confluyen en la historia de Claudia y Nelson, es la primera parte, que es, por otro lado, la más extensa, la que estructura el texto y le otorga su tono predominante. Una historia cuya tensión narrativa está plasmada de modo inmejorable por más que se eche en falta, en varios pasajes, un mayor trabajo de elaboración estilística que es reemplazado por un coloquialismo que a veces cae en la ramplonería; un estilo que adolece de aquello que García Márquez definía como “una transposición poética de la realidad”. Si hay algo que está alejado, precisamente, de la “transposición poética” es la servidumbre mimética; no contribuye a aportarle mayor relieve a la realidad, sino que la aplana (escribir “duraría en funciones lo que un pedo en la heladera” o “cuando los llevaban a echarse un polvo” no supone siquiera, a estas alturas, una provocación). Las tres partes que completan la novela si bien giran en torno de la primera parte, carecen de la cohesión de ésta, con un número considerable de personajes cuyo perfil se difumina y una serie de historias paralelas que no terminan de clausurarse.
La historia de Claudia Díaz, la novia de Nelson, es la historia de un crimen que nunca ocurrió y en el que hubo una pequeña muchedumbre de sospechosos, torturados e imputados. Eso es lo que cuenta de modo ponderable Eduardo Belgrano Rawson: una historia real argentina, vale decir, un exceso de la ficción.

sábado, 30 de junio de 2012

FAULKNER

Faulkner: El hombre que inventó un mundo

Fue uno de los mayores escritores estadounidenses del siglo XX, premio Nobel en 1949, y autor de una narrativa que supo influenciar a nombres como Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti y Juan José Saer. A 50 años de su muerte, que se cumplen el 6 de julio, Márgara Averbach, Sylvia Iparraguirre y Hernán Ronsino, reflexionan sobre Las marcas que dejó Faulkner en sus vidas y en sus libros.

POR Margara Averbach

Yo entré al mundo de Faulkner a los catorce años. Apenas di un paso en ese universo, sentí que jamás podría abandonarlo. Las historias de pueblo chico; la voz barroca, envolvente; los personajes inolvidables, los hechos que rigen todo y jamás se dicen, todo me atrapó de tal manera que seis meses después, me prohibí la lectura durante un año: me había dado cuenta de que esa escritura se había colado en la mía y la dominaba.
El Premio Nobel, nacido en el Sur estadounidense, es uno de esos escritores que llevan a quienes los siguen directamente hacia la emoción, que los arrastran a ella con un alud de palabras infinitas pero cuidadosas, muy pensadas. Si, como dice Umberto Eco, cada libro elige a sus lectores, los de Faulkner nos buscan a nosotros, los que queremos sentir mientras leemos.
Ese llamado está planificado: Faulkner tiene tácticas para arrebatarnos de nuestro mundo y llevarnos al suyo. Por ejemplo, muchos de sus narradores empiezan a contar la historia con indiferencia hasta que esa historia los va envolviendo y los involucra por completo, a ellos y a los que leen. Eso le pasa al pueblo de Jefferson, narrador del famoso cuento “Una rosa para Emily” y también a Quentin Compson en ¡Absalón, Absalón! Por eso, Quentin en uno de mis libros favoritos repitiendo una y otra vez que no, que no odia al Sur, que no lo odia. La emoción no es casual, no.
Tampoco el largo de las oraciones en Faulkner, esas frases que se vuelcan sobre sí mismas durante veinte renglones, a veces más. Para entender por qué este rasgo típicamente faulkneriano es uno de los ejemplos más cabales de la buena escritura, que siempre borra las fronteras entre “forma” y “contenido”, hay que pensar en el manejo del tiempo.
Faulkner nació en una de esas familias blancas del Sur de los Estados Unidos que poseyeron esclavos, las familias de las que surgieron los grandes líderes de la Independencia, como Washington y Jefferson. A mediados del siglo XIX, el poder lo tenía el Norte y el Sur perdió la Guerra Civil. Su forma de vida, totalmente dependiente de la esclavitud, se extinguió con la Abolición. Los sureños blancos sintieron que la cultura que habían perdido (más aristocrática, menos individualista y menos interesada en el dinero que la del Norte, tal cual la definían ellos) era mejor que la de los triunfadores. Por esa razón, la literatura sureña de principios del siglo XX (Faulkner entre otros) mira con nostalgia crítica la era anterior a la Guerra. Hace un análisis negativo de la esclavitud pero no termina de entender que, sin ella, su forma de vida hubiera sido imposible. Por eso, como bien dijo Sartre, el relato faulkneriano no conoce el futuro, camina mirando hacia atrás, hacia el pasado.

En Faulkner, la sintaxis está directamente relacionada con eso. Podría decirse que su sintaxis mira a su propio pasado. La oración faulkneriana se ve interrumpida constantemente por paréntesis muy largos, narraciones completas, subordinadas dentro de subordinadas, enumeraciones infinitas. Cada pocas palabras hay que releer el comienzo para no perderse. Así, el presente de la oración (que como todo lenguaje es una línea, como el tiempo en Occidente) es incomprensible sin su pasado.
Un ejemplo cualquiera de La aldea (The Hamlet) (difícil entender el “estilo Faulkner” sin un ejemplo): “A causa de eso había bebido un poco más de lo que acostumbraba, cosa que (hombre de humor naturalmente caprichoso aunque sano y robusto), unida a su terrible idea fija sobre lo femenino que las trágicas circunstancias de su desgracia habían creado en él y el hecho de que no sólo debería regresar y establecer una vez más contacto físico con el mundo femenino del que había abjurado hacía tres años, sino que el momento en que se requeriría hacerlo sería precisamente aquel (la hora entre el crepúsculo y la oscuridad) de toda la jerarquía del día que él menos podía soportar ... lo había dejado en un estado de ánimo impredecible y entonces fue cuando se dirigió al establo y encontró que la vaca estaba ausente”.
"Unico dueño y propietario"
La mayor parte de la ficción faulkneriana transcurre en Yoknapatawpha, un condado inventado con su capital, Jefferson, sus arroyos, sus pueblitos y sus latifundios. Faulkner copia de Balzac la idea de crear un territorio dentro de una zona real del mundo, en su caso, el estado de Mississippi. Desde El sonido y la furia (reeditado ahora por Alfaguara) hasta Los rateros , su última novela, sus cuentos y novelas van trazando la historia del condado y analizando así la del Sur todo, marcadas ambas por la esclavitud, el racismo y la derrota en la Guerra Civil.
Desde la llegada de los blancos a la zona hasta el siglo XX, se puede seguir esa historia de libro a libro. Es una historia completa desde un punto de vista blanco. Ahí están todas las clases sociales del Sur: la aristocracia terrateniente y dueña de esclavos; la diminuta clase media en los pueblitos; los esclavos negros; los indios y los blancos pobres, a los que los sureños llaman “ white trash ” (basura blanca, en traducción literal). Faulkner suele comparar esa sociedad (a la que critica y defiende al mismo tiempo) con la norteña, corrupta, individualista, obsesionada por el dinero. En el mapa de Yoknapatawpha, que aparece en algunas ediciones, figura el número de habitantes, divididos en tres razas (indios, negros y blancos) y una declaración famosa: “William Faulkner, único dueño y propietario”.

Si se lee más de un libro del autor, el regreso recurrente a ese mundo ficticio tiene un efecto muy parecido al de la ficción “histórica”: cuando aparecen en un relato figuras como Napoleón o San Martín, la acción parece continuarse fuera de las páginas porque los lectores conocen la vida de los personajes. Los habitantes de Yoknapatawpha viven más allá de cada libro. Los reconocemos de historia en historia. El humor suicida de Quentin Compson en E l sonido y la furia es el mismo que contaba el Sur en ¡Absalón, Absalón! ; el fiscal Gavin Stevens, la misma persona racional y correcta en Intruso en el polvo y Gambito de caballo . Por eso, los sentimos respirar más allá de las palabras. Por eso, la lectura de Faulkner produce, en palabras del crítico francés Claude Edmond Magny, una “fuerte sensación de realidad”.
Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Juan José Saer reformularon esta idea con sabor latinoamericano. Por eso, el Macondo de García Márquez existe fuera de las páginas de Cien años de soledad en muchos otros libros con todos sus José Arcadios y sus Aurelianos (hay que agregar que el juego basado en la repetición de los nombres también es faulkneriano: por ejemplo, hay dos Quentin Compson en Yoknapatawpha, un varón y una mujer).
La relación de Faulkner con sus lectores es interesante y muy compleja. Sus novelas pasaron desapercibidas hasta que llegaron a Francia y a otros países, como Japón. Esa repercusión en el exterior tuvo mucho que ver con la forma en que terminó por convertirse en un autor canónico dentro de la cultura blanca estadounidense, que por otra parte no es la única importante, mal que le pese a la parte conservadora de la Academia. Al contrario, los cuentos del sureño siempre tuvieron más popularidad y él vivió de ellos por un tiempo. En los cuentos, claro está, las oraciones son más cortas y la comprensión mucho más fácil pero la exigencia a los lectores sigue siendo mucha.
La naturaleza de esa exigencia no es la misma que se encuentra en sus contemporáneos T. S. Eliot y Ezra Pound, entre otros. Faulkner no hace citas constantes y por lo tanto, no pide lecturas previas a quienes se asoman a su mundo. Lo que se necesita es paciencia e ingenio para dilucidar lo que está pasando, tiempo para volver atrás frecuentemente, al pasado sintáctico y argumental de lo que se lee porque sin ese pasado, el presente es incomprensible. En ese sentido, la literatura de William Faulkner es mucho menos elitista que la de autores como Eliot y Pound.
Por otra parte, su relación con lo popular es profunda. Faulkner tomó géneros populares como el policial, el gótico y el melodrama y los utilizó como herramientas expresivas. De los dos primeros, le fascinó la importancia del pasado (en el gótico, los fantasmas y las casas en ruinas son marcas de secretos anteriores en el presente; en el policial clásico, el argumento reconstruye el pasado para conseguir justicia: para saber quién es el asesino hay que relatar lo que ya pasó); del melodrama, sacó las tácticas de la expresión emocional y el interés por la culpa, tan relacionada con la decadencia del Sur, decadencia que reconocían todos los escritores del llamado “Renacimiento Sureño”.
Cuando Faulkner estructura sus historias alrededor de esos géneros (y lo hace con mucha frecuencia), ofrece un marco externo de mucha utilidad para la lectura. La existencia de elementos del policial como un crimen, un detective, un culpable es una guía para los lectores en los cuentos de Gambito de caballo , por ejemplo. Tal vez por eso, sea aconsejable entrar al universo faulkneriano por la puerta de esa serie de policiales cortos en los que el esquema de género sirve al autor para hablar de su tema de siempre, el Sur en la modernidad.
Faulkner nunca fue un “intelectual” en el sentido académico y elitista del término: al contrario, vivió gran parte de su vida en su pueblo, Oxford, Mississippi, y desde ese pueblo (que fue una fuente infinita de historias para él), inauguró una serie de experimentos lingüísticos que marcaron el siglo XX. La variación del punto de vista fue uno de ellos. Después de Faulkner, se expandió a todo el mundo, incluyendo América latina y como todo en este autor, el uso de más de un punto de vista en una misma narración tiene una dimensión filosófica y ética, además de literaria.
La literatura contemporánea entiende que el poder de una historia es de quien la cuenta. Faulkner lo sabía. En Mientras agonizo , contó el mismo viaje terrible hacia Jefferson en media docena de voces y demostró a sus lectores que cada narrador ve lo mismo de distinta forma y que todas esas visiones son válidas. En ¡Absalón, Absalón! , cuatro personajes buscan el motivo del mismo asesinato. Cada uno de ellos llega a una conclusión diferente y cada explicación se suma a la anterior sin borrarla del todo, en el alud de sensaciones, palabras y conceptos que caracteriza su obra. La conclusión final de Quentin, “No odio al Sur”, resume la posición de todos los narradores y la de Faulkner con respecto a la región que los vio nacer. No la odian, no saben cómo amarla. La defienden y la critican al mismo tiempo.
Tiene sentido que yo no supiera cómo salir de ese mundo: una vez que se entra en Yoknapatawpha es muy difícil encontrar la salida. Y por otra parte, ¿para qué buscarla si en el fondo uno no quiere irse, si todavía queda demasiado por explorar?

domingo, 17 de junio de 2012

ROBERTO ARLT

Los afanes de Arlt

Fundada en 1924 por Ricardo Güiraldes y tres jóvenes fascinados por las vanguardias, el poeta cordobés Brandán Caraffa, Pablo Rojas Paz y un joven Jorge Luis Borges recién vuelto de Europa, la revista Proa se convirtió en refugio y faro para la nueva prosa y poesía hispanoamericanas. Por sus páginas pasaron fragmentos de Macedonio Fernández, versos precoces de Raúl González Tuñón y Leopoldo Marechal, poemas criollistas de los uruguayos Silva Valdés e Ipuche; versos vanguardistas de chilenos como Juan Marín y Pablo Neruda, y poemas de Federico García Lorca. La edición facsimilar de la Biblioteca Nacional y la Fundación Borges, de los quince números completos, publicados entre agosto del ’24 y enero del ’26, esconden entre muchos tesoros el episodio perdido de El juguete rabioso y la primera reseña en castellano del Ulises de Joyce firmada por Borges. Radar los lee para encontrar en ellos los puntos en común y el encuentro inesperado de los dos autores que dividieron las aguas y marcaron la literatura argentina del siglo XX.
 

Por Guillermo Saccomanno

Creo haber leído hace unos cuantos años “El poeta parroquial”, este capítulo que Arlt, con un acertado criterio estructural del relato, dejó afuera de El juguete rabioso. La mitología literaria refiere que fue su amigo Ricardo Güiraldes quien le recomendó sustituir el título de su novela La vida puerca por El juguete rabioso. Que descartara “El poeta parroquial” como parte del libro –puede conjeturarse– sería atribuible también a otra sagaz sugerencia de Güiraldes. Un dato histórico: ambos, Arlt y Güiraldes, publicaron en el mismo año, 1926, sus dos primeras novelas, dos referentes claves en materia de iniciación: El juguete rabioso y Don Segundo Sombra.

Cuando leí por primera vez “El poeta parroquial” experimenté la misma turbación que cuando tuve en mi poder las fotocopias del registro de invención de sus medias de goma. Una mezcla de tristeza y ternura. Si se piensa la redacción de este documento como pieza literaria, ahí ya está todo, todo lo que significan, complementarias para Arlt, la invención y la literatura: estrategias de enriquecimiento, lo que se comprueba en diferentes declaraciones del escritor. El registro de invención está escrito a la apurada, con faltas de ortografía, despropósitos gramaticales, todo eso que a Arlt se le recriminaba segregándolo de una concepción literaria de gente bien (el grupo Sur, el elitismo por antonomasia). A tener en cuenta: aunque Arlt pudiera tener en superficie afinidades con el tremendismo de Boedo, supo siempre moverse, inclasificable, con astucia, entre los beligerantes de Boedo y Florida. (Un ejemplo: su amistad con el estanciero Güiraldes.) Su lógica de la literatura no está lejos del afán (volveré sobre este término: afán) de hacerse de fortuna y de prestigio, lograr un status que habilite tanto la venganza del humillado como la utopía. Al leer “El poeta parroquial” esa primera vez, creo –lo pienso ahora–, percibí su fascinación por la “letra impresa”, el poder, lo que Arlt imaginaba como poder, y también reparé en su humillación a través de una incumplida ambición poética. Porque la poesía, para Arlt, como el escribir bien, emanaba un aura de refinamiento, lo que era sólo posible poseer mediante una comodidad económica. Arlt no carecía ni de genio ni de inventiva, pero sí de dinero. Y para escribir poesía había que tenerlo. Los personajes arltianos trabajan para comer y comen para trabajar. A Arlt lo irritaba escribir para vivir y vivir de lo que escribía. El dinero como mala palabra, rezongaba.
Los dos muchachos literatos que van a visitar al poeta parroquial destilan la codicia naïve de un rango que puede concederles la poesía, emerger de la mishiadura y el anonimato. La visita cumple una función: ver cómo se logra esa famita que da salir en revistas como Caras y Caretas y El Hogar. Al lector desprevenido, que no entró todavía en el retorcimiento de la traición, el tormento de la culpa, dos condiciones que definen El juguete rabioso, la lectura de “El poeta parroquial” puede resultarle no sólo un borrador, un flojo texto de aprendizaje literario, sino también una señal de presunción. Y habría que ver lo que esto, la formación literaria, significa en el caso Arlt. Presunción, entonces, otro rasgo de este capítulo que Arlt dejó afuera de la novela de iniciación más estremecedora de la literatura argentina porque, de lejos, El juguete rabioso le saca varios cuerpos a Don Segundo Sombra, la gauchesca taoísta.
Lo que puede interesar de “El poeta parroquial” en el nivel de la genética literaria es cómo ofrece la oportunidad de desarticular una inocencia y humildad que suenan fingidas. Arlt, me digo, interpelado ahora, no podría hacerse el distraído de los elementos que ahí, en ese cuento, despliega anticipando las constantes de lo que será su literatura: la fascinación por el arriba. El arribismo, si se quiere. El golpe de Estado más que la revolución. Acá cabría la apertura de una polémica acerca del “revolucionarismo” de Arlt, la relación entre fascismo y astrología (José Amícola escribió un clásico ensayo al respecto), dos inclinaciones que, en nuestro país, tienen antecedentes siniestros y no tan remotos: José López Rega.

El primer capítulo de El juguete rabioso empieza reverenciando la lectura de Chateaubriand, Lamartine y Cherbuliez y concluye con “El Club de los Caballeros de la Medianoche”, una bandita de pibes chorros con ínfulas rocambolescas, robando la biblioteca de una escuela. Aquí, hay que advertirlo, se indica tácitamente una ideología de la literatura: no tanto “tomar el cielo por asalto” como “asaltar el poder”: a la aristocracia, y en especial a la literaria, encarnada en la literatura francesa, se accede, desde abajo, sólo a través del afano. En esto, considero, el lenguaje que no es ni inocente ni naïve como los dos muchachos literatos: revela una contigüidad semántica entre afanes y afano. El robo a la biblioteca, hay que consignarlo, es un asalto al Estado en la medida en que ésta no pertenece a una institución privada. También conviene subrayarlo: no se trata de una expropiación sino de una apropiación. Frente a los libros que se seleccionan en el robo, Silvio Astier desprecia Las montañas de oro, del fascista Lugones (que puede venderse por diez pesos), y prefiere una biografía de Baudelaire: no Las flores del mal y sí una biografía de su autor. Irzubeta, el otro chorrito la descalifica: “Una biografía”, le dice. “No vale nada.” Pero sí vale para Silvio, y acá la diferencia entre valor y precio. A Silvio pareciera importarle menos la lírica baudelaireana que aquello que puede haber de lírico –léase “romántico”– en su biografía borrascosa, la figura del maldito. El valor, al modo baudelaireano, cotiza, a la larga, más que el precio. A Astier, como más tarde a Erdosain en Los siete locos –y la idea puede hacerse extensiva a todos los héroes arltianos–, no le cabe duda lo dicho: le revienta trabajar para comer y comer para trabajar. Para Astier la cosa va más allá de la injusticia social y supera la noción de igualdad social. Astier, a su modo, es también un elitista: pretende la trascendencia.
Atinada, dije, la autocensura de Arlt al eliminar “El poeta parroquial”. No se trata sólo de que reste potencia a esa “vida puerca” que es El juguete rabioso. Es que los indicios, las pistas de la envidia –y al leer envidia debe entenderse resentimiento– están demasiado expuestas. Declamatorias, más bien. En principio, los dos muchachos que visitan al poeta parroquial son demasiado pichis intelectualmente por más que uno trabaje en una biblioteca. Los dos se dejan deslumbrar por la figura de Alejandro Villac. Y acá, por qué no pensar en este significante, el apellido “Villac” como apócope afrancesado de “villano”. A la vez, por consonancia francófona, el “ac” pega cerca de Rastignac, el héroe balzaciano que antecede los héroes arltianos en su afán de tomar una ciudad por asalto. Villac lo logró: su retrato ha sido publicado en El Hogar. Y puede darse el lujo del remanso.
En otro orden, “El poeta parroquial” sugiere, desde el vamos, además de parroquia, capilla. Y los dos muchachos van al encuentro entonces de un prestigioso de la capilla literaria. Para recortarse en esa capilla hay que escribir, por ejemplo, sonetos como los del poeta en su libro El collar de terciopelo. Subráyese: oro, en Lugones, y collar en Villac. El soneto, sentencia el poeta parroquial, es “una lira de hebras de oro”. Lo alhajado entonces como atributivo de lo poético.

No menos interesante es revisar el territorio donde se ubica la morada del poeta. Alejandro Villac no parece vivir a muchas cuadras de Arsenio Vitri, el ingeniero que será afanado en El juguete rabioso. No sólo sus iniciales coinciden, A. V. y A. V., sino también sus barrios arbolados, sus calles perfumadas, un territorio en el que se advierten los aires de Flores, Floresta y el Parque Avellaneda. De parte del narrador, en tanto, ya se insinúa una traición en la elección de género. Lo suyo, confiesa tímido, no es el verso sino la prosa. Si la poesía es territorio de emociones sublimes y de sensibilidades delicadas, la prosa –Arlt, su popularidad como cronista, proviene del periodismo, una escritura subvalorada– tiene un carácter utilitario, ligado a la subsistencia y la plusvalía. Casi imperceptible, la traición se advierte en la vergüenza que pareciera sentir el literato incipiente al admitir que escribe prosa. En algún sentido también, lo soterrado de la visita al poeta tiene un aire de escruche. Como sugerí, han venido a campanear cómo se llega. El Arlt de este capítulo se deschava más embelesado por el gusto aristocratizante, la poesía, que por el realismo expresionista que definirá su narrativa. No es casual entonces que contara entre sus favoritos los Cuentos para una inglesa desesperada. Y acá, en este título del pretencioso metafísico Mallea, está también todo, todo lo que a Arlt, el muchacho que peregrina hacia la casa del poeta parroquial, le representa una idea de belleza: una inglesa desesperada es más exquisita que una mantenida o una renga.

Una digresión y no tanto ahora. Otro dato del período: no estamos lejos de las colaboraciones de Borges para El Hogar ni tampoco de su primer libro de cuentos: Historia universal de la infamia. Subrayemos: “los deleites y afanes de la literatura bandoleresca” que encandilan a Arlt tienen más de una zona de roce con los cuentos de Borges, su admiración por marginales como Billy the Kid. Ambos, El juguete rabioso e Historia universal de la infamia fueron concebidos como literatura popular. Aunque en el caso de Borges el correrse hacia este género es más notorio y provocador porque, proviniendo de una clase más elevada, empieza a desarrollar su libro en el suplemento de aventuras de Crítica. En este punto, habría que recordar que, a diferencia de Borges, Arlt presenta en el diario una escritura menos jerarquizada, más urgente, aunque no menos popular: el aguafuertismo. Pero los dos, a su modo, eligen una traslación de clase: Arlt hacia lo mayor, la novela, y Borges hacia lo menor, el cuento de aventuras. No obstante, en sus respectivos desplazamientos, ambos comparten otra afinidad: el poeta parroquial, al que los dos muchachos le prestan atención, reivindica a Carriego, a quien Borges dedicará uno de sus ensayos juveniles. A Borges y Arlt los une además un común desdén: la literatura gauchesca. Aquella literatura que Borges repudiaba por su apelación al facilismo folklórico, en “El poeta parroquial” Arlt lo deposita en un tal Usandivaras, un poeta campero que el vate barrial considera inferior al payador Betinotti. Si bien durante años la crítica se empecinó en plantear antagonismos entre Borges y Arlt como amantes antípodas, al rastrear el monumental Borges de Bioy Casares, en algunos pasajes Bioy permite entrever que la animadversión de Borges hacia Arlt no era tanta. No obstante, durante décadas la polarización de la crítica osciló en sus preferencias entre Arlt y Borges, lo que tuvo su incidencia. Serenados los ríos de tinta que fluyeron al respecto, aunque no pueda hablarse de una reconciliación entre tirios y troyanos, ambos anclados en los ’60 y ’70, el tiempo y el rescate de algunos de sus textos primerizos permiten leer nuestra historia, la literaria y no sólo, de una forma menos maniquea. Borges era más arltiano de lo que un lector desprevenido puede atisbar. La traición, como en Arlt, fue una de sus obsesiones. Y Arlt, por su parte, aunque pudiera aspirar a ser un Flaubert o un Joyce, supo tener una mirada borgeana en su pasión por las literaturas denominadas menores. Me gusta pensar, más allá de la ironía que representa como título, que “El criador de gorilas” es una apuesta que habría sorprendido al lector antiperonista de Stevenson, Melville y Conrad.

miércoles, 6 de junio de 2012

RAY BRADBURY

Muere el escritor Ray Bradbury, padre de otros mundos

Autor de obras como 'Crónicas marcianas' y 'Fahrenheit 451', tenía 91 años

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El escritor estadounidense Ray Bradbury ha muerto hoy en Los Ángeles, según ha informado su nieto a la web de ciencia ficción io9. Bradbury, autor de obras como Crónicas marcianas y Fahrenheit 451, tenía 91 años.
Escritor visionario, arquitecto, guionista y poeta, era uno de los padres de la literatura fantástica contemporánea. Su obra determinó el imaginario del futuro que se forjó el siglo XX y, en concreto, las aspiraciones de la sociedad estadounidense que salía del infierno de la posguerra.
“Si tengo que realizar una declaración, sería la de cuánto le quiero, cuánto le echo de menos y cuánto deseo oír los recuerdos que los demás tienen de él", ha declarado su nieto, Danny Karapetian.
Escritor visionario, arquitecto, guionista y poeta, era uno de los padres de la literatura fantástica contemporánea. Su obra determinó el imaginario que sobre el futuro se forjó el siglo XX.
Bradbury, (Waukegan, Illinois, 1920), decidió ser escritor a los tres años de edad, según él mismo contaba. Comenzó a escribir con tan solo 12 años, para sentirse "a gusto".
No sería hasta nueve años después, ya con 21, cuando cobró por una obra literaria, el cuento Péndulo, en la revista Super Science Stories.
Fotograma de la adaptación de 'Fahrenheit 451'
Pese a su temprana vocación literaria, Bradbury también aspiraba a ser actor. Con sus padres (era el tercer hijo de Leonard Spaulding Bradbury y Esther Marie) solía ir al cine, medio del que se enamoró.
De formación autodidacta, se inspiró en una lectura compulsiva: "Me enseñó Shakespeare, me enseñó Julio Verne. Edgar Allan Poe me dijo que escribiera. Edgar Rice Burroughs y John Carter de Marte. H. G. Wells y El hombre invisible. Los grandes nombres fueron mi influencia y con ellos nunca necesité más consejo".
La publicación de Crónicas marcianas, una historia de la conquista de Marte y, tres años después, de Fahrenheit 451, la narración del ocaso en una futura sociedad totalitaria de la cultura del libro (451 grados Fahrenheit es la temperatura a la que arde el papel), le ganaron fama internacional. El cineasta francés François Truffaut se encargó de adaptar la novela a la pantalla.
En calidad de arquitecto y diseñador fue autor de la primera galería comercial en Estados Unidos y del pabellón estadounidense en la Feria Mundial de Nueva York de 1964. También diseñó atracciones para DisneyWorld.