ADVERTENCIAS A MÍ MISMO

en novelas, relatos, ensayos. Escritura

lunes, 20 de febrero de 2012

PAUL AUSTER

El cuerpo en el que habito

Dos seres componen al celebrado escritor estadounidense: uno de carne y hueso, histórico, “que lava los platos”; otro interior, que está solo en lo que escribe, y no entiende. Ahora, publica la historia de aquel “cuerpo”: heridas, barrios, cuartos, intemperie. Y con dos periodistas de Ñ habla de eso. Y de política y amor.

POR Patricia Kolesnicov Y Andres Hax

¿Ya se arregló el problemita con la licencia de alcohol? El hombre que pide –se arregló– una copa de vino blanco antes de sentarse a ser interrogado por dos desconocidos, mañana (el mañana de la entrevista, 3 de febrero) cumple 65 años. Y como el hombre se llama Paul Auster, recibe los 65 con un libro autobiográfico, Diario de invierno . Un libro que –como si el que cumpliera fuera el cuerpo, no el hombre y menos el autor–, indaga “lo que ha sido vivir en el interior de este cuerpo”. “Un catálogo de datos sensoriales” económico en pudores, que no evitará ni el pobre debut sexual en un prostíbulo ni –página 9– “el enorme forúnculo que una vez me brotó en el carrillo izquierdo del culo.” El hombre que pide el vino va a cumplir 65 años y se nota. Habla con la voz baja de siempre, mira con esos ojos hermosos de siempre, pero algo en la manera de ponerle el cuerpo al aire ha cambiado. Ahora no va cortando el aire con el pecho, ahora lo sostiene con los hombros.

“Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro”.
( Diario de invierno , página 7)

¿Le resulta extraño este cuerpo de 65 años?
A veces ni me miro. Bueno, me miro al espejo cuando me afeito y me peino. A veces sorprende ver una foto sacada hace tiempo y notar cómo cambiaste; tu pelo, tu cara no son como hace 30 años, es como una broma. Pero tampoco me deprime.

¿Pero se siente usted mismo?
Me siento diferente y me siento igual al mismo tiempo.

Son las dos de la tarde, el frío aprieta pero no ahorca en Brooklyn y en el café donde sabe parar Auster bajan para que los grabadores hagan su trabajo.
El hombre se mudó al barrio hace algo más de 30 años, antes de que ese suburbio de Nueva York se pusiera de moda y se llenara de restaurantitos y le crecieran escritores entre las baldosas. Cerca, a una cuadra, hay una librería con piano al fondo y clásicos estadounidenses en la vidriera y, entre ellos, no falta un Paul Auster, claro. Pero Brooklyn sigue siendo Brooklyn: te perdés cuatro o cinco cuadras y quedás entre galpones enormes, das la vuelta y frente a una especie de maxikiosco donde se recargan celulares deambula una embarazada sin dientes; te alejás a pie del café y la librería y entrás en una peluquería antigua, donde de los dos lados del sillón hay negros locales y latinoamericanos, el corte cuesta 12 dólares –pero sube si el cliente se porta mal–, el estilista tiene serpientes tatuadas en el brazo y el gordo con gorrita de lana no cuelga el celular –tijera en la derecha, teléfono en la izquierda– para dar forma a la cresta de la víctima. En la peluquería hay pósteres de Will Smith, de beisbolistas, de celebridades negras de todos los tiempos. No han oído nombrar al vecino escritor.
Paul Auster hizo un oficio de eso de mezclar vida y obra, de poner un escritor a trabajar como detective (en La trilogía de Nueva York) tras haber sido confundido con el detective Paul Auster y cuando el autor se ha acostumbrado a su nueva personalidad –“Había empezado a notar que el efecto de ser Paul Auster no era del todo desagradable”– hacerlo encontrar con un “verdadero” Paul Auster, que no es detective sino escritor y que tiene una mujer “alta, delgada, rubia” y un hijo que se llama Daniel, como el Auster de forúnculo y hueso. En Leviatán, el protagonista es, otra vez, un escritor, su mujer se llama Iris (la de Auster es Siri Hustvedt, escritora) y Auster le presta a otro personaje una anécdota que ahora, en Diario de invierno, aparece como propia: la madre sube con el chico a la Estatua de la Libertad y ahí en la cumbre del ser nacional le viene el vértigo; para no matar al chico de un susto inventa un juego: bajar de cola, peldaño por peldaño. En la película La vida interior de Martin Frost (Auster también dirige), un escritor va a pasar una temporada a la casa de una pareja amiga, que está de viaje: en un portarretratos se ve que son Paul y Siri. En Sunset Park , la madre de uno de los personajes hace chistes con él un fin de semana y la mujer que limpia su casa la encuentra muerta en la cama días después, con el New York Times todavía abierto junto a ella: Auster contará en el nuevo libro que así fue la muerte de su mamá. El padre de ese personaje también muere como el de Auster: a punto de tener orgasmo.
“Murió en la cama haciendo el amor con su novia, un hombre sano a quien inexplicablemente le falló el corazón. En los años transcurridos desde aquel día de enero de 1979, numerosos hombres te han dicho que es la mejor forma de morir (la pequeña muerte convertida en verdadera muerte), pero ninguna mujer te lo ha dicho, y a ti personalmente te parece una horrible forma de morir, y cuando piensas en la novia de tu padre en el funeral y en la traumatizada expresión de sus ojos (sí, te confirmó, fue realmente horroroso, lo más terrible que le había pasado en la vida), ruegas para que eso no le ocurra a tu mujer.”
Para los fans, los que recuerdan los detalles de la obra, Diario de invierno funcionará como un detector de las piezas autobiográficas incrustadas en la ficción austeriana. Pero –este es Auster, que pliega ficción y realidad como un origami– este libro que aparece como autobiográfico está contado en segunda persona: es a otro, escribió Borges, al que le ocurren las cosas.
Dos y diez en Brooklyn. Llegó el vino.

“Diario de invierno” rompe una regla de la autobiografía: está escrita en segunda persona. ¿Hay un Auster que vive y otro que escribe?
Creo que es así, siempre hice la distinción entre el yo que escribe y el biográfico, el hombre que paga sus impuestos, que saca la basura y lava los platos. Ese no es el mismo tipo que escribe mis libros.

¿Cuál es la diferencia entre ellos?
No sé, el que escribe es el ser invisible que me habita, pero no soy exactamente yo, no es mi yo físico o biográfico.

¿Con cuál estamos hablando ahora?
Con el ser biográfico, el que lava los platos.

¿El otro es mejor?
No compiten, son simplemente diferentes.

¿Te trata bien o te hace sufrir?
Ambas cosas. Lo mejor y lo peor, está todo ahí. Sólo que no es accesible para nadie más, la única forma que tiene de presentarse es en los libros que escribe, no podés conocerlo hablando conmigo. Por eso no puedo discutir sobre mi trabajo, porque no lo entiendo muy bien. Cuando la gente pregunta por qué esto, por qué aquello, no puedo responder. Puedo decir cómo, o cuándo, pero nunca por qué. Que es lo que los demás quieren saber.

Este es un libro expresamente autobiográfico y aparecen muchas anécdotas que leímos en sus novelas. ¿Qué pasa cuando usa su vida como materia prima para la ficción?
Escribir no ficción da el mismo trabajo que escribir ficción. La diferencia es esta: con la no ficción, particularmente con el trabajo autobiográfico, ya conocés los hechos, algo que no pasa cuando escribís una novela. Todo lo demás es igual. Tenés que hacer el mismo esfuerzo por escribir buenas frases, para hablar de la manera más real que puedas. Así que sí, mis novelas a veces toman cosas prestadas de mi vida, pero el hecho de poner ese material en una novela lo cambia, lo ficcionaliza, lo convierte en otra cosa.

Como si tomara un trozo de vida y lo pusiera en un museo... Una operación literaria a la manera de Duchamp.
La mayoría de los novelistas lo hace. Puede ser un detalle, como el tipo de anteojos que usás, o algo más importante, una experiencia.

Pero “Diario...” puede leerse como una clave del resto de su narrativa: la verdad de su vida.
Sí. Pero es un libro que habla básicamente de mi yo físico.

Efectivamente. Diario de invierno habla del cuerpo de Auster. “Placeres físicos y dolores físicos”, avisa que contará. Los dolores, con detalles: la pelota de béisbol que le partió la frente; el clavo que le atravesó la mejilla cuando resbalaba por el suelo a los tres años, cuya cicatriz (“acá, ya está muy suave”, dice ahora en el café) todavía se ve; una herida sobre la ceja jugando a la pelota en la primaria, otra –la otra ceja– en una cancha de básquet a los veintipico; rotura de córnea izquierda, rotura de córnea derecha, ataques de pánico (cuerpo y alma), trombo en la pierna izquierda, falso infarto a punto de cumplir los 50 –era una inflamación de esófago–, mononucleosis, gastritis. Pero no tiene grandes problemas físicos, dice, a los 65. “No tengo ninguna enfermedad, los anteojos no me molestan, supongo que lo que me preocuparía es mi pasión por los cigarrillos, tengo más tos que la que tendría que tener y sé que eso me va a hacer mucho daño al final. Pero no puedo parar y parte de mí no quiere parar. Yo sé que (Samuel) Beckett, que me gusta mucho, murió a los 83 y era un gran fumador, tenía un enfisema, bebía, y eso probablemente lo mató. Pero él decía que no se arrepentía de haber fumado porque había demasiado placer en eso. Hay un librito sobre Beckett, se llama Cómo fue, lo escribió Anne Atik, una joven poeta norteamericana. Ella cuenta que cuando le dijo que iba a dejar de fumar, él respondió: “¿Y qué haremos? ¿Cómo vamos a vivir? ¿Cómo pasaremos la noche?” No es que sea un buen ejemplo...

“Toses, ni que decir, sobre todo por la noche, cuando tu cuerpo se encuentra en posición horizontal, y en esas madrugadas en que los bronquios están obstruidos más de la cuenta, te levantas de la cama, vas a otra habitación y toses como loco hasta expectorar toda la porquería”

Diario..., dice entonces, es el libro del cuerpo. Pero ahora, cuenta Auster, viene el otro, el de las ideas. “Después de meses de pensar qué hacer empecé algo nuevo: estoy tratando de escribir una historia de mi mente, del desarrollo de mis pensamientos, así que voy muy para atrás, hasta cuando era chico, y trato de recordar qué pensaba sobre las cosas.

¿Trata de forzar excursiones por la memoria?
No, no. Simplemente me siento ahí y las cosas vuelven. El animismo de la infancia, por ejemplo. Recuerdo un bol con arvejas, yo pensaba que cada arveja tenía una personalidad distinta. O una cosa sobrecogedora que me pasó cuando tenía seis años, la primera vez que fui al cine de noche. Había visto dos o tres películas antes, películas de Disney, y de pronto, en 1953, fui a ver La guerra de los mundos . Ahí estaba yo, un niñito estúpido que creía en Dios y en su poder bondadoso y entonces vienen los marcianos y comienzan a exterminar a los seres humanos.

¿Iba con sus padres?
No recuerdo, ese es el punto, sólo recuerdo que estaba allí. Debió de haber sido con mis padres. Y claro, los terrícolas están muy asustados y se defienden y atacan a los marcianos, pero las armas no sirven para nada. Uno de los protagonistas es un ministro, un hombre de Dios, que les dice que se equivocan, que no luchen, que sólo son criaturas como nosotros y va hacia una de las naves espaciales diciendo que no se enojen, que Dios los ama. Y los marcianos salen y lo eliminan. O sea que Dios no tiene efecto sobre el demonio.

Eso fue una crisis de fe...
No sé si alguna vez me recuperé.

¿Y quién le habló de Dios?
No recuerdo, mi madre debió de haberme dicho que había un Dios, y que estaba en todas partes. En fin, ahora estoy escribiendo esto, veamos si lo puedo sostener, puede que no termine nunca, no lo sé, pero lo voy a intentar.

Algo llamativo en el libro es que no habla sobre su escritura, ni cuándo empezó.
En este libro que estoy escribiendo ahora voy a hablar sobre la decisión de convertirme en escritor. Tampoco hay mucho en realidad, apenas la determinación de hacerlo, cuando era joven.

Lo que aparece aquí es el relato de un “epifánico momento de claridad”, cuando usted vuelve a escribir y empieza a ser quien es hoy. ¿Cada libro tiene su momento epifánico? ¿Usted puede convocarlo?
No, no puedo convocarlo. Finalmente aprendí, y ya tenía 31 años y había estado escribiendo mucho tiempo, que tenía que cambiar mi acercamiento a la escritura. Aprendí a dejar las cosas ir. Antes de eso, me imponía mucha presión, todo tenía que tener doble, triple, cuádruple significado. Estaba trabajando demasiado duro, creo, y esta experiencia, esta epifanía, como la quieras llamar, me permitió relajarme y confiar en mi instinto. Antes era demasiado consciente. Construía cosas por adelantado, en vez de ir descubriéndolas. Aún estoy en eso.

Pasa el rato, baja la copa, el café de Brooklyn se va llenando y acá ya se olvidaron de que hay un escritor famoso haciendo una entrevista, así que la música sube de nuevo y por la puerta que da al fondo, junto a la que ocurre esta charla, dos muchachos entran y salen, mueven cosas pesadas, inyectan aire frío en el salón. El cuerpo, escribió este señor, es donde todo empieza y donde todo termina.
“Sin duda eres una persona precaria y dolida, un hombre que lleva una herida en su interior desde el principio mismo (¿por qué, si no, te has pasado toda tu vida adulta vertiendo palabras como sangre en una hoja de papel?).”

¿Cuál es esa herida original?
Creo que alguien se convierte en artista, particularmente en escritor, porque no está del todo integrado. Algo está mal en nosotros, sufrimos por algo, es como si el mundo no fuera suficiente, entonces sentís que tenés que crear cosas e incorporarlas al mundo. Una persona saludable estaría contenta con tomar la vida como viene y disfrutar la belleza de estar vivo... no se tiene que preocupar por crear nada. Alcanza con hacer un trabajo interesante, amar a alguien, comer buena comida, vivir todo lo que se pueda, morir. Esa parece una linda forma de vivir. Otros, como yo, estamos atormentados, tenemos una enfermedad, y la única manera de soportarla es haciendo arte. Es decir, si estoy haciendo esto, es porque algo está mal. ¿Qué es lo que está mal? Difícil decirlo porque estas heridas se producen cuando sos muy joven.

¿Existe la posibilidad de despertarse y pensar que ya no tiene que escribir más?
Me encantaría, ya escribí un montón de libros, así que todo lo que haga ahora va a ser muy importante para mí. Si muero hoy, ya he dejado muchas cosas.

Aquí usted dice que estuvo casi siempre enamorado. ¿Cómo sabe cuándo está enamorado?
Lo sentís, es una emoción, no lo decidís.

¿Cómo se expresa? ¿Cómo se expresa el amor?
Es un deseo, deseo de estar con esa persona, es una especie de encantamiento con esa persona. Y también un deseo físico tremendo.

¿Y cómo cambia eso según pasa el tiempo?
He pasado la mitad de mi vida con Siri, 31 años juntos. Y cuando miro hacia atrás, veo que seguimos evolucionando, que las cosas siguen cambiando. Lo más gracioso después de haber estado con alguien durante tanto tiempo es que terminás tan ligado emocionalmente, mentalmente, que muchas veces sabés exactamente lo que el otro va a decir. Por ejemplo, el año pasado, volvimos a tener la misma respuesta ante algo. Sacamos a colación la misma historia para describir algo. Y me di vuelta y dije: “Si viviéramos juntos durante cien años, seríamos la misma persona”.

¿Todavía siente ese enorme deseo?
Sí, lo confieso.

(Tus manos) “han recorrido toda la piel desnuda de tu mujer y encontrado el camino hacia cada parte de su ser. Ahí es donde son más felices, crees tú, desde el día en que la conociste ahí es donde han sido más felices porque, parafraseando un verso del poema de George Oppen, algunos de los sitios más hermosos del mundo están en el cuerpo de tu mujer.”

Eso es una bendición.
Sí, soy un hombre con suerte, pero ella es una mujer extraordinaria. Nunca deja de sorprenderme. Es la persona más inteligente que he conocido y es una gran escritora y una gran pensadora. Es una aventura, siempre hay algo nuevo de qué hablar.

¿Eso es más importante que la parte erótica de la relación?
La parte erótica es muy importante, pero no es... ya no es como cuando nos conocimos, nos hacemos mayores al fin y al cabo... no podés hacer las cosas que hacías antes, todavía podés hacerlo pero... no diré más sobre el tema.

Esto de reencontrar las mismas anécdotas nos hizo pensar en su obra. ¿La piensa como un todo, un gran texto?
Creo que todo está conectado, aunque cada vez trato de escribir un libro nuevo, hacer un nuevo acercamiento. Repienso todo. Pero después seguís descubriéndote a vos mismo. No podés escapar. Así que sí, creo que todo es parte del mismo proyecto incompleto. Sea cual sea ese proyecto.

¿Intenta un nuevo acercamiento a qué?
Supongo que a mis sentimientos sobre el mundo.

En Diario... Paul Auster se instala en la vida a través de sus casas. Como cuenta la historia de sus heridas, cuenta la de sus casas. Empezando por “1. Calle South Harrison, 75; East Orange, Nueva Jersey. Un apartamento en un edificio alto de ladrillo. Edad, de 0 a 1 y 1/2 ”. Contando qué pasó en cada casa, se despliega la biografía.

¿La lista sirvió para recordar?
No había olvidado nada. Podría haber agregado más lugares, pero incluí aquellos donde pasé un año por lo menos. No podía recordar las direcciones de las casas donde vivíamos cuando era un bebé, nunca supe las dos primeras direcciones, pero entonces no sé, buscando algo, encontré mi libro de bebé, que mi madre había escrito, y ahí estaba todo. Esto tiene que ver con la manera en que encaré este trabajo: mi cuerpo a la intemperie, mi cuerpo adentro, protegido. ¿Dónde me guarecí? Haciendo la lista de mis casas puedo contar detalles de lo que pasé.

Usted no tiene nada que ver con las computadoras, usa una máquina de escribir, pero sabrá que hoy se puede entrar en Internet, poner una dirección...
¿Y ver la casa?

Nosotros lo hicimos. Vimos la casa en Nueva Jersey…
Oh, oh.

La casa, el barrio, se puede dar una vuelta...
Bueno, qué interesante, yo no hago esas cosas, ni tengo computadora, pero en fin, yo di las direcciones, quien quiera puede ir y ver las casas. De última, qué importan, hay que vivir en alguna parte. Ahora tengo ganas de ir a ver la casa donde viví la mayoría de la infancia, entre los 5 los 12. Supongo que lo haré en marzo, con un amigo. Pero sólo voy a pasar, no voy a llamar a la puerta, no quiero entrar.

“Irving Avenue, 253; South Orange, Nueva Jersey. Una casa de madera de dos plantas construida en el decenio de 1920, con la puerta principal amarilla, camino de entrada de grava y gran jardín. (...) Empezaste a vivir allí hace tanto tiempo que durante los primeros dos años repartían leche en un carro tirado por un caballo.”

Los de esa casa son los días anteriores a “los tormentos de la adolescencia”, que vendrán en la próxima, y a la separación de los padres. La última casa en la que entraron los cuatro juntos (Auster tiene una hermana) y salieron juntos.

Es amarga la mirada sobre su padre en “La invención de la soledad”. Y acá no lo es tanto. ¿Cambió su forma de verlo?
No mucho, pero siento mucha compasión por él, entendí sus problemas, las tragedias de la vida que lo hicieron quien era, simplemente no lo culpo. Una de las entradas del nuevo libro serán todos los sueños que tuve con él. Hablo con él muchas noches, nos sentamos en la habitación a charlar.

¿De qué?
Nunca, nunca puedo recordar de qué hablamos.

¿Ahora que tiene dos hijos, cambió su idea de qué es un padre?
Nunca he tenido una idea de qué es un padre, sos lo que sos y lo hacés lo mejor que podés. Además, cada chico es diferente, unos son sensibles, otros son tan duros que aunque los golpees no te van a hacer caso, no sé cuál es la regla, es un trabajo duro.

¿Qué le dieron sus padres?
Como trato de expresar en el libro, mi madre me dio un amor muy intenso. Quizás todo lo bueno que hay en mí vino de ella.

¿Qué hay de bueno en usted?
Soy amable, no busco peleas, trato de ser un buen amigo, un buen marido, trato de pensar en los demás antes que en mí, soy perseverante, hago bien mi trabajo y trato de tener una postura ética en la vida y de mantenerla. Claro que me equivoco todo el tiempo, pero hago lo mejor que puedo; eso viene de mi madre.

“Era quien te acostaba, quien te enseñó a montar en bicicleta, la que te ayudaba con tus lecciones de piano, con quien te desahogabas, la roca a la que te aferrabas cuando los mares se encrespaban.”

De mi padre no sé, creo que la perseverancia también porque a él realmente no le importaba lo que pensara la gente, podía comportarse muy mal algunas veces y le daba lo mismo cómo reaccionaban los demás. Hay algo admirable en eso.

Auster llegó a esta charla hablando de política. Antes de sentarse casi, antes de pedir el primer vino, habló de Turquía. Un par de días antes había dicho que no iría a Turquía a presentar Diario... porque allí había escritores y periodistas presos. Que no es, dijo, un país democrático. El primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, le contestó criticando que hubiera ido a Israel sin ver “la represión y las violaciones a los derechos” en ese país. Cuenta el incidente, dice que ya ha dicho todo lo que tenía para decir.

Auster estuvo siempre atento a la política. Desde que a los dieciséis años se fue a Washington para el funeral de Kennedy: “(...) pero lo que te encontraste aquella tarde fue una turba de curiosos y mirones bulliciosos, gente subida a los árboles con cámaras, empujando unos a otros para quitarles sitio y ver mejor.”
O cuando participó de sentadas en la universidad y la policía lo sacó a patadas y de los pelos.

Aquí, en Diario de invierno, encuentra libros nazis en una de las casas a las que se muda. Y los tira a la basura.

¿Cuándo empezó a tener conciencia política? ¿Ser judío tuvo algo que ver con eso?
Nací justo después de la Segunda Guerra, crecí a su sombra, el nazismo estuvo presente en mi infancia, en mi imaginación de chico diría, así que no sé cuándo supe que era judío, cuándo entendí lo que era ser judío, pero probablemente muy temprano, a los 5 o 6 años. Sabía que había una diferencia entre “ellos” y “nosotros”, ¿no? La conciencia política llegó pronto. A los 10, 11 años estaba atento a las injusticias de la sociedad americana, seguía de cerca los temas de Derechos Humanos, estaba muy interesado en las cuestiones de la esclavitud. Me acuerdo a los 13, cuando Kennedy peleaba por la presidencia. Estaba muy entusiasmado con Kennedy, había pasado toda mi vida bajo Eisenhower. Kennedy era tan joven, fresco, tan emocionante, yo solía ir a las oficinas de la campaña y agarraba todos los carteles y los ponía en mi habitación: estaba cubierta con pósteres de Kennedy.

¿Cómo vivió con Bush?
Muy mal... y el país no se ha recuperado, va a llevar 20 años deshacer lo que él hizo, y sólo han pasado tres. Y los republicanos no quieren hacer nada, su única misión es destruir a Obama. Bush fue una pesadilla. Creo que debería estar preso, porque es un criminal, y también Cheney: deberían estar presos toda la vida.

¿Pensó en irse del país?
No, sólo pensé que vivir iba a ser peor. Trato de luchar desde aquí, soy muy activo en el Pen Club y estoy muy involucrado en el tema de la libertad de expresión, que es de lo que se trata este tema con Turquía. Ahora, espero que pierdan los republicanos en noviembre, porque si alguno de esos ignorantes llega a tener poder, vamos a retroceder 40 años.

¿Dónde hay que mejorar?
En infraestructura: el país está al borde del colapso. Tienen que subir los impuestos para los ricos, hace falta un nuevo plan de salud. Confío en que Obama va a ganar, porque los otros son idiotas hasta un grado que es difícil de expresar, si tienen que ir a la campaña nacional se van a exponer y se va a ver lo idiotas que son.
No para: Auster tiene mucho que decir: que el racismo existe pero un poco menos, que cuando era chico no había ley a favor del aborto ni plan de salud y eso ahora está, en fin. El grabador se apaga, Auster pide una botella de vino blanco para los cuatro –también está la fotógrafa– y luego otra. Volvemos a Turquía y así corre la tarde: siguiendo la tradición que los tiene unidos desde hace siglos, tres judíos –el que no lo es guarda prudente silencio– discuten sobre Israel y Palestina en un café que podría estar en Bolonia, en Buenos Aires, en Alejandría, en Praga, pero esta vez está en Brooklyn. “En Israel no hay periodistas presos”, argumenta Auster.

Es él, por supuesto, el que marca el final, cuando mira el reloj y saluda y sale. Dentro de siete horas tendrá 65 años.

“Se ha cerrado una puerta. Otra se ha abierto.
Has entrado en el invierno de tu vida.”

martes, 7 de febrero de 2012

CHARLES DICKENS

El mundo homenajea al escritor bestseller de la era victoriana


Sus novelas publicadas por entregas despertaron el fervor de los lectores de su país y del extranjero. En Londres se multiplican los actos y la reedición de su obra. Diferentes figuras de la cultura le rinden tributo hoy en Buenos Aires.
  Cronista fundamental de la era victoriana, Charles Dickens logró una peculiar alquimia entre su inmensa popularidad y la construcción de una narrativa sustentada en estructuras novedosas y complejas. Devenido en uno de los nombres fundamentales de las letras universales, Dickens nació un 7 de febrero de 1812, exactamente 200 años atrás, en Portsmouth, en la costa sur de una Inglaterra sacudida por la primera Revolución Industrial. Hoy, con motivo del bicentenario de su natalicio, los homenajes recorrerán el mundo en sintonía con la importancia de su figura.
El antiguo convento de San Francisco, ubicado en el barrio porteño de Monserrat, aportará el acento local. Allí se realizarán lecturas, interpretaciones y narraciones inspiradas en sus obras más importantes, entre ellas, David Copperfield, Oliver Twist, Grandes esperanzas e Historia de dos ciudades. Algunos de los escritores y artistas que se pondrán la jornada al hombro serán Ana Padovani, Malena Solda, MartínKohan, Fernando Noy, María Rosa Lojo, Marikena Monti, Ana María Shua, Ingrid Pelicori, Horacio Peña, Rodolfo Rabanal, Daniel Amiano y Federico Andahazi. La dirección artística y dramaturgia correrán por cuenta de Mónica Maffía. La iniciativa forma parte de una acción conjunta desarrollada por el British Council y el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Está previsto que comience a las 19 hs, en Alsina 380 (Alsina y Defensa).
Por su parte, la ciudad de Londres, universo literario y materia prima esencial de Dickens, le rendirá tributo con numerosos actos culturales y la reedición de varias de sus obras. Dos de las citas más destacadas serán la exposición del Museo de Londres, que explora la relación del autor con esta urbe, y la de la Biblioteca Británica, que analiza su interés por los fenómenos sobrenaturales. A su vez, la editorial anglosajona Penguin anunció la publicación de la biografía Charles Dickens: A life, de Claire Tomalin, y próximas reediciones de varias de sus novelas.
Desde Oliver Twist hasta David Copperfield, todas las novelas de Dickens menos una –Tiempos difíciles– se ubican en Londres, ciudad por la que el creador paseaba de noche para combatir el insomnio y a la que llamaba su “linterna mágica”. La ciudad del Big Ben lo inspiró porque, en pleno siglo XIX, encapsulaba los desafíos y contradicciones de la era moderna, ya que mientras aparecían grandes inventos como el ferrocarril, crecían las desigualdades entre ricos y pobres, y los suburbios marcados por la exclusión y la violencia, que él no se cansó de denunciar.
Su propia experiencia personal lo llevó a solidarizarse con los desposeídos y desfavorecidos, a quienes siempre trató con una comprensión distante de la hostilidad que le profesaba a la clase dominante de su época.
Dickens sufrió en propia carne el estigma de la pobreza: con 12 años fue empleado en una fábrica de betún cuando su padre, un oficinista que trabajó para la Marina británica, fue encarcelado por deudas. Segundo hijo de una familia numerosa de clase media-baja, Dickens tuvo una educación irregular debido a los altibajos económicos de su progenitor, que los obligaron a mudarse en varias ocasiones hasta recalar en Londres.
Tras un empleo como reportero del Parlamento en 1831, que le dejó muy decepcionado con la dirigencia política, Dickens empezó a publicar en revistas narraciones por entregas, convirtiéndose en pionero de las saga novelística. Su primera novela de ese tipo, Los papeles póstumos del Club Pickwick, de 1837, le catapultó a la fama, que consolidó con las aventuras del huérfano Oliver Twist, una dura condena del maltrato a la infancia en la era victoriana. Desde ese momento, su importancia artística y pública crecería imparablemente hasta convertirlo en uno de los escritores ingleses más decisivos de la modernidad. <

miércoles, 1 de febrero de 2012

'EL GORDO' SORIANO. A QUINCE AÑOS...

Osvaldo Soriano: a quince años de la muerte del escritor elogiado y discutido por igual

Escritor, periodista, fanático del cine y San Lorenzo, “El Gordo”  instituyó un estilo que caló hondo en su generación y en las siguientes, pese a que la crítica académica local le fue casi siempre esquiva. Murió el 29 de enero de 1997, después de luchar contra un cáncer de pulmón. Tenía 54 años. 

POR Ivanna Soto

Un escritor al que no le interesaba la literatura -como solía decir-, que aprendió de su vida nómade siguiendo a su padre electrotécnico por las distintas ciudades del interior. Fue él, que nació un día de Reyes de 1943 en la calle Alem de Mar del Plata, mientras Borges y Bioy Casares imaginaban las historias de Isidro Parodi, que nunca terminó el secundario, que no cumplió el sueño de sus padres de ser ingeniero ni el suyo de ser futbolista. Soriano, el escritor, el periodista, el cinéfilo, el fanático, “El Gordo”, que creció entre los paisajes y amistades que podían ofrecerle Mar del Plata, luego Tandil, San Luis, Río Cuarto, Río Negro, jugando a las barajas, refugiándose en el cine y el fútbol. Se hizo de San Lorenzo, sin importar lo que eso significaba en una provincia, sin nunca pensar en otra camiseta. Quizás ya entonces se gestaban los gérmenes de esa intensa provocación que caracterizaría siempre a Osvaldo Soriano.
Ya pasaron 15 años. Soriano no está. Pero no deja de estar presente. Ni él, ni el periodista de Triste, solitario y final, ni su Andrés Galván y Tony Rocha, ni su Julio Carré, ni sus artistas, locos y criminales, ni sus rebeldes, soñadores y fugitivos, ni sus piratas, fantasmas y dinosaurios. No deja de estar, pese a los críticos y académicos que desdeñaron sus historias y su estilo.
Le gustaban los libros. Amaba a Arlt, a Cortázar y a Chandler. También a Simenon y a Greene, cuyas muertes, dijo, “lloró como un chico”. Su iniciación a la lectura fue con Soy leyenda, de Richard Matheson, en 1961. Y luego siguió: los clásicos del siglo XIX, los rioplatenses, los americanos, los clásicos de nuevo, implantando una lectura de orden caótico que lo seguiría toda su vida.
Así como empezó a leer, también empezó a escribir, en la oficinita de una metalúrgica de Tandil, mientras trabajaba de sereno. Se sentaba en la máquina y tipeaba hasta el amanecer sus “primeros cuentitos, muy cortazarianos”. Y nunca más pudo escribir de día. Ya en Tandil, entre reuniones de café de intelectuales socialistas, dejó de pensar en fútbol y decidió ser escritor. Ahí consiguió su primer trabajo como periodista en El Eco de Tandil. Y arrancó: llegó a Buenos Aires en 1969 detrás de una nota sobre Semana Santa encargada por Osiris Troiani, para después seguir con sus crónicas en Panorama y La Opinión, luego durante su exilio en medios europeos como Il Manifiesto y Le Canard Echainé, y en su retorno al país, en Página/12. Las vueltas de la vida: ya como periodista, volvió a recorrer las ciudades y pueblos del interior que había recorrido durante su infancia.
Fue en 1973 cuando irrumpió en la literatura con Triste, solitario y final. Apenas ocurrido el golpe de estado de 1976 se fue a Bélgica y de ahí a París, donde vivió hasta 1983, cuando regresó al país. “Las únicas dos veces que elegí realmente dónde vivir fueron la primera vez que llegué a Buenos Aires y cuando volví del exilio”, dijo alguna vez. Cuando salió de Buenos Aires nadie lo perseguía. Pero “era mejor estar equivocado con la dictadura que tener razón obedeciéndola”. Viajó y se quedó defendiendo a los exiliados y denunciando la desaparición de personas, que siguió acá, orgulloso, hasta sus últimos días, como cuando escribió para la conmemoración de los veinte años de la dictadura: “Fui, con las Madres de Plaza de Mayo, con Cortázar, Osvaldo Bayer, David Viñas, con miles de otros mejores que yo, uno más de lo que los militares llamaban ‘campaña antiargentina’”.
Y por esa época conoció a Osvaldo Bayer, personalmente. En realidad lo había conocido antes, ya que “como siempre con las muy buenas amistades, empezó con una pelea”, cuenta Bayer, a sus 84 años, mientras explora por primera vez las posibilidades del Skype en una entrevista con Ñ Digital desde Linz Am Rhein.  Él investigaba sobre Severino Di Giovanni -el anarquista fusilado por la dictadura de Uriburu-, cuando salió una nota firmada por Osvaldo Soriano sobre el mismo anarquista que decía exactamente lo contrario. Entonces, claro, Bayer llamó furioso a la revista, y habló, por primera vez, con ese tal Soriano. “Soriano, mucho gusto”, se presentó. “¿Sabe lo que quiero decirle a usted? Usted es poco hombre”. Eso entre otros improperios. Y pasaron varios años, a Bayer le tocó ir al exilio, y en la Feria del Libro de Frankfurt se encontró nuevamente con Soriano, que estaba con el editor Daniel Divinsky. Pero a esa altura, lo de Di Giovanni estaba olvidado para Bayer. “¿Lo conocés a Osvaldo Soriano?”, dice Divinsky. “Sí, mucho gusto, ahora lo conozco personalmente”, contesta Bayer, “Su libro es magnífico, es un gran escritor”. Entonces Soriano lo mira y le dice: “Sí, pero yo soy poco hombre”. Tras cuestiones aclaradas, a partir de ese momento fueron los mejores amigos.
Fue también por esos años cuando se conoció en el país No habrá más penas ni olvido -llevada al cine por Héctor Olivera- y se publicó Cuarteles de invierno, que venía de ser considerada mejor novela extranjera en Italia y fue adaptada al cine dos veces. Pero fue en Argentina, tras su imposibilidad de escribir desde el exilio, cuando lanzó A sus plantas rendido un león, Una sombra ya pronto serás -llevada al cine en 1994 otra vez por Olivera-, El ojo de la patria, La hora sin sombra y su libro para chicos, El negro de París. Y también los cuatro volúmenes con sus mejores crónicas periodísticas: Artistas, locos y criminales (1984), Rebeldes, soñadores y fugitivos (1988), Cuentos de los años felices (1993) y Piratas, fantasmas y dinosaurios (1996).
La fascinación que ejercía sobre los lectores se tradujo en enormes ventas y en traducciones a distintos idiomas en el extranjero. “Sus libros demuestran una gran profundidad de todo tipo, una sabiduría popular escrita en un idioma absolutamente popular. Y eso es lo que lo hizo triunfar tanto”, afirma Bayer. “Lo que más valor tiene es que el lector común tiene a su escritor querido, porque Soriano se metía bien en las venas de los barrios porteños, en las venas de lo que es el argentino. Nadie como él ha descrito al porteño con esa profundidad”. Fue ese particular pacto con los lectores lo que lo convirtió en el autor argentino vivo más leído de su época. Con su literatura enfrentó a los argentinos con su identidad. Como dijo Bioy Casares, un argentino que escribía como un argentino. Un novelista atípico. “En el fondo, mis libros plantean por infinitésima vez en la literatura argentina el problema de la identidad. Por eso mis personajes son contradictorios y se parecen tanto a los comunes mortales”, diría alguna vez. Conciencia civil, democrática y política, un intuitivo que montó un mundo de perdedores sentimentales, una suerte de flâneurs tragicómicos que vagan por los pueblos en busca de sí mismos.
Soriano, con Bayer, David Viñas, León Rozitchner y Tito Cossa, conformó un grupo de escritores que se reunía los jueves en “el Tugurio” -como Soriano apodó a la casa de Bayer. Era un provocador. “Siempre llegaba más tarde a las reuniones y largaba un tema para que se agarraran en la discusión Viñas y Rozitchner. Y siempre se agarraban tremendamente, a los gritos. Entonces Soriano levantaba la copa y brindaba sonriente, porque otra vez había triunfado”, recuerda Bayer. “Lo que hubiera hecho, lo que hubiera escrito si hubiera vivido”.
Como Soriano escribió alguna vez: “Un escritor está siempre igual de solo que un corredor de maratón. De esa soledad debe sacarlo todo: música celeste y ruido de tripas. Y también la peregrina ilusión de que un día, alguien decida abrir su libro para ver si vale la pena robarle horas al sueño con algo tan absurdo y pretencioso como una página llena de palabras”.
Y no hay duda de que vale la pena.

lunes, 30 de enero de 2012

HOMENAJE A OSVALDO SORIANO 2

Aquí abajo, entre nosotros

 Por Cristina Feijoo

La cocina es el lugar que más me gusta de la casa; es el lugar del mate y las charlas íntimas. Por eso en la cocina, en un marco simple detrás de un vidrio, cuelga desde hace más de veinte años un artículo de Soriano que recortamos de Página/12. Entre otras cosas, allí dice Soriano: “La dictadura ha significado, para mí, el mal absoluto... desterraron la solidaridad, el barrio, la noche populosa. Prohibieron a Einstein y a Gardel. Abrieron autopistas y llenaron de cadáveres los cimientos del país”. Se preguntaba, como nos preguntábamos muchos, qué pasó en las almas de los argentinos entre 1976 y 1983. Para él, era un enigma. Porque después, claro, llegó el menemismo, y “en esos años vergonzosos se impusieron los valores del éxito a cualquier costo por sobre la idea de felicidad compartida”. Soriano, en sus artículos, nos interpreta como nadie, y en sus novelas nos describe y nos cuenta. Somos esos personajes un poco ridículos, un poco absurdos que el azar arrastra, somos esos disparatados, sensibleros, esos hijos de vecino que no se treparían a un estrado porque se huelen que alguien les pondría una cáscara de banana. El sabía que se estaba mejor aquí abajo, entre nosotros. Graciela Lo Prete, una ex presa política de mi grupo carcelario, exiliada en París, conoció a Soriano y contó ese encuentro en una carta. Estaba escribiendo sus memorias sobre la prisión y andaba en busca de consejo. Cuenta: “Me dieron la dirección de un escritor argentino profesional, que vive aquí, y nos encontramos en un café con una consigna: yo llevaría el libro Rayuela en una mano. Se llama Osvaldo Soriano y vive de lo que escribe; yo no leí nada de él pero ha publicado casi todo en francés (se lo traducen); resultó un gordito bueno, muy conversador, muy dispuesto. Previniéndose contra la cantidad de chantas que lo van a ver para que él les dé su opinión sobre lo que escriben, me dijo: ‘Mirá, escribir es un oficio, un trabajo, con su tiempo, con sus técnicas, como cualquier otro, como el de electricista o plomero. A mí me viene a ver gente con diez páginas que escribieron en dos días de inspiración y eso no sirve. Si lo que vos querés es dar un testimonio más o menos correcto, es una cosa, pero si vos querés hacer literatura con eso, bueno, tenés que dedicarte a eso y prácticamente a nada más’. Yo, buscando salir de las miasmas de mi cueva solitaria le pregunto. ‘Pero vos, aparte de escribir solo, ¿te reunís con alguien, tenés alguna forma de inserción en la sociedad francesa?’ ‘¡Ah, no!’, me dijo, ‘es muy difícil; ellos están ahí, con sus invitaciones formales para cenar con un mes de anticipación, que, aparte, a mí me revientan, porque yo soy un hombre de café; y encima los códigos son tan diferentes... no vislumbran el significado de la palabra mufa, no entienden el tango y son incapaces de reírse de Los desconocidos de siempre’; y ahí relatamos los dos al mismo tiempo el episodio del flaquito que se disfraza y cuando los demás se ríen se defiende asombrado: ‘Ma... ¡io sono sportivo’”.

Graciela se suicidó y dejó inconcluso el libro. Veinte años después el manuscrito fue encontrado y publicado; este encuentro figura en el epílogo. Vuelvo al cuadro que cuelga en mi cocina. Es un artículo amargo, que se titula El mal absoluto. Con todo, se aprecia cuánto amaba Soriano al país y de qué modo intuía el fondo cambiante del alma argentina; por eso, termina el artículo hablando de los jóvenes. Dice: “Acaso a ellos les espera una gran aventura republicana, pacífica y fraternal. No se trata de una nueva ideología. Ni siquiera de cambiar la historia. Simplemente decirle no al olvido y levantar las viejas banderas de mayo, las que alguna vez hicieron de este país una Nación rebelde y orgullosa”. Grande, Gordo.

HOMENAJE A OSVALDO SORIANO

Siempre creciendo

 Por Ariel Dorfman

Con el tiempo –¿pueden haber pasado quince años desde su muerte?–, Soriano no ha dejado de crecer. Y afirmar eso ya da qué pensar, puesto que comenzó su carrera literaria, por lo menos para mí, de una manera explosiva y maravillosa. De hecho, lo conocí –o mejor dicho, lo reconocí – en momentos en que era triste, solitario y, lejos de ser final, principiando su trayectoria de escritor. Aunque he contado esta historia antes, vale la pena quizás reiterarla, porque en los orígenes modestos pueden a menudo desentrañarse los gérmenes de un futuro magnífico. Y porque él sería el primero en asegurarme, con esa sonrisa socarrona suya, que algunas anécdotas vale la pena contarlas varias veces, aunque no sean de fútbol ni de gatos.
Fue en enero de 1973 y yo sufría de insomnio y asma en un piso alto del hotel Habana Libre, ambas condiciones agravadas por el hecho de que, como jurado del concurso de novela de Casa de las Américas, no había podido encontrar ni un texto que pudiera recibir el premio. Y entonces, a una hora insólita de la premadrugada, cayó Triste, solitario y final en mis manos y no dejé de leer esa peripecia del Gordo y el Flaco y Marlowe y Carlitos Chaplin y Jane Fonda hasta que devoré su última línea y enseguida me puse a dar brincos por los pasillos del hotel para despertar a mis cojurados y compartir con ellos la alegría de haber descubierto a un deslumbrante ejercicio narrativo. Insisto: no tenía en ese momento ninguna idea de quién podía ser el autor que se escondía detrás de ese seudónimo. Pero me pareció en ese momento, como me iban a parecer casi todos los libros posteriores de Soriano (hay un par que me gustan menos), de una originalidad absolutamente refrescante. Me hallaba frente a un autor que no temía lo popular –en todas sus dimensiones. Que no temía hacer añicos los cánones literarios con desparpajo y alevosía. Que no temía interrogar el poder represivo y los mitos del momento con un humor corrosivo y excéntrico. Que se apropiaba de los desperdicios y glorias de los medios de comunicación como Borges se había adueñado de las sagas de Islandia y los oasis literarios del Medio Oriente.
Todo eso sigue vigente hoy.
Todo eso nos sigue haciendo falta hoy.
Léanlo como yo lo leí: sin que se supiera quién era, sin el bagaje de su renombre o las polémicas a favor o en contra. Léanlo como si Soriano estuviera –lo que es cierto, tiene que ser cierto para todo gran autor– recién principiando, como si fuera triste, solitario y, claro que sí, abriendo el mundo por la primera y perpetua vez.

sábado, 7 de enero de 2012

Mempo Giardinelli en 'Los 7 locos'

DE LOS INDIGNADOS Y DE LO INDIGNANTE


DE 'LOS INDIGNADOS' Y DE LO INDIGNANTE

Como una inmensa ola con fuerza el mundo conoció a ´los indignados'. Estas revueltas que empezaron en Europa, tenían como inicio entre los jóvenes el libro de Stephen Hessel: 'INDÍGNESE'. Este hombre a los 94 años, fue miembro de la resistencia francesa contra la ocupación nazi, sobreviviente a los campos de concentración, protagonista de la redacción de la Declaración de los Derechos Humanos, diplomático, con este libro de 32 páginas (pero que luego se distribuyó por internet) llamó a la gente a reflexionar sobre lo que parece inaceptable. Su 'mon petit livre' como él lo llama, no es un libro revolucionario, no incita a tomar 'el poder'. Es un llamado a lo que queda de conciencia humana para pensar y entender por qué se ha llegado a esta situación. Cuando le preguntan de quién es la responsabilidad de esta catástrofe (si es el ultraliberalismo, la tecnocracia financiera, las elites), él responsabiliza a los gobiernos democráticos, por no saber generar nuevas estrategias para resistir ante las fuerzas del mercado: “Yo le atribuyo la responsabilidad, de todo esto a las fuerzas financieras. Su egoísmo y su especulación exacerbada son también responsables del deterioro de nuestro planeta”. Concluye que son los gobiernos quienes deben imponerles reglas y límites a los bancos y a todo el mercado financiero. Es una manera de que las fuerzas financieras dejen de seguir acumulando las inmensa riquezas (que no producen, sino que especulan) que detentan generando beneficios interminables para un sector de élite en el mundo, dejando a millones de excluidos en el planeta. Las revueltas en el mundo árabe son otras de las coincidencias- aunque Hessel no previó estas respuestas de la gente, como aclara-, ya que lo que comenzó en Túnez, Egipto, Libia, Siria, tuvo a la población rebelándose contra los poderes dictatoriales de décadas en esa Región. Aún no sabemos cómo se resolverá por esos lugares su situación, pero sí sabemos como los poderes financieros piden más 'recortes' y 'ajustes' a los gobiernos de España, Italia, Grecia, Portugal, luego de haberlos hechos endeudar económicamente.

'La gente tiene razón para rebelarse' había escrito un filósofo francés. La naturaleza humana tiene esa capacidad. Quienes operan con los poderes del mundo económico han convertido a las mayorías en consumidores obedientes. Este ejemplo se puede ilustrar en estas fiestas de Navidad y Año Nuevo: el aumento del consumo en la gente. Una incitación que parece aumentar en la medida que se tenga más dinero para consumir, pero no es así de simple. Existe todo un 'entrenamiento' para este consumo. Desde los llamados por teléfono para adquirir tarjetas de crédito (y endeudarse a la larga), para tener ofertas en los Shoppings con tarjetas (que duran unos minutos), el horario de los mismos hasta altas horas para poder seguir comprando. Ese 'entrenamiento' es como una adicción, lo van transformando en un consumidor compulsivo. Los estudios de mercado- que comienzan con la propaganda por televisión- ya lo han estudiado en los niños. Por eso los canales de cable para los chicos están inundados de productos 'pensados' para ellos. El imperio del consumo ya ha impuesto la figura- como símbolo y sentimiento- de Papá Noel, por sobre- en Navidad- la idea (lo imaginario, lo sensible) de un pesebre de un niño pobre nacido en Belén. En España- con su gran tradición cristiana- hacían comparaciones entre los niños, para saber si creían ó esperaban más a Los Reyes Magos o Papá Noel. El 'santa' del norte se iba imponiendo más con su Jo!, Jo! Jo!

“La consigna es mucho y pronto”...”De aquí resulta cada vez más diversión y cada vez menos alegría”, estas frases son de unos de mis escritores favoritos Hermann Hesse (autor de Peter Camenzind, Demian, El lobo estepario, e infinidades de poesía y ensayos), las escribió a fines del siglo XIX, antes de sus grandes novelas y de atravesar dos Guerras Mundiales, y luego recibir el Premio Nobel de Literatura, comprendía por un lado la ansiedad de un mundo que vendría, y de como la 'técnica' puede ir matando al 'espíritu'.
Indignarse es una respuesta subjetiva ante lo que sentimos como una opresión, lo interesante es notar- que en este mundo cada vez más inclinado hacia un individualismo mal entendido- que son miles o millones los que van sintiendo esa opresión que los asfixia, especialmente entre los jóvenes, que no les dejan tener confianza en su futuro. Algunos hablaban de 'transformar el mundo', otros de 'cambiar la vida', estas dos consignas pueden ser una sola. 

CARLOS LIENDRO