ADVERTENCIAS A MÍ MISMO

en novelas, relatos, ensayos. Escritura

lunes, 18 de abril de 2011

CHICO BUARQUE- novelista

El más grande compositor Latinoamericano, vuelve a la novela: lo relata en esta entrevista

Los pecados de Chico Buarque

 

Canta y compone bien, escribe mejor, presenta una nueva novela, que anticipamos, y es un eterno seductor. Pero tiene, al menos, seis defectos...

Por Jesús Ruiz Mantilla
El País


Cuando el Chico Buarque músico entra en casa, sale por la puerta el escritor. Estos días, en Río de Janeiro, ocupa su ático con espectaculares vistas a Ipanema el hacedor de canciones. Mientras, el literato anda de viaje. Su último libro, Leche derramada (Salamandra), acaba de aparecer. Es su octava novela. Y de éxito. Porque Chico Buarque no se conformó sólo con ser uno de los músicos más importantes de su país, hijo legítimo y predilecto de la bossa nova , referente político en los tiempos duros de la dictadura y objeto de deseo permanente. Quiso volcar su creatividad de manera seria, nada caprichosa, en la literatura. Demostrar que podía llegar a ser un escritor respetado. No sólo lo ha logrado en Brasil, sino en todo el mundo. Con su anterior libro, Budapest , obtuvo premios, grandes ventas internacionales, reconocimientos y elogios como los de Le Nouvel Observateur , que lo consideró uno de los autores contemporáneos más interesantes en lengua portuguesa. Para crear aquella novela de dualidades, fina e irónica, sobre un escritor de encargo fascinado por el idioma húngaro -la lengua que mejor entiende el diablo- no le hizo falta pisar la ciudad del Danubio. Jamás había estado allí. En cambio, sí da la sensación de conocer absolutamente el terreno donde transcurre Leche derramada , una especie de réquiem sobre el viejo Brasil. Es un libro muy personal sobre un dinosaurio moribundo, repleto de recuerdos y anécdotas familiares.
Chico Buarque, el políglota que domina cinco idiomas, el símbolo del Brasil contemporáneo, el mediocampista que lleva más de 30 años sin perder un partido con su equipo de fútbol, parece ideal, pero tiene sus zonas oscuras, no se llamen a engaño.
-La actriz Fernanda Montenegro proclama que usted es perfecto y no tiene defectos. He venido aquí, hasta su casa, para buscárselos. Alguno esconderá.
-Una gran dama de nuestro teatro...
-Lo que le digo es que he venido a desenmascararlo. Si no, me voy a decepcionar: buen músico, escritor ya de prestigio, activista de pasado impecable...
-Y eso que usted nunca me ha visto jugar al fútbol. Lo hago en un equipo que no ha perdido en 32 años.
-Pero, hombre, hay un placer en la derrota. ¿No le gustaría aprender a experimentarlo?
-Hay derrotas, pero en partidos no oficiales. Cuando terminamos, decidimos si fue un encuentro oficial o no. Depende del resultado.
-Una vergüenza. ¿Y de qué juega?
-Como Messi, más o menos, pero es fútbol 7.
-Ya aparece un defecto. Manipulador.
-Mentiroso, más bien. Apúntelo.
-Ya lleva 46 años de carrera. Al principio parecía que querían lanzarlo al mercado como un artista pop de la bossa nova . ¿No encajó en eso?
-No fue así. Tuve una experiencia mala cuando vivía en Italia, hacia 1969. No se comprendía entonces muy bien lo que era la música brasileña, además me veían así, como bonito.
-Guapo. Igual que ahora. Eso puede ser hasta un defecto.
-Quizá por eso, fuera de aquí, querían encajarme en un esquema pop. Yo tampoco comprendía qué pasaba conmigo en Italia. En Brasil, sí. Tengo la idea de lo que he querido siempre y en mi país no existía ese malentendido. No sé qué pueden pensar de mí fuera de Brasil. Tampoco tengo una carrera internacional. Viví en Italia por razones políticas pero casi toda mi trayectoria se ha desarrollado aquí. Con la literatura es diferente, por las traducciones. Es más fácil hacerse comprender en el exterior. Con la música puede interpretarse cualquier cosa. Con la brasileña más, porque tiene un poco de todo, mezclado. No se llega a saber con certeza si es samba, bossa nova ... Todo al mismo tiempo.
-¿Y eso es bueno o malo?
-Para nosotros es bueno, pero es difícil de comprender afuera. Para el gran público, ante todo. El público ve nuestra música en las mismas secciones de las disquerías. Lo que viaja es la sonoridad. Hay una comprensión más emocional que intelectual. La música posee un lenguaje propio, irracional, que llega o no. Incluso gusta muchas veces por motivos equivocados.
-¿Porque no se entiende la letra o porque no se comprende la música?
-Las letras son importantes, aunque en mi caso están siempre al servicio de la música.
-Como escritor, usted ha hecho experimentos bien curiosos. Escribió Budapest sin conocer la ciudad, sin haber ido nunca. ¿Después la visitó?
-Nunca había ido. No quise. Empecé a escribir y a mí me fascinaba la lengua, me enamoré del idioma. No me interesaba conocer más allá, estudiar el húngaro me habría llevado 10 años, pero quedó todo mejor así: una ciudad difusa, una historia con neblina. Fue muy interesante llegar a Budapest después de haber estado en cierta forma allí, comprobar que había cosas que eran iguales y otras absurdas. Tampoco yo quise dar la impresión de que la conocía a fondo, los nombres eran inventados, basados en la selección húngara de fútbol. Admitir que nunca había pisado la ciudad creó un poco de desconfianza. Algunos se lo tomaron bien; otros, francamente, no.
-Les parecería soberbio, sobrador. Otro defecto.
-Bien, bien, apunte. Sí, les parecía que no tenía derecho a inventar algo que ya existía. Los húngaros son muy orgullosos de sus príncipes, sus linajes, sus castillos, su historia.
-¿Cómo pudo imaginar la ciudad sin ir?
-Con guías, diccionarios, palabras que recuerdo de una novia húngara que tuve. Ella me había enseñado esa fascinación. Y la selección húngara de fútbol de 1954. Ese partido que perdimos con ellos. Coleccionaba las figuritas. Las tenía todas. La verdad es que cuando se me ocurrió el libro, yo pretendía crear una lengua, pero eso era demasiado.
-Otro defecto. Una idea no plasmada. Poca perseverancia.
-¿Por qué? Al contrario. Mucha perseverancia, porque yo empecé a hacerlo, pero me di cuenta de que no lo conseguiría. El protagonista era un arquitecto, no un negro.
-¿Se rindió? Defecto...
-Bueno, bien, vale, pero tuve que escribirlo para darme cuenta de que no era bueno.
-¿Perfeccionismo? Otro defecto...
-Incapacidad mental para crear una novela... ése es el defecto.
-Llevamos 20 minutos hablando y ya han salido cuatro defectos. No sé cómo acabará esto.
-Soy, además, perezoso para las entrevistas: otro más.
-Bueno, no estoy tan seguro, a lo mejor eso es una virtud. No lo sé.
-La pereza me viene de que para resultar brillante en una conversación como ésta, uno debe inventar cosas.
-En el de Budapest no estuvo, pero sí que ha andado por el terreno de Leche derramada . Porque hablamos de Brasil, en profundidad.
-No viví esa época.
-Cada uno de nosotros hemos habitado de alguna manera el pasado de nuestros lugares. ¿No cree? ¿No construyen los ancestros nuestra identidad?
-De alguna manera, escribir sobre algo que ha ocurrido hace cien años es como no conocer el lugar. En el tiempo y en el espacio estás perdido. La idea de Leche derramada partió de eso. Imaginación y conocimiento a base de estudio. Esta vez investigué todavía más que para Budapest . Además de lo que leí, lo que escuché: las historias de mi madre, que murió hace apenas un año, cuando ya tenía 100. Hay muchas cosas, desde el nombre de los transatlánticos hasta las casas, las calles...
-Se ve mucho de usted en ese libro. De sus raíces, de su familia, ¿de qué más?
-Historias políticas de la vieja república, desde 1879 hasta 1930, con Vargas, que cambió todo. En mi familia había muchos antepasados que pertenecieron a esa estructura. Son historias que conozco sobre todo por mi madre. Sus recuerdos están en el libro.
-O sea que ha querido hacerle un homenaje póstumo.
-Póstumo no, porque ella lo leyó. Le gustó, aunque no le gustó tanto verse reflejada en algunas cosas. Estaba ya mayor y se sintió un poco incómoda, lo mismo que los húngaros, con mi intrusión.
-Como diciendo: ¿para qué te metes a lavar los trapos sucios delante de todo el mundo?
-Ay, los escritores... Terribles.
-Indiscreción. Otro defecto.
-Sin duda.
-Hasta el momento ha salido esto: soberbio, perfeccionista, con algo de incapacidad mental, perezoso e indiscreto. Cinco.
-Bueno, está bien.
-Ese viejo Brasil que retrata en Leche derramada ¿ya desapareció?
-Persiste en la... mentalidad de mucha gente. Eh... otro defecto: me faltan las palabras en castellano.
-No, no lo admito, porque entonces tendríamos que contar que yo no hablo portugués.
-Vale. Entonces, persiste esa mentalidad. La del viejo país con sus antiguos dueños, el antiguo poder, los dueños del dinero, la perplejidad ante ese nuevo país que crece. La incapacidad de admitir que va a ser de otras familias, de otras clases. Eran clanes que tenían un sentimiento de posesión y observan a quienes prosperan con desconfianza. Ven esos aeropuertos atestados de gente mal vestida y no soportan mezclarse. Siempre con la tentación de mantenerse aparte, como una elite. Ayer leí un reportaje que diferenciaba entre los ricos y los muy ricos de Santa Catarina. Los ricos iban normalmente a la playa y los muy ricos se quedaban en sus hoteles de lujo, con sus prejuicios ante los que sólo eran ricos.
-No mezclarse. Bueno, eso es muy europeo también. Así que entonces a Brasil ha llegado la clase media y quiere hacerse notar.
-Prefiero este Brasil al anterior, sin duda. Más dinámico.
-Y en eso, ¿qué mérito le damos a Lula?
-Mucho.
-¿Verdaderamente ha acometido una transformación histórica?
-Sí, su prioridad era sacar de la miseria al mayor número de gente posible. Eso continúa con Dilma Rousseff. La situación social de Brasil era una vergüenza. Era un país plagado de desigualdades, con toda su riqueza. Pero los méritos vienen también de las bases de la política económica que emprendió Fernando Henrique Cardoso. Fue la clave sin la cual no se hubiera podido avanzar. Toda esta transformación se ha llevado a cabo con las reglas del capitalismo para crear una riqueza que debía ser distribuida. Algunos desde la izquierda pueden pensar que no fue lo suficientemente humanitario, pero nadie puede negar que ha sido de lo más inteligente.
-Es lo que hay y lo que se ha demostrado en todas partes que funciona.
-Por eso se entienden peor otras experiencias latinoamericanas, como las de Venezuela, Ecuador, Bolivia? Hoy lo sabemos. Pero tampoco hay que culpar a quienes lo intentaron en el pasado en Cuba, en el Chile de Allende o aquí. La propia Dilma creía que la única salida era la revolución. Ahora sabemos que no.
-En Budapest aborda la dualidad. La paradoja es un motor para la creación. Usted se sentirá muchas cosas a la vez. ¿Cuántos Chicos habitan en usted?
-Hay dos. Viven en la misma casa pero en habitaciones separadas. Son el escritor y el músico. Ahora habita el músico, el escritor debe de haberse ido a Budapest.
-¿Y no se entremezclan? Porque el músico compone letras potentes y el escritor construye un ritmo musical en los libros.
-Hay un eco en ambas cosas. Pero mientras trabaja uno en lo suyo, el otro no se entromete. No pueden hacer las dos cosas a la vez. Cuando se marcha el escritor, llega el músico, y viceversa. Por otra parte, las letras de las canciones no tienen que ver para mí con la literatura, pero la literatura sí tiene que ver con la música. Es probable que se adivine fácilmente que el escritor es músico. Las letras de las canciones no son lo mismo. El letrista para mí no es poeta ni narrador. Debe despojarse de esa pretensión. Es otra cosa. No existen jerarquías ni distinción entre las dos artes: valen lo mismo. La literatura y la canción popular tienen el mismo valor. Eso de desvalorizar un género se acabó. Resulta una diferencia completamente anticuada. Es cosa del viejo Brasil. Cierto, para el viejo Brasil, lo que yo hago es música barata. Es como lo definiría el protagonista de la novela. El nuevo acepta eso bien. El primero en sufrir aquella ruptura jerárquica fue Vinicius de Moraes. Era un poeta culto, canónico, que se puso a hacer letras de canciones populares. No lo entendían. ¡Un poeta y diplomático! ¡Sacrilegio! Eso persiste un poco todavía. La idea de que un poeta no puede escribir música popular y un cantante no puede dedicarse a las novelas. Pero ¿qué estaba diciendo?
-Lo del músico y el escritor...
-Ah, sí. Que hay un período de adaptación, no es que sale por una puerta el músico y entra el escritor, como en un vodevil. Los tiempos de cada etapa creativa crecen, pero los de mi vida se acortan. No sé hasta dónde llegaré en las cosas que quiero hacer.
-¿Ahora con quién estoy hablando? ¿Con el compositor o con el literato?
-Hasta este año pasado estuvo el escritor acompañando las traducciones. Vigilo las que conozco: español, inglés, italiano, francés, aunque luego me dicen que las mejores son las de lenguas que no entiendo... Lo que me cuesta es empezar. Cuando salgo de la literatura, no sé cómo se escribe una canción, cada vez cuesta más...
-¿No salen las cosas de adentro, de una vez?
-No sirve eso. Quieres contar algo, bien, pero ¿de qué manera? En la literatura, borras y borras hasta que hallas la voz, el tono. La mano sola no sirve.
-Y el Chico futbolista, ¿quién es? ¿El niño eterno?
-Sí, juego tres veces por semana.
-Lo que es la vida. Cuando venía en el avión vi a unos niños brasileños vestidos con la camiseta española.
-Impensable en los tiempos en que todos los niños del mundo se ponían la canarinha .
-¿Qué le queda por indagar en la música?
-Escucho poca música. Leo más. Trabajo con la memoria musical, que tengo repleta. ¿Ve usted por qué no me gusta dar entrevistas? Porque tengo que explicar ciertas cosas. El otro día compuse un vals ruso. ¿Por qué? No lo sé y no puedo inventar una razón. Porque convenía a la historia que quería contar. La música que llegó era de allí, para relatar la historia de una mujer rusa con la que entré en contacto por Internet. Ya está. No hay nada que explicar ni buscar, apenas nada para componer. A estas alturas es la música la que me busca a mí. Por supuesto que estoy al día y sé quién es Amy Winehouse o Lady Gaga. Pero eso no importa.
-¿Cambia con la edad la actitud para escuchar la música o es que nuestro tiempo nos empuja a atender de una manera más fragmentada?
-Creo que cada uno de nosotros cambia. Y sólo esperamos que al público le siga interesando lo que hacemos. Hay veces en que das un concierto y piensas de qué te sirve lo nuevo cuando la gente sólo quiere que cantes viejas canciones. A mí me gusta cantar lo nuevo y a ellos, escuchar lo antiguo, así que hay que negociar un poco.
-¿Le preocupa que los jóvenes brasileños escuchen menos música de su tierra?
-No es tan así. En la última gira, yo vi pocas cabezas con cabellos blancos, y vi más jóvenes.
-Cuénteme cómo era Jobim.
-Desde el momento en que yo escuché la primera canción de bossa nova , "Chega de saudade", cantada por João Gilberto, con música de Jobim y letra de Vinicius de Moraes, me cambió la vida. A mí y a todos nosotros. Los que podíamos haber sido otra cosa nos hicimos músicos cuando escuchamos eso. Caetano Veloso, Gilberto Gil, todos.
-Por cierto, ¿entre Caetano y usted hubo algún problema? Lo acusaban de blando.
-Eso fue en los tiempos del tropicalismo. Yo no pertenecí a eso. Había dos bandos. Los pro y los anti. Yo no era pro. Trataban de hacer una ruptura con la bossa nova e incorporar instrumentaciones y comportamientos del pop, a lo que yo me oponía. Tuvo su reflejo también en mi música, pero no traumático.
-¿Matar al padre?
-Exacto. Pasaron algunos años de conflicto y luego volvieron a juntarse. Como en cualquier familia. Primero: "Papá, déjame en paz" y luego: "Anda, cuídame a los niños".
-¿Y usted no tendría que haberse comprado una guitarra eléctrica?
-Es eso, lo que pasa es que me equivoqué de puerta al entrar en la tienda y me compré un piano.
-Pero hoy Jobim es indiscutible.
-Es que fue una epifanía. Lo conocí, fui amigo de Jobim. Por trabajar con él, por escucharlo tocar el piano, yo me hice un músico mucho mejor de lo que era. Escuchándolo, viéndolo trabajar. Yo era un músico intuitivo, de oído, y él me formó. Trato de no ser una copia de él, pero todavía, cuando compongo, siento la sombra del maestro.
-¿Vigilante?
-Un poquito. Pero es que además me enseñó mucho de la vida, hablando, comiendo, compartiendo. Él me obligó a comprar un piano, a aprender música y escribir para otros cosas que no tienen nada que ver con lo que yo hago. Jobim era cálido, divertido, especial.
-Todo un clásico de la contemporaneidad. Como Lennon y McCartney. Autores ejemplares de canciones. Sin duda, ése ha sido el género musical de nuestro tiempo. Pero ¿le queda mucho?
-Las posibilidades de la canción como fenómeno y forma del siglo XX y del XXI puede que estén llegando a un fin. Puede que estemos llegando a eso. El rap es un indicio. La armonía, la manera de construir las letras, la falta de interés por lo nuevo, quizá todo eso sean señales.
-¿Decadencia?
-Puede ser. Pasa en otros géneros. La ópera? Bueno, la ópera resiste. Más de 400 años y hay vigor en nuevos compositores. ¿Ah sí? Otro defecto: ignorancia sobre ópera contemporánea.
-Bueno, lo pasamos por alto.
-En fin, seis defectos. Pocos.

martes, 12 de abril de 2011

VASILI GROSSMAN

Vasili Grossman en el umbral del infierno

Babelia avanza el comienzo de 'Por una causa justa', la primera parte de la obra cumbre del periodista y escritor soviético, 'Vida y destino'

WINSTON MANRIQUE

¿Cómo es el umbral hacia el infierno? Hay muchos. Uno de ellos lo muestra Vasili Grossman en Por una causa justa (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Se trata de la primera parte de Vida y destino, la obra que llevaría a Grossman (1905-1964) a ser aclamado por la crítica y los lectores. Por una causa justa es el resultado de su trabajo como corresponsal del periódico Estrella roja, inmerso él aún en el realismo socialista, durante el primer año de la llegada de los nazis a la URSS y a Stalingrado, que sería el comienzo del fin de la II guerra Mundial. Babelia avanza hoy, en esta edición digital de EL PAÍS, las primeras páginas de esta novela que llegará a las librerías a partir de mañana.


Publicada en 1952, una década después de los hechos narrados, el libro de Grossman, se convierte, desde la primera línea, en una lección de historia, política, sociología, psicología y de la condición humana en momentos extraordinarios. 1.079 páginas en las que viven más de 200 personajes cuyos destinos recuerdan a la gran narrativa rusa que busca retratar el curso del Tiempo germinado de Historia. Y con ellas un mosaico de la sociedad soviética de la época y sus seres en todos sus matices. Muchos de ellos aparecen en Vida y destino.
Pero en medio de toda esta desolación, de la tragedia que se abate sobre Stalingrado, y sobre el propio Grossman, éste no se olvida de la verdadera Vida y su aliento superior; del amor, la bondad, la nobleza, la comprensión, la belleza: "En momentos como aquel, el hombre percibe la luz, el espacio, el susurro, el silencio, los olores dulces y las caricias de la hierba y las hojas en su hermoso conjunto: todas aquellas centésimas o, tal vez, milésimas y millonésimas partes que componen la belleza del mundo. Aquella belleza, la auténtica belleza, solo quiere transmitir al hombre un mensaje: la vida es un bien". Y eso es lo que recuerda Vasili Grossman en esta novela dura y conmovedora.

sábado, 9 de abril de 2011

PIGLIA

Ricardo Piglia, Premio de la Crítica

El autor argentino obtiene el galardón por la novela 'Blanco nocturno'.- Juana Castro gana en poesía con 'Cartas de enero'

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid 

El escritor argentino Ricardo Piglia ha obtenido el Premio Nacional de la Crítica en la categoría de narrativa con su novela Blanco nocturno (Anagrama, 2010). El jurado de la asociación de críticos literarios se ha reunido en esta ocasión en Cáceres para fallar un galardón que no tiene dotación económica pero sí mucho prestigio y que puede ser concedido a cualquier autor en lengua española siempre que la obra haya sido publicada en España. Aunque no se establecen oficialmente finalistas, entre los candidatos de este año figuraban nombres como Marcos Giralt Torrente, Fernando Aramburu, Mario Vargas Llosa o Luis Mateo Díez.
Blanco nocturno es la cuarta novela de Ricardo Piglia -nacido en 1940 en Adrogué, en la provincia de Buenos Aires- uno de los grandes nombres de la narrativa argentina de las últimas décadas. La obra galardonada vino precedida de una gran expectación dado que la anterior novela de Piglia se había publicado en 1997: Plata quemada, premio Planeta Argentina y adaptada al cine en 2000 por Marcelo Piñeyro con Leonardo Sbaraglia y Eduardo Noriega como protagonistas.
Piglia, que actualmente en profesor de literatura en la universidad estadounidense de Princeton, dirigió durante años una famosa Serie Negra que difundió en su país la obra de los clásicos modernos del género policiaco -de Hammett a Chandler-. No es pues extraño que muchas de sus obras mezclen la investigación de un crimen con las más penetrantes reflexiones sobre el hecho de narrar. "Se podría pensar que la novela policial es la gran forma ficcional de la crítica literaria", afirmó en el libro de conversaciones Crítica y ficción (1986) para subrayar la relación entre las figuras del detective y el lector.
También Blanco nocturno, participa de ese espíritu. En la novela ahora galardonada, Piglia parte de la muerte en un pueblo de la provincia de Buenos Aires de Tony Durán, un mulato puertorriqueño que viaja a Argentina siguiendo a una mujer, Ada Belladona. Tras un arranque de género negro, al novela de Piglia deriva en una historia familiar que transcurre en 1972 -"Quería contar la historia de mi primo", declaró el escritor a EL PAÍS- y termina mezclando realidad y ficción; y, por supuesto, reflexiones sobre ambas.
Uno de los personajes de Blanco nocturno es, además, Emilio Renzi, un habitual en Ricardo Piglia desde la novela que lo consagró en 1980, Respiración artificial, una investigación literaria considerada por muchos como una de las grandes alegorías narrativas de la dictadura militar argentina. En la actualidad, Piglia publica regularmente en Babelia, el suplemento literario de EL PAÍS, una selección de sus míticos diarios, una oceánica obra de décadas que solo ahora el autor argentino se ha decidido a dar a la luz.

Premio de poesía
Por su parte, el Premio de la Crítica en la categoría de poesía ha recaído este año en Cartas de enero, un libro inédito incluido en el volumen antológico Heredad (Fundación José Manuel Lara). Su autora es la cordobesa Juana Castro (Villanueva de Córdoba, 1945), que, precisamente, estos días participa en el festival Cosmopoética de su ciudad. Castro se dio a conocer en 1978 con Cóncava mujer, un título al que le seguirían otros como Narcisia, Arte de cetrería, Fisterra o Los cuerpos oscuros. En el prólogo a Heredad, la poeta Olvido García Valdés destaca que el "valor estético" de la obra de Juana Castro reside en su modo de escapar tanto a la "conciencia ideológica" como al "saber formal". Cuando se publicó al selección que contiene el libro galardonado, su autora se refirió a él como nacido de "la perplejidad de los espacios y la perplejidad de los géneros masculino-femenino ante la vida y el mundo: diálogo imposible".

domingo, 3 de abril de 2011

WALTER BENJAMIN

Por qué Benjamin

POR ALEJANDRA USLENGHI

 
Filósofo, teólogo, filólogo, crítico literario, ensayista, sociólogo urbano, coleccionista, archivista, escritor de cuentos para niños, teórico de los medios, autor de memorias, conocedor del hashish , teórico del fascismo, surrealista aficionado, melancólico profesional. Una reflexión sobre la obra de Walter Benjamin (Berlín, 1892-Portbou, 1940) implica advertir el inventario de incongruencias que hacen de su pensamiento uno de los más originales de nuestra época. Su influencia se ejerce desde los estudios culturales a la deconstrucción, del psicoanálisis a la nueva filosofía de la historia, de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt al post estructuralismo, de la teoría del cine a la micropolítica de Foucault y la hermenéutica de Heidegger. Benjamin personifica un inclasificable impulso intelectual que ha quedado asociado a su continuo devenir migrante. Inicialmente reconocido por su tensa relación con Gershom Scholem y Theodor Adorno, quienes fueron efectivamente responsables de la diseminación póstuma de esa obra; a veces aliado e interlocutor de Brecht, Kracauer, Bloch y Buber; finalmente refugiado en París y parte de círculo de Bataille en la década de 1930, Benjamin no deja de ejercer aún hoy una fascinación tan sorprendente como inesperada. Las ironías de la historia son contundentes. Ignorado en su tiempo, una estrella intelectual en el nuestro; condenado al ostracismo por su propia universidad, una pequeña industria académica hoy. Su póstuma canonización habla del historicismo del que él desconfiaba. Fue el mismo Benjamin quien caracterizó su propia obra como “una serie de pequeñas victorias y fracasos a gran escala”. A excepción de su tesis doctoral sobre el Romanticismo alemán, un temprano ensayo sobre Goethe y su singular colección de aforismos, Calle de dirección única , su corpus está integrado por ensayos, fragmentos, notas periodísticas, y una inmensa proliferación de notas póstumas, citas y esquemas, reunidas hoy en una peculiar edición de “obras completas” por sus editores alemanes. Su proyecto más ambicioso, la llamada Obra de los pasajes , una vasta compilación de citas y notas que reconstruyen la cultura del París de Baudelaire, compuesta durante más de una década de exilio, quedó inconcluso e inconcluible.
Su trayectoria vital e intelectual está enmarcada por el doble trauma de las dos guerras mundiales. Desde su nacimiento en 1892 en el seno de una familia judía burguesa asimilada, hasta su final como marxista desencantado cuando en 1940 huyendo de la Francia ocupada por los nazis se suicida, tanto su escritura como su biografía registran el continuo derrumbe de la Europa moderna y las contradicciones políticas e intelectuales que acosaron a una generación. Fue testigo del fracaso de todo esfuerzo revolucionario de izquierda –en Alemania, Hungría, España, Francia, y eventualmente Rusia– para contrarrestar el ascenso del fascismo que se extendía en Europa. Para el pensamiento de Benjamin, en esa crisis resuenan las grandes ilusiones perdidas que definen ya más de tres siglos de modernidad, pero no a modo de una comparación melancólica, sino más bien como el registro de las “esperanzas sin fundamentos” que vemos resurgir en la repetición de oportunidades malogradas y como tales toman su energía de la derrota pasada. Las similitudes con la memoria involuntaria en Proust, con las correspondencias simbólicas en Baudelaire, con el mesianismo tardío en Kafka, y la estructura del trauma en Freud fueron elaboradas por el mismo Benjamin. Lo que lo distingue es su específico énfasis en la historia como un lugar de redención, impensable sin la revolución: el imperativo de la cultura judía de recordar los sufrimientos pasados se convierte en el imperativo marxista de eliminar los presentes. La tecnología fotográfica le daría un modelo y una metáfora para esta noción de la historia como acción diferida. Escribe: “Hay imágenes que nunca hemos visto hasta que las recordamos. Aquellas imágenes reveladas en el cuarto oscuro de la experiencia vivida son las más importantes que llegaremos a ver. Uno podría decir que los acontecimientos más profundos han sido equipados con una pequeña imagen, una fotografía de nosotros mismos.”

sábado, 26 de marzo de 2011

CONTORNO

CON ESTE ARTÍCULO INICIAMOS UN DEBATE QUE AÚN NO ESTÁ CERRADO ENTRE LOS ESCRITORES, INTELECTUALES, AMANTES DE LAS LETRAS. 

LOS INVITAMOS A PARTICIPAR DEL MISMO ENVIANDO SUS OPINIONES

La vuelta de ‘Contorno’

La reciente aparición “Contorno. Edición fascimilar”, editado por la Biblioteca Nacional, vuelve a poner en circulación la expresión “parricidas”, con que el crítico Rodríguez Monegal describió a los integrantes de esa publicación, caracterizados por la absoluta ausencia del nombre de Borges, la reivindicación de Roberto Arlt y Ezequiel Martínez Estrada y el neto corte y distanciamiento con personalidades como la de Eduardo Mallea, en los años 50 más leído e influyente que Borges. Juan José Sebreli, que integró aquel comité de redacción, recuerda aquellos años.

Por Juan José Sebreli

El club de la pelea. De izq. a der., Carlos Correas, David Viñas, Ismael Viñas, Juan José Sebreli, Rodolfo Kusch y Oscar Masotta.

La Biblioteca Nacional acaba de publicar un facsímil de la revista Contorno con un prólogo lúcido e irónico de quien fuera su codirector, Ismael Viñas, que tal vez moleste a algunos colaboradores o lectores de la revista. Contorno surgió del clima singular de los años 50, cuando la acción política prohibida encontraba un sucedáneo en las actividades culturales. Sus antecedentes estaban en el ambiente universitario, en la revista del centro de estudiantes de la UBA, en el fracasado proyecto de Las ciento y una, dirigida por H.A. Murena, en las discusiones de la bohemia de los cafés literarios de la calle Viamonte.
Eran los años de boga del existencialismo, y como tal se describía toda actividad cultural no conformista. Tanto Ismael como David Viñas aclararon que Contorno, contra la opinión corriente, no tuvo una influencia sartreana, con la excepción de Oscar Masotta, Carlos Correas y yo que, además, constituíamos un subgrupo al margen del grupo central.
No puedo eludir la referencia personal al hablar de Contorno, puesto que uno de los participantes en el film documental sobre David Viñas [David Viñas, un intelectual irreverente, de Pablo Díaz, N. de R.] sostuvo que yo presumía de mi incidencia en esa revista. Esta intencionada afirmación no es compartida por Ismael Viñas que, por el contrario, sostiene en el prólogo que mi intervención tuvo un carácter “prominente”. Un detonador de la orientación contorniana, tal como lo señala también Ismael Viñas, fue mi articulo “Celeste y colorado”, publicado paradójicamente en la revista Sur, destinada a convertirse en la antagónica de Contorno.
También David Viñas, en una entrevista con Beatriz Sarlo, reconoció que realicé “casi todo el programa de la revista”. Algunos estudiosos consideraron asimismo, mi artículo publicado en la primera página del primer número, como un manifiesto de los contorneanos nunca escrito porque faltaban programas prefijados y acuerdo entre sus colaboradores, ni aun entre los Viñas. Ismael señala “el error de quienes nos ven como ‘los hermanos Viñas’, no como individuos, sino como algo así como siameses”. Sus vidas se desarrollaron por distintos caminos, David se inclinó por la ficción y la critica social de la literatura argentina; Ismael, luego de sus preocupaciones iniciales por la poesía, optó por la militancia y la teoría social y económica. También las opciones políticas de los dos hermanos fueron disímiles.
Los números de Contorno dedicados a Roberto Arlt y a Martínez Estrada, los reiterados ataques a Eduardo Mallea y la total ausencia del nombre de Borges –salvo una breve nota de Ismael acerca de un cuento muy secundario– reflejaba el clima intelectual de la época. El reconocimiento de Arlt –que no había logrado en vida– fue en parte consecuencia del fervor de algunos jóvenes de la década del 50, aunque, por diversos motivos, en algunos casos porque descubríamos en él a un precursor de Sartre. David Viñas lo tomaba, en cambio, como figura de choque contra los atildados escritores del establishment como Mallea, incluso por el uso del voseo. La implantación en la literatura de un lenguaje argentino o rioplatense fue uno de las constantes de los contornianos y tema de un polémico artículo de Oscar Masotta en el tercer número.
Martínez Estrada, aunque redescubierto por un miembro de Sur, H.A. Murena, conoció su verdadero apogeo en los años 50 con la nueva generación contestataria que lo veía como al Sarmiento del siglo XX Su auge unía a los opuestos –Sur y Contorno– en la boga literario filosófica de la búsqueda de la “identidad nacional”. La faceta irracionalista de esta tendencia no faltó en Contorno a través de los textos de F.J. Solero y de Rodolfo Kusch, dos incondicionales de Murena.
El silencio respecto a Borges era también muy significativo de la época. Borges fue ajeno a esa generación, lo veíamos como un sobreviviente del ludismo del grupo martinfierrista. Nos parecía más útil atacar a Mallea que era entonces más leído e influyente que Borges. David Viñas lo admitió años después: “A mí Borges no me interesaba, la polémica era con Mallea, a quien se le veía mucho más que a Borges”. Los tiempos han cambiado desde entonces, Borges se convirtió en un ícono intelectual, en tanto que Mallea ha sido olvidado.
Si no hubo una ideología definida de Contorno, puede decirse que reflejó, antes que nada, una actitud, un estado de ánimo de ciertos sectores intelectuales. Los contorneanos se oponían, en el plano literario, por igual al costumbrismo, al realismo socialista, al formalismo y al surrealismo. En el plano político rechazaban el elitismo de las clases altas conservadoras, el nacionalismo católico, la esclerosada izquierda ortodoxa, incluido el incipiente nacionalismo de izquierda, criticado por Ramón Alcalde en su nota sobre Jorge Abelardo Ramos. El rechazo a la cultura oficial peronista –incidía la influencia de los antecedentes radicales de los Viñas– no podía ser explícito porque hubiera significado la clausura de la publicación y, tal vez, la cárcel de sus responsables. Sólo después de la caída de Perón le fue dado dedicar un número al peronismo, donde Ismael manifestaba el desencanto por la llamada Revolución Libertadora y Tulio Halperin Donghi se incorporaba a la revista con un certero análisis del peronismo.
Después se produjo en algunos miembros del comité de redacción la efímera seducción por el frondizismo. A Frondizi, político pragmático, no le interesaban los intelectuales ni las ideas, buscó a los colaboradores de Contorno sólo porque tenían influencia en el movimiento estudiantil. Estas afinidades fueron frágiles y breves y durante su vigencia, Contorno, significativamente, dejó de aparecer. Su reaparición se produjo no menos significativamente como consecuencia del desencanto ante el giro inesperado del frondizismo. Lo que no había podido realizarse en la acción se transformó en pensamiento crítico. En los números 9 y 10, que serán los últimos –si se exceptúa dos cuadernos posteriores–, la revista cambió de contenido, abandonó por completo los temas literarios. Aunque sus redactores nunca abundaron –muchas firmas eran seudónimos de los Viñas– se redujeron drásticamente a tres. David Viñas no intervino en ese número póstumo y Noé Jitrik fue excluido del comité de redacción por tener un cargo en el gobierno. La disolución del grupo estaba anunciada. Puede hablarse de una segunda época de Contorno donde dejó de ser una revista cultural para transformarse en el portavoz de una minúscula fracción de frondizistas arrepentidos que intentaron crear una alternativa de izquierda. El primer Contorno había comprendido que el papel del intelectual debía ser la critica social y política a través de las expresiones culturales de la Argentina, y ése fue su aporte imperecedero. El segundo Contorno mostró lo ilusorio del proyecto del “intelectual orgánico” que pretende orientar al político.

sábado, 19 de marzo de 2011

Adiós a David Viñas: hondo pesar en la cultura argentina

Luego del golpe de su muerte el jueves, los intelectuales reflexionan. Hablan Jeanmaire, Horacio González, Leonora Djament, Josefina Delgado, Américo Cristófalo, Divinsky y otros. Hoy lo homenajean en la Biblioteca Nacional.

POR MAURO LIBERTELLA 



Lo que el jueves a la noche fue un primer golpe emocional, mezcla de incredulidad y resignación, hoy se empieza a materializar bajo la forma del recuerdo y la reflexión. El escritor e intelectual David Viñas murió a los 83 años en un hospital de Buenos aires, esa ciudad cuyas tensiones leyó como nadie, y la efeméride tan reciente reverbera ahora en la memoria de sus amigos, colegas y de sus cientos de alumnos.
Hasta en los últimos momentos de hospital hablaba de la realidad argentina. La crítica literaria María Gabriela Mizraje dice que “el último día antes de su internación fuimos a cenar a La Opera y miramos las noticias y hojeamos el diario.
La Argentina ha sido su gran pasión ”. Y agregó: “fue su principal preocupación hasta el fin. Cuando ya no podía hablar, en terapia intensiva, me pasaba papelitos con palabras clave. Por ejemplo: “batalla de Caseros”.
A la hora de la revisión, en un intento imposible en medio de la elegía y el duelo, el Director de la carrera de Letras de la UBA, Américo Cristófalo, subraya “la cualidad actoral de David, que fue siempre un rasgo central en su acción y en su modo de leer la literatura”. Incluso en sus últimos días, dice, “volvimos a recuperar esa gestualidad dramática tan reconocible en David”.
En la misma línea, uno de sus ex alumnos, el escritor Federico Jeanmaire contó: “en una clase en el 84 se enojó y terminó dando la clase de espaldas. Ir a sus clases era como asistir a pensamientos que salían de las entrañas de alguien. Tenía una manera de cruzar política y literatura que iba más allá de lo obvio, una mirada muy inteligente”. También evoca aquella primera electricidad de alumna Josefina Delgado, subsecretaria de Cultura porteña: “Propusimos la candidatura de Viñas para una cátedra paralela de Literatura Argentina. Sentíamos que con esa propuesta rompíamos con la apolillada tradición de falta de compromiso. Pero las autoridades sacaron a relucir cierto incumplimiento de David respecto de un subsidio, y con eso nos aniquilaron. Pasaron muchos años antes de que pudiera ocupar la cátedra en su país, pero fue nuestro maestro mas allá de las formalidades institucionales”.
Uno de sus editores, Daniel Divinsky, trae una anécdota que lo condensa todo: en un encuentro nocturno en un bodegón le puso como nombre a una antología que compliaba a autores como Cortázar y Marechal “Buenos Aires, de la fundación a la angustia”.
Por su parte, la profesora, crítica y editora de Eterna Cadencia, Leonora Djament, desliza recuerdos intelectuales como fragmentos de una biografía emocional: “Contorno y su candidatura a intendente de la Capital Federal en los 80 –cuando propuso cambiar los semáforos para que el rojo significara avanzar– y las cachetadas que significaban a veces sus clases de literatura argentina”.

sábado, 12 de marzo de 2011

“No tengo como proyecto vivir en paz"


Por Eduardo Grüner *

“Escucho su opinión.” Así dijo, con la voz bronca asomando entre los bigotes, con su tono exigente y un poco socarrón pero también cariñoso (“calidez iracunda”, definió alguien), los brazos en jarra, el vaso de vino a la mano. Era una reunión en casa de Ramón Alcalde –¿o de León Rozitchner?–. El tema era las leyes de punto final y obediencia debida, ¿o era alguna otra cosa? No importa: para él siempre había un tema, una urgencia sobre la cual demandaba que el otro se pronunciara –normalmente él era el primero–. “No tengo como proyecto vivir en paz”, dijo en una entrevista más o menos reciente. Sería un buen epitafio. Podría, incluso, darse vuelta: “Tengo como proyecto no vivir en paz: hacerles la guerra”. ¿A quiénes? No solamente a la “violencia oligárquica” –como dijo muy bien Piglia–, sino también a esa otra forma de violencia artera, la de los biempensantes cuidadosos, prudentes, equilibrados, que hacen crítica “progre” como quien toma té con masas finas, arrastrando largas frases de juicios ponderados. David no arrastraba. David cortaba. En la lengua rioplatense –Viñas no hablaba, no escribía, en “castellano”, no digamos ya en “¡español!”– no hubo nadie que usara la puntuación y el “acento” como él. Los usaba, quiero decir, como arma, como ariete y catapulta; a veces garrotazo, a veces piña, a veces afilado bisturí: el estilo-estilete, marca Viñas. La puntuación no es en él un necesario recurso sintáctico –no hay “necesidad” alguna en la puntuación viñesca–: es una embestida contundente para atrincherar una cuestión. Eso le daba a su escritura una cualidad jadeante, entrecortada, como de “montaje paralelo” (volví a ver hace poco Dar la cara, de Martínez Suárez, y El Jefe, de Ayala, sobre novela y guión de Viñas respectivamente: están bien, pero la escritura de David es más “cinematográfica”). La escritura, y la oralidad: tampoco conocí otro escritor que hablara como escribía, o viceversa. Célebremente, introdujo en la literatura (y en la crítica: otro asombro es que mantenía el estilo cuando cambiaba de “género”) el verbo “cojer” con “j” (“que agarren los gallegos”, sorneaba); y hay palabras de Viñas que ya ingresaron a los sobreentendidos de nuestra habla literaria: si en Borges es “espejo” y “laberinto”, en Viñas es “ademán” y “andarivel”. Son cosas que hacían que con él cualquier conversación en La Paz (una ironía, ante aquella frase-epitafio) fuera un debate público; es que escuchaba con la misma vehemencia con la que respondía o atacaba. Y, por supuesto, estaba en su salsa cuando lo contradecían. “Un intelectual no puede nunca ser oficialista”, espetó en otra entrevista (me atrevo a citarlo, porque creo en los lugares de enunciación: no es lo mismo dicho aquí que en otros espacios donde sólo se escuchan los clarinetes de la nación). Muchos –con todas sus razones– no estarán de acuerdo. Yo sí: lo cortés no quita lo valiente, y todo eso. Pero lo que yo piense no tiene importancia. Lo que debería importar es cómo hizo para mantenerse corajudamente en esa cuerda floja, en ese “andarivel”. No para tomarlo como “modelo”, algo que aborrecía; simplemente, para recordarlo subido ahí. ¿Algo más? Sí –y vacilo en decirlo, en aprovecharme de la ocasión, en hacer oportunismo con la oportunidad; pero creo, apuesto, a que él hubiera querido que asumiera el riesgo–: David nunca fue invitado a inaugurar la Feria del Libro. Como corresponde.

* Sociólogo.