ADVERTENCIAS A MÍ MISMO

en novelas, relatos, ensayos. Escritura

sábado, 27 de agosto de 2011

Entrevista a Manuel Rivas























“Para hablar del pasado la novela tiene la audacia que no tiene la Historia”



Considerado como uno de los máximos exponentes de la literatura gallega, el escritor visitó la Argentina para participar de un seminario sobre historia y literatura. La Guerra Civil Española está en el centro de su narrativa.
  Considerado uno de los mayores escritores actuales de la narrativa gallega y, por refracción, de España, Manuel Rivas nació en La Coruña en 1957. Sus obras han sido adaptadas al cine con éxito: La lengua de las mariposas (concebida a partir de su novela ¿Qué me quieres, amor?) o El lápiz del carpintero. Pero Rivas, además, es ensayista, novelista, poeta, ambientalista, y colabora en el diario El País de Madrid. Sus obras breves son Ella, maldita alma (Ela, maldita alma) (1998), La mano del emigrante (2002), y Las llamadas perdidas (2003). Ha recibido premios su obra teatral El héroe (2005). Rivas, que ha escrito que “la novela tiene la audacia que no tiene la Historia para hablar del pasado”, vino a hablar sobre las relaciones peligrosas, y las afinidades entre historia y literatura, en el marco del seminario dirigido por el escritor argentino Alberto Manguel en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM).

–En tus novelas no dejás de remitirte a la Guerra Civil. ¿Por qué el tema sigue siendo importante?
–Porque yo creo que en España no solucionamos el problema de Antígona: enterrar a nuestros muertos. El primer mandato ético no se ha cumplido: seguimos deso-bedecido ese mandato: las leyes humanas no pueden prevalecer sobre las divinas. Esto aparece en la Ilíada, cuando Aquiles maltrata el cuerpo de Héctor, y una asamblea de dioses dictamina que esto no puede ser así, que el cuerpo de Héctor debe ser entregado a sus pares, a su familia. Es la primera lección ética que aparece en la literatura. Y en España, eso no se cumplió, aún estamos con el complejo de Creonte. Hay que gente que, aun hoy, dice que no hay que mirar el pasado. Que no hay que ocuparse de la guerra (pero cuando se les pregunta a ellos qué es lo que quieren, dicen: “La época de los reyes católicos, ¡hombre!” En términos psiquiátricos, esto se llama amnesia retrógrada, esas personas que deciden borrar una parte de su vida. Y quieren imponernos una amnesia retrógrada. Y sin embargo es necesario seguir investigando ese período. Yo creo que ahí está nuestra novela negra, nuestra novela policial… Ha sido, por último, la nuestra, una guerra que contiene las guerras del pasado y las de futuro. Por eso concitó tantos intereses, y tanto interés planetario. Una guerra que es también la derrota de la humanidad: no olvidemos que en el bombardero de Guernica se utilizó por primera vez el napalm. Se bombardea conscientemente a civiles, se producen desapariciones masivas, ya no se mata y se entierra, el adversario desaparece: y en España tenemos más de 100 mil desaparecidos. No se trata de mirar el pasado como objeto de taxidermia histórica, de algo ya perdido en la noche de los tiempos, sino como algo que todavía da que pensar sobre nosotros mismos, sobre nuestro tiempo. Porque lo interesante es que allí se juntaron todos los vientos.  
–Escribiste: “El Iluminismo y el galleguismo han sido derrotados, pero no sus ideas.” ¿A qué te referís, concretamente con esa frase?
–En gran parte los ideales del Iluminismo y el galleguismo son comunes. A veces predomina la visión equivocada de que los términos son contradictorios. Que el galleguismo es una reivindicación local, por lo tanto reaccionaria. Para entender las cosas, es preciso un esfuerzo en la comprensión y el conocimiento. Lo decía Miguel Torga, gran escritor portugués: lo universal es lo local sin paredes. Por eso es posible pensar el mundo desde Galicia, porque sólo se puede amar la humanidad si se ama lo local. Galicia renació en la Argentina, y sobrevivió en la diáspora. Aquí se desarrolló la cultura, el arte, hubo un enorme desarrollo editorial: aquí murió, por ejemplo, Daniel Castelao, que publicó lo que es considerado la “Biblia gallega”, un libro clave para entender el galleguismo. Los ilustrados gallegos inician el movimiento gallego: los valores no valen si sólo son abstracciones. Los ideales de la Ilustración fueron retomados por los gallegos, para aplicarlos en Galicia y con vocación internacional. Esa mirada nos conecta con los tiempos de hoy: el lema de pensar globalmente y actuar localmente. 
–Existe una tolerancia que es del todo gallega, lo que lleva a que aun hoy, en la Argentina, con vastas comunidades gallegas, se hagan chistes sobre gallegos en base a un estereotipo descalificador, y no haya una impugnación institucional, legalista, como sí ocurre con otros grupos humanos, a otra comunidades.  
–El humor y la tolerancia, sí. Ahora bien, como decía Mark Twain, y lo repetía Castelao, detrás de un gran humor, hay un gran dolor. Pero respecto de la tolerancia, están por ejemplo la poesía de los siglos XII y XIII, redescubierta recién a finales del siglo XIX, que es una joya de la literatura universal. Y ahí hay poemas, los cancioneros gallegos, con temas, uy, altamente pornográficos… Es un país el de Galicia que tiene fama de tristeza, pero hombre, la melancolía no es tristeza. La melancolía es tener nostalgia del futuro, o de lo que tenemos pero de lo que no podemos tener, el ansia de querer cambiar: no es sólo un sentimiento del pasado. La cultura gallega es la retranca, el responder con preguntas, que tiene razones históricas. Es una mente, la de los gallegos y gallegas, muy abierta, que refleja una tolerancia sobre el otro. Fíjate que el himno gallego es el único en el mundo que enlaza interrogantes. Los himnos son cantos de guerra, de honor, bélicos, viriles. El himno gallego encadena preguntas, como qué dicen los árboles, qué es lo que está pasando. Esos interrogantes nos conectan con una tradición muy viva, la del panteísmo, que, dando un salto en el tiempo, nos lleva al ecologismo. La naturaleza no es “lo otro”, la otra mitad, sino que es parte de nosotros. Cuando se muere una luciérnaga, se muere también algo en nosotros.
–A algunas personas reivindicar la lengua catalana o gallega les parece una actitud separatista que no se corresponde con los tiempos que vivimos.
–A mí, escribir en gallego me lleva a celebrar el respeto por todas las lenguas. Se habla mucho del cosmopolitismo, pero creo que en eso hay mucho de lo que podríamos llamar “cosmopaleto”: la persona que se cree ciudadano del mundo, pero ignora todo, incluso lo que ocurre en la calle de al lado. Las lenguas, además, están hechas para abrazarse, para entenderse. Lo que sería un gran acto de ignorancia es desentenderse de las palabras que te rodean. “No eran dóciles al imperio de mi voz”, dicen que dijo un hombre que les cortó las orejas a indígenas que no querían aprender otra lengua. El amor por Galicia, su cultura, su lengua no proviene de una perspectiva excluyente-egoísta. Y fíjate que el lema en Galicia ha sido: “Galicia, célula de la Humanidad”. Además no puede ser de otra forma, en un país que existe por fuera de Galicia. Buenos Aires, de hecho, fue nuestra tierra prometida. Las ideas de modernidad, de redención, de libertad, de igualdad y fraternidad, son aplastadas en el 36 y la gente que consigue escapar, se establece en Buenos Aires porque había un hábitat que los acogió, sobre todos las comunidades ya instaladas. Galicia se murió, literalmente, no se podían publicar libros en gallego, y aquí en cambio estaban los mejores escritores, se fundan editoriales y revistas. Y sobrevive Galicia aquí. ¡La primera vez que yo leo la Biblia Gallega fue por un inmigrante gallego que la trajo a Galicia en una maleta, oculta, en doble fondo!  <

lunes, 15 de agosto de 2011

50 AÑOS del fallecimiento de Hemingway

Primera Guerra Mundial

Los Estados Unidos habían entrado en guerra el 6 de abril de 1917, y Ernest no quería perderse la ocasión de seguir al Cuerpo de Expedición Americano, como hicieron John Dos Passos, William Faulkner o F. Scott Fitzgerald. Debido a un defecto en el ojo izquierdo, fue excluido como combatiente. Consiguió que lo admitieran como conductor de ambulancias de la Cruz Roja y desembarcó en Burdeos a finales de mayo de 1918, para marchar a Italia.
El joven Hemingway a bordo de una ambulancia en la I Guerra Mundial.
El 8 de julio de 1918 fue herido de gravedad por la artillería austriaca. Con las piernas heridas y una rodilla rota, fue capaz de cargarse a hombros un soldado italiano para ponerlo a salvo. Caminó 40 metros hasta que se desmayó. La heroicidad le valió el reconocimiento del gobierno italiano con la Medalla de Plata al Valor. Estuvo a punto de perder su pierna de no mediar la intervención de una enfermera, Agnes von Kurowsky, con quien comenzó una relación sentimental (ella era mayor que él). Durante su recuperación en el hospital de Milán, se enamoró de la joven enfermera y le pidió matrimonio, sin embargo, él regresó a su país, y aunque la esperó, nunca se casaron. Este hecho afectaría de por vida a Hemingway.


Entreguerras: París y la Generación Perdida
 
Hemingway regresó a Estados Unidos en enero de 1919, reanudando su trabajo como periodista en el Toronto Star y como redactor del mensual Cooperative Commonwealth. Se casó con Elizabeth Hadley Richardson, quien era 8 años mayor que él, el 3 de septiembre de 1920. La pareja se trasladó a París en 1922. Allí, al año siguiente nació su primer hijo, John Hadley Nicanor Hemingway (Nicanor en homenaje al torero Nicanor Villalta), al que llamaba Bumby. En París conoce los ambientes literarios de vanguardia y se relaciona con los miembros de la llamada «Generación Perdida»: Gertrude Stein, Ezra Pound y F. Scott Fitzgerald entre otros. La familia Hemingway vivía en un austero piso, pero cuando Ernest escribía a su familia les contaba que vivían en la mejor zona del Barrio Latino. Sus comienzos literarios no fueron nada fáciles. Sus primeros trabajos: Tres relatos y diez poemas (1923) y En este mundo (1925) pasaron inadvertidos. Ernest se ganaba la vida como corresponsal y viajó por toda Europa. También se empleó como sparring para boxeadores y «cazaba» palomas en los Jardines de Luxemburgo cuando sacaba a pasear a su hijo, pues los ahorros mermaban y no ganaba mucho.
Escritorio de Hemingway en Key West, Florida.

Nueva etapa

El año 1925 supuso el descubrimiento de Hemingway para los editores americanos, y el año en que escribió su primera novela, Fiesta. Entonces Hemingway vivía en el centro de Valencia. El nuevo estilo que mostró en este libro, retrato del París bohemio de los años veinte y buena parte de inspiración autobiográfica, dejó atrás una literatura más experimental y oscura, resultando más impactante y exitosa. También en Muerte en la tarde relata sus experiencias en Pamplona, España, país que ya comenzaba a adorar, y en el que aún hoy quedan testimonios de su presencia.
En 1929, edita Adiós a las armas, novela de contenido autobiográfico, ya que está basada en su paso por la guerra y sus experiencias en el frente de batalla. Le siguen dos ediciones más optimistas, que tratan dos temas que le apasionaban: la corrida de toros, en Muerte en la tarde, y África, en Verdes colinas de África (1935). En 1928 regresa a Estados Unidos con su segunda esposa, pero pronto parte hacia Cuba. A partir de ese momento, comienza en él una curiosa y definitiva transformación. Se aleja del individualismo, como puede advertirse en Tener y no tener (1937), que describe el fracaso de una rebelión individual, y se compromete con la lucha humanitaria y con la unión de las personas. Compromete su escritura en esta nueva etapa con los republicanos españoles durante la Guerra Civil Española, compromiso del que da testimonio en el guion del filme documental Tierra española, en la obra de teatro La quinta columna (1938) y por supuesto en Por quién doblan las campanas, obra maestra de la literatura universal.

Segunda Guerra Mundial

Estalla la Segunda Guerra Mundial. Su destino era el mar de las Antillas y su misión, patrullar con el fin de capturar barcos de bandera nazi. En 1944 viaja a Europa como corresponsal de guerra, participa en misiones aéreas de reconocimiento en Alemania y forma parte del desembarco en Normandía, siendo uno de los primeros corresponsales en entrar en París. Hasta 1950 no vuelve a escribir. Al otro lado del río y entre los árboles es su primera publicación después de aquellos turbulentos años de guerra.
Casa de Burguete, Navarra, en que se hospedó Hemingway.

El viejo y el mar

Hemingway con sus hijos en Finca Vigía, Cuba.
Hemingway vivió casi 20 años en Cuba, en una casa llamada «Finca Vigía», donde escribió esta novela. En 1952 sorprende con un breve relato encargado por la revista Life, El viejo y el mar, por el que recibe el premio Pulitzer en 1953.
La historia narra la experiencia de un viejo pescador que ha tenido una mala racha y sale de pesca decidido a terminarla. Un año más tarde obtendrá el Premio Nobel de Literatura por el conjunto de su obra. Antes de recibir el premio, Hemingway repitió varias veces que «el premio pertenecía a Cuba»1 y después de recibir el Nobel dijo que era el primer «sato cubano que recibía este importante premio».2
Hemingway mantuvo una relación de amistad con el gobernante de Cuba Fidel Castro.

Últimos años

Hemingway en 1950, a bordo del «Pilar».
A partir de ese momento intenta escribir una novela sobre la Segunda Guerra Mundial, que finalmente nunca concluiría. Y vuelve en nuevos relatos a aquellos años de juventud en París y España (París era una fiesta), lugares en los que fue «muy pobre, pero muy feliz», añorando la sensación que le provocaba ser un joven soñador, valiente y arriesgado, que no sólo escribía sobre acontecimientos que un día pasarían a ser parte de la historia, sino que además era parte de ella.
El 2 de julio de 1961 se disparó a sí mismo con una escopeta. Dada la ausencia de una nota de suicidio y el ángulo del disparo, es difícil determinar si realmente su muerte fue autoinfligida o si fue un accidente. Se presume que una posible causa fue la enfermedad de Alzheimer que se le fue diagnosticada poco antes, así como su marcado carácter depresivo y su alcoholismo.
En el año 2006 se hizo público que Ernest Hemingway relató sus experiencias en la guerra a Arthur Mizener, profesor de literatura de la Universidad de Cornell, a quién confesó: "He hecho el cálculo con mucho cuidado y puedo decir con precisión que he matado a 122 prisioneros alemanes". "Uno de esos alemanes era un joven soldado que intentaba huir en bicicleta y que tenía más o menos la edad de mi hijo Patrick", contó. Patrick había nacido en 1928, de modo que la víctima debía tener 16 o 17 años. El escritor le cuenta a Mizener que le "disparó a la espalda con un M1". La bala, de calibre 30, le dio en el hígado.
En una de sus cartas a su última esposa Mary Welsh en 1944, Hemingway escribió: "Muchos muertos, botín alemán, tantos tiroteos y toda clase de combates".
Pero en otra misiva enviada a su editor, Charles Scribner, en agosto de 1949 - cuatro años después de finalizada la Segunda Guerra-, relató: "Una vez maté a un kraut de los SS particularmente descarado. Cuando le advertí que lo mataría si no abandonaba sus propósitos de fuga, el tipo me respondió: Tú no me matarás. Porque tienes miedo de hacerlo y porque perteneces a una raza de bastardos degenerados. Y además, sería una violación de la Convención de Ginebra. Te equivocas, hermano, le dije. Y disparé tres veces, apuntando a su estómago. Cuando cayó, le disparé a la cabeza. El cerebro le salió por la boca o por la nariz, creo".

Descendencia

El primogénito de Ernest Hemingway, Jack John Hadley Nicanor Hemingway, Bumby, también fue escritor y además fue abuelo de las conocidas modelos y actrices Margaux Hemingway y Mariel Hemingway (nacida en 1961), quien también se convirtió en escritora.
Margaux Hemingway (nacida en 1954) padecía de depresión autodestructiva y se suicidó el 1 de julio de 1996, un día antes del aniversario de la muerte de su famoso abuelo.

Ateísmo

En su libro de 1988, "Intellectuals," el escritor Paul Johnson establece que Ernest Hemingway, el veterano de la primera guerra mundial 3 "no solo no creía en dios sino que veía la religión como una amenaza a la felicidad humana"

fuente: Wikipedia

miércoles, 6 de julio de 2011

EDITORAS DE LIBROS

El siglo de Gallimard

Cumple cien años la editorial que publicó a los principales autores contemporáneos; tuvo una especialrelación con los escritores argentinos

 
 
El siglo de Gallimard
El número 5 de la calle Sébastien Bottin, la sede histórica de la editorial. Foto Ver más fotos
Por Hugo Beccacece
Para LA NACION
Cuando, hace un siglo, lo que habría de ser la editorial Gallimard empezó sus actividades como la Nouvelle Revue Française , Gaston Gallimard (1881-1975), su fundador y primer director era un joven dandi, un hombre de mundo, interesado en la literatura, las artes, los automóviles y las bellas mujeres. No había pensado hasta entonces en un campo concreto para encauzar su notable energía y se limitaba a gozar de la vida, de la fortuna y de una fuerte sensualidad. Hoy, los catálogos de las distintas colecciones de su sello resumen a la perfección la literatura francesa, en especial la del siglo XX: André Gide, Paul Claudel, Marcel Proust, Antoine de Saint-Exupéry, André Malraux, Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Simone de Beauvoir, Louis-Ferdinand Céline, Roger Caillois, Patrick Modiano? Ninguno de los grandes nombres falta allí. Y algo semejante pasa con la lista de los escritores extranjeros que publicaron en esa casa de edición, donde la presencia de los autores argentinos tiene un lugar muy especial. Los vínculos entre Gallimard y el Río de la Plata fueron muy estrechos, gracias a Victoria Ocampo y a Sur , que oficiaron de puente sobre el océano; por eso, en ocasión de celebrarse el centenario del sello francés, se han organizado en Buenos Aires muestras complementarias de manuscritos, primeras ediciones y fotografías en la Biblioteca Nacional y en las dos casas de Victoria Ocampo, Villa Ocampo y la Casa de la Cultura, del Fondo Nacional de las Artes (ver recuadro).
Un detalle curioso y premonitorio: Paul Gallimard, el padre de Gaston, fue un rico diletante, bibliófilo y sagaz coleccionista de arte. Muy amigo de Renoir (tenía más de 180 cuadros de éste) y de Monet, amaba los viajes intercontinentales y llegó a Buenos Aires en plena juventud. Se quedó lo suficiente para hacer, por puro gusto, un Catalogue raisonné des oeuvresd'art formant le musée de Buenos Aires . Volvió a Europa y siguió adquiriendo obras maestras. Por supuesto, se casó y tuvo dos hijos: Gaston y Raymond.
Pierre Assouline, en su magnífica biografía de Gaston Gallimard, sigue de cerca las peripecias de quien sería el principal editor francés. El joven Gaston hizo sus estudios en el liceo Condorcet y, una vez egresado, se entregó a la existencia envidiable de un apuesto y cultivado heredero, un poco a la manera de su padre. Aunque no lo necesitaba desde el punto de vista económico, pensó en buscarse un trabajo que le agradara. Se convirtió en el perfecto secretario del exitoso autor de teatro Robert de Flers y así se puso en contacto con el mundo de los escritores y del periodismo.
En los ambientes teatrales y artísticos, todos le envidiaban a Robert de Flers su secretario. Esa estima tuvo consecuencias provechosas. A fines de 1908, un pequeño grupo de escritores noveles de la alta burguesía decidió fundar una revista. Sus miembros eran Jacques Copeau, apasionado por el teatro, el novelista Jean Schlumberger, André Ruyters, heraldo de la literatura inglesa, los poetas y novelistas Henri Ghéon y Michel Arnauld, y el cuñado de Arnauld, el joven y severo André Gide, que llevaba la voz cantante. Como no estaban al tanto de la manera en que se editaba una revista, le pidieron ayuda al crítico Eugène Montfort, responsable del periódico Les Marges , para que se hiciera cargo de los enojosos asuntos prácticos. El nombre elegido para la publicación fue Nouvelle Revue Française . Los debutantes tuvieron una desagradable sorpresa cuando les llegó editado el primer número: descubrieron que Montfort había introducido de modo clandestino artículos que ellos jamás habrían aprobado. Los bisoños literatos resolvieron apartarse de Montfort y hacerse cargo personalmente de todo lo que no les gustaba.
El segundo nº 1 de la Nouvelle Revue Française apareció en febrero de 1909 y en él se publicó la primera parte de la novela La puerta estrecha , de André Gide.Poco a poco los miembros del comité de redacción supieron atraer a otros autores de la misma generación y también a los ya consagrados: Jean Giraudoux, Jacques Rivière, Francis Jammes, Paul Claudel, entre otros. En muy poco tiempo, la revista alcanzó un gran prestigio en el mundo literario, aunque, por supuesto, la tirada era muy pequeña. El cenáculo resolvió ir más allá y abrir un taller de edición en el que se publicarían libros de los colaboradores de la revista, pero necesitaban quien lo financiara y se desempeñara como gerente. Fue entonces cuando distintos amigos sugirieron el nombre de Gaston Gallimard: era el candidato ideal, porque se trataba de un hombre rico, que podía aportar capital, entusiasta de la literatura y de las artes, pero que no escribía. Por lo tanto, conjeturaron, habría de seguir con docilidad (se equivocaron) las indicaciones de Gide, que era el condottiero de la aventura.
Gallimard aceptó con alegría el ofrecimiento de la Nouvelle Revue Française y pronto se dio cuenta de que debía cambiar de vida: levantarse temprano, leer no sólo los diarios y revistas de la capital sino también los de provincias en busca de nuevas firmas. Gaston se asoció con Gide y Schlumberger. Cada uno de ellos aportó 20.000 francos. Los primeros libros de la nueva casa fueron El rehén , de Paul Claudel, La madre y el niño , de Charles-Louis Philippe e Isabelle , de Gide.
Al año siguiente, apareció Éloges , de Saint-Léger, el futuro Saint-John Perse; Études , de Jacques Rivière; La anunciación a María , de Paul Claudel; Cartas de juventud , de Charles-Louis Philippe, y El regreso del hijo pródigo , de Gide. Como se necesitaban oficinas más grandes, la firma se mudó de la rue Saint-Benoît al 35 de la rue Madame. Ese mismo año, Gaston se casó con Ivonne Redelsperger, pero no dejó de tener una vida bastante libre. El gusto por las mujeres hermosas no lo abandonó jamás y él cedía con placer a esa inclinación.
El affaire Proust
En menos de dos años, la editorial se convirtió en el sello que más interesaba a los escritores poco convencionales. Uno de ellos era Marcel Proust que, durante 1913, le envió dos cartas a Gallimard, en las que le proponía publicar dos manuscritos de 550 páginas cada uno. El copioso texto inevitablemente debía pasar por el comité de lectura. La reputación de esnob de Proust lo perjudicó. Hay varias versiones de lo que ocurrió. En cualquiera de ellas, Schlumberger y Gide, casi sin molestarse en leer la obra, la rechazaron. Pensaron que era el trabajo de un aficionado decadente. Proust, desilusionado, pagó de su bolsillo la publicación de su texto en la editorial Grasset. En 1913, Du côté de chez Swann apareció con ese sello y recibió excelentes críticas en todas las revistas. La más elogiosa era precisamente la de Henri Ghéon en la Nouvelle Revue Française . Gide, Jacques Rivière y Gallimard se pusieron a leer Swann con cuidado y se dieron cuenta de que se había cometido un error garrafal. Gide le envió una carta de disculpas a Proust en la que asumía la responsabilidad de esa equivocación y afirmaba que el rechazo de A la recherche du temps perdu quedaría en su memoria como el error más grave que se hubiera cometido en la editorial. Toda la NRF se puso en campaña para reparar esa especie de crimen literario y lograr que Proust dejara a Grasset. Pero debieron pasar varios años antes de que eso ocurriera.
Uno de los primeros grandes éxitos de Gallimard fue Jean Barois , de Roger Martin du Gard, amigo de Gaston desde el liceo Condorcet. Fue el propio Gallimard quien contrató al autor y, con eso, compensó el sabor amargo que le había dejado el affaire Proust. Al mismo tiempo, se asoció con Jacques Copeau para abrir una sala de teatro que estaría consagrada a piezas de alta calidad, apartadas de la mediocridad del llamado "teatro de boulevard": a partir del 23 de octubre de 1913, el Vieux-Colombier se convirtió en una continuación escénica de la NRF. Gide empezó a no sentirse cómodo con el vuelo y la influencia que había alcanzado Gallimard en un par de años.
La guerra del 14 fue una especie de catástrofe personal para Gaston, que era pacifista. Estaba decidido a no ir al frente y lo logró, a costa de su salud. Pensó en fingirse loco para que lo rechazaran como no apto para el combate. El asunto se convirtió hasta tal punto en una obsesión que Gallimard desmejoró a ojos vistas y lo que había sido una fantasía y una estratagema para evitarse las trincheras se convirtió en la realidad. Gaston cayó en una profunda depresión. La muerte en combate de Alain Fournier, el novelista de El gran Meaulnes , y la de Charles Péguy, uno de los autores de la NRF, agravaron su estado. Copeau, por su parte, se había ido a Estados Unidos para organizar una tournée de la compañía del Vieux-Colombier en América, ya que la sala estaba cerrada por la guerra, lo que inquietaba a Gallimard. Por si fuera poco, Gaston temía que Gide, con el que no se llevaba bien, tomara el control de la editorial. En medio de esa tormenta, su amigo, el poeta Léon-Paul Fargue, le presentó a un tímido poeta, en uniforme militar: Pierre Drieu La Rochelle. Gallimard aceptó editar sus poemas a cuenta del autor y, sin darse cuenta, inició un capítulo importante y oscuro en la historia de su empresa.
En 1917, Paul Valéry publicó su primer libro en las ediciones de la NRF, La joven Parca . Ese mismo año, Gallimard viajó a Estados Unidos para ver de qué modo podía ayudar a Copeau con la gira del Vieux-Colombier, que había logrado el financiamiento del empresario Otto Kahn, pero antes se ocupó de arreglar el " affaire Proust". Como se anunciaba la próxima publicación de A la sombra de las muchachas en flor en Grasset, Gaston volvió a hablar con el autor de En busca del tiempo perdido . Llegaron a un acuerdo. Gallimard le compró a Grasset los ejemplares no vendidos de Por el camino de Swann y contrató toda la obra de Proust para la NRF.
Finalizada la guerra, Gallimard comprendió que debía darle una organización más profesional a su compañía. La sorda oposición de Gide a la hegemonía de Gaston debía terminar para que la editorial se afirmara definitivamente. Por último, Gide depuso su actitud, y las ediciones de la NRF, además de esas iniciales, llevaron el nombre Gallimard en la tapa. Por otra parte, Raymond, el hermano de Gaston, un hombre más interesado en las cuestiones comerciales y administrativas, entró en la casa. Los dos formaron un equipo imbatible.
A la caza de los Goncourt
La editorial logró su primer premio Goncourt en 1919 con A la sombra de las muchachas en flor . La influencia de Gallimard creció de un modo irresistible. La firma abrió una librería en el boulevard Raspail y lanzó una nueva publicación, La Revue Musicale . Para difundir las obras de los escritores debutantes se creó la colección Una Obra, un Retrato, de semilujo, tirada de 800 ejemplares, vendidos en forma anticipada por suscripción a la clientela de bibliófilos. Eso disminuía el riesgo económico y permitía la aparición de nuevos talentos. Gallimard apostó por Joseph Kessel, Marcel Arland, Paul Eluard y Marcel Jouhandeau, entre otros.
Jean Paulhan ingresó en la revista en 1920. Tenía 36 años. Era un hombre meticuloso, de una discreción y un olfato literario insuperables. Cuando Jacques Rivière murió en 1925, Paulhan lo sucedió en la dirección de la NRF , pero también intervino cada vez más en la editorial y se convirtió en el arquetipo del editor de la casa.
Durante los años de entreguerras, las ediciones Gallimard hicieron conocer a los principales escritores extranjeros de la época: Giovanni Verga, Luigi Pirandello,Alberto Moravia, Italo Svevo, Franz Kafka,Hermann Broch, Robert Musil, Joseph Conrad, John Dos Passos, William Faulknery Ernest Hemingway. Valéry-Larbaud, autor de la editorial, trabajó con James Joyce en la traducción del Ulises al francés y, además, se encargó de la difusión de la obra de su amigo argentino Ricardo Güiraldes.
Entre 1919 y 1935, Gallimard obtuvo ocho premios Goncourt; el de 1933 le correspondió a André Malraux por La condición humana . Gaston, que tomaba a algunos de sus autores como "favoritos", había incluido a ese joven escritor en su selecta lista. Otro de sus protegidos era Albert Cohen, el autor de Solal , Comeclavos y, más tarde, Bella del Señor . Entre las nuevas adquisiciones también estaba LouisAragon. Una de las glorias literarias que se le escapó, pero que habría de recuperar después de la Segunda Guerra, fue Louis-Ferdinand Céline, que había empezado publicando en Denoël.
Gallimard se ocupó de comprar en 1933 las Éditions de la Pléiade a su creador, Jacques Schiffrin, un ruso de origen judío. Éste había tenido la idea de formar una serie de lujo, en la que publicaba a los clásicos en versiones irreprochables. Cada ejemplar, encuadernado en cuero, de pequeño formato, impreso en papel biblia, permitía agrupar cientos de páginas de poco peso en un volumen reducido. Gallimard se encargó de perfeccionar esa colección. Hoy, ser incluido en La Pléiade representa la consagración de un escritor, cualquiera sea su país y su lengua de origen. Jorge Luis Borges forma parte de ese escuadrón de glorias literarias.
Para poder costear las obras de los autores más "difíciles" o exquisitos, Gallimard editó varias revistas, como la Revue Juive , en cuyo comité de redacción figuraban Albert Einstein, Sigmund Freud y Martin Buber; además, publicaba la popularísima revista Detective , consagrada a los casos policiales contados por grandes periodistas o escritores (Joseph Kessel, Pierre Mac Orlan, Paul Morand), que se vendía por cientos de miles de ejemplares. También tenían mucho éxito la Revue du Cinéma y Voilà , una revista de actualidad en la que Georges Simenon publicó un gran artículo de viaje por África, de corte anticolonialista. En Voilà también colaboraba Antonin Artaud. Más adelante, Gallimard creó Marianne , un semanario político y cultural donde firmaban, entre otros, Saint-Exupéry, André Maurois, Colette y Georges Bernanos.
En 1932, se firmó un acuerdo con Hachette por el cual esta empresa se convirtió en la distribuidora exclusiva de todo lo producido por Gallimard, pero se obligó a garantizarle a ésta el 75 por ciento de las tiradas, lo que le permitió a Gaston desentenderse de los riesgos a los que se exponía con los textos de vanguardia. Ese contrato se rescindiría en 1971.
La guerra y la Ocupación
Todos esos triunfos se vieron interrumpidos de modo dramático por la Segunda Guerra Mundial. El público dejó de comprar las revistas y Gallimard terminó por cerrarlas. Los escritores de la NRF y de la editorial estaban enfrentados ideológicamente. La nueva sede de la rue Sébastien Bottin (que hoy se llama Gallimard) cobijaba al mismo tiempo al fascista Drieu La Rochelle y al socialista Léon Blum. En 1938, llegó el joven Jean-Paul Sartre al sancta sanctorum de la literatura francesa. De inmediato, Gaston lo incorporó a su elenco de favoritos y le publicó La náusea (1938) y El muro (1939). Además, en poco tiempo pasó a integrar el comité de lectura.
En una carrera contrarreloj, cuando estaban a punto de arrebatárselos, Gallimard contrató los derechos de Lo que el viento se llevó , de Margaret Mitchell. Ese éxito (vendió 800.000 ejemplares) le permitió capear los primeros tiempos inciertos de la contienda.
Cuando Francia se rindió a Alemania, la censura se estableció en el territorio ocupado. La familia Gallimard se refugió primero en el norte y después en el sur, en la zona libre. Gaston no sabía nada de su único hijo, Claude, que había sido llamado a filas. Más tarde, se enteró con alivio de que no había muerto: estaba prisionero. Poco a poco, la actividad en París volvió a una extraña, compleja y siniestra "normalidad". Gaston regresó a la capital. Para poder seguir con sus actividades, los editores debían someterse a las condiciones establecidas por los nazis. El embajador alemán Otto Abetz decía: "Hay tres potencias en Francia: el comunismo, los grandes bancos y la NRF ". Gallimard logró llegar a un acuerdo con el ocupante. Le entregó la dirección de la revista, es decir, de la NRF , al colaboracionista Drieu La Rochelle. A cambio, la editorial quedó en manos de la familia Gallimard. Jean Paulhan renunció a la NRF , pero Gaston no permitió que se fuera de la rue Sébastien Bottin y lo puso a trabajar en otras tareas. Entre las imposiciones de los nazis estaba la lista Otto (llamada así por el nombre del embajador), que enumeraba los autores prohibidos por los alemanes. Al mismo tiempo, había otra lista, la Mathias, en la que figuraban los nombres de los autores alemanes que se "recomendaba" editar. La mayoría de los nombres escogidos por Gallimard eran irreprochables y honraban el catálogo: Goethe, Meister Eckhart, Richard Wagner, Martin Heidegger, Karl Jaspers, Ernst Jünger.
La Ocupación y la censura tuvieron un efecto paradójico: empezaron a proliferar revistas en francés fuera del territorio de Francia. Fue así como en la Argentina, bajo la protección de Victoria Ocampo, Roger Caillois dirigió Lettres Françaises , donde podían publicar sin restricciones los autores de lengua francesa exiliados. En el n° 2, Caillois definía los deberes de éstos: "? ser los intérpretes atentos de sus camaradas reducidos a expresarse entre susurros [?]. El escritor emigrado debe ser el portavoz del que quedó en la patria". Lettres Françaises fue una especie de embajada de Gallimard en el Río de la Plata.
Durante la Ocupación, Gallimard publicó dos libros notables de Albert Camus: El extranjero y El mito de Sísifo , que superaron de modo asombroso la censura. Los estrenos de Las moscas y A puertas cerradas , de Sartre, facilitados en buena medida por Gallimard, fueron los principales acontecimientos teatrales de la época y Sartre se convirtió en el escritor de moda entre los intelectuales ya antes de la Liberación.
Cuando la guerra terminó, los editores fueron sometidos a los tribunales de depuración. Sartre y Paulhan, considerados intocables por su conducta durante la Ocupación, defendieron a Gaston Gallimard. Mientras el comité analizaba el comportamiento de éste durante la guerra, aparecieron con el sello de la rue Sébastien Bottin obras de Raymond Aron, Albert Camus, René Char, Sartre, Saint-Exupéry, Picasso y Simone de Beauvoir: eran los nombres más prestigiosos y más respetados de la posguerra. Con sus firmas, naturalmente, reforzaron la posición del editor y de su empresa. La conclusión oficial fue que se prohibió la reaparición de la NRF , que había sido dirigida por Drieu, mientras que no se le plantearon obstáculos a la editorial presidida por Gallimard. Más adelante, también la NRF volvería a publicarse; primero, como la Nouvelle NRF y, después, directamente como NRF . La dirección la compartieron Paulhan y Marcel Arland.
Una victoria centenaria
Durante la posguerra, un recién llegado, Marcel Duhamel, lanzó en Gallimard la Série Noire, consagrada al género policial, con obras de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Horace McCoy y James Hadley Chase. Fue un éxito y una fabulosa fuente de ingresos.
Roger Caillois, de regreso de la Argentina, creó la colección La Croix du Sud, en la que difundió a los escritores de América latina. Pagó de ese modo una deuda de gratitud con la tierra que lo había acogido. Profundo admirador de Borges, se encargó de hacerlo conocer en Francia y en el resto de Europa, además de difundir a buena parte de los autores del grupo Sur. Gallimard publicaría, entre otros argentinos, a Macedonio Fernández, Bioy Casares, Mallea, Ernesto Sabato, Silvina Ocampo, Juan Rodolfo Wilcock, Manuel Puig y Héctor Bianciotti (que escribiría en francés y se convertiría en uno de los lectores más influyentes de Gallimard).
El ingreso de la nueva generación de los Gallimard a la firma era algo previsible. Los hijos de Gaston y Raymond, Claude y Michel, entraron a trabajar en la casa, pero no se entendían entre ellos y crearon conflictos que enfrentaron a sus padres. Esas tensiones se resolvieron de un modo imprevisto y trágico. MichelGallimard y Albert Camus murieron en el mismo accidente de automóvil, en 1960. Ocho años después, falleció Raymond. Gaston y su heredero, Claude, quedaron a cargo del sello. Poco a poco, éste tomó las riendas de la empresa. Cuando el fundador de las ediciones murió el día de Navidad de 1975, la sucesión fue algo natural. Claude estuvo al frente de la empresa hasta 1988, tres años antes de su muerte. Lo reemplazó su hijo menor, Antoine, el actual presidente, que continuó enriqueciendo el catálogo con nuevos autores y acumulando premios.
Mencionar títulos o escritores en ese vasto elenco de la literatura universal es un acto de injusticia, de absoluta arbitrariedad, porque, en cada época, Gallimard supo encontrar a los mejores y cuando, por un desliz, alguien se le escapó, reparó ese error. En esa especie de vasta arca de Noé literaria, hay títulos tan populares como El principito , de Saint-Exupéry; la serie de Harry Potter, Doctor Zhivago , de Pasternak, y éxitos tan recientes e inesperados como Las benévolas , de Jonathan Littell (premio Goncourt 2006). Cien años son casi la inmortalidad, sobre todo cuando se edita la obra de los que, por medio de las palabras, buscaron derrotar al tiempo.
TRES MUESTRAS DIFERENTESLa muestra Gallimard. Un siglo de edición y de amistades franco-argentinas (manuscritos, revistas, cartas y fotos) estará abierta hasta el 11 de julio en la Casa de la Cultura del Fondo Nacional de las Artes, Rufino de Elizalde 2831. Asociándose a ese acontecimiento, la Biblioteca Nacional, Agüero 2502, ha organizado la exposición Sartre en la Argentina. Correspondencia visible e invisible , que cerrará el 13 de julio. Además, en Villa Ocampo se exhibirá Literatura y otras pasiones: Victoria Ocampo y los escritores de Gallimard (libros, cartas, fotografías y 93 ejemplares publicados por Gallimard con dedicatorias manuscritas de sus autores). Permanecerá abierta hasta el 11 de julio, en Elortondo 1837, Beccar. Las tres muestras se inscriben dentro del proyecto Tandem París/Buenos Aires 2011.

jueves, 30 de junio de 2011

ANDRES RIVERA en el programa 'Los 7 locos'

ANDRES RIVERA

LITERATURA › ANDRES RIVERA, SU NOVELA KADISH Y LA MEMORIA

“A los 82 años uno se siente acorralado por la prudencia”

En el texto de apenas 67 páginas, Arturo Reedson, alter ego del escritor, recuerda momentos de su vida, atravesados por la historia política de la Argentina. Y, autocrítico, se pregunta “qué carajo” hizo a lo largo de su “famélico peregrinaje”.

Por Silvina Friera


Cosa extraña, la memoria. Arturo Reedson recuerda momentos de su vida. Es un hombre viejo que sin apuro enciende un cigarrillo en su departamento, en el barrio porteño de Belgrano. De las luchas proletarias a la irrupción de Perón, del Cordobazo al ramalazo de la dictadura militar –incluido ese fugaz romance con Pirí Lugones (ver aparte)–, el péndulo de la historia astilla esos fragmentos hilvanados con la urgencia de quien presiente, cercana, la despedida. Cosa extraña, la memoria, repite como si fuera el estribillo perfecto de la perplejidad. Buenos Aires era una fiesta en 1945. Parafrasea a Hemingway. “Perón firmaba decretos que no eran letra muerta. Que volvían realidad canónica décadas de combate reivindicativo contra la burguesía criolla”, reconoce. ¿Divaga ese octogenario un tanto cascarrabias ante la presencia de Pablo Fontán? No, aunque de tanto en tanto reitere esta pregunta retórica y pierda el hilo de lo evocado. Si la melancolía tiene horarios fijos, si llega puntual de cinco a siete de la tarde, ese hueso duro de roer que nació hace 82 años como Marcos Ribak, que fue militante comunista, obrero textil y periodista y como escritor es y será para siempre Andrés Rivera, en este mediodía nublado en que recibe a Página/12, el autor de Kadish (Seix Barral), su última novela, no parece aquejado por la melancolía. Al contrario: se podría decir que se ha inoculado una dosis de humor ajena a su habitual aspereza. Se burla de su andar “vacilante” y ofrece un whisky, que será rechazado por la inconveniencia del horario.
Cosa extraña esta novela de Rivera. Nunca proclive al exceso de la prosa, cada vez más condensada y económica, en tan sólo 67 páginas combina pequeñas escenas iniciáticas con extractos de noticias de los diarios que suele leer –Página/12 y Clarín– y citas de Marx, Brecht, Foucault y Paul Auster, entre otros. Acurrucado en su sillón de lectura, cerca del teléfono y con parte de la biblioteca como telón de fondo, dice que la saga de novelas en las que aparece Reedson, su alter ego, es “excesiva”. La palabra kadish –oración que pronuncian los judíos creyentes en homenaje a las personas que amaron con una intensa excepcionalidad– es bastante común en la colectividad, según cuenta el escritor. “Las autoridades de la colectividad judía tuvieron una actitud conciliadora con la dictadura militar. Antes de que advinieran Massera, Videla and company, se enfrentaron con la inmigración judía que se pronunció en muchas oportunidades a favor de la izquierda argentina. Pero me permito decir que yo también dudo de que haya una izquierda real en este país”, subraya Rivera.
–¿Por qué duda? –Por cómo se movió la llamada izquierda. El Partido Comunista formó parte de la Unión Democrática. ¿Qué es hoy la izquierda? ¿Hermes Binner? No.
–Pero hay un Frente de Izquierda, una alianza electoral entre el Partido Obrero (PO) y el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). ¿No los considera una izquierda real? –¿Quiere que hable de (Jorge) Altamira?
–Hable... –No, no vale la pena. Hace poco me entrevistaron algunos jóvenes del PO y les mencioné, sin ánimo de agredirlos, sólo porque como decía Freud la memoria es selectiva, que Altamira se presentó en el programa A la cama con Moria; fue a la cama a participar de ese mamarracho en la pantalla de la televisión. Si era una vía para acumular fondos a favor del PO o el trotskismo aborigen, me pareció una vía equivocada. No porque yo sea un puritano, pero un dirigente de izquierda debería abstenerse de actitudes como ésas.
Es amargo y feroz el esbozo de risa de Rivera. Quizá como la de Reedson, ese viejo que dice que los argentinos y porteños “depositan la memoria en el fondo de los inodoros y aprietan los botones”. “El agua de los tanques –agrega el alter ego del escritor– se lleva las crueldades de eventuales infartos.” No se salva de la autocrítica ese hombre que en la novela orilla los 82 años y se pregunta “qué carajo” hizo a lo largo de su “famélico peregrinaje”.
–Qué cosa extraña la memoria, porque da la impresión de que cuando Reedson dice que Buenos Aires en el ’45 era una fiesta, le está haciendo un gran guiño al peronismo, que se volvió “peronista” con los años. –No, pero hay que admitir que ese año y los dos o tres que siguieron al ’45 fueron años de una prosperidad burguesa que también dejó espacio a los trabajadores. El pensamiento marxista no se renovó y el peronismo que usufructuó ese estado de bonanza es o fue, o sigue siendo, la matriz de ministros como José López Rega y del propio Perón. Quien, como se recordará, fue agregado militar en Italia y copió, con buenos ojos y buen oído, los gestos de Benito Mussolini; que no tuvo un pasado militar, sino que venía de las filas del socialismo.
–Pero insisto: Reedson repite varias veces que el ’45 era una fiesta, como si la añorara. –Y sí, sí... porque este país creció y dio ciertos espacios a una clase obrera nueva que venía particularmente de las provincias del norte, atraída por los fulgores de una Buenos Aires que se expandía. Recordemos que Domingo Mercante fue gobernador de la provincia de Buenos Aires y Perón y el peronismo usufructuaron de esos fulgores. A ninguno de los miembros del nuevo proletariado se le iba a ocurrir, porque no conocían, cuestionar la presencia de esa Gestapo criolla que se llamó la Sección Especial de Represión al Comunismo; tenía su sede en la calle Urquiza, en los altos de una comisaría. Y su jefe, una suerte de Himmler criollo, fue Cipriano Lombilla.
–¿Su padre fue un preso político durante el peronismo? –Sí, mi padre fue dirigente sindical de los obreros del vestido de Capital Federal. En los últimos meses de la dictadura del 4 de junio de 1943, fue detenido. Todos esos años vivimos de hecho en la clandestinidad. Yo era un jovencito insolente; estábamos en una casa de inquilinato y compartíamos la cocina con los otros inquilinos. En la pieza, mi padre, que era un obrero de calidad, instaló una máquina Singer con motor. Mi madre retiraba trabajo en la calle Canning –que ya no se llamaba más así– y mi padre cosía. Y lo que cosía mi padre, mi madre lo llevaba a esa casa de vestidos de la calle Canning y con lo que ella cobraba vivíamos...
Enciende el primer cigarrillo de los diez que fuma cada día “por recomendación médica”, aclara. “Algunos militantes del socialismo que compartían la dirección con mi padre ocuparon después cargos de jerarquía en el aparato peronista –continúa Rivera armando el rompecabezas de esos años–. Ellos eran miembros del socialismo de la Casa del Pueblo; Américo Ghioldi era su figura más prominente y un excelente orador, como lo fue en el Partido Comunista Rodolfo Ghioldi, su hermano; que acompañó a Luis Carlos Prestes, militar brasileño que luego se enroló en el Partido Comunista, en una dura lucha contra Getulio Vargas. La diferencia consistió en que Prestes, cuando obtuvo su libertad, se puso del lado de Vargas. Y el Partido Comunista argentino con Rodolfo Ghioldi y Victorio Codovilla enfrentaron a Perón. Que quede claro que no estoy proponiendo que deberían haberse adscripto al peronismo, pero tampoco debieron ingresar a la Unión Democrática.”
–¿Por qué dice que era un jovencito “insolente” en el ’45? –Yo fui militante comunista, lo que pasó fue que por prudencia, el partido me expulsó veintipico de años después. Yo me afilié pocos días antes del 17 de octubre del ’45. Mi militancia fue del ’45 al ’64, mechada por medidas disciplinarias y reincorporado para escribir en la clandestinidad un periódico del partido, Nuestra palabra; hasta que finalmente, insisto, por prudencia, decidieron expulsarme con una de las habituales notas condenatorias del partido.
–Desviación pequeño-burguesa. –Tal cual. Yo criticaba la política fluctuante del Partido Comunista, hasta que se hartaron de mí.
–Ante las mejoras reales que le reconoce al peronismo, ¿nunca tuvo la tentación de sumarse a “esa fiesta” del ’45? –No. Había leído lo suficiente o lo necesario a Marx, a Engels, a Lenin, y creo tener en claro dónde hay una clase y dónde hay otra. Y yo, cualquiera sea mi situación en estos días, sé dónde estoy parado. A veces reflexiono acerca de cómo cambiaron su lenguaje aquellos que se supone que hoy integran el mundo del trabajo. Nadie habla ya de proletarios. ¿Por qué se habla de los “indignados”? No son proletarios, son indignados. ¿Contra qué se indignan? Hay un libro, Indígnate, un alegato a favor de una indignación que, muy pacíficamente, induzca a las clases dominantes a tener más tolerancia. En eso no creo. No hay una oposición de izquierda real que diga que no hay una vía pacífica para derrotar a la clase dominante. Las clases dominantes son dueñas de las armas y las usan. Cuando supone que la desborda la indignación del universo del trabajo, la clase dominante dispara balas de plomo. Reparemos en Eduardo Duhalde; cuando era presidente asesinaron a dos muchachos, Kosteki y Santillán. ¿Con qué tiraron? ¿Tiraron sobre ellos con balas de goma? ¿A quién defendía ese presidente?
–Ese panorama cambió; la orden política que tiene la Policía Federal es no disparar, aunque haya muchos sectores que se salgan de la vaina y sigan pidiendo mano dura y represión. –Pero eso no va a ocurrir, no ocurrió con Néstor Kirchner ni ocurrirá con esta Presidenta mientras que Buenos Aires siga siendo una fiesta. ¿No estamos viviendo una fiesta? Los que están hoy a cargo del Gobierno, de Cristina Fernández para abajo, gozan de un momento de prosperidad del país y tienen a su favor la prédica antigubernamental de los grandes medios. ¿Usted cree que quienes apoyan al actual gobierno leen los diarios? No, miran la televisión. Si compran Clarín es porque tiene muchas ofertas de trabajo, desde servicio doméstico hasta obreros calificados, y ventas de autos. Las cifras económicas que tiene Clarín en sus páginas son bastante expresivas de este instante de prosperidad que vive el país.
–¿El Gobierno goza de la prosperidad o la generó gracias a varias de las políticas económicas implementadas en los últimos años? –No me cabe la menor duda de la responsabilidad de algunas medidas económicas. Aunque estoy eximido de votar y siempre voté en blanco, espero que estas elecciones sirvan para enviar al baúl de los recuerdos a candidatos como Duhalde. No es una revancha; pero los partidos que representan de un modo u otro a la gran burguesía y a la clase media alta no renuevan sus cuadros. Estas elecciones van a empujarlos al baúl de los recuerdos. Y absolutamente creo que Cristina Fernández gana estas elecciones.
Rivera acumula materiales, anotaciones sueltas “esenciales” en su cuaderno. Cuenta que está “jubilado” de esa tarea “azarosa y de dicha” que es escribir. No sabe si habrá otro libro. “Yo ya no leo, releo”, advierte parafraseando a Borges. “He vuelto a reeler Caballería roja, de Isaak Babel, un escritor notable a quien el estalinismo encarceló y fusiló; un libro que se compone de una cantidad de relatos en los que por momentos encuentro la presencia de Hemingway. Pero no creo que Babel haya llegado a leer a Hemingway”, explica.
–Ese jovencito insolente que dice que fue, ¿pensó que pasaría la barrera de los 80 años? –No. Uno se siente acorralado por la prudencia. Los amigos me recomiendan que me compre un bastón porque tengo el andar vacilante cuando salgo a hacer las compras, a buscar los diarios o cuando tengo que ir al médico. Lenin supo decir que los revolucionarios deben morir a los 50 años. Pero en este país, ninguno de nosotros fue revolucionario.

viernes, 24 de junio de 2011

ERNESTO SABATO

Escritor de la noche

Hoy se cumple un siglo del nacimiento de Ernesto Sabato. Claudio Magris le rinde homenaje y dice que, desde las tinieblas, el autor de El túnel expresó con potencia inigualable la pasión de lo humano.

 
 
Por Claudio Magris
Para LA NACION

Hace diez años, en Madrid, di una conferencia para festejar los noventa años de Ernesto Sabato. Para mí fue una fiesta y una gran emoción encontrar al escritor que hace muchos años había entrado violenta y fraternalmente en mi vida, con su novela Sobre héroes y tumbas , una obra maestra del siglo XX. Hay una palabra que se reitera con pudorosa pasión en sus discursos y que, como le dije en Madrid esa noche, expresa también para mí un sentido esencial de la existencia, quizás una de sus posibles y frágiles concesiones felices: el adjetivo "compartido". Aunque sólo sea un instante, un silencio significativo o bien una vida entera, compartidos en la amistad o en el amor. Él sonreía fraterno, intentando mitigar con la ironía la conmoción que la edad avanzada a veces hace más difícil dominar. Su manera de ser hacía entender que había sabido y que realmente sabía compartir la existencia: con Matilde y Jorge Federico, su mujer y su hijo, muertos muchos años atrás y siempre presentes, vivos y concretamente amados, solicitados continuamente por la mente y el corazón; con Elvira, su singular y gran compañera, a su lado durante muchos años y, desde hacía tiempo, su conexión con el mundo; con la familia de ella, con los amigos, con los chicos de la calle de Buenos Aires, a los que ayudaba como podía.
Desde que lo leí por primera vez, y aún más después del encuentro en Madrid y luego en su casa en Santos Lugares, tuve siempre la intensa sensación de compartir con él un profundo sentido del mundo, de los afectos, de las pasiones, de los miedos, de los desafíos. Creo que esto vale para todos sus lectores y no sólo para quien, como yo, ha tenido el regalo de su amistad y de una relación estrecha con él. Su muerte me dolió, pero no afectó para nada esa relación. Lo sigo teniendo presente, lo leo y discuto con él, imagino e intuyo sus respuestas. El 24 de junio festejamos el centenario de un hombre vivo, de un amigo y compañero, un guía, no festejamos una ceremonia fúnebre de adiós.
Hay una frase de Ibsen que Sabato retomó: "Vivir significa luchar con los propios demonios". A veces, le dije, uno duda de poder luchar contra ellos, porque tememos ser nosotros mismos nuestros demonios. Poquísimos otros escritores expresaron con fuerza tan trágica y devastante y con tan humanísima pietas esa exigencia, esa lucha en que consiste nuestra identidad, que por momentos se nos aparece compacta y armoniosa, como la persona de Sabato mismo, por momentos múltiple, confusa y tenebrosa, situada en el precario confín entre el equilibrio y la sabiduría de una vida buena, y el alucinante delirio destructivo y autodestructivo latente en cada uno de nosotros.
La escritura diurna de Sabato, para usar su célebre definición, expresa uno de los más nobles, altos y generosos rostros de la humanidad y resulta ser "un buen combate" en defensa de toda la humanidad contra la opresión, la injusticia, la tiranía, el sufrimiento. En esa escritura diurna, Sabato ha expresado con excepcional fuerza poética sus pensamientos, su visión del hombre y del mundo, sus valores, protestas y esperanzas, las cosas en las que cree y aquellas ante las que se rebela. Libros como Antes del fin o La resistencia , manual de denuncia del horror del mundo y, pese a todo, de indómita esperanza, están entre las más altas, complejas y generosas páginas de dignidad humana y de amor no ingenuo por el hombre, páginas que ayudan a combatir y a vivir. Sabato no se limitó, por cierto, a escribir o a firmar solicitadas contra los asesinos de la junta militar argentina, como muchos intelectuales y escritores que creen haber pagado su deuda desfilando en una marcha de protesta. Sabato trabajó concretamente, como presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, sacrificando la actividad literaria para reconstruir la existencia, el camino y la suerte de tantos desaparecidos, para saber cómo y dónde terminaron, en función de ese sentimiento humano y poético de la irrepetible e insustituible individualidad de cada uno de aquellos nombres y aquellos destinos perdidos. Luchó -como reza el título de Nunca más - para que aquellos horores no ocurran más, aun sabiendo que los desastres y el mal no conocen un "nunca más".
Esa batalla moral, con la "cara descubierta", coexiste con una desconcertante experiencia de las tinieblas y de lo negativo; y quizá la poco frecuente grandeza de Sabato consista justamente en esa duplicidad. Mientras combate por los más altos valores humanos, Sabato es consciente de que sus "verdades más atroces" únicamente las encontrarán en sus ficciones, "en esos bailes siniestros de enmascarados que, por eso, dicen o revelan verdades que no se animarían a confesar a cara descubierta". Habla de sus visiones, que lo "representan en los detalles y en los excesos, a menudo indignos o incluso detestables", que también lo "han traicionado, yendo más allá" de lo que le permite su conciencia. En sus novelas, como en su pintura a menudo demoníaca y perturbadora, Sabato desciende, con la escritura "nocturna", a un subsuelo de tinieblas y de demencia, donde advierte otra voz de la vida. Hace hablar a esa voz, suya pero al mismo en parte desconocida para él mismo, una voz que dice cosas que contradicen sus principios y valores. Nacen así obras maestras como Sobre héroes y tumbas , con la trágica y terrible historia de la conjura de los ciegos y con el delirio angustiante y desgarrador de Alejandra, inolvidable figura femenina de amor, ternura, fragilidad y locura.
En la escritura nocturna no se pueden proclamar explícitamente creencias o valores, defender a los débiles o atestiguar los afectos; sólo se puede enfrentar al fantasma que surge de la oscuridad, encontrarse cara a cara con la Medusa, con el rostro aterrador de la vida salvajemente ignara del bien, del mal, de la justicia y de la piedad. Quizás incluso la ciencia, que Sabato practicó como profesión, contribuyó paradójicamente a esta confrontación con el caos. Tentacular, como los oscuros laberintos en que se adentra, la escritura nocturna atraviesa esos infiernos sin censurarlos ni embellecerlos. La escritura nocturna, de la que Sabato es maestro, es el encuentro enajenado y creativo con un sosia, con una parte desconocida y hasta desagradable de uno mismo. "¿De quién es esta voz horrible?", grita en un cuento de Hoffmann un poeta tras haber leído un angustiante poema propio.
Cuando escucha esa "otra voz", un verdadero escritor la deja hablar, aun cuando preferiría que dijera otras cosas. Esa escritura puede resultar difícil de soportar para su autor, quien querría que la vida fuera distinta, más humana y menos cruel, así como querría que el sol, a diferencia de lo que el Evangelio constata despiadadamente, no resplandeciera de la misma manera para los justos y los malvados, para los niños asesinados y para sus asesinos, indiferente al bien y al mal; querría que diferenciara entre los niños desaparecidos y sus abyectos verdugos.
Frente a estas verdades perturbadoras, Sabato no dora la píldora, sino que representa la negatividad en su cerrada y devastante violencia. Su pluma testimonia la carga de esa violencia. El amor, la piedad, la humanísima y dolorosa dignidad de la persona brillan aún más en las tinieblas, porque Sabato no halla ninguna compensación para el mal y el dolor y por eso expresa y transmite, con potencia difícilmente igualable, la pasión de lo humano.
Así nacieron sus grandes libros. Ensayos espléndidos como El escritor y sus fantasmas , testimonios humanos e histórico-políticos como Antes del fin , La resistencia o Nunca más y, sobre todo, las novelas. El túnel , cuya potencia seca y aniquiladora le gustaba a Camus, otro gran escritor capaz de adentrarse en la nada y de proseguir no obstante combatiendo por la verdad y la justicia. Sobre héroes y tumbas , obra maestra donde hay de todo, ternura y crueldad, memoria épica y feroz laceración, recelo amoroso, sacrificio, locura devastante, presencia coral de la historia y soledad. Abbadón el exterminador , que retoma y desarrolla los dos anteriores, sin alcanzar esa altura. Haber escrito sólo tres novelas en una vida tan larga revela cómo Sabato -libre de la ansiedad de estar siempre presentes que persigue a tantos escritores, obligándolos a componer novelas continuamente- escribió y publicó sólo cuando sintió la absoluta necesidad de hacerlo. Es la mejor garantía del arte más acabado. Basta haber escrito un libro necesario para sí y para todos para signar indeleblemente la literatura de una época y, por lo tanto, la vida de tantas personas. Sabato, con Sobre héroes y tumbas , lo escribió, le ha dado al mundo una obra fundamental y de largo alcance en el tiempo.
Cuando vuelve a subir del subsuelo nocturno y toma la pluma para decir su visión del mundo, Sabato responde al curso insolente y malvado del sol y, quijotescamente, llama junto a sí a los hombres con el fin de corregirlo. Nunca fue un profeta de la negación. Una vez le dije, bromeando, que por qué, cuando desciende a esa oscuridad donde dos más dos pueden ser cinco, no aprovecha, al reemerger, para engañar a los otros y no pagarles lo que se les debe. Me siento feliz de haber conocido a ese hombre, que no sólo es el autor de obras literarias geniales, sino también el que luchó contra la opresión y la explotación, que afirmó conmoverse ante cada rostro desconocido, que en los momentos de desesperación se prohibió a sí mismo el suicidio porque estaba persuadido de que es ilícito producir dolor a los otros, incluso a un perro.
Un hombre lleno de respeto por los demás y de pietas , ajeno al resentimiento. No olvidaré nunca, por ejemplo, el tono de respetuoso dolor con que me hablaba, sin ninguna presunción ideológica, de su ruptura con Borges como consecuencia del apoyo inicial que este último dio a la dictadura militar. Cuando nos conocimos era ya muy viejo, pero la intensidad de sus palabras y la melancólica y afectuosa profundidad de su comportamiento son dos grandes regalos que me dio la vida. Su grafía, en los faxes o en las cartas que intercambiamos gracias a la amistad extraordinaria de Elvira, se hacía cada vez más incierta, pero no logro pensarlo o hablar de él en pasado, porque la suya es una presencia imborrable. Uno de sus últimos libros se titula, con evidente alusión a la muerte que se avecina, Antes del fin , pero en ese caso Ernesto se equivocaba: su muerte duele a quien lo ama y le es cercano, pero, en lo que a él concierne, no existe ningún fin.

Traducción: Alejandro Patat
ADN MAGRIS
Trieste, 1939
Es ensayista, novelista, traductor y profesor de literatura germánica en la Universidad de Trieste. A los 22 años publicó su primer libro: El mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna, una reelaboración de su tesis doctoral que le valió amplio reconocimiento. Le pertenecen también, entre otros ensayos, Lejos de dónde. Joseph Roth y la tradición hebraico-oriental, Utopía y desencanto y Alfabetos. Su libro más conocido es El Danubio (1986), en el que, siguiendo el curso del río, narra la historia centroeuropea. En el género narrativo, escribió Otro mar y A ciegas, y también es autor de tres piezas teatrales. Obtuvo varios premios, entre ellos el Strega, en 1997, y el Príncipe de Asturias, en 2004.

martes, 7 de junio de 2011

JORGE SEMPRÚN

Muere Jorge Semprún, una memoria del siglo XX

De niño del exilio a ministro de Cultura, el autor de 'La escritura o la vida' fue deportado al campo de concentración de Buchenwald y expulsado del partido comunista por disidente

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid - 

 
Jorge Semprún ha muerto en París este martes, según han informado fuentes próximas a la familia. Tenía 87 años. Con él se pierde para siempre parte de los recuerdos del preso número 44.904, su matrícula en Buchenwald, el campo de concentración alemán en el que vivió deportado entre los 20 y los 22 años. Semprún construyó su obra literaria con los fragmentos de su propia memoria y en ella queda, pues, el recuerdo de los hechos y de los sentimientos de una vida marcada a fuego por todas las barbaries modernas.
Con él, sin embargo, desaparece un recuerdo que no cabe en los libros: el del olor a carne quemada. Lo dijo él mismo en 2000, en una entrevista. Lo que más le preocupaba del porvenir era esa precisa memoria: "Están desapareciendo los testigos del exterminio. Bueno, cada generación tiene un crepúsculo de esas características. Los testigos desaparecen. Pero ahora me está tocando vivirlo a mí. Aún hay más viejos que yo que han pasado por la experiencia de los campos. Pero no todos son escritores, claro. En el crepúsculo la memoria se hace más tensa, pero también está más sujeta a las deformaciones. Luego hay algo... ¿Sabe usted qué es lo más importante de haber pasado por un campo? ¿Sabe usted qué es exactamente? ¿Sabe usted que eso, que es lo más importante y lo más terrible, es lo único que no se puede explicar? El olor a carne quemada. ¿Qué haces con el recuerdo del olor a carne quemada? Para esas circunstancias está, precisamente, la literatura. ¿Pero cómo hablas de eso? ¿Comparas? ¿La obscenidad de la comparación? ¿Dices, por ejemplo, que huele como a pollo quemado? ¿O intentas una reconstrucción minuciosa de las circunstancias generales del recuerdo, dando vueltas en torno al olor, vueltas y más vueltas, sin encararlo? Yo tengo dentro de mi cabeza, vivo, el olor más importante de un campo de concentración. Y no puedo explicarlo. Y ese olor se va a ir conmigo como ya se ha ido con otros". Hoy esas palabras son más ciertas que nunca.
Una literatura de la memoria
"Tengo más recuerdos que si tuviera mil años". Las palabras de Baudelaire que Jorge Semprún utilizó en Adiós, luz de veranos... describen certeramente la vida de un hombre cuyas ocho décadas de existencia pueden rastrearse en su obra narrativa, que contiene ficciones como La montaña blanca, Netchaiev ha vuelto o Veinte años y un día pero que pasará a la historia por uno de los grandes ciclos autobiográficos de la literatura contemporánea.
Como la propia memoria, la obra memorialística de Semprún no funciona como una línea recta sino como una espiral: a veces los mismos episodios se cuentan en distintos libros con intención diversa. "Porque mi vida no es como un río", se lee en Aquel domingo, "sobre todo como un río siempre diferente, nunca el mismo, en el que no se puede bañar uno dos veces: mi vida es completamente lo ya visto, lo ya vivido, lo repetido, lo mismo hasta la saciedad, hasta convertirse en otro, extraño, a fuerza de ser idéntico".
Aun así, cabría reconstruir los momentos clave de la vida del escritor leyendo cronológicamente una serie de libros que no fueron escritos respetando ese orden: la adolescencia en el exilio de la Guerra Civil (Adiós, luz de veranos...), la resistencia antinazi y la experiencia de Buchenwald (El largo viaje, Viviré con su nombre, morirá con el mío, Aquel domingo y, sobre todo, La escritura o la vida), la expulsión del Partido Comunista de España (Autobiografía de Federico Sánchez) o el periodo como ministro de Cultura en la segunda legislatura de Felipe González (Federico Sánchez se despide de ustedes).
Nieto por parte de madre del político conservador Antonio Maura, presidente del Gobierno con Alfonso XIII, Jorge Semprún nació en Madrid el 10 de diciembre de 1923. Su madre murió antes de que él cumpliera ocho años y, con la Guerra Civil, todos los hermanos marcharon a La Haya para reunirse con su padre, embajador de la República en los Países Bajos. El futuro escritor comenzaba así un exilio que ha durado toda su vida. En 1939, con la guerra perdida, la familia se instaló en París, donde Jorge y su hermano Gonzalo estudiaron como internos en el exigente liceo Henri IV. En Adiós, luz de veranos... (1998), Semprún recordaría esos años en que, después de ser objeto de chanza en una panadería por su acento francés se conjuró para eliminar todo rastro extranjero en la pronunciación de la que terminaría siendo su lengua literaria fundamental.
Si el descubrimiento de Levinas le valió su primer premio extraordinario de filosofía, el compromiso político le hizo ingresar en el Partido Comunista de España en 1942. Un año más tarde fue detenido como miembro de la Resistencia antinazi, torturado y deportado al campo de concentración de Buchenwald. Allí se libró de la muerte probable que esperaba a los intelectuales cuando fue inscrito como estucador en lugar de como estudiante. Su conocimiento del alemán, una obsesión de su padre, le ayudó también a sobrellevar los dos años que pasó con el triángulo rojo y la S de Spanier (español) en el pecho.
El 11 de abril de 1945, dos soldados estadounidenses abrieron la cancela del campo, marcada con una sarcástica inscripción: "A cada uno lo que se merece". Pero con la liberación y los recuerdos de la experiencia concentracionaria llegaba también para Jorge Semprún un dilema: o escribir sobre el pasado (y lo pasado) o vivir el presente. Lo primero, diría luego, le hubiera llevado al suicidio de no haber mediado los años. Aunque ya en 1963 había volcado parte de su experiencia en El largo viaje, hubo que esperar a 1994 para que el narrador buceara hasta el fondo de aquella herida. El resultado fue un título hoy mítico: La escritura o la vida.
Mientras llegaba el momento de la catarsis, Semprún se volcó en la militancia comunista convertido en Federico Sánchez, su nombre en la clandestinidad de la España franquista. Pero el mundo se quebró para él por segunda vez en 1964. Ese año, junto a Fernando Claudín, fue expulsado del PCE por su discrepancia con la línea oficial de Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo. Aquel episodio serviría como columna vertebral al libro que, escrito en español, le valió el premio Planeta de 1977: Autobiografía de Federico Sánchez.
Años más tarde, en Federico Sánchez se despide de ustedes (1993), el escritor se deshacía definitivamente de su alias en el relato que recogía su último paso por la política. Entre 1988 y 1991 había sido ministro de Cultura y aquel libro se convirtió en una pieza irrepetible, por infrecuente, de la literatura española: las memorias públicas de un miembro del Gobierno. Públicas y descarnadas. Con una altura literaria marca de la casa, Semprún narra sin tapujos sus desencuentros con el aparato del PSOE, encarnado en el vicepresidente Alfonso Guerra. Una crudeza que se convierte en ironía al contar algunos de los episodios que le tocó vivir, ya se tratase de las negociaciones con la baronesa Thyssen para acondicionar el palacio de Villahermosa o de una visita de la reina de Inglaterra al Museo del Prado.
Última visita al campo de concentración
Las memorias ministeriales de Jorge Semprún arrancan con una llamada de Javier Solana preguntando al escritor si conservaba el pasaporte español, condición sine qua non para formar parte del Gobierno. La respuesta fue afirmativa. Semprún, autor de guiones de cine para directores como Alain Resnais (La guerra ha terminado) o Costa Gavras (Z, La confesión), escribió la mayor parte de su obra en francés. Nunca perdió, sin embargo, la nacionalidad española. Si no escribir más en español le privó tal vez del Premio Cervantes, no abandonar la nacionalidad española le impidió ser admitido -no sin cierta polémica- en la Académie Française, aunque lo fuera en la Académie Goncourt. Ese fue su destino de escritor europeo, el mismo que le valió premios internacionales como el Formentor (1964), el de la Paz de los libreros alemanes (1994) o el Jerusalén (1996).
La Europa en que creía Jorge Semprún empezó a construirse, lo dijo él mismo, en la diversidad de los resistentes deportados a Buchenwald, la cara oscura de la Weimar de Goethe, a tan solo unos pasos. El 11 de abril de 2010, el escritor acudió allí por última vez para pronunciar un discurso. Se celebraba el 65º aniversario de la liberación del campo y días antes publicó en este diario un artículo en el que reconocía con lucidez extrema, pero con furia, que se acercaba al final: "Por última vez, pues, el 11 de abril, ni resignado a morir ni angustiado por la muerte sino furioso, extraordinariamente irritado por la idea de que pronto ya no estaré aquí, en medio de la belleza del mundo o, por el contrario, en su grisácea insipidez -que en este caso concreto son la misma cosa-, por última vez, diré lo que tenga que decir".
Y lo dijo. Sobreponiéndose al quebranto de la enfermedad, Semprún acudió a Buchenwald y habló. Lo hizo en el Appelplatz del campo, el mismo lugar en el que se alternaba la voz -"gutural, malhumorada, agresiva"- del Rapportführer, que tronaba a diario, con el hilo musical que algunos domingos emitía por los altavoces las "sempiternas cancioncillas de amor" de Zarah Leander. Allí recordó a los niños judíos que, en 1945, fueron llevados desde Polonia a Weimar ante el avance del Ejército ruso. Entre ellos estaban Imre Kertész y Elie Wiesel, futuros premios Nobel.
A esa generación confiaba Semprún su testimonio. "Todas las memorias europeas de la resistencia y del sufrimiento", dijo, "solo tendrán, como último refugio y baluarte, dentro de diez años, a la memoria judía del extermino. La más antigua memoria de aquella vida, ya que fue, precisamente, la más joven vivencia de la muerte".
Con la desaparición de Jorge Semprún se pierde una memoria del siglo. El resto está en su obra. Imborrable. Esos libros, llenos de vida y de amor a la vida, bella o gris, están llenos también de lecturas que alguna vez sirvieron de refugio. Él, que elegía con cuidado cada una de sus citas, colocó hace 10 años una frase del actor y poeta Roland Dubillard al frente de Viviré con su nombre, morirá con el mío. Nueve palabras que dicen algo que suena a decisivo en la voz de un escritor de la memoria: "Estoy seguro de que mi muerte me recordará algo...".